miércoles, 10 de febrero de 2016

¿Quo Vadis, América?

Después de las primarias de New Hampshire, Donald Trump es el favorito de los republicanos, para espanto del Partido Republicano, y Bernie Sanders el de los demócratas, para estupor de los capitalistas.

El magnate Trump tomó por asalto un partido fragmentado, monótono. Con agresiva retórica compulsiva, hurgando con oportunismo y sentido de la oportunidad en las llagas supurantes del chovinismo y el miedo de los blancos de clase media, se abrió paso a codazos, echó a un lado a una docena de candidatos de reconocido pedigree conservador, e izó su bandera de estrella de reality show.

En el camino minimizó a Jeb Bush, que parecía el hombre razonable de los irrazonables; ha mantenido en jaque a Ted Cruz, canadiense-tejano-cubano con una base electoral que debe ser más fuerte en el Bible Belt, entre los evangélicos a los que les encantaría ver en la presidencia de los Estados Unidos -sobre todo después de haber tenido que sufrir a un negro liberal como Presidente- a un hijo de predicador, que predica política e invoca a Dios con frecuencia tal que recuerda a los fieles que se arrodillan de cabeza a La Meca.

También ha superado Trump a Marco Rubio, al cual gobernador Chris Christie, con brutalidad de clase obrera (Christie no deja de recordarme a un orador de sindicato) ha dejado en evidencia, como a un niño azorado al que atrapan con las manos pegajosas de caramelo. O en este caso, con las respuestas precocidas, anotadas en los brazos. Marco Rubio, cuya aparente solidez ahora tiene grietas enormes que le va a costar mucho reparar.

En el otro costado de espectro político Bernie Sanders es el consuelo que les queda a muchos votantes demócratas ante una Hillary Clinton cuya credibilidad y competencia se estremecen bajo el embate del E-mailgate.

Y si bien el fenómeno Trump no es del todo sorprendente -al cabo se sabe que el racismo, la xenofobia y el nacionalismo estadounidenses están justo bajo el milimétrico maquillaje de lo politicamente correcto- la preferencia de una parte del electorado demócrata por un candidato de corte cuasisocialista como Sanders, en este el bastión del capitalismo planetario, es desconcertante.

Donald Trump y Bernie Sanders son los favoritos del día por razones que pueden parecer diferentes en cada caso pero que son, en su conjunto, un síntoma unificado de descontento con el estatus quo. El electorado -o la estadística que aportan Iowa y New Hampshire- de alguna manera está dejando sentir que se rebela ante lo “tradicional” y se lanza a una búsqueda -hay algo de desesperación en ello- de opciones que se apartan del clásico binomio demócrata-republicano.

De acuerdo a ello las preferencias por Trump y Bernie parecen, más que entusiasmo genuino por esos candidatos, un voto de castigo para un republicanismo aguado y para demócratas desabridos.

Se pudiera dar el caso entonces de que lleguemos ante una urna electoral a votar por el menor de los males. Eso es una mala noticia.

Mala noticia para la nación americana, también fragmentada, necesitada de aire fresco en un mundo que se reparte de nueva cuenta entre potencias de nuevo tipo, con Europa retorciéndose bajo la presión de la diversidad étnica y la ola migratoria que la invade, con el planeta bajo el asedio del terrorismo global como nunca antes en la Historia. Los Estados Unidos, por momentos, parecen haber perdido el control del juego mundial, y hay un sentido de urgencia porque lo recupere.

Y lo peor, pienso, no es siquiera la posibilidad -cada vez más real- de ese voto insulso en las elecciones presidenciales: aun si cambiaran las preferencias actuales, y no llegaran Trump y Sanders a las boletas, la incertidumbre acerca del quo vadis de la sociedad y la nación americana seguiría vigente.

Por lo que observo, estamos viviendo una crónica de un proceso electoral que -quisiera equivocarme- no parece llevar a ningún lugar mejor del que ahora estamos.

martes, 9 de febrero de 2016

Like you do




Voy manejando.

Día -¿eso blancogris es el día?- nevando, viento. Frío, mucho frío. No recuerdo adonde iba. Ni siquiera sé a derechas que día fue. Uno de la semana pasada. Y ni siquiera es importante.

Lo importante es lo que escucho, uno de mis ostinatos preferidos.

Doy una voltereta.

Caigo sentado en la orilla de mi camastro.

El cielo detrás de la ventana es azul, blanquecino, cianótico, sofocado por el mediodía espantoso que resblandece el chapapote de las calles y calcina las azoteas erizadas de maltrechas antenas, que se extienden, se confunden, me confundían, me hacían creer hasta no hace tanto -¿qué tanto son unos años en la vida de un adolescente?- que podía viajar a saltos, de azotea en azotea, hasta el Capitolio, aquel espejismo que tiembla tras el sopor de La Habana evaporada; atravesar la ciudad, un trozo de ciudad en realidad, que se antoja enorme pero que es solo un apiñamiento de barrios alrededor de una bahía bella y hedionda.

A saltos, pensaba, que se pudiera escapar de este núcleo urbano, repleto de cemento carcomido, acribillado por gritos de demasiados vecinos y ladridos de perros neuróticos. Del Capitolio a la mar hay un saltico; llegar al agua, dejarme llevar, llegar, conocer que coño era la dobliu no se qué, que debe ser glamorosa, inmensa, un edificio moderno, con clase, tecnología de primera, cosa maravillosa que burla el criminal bloqueo imperialista, a los heróicos guardafronteras, a los insomnes censores, que se infiltra en el tosco y poderoso radio VEF, trayendo consigo al agente Peter Frampton, pam... pam... pam... pam... pampampám. Do you feel like we do?, Do you feel like I do?, pregunta, pregunta; yo no respondo; ni siquiera estoy seguro de lo que dice.

Palmeo mis muslos, flacos, retintos de sol, los ojos enredados en los cables de las antenas, do you feel, ataviado con mi short rojo, con un ribete blanco que se deshilacha, luciendo mi osamenta, sin camisa, sin calor, like we do, atemperado, ciento veinte libras de sano hueso, pampampám.

Doy una voltereta.

El auto frente a mí frena, toma una izquierda, sin avisar la maniobra.

Se atraviesa. Se detiene. Mecagoensumadre, Do you feel like I do? La nieve no ayuda. Los tontos no ayudan. No son suicidas. Homicidas, si acaso. Hideputas de seguro. No se puede frenar. “Hijo, ni en la nieve, ni en la autopista, ni en las curvas se frena”, escucho otra vez el sermón cantarino del hombrecillo que maneja como un iluminado y me inicia en los secretos de la carretera, “muchos años manejando trailers en la montaña, mi´jo, a huevo”. Reduzco a tercera, a segunda, paso por la derecha, tan cerca que pudiera tocar el carro del idiota. La nieve fangosa crepita allá abajo. El auto que me sigue se espanta, vocifera la bocina, frena, se ladea. Baja el vidrio, Fuck you, moron; No, fuck you, replica el idiota. Do you feel like we do?, pampampám.

Doy una voltereta.

Es la versión larga. Jam, brother. Como quince minutos, asere. Como si Frampton no quisiera que se acabara nunca. Como la obertura de Guillermo Tell; el de Rossini, no el de Carlos Varela. Que regresa, una y otra vez, al grand finale, un minuto entero de volteretas da Rossini, que tampoco quiere que se acabe su obra maestra. Cosas de clásicos, bro; jam, o escriben un minuto de música que dura una eternidad.

Pampampám. La gente grita, aplaude, ovaciona. Enciendo un Popular. El humo azul escapa por la ventana, se mezcla con el aire ardiente de allá afuera. Un salivazo de nieve empapa el vidrio y desaparece arrastrado por el limpiaparabrisas. Le bajo el volumen al VEF, Classic Vinyl en Sirius XM. Me recuesto en la cama. Tomo un libro. La dobliu nos penetra ahora con ágiles comerciales, en inglés, que no entiendo. Cambio a CoffeeHouse. El eco de Peter Frampton se me arremolina tras la frente. Pampampám. Cierro el libro y miro al techo. Me bajo de carro.

Y decido que voy a escribir. About how do I, Peter, feel like you do.


jueves, 4 de febrero de 2016

Regetón, rating y la bobería

Una amiga me envía un video. “Ni sé quién es este, pero parece que es famoso por allá. Estamos perdidos”, es la nota que acompaña al enlace.

Allá” quiere decir los Estados Unidos, pues mi amiga vive en Europa. “Allá” es Miami, pues “acá” tales cosas se diluyen a tal punto que ni la red social las salva.

Maskvá slzam nie verí”, es el título de aquella película soviética que se apartó de las recurrentes historias sobre la Gran Guerra Patria y contó un simple relato urbano que, por diferente, trascendió. Moscú no cree en lágrimas entonces, pero Nueva York no cree ni en lágrimas, ni en Moscú, ni en La Habana, ni en nada ni nadie, para el caso.

Y no definitivamente en un regetonero, cubierto de tatuajes de mal gusto, con sombrerito rumbero y lentes de sol, que es del Cerro, que compró tamaña casa en 41 y 52, va a trabajar en su carro, canta en Europa y en provincias, y que dice que es babalao. Como se dice por “acá”, the whole package.

Nada diferencia, sin embargo, a este muchachón de todos los que han visitado Miami antes que él, y de los que vendrán después; vienen a por dinero, que está aquí y no en provincias ni en Europa.

No tiene nada interesante que decir el entrevistado -a no ser para los que gustan de su “música” e imágen-, pero de alguna manera aterriza frente a las cámaras de una televisora de “allá”, flanqueado por Boncó, y donde unos entrevistadores panamericanos tratan, insisten, persisten, en que el regetonero, que ya tiene carro, casa en Buenavista, fama provincial y dinero para tatuarse, diga que en Cuba la cosa está mala; que hable sobre la represión, sobre las Damas de Blanco; que diga, repita, por el bien del rating, lo que todos saben. Que diga que aquello es una mierda. "Pínchalo, coño, pincha a aquello". “Aquello”, que le da de comer.

Vamos a dejar entonces al regetonero a su suerte. Al parecer, sabe qué no puede decir, y a eso se ciñe.

Mejor vamos a examinar de cerca estos asalariados del espectáculo. De tener oportunidad me gustaría preguntarles qué creen de su programa, qué creen de su televisora, qué creen de su propio nivel profesional; si han visto sus caras de jauría hambreada, si practican esos acusadores gestos de jueces infalibles, si es auténtica esa ira de gente pura .

Me gustaría hacerle tales preguntas, a ver si se atreven a decir que todo eso -el programa, la televisora y su “entrevista”- es una porquería. “Allá”,“acá” y “acullá”.

No es moral ni decente pedirle a alguien que se inmole.

Ni a Elaine Díaz con su proyecto de reportajes sobre desgracias y desgraciados, ni a un regetonero que quiere vivir su casa y manejar su carro, ni a quienes no escriben lo que hay que escribir, ni a los que callan cuando se les pregunta.

Ni siquiera a esos, que en aras de un rating, pierden un tiempo precioso, que pudieran dedicar a entrevistar a sus productores y reclamarles por qué no están, todos, en la frontera del El Paso, Laredo, en Ciudad Hidalgo o Tapachula, siguiendo los azares de los cubanos que llegan a oleadas, rastreando las rutas de los traficantes, entrevistando a las Maras, a los coyotes, a la Policía Federal Mexicana.

No estamos perdidos”, le respondería a mi amiga. No si alguna vez vemos a esos trabajadores del espectáculo -como hicieran los buenos reporteros y entrevistadores- tratar, insistir, persistir, preguntar a todos esos actores de nuestro drama étnico, y no a un regetonero ocasional, qué les parece “esto”, y no “aquello”.

lunes, 1 de febrero de 2016

Deberes de invierno

Uno va aprendiendo rutinas.

Subir los limpiaparabrisas antes de la nevada y la helada, por ejemplo, para que no se queden adheridos al parabrisas.

O quitar de encima del carro la nieve, mientras está todavía fresca, fácil de mover. De dejarla, puede compactarse, aferrarse a la carrocería, y al tratar de desprenderla se puede dañar la pintura.

También hay que lavar el carro lo más pronto posible, y más de una vez: la sal que usan para derretir la nieve en las calles es corrosiva, y oxida el metal de la carrocería y el motor.

Hay quien disfruta lavar un carro. Yo no.

Una vez lo hice; lavé mi primer carro, una mañana de un sábado, o de un domingo; terminé sudado, la ropa mojada, y el auto ni siquiera se notaba muy diferente después del lavado: era un Ford Topaz, que había visto sus mejores momentos hacía diez o doce años atrás; la pintura ya estaba opaca, descascarada en algunos lugares, la tapicería desgarrada, y le faltaba la palanca de las luces direccionales.

Pero fue mi primer carrito, con el que aprendí a manejar, al que le reparé el motor un par de veces, en el que invertí casi lo mismo que me costó, y que vendí un año después por cién dólares menos del precio al que lo había comprado. El “síndrome del primer carro”, llamo a ese insensato afecto por ese el primer carro, que nos lleva a gastar dinero y esfuerzo en algo que no lo amerita. Quizás alguien sepa de lo que hablo.

Unos días después, para mi suerte, un conocido me ofreció, por una suma módica, lavar aquel deslucido Ford, y hasta encerarlo. Fue esa quizás una de mis primeras interacciones con la simpleza de “Usted vende-yo pago”, esa maravilla que hace funcionar el comercio, el mercado y el capitalismo. No a las gratuidades indebidas, decía el regalador en jefe, que nunca se aplicó la máxima a conciencia.

A partir de entonces, cuando encontré que alguien podía proveer el servicio que yo necesitaba, y que yo podía pagar por ese servicio -hace ya unos dieciocho años de ello- nunca más he lavado el carro de turno.

Como decía, uno va aprendiendo rutinas.

Ayer llevé entonces a lavar el carro de mi esposa, y hoy en la mañana llevé el mío.

La nevada, el deshielo, la sal, y el fango citadino los había cubierto con una capa de áspera suciedad que urgía eliminar. Y yo, animal de costumbre y conveniencias, siempre los llevo a lavar al mismo lugar, donde la gente me cae bien, el servicio es aceptablemente bueno, donde después de diez lavadas te regalan una, y donde dos grupos de hispanos, uno a la entrada del tándem de lavado, y otro a la salida, se encargan de secar, limpiar y dejar los carros en no impecable pero sí buena apariencia.

Trabajan esas personas bajo el calor agobiante de los mediodías de verano, y en el frío terrible de los días ventosos de invierno; sábados, domingos, desde que amanece hasta que oscurece, empapados, chapoteando en charcos oscuros, trapos mugrientos en las manos rojizas, irritadas por el agua helada y los productos de limpieza. Trabajan, supongo, por un salario fijo, mínimo; trabajan ahí porque, tal vez, no tienen otra posibilidad; pero sobre todo trabajan por la propina, que apenas compensa ese salario tan mínimo como insuficiente.

En eso pensaba -siempre lo pienso, cada vez que voy- mientras observaba a algunos clientes que también esperaban a que sus autos estuvieran limpios y flamantes. “Siempre parecen los mismos...”, me dije, esos que esperan: enfundados en ropas deportivas, espejuelos de sol que disimulan los párpados hinchados, gorras para cubrir el cabello desarreglado por la almohada, en la mano un vaso de Starbuck con alguno de esos menjunjes que apenas son café.

Alternan su atención entre sus teléfonos y los movimientos de la tribu que se arremolina dentro y fuera de sus autos. Nadie conversa. Solo esperan, con paciente impaciencia, la señal de partida. “¡Rédi!”, repite cada vez uno de los empleados, mientras señala hacia el carro en cuestión. La viveza del grupo de lavacarros contrasta con la abulia de los que los observamos. Hablan en español, con acentos de toda América -a bunch of spanish guys, sería la descripción equivalente que brindaría alguno de los otros clientes, que solo deben escuchar un parlotear del que no entienden ni una palabra.

Yo sí entiendo. Hablan sobre fútbol; sobre alguien que hizo algo que no alcanzo a saber si es bueno o malo; sobre otro que hoy no vino a trabajar. Conversan, sin alterar la coreografía que los lleva de un carro a otro. En el grupo hay tres mujeres. Dos son muy jóvenes, otra debe rebasar la treintena; secan los vidrios, enjuagan trapos, llevan y traen alfombrillas. En silencio. A veces una mirada a los que esperamos, furtiva, sin sonrisas. Indiferentes.

Los clientes se suben a sus autos (“¡Rédi!”) y se marchan. Una señora diminuta, que viste unos abigarrados pantalones de licra, muy ajustados, y que calza unas botas UGG con reborde de lana, deposita un par de dólares en un recipiente que allí tienen para las propinas. Su carro es un VW descapotable -carro poco práctico donde los haya, pero que al menos en verano debe ser divertido-

El señor “¡Rédi!” conversa con el dueño del lava-autos, y por eso olvida avisarme que mi carro está listo. Sé que es el dueño porque hemos hablado alguna vez; pero para cualquier otra persona puede pasar por un americano venido a menos, que necesita lavar carros para vivir -también los he visto por aquí.

El hombre viste jeans, zapatos impermeables, percudidos, parecidos a los que hoy uso, y un suéter con capucha. Lleva un trapo en cada mano, y va de auto en auto rectificando detalles que se le hayan podido escapar a sus empleados. No me saluda pues no mira en mi dirección, y yo no lo interrumpo; el día es frenético: muchos clientes hoy, cumpliendo uno de los deberes del invierno.

Nadie me presta atención. Antes de subirme a mi carro dejo caer unos billetes en el recipiente de las propinas. No es obligatorio hacerlo, claro. De hecho solo la señora diminuta del VW lo había hecho en el tiempo que llevo esperando por mi carro.

No es obligatorio.

Pero si no puedo dejar algo de propina, debo lavar yo mismo mi carro. Vamos, que hay deberes de invierno, como esto de evitar que el auto se dañe; hay otros, más simples, que no son de temporada.

viernes, 29 de enero de 2016

De cómo se come un pollo

Un pollo rostizado, ensartado en un espetón; vueltas y vueltas hasta que la carne delicada, fragante, se desprenda del hueso; el color dorado, el sabor delicioso: un pollo asado al pincho es maravilla simple que conocí, y probé, por primera vez en México. Tenía treinta y tres años de edad, la que se dice tenía Cristo cuando lo ensartaron en la cruz.

“Vamos a comprar unos pollos...”, me invitaron. Apenas acababa de llegar al DF; apenas acomodaba el asombro; apenas avivaba un tímido rescoldo de esperanza, que ya iluminaba, a duras penas. Me invitaron entonces, a mí, famélico y suertudo, recién escapado del Período Especial, y cualquier invitación me resultaba buena.

Visitar el Zócalo, caminar Lagunilla y Tepito, el metro descomunal, comer empanadas uruguayas en Coyoacán, beber un refrescante clericot en la Condesa, a un Sanborns a tomar sopa azteca, o a escuchar a nostálgicos guitarristas, cantando/declamando trova en un café atestado de gente vestida de oscuro.

Insisto, todo me venía bien.

Porque en México, entérese, se puede comer pollo rostizado, queso fundido con chorizo y tomar una michelada a la vez que se escucha a un cabrón que parecía sacado de “Apocalypto”, que blande una guitarra acústica en lugar de una macana de obsidiana, desgañitándose con “Ojalá”, mientras el de la mesa de al lado daba vivas al Subcomandante Marcos, y tus anfitriones te observaban a ver qué te parecía el lugar, la comida, el zapatista y el sombrío cantante que, entre pieza y pieza, dejaba caer discursillos pro indigenistas, anti gobierno, inconforme con todo al parecer; alegatos tan parecidos a las arengas que acababa de dejar detrás, declaraciones contestatarias que, la verdad, no entendía bien -al cabo, ¿de qué coño se queja esta gente?-

Pero a mí, de nuevo, aquello me venía de perillas.

Porque yo, y eso nadie se lo imaginaba, era el único en aquel lugar, que hedía a cerveza, cigarrillos y maíz, que sabía cómo se come un pollo.

Un pollo se hierve. Se hace una sopa. Se demembra en nueve piezas -dos muslos, dos contramuslos, dos mitades de pechuga, dos alas, un carapacho- que quizás se coman tal y como están, o tal vez se retiren de la sopa y se frían, así, sin empanizar, con un poco de ajo, limón y sal. Se acompaña con arroz blanco, ensalada y, claro, la sopa.

De todo ello lo único que disfrutaba era la sopa. Nunca me gustó ese pollo hervido y frito, pollo multioficio del que había que aprovechar hasta la última hilacha. “Ustedes no saben comer pollo...”, era el comentario invariable de mi madre, guajira impenitente, cada vez que nos veía dejar huesos sin haberles arrancado y masticado el cartílago, o a los que no se le había mordisqueado el tuétano.

En mi egoista ingenuidad llegué a pensar que mi madre siempre decía tal cosa porque le gustaban las alas y el carapacho: al cabo era lo que siempre se servía, dejando la carne para los demás. Mondaba aquellos huesos a la perfección, sin dejar en ellos una brizna comestible.

“Déme cinco pollos, por favor...”, pidió entonces mi acompañante.

El lugar era un pulcro establecimiento, que dominaba la esquina entre una calle vecinal y una avenida, orlada de amarillos pasquines electorales, por donde fluía un veloz río de autos. “Nunca había visto tantos carros en mi vida...”, le había confesado a mi anfitrión, un risueño, regordete e inteligente muchacho, aprendiz de abogado, y deféño -chilango, y a mucha honra- hasta la médula. “Pos ya tendrás el tuyo, ya verás...”, me respondió sonriendo a mi que, asustado de todo, no concebía la idea de poseer un auto. Vamos, ni siquiera sabía manejar.

Aunque no le dije al casi abogado, tampoco había visto tantos pollos asados.

Se alineaban, cinco o seis por fila, una fila sobre la otra, diez o doce hileras, todas girando enfrente de las llamas azules de unas hornillas verticales, goteando grasa, esparciendo olores y luciendo colores que iban desde la lividez cadavérica de un pollo desplumado hasta el ámbar dorado de la carne suculenta. “Vieja, como hay alas aquí”, me hubiera gustado decirle a la mejor comedora de huesos de mi isla, sólo para escucharla reir.

Pero me pareció exhorbitante que mi amigo pidiera cinco pollos.

No jodas, cinco pollos eran dos o tres meses de sopas y carne frita con sabor a ajo quemado; al cabo yo era el experto, el que sabía que un solo pollo, bien aprovechado, alimenta a una familia de seis. Me asombré otra vez -no salía del asombro en esos días-, le pregunté, “¿Para qué tantos?”.

“Ah, pues un par para nosotros, para la comida”, me respondió amable, “Y los otros tres para los perros, ya sabes: allá en la casa no les dan otra cosa...”

martes, 26 de enero de 2016

Cuba: Internet y los derechos imprescindibles

El pugilato de terciopelo que mantienen el gobierno de los Estados Unidos y el desgobierno de Cuba acerca del acceso libre (y asequible) de los cubanos a Internet se parece, pelo por pelo, al asunto de la democracia y la “democracia” cubana.

Es otro empujón en esta pulsada de baja intensidad, que parece ser el signo de estos tiempos de Obama-general heredero.

Es decir:

EEUU quiere Internet para todos, porque aquello de que “The truth will set you free” -que está en la Biblia, por cierto, no en la Constitución de los Estados Unidos- es la esperanza de los que creen en las libertades individuales, esas que sí están descritas en dicha Constitución y que nosotros acá, aunque a veces no conozcamos todas las verdades, disfrutamos.

Por su parte, el desgobierno cubano sabe que el adoctrinamiento, el NTV, el Granma, y la legión de desinformadores que ha graduado el descascarado sistema educativo cubano, pues no son, al decir de un entrañable amigo, ni medio piñazo después de un paseo por Internet y sus inagotables fuentes de información.

Saben además, dictadores, censores, ideólogos y desinformadores, que la verdad de su miseria es terrible, y la quieren mantener así, camuflada en lo oscurito, mientras que en la luz se dedican a transferir al extranjero causas, culpas y responsabilidades, con el mismo desparpajo y diligencia con que la familia gobernante transfiere el dinero de los cubanos a sus abultadas cuentas bancarias en Panamá, Islas Caimán o Suiza.

Creen entonces ambos, americanos y cubanos, que Internet es la clave para el guaguancó del derrumbe. Se esperanzan aquellos, y temen estos, los dictadores, que una vez los cubanos puedan entrar y salir de Internet a su antojo, y enterarse de que su país es un desastre aun mayor que el que están viendo a su alrededor, un cambio se va a precipitar.

Les aterroriza la idea de que ser cultos es una manera de ser libre, que la verdad os hará libres; que lo que escriben plumas de peso pesado, y diletantes como yo, vaya a desatar la nueva Revolución, de rosca derecha; que sea esa la avalancha final, el barredor de tristezas que implacable se paseará por las grandes alamedas.

Y etcétera.

Leo entonces las recientes declaraciones del embajador Daniel A. Sepúlveda, subsecretario adjunto del Departamento de Estado de los Estados Unidos.

El señor explica que los monstruos estadounidenses de la comunicación han sido por fin liberados de sus cadenas y están listos para avalanzarse, como una fuerza más, sobre Cuba la incomunicada; propone además que se tienda un cable submarino Habana-Miami, que no basta con ese misterioso que se dice existe entre Venezuela y Oriente; que es necesario que ETECSA se abra al mundo para que el mundo se abra a ETECSA.

Y pienso al leerlo en cuán ingenua es la posición de los Estados Unidos, aunque esté basada en ese milenario y archiprobado instrumento de control de masas que es la Biblia.

Por otra parte, la reacción de ETECSA, ese títere gubernamental que monopoliza las cosas de la comunicación, me reafirma cuán idiotas son estos dictadores de pacotilla que, aterrorizados hasta de su propia sombra, ni siquiera entenden a sus súbditos.

Si la mayoría de los cubanos tuvieran ese acceso libre a Internet (vamos a obviar por el momento el hecho de que la mayoría no puede pagar ese servicio); si pudieran leer entonces los cubanos lo que quisieran, si estuvieran incluso en la disposición de sacar conclusiones de ello, nada va a pasar en Cuba.

Lo que sucedería es que, en realidad, los cubanos preferirían hacer lo mismo que hace el resto del planeta: buscar porno, juegos, horóscopos, deportes, Kardashian y Justin Bieber.

Porque además, en Cuba, nadie, ese “nadie” estadístico que engloba a esa inmensa mayoría insolvente e indiferente, nadie, insisto, está para la cosa política ni para leer cosas como esta que escribo.

Sin embargo, a pesar de ello, creo que hay que agradecer el esfuerzo del gobierno estadounidense: es bueno que alguien esté determinado en eregirse en campeón interino de los derechos de los cubanos, que ni siquiera saben de sus derechos. 

Al cabo, dentro de esos derechos, entre esos no escritos e imprescindibles, está también el de masturbarse frente a la pantalla de una computadora.

miércoles, 20 de enero de 2016

¡Ya está mi libro disponible en Amazon, versión Kindle!

Y con un free sample, que incluye el prólogo de la Dra. Teresa Dovalpage y un fragmento del primer cuento.

En un día o dos debe estar también disponible en Amazon la versión en papel.

¡A cogerlo, que no tiene espinas!

lunes, 18 de enero de 2016

Monólogo para una señora de buenas tetas, y otros relatos: Portada e índice

Dicen por ahí que un hombre, para ser completo, ha de plantar un árbol, tener un hijo, y escribir un libro.

Le atribuyen la frase a disímiles personajes: a Martí, a Hemingway -una versión anglosajona que he visto incluye una cuarta tarea: luchar con un toro-, y no me extrañaría que apareciera hasta en un meme de Coehlo. Pero, la verdad, no encuentro una referencia confiable acerca de quién en realidad dijo o escribió tal cosa.

Cosa, por cierto, absurda y tremendista, que deja fuera de las posibilidades de ser Hombre Completo a, por ejemplo, los esquimales -para ser hombre completo hay que pelear con un oso polar-, o a los beduinos, que saben más de arenas estériles que de oasis fortuitos; también excluye a los que prefieren no complicarse la vida con niños -los DINKS, que llenan gimnasios y vacacionan en Bali- y, por supuesto, a los analfabetos reales o funcionales. Descalifica en fin, de un plumazo, a media humanidad.

Pero no hay que hacerle mucho caso a la idea, ni a la frase, ni a su rimbombante solemnidad. Y lo digo a pesar de que casi ya clasifico como ese Hombre Completo, hortelano, copulador y escriba.

Planté un árbol, un naranjo, en el borde de un árido parque, a la vera del desierto del Norte de México. Mientras estuve cerca lo regaba todos los días, hasta que, cuando ya no estuve, la helada, un sol de espanto, y la desidia lo secaron.

Tengo tres hijos, maravillas que atesoro, y que no cambio por la tranquilidad de una casa a oscuras y una hoja en blanco.
Y he escrito un libro. O mejor dicho: he llenado un libro, con una docena de historias y relatos, que va a ser publicado en fecha próxima.

Muestro aquí entonces la cubierta de ese mi libro, y el índice de las cosas que en él digo. Cuando al fin esté disponible -prometo avisar-, si se lo encuentran por ahí y tienen interés y oportunidad de leerlo, trátenlo bien, por favor. Es como ese árbol que no se malogró, o esos hijos que un día uno deja ir, con la ingenua esperanza de que siempre les vaya bien.

“Monólogo para una señora de buenas tetas, y otros relatos”, gente: próximamente en libro y Kindle.

martes, 12 de enero de 2016

Guión

Las productoras norteamericanas de cine y televisión miran hacia la Cuba semipermeable.

El escenario de una isla, hasta hace poco poco más que hermética, inaccesible al diálogo, al negocio, a la bonanza, desfasada con este siglo que ya es todo un adolescente, se les antoja exótico. O, al menos, eso pretenden hacer creer a los consumidores norteamericanos. Tienen por delante, sin embargo, una tarea difícil.

Los americanos están familiarizados con el estereotipo de pays terrible -México- que les presentan en películas y series, y con el arquetipo de pobreza de los arrabales latinoamericanos que ven en noticieros, y en más peliculas, y en más series.

Se van entonces a decepcionar cuando vean que la tal Cuba exótica es apenas otro desastre más de allende el sur de la frontera, con la sola diferencia de que por las calles deslucidas, en lugar de autos del 2016, circulan nostálgicos carros americanos de los años cincuenta, acicalados como veteranas putas venidas a menos.

Pero la idea de los astutos y siempre oportuno-oportunistas empresarios americanos no es que perdure la novedad, sino precisamente aprovecharla mientras dure. Capitalismo 101.

Ya se vio algo parecido cuando se desplomó el campo socialista e hicieron su entrada los mafiosos rusos y albaneses en televisores y cines. Entre otras cosas, porque eran quizás el producto exportable más interesante de esos países para el consumidor americano de películas de bajo presupuesto, y porque al final resultaron ser algo real: eventualmente llegaron y se establecieron en los Estados Unidos, haciéndose de una cuota del inagotable mercado de ilegalidad de este país.

Lo de Cuba es diferente.

El americano promedio conoce sobre Cuba que es un país comunista que está cerca de Miami, del que la gente huye en balsas, de donde vienen los habanos (Or is Dominican Republic the place the come from...? Not sure now), y donde vive Fidel (The Cuban President is his brother or cousin, or something, right?)

Para colmo, ni siquiera la delincuencia cubana tiene el retorcido glamur de los hampones rusos, chechenos o italianos, legendarios, hiperviolentos y eficientes.

Los delincuentes, que están en Cuba, no son tampoco esos narcotraficantes tercermundistas con fastuosas propiedades e increíbles historias para contar; a su vez, los que están en Estados Unidos son estafadores o traficantes de poca monta, que el FBI atrapa como moscas atontadas por la mierda de un perro, y cuya mayor incursión en la fama han sido sendos editoriales publicados en el Sun Sentinel donde, como si no bastara con nuestro mediocre desempeño como inmigrantes, se ha enturbiado aun más la imagen de la comunidad cubana en el Sur de la Florida.

Cuba, entonces, es escasamente noticia.

O lo era hasta ahora, que se hace notoria bajo los empujones de este deshielo a regañadientes. Y, como decía, aprovechando esos tortuosos senderos que van apareciendo, están llegando las productoras en busca de un mojito frío, tras la saga de Hemingway, el americano más famoso que haya pisado Cuba después de Theodore Roosevelt; quieren el siguiente capítulo de alguna serie y confían en encontrar, con suerte, un par de villanos novedosos.

Vienen buscando un guión.

Sin embargo, hay que pulirla para sorprender a la audiencia de los Estados Unidos, donde lo grotesco es el pan de cada día en noticieros y shows televisivos. Nadie se va a impresionar particularmente por la Habana demolida, por los sexo-turistas mexicanos y europeos, o por niños semidesnudos correteando en barrios insalubres. La televisión y el cine americano están saturados de cosas como esas.

Y toda vez que es probable que a los americanos tampoco les interesen las historias de jineteras y pingueros que en algunos países de Europa han tenido cierta resonancia, pienso que vienen en camino programas cargados de jolivudesco kitsch tropical, carros estridentes, y vociferantes cubanos cargados de cadenas y collares de santería.

Me pregunto si de veras es necesario ir hasta La Habana para tener esos escenarios. Miami está, obviamente, underrated.

Pero no hay que llamarse a engaño: en Cuba hay muy buenas historias, con ramificaciones en toda Latinoamérica, España y, por supuesto, en los Estados Unidos.

Los lazos entre narcos y y el Departamento MC; las andanzas del Departamento América por todo el subcontinente, fomentando guerrillas y organizando secuestros; las guerritas privadas de Fidel Castro por toda África; las estaciones de espionaje en el DF y Madrid, los agentes cubanos en EEUU; la conexión nicaragüense, Venezuela, Montoneros, Tupamaros, ETA, la guerrilla colombiana:

Vamos, que en Cuba hay material de primera para armar un buen guión para una serie original de Netflix.

Y si acaso no fuera suficiente con todo ello, pues aun están por contar las venturas y vida de los nuevos ricos, de la familia gobernante, de sus vástagos y sus pininos de jet set de guardarraya -que se pinta solo para un reality show, “Los Castros en su finca”-; o sobre el destino del dinero que recauda el gobierno, o de la terra incognita post Raúl Castro, o acerca de tanto desalmado viviendo en los Estados Unidos o turisteando en Miami y Nueva York después que la ubre, de la que mamaban en sus usurpadas casas del Vedado, Miramar y Nuevo Vedado, se secó.

Pero nada de eso, me temo, va a suceder.

Nadie va escribir sobre esos temas; al cabo, si no lo hacen los de adentro, ¿qué esperar de los de afuera? De nuevo, al consumidor norteamericano no le interesan esos detalles que ni siquiera entiende bien, o que simplemente le van a parecer iguales a los de tantas otras historias que ya le han contado. A los televidentes norteamericanos les interesa el morbo, pero no la sustancia de un drama lejano y ajeno.

Para que se venda el guión, tiene que ser cosa light, de utilería, como los programas de Anthony Bourdain tomando caldosa con un variopinto grupo, donde cuesta separar a los miembros de UNEAC de los compañeros de la Seguridad del Estado. Y de nuevo: eso el televidente americano no lo sabe, ni le interesa; al cabo, what the fuck is UNEAC?

Quizás veremos entonces algún capítulo de alguna serie donde un prófugo de la justicia americana deambula por las calles eusebioleálicas de la Habana, Vieja con colorete, hasta que un comando del FBI lo atrape, justo antes de que entre en San Isidro y se les joda el escenario; o tal vez será un CSI Habana cooperando con un CSI Miami, identificando a emigrantes masacrados por los traficantes de personas en la casi extinta ruta Ecuador-Miami.

En cualquier caso, profusión de carros viejos, el Malecón, gente bebiendo ron de cajitas de cartón, tabaqueros liando habanos y, sin que quede lugar para sorpresa, Hugo Cancio en un cameo de empresario binacional. Algo así será el guión que se prepara.

Guión que ansían esas aves de paso de Hollywood y Nueva York, que van a mi país como se va a un zoológico.

Después, todo se olvidará de prisa. Los focos se apagarán, y al día siguiente nadie recordará lo que vió en la televisión. Los herederos del poder en la isla lo agradecerán; así podrán seguir su carnaval privado en la paz, sin un Sun Sentinel que los exponga, ni un Oliver Stone (sí cómo no...) que se vista de largo y haga una buena película con ese guión de ignominia que lleva décadas escribiéndose.

Cuba dejará entonces de ser novedad y noticia, otra vez; el color terrible de las sociedades en bancarrota, que decora las ruinas de La Habana, no mantendrá vivo por mucho tiempo el interés de las productoras, que seguirán viaje en su eterna búsqueda de algo nuevo que vender.

La van a volver a olvidar, a Cuba la triste y, me temo, esta vez, se quedará sin guión para siempre.

viernes, 8 de enero de 2016

Mortero

El mortero de mano de mi casa era de madera negra.

Tenía su lugar junto a la pared de losetas verdes, al lado de un pote amarillo de plástico donde se almacenaba la sal, apelmazada por la sempiterna humedad. El pote tenía una inscripción, en estilizadas letras negras, por entonces ya borrosas. Al Raee, decía, y más abajo se desplegaban, ininteligibles, otros caracteres en árabe, y alguna figura que pudiera haber sido un beduino, o un camello, uno de esos estereotipos alegóricos.

Ese recipiente exótico había llegado a nuestra casa como parte de lo que se compraba con la libreta de abastecimiento; traía manteca, o dátiles, y el caso es que se decía -decía mi hermano, con aire de enterado- que esa manteca -o dátiles- llegaba desde el Medio Oriente, nada menos que desde Iraq, como parte del pago que recibiera el ortopédico Rodrigo Álvarez-Cambra por haber logrado curar, de cierta dolencia que le impedía caminar, nada menos que a Sadam Hussein.

Que como parte del pago y como muestra de agradecimiento, seguía narrando mi hermano, le habían construido, o reparado y asignado, al doctor Álvarez-Cambra, una fastuosa casa en Miramar porque al parecer el doctor recibía visitas de relevantes dignatarios, y se precisaba prestancia y fachada para tales encuentros, y yo, que no sabía que había tanta gente coja además de importante; no jodas Alex, me dice mi hermano, y me observa, suspicaz.

Al otro lado del modesto mortero de madera negra -ébano tal vez- estaba un recipiente metálico donde se almacenaba la manteca de freir después de cada uso, ya libre de partículas requemadas gracias al filtro que hacía de tapa del pote. Me gustaba oler el recipiente, sentir el aroma de aquella grasa, que sugería esporádicos bistecs y montones de papas fritas, saladas. Alguna vez, sin que me viera mi madre, empapé un pedazo de pan en la oscura manteca y lo devoré; me decepcionó el sabor insulso y grasoso que embadurnó mi lengua. Debí ponerle sal, pienso ahora.

El macizo mortero estaba carcomido por el uso; los bordes habían pérdido su contorno regular; el cuenco, estriado por el implacable golpeteo del majado, estaba perfumado para siempre con ajo y comino; la mano, mutilada por quién sabe qué cataclismo doméstico, ya era solo un muñon incómodo e insuficiente que apenas majaba los condimentos, hasta que un día la sustituyó una piedra china pelona que se trajo mi padre de una pesquería.

Un día, siendo apenas un niño, escaso adolescente, salí de la casa, y regresé once años más tarde.

Las cosas ya no estaban.

El abollado jarro de peltre que usábamos para bañarnos ya no colgada de la llave de la ducha; ahora lo sustituía un pequeño y descascarado balde rojo, que pudo ser un juguete para los días de playa y arena pero que terminó encerrado en el baño de mi casa, castigado por la inoperancia de un agónico motor de agua que casi nunca funcionaba.

El ventilador -mi ventilador- ya no era blanco, sino un anciano artrítico y amarillento, con remiendos y ataduras de alambre que apenas lo mantenían erguido, rígido, jadeando en el sopor de la una de la tarde.

Persistían, eso sí, imbatibles, el aroma de mi madre, a talco Maja y manos de sofrito, y la paz de mi padre, durmiendo a las ocho de la noche contra viento, marea y estridencias; de televisores, de focos incandescentes, indiferente a conversaciones a gritos y el calor agobiante.

En la cocina sobrevivía el grasero; el metal más opaco, con un par de abollados nuevos, y su insistente olor a manjares de fantasía, pero ya no estaban Al Raee con su beduino -¿o era un camello?- ni el aromático mortero de madera negra -ébano tal vez- que en mi memoria presidía los sabores de nuestra cocina. Su lugar lo ocupaba uno de aluminio, descomunal, tan ajeno como feo, que le quedaba enorme a los majados para los frijoles y fricasés de la familia.

Ni siquiera pregunté por qué ya no estaba el mortero de mi infancia: vamos, no se le puede pedir a nadie que machaque ajos a diario con una piedra, en un mortero en ruinas, tan solo para conservar un buen recuerdo, así que también perdoné esa ausencia. Pero extrañaba -aun extraño- el olor de los almuerzos dominicales que impregnaba al mortero de madera negra -definitivamente ébano- que compró mi madre, jóven y recién casada, en algún lugar olvidado de un país que ya no existe.

“Mira eso, comprando un pilón...”, me sorprendió hace unos días la voz de una señora con ojos de niña asombrada. “Mi hermano los hace allá en Panamá, y los vende a peso...”, añadió mientras observaba con indiferencia el mortero que yo había tomado de un estante en aquella la tienda hiper abastecida de cosas tan superfluas como necesarias.

Lo había estado buscando, un mortero de madera.

No es negro, y aun huele a la resina del árbol que lo parió. Pagué por él doce dólares, más impuestos, y ni siquiera lo necesitaba; en casa hay uno de mármol, de tamaño adecuado y buena apariencia. Pero es que los morteros deben ser de madera. Los de piedra son fríos, y los de metal no tienen alma.

Un mortero tengo entonces, hecho con la madera de un olivo muerto, italiano -o tunecino-, que con suerte se va saturar con los olores de mi casa, de la otra, la que ya tampoco existe.