sábado, 28 de febrero de 2015

Revelación de sábado, anocheciendo

Si la inmediatez de la solución a la cosa cubana fuera directamente proporcional a la cantidad de expertos, oráculos, cubafílicos y castrofóbicos, y a la frecuencia de sus cónclaves, mañana nos levantaríamos con la noticia de que ya se acabó la cosa…

Hoy, como ayer, desiguales seguimos, mi bien…

La casa era, de acuerdo al criterio más conservador, suntuosa.

De diseño audaz, moderno, tres plantas, dos garages, pisos de granito, desniveles ubicados con buen gusto y elegancia, ventanales de vidrios polarizados a través de los cuales se podía observar un amplio patio, sombreado por árboles centenarios, que terminaba en un embarcadero que se extendía sobre la margen del Almendares. En la pared de la sala, un enorme cuadro con una foto de Fidel, sonriente, envuelto en el humo de un puro, los dientes orlados con el sarro de los fumadores.

La música era de una emisora de FM de la Florida, captada por una antena de complicado diseño, instalada en el techo de la casa –comprada en Canadá, me dijo- y amplificada por un sistema de sonido quadrofónico Grundig, -traído de la RFA, abundó-.

Los asistentes a la fiesta eran, de acuerdo a la retórica menos corrosiva, hijos, sobrinos o nietos de alguien bien ubicado en la nomenclatura del desgobierno cubano. Vecinos, casi todos, venidos de ambas orillas del río.

Hablaban de vacaciones en María la Gorda, en los cayos de norte, de estancias en yates, con los guardafronteras, de Arenas Blancas, Topes de Collantes, de Moscú, de Praga, de Madrid y Toronto. Vestían como vestían las gentes en las películas en VHS que devorábamos los fines de semana en casa de un amigo que tenía un Sony Betamax. Uno mencionaba que los jeans Lois los había comprado el padre en el Corte Inglés; a otro le reclamaban en broma que cuántos Seiko 5 tenía, oye, que eso de llevar uno cada semana a la escuela era un escándalo.

Olían a Paco Rabanne, Channel y Brut -de la Zona Franca del canal de Panamá, me confesó-, fumaban cigarrillos More –de la diplotienda, me aclaró-, y me escanció del botellón de whiskey Ballantine –que le regalaron a mi papá en México-, me comentó-.

Ya estaba yo entonces, de acuerdo a mí mismo, deslumbrado por la “opulencia” de los dueños del país. Aun no salía de mi asombro cuando terminó la fiesta, y ella llamó por teléfono a algún lugar, dio la dirección donde estábamos y dijo, “Somos 11”. Veinte minutos más tarde llegaron cuatro Volgas negros, que nos llevaron a nuestras casas, quizás por cortesía de alguien de los que hoy llaman “generación histórica”.

Corría, por cierto, el año 1980.

Hoy, en el año de gracia 2015, leo en el New York Time –impreso en Queens, Nueva York, en los Estados Unidos, me diría ella-, un artículo cuyo titular dice:

“Giro al capitalismo abre brecha de desigualdad en Cuba”

viernes, 27 de febrero de 2015

De filias, fobias, y Damas de Blanco

Todavía no entiendo bien.

Aun después de ver la entrevista que Antonio Rodiles realizó a Berta Soler, actual líder de las Damas de blanco, y a Leticia Ramos, la representante de dicha organización en Matanzas, sigo sin saber a ciencia cierta qué fue lo que dio origen a la protesta de Alejandrina García de la Riva, disidente de la disidencia, y al mitin de repudio que las Damas de Blanco le dieron a una Dama de Blanco.

Tratando entonces de sacar algo en claro, veamos lo siguiente:

Que Alejandrina García dice que Berta Soler es autoritaria, intolerante, y que maneja a las Damas de Blanco (DDB) como si fuera su feudo particular, excluyendo de la organización a quien ella considere no adecuada. O sea, Berta Soler estaría haciendo lo mismo que hace cualquier otro líder de grupo u organización política en cualquier país del mundo, que administrara de acuerdo a estatutos, egos y conveniencias.

Que Alejandrina García dice que todo se origina al intentar ella reclamarle a Berta Soler –y ya a estas alturas se me hace evidente que esto es un conflicto entre estas dos señoras, y no de la Alejandrina vs DDB–, que Berta Soler le dice que ni siquiera puede marchar con ellas (?) y que cuando Alejandrina lo hace, le dice entonces que es una provocadora.

Que Alejandrina fue al Té Literario, o sea, a la ocasión y lugar donde recibió el mitin de repudio, y donde fue advertida que debía irse, pero que no lo hizo, porque obviamente no había tenido una oportunidad para hablar y ser escuchada con tranquilidad y, claro, en democracia.

Que aquí es oportuno señalar que Alejandrina García –a la que, por cierto, Berta Soler se refiere llamándola por el nombre y los dos apellidos, a la usanza de la oficialidad del MININT– ya tiene salida definitiva del país, por lo que me cuesta trabajo pensar que este conflicto sea sólo una pugna por el liderazgo de la organización pues, DDB, fuera de Cuba, es sólo un recuerdo… a no ser que haya un grant para líderes de DDB exiliadas del que yo no conozco, pero eso, claro, es especulación.

Que Berta Soler y Leticia Ramos dicen que Alejandrina García ha actuado como mula, y que eso la descalifica como DDB y que por ello iba a ser “analizada” en un consejo de dirección, etc. Sólo me queda la duda de si vender cucuruchos de maní en una parada de guagua también sería invalidante para militar en las DDB.

Que eso de decir que Berta Soler “le dejó la comida a la Seguridad del Estado” tiene poco sentido, y aún menos clase.

Que el acto de repudio DDB vs DDB, pues parece haber sido sólo una reacción histérica y desproporcionada de un grupo de damas instigadas y exaltadas, y parece que Alejandrina navegó con suerte, pues hasta golpiza estaba en ciernes.

Que a Berta Soler, o se le fue de las manos la grey, o se le fue de las manos el represor que todos los cubanos llevamos dentro.

Que el que tomó y subió el video, de manera tendenciosa, es un chivato infiltrado, lo cual sugiere que hay siempre que tener a un propio contrafilmando, sobre todo si se planea privar de la palabra y reprimir a la usanza de los represores.

Que en todas las organizaciones hay pugnas por liderazgo y quitate-tú-pa-ponerme-yo.

Que el dinero es la raíz de todos los males.

Que, si en algo coincido con Berta Soler, es que las DDB, como organización y símbolo, van a sobrevivir rencillas, egos y conflictos. O al menos, eso espero.

Que es penoso que esto haya sucedido, porque las DDB han ganado, literalmente, un espacio público que ningún otro grupo opositor había logrado con anterioridad.

Que, si en algo coincido, esta vez con Rodiles, es cuando dice que las DDB son el grupo más importante de la oposición en Cuba, por su valentía, por lo que han logrado, y por su visibilidad.

Que Berta Soler y Rodiles tienen la misma posición, pro embargo/bloqueo y anti diálogo, lo cual se encargó astutamente Rodiles de confirmar y de poner en labios de sus entrevistadas. Y que Berta Soler hace extensiva esa posición a la organización, a todas las damas que la componen. Y que eso, pues no creo que sea así.

Que, llegado al final de este texto que escribo, creo que ya empiezo a entender.

Y que, además, estoy cada vez más convencido que mi principio de no afiliarme a ninguna organización, partido, ideario, corriente, taller, filosofía o grupo, es de lo mejor que se me haya ocurrido en mi ya larga vida.

Declaración temprana de (por fin) viernes

Ahora que tiranos y cómplices se llaman "generación histórica", y que sus herederos se llaman "relevo", yo me cago en ellos y en los eufemismos.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Orquesta, coro, director, y la que se muere

Hace mucho tiempo, cuando yo todavía transpiraba sudores de la Habana, me fui al hospital Calixto García a ver a un pariente que allí estaba ingresado. En la mejor tradición de una buena parte de mi numerosa familia, que tiende a reunirse en esas ocasiones especiales a las que convocan un enfermo o un cadáver, me encontré allí con mis primos; los más queridos, mis amigos, mis cómplices de cabalgatas y cañadas húmedas.

Estaban entusiasmados, me contaron, pues habían sido testigos de una disertación que un cirujano hubo de brindarle a un grupo de colegas, pacientes y enfermeras, en la cual reveló que habían empleado un procedimiento novedoso, nunca antes usado en el resto del planeta, para una intervención de neurocirugía que precisó un señor al que le había caído una palma en la cabeza.

De inmediato me sumé al alborozo por ese logro de la ciencia médica cubana, qué maravilla para esa persona y su familia, dije, ojalá se recupere pronto, les comenté a mis primos.

“No”, me dijeron, “el hombre se murió… ¡Pero el procedimiento fue un éxito!”

“Ah…”, respondí, algo perplejo.

Algo perplejo también leía hoy una ponencia, llamada “Problemas de la democracia en Cuba”, que presentó el académico cubano Julio Cesar Guanche en un evento que se realizó en Washington DC los días 27 y 28 de enero, y al que concurrieron “emprendedores, blogueros, cineastas e intelectuales cubanos” (sic), y donde intercambiaron con “políticos, diplomáticos, empresarios, y académicos estadounidenses y cubanoamericanos” (sic otra vez), encuentro organizado por “Cuba Posible” y el Cuba Research Center.

Sépase que mi perplejidad no tiene que ver con la ponencia per se, ni con el evento; ni siquiera con lo variopinto e (palabreja de los buenos tiempos…) idoneidad de los asistentes de uno y otro lado. Al cabo, ¿qué se yo de esos asuntos?

Tampoco se origina mi asombro, debo decir, en la forma en que el autor alegremente disecciona la democracia; en como la lasquea, la separa en jugosas categorías, como si hubiera democracias malas, buenas, liberalistas, conservadoras y, válgame algún dios, hasta una cubana. Tal pareciera al leer tal cosa que votar con libertad, y elegir representantes y gobierno, demanda tantas sutilezas y filigranas como operar el cerebro de una persona agonizante por causa de un masivo derrame cerebral que le provocó un palmazo descomunal. Como si no hubiera sólo democracia y tiranía. Y punto.

Debo admitir, sin embargo, que casi me sorprendo cuando leí que hay, en Cuba, algo que es la “democracia en lo social” (sic, y van tres), de acuerdo a la cual se han cumplido objetivos, se han logrado índices que colocan a Cuba, nada menos que a Cuba, tal y como la conocemos, en el lugar 17 entre todos los países de la Tierra de acuerdo a uno de esos indicadores: el “Índice de Desarrollo Humano No Económico”. Y se pone mejor: me entero que la isla en peso es primus inter pares, es decir, la primerita, entre los países en desarrollo en dicho índice.

Claro, decía que casi me sorprende, o sea, que no me sorprende, y explico por qué.

Sólo en algo que lleva la coletilla de “No Económico”, y que se debe calcular de acuerdo a criterios probablemente tan fríos y manipulables como una bola de nieve, puede nuestro triste país ocupar lugares primero, segundo, decimoséptimo, o cualquiera igual de irrelevante para el bienestar real de los cubanos.

Pero continúo entonces, y no debo extenderme tanto en los comentarios, aunque pudiera. Sigo leyendo la ponencia -que por cierto, tiene el gran mérito de ser legible, y no como otras, que, ¡ay!, son pantano y enredadera- y me apabulla cuanta cosa buena ha sucedido en Cuba: en lo social, en lo político, en lo económico; los gays, por ejemplo, que se han empoderado, lo cual debe servir como modelo a ser aplicado a otros derechos civiles (casi sic). Alto ahí, que bueno es lo gay y no lo demasiado, que esto ya suena como disidencia, seguro diría la sexo-zarina Mariela Castro, de leer este texto.

El texto se impulsa, incluyente, y también menciona a la comunidad afrocubana, que al parecer sigue igual de jodida a pesar de medio siglo de emancipación; dice, además, que hay una renovación generacional del poder político (?), y que ha aumentado la desregulación de la economía de la croqueta.

Finaliza la ponencia con siete puntos hipotéticos que deberían tener lugar en una Cuba posible, y que hablan de mayores espacios, mayor peso, mayor acceso a la croqueta, más reclamos por la tolerancia, por el respeto, y así se va deslizando el alegato, pasando por desigualdad, injusticia, corrupción, ¡no al individualismo! (?), hasta llegar a ese tibio lugar común en que todos parecen estar de acuerdo desde el siglo XIX: que hay que defender la soberanía nacional y de los ciudadanos, cuidándose por supuesto, ¿de quién si no?: de los Estados Unidos.

Y aquí hay que recordar que precisamente los Estados Unidos de Norteamérica es el lugar donde se celebró este evento, amparado por el derroche de libertades que disfrutamos en este país, y que, de haberse celebrado dicho evento en Cuba -la real, no la posible- probablemente hubieran salido los asistentes cubanos defenestrados en dirección a Villa Marista, y los invitados extranjeros hacia el aeropuerto, en sumaria deportación.

Pero no hay que ser tan radical, vamos: yo entiendo que exista la necesidad de un aceitado debate intelectual, de sumergirse en la formulación de sabrosas hipótesis, del regodeo goloso en la teoría; creo en que hay que hablar, debatir y hacer eventos. Al cabo yo soy un científico, yo sé de eso.

Pero, aun cuando esas alturas son embriagantes, y hasta pudieran parecer la cosa en sí, no lo son; llega un momento en que imprescindible tomar tierra y caminar bajo el sol.

Cuando eso sucede, lo que se encuentra entonces es una enorme disonancia entre el tono de los ciudadanos de la orquesta, el de los académicos del coro, y el del director general-presidente y sus directores suplentes. Se escucha todo muy desafinado, la verdad, y le urge un arreglo mayor.

Cuba, que tiene el alma fracturada, no por el golpe de una palma fuera de control, sino por el peso de medio siglo de dictadura y desastre, no necesita procedimientos nuevos para ser curada de sus males, mucho menos de alguno que sea tan intrincado que requiera densas explicaciones para establecer lo que en realidad es simple.

Porque es simple lo que Cuba necesita: es democracia, así de sencilla, la única que existe, la de yo voto, yo elijo y el gobierno trabaja para mí; le urge, además inversión masiva, economía capitalista, y otro gobierno: moderno, joven, de cualquier tono, pero otro, por favor. Y, por supuesto, se precisan cubanos capaces, con feroz iniciativa individual, que le llamen a las cosas por su nombre, de una vez, y no se anden por las ramas.

De no hacerlo así, la alternativa es irnos de evento en evento, de blog en blog, de ponencia en ponencia, desperdiciando vida y oportunidades, tratando de convencer, de hacerle entender a quién esté interesado, que tenemos una excelente y novedosa idea para sanar a un paciente que, desgraciadamente, para entonces ya va a estar muerto.

martes, 24 de febrero de 2015

Autopsia de un delfín que chilla

Deténganse, por favor, y presten atención un momento. Hay algo que creo es necesario ver y escuchar.

No es una tarea fácil, ni agradable, advierto. Tampoco es amena, ni visualmente placentera; es, en todo caso, agobiante; apesta, además, a lugar en ruinas, habitado por polvo viejo, orinado por gatos, cagado por perros. Pero no hay que desanimarse, insisto: es necesario que se vea y escuche al delfín cubano, a Alejandro Castro Espín.

Hay que hacerlo, y no porque lo que dice el delfín valga la pena. De hecho, es como escuchar a un guapo de barrio detenido en una esquina tratando de convencer a los transeúntes que su guapería es universal, y no de poca monta.

Si quisiera resumir mi impresión, al verlo/escucharlo en la entrevista que le realiza el periodista Iazonas Pipinis Velasco nada menos que al pie del Parthenon, en Grecia, diría que el delfín es un angustioso deja vu.

Habla, habla, habla. Compulsivo, invasivo. Enronquece mientras inunda al infeliz que lo escucha –que, como yo, no tiene la maravillosa posibilidad de pulsar la pausa, de prisa, y tomar un respiro–, lo inunda, decía, con una verborrea de medio siglo de espesor; histérica, fluida, inflamada de dogmas, apuntalada por falacias enclenques, salpicada con citas, nombres, cifras, personajes, clichés, como moteado está un esputo con mala sangre.

Los ojos del delfín no se ven: están ocultos tras oscuros cristales polarizados de espejuelos que recuerdan a los de su padre; su nariz es roma, corta, mientras el bigotillo y la rala perilla le confieren un nostálgico aire de decimonónico revolucionario ruso, o de izquierdista trasnochado, de esos de la América de ellos. La boca, entreabierta entre frase y frase, es clara en su intención, que no se admiten interrupciones: “Aquí el que habla soy yo”, es el mensaje y la idea tras el gesto. O, como le dice en algún momento al pobre periodista, “pérate, déjame terminar, que es una idea importante”, y sigue hablando mierda. A borbotones.

El delfín se deleita escuchándose y haciéndose escuchar. Se siente político, historiador, experto. Desbarra en un español de acento gutural, barriobajero, ceceante por momentos. No responde, divaga en grande. Chapotea, más bien, con la elocuencia y argumentos de instructor de marxismo para adolescentes; la verdad, hasta parece estar convencido de la porquería que dice.

De repente se hace evidente que su tío, el mesiánico, está a su lado, detrás, dentro de él. Lo posee. El discurso es tan manido, tan agotado, tan anacrónico, tan absurdo, que por momentos pareciera que el anciano, como a un mal actor, le estuviera dictando al oído el parlamento.

Imperio, imperialista, enemigo, Estados Unidos, capitalismo, capital, gran capital, despiadado, brutal, nuestros logros, nuestra determinación, el pueblo, campesino, obrero, el pueblo que sabe, que conoce, que sufre, que ha sufrido, que no volverá a sufrir, nosotros, los pobres, los valientes, democracia representativa burguesa, democracia participativa, ¡la buena, la democrática, la cubana, cógela aquí!, y el imperio, más imperio, elite de poder imperial, la cámara de los lores británicos representa a la nobleza, la crisis, la de allá afuera, y nosotros ahí seguimos, sin problemas, solidaridad, y el pueblo, otra vez. O todavía. Esa es su arenga. Eso es lo que hay. Delfín chillón, muelero y hablador de cáscara.

El delfín Castro es el heraldo de su mediocre dinastía de guajiros biranenses devenidos dictadores; es su Hombre Nuevo. Ha sido encargado de vigilar a todos menos a su padre, y de llevar en brazos el cadáver de la Involución; de tal manera, los ayudó, al padre y al cadáver, a vadear el 17D, y los está depositando, hediendo e intactos, un día más allá, dejando claro al que esté prestando atención que no valen ni Obama, ni conversaciones, ni buenas voluntades: que allí, y que se entienda de una vez, no ha pasado nada.

El delfín es entonces otro Castro, la continuidad de la dictadura, la misma cosa. Es, aun siendo notoriamente mediocre, el heredero.

Hay días, los mejores, en que el destino de la nación cubana parece no poder empeorar. En otros, los días peores, pues aparece gente oscura. Como este neo Castro, o sus amanuenses, que por ahí andan, recordatorios todos de que, si bien se puede ser optimista con el futuro de Cuba, la realidad no tiene nada que ver con el optimismo.

La realidad, que es este legado del general presidente: el delfín, y la neurosis de sus chillidos.

lunes, 23 de febrero de 2015

Suposición

Si yo fuera cubano
me lo creería todo otra vez;

Lo que me enseñaron
Lo que me dijeron
Los dogmas, los lemas
El discurso
Lo que me contaron

Si yo fuera cubano
Cantaría la misma canción otra vez;

Las consignas, los anatemas
La escuela,
Los gritos,
La marcha.
La turba, Fidel, la ceguera
Besaría a la misma muchacha

Si yo fuera cubano
Me callaría otra vez;

Miraría de nuevo a otra parte
Me haría buen amigo del miedo
Seguiría siendo absoluto
Aislado
Isleño
Arrogante
Cómplice, ciudadano bovino,
Obsoleto, uno más,
Ignorante

Si yo fuera cubano, otra vez,
Otra vez me quedaría sin esperanzas;

Sin luz,
Sin años,
Sin casa,
Soñara con nieve, aviones
Tierra firme,
Opciones,
Con balsas

Si yo fuera cubano otra vez
Sería mejor ser un niño;

Que no entienda qué es lo que pasa
Montando patines,
Azorando palomas,
En shorts, sudores, sin camisa
Escuchando a mi madre
Que ríe, en la cocina,
O que llora, en silencio
Por mi país
Por mí
Por las ruinas

Si yo fuera cubano
De nuevo urgente me fuera;

Otra vez,
Otra vez,
Y otra vez,
De mí mismo
De mi isla
De cualquier manera

Si yo fuera cubano,
Otra vez,
Cubano, quizás,
Otra vez fuera

domingo, 22 de febrero de 2015

Lomo de cordero

Al lomo de cordero, sal y pimienta, sin miseria, y persillade –que es perejilada, perejil con ajo, pero en francés, que se sabe que le saben un mundo a comer como se debe-, y eso se coloca sobre sweet potato, zanahorias (pre cocinadas al vapor, pero a medias…), cebolla, sal y pimienta otra vez, y todo ello que descanse sobre ramas de romero, salvia y tomillo.

Y se coloca en el horno a 425 F, por unos 45 minutos, o más si hace falta, hasta temperatura interior de 130 F majomenos.

Ensalada, vino tinto, y buen pre-lunes tengan todos…













sábado, 21 de febrero de 2015

De la sin prisa y la pausa

Ahora que dice que la cubana ETECSA y una compañía estadounidense tienen un acuerdo para establecer una conexión directa entre ambos países.

Ahora que el vicepresidente (es un decir) de Cuba dice que “Existe la voluntad y disposición efectiva del Partido y el gobierno cubano de desarrollar la informatización de la sociedad y poner internet al servicio de todos, facilitando una inserción auténtica de los cubanos en ese espacio”, y aunque aún quede la duda acerca de qué cojones quiere decir “disposición efectiva” e “inserción autentica”.

Ahora que ya los mapas habían cambiado de color -hace un buen rato, por cierto- y que hasta un 17D tuvo lugar.

Ahora, pues sólo quedaría buscar la manera en que los cubanos de adentro puedan comprar una computadora, pagar por un servicio de Internet sin censura, informatizarse a tutiplén e insertarse auténticamente.

Vamos, que en términos prácticos, casi que parece más factible una renuncia en pleno de la castrodinastía, al son de Kumbaya y “Quiero que haya sol siempre…”

viernes, 20 de febrero de 2015

Si no es diverso, no sé, no puedo entrar…

Hay una parte del discurso igualitario del dinosauriato que siempre ha proclamado –y lo sigue haciendo– que hay necesidad, así, explícitamente, necesidad, de incluir en la dirigencia de Cuba a mujeres y negros.

Esa proclama oficialista no habla de talentos, ni de aptitudes o calificaciones; sólo tiene en cuenta raza y género. Es sólo una intención, una directiva. Ni siquiera es una enmienda a una injusticia que se haya cometido, como pudo ser el haber elegido en algún momento, como miembro del Buró Político o el Comité Central, a un blanco masculino idiota en lugar de a una mujer negra inteligente, esta última el sumum de la diversidad, de acuerdo a los términos de ese discurso redentor.

Es indudable que el espíritu de la proclama siempre ha sido la culpabilidad.

Se ha tratado de enmendar la realidad con un dedazo maquillador; se lamentan los ideólogos de que no haya más negros o mujeres entre los líderes de la Involución no porque piensen que se está cometiendo una arbitrariedad, sino porque temen que la falta de diversidad mancille los principios igualitaristas del castrosocialismo.

Resulta entonces que, para mi no-sorpresa, algo parecido he leído esta mañana en El Nuevo Herald.

Un artículo, titulado “Los Oscar ponen en evidencia la falta de diversidad”, trata el tema de la (falta de) diversidad y cita, entre otros, a la hermosísima Lupita Nyong´o, a estadísticas, a un académico y, por supuesto, a Spike Lee. Nos informa, además, sobre lo sesgada que resulta la membresía de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas, con 94% de blancos, 77% de hombres… y su Presidenta, una mujer negra.

Lo leí, y pensé que todavía está por escribirse un artículo sobre la (falta de) diversidad –y lo más importante, sus razones– en las profesiones, los oficios, la migración, los barrios-guetos, la ciencia, la música, o el deporte. Por ejemplo, en el futbol americano, el baloncesto, el hokey sobre hielo, el ajedrez o el tenis (en mi beisbol no, por cierto; ese está por encima de esas cosas… Go Dodgers!)

No es mi intención ahondar, al menos en este texto, en los por qués de la falta de diversidad en casi todo lo que nos rodea. Pero, si así fuera, pudiera empezar por preguntar por qué casi todos los cubanos en los Estados Unidos se amontonan en un solo Estado, en una sola ciudad, en un solo condado. O cuál es el grado de diversidad en los llamados Section 8, o las cárceles, o las universidades, si es esa diversidad comparable a la que existe en la NBA, la NASA, los Grammys, o los Oscares.

Pero ya lo mencioné: no es mi intención, y no voy a preguntar.

La diversidad va mucho más allá de cumplir con una cuota de raza o género, y alcanza no sólo a mujeres y negros, sino también a nosotros, los de origen hispanoamericano, y a otros grupos étnicos y minorías. Pienso entonces que la idea tras el reclamo por la diversidad parte de la crispación por el problema racial; problema que existe, que es real, y omnipresente.

Pero el racismo no se resuelve por decreto.

El racismo es un componente de la parte más turbia de la naturaleza humana, como lo es matar por placer o la pedofilia. No pienso entonces que haya una solución definitiva a algo que se genera en un retorcido sentimiento humano. Pero, como dijo el cantor, no todo está perdido; algo se puede intentar hacer (no escribir artículos sosos, por ejemplo).

Nosotros lo intentamos en casa, todos los días, educar (y también no escribir artículos sosos), y por eso mi hijo todavía no sabe de razas, ni de diversidad.

Nunca se ha hecho énfasis en mi casa en distinguir o diferenciar a alguien por su color, o en discutir su apariencia. A mi hijo entonces le da igual el color de piel, el pelo, o los ojos de sus amigos. Hay que aceptar que las personas son diferentes, se le dice, y él lo asume de manera natural.

Pero se le recuerda cada vez, en cada ocasión pertinente, que a esas mismas personas hay que juzgarlas por la forma en que piensan, por cómo se comportan, por su valía como ser social. Y, de acuerdo a ello, incorporarlas, o no, en nuestro entorno y preferencias. No por cuota, no por culpabilidad, sino por sentido común.

Ojala sea ese su criterio para eso que llaman diversidad, que no es otra cosa que Humanidad. Eso es parte del legado que le dejamos.

Ojala también que él sea tratado de la misma manera, a pesar de ser de origen hispano; y a pesar de ser blanco, de ser hombre, y de vivir en el país más libre, más interesante, más diverso, y más racista en el planeta Tierra.

En la guerra como en la paz, mantendremos la incomunicación

Tomo prestado y parafraseo este slogan -o mejor digo consigna, que es un término más apropiado a las circunstancias espacio temporales- que habaneros y visitantes tenían, y no sé si aún tienen, oportunidad de ver mayoreando la Avenida Boyeros desde lo alto de la sede del Ministerio de Comunicaciones cubano.

Necesito el préstamo, decía, para comentar sobre un asunto sobre el que he leído en estos días: un evento que tiene lugar en La Habana, y que se llama “Primer Taller Nacional de Informatización y Ciberseguridad”. En serio, ese es el nombre del evento, y usaron esa palabra, informatización.

Inevitablemente recordé unos cursos en que tuve la oportunidad de participar allende en los 90, en mi destrozada ciudad natal, y donde nos impartieron conocimientos sobre finanzas, marqueting, negociaciones, costos, y otros instrumentos de uso común en el sistema capitalista; instrumentos que se suponía debíamos aprender a manejar para aplicarlos en nuestro entorno laboral en Cuba. En serio, un par de cursos, y la misión de mejorar lo inmejorable.

Pero yo estaba entusiasmado, debo admitirlo.

Para empezar, teníamos merienda; un pan con una croqueta, barnizado con una somera salsa de tomate, y un vaso de un dulce líquido de color amarillo fosforescente con sabor a mantecado.

Por otra parte estaba lo que estábamos escuchando de boca de aquellos señores –compañeros, debería escribir, si ajustara de nuevo el vocablo a la ocasión- que, armados de dispositivas, parte en inglés, parte en español, - al parecer se las habían pirateado de un curso canadiense para gerentes de nivel medio, según se alcanzaba a leer en una esquina de las láminas- nos llevaban al capitalismo y sus prácticas, terra incognita para nosotros; hablaban, y las ideas que nos mostraban eran música renovadora para mis oídos sucios de doctrina y hollín de guaguas Ikarus.

El sentido común, y la sobriedad que de manera inevitable regresaba cada vez que pasaba mi precaria euforia de aprendiz, hizo que me acercara a uno de los compañeros profesores y que le dijera que me sentía como alguien al que le han obsequiado un auto deportivo en un país que no tenía carreteras.

Me miró con uno de sus ojos extraviados –el otro miraba en una dirección que no logré precisar- y me dijo, con voz firme y algo ronca después de las dos horas de conferencia, que era evidente que me faltaba optimismo, que le parecía mentira ver tamaño pesimismo en un joven como yo. Y dio por terminada la conversación.

Hace veinte años que el optimista profesor terminó con esa tajante respuesta nuestra breve conversación, que me gustaría retomar, por cierto, sólo para explicarle la magnitud y razones de mi pesimismo, pero ya no es posible. La verdad, ni siquiera es ya importante.

Y he aquí que también veinte años después, en ese taller de informatización que tiene lugar en La Habana, y que en serio se llama “Primer Taller Nacional de Informatización y Ciberseguridad”, al parecer se traza política, de la buena, la política de la informatización, del acceso a la informativividad, de cómo se deben informativizar a los cubanos, a los que no tienen acceso a la red, ni a ciber cualquier cosa; a los cubanos que no tienen la computadora para conectarse, ni el dinero para pagar un servicio de Internet, que ni siquiera gozan del derecho a informarse con libertad sobre lo que quieran y que, en lugar de información, tienen informatización. Así de sencillo.

Claro, mucho más sencillo que andar trazando “políticas” sería si hubiera cuatro o cinco proveedores de internet, sin censura, y millones de cubanos con ingresos suficientes que les permitan pagar esos servicios.

También sería mucho más sencilla, por supuesto,otra Cuba, donde el acceso a la información fuera simplemente un derecho, y no una “política”.

Otra Cuba, donde además hubiera por fin carreteras para ideas que necesitan viajar con la velocidad de carros deportivos.

Otra Cuba, sin “informativización”, donde ya no haya profesores ingenuos, ufanos de tanto optimismo cómplice del desastre nacional.

Una Cuba donde se honre, finalmente, el demagogo lema del Ministerio de Comunicaciones, que señorea desde lo alto de un edificio sobre la Avenida Boyeros, allende en mi ciudad en ruinas.

jueves, 19 de febrero de 2015

Sospecha de casi viernes

ETECSA debe estar conspirando para derrocar al gobierno cubano, para que por fin los periodistas tengan libertad para escribir sobre lo que hay que escribir, y se olviden de una vez del tema de Internet y la conectividad y toda esa bobería...

#PeriodismoBombo

Héroes pírricos

Hace unos días escribía que el desgobierno de Cuba a cualquier cosa le llama héroe.

Para ganarse esa distinción de dudosa valía todo lo que se necesita es hacer algo a favor de ese desgobierno. O en contra de los Estados Unidos, aunque pienso que, en este último caso, a la luz de la mano que le ha tendido Obama al dinosauriato, quizás la retórica varíe momentaneamente y se comience a hablar del capital despiadado, la mafia miamense o el calentamiento global, para sustituir aquello del norte revuelto y brutal.

El clásico de clásicos son, por supuesto, los cinco rollizos espías que el FBI siempre tuvo ubicados y monitoreados hasta que llegó el momento de encarcelarlos, cebarlos, para al final canjearlos por el depauperado Alan Gross.

O véase este otro caso, que apenas acaba de suceder: la infanta Mariela Castro le ha entregado un reconocimiento, llamado “El mayor amor”, al padre y a la madrastra de Elian González, el triste muchacho ex-balsero. El premio es otorgado por primera vez por el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), y en lo adelante se adjudicará cada año a personas que hayan construido familias ejemplares.

Dejando a un lado la perplejidad que debe sentir la comunidad oficialista LGBT, al ver que su alma mater otorga premios a una familia ejemplar y, supongo yo, heterosexual, en lugar de a una ejemplar familia de gays -en estos momentos es posible que Francisco Rodríguez Cruz, aka Paquito el de Cuba, esté redactando una iracunda reclamación al respecto-, decía yo entonces que, en Cuba, a cualquier cosa se le llama héroe.

Y fuera de Cuba también, claro.

En los Estados Unidos, por ejemplo, donde se designa héroes a los que en Cuba se manifiestan como opositores. En este caso, todo lo que se necesita para esa otra distinción es decir algo en contra del desgobierno cubano. Y ser valientes, por supuesto, que ya se sabe es condición necesaria, aunque, lamentablemente, no suficiente.

Los problemas en realidad comienzan cuando alguien se pregunta que hay de heroicidad en sobrevivir por una feliz casualidad a un terrible viaje en balsa, o en verse atrapado en un forcejeo entre un megalómano y un megapaís.

O cuando se habla y se dice, sí, pero en el acartonado discurso de los opositores no se escucha ni siquiera una sola idea acerca de un programa de gobierno alternativo, de un plan para el país que viene, de algo que les hiciera ganar una hipotética elección. y que no sea sólo oposición per se.

O cuando una facción de las Damas de Blanco, al parecer instigadas por su líder Berta Soler, ataca como un cáncer a otras Damas de Blanco, y nada menos que usando el mismo mecanismo de los represores: el del mitín, la turba, la chusmería, y la humillación.

La batalla por Cuba, pues aún continua: de un lado, el desgobierno de Cuba, que lucha por mantener el poder absoluto; del otro, el gobierno de los Estados Unidos, que maniobra para ese desgobierno desaparezca de una vez. Mientras, la marejada va sacando a a la orilla a héroes de turno, pírricas banderas que cada parte ondea, a falta de otras mejores.

Nadie sabe quién al final mostrará en su mano los despojos de nuestro pobre país y dirá que esa es su victoria; no es posible todavía saber quién ganará esa batalla.

Pero, si hay algo de verdad en que por los héroes se juzga a la batalla, entonces esta todos los cubanos ya la hemos perdido.

domingo, 15 de febrero de 2015

El breve espacio que ya no está

De nuevo habló Pablo Milanés.

De nuevo dijo que no le gusta el gobierno cubano, que lo considera un estafador y que, además, ese gobierno aún le debe una disculpa por los meses que lo recluyó en la UMAP y en una celda en La Cabaña.

No es la primera vez que Pablo Milanés ha dicho lo que piensa, sin afeites ni paños tibios. Ha ido a fondo y ha dicho cosas contundentes.

Será mejor hundirnos en el mar, que antes traicionar la gloria que se ha vivido, por ejemplo.

Esa es una de las frases que cantó, ha cantado, tantas veces, en tantas tribunas, en tantos levo-aquelarres, y ni siquiera uso el Google para transcribirla. Me la sé de memoria.

Se necesita mucha convicción, credo y entusiasmo para escribir algo así, y después decirlo públicamente sin sonrojarse. Nótese que es una suerte de clásico epílogo fidelcastroico; catastrófico, mesiánico, un ´Patria o Muerte´, un ´Dentro de Revolución todo, fuera de ella nada´, un ´Abajo la gusanera´; la muerte, la muerte, la muerte, siempre la muerte.

Sin embargo, lo dijo con elegancia, sin aspaviento ni manoteo; se lo cantó a una mujer que se encontró alguna vez en un lugar donde había crecido un árbol -que quizás no han talado, si ha tenido tanta suerte-, y a la que se lo recita con harto lirismo, en épico grand finale, cuasi sinfónico, sin que se precise una marcha combatiente para vociferar el coro. Basta con la melodiosa voz de Pablo cada vez.

Para manifestar un deseo como ese se requiere, además, una exaltación cercana al éxtasis religioso; una absoluta vocación por el fatalismo izquierdoso es necesaria para desear tamaña catástrofe: que se ahogue en agua salada la nación en pleno, hasta el último niño, si llegara el caso en que la desagradecida nación cambiara de opinión y dijera que la gloria vivida es una mierda, que lo que en realidad necesita es un “un mañana mejor, con felicidad, con libertades y con (…) prosperidad”

Bueno, yo soy un librepensador. Le reconozco el derecho absoluto, a la nación y sus ciudadanos, a tener opinión, y a cambiarla si así lo desean, sin que por ello se tenga que hundir en el Caribe la maltrecha isla, dejándonos sin trovadores ni balseros.

A Pablo también le reconozco ese derecho a pensar diferente, por supuesto; al cabo también él es parte, e importante, de la nación.

De hecho Pablo ejerce ese derecho a plenitud cuando dice que aún defiende la idea original, la de 1959; que sigue siendo de izquierdas; que él es un revolucionario; que el socialismo real fracasó, pero que apoya a Evo Morales y Correa, mientras que Mujica es su ejemplo a seguir; que se alegra de que hayan regresado los presos (sic) cubanos; que las reformas son un maquillaje; que está decepcionado con los dirigentes que lo engañaron (¡!); que el pueblo cubano está en una agonía que ya ha durado 50 años; que asume el pasado, y que tiene claro lo que piensa. También deja claro, por cierto, que la tierra firme, por suerte, ya no lo inhibe.

Pablo finalmente tiene la idea: Cuba no es, entonces, ni próspera, ni justa, ni lógica; tampoco está, por suerte, hundida en el mar, si bien lo está en la desesperanza.

Pablo, que es más digno en su sinceridad que Silvio en su indecente inercia, imaginó a su país en sus canciones -de buena y equivocada fe-, como el amplio espacio para sus románticos sueños juveniles de felicidad, libertades y prosperidad.

No pudo imaginar, sin embargo -y bien podía haberlo hecho-, que Cuba, en realidad, sería algo muy diferente; que sólo llegaría a ser, muy a nuestro pesar, ese espacio breve que, tristemente, ya ni siquiera está.

martes, 10 de febrero de 2015

Y (¡por fin, coño!) le conozco las entrañas…

De lo que ha sucedido en las dos últimas décadas en Cuba, yo encuentro particularmente interesante la evolución del viajecito, que ya es el viajezón, pudiera escribir Guillen,entre marejadas de whisky, de otra zona, por supuesto.

Moscú, Praga, Bucarest y Sofía son, en estos años de renovación espiritual y material, destinos tan obsoletos como pueden ser Ulan Bator, Vladivostok o Alma Atá. De acuerdo a esa realidad, aquel programa que afortunadamente nunca tuve la oportunidad de ver, y cuyo nombre era 9550, número de kilómetros entre La Habana y Moscú –en línea recta, presumo- hoy se llamaría 90 millas. Y sería igual de cheo, sigo asumiendo. Probablemente, hasta estaría en El Paquete.

Tenemos entonces que, ya sean portales de noticias sobre temas cubanos, organizaciones pro cualquier cosa y anti-desgobierno cubano, disidentes de todo plumaje y calibre, oficialistas, para-oficialistas, cuasi-oficialistas, oportunistas de variopinto origen y menguado talento, académicos, estudiosos, vaciladores, habladores, los callados, en levita, y no guayabera, el pueblo en pleno, todos –y no a la Plaza-, sin distinción, disfrutan del tibio dinero que fluye, abundante,en los Estados Unidos de Norteamérica, ex-imperio de mal, ex-enemigo, pero igual de poderoso-con el que sería una maravilla contraer deudas y más deudas, de gratitud, de inversión, y de televisión por cable-, decía yo, entonces, que disfrutan esos compatriotas, todos, del dinero que a borbotones proporcionan agencias, instituciones, fundaciones e impuestosde con los que por acá contribuimos.

Hay en esto un salto cualititativo y cuantitativo a la vez, lo cual, en cierta forma, pienso que se pasa por la piedra una de las leyes del desarrollo que promulga la dialéctica marxista. No sé si los doctos del pensamiento admitan tal cosa pero, la verdad, me resbala por la mencionada piedra. Y paso a argumentar.

No es lo mismo una beca, en el mejor de los casos, en la Lomonosov, que un grant en una universidad del revuelto, brutal y generoso –cualquiera, me sirve cualquiera, pa´ mi vacilón me sirve cualquiera, diría el filósofo- , o una salianka humeante que una grasosa hamburguesa hiperjugosade ShakeShack –fan de la sopa, ese argumento quedó débil…-, o una compra modesta, con dinero de bolsillo proporcionado por el Estado cubano, en una tiendita de ucranianos en un bazar praguense, que un día, tan sólo un par de horas, una hora, vaya, de disfrute de los descuentos en Walmart, sufragada la compra por cortesía de un generoso estipendio en dólares. No señor.Que el chicharrón no es carne, ni el dólar es rublo, ni CUC.

Tampoco es desdeñable la posibilidad–excepcional esta, y ojalá que adecuadamente apreciada-de darse una vuelta por el barrio al norte de La Habana y poder decir, por una vez en la cabrona vida, lo que uno quiera, sin represalias, sin cuidarse del colega, sin atragantarse con lo absurdo.

Es fácil imaginar que esa sería una disfrutable alternativa a las sin-prisas y constantes pausas. Rumiar la idea,en la intimidad del recuento del día, justo antes de dormir, bajo la colcha, la cabeza en la limpia almohada, que rica, y pensar, oye, qué clase de morronga es aquel país y su remierda de gobierno, aunque a la mañana siguiente se diga, fuerte, claro, y en público, en cáusticoy combativo ejercicio de la crítica, que aquel que escribió lo que escribió y que dijo lo que dijo, lo escribió y lo dijo porque es un asalariado de agencias, instituciones, fundaciones e impuestos de con los que por acá contribuimos. Y eso, como si en realidad hubiera dos dineros: el ajeno, que hiede a mierda, y el propio, fragante a rosas, de las que se compran en flowers.com.

El viajecito, pues, ha cambiado. Ha mutado en viajezón, en cosa buena, en pantalla plana de 42 pulgadas de marca genérica para sustituir al Panda.

Pero la cosa cubana no; la cosa cubana no cambia. Ni la gente tampoco. Eso es lo que hay, folks.

Y no quiero, ni debo terminar, sin antes dejarles mi consejo,que nadie me ha solicitado, pero que es sano y gratis: vivan, dejen vivir, compren barato y bueno, vístanse de largo, hagan acopio de pudor, no jodan tanto, y disfruten al monstruo.

domingo, 8 de febrero de 2015

Pulpeteando

La idea tras la pulpeta, o meat loaf es, además de simple, versátil.

En mi casa la hacían en cazuela, con una salsa española. Aquí la hago al horno, con una salsa base tomate también:

Una libra de carne molida
Dos huevos hervidos

Lleva entonces todos, o algunos de estos , u otros ingredientes que uno prefiera:

Media cebolla blanca, bien picada
Ajos a gusto
Perejil, picadito
Un pimiento rojo o verde, asado, picadito
Pasas
Comino recién molido
Pimentón dulce
Pimentón ahumado
Pimienta
Sal
Un huevo batido
Pan molido, 1 parte de pan por tres de carne quizas (yo uso Panko)

Salsa:

Media taza de catchup, un chorrito de miel, un tin de salsa worcestershire o una cucharadita de mostaza, una cucharadita de comino recién molido, tin de sal.

......................

Horno a 375 F.

Mezclar bien todos los ingredientes, excepto la carne. Una vez bien homogénea la mezcla, adicionar la carne y unirla a la mezcla, pero sin mezclar demasiado para no perder la textura.

Colocar la mitad de la mezcla en un molde, poner los dos huevos hervidos, adicionar la otra mitad, cubrir con la salsa y hornear por una hora.

Para los que gustan de sabores más fuertes, le pueden poner queso parmesano a la mezcla. También admite aceitunas, pistachos, alcaparras, en fin, menos chocolate y calamar, casi cualquier cosa :)

sábado, 7 de febrero de 2015

La necesaria intimidad con la realidad

Lo mejor que he leído acerca del indudablemente polémico artículo “Las patrias íntimas del internacionalismo”, que Carlos M. Álvarez publica en OnCuba, ha sido un comentario que decía que la gente se ha escandalizado al leerlo porque están acostumbrados a digerir solamente la papilla que publica Granma. Algo así decía el certero comentario.

Yo no creo que ese artículo sea el mejor que haya escrito CMA. Los he leído mejores, de los que él ha publicado. Quizás a este le falte un poco del lirismo del que CMA habitualmente hace gala. Se nota tosco por momentos; se extraña el cuidadoso tejido con que acostumbra a fabricar sus trabajos. Parece, realmente, algo hecho a la carrera.

Pero eso, la verdad, es lo de menos. El artículo es simplemente relevante.

Lo primero en que pensé cuando lo leí fue en Médicos sin Fronteras, paradigmas de profesionales comprometidos. Profesionales, por demás, mayormente anónimos. Se van a sus misiones, y pasan semanas, meses, en lugares inhóspitos que apenas tienen nombre. De sobrevivir, un jueves cualquiera regresan a su país, toman un taxi, y se van a su casa. Si alguien se entera de su regreso, será la esposa o esposo, o el encargado de la perrera donde le cuidaron el perro todo ese tiempo. Así de sencillo, con la simpleza de lo cotidiano.

A nadie se le ocurriría negar la abnegación y altruismo de esos médicos. Pero a nadie se le ocurre tampoco tomarlos como banderas de propaganda política del gobierno de turno, ni mucho menos llamarlos héroes.

En Cuba se le dice héroe a cualquier cosa.

A unos espías de medio pelo, observados y tolerados por el FBI hasta que llegó el momento del ajuste de cuenta. A Arnaldo Tamayo, guajiro, mulato, oriental y cosmonauta al que los soviéticos le dieron botella. A un niño demasiado serio, con síntomas de oligofrenia, cuyo mérito fue haber logrado sobrevivir a un desesperado viaje en balsa, y quedar atrapado en el terco forcejeo entre Fidel y los Estados Unidos. A un señor tan hábil con una mocha que, en plena época de la mecanización de la agricultura, es capaz de llenar incontables carretas con caña de azúcar cortada a mano. A Ubre Blanca, vaca mutante cuyos trozos congelados guardan en algún lugar, a la espera que llegue el tiempo de la ciencia ficción y alguien, por fin, inunde a Cuba de leche.

Y a los médicos y enfermeros internacionalistas, por supuesto.

Carlos Manuel pone los diez dedos en la llaga. Trae al joven negro, maricón, de paupérrimo origen, vida miserable, de familia disfuncional, al que las necesidades materiales acosaban y que tuvo la mala suerte de ir a buscar la solución a sus problemas a la tierra de sus ancestros y morirse allá, y nos lo muestra tal cual; sin banderas, ni funcionarios en guayaberas blancas, ni arengas luctuosas.

Su descripción del entorno es excelente, hiperrealista de tan familiar que resulta: ¿quién no ha visto una casucha como esa, cercada por la mierda de gallinas y las moscas?  Se lee, y no es difícil estar de acuerdo con que la única oportunidad de mejora de vida, material y espiritual, para Reinaldo Villafranca, para sus colegas que aun sobreviven, y para la inmensa mayoría de los cubanos, sean médicos o macheteros, hoy no está en Cuba.

Mostrar a Villafranca en 360 grados, desmitificar los motivos, descartar al héroe, hablar de la persona, dejar al Granma colgado de un clavo en la pared de tablas de la letrina, es lo verdaderamente importante del artículo.

Lo penoso es que hay quien no es capaz de leerlo de esa manera. No es culpa de Carlos Manuel, por supuesto, ni siquiera de la mente tullida de ese lector. Esa miopía es sólo el resultado de décadas de falta de información objetiva, de dogma, de redonda mesa monocorde, de periodismo amordazado.

Si Carlos M. Álvarez quiere seguir escribiendo de prisa, y prescindir un poco de la belleza y el verbo sabroso, da igual. Mientras que siga escribiendo de las cosas necesarias, da igual.

Lo relevante es que, por fin, alguien en Cuba está haciendo periodismo como debe ser.

jueves, 5 de febrero de 2015

Rutina

Yo, y una señora obesa, que siempre viste de negro, que camina lento y con cierta dificultad, acudimos la mayoría de las mañanas a una cita con puntualidad de amantes.

Nos encontramos en la intersección de dos calles amplias, de dos carriles, con anchos separadores. Yo, en mi auto. Ella caminando. Yo observándola. Ella cruzando, invariablemente en diagonal, la ancha intersección, 30 metros quizás, peligrosa tierra de nadie, en la penumbra de esa hora a medio hacer del amanecer.

Hemos coincidido, a la usanza de los buenos amantes, en todas las combinaciones posibles: nieve, lluvia, calma y viento; yo, esperando mi luz en el semáforo; ella, apenas comenzando a cruzar; yo, cruzando veloz; ella, detenida en medio de la calle; yo, mirando; ella pasando; yo pasando; ella que ya pasó.

Un día no va a estar. La van a matar. Un auto que va a conducir un tipo malhumorado por la resaca y las cuentas por pagar, o un joven tecleando su primer mensaje del día, o una mujer que va a llegar inexorablemente tarde a su trabajo pero, eso sí, maquillada, y se acicala mientras maneja en la semioscuridad a 50 millas por hora. Uno de ellos la va a embestir, la va a hacer volar, y ella va rodar por el asfalto, convertida en un informe bulto negro al que se le acabó la suerte.

Tengo la esperanza que ese día nunca llegue. Pero, si llega, espero que el azar que ronda hasta a las más rancias rutinas haga que esa mañana yo falte a nuestra cita.