sábado, 16 de mayo de 2015

De lo que uno escucha cuando conversa con personas interesantes

“La emancipación de la mujer tiene que ver con el costo de la vida, no con el verdadero reconocimiento de igualdades, lo cual, por cierto, me jode un poco.

Si todavía fuera posible que un hombre sostuviera a su familia con un solo salario, las mujeres aun estuvieran en casa. De hecho, fíjate en los países donde todavía es posible vivir de un solo salario, y observa la situación de la mujer allí.

Por otra parte, al salir la mujer a la calle a trabajar, se crea un vacío en la atención a los hijos que tiene repercusiones serias: hijos desatendidos, padres sin tiempo para las cosas simples, adolescentes más desorientados aun, matrimonios deshechos, familias disfuncionales, sociedad por ende en crisis.

Y todo, por el puto costo de la vida…”

Tecleando

“Yo quería escribir la canción más bonita del mundo…”

Sabina

Mire, el mayor problema que tenemos es que la vida es puñeteramente unidireccional, y todo con lo que contamos para vivirla es un teclado.

Usted escribe “doy un paso”, y no hay manera de desandar. Nada de borrar: cada letra, cada vacío, es terminal. Usted tiene una sola oportunidad para escribir sus palabras, con el mejor tino y ortografía, y si olvidó un acento, o si su idea no funciona, pues ya no hay remedio.

Las ideas tienen esa perniciosa persistencia: a veces, simplemente, no funcionan, pero ahí se quedan, en alguna página de su vida, jodiendo, recordándole que Usted es alguien que puede tener muy malas ideas; no te andes quejando, le dicen, asume las consecuencias, machacan burlonas.

Como si no bastara con esa irreversible linealidad, la mayoría de las palabras que se inscriben en nuestra vida ni siquiera nos pertenecen; de hecho, nos están vedadas, otros las escriben por Usted y por mí y -se pone aun peor el asunto- nada podemos hacer para impedirlo: “Nacimiento”, por ejemplo. “Pedrada”, que le dejó una cicatriz en la cabeza. “La mujer”, de la que se enamoró. “El drogadicto”, que embiste tu carro y asesina a tu familia. Aquí amé, aquí casi odié, aquí me sequé las lágrimas, es todo lo que le está permitido añadir a la historia ya escrita, si es que le quedan deseos de hacerlo.

En mis relecturas, encuentro párrafos que borraría completos; marcarlos, borrarlos, la maravilla que sería rescribirlos, a veces sueño con eso: cambiar la cara triste de la muchacha de la que me burlé, por ejemplo, la expresión severa de mis amigos, “Estás de pinga, compadre”; eso anda por la página dieciséis o diecisiete. No escribí su nombre, el de la muchacha, pero se inscribió con trazo firme la sonrisa feliz, primero, y su tristeza a renglón seguido; yo escribí la idiotez, ella escribió el resto. Es lo que digo: nuestras páginas están abiertas a otros, y no hay nada que se pueda hacer para evitar que te dejen una nota, en mayúsculas.

Usted escribe el grito, otros escriben el llanto; Usted aporta la indiferencia, otros se encargan del remordimiento; una tarde tú jalas, torpe, el cordón que le ceñía la cintura del vestido de flores, lo haces crujir del tirón; ella te deja la mirada de decepción, no es así como se hace, aparece entre paréntesis, o quizás al pie de la página, para que lo encuentres con facilidad, y te sirva más tarde, no es así como se hace.

Hay otras frases, terribles por definitivas. Son del carajo. Me voy, por ejemplo; me voy a mi casa, me voy con otra mujer, me voy que ya no puedo, me voy acostumbrando, me voy de aquí; me voy, mamá: dile a mis niñas que me fui. Me voy pa la pinga de aquí. Me voy, que es de las que uno escribe, junto con para siempre. Las frases definitivas, decía, son del carajo. Difíciles de escribir.

O familia, que también es definitiva pero que, además, es de las que se escriben solas; los adjetivos, pues vienen incluidos, y Usted sólo adiciona uno que otro, pero, de nuevo, no puede borrar nada. O los hijos, igualmente, amorosamente anotados; sus adjetivos, no importan. O escriba “amigo”: tenga suerte, que sea para siempre. O no, y disfrute entonces de una de esas escasas oportunidades de poder eliminar un eventual error. Arrancar la página, pues, que duele.

Pero eso no es frecuente, que Usted pueda quitarle algo a su escrito. Paradoja de mierda, ¿verdad?, que algo que es suyo no le pertenezca; ni siquiera lo controla. Usted sólo traza algo hoy, acota otra cosa mañana, pasa la página; en algún momento recapitula, dice, cojones, si pudiera hacerlo de nuevo, backspace, backspace, backspace, delete, delete, delete, todo de nuevo, ¡qué bien lo hiciera!; al menos, qué diferente lo haría.

Eso es lo que Usted cree, que va a escribir mejor porque va a escribir otra cosa; porque escribiría con primorosa letra Me quedo; porque le diría a la muchacha, hola, cómo estás; le devolvería la sonrisa, reirían de algo sin importancia e irían a masturbarse a la sombra de unos marpacíficos; “Usted es el mejor”, dirían los amigos, risa obscena, noche llena de alegrías, quizás; la noche hubiera sido mejor, quizás, otra en fin; quizás ni la recordaría. O la tarde; nada de jalones: tomarla por la mano, ven, levantarle el vestido, sentarla a horcajadas, olvídese de cordones y nudos, así, aferrarse a sus nalgas, hasta atrás, así, así es como se hace.

Nos urge entonces aprender a escribir, a ciegas, con este rústico teclado que nos toca. El tiempo se acaba. No funciona casi nada, ni F1, ni Escape, y Read-only va siendo el único modo disponible.

Nos urge entonces aprender a escribir de una vez, antes que el relato termine, antes que escriban por ti la última palabra del último renglón, y ya a nadie le interese leerlo.

jueves, 14 de mayo de 2015

Los políticos dicen, pío, pío, pío

Raúl Castro dice que va a rezar.

Dice, además, que el Papa argentino es un tipo macanudo; encojonado, vaya. Dice que, visto el caso, consideraría hasta regresar al catolicismo, y remata diciendo que no lo dice en broma. Y lo que dijo es noticia; se asombran las personas: mira lo que dijo, dicen.

Los políticos dicen cosas. Eso es lo que hacen, decir, hablar; un político que no habla, desaparece, como el proverbial merengue a la puerta del colegio, o en el suelo de una estación del metro, o en una acera de Times Square. Esa es la idea general. Se espera que un político diga cosas. Cualquier cosa.

Dicen ellos entonces lo que creen o, más bien, lo que consideran adecuado decir en el lugar y momento que protagonizan. Después, apoltronados en la soledad de sus oficinas, o mientras cagan, se sonríen, astutos, desalmados, satisfechos con su intelecto y sistema digestivo; probablemente, todavía hasta se asombren de cuán ingenua puede ser la masa gris que los aplaude.

Sin embargo, a estas alturas, da igual que Raúl Castro le hable a un trozo de madera o que le coloque un ebbo a un pedazo de tela.

Yo lo he visto (leído, que verlo me da cólicos) decir otras cosas, como que el Presidente de los Estados Unidos de América es un tipo honesto, o prometer algo sobre un vaso de leche para niños cubanos. Yo lo he visto (ídem) enviar a una horda de borregos histéricos a una cumbre continental, a que manifiesten revolucionariamente la incapacidad de diálogo y pensamiento de la sociedad cubana, y después, como si nada, lo he visto (esta vez sí lo vi) sonreír con Obama, y decir más cosas insulsas. Después, tomé Peptobismol.

Pero, de nuevo, no sé por qué se asombran. El hermano (el de Raúl, no el de Obama), en su momento, dijo cosas peores.

Ese dijo que los soviéticos eran nuestros hermanos; que los americanos eran unos asesinos; que Cuba iba a producir diez millones de toneladas de azúcar; que, además, el país era una potencia médica, y que ya no había putas (erradicamos la prostitución, creo que dijo); que las guaguas Ikarus, heroico transporte que movilizaba a La Habana, eran una mierda -con otras palabras, pero eso-; que los cubanos emigrados eran gusanos, vendepatrias, escoria despreciable; “no los queremos, que se vayan”, dijo antes de que, por arte precisamente de lo que dicen los políticos, se convirtieran primero en emigrados económicos y después en una de las principales fuentes de ingresos de divisas del país; que socialismo o muerte; que venceremos, dijo. Dijo tanto, que se mide en días, no en horas, todo lo que dijo ese demente.

Efectivamente, cosas escucháres, porque los políticos dicen cosas.

También dijo el mencionado gran hermano, a un grupo de sonrientes empresarios y colegas políticos españoles, que ellos, o más bien sus ancestros, no habían exterminado a los taínos, siboneyes y guanahatabeyes; que, benevolentes como habían sido las huestes conquistadoras del Adelantado Diego Velázquez, primer oriental de la isla de Cuba, se habían mezclado con ellos, con los indios, que no los habían maltratado -en serio, dijo eso, yo lo vi, en los 90: el video debe estar archivado en alguna parte; lo vi, y tomé bicarbonato-. Que no los habían arrasado, dijo el orate, a los indios -obliterate, es la palabra que me viene a la mente, porque obliterar suena muy blanda-; que no los habían aniquilado pues, a fuer de trabajos forzados y viruela.

Mira que decir tal cosa, tamaña imprecisión histórica y antropológica en un tipo tan letrado, siendo que la mezcolanza sí que se dio, pero fue posterior, con los negros esclavos a falta de indios, dando como resultado el vainilla-chocolate de nuestra isleña nación. Pero esas son las cosas que dicen los políticos. Los políticos hablan mucha mierda. Y no es algo que les preocupe, por cierto.

Hay que tratar entonces de ser comprensivo: de alguna manera, además de deformación profesional, parece ser mal de familia la verborrea. Conviene recordar que Raúl Castro es un político mediocre; que, en realidad, es solo un dictador interino, un anciano que sostiene el desgastado batón percudido que le pasó el hermano mayor, y que él a su vez piensa entregarle al hijo norcoreano que gasta gafitas y barba de menchevique: ese, que lleva a pasear a reuniones con jefes de estado -quizás porque no lo llevaba a montar columpio en su momento; está compensando-. La verdad, pienso, no hay que hacerle mucho caso. Ni al hermano, ni al hijo, ni a él.

Tampoco hay que asombrarse, os digo: para el discurso y la charlatanería cada cual tiene sus motivos, misteriosos, como los caminos, propósitos y métodos del Señor.

Raúl Castro, que desgobierna con arrugada y moteada mano de hierro a ese país como si fuera la finca biranense del gallego de su padre, que controla todo/todos, que no-hace y deshace a su antojo, que detenta un poder insularmente infinito, no ha logrado, sin embargo, ni aun contando con ukases y el EJT, que las vacas se multipliquen, engorden, y produzcan leche, para poder por fin limpiarse el pecho y entregarle un prometido vaso del líquido a cada niño cubano menor de siete años. No hay que asombrarse entonces de que la única opción que le queda a Raúl Castro es rezar.

El problema cubano parece estar ya en camino de resolverse: todo está en que el general presidente los incluya en sus plegarias; recen entonces, y que el Dios de Raúl Castro los agarre confesados.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Nación centrífuga

“Contemplad, nuestras huestes triunfantes…”

Verso de los omitidos en “La Bayamesa”, el Himno Nacional



No exagero si digo que los cubanos andan-andamos cada cual por su-nuestro lado.

¿Usted sabe qué es un vector, que tiene dirección y sentido (no, no es lo mismo)? En fin, no importa. Pues somos eso más o menos: unos trece millones de vectores; algunos girando, sin dirección; otros, sin sentido; la mayoría divergentes. Es decir, de nuevo, cada uno por su lado.

El resultado es que no logramos hacer nación: es así de simple.

No sé si antes del Desastre era diferente. No puedo saberlo; tampoco importa. Es más, ni siquiera le daría crédito a quien me dijera que sí, que efectivamente, que éramos-eran, en aquellos entonces, un pueblo -antropológico, no geográfico- relevante, envidiable (eso sí, los cubanos son-somos envidiosos: nos viene de casta), faro de nuestra-´la de ellos´ América y, si te esfuerzas un poco, del mundo. Suena exagerado, eso de que éramos algo, y que ya no lo somos.

Por cierto, en eso de exagerar, se sabe-sabemos, tampoco nos ganan; las playas más lindas del mundo; ajo,aguacate y ají, allá son mejores que aquí; no hay cielo más azul como tu cielo (que, en realidad, con tanta humedad, tiende a ser de un azul-blanquecino, gris a ratos, como el aro senil de los ancianos, o los mocos de la alergia; para cielo azul exagerado, váyase al desierto…); y la cahnepuehco, ¡ay, la cahnepuehco!, ni se diga, qué sabor cubano ese, a berrenchín, a sudor de puerco; caramba, Cuba, qué linda es Cuba, derruida-sucia-despingada, a defenderla porque se quiere más -más lejos, por favor, más lejos, allá te ves bien, allá…-

Disfrutemos entonces, ya encaminados en nuestra excepcionalidad, de la también nuestra comida cubana, ya se sabe, pantagruélica, copiosa, la más sabrosa; también la mejor del mundo -grasa con sazón, almidones fritos, y azúcar para crecer-; del café, ¿qué decir?, ni se diga, que eso se inventó en Cuba, igual que singar bien; nadie hace el café como los cubanos, con chícharo, y cafeteras italianas marca INPUD. Cada cubano debe saber templar y templar bien; eso también se sabe. Pero hay mejores cafés, se los aseguro; el que yo tomo, por ejemplo, que es de casalapinga de Indonesia, lo compro en grano, lo hago cada mañana en mi cafetera, eléctrica, igual que el molinillo, que no son italianos ninguno de los dos: son americanos, o chinos, quién sabe; los chinos, que singan más que los cubanos. Los números no mienten.

Decía entonces que Martí, buen cubano, era igual de hiperbólico; exagerado como él solo -porque hay que ser exagerado para salir a cabalgar, en contra de unos soldados entrenados y armados con máuser, llevando una pechera blanca, orlada con un traje negro, y todo sobre un fondo de follaje verde oscuro-. José, decía, dijo, que un error en Cuba, un error en América, era un error en la Humanidad entera. Y esa es, fuera de discusión, la mayor exageración -después de su muerte/suicidio, por supuesto- que ha tenido lugar en la breve historia de nuestra nación en fuga.

Vamos, ni siquiera las convocatorias a la inmolación que disparaba el mesiánico en jefe, con su “cualquier cosa o muerte”, se le acercan a ese tremendismo martiano. El Apóstol, miope romántico, exageró-extrapoló nuestra propia importancia sin llegar a imaginar que, por ejemplo, cien y pico de años después, trece millones de cubanos chapotearían en un error que parece eterno, que ya va por más de medio siglo, y que América como si nada, por no mencionar a la Humanidad: ya tiene bastantes problemas la Humanidad con musulmanes, los arsenales nucleares, y la temperatura; el hielo que se derrite, más de mil millones de personas viviendo junto al mar, incluyendo una buena parte de los cubanos: Miami, el Malecón, la playa en Long Island, Cojímar, Alamar, ya tú sabes, los cubanos dando el paso al frente, compartiendo los problemas de la Humanidad. Tengo que recordar vender la casa de Cojímar y, además, mudarme a Colorado antes que suba el agua. O a las Castkill. A un lado de esos. Tengo que empezar a buscar pincha allí, rápido, que se derrite…

Como si fuera poco, alguien dijo que los cubanos son-somos los judíos del Caribe. Alguien que, en un rapto de emoción ante su propia prosperidad, decidió endilgarse el mote. Con toda probabilidad, antes del ochenta, cuando todo era más sencillo: gusanos y revolucionarios. Los gusanos, desecando pantano, volando alto; los revolucionarios, demoliendo el país, encuevados en madrigueras de gusanos.

Desde entonces, pues los judíos de verdad, con un día a la semana menos que los gentiles, han seguido acumulando capital, poder político, curriculum en la academia, y laureados con el Nobel, mientras los otros, nosotros, los autodenominados judíos caribeños, de esa ajena gloria autoadjudicada, a estas alturas sólo tienen-tenemos una canción con la que se dejan-´no me dejo´ convencer que los cubanos son de pinga, unos volaos, que acere qué volá, que yo soy cubano cantidá; nojotro los cubanos y el resto de la Humanidá, gracias a la Ley de Ajuste, porque de otra manera fuéramos dominicanos, o centroamericanos, no caribejudíos errantes, qué maldá.

Qué idea tan rara esa de judiocaribeños; se me ocurre que se le ocurrió a alguien que no conocía ni a los judíos, ni a los cubanos. Vamos, si ni siquiera caribe-sinagoga tienen-tenemos para vernos las caras una vez a la semana; sólo se-nos reúnen-reunimos como la basura que arrastra el agua hacia los caños: por gravedad, por masa crítica, todos a la plaza, por fatalismo geográfico, gregarios por casualidad, solitarios por nacionalidad; un millón en Miami, confinado entre el inglés y el agua del Estrecho; otro millón por cualquier lado, resistiendo el empuje de la escoba que nos quiere llevar al tragante, todos a Miami el primero de mayo, y el resto de año también, que en Miami yo en el mar me baño, todo el año: mi chicharrón en la sauesera, mi tamal en jayalía, mi soledad en cualquier parte.

Cada uno, entonces, por su lado. MYOB. Mindyourownbussiness. Eso también se inventó en Cuba.

Los españoles, padres colonizadores-exterminadores-fundadores, fornicadores de negras, hacedores de mulatas y jamón ibérico, por su parte, donde llegan hacen mestizos, clubes y fomentan sociedades fraternales; se reúnen allí, a gritar, a comer bien, a ver futbol -soccer pues, que el otro nadie lo entiende, joder-,a jugar dominó en un bar minúsculo: yo los he visto, los veo, ahí, en Astoria, en Queens; como si fuera poco fundan, además, escuelas, institutos Cervantes, el idioma como bandera, atrayendo a propios y ajenos.

O los argentinos, europeos naufragados tan al sur, latinos emigrados acá en el norte, con sus escuelas sabatinas, donde enseñan sobre Belgrano, y a hablar español con entonación italiana. Mientras, en la acera del frente, se saludan sonrientes los coreanos, tan decentes, ataviados en trajes y corbatas, vestidos y pamelas -los asiáticos son la única minoría que le sube el valor a los barrios-; se reúnen entonces, decía, estos coreanos, bendición del real estate, a rezar en sus congregaciones metodistas y después a comer bulgogi -¡viva Hyundai!-; un par de cuadras más allá, los musulmanes cuecen su medievalismo en el Centro Islámico, y los judíos desandan las aceras, todos a la sinagoga, cada sábado; pasan junto a las tabernas moscovitas de Brighton Beach, y los templos ortodoxos donde rusos y ucranianos se observan con ojeriza durante misas interminables -ya lubliu Putina-Putin najuyá-, para después llevar a sus hijos a la paz de las escuelas dominicales, a que pulan el cirílico de sus padres, y se enteren de glorias de zares y bogatires.

Todo sucede, todos se congregan, mientras nosotros, los cubanos, centenares de miles de vociferantes cubanos, que no se-nos escuchan-escuchamos siquiera entre sí, pues los cubanos sí que no.

Los cubanos, minding their-our own bussiness. Los cubanos, tú pallá y yo pacá. Los cubanos, yo sí era tú nunca fuiste. Los cubanos, Cuba tenía tres pisos para poder acomodar tanta alcurnia y peculio. Los cubanos, yo soy tú no eres. Los cubanos, yo piscina, tú eficiency. Los cubanos, obesidad y complacencia, masa cárnica, mierda de perro. Los cubanos, yo dinero, tú pesteamierda. Los cubanos, me lo prometió Martí y Fidel me lo cumplió, calabaza calabaza, los cubanos, reunidos si acaso en la Plaza, carneros felices, acarreados, da igual, y cada uno pa´su casa. Cubanos, nuevo rico nunca pobre. Cubanos, de dónde tú eres, ah, de La Habana… Cubanos, este debe ser del G2. Cubano, y aquel, disidente mercenario. Cubanos, me la corto, es del G2. Cubanos, mi mierda no apesta. Cubanos, yo no fui, yo siempre fui. Cubanos, pallá pallá. Cubanos, nación a capella, volando en solitario, sin fechas para celebrar, y muchas para lamentar. Cubanos, nación de trece millones de naciones.

Nación, un carajo.

Así nos ha ido, y así nos va. Probablemente, así nos-les irá. Es-será así porque una nación sin sentido de nación, un todo que es la resta de sus partes, sin la capacidad para fundar, para rebelarse, para conversar, que no puede sonreír sin carcajada procaz, una nación de gente corriendo despavorida hacia afuera de la nación, no es nada.

Es, apenas, país -geográfico, no antropológico-; lugar para turistas que no regresan; tierra de casualidad para que descanse mi gente muerta; es la no-nación, la de los que andan-andamos cada cual, a solas, por cualquier lado.

Es, somos, la nación centrífuga.

lunes, 11 de mayo de 2015

La Odisea de contar la historia del miedo con miedo

No me gustó “Regreso a Ítaca”.

No me gustó, porque es una de esas cosas que suceden cuando los artistas escriben, en esencia, sobre sí mismos, y no sobre las cosas en sí.

La película, de principio a fin, me pareció una narración atropellada; parches zurcidos al descuido sobre un tapete muy deteriorado; diálogo a machetazos, que avanza a saltos a veces incongruentes: por momentos -casi todos- más teatro (y no bueno) que cine (malo).

“Regreso a Ítaca” es, sobra decirlo, un discurso de decepción. Pero no fluye: da la impresión que el escritor -tengo entendido que es Leonardo Padura- fue anotando sus ideas tristes, una hoy, otra mañana, hasta que sintió que había cubierto los tópicos del desencanto generacional y nacional; entonces, los alineó en una narración, pero con el solo propósito de declamarlos, de una vez, y no de que fueran una historia coherente. La brusquedad de las transiciones en la conversación es tal que me recordó aquellas películas de Bruce Lee donde la idea central era caerse a patadas lo más pronto posible.

Por ello la película es un relato a trompicones; frases, apiladas con torpeza en los parlamentos de los personajes, que las más veces resultan acartonados, mostrando escasos destellos de credibilidad; se notan, con frecuencia dolorosa -porque están ahí al menos cuatro actores que he visto en mejores momentos- totalmente ajenos a cómo yo hablaría las mismas cosas con tres socios, muriéndome de calor en la terraza de mi casa en La Habana.

Es cierto que la película es un discurso osado para las condiciones de la mordaza cubana; a mí me resulta fácil imaginar al escritor con taquicardia al amontonar reflexión tras reflexión y pensar que las iba a hacer públicas en algún momento.

Pero, por otra parte, no me asombra nada de lo que ahí se dice, simplemente porque nada es nuevo; porque todo eso lo he estado leyendo, escuchando -inclusive escribiendo- de una forma u otra, desde hace uno, cinco, quince o veinte años; porque por esas razones que ahí enumeran, algunas apenas esbozadas, y otras que ni siquiera se mencionan, yo emigré hace casi tanto tiempo como el triste Amadeo. Ese regreso-visita a los orígenes del desencanto, pienso entonces, llega con retraso y, para colmo, incompleto.

“Nos hicieron creer, nos dijeron, nos robaron la vida”, es el argumento que revuelven una y otra vez como un potaje frío. “Ellos”, el sujeto-villano omitido, viene a ser un cauto eufemismo que designa a un ente maligno, atemporal y omnipresente, que le ha jodido la vida a cinco histéricos; “Ellos”, que es el gobierno cubano -sus funcionarios, su máquina represiva, su incapacidad para generar riqueza, para administrarla, su vocación para el desastre- y que nunca es mencionado de forma explícita.

Si un no-cubano, ajeno a esas penurias, tuviera la oportunidad -y paciencia- de ver la película, probablemente pensaría que el problema cubano es bad karma, mala suerte, osorbo, salación, y no la permanencia perniciosa de un desgobierno de mierda que ya rebasa el medio siglo en el poder.

Los actores, por otra parte, no logran salvar la historia; no hay manera de que lo puedan hacer, y se hunden con ella bajo el peso de tanto cliché.

Un pintor, ya sin talento, alcohólico, histérico en su ostracismo.

Un potencial “mejor de todos nosotros” escritor, devenido dirigente oportunista, corrupto “enriquecido”, castigado por el autor a ser histérico porque va a ser castigado.

Otro escritor, también mediocre, también frustrado, ya estéril, emigrado, chivato, que quiere, nada menos, que regresar a vivir a Cuba después de 16 años de exilio, a escribir, dice, que allá afuera no puede escribir, se queja, desplegando una ingenuidad tan irreal que resulta ridícula; histérico porque, según explica, se quedó en España para no chivatear a su amigo, cuando en realidad lo hizo para que no lo metieran preso por poseer divisa ilegal.

La mujer, médico, profesional que sobrevive a pesar de su salario, a la que -casi- todos masacotean a lo largo de la tarde-noche-mañana en la azotea devenida sofá de sicoanalista; madre, ataviada con pulsera de cuentas que no le abre caminos, embarcada porque no la reclaman sus hijos que se fueron a Miami,  histérica en términos generales -sigue siendo buena actriz Isabel Santos, pero…-

Y el negro, ingeniero, profesional, fracasado, viviendo de la ilegalidad, bovino, pero histéricamente fiel. Y el peor actor.

Hasta ahí, 60% UNEAC, 20% FMC, y 20% la etnia.

El resto del desfile, pues la madre cubano-tierno-estereotipo; un adolescente, sin esperanza ni rumbo, cuya única aspiración es irse del país; su novia, una muchacha dark, maleducada, evadida, ansiosa por comer y beber, por las cosas, olfateando el aroma del suavizante en un pulóver importado y, para colmo, muda.

Hasta ahí, la intectualidá marchita; el presente-futuro, que se desmorona entre los dedos; la tradición como bastión -arroz, frijoles-, y el absurdo –arróconfrijole y, ¿Rioja?-. Hasta ahí, la historia.

Dentro de los lugares comunes que la película despliega está, por supuesto, el escenario, tan manido como las catarsis de los personajes: una azotea que, de un lado, mira al cascarón cariado de La Habana; tan cerca del Latino que se escucha el clamor del público y, a la vez, junto a la costa -todavía ando tratando de ubicar el edificio, que desconcierta al habanero que llevo conmigo-; azotea atalaya para divisar matanza de barrio y chusmería de puerco; del otro lado entonces, una magnífica vista turística del aliciente del mar, malecón y Morro incluidos.

Tampoco podía faltar el inevitable apagón, simbólico estereotipo de la mala vida cubana. La burda intencionalidad es subrayar la cosa mala per se; que no falte un ingrediente, que se puede poner aun peor: entiéndase, es el desamparo el que los asedia, el que los hace hablar, al autor, a los locuaces amigos refugiados en la azotea, la sensación de decadencia a la que contribuye en no poca medida, con intención o sin ella, el rostro deformado por el labio inflamado, y la voz lamentablemente corroída -¿cigarro…?- de Isabel Santos.

Como si no bastara con todo ello, con el título rimbombante, con el recreo en la erudición -inútil- de los personajes, pues ahí nos va de ñapa una cita de Vargas Llosa, su pregunta acerca de cuándo se le perdió el Perú; referencia tan ociosa, pues los cubanos no necesitamos de tal pregunta: sabemos de memoria cuándo, cómo y dónde se nos perdió Cuba.

No hay mucho optimismo entonces en este regreso, y precisamente ese sentimiento es uno de los pocos asideros que encontré en la historia.

También hay un aspecto cronológico que no me cuadra en la narración: los personajes evocan música y época de personas que deberían tener más de 60 años para poder haber ido como jóvenes al legendario concierto de Serrat en el Parque Lenin, para que “California Dreaming” y “Eva María” les resultaran nostálgicas, o para haber peleado en la guerra de Angola. Sin embargo, lo que veo son personas contemporáneas conmigo, que era un niño cuando Serrat todavía era amiguito de la cosa cubana, y casi un bebé cuando el Summer of Love hervía en los Estados Unidos.

En fin, ya lo dije, no me gustó la película.

La película, que navega bajo el amparo de la bandera francesa -de repente parece que el mensaje a los censores es “¡Oe, conmigo no, con los franceses!”- se queda en eso: en queja sosa, en un rumiar que no llega siquiera a la osadía de inconformarse de veras; de decir, aprovechando el tono escatológico de la hora y media de conversación, que esto, eso -el país, el gobierno, la sociedad- es una reverenda pinga, y que hay que cercenarla de una vez.

Pero no sucede.

Lo que veo entonces, si es que debo nombrarlo, es un regreso fallido a lo mismo, a la charla en la esquina; a algo que le hace un escaso favor al magnífico poema homónimo, cuyo título, la verdad, le queda inmenso a una buena historia, tan mal contada.

sábado, 9 de mayo de 2015

Códigos y espantos

“Los hombres hombres toman café, beben ron, fuman y dicen malas palabras…”, y selló la declaración con otro escupitajo marrón, que resbaló con pereza sobre las carnosas hojas de las orquídeas. Me escudriñó entonces con ojillos pícaros, intensamente azules, herencia de algún aldeano vasco: brillaban con intensidad en la curtida cara de guajiro cubano de este pariente de mi madre, y mío; todos ellos, gente buena, de malas pulgas, y filosofía simple.

Mi madre hizo un mohín de desagrado; “Él no necesita nada de eso para ser hombre, Zuno…”, intercedió en la conversación, el gesto displicente. “Usted no se meta en las conversaciones de hombres, Niña…”, replicó mi interlocutor, y me miró. “No le hagas caso”, dijo tranquilizador, “las mujeres no saben lo que dicen…”, concluyó con una sonrisa con apenas dientes, quebrados, manchados por el alquitrán del tabaco que mascaba.

“Te van a dar café en una jícara de güira: te lo tomas. Pero no pidas agua, que tiene gusarapos…”, me había aleccionado mi madre mientras caminábamos bordeando el río Hondo, por un camino destrozado por las ruedas de las carretas.

Había tantos olores, que todavía conservo: yerba, matorral; tierra húmeda, flores dulzonas; agua estancada, fango fresco, cagajones de bueyes, algo azufrado que burbujeaba en los charcos; humo de leña, azul, y humo amargo de los tabacos, acabados de liar con hojas arrancadas de un mazo colgado de un clavo en la pared de tablas.

El olor ácido del sudor sudado en faena, secado y vuelto a secar, en piel y tela; el aroma herbal del sudor del caballo inquieto -¡´tate quieto, carajo!-; el puñetazo brutal de Zuno en el cuello del animal: derribado, tembloroso, apaciguado, ensillado, bestia redomada, lista de nuevo para mí, chamaco citadino asombrado, que mi madre suponía espantado -las madres siempre te suponen espantado, aunque estés riendo-; a ratos, la brisa densa, pesado caldo de humedad y monte. La Sabana por delante, y yo, fumando a hurtadillas, porque eso es lo que hacen los hombres hombres.

Ya no queda casi nada.

La Sabana, que dicen era de un abuelo remoto, mujeriego, cabrón y prolífico -15 hijos-, lugar tan plano que las cejas de monte parecían colinas, donde alguna vez pastaron carneros, “tantos, que demoraba casi media hora en pasar el rebaño…”, y donde se refocilaban las piaras, sin saber que se estaban alistando para las matanzas de diciembre: la planicie de mis aventuras, convertida ahora en una grosera granja para sembrar unas viandas mierderas.

Tampoco está la casa grande, donde mi madre fue La Niña; ni el bohío rodeado de enredaderas, el del enorme Zuno y la hombruna María, primos de rostro de cuero y ojos traídos del Cantábrico: novios eternos a los que un azar de misericordia privó de descendencia; de todo eso, decía, sólo queda el río, los olores, y el camino abierto en canal por las carretas cargadas de sacas de arroz.

Mañana tampoco estará mi vieja; hace ya tres de sus domingos que se ausenta. Y yo, para mi bien, dejé de fumar hace más de diez años, quebrando el código de mis ancestros, que no entenderían que hay otras maneras de ser hombre.

Feliz día de las madres entonces, a mis madres cercanas. Y a todas, que tanta falta nos hacen, porque siempre saben lo que dicen; pero sobre todo, porque tienen el buen tino de espantarse aun cuando nosotros, eternos chamacos, estemos riendo.

viernes, 8 de mayo de 2015

Aprendizaje

“Papá, me sé una palabra nueva…”

En las últimas semanas ya han sido varias las palabras nuevas; se acerca cada vez, se pega a mi oído, en susurro cómplice. “Creo que es así...”, me dice entonces en voz alta, y me observan sus ojos de seis años, exentos de malicia, pero repletos de asombro por algo que ahora ya conoce, pero que no entiende.

En esa guisa, pues han sido nigger, bitch, fuck, además de stupid, idiot y hideous.

“Pero yo sé que no las puedo decir…”, continúa; quiere tranquilizarme, hacerme saber que él sabe. Pero en realidad no sabe: por eso hay cierta angustia en sus ojillos de tipo inteligente, al que no le gusta no entender. Porque, en realidad, no entiende por qué hay palabras tan malas que ni siquiera se deben decir en voz alta, a riesgo de invocar demonios que uno no merece.

Entonces le explico.

Que esa es una palabra muy ofensiva para las personas que tienen piel oscura; que nosotros no ofendemos; que en nuestra casa no diferenciamos a las personas por los colores de piel, sino por cómo piensan y actúan; que las clasificamos, eso sí, en buenas o malas, que eso es lo que importa; que las malas palabras se pueden usar, pero sólo si tiene sentido hacerlo; que hasta que uno no comprenda ese sentido, el de la ocasión y el significado, mejor que no las use; que hay otras que no son malas palabras, pero también son ofensivas; que, efectivamente, hay personas estúpidas, idiotas y hasta odiosas, pero que nosotros no odiamos. Que simplemente las echamos a un lado, y seguimos con nuestra vida.

Le expongo también que, aunque no use esas palabras, es necesario que él las conozca, todas;que sepa de qué se habla, que son parte de la vida, y de la vida de las personas con las que interactuamos. Que nosotros en casa no le enseñamos esas palabras, pero que con gusto se las explicamos. Que no dude en preguntar cada vez.

Asiente. Ha entendido. 

Entonces hace un círculo con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda, introduce en él el dedo índice de su mano derecha, y lo mueve atrás y adelante. “¿Y esto qué es?”, y me observa sus ojos de seis años, exentos de malicia, pero repletos de asombro por algo que ahora ya conoce, pero que no entiende…

sábado, 2 de mayo de 2015

Toda la gloria del mundo cabe en un vaso de frío jugo de tamarindo

La primera vez que fui a un desfile por un Primero de Mayo en la Plaza de la Revolución, creo que era Roberto Veiga -o quizás el inefable Pedro Ross, no recuerdo bien- el secretario de la CTC; los de la tribuna no usaban guayaberas, y todavía Fidel caminaba.

En esa ocasión, fui, debo reconocerlo, siguiendo a una vecina por la que me babeaba, que iba al desfile a su vez por razones de su militancia, y a la que no le disgustaba mi babeo, uniendo todos, de esa manera, lo útil con lo agradable. Lo más memorable de ese día de flirteos proletarios fue que cada cierta distancia había unas personas que repartían, de gratis, pequeños tetrapacks de jugo de tamarindo, frío, muy frío; y ya se sabe que gratis, de tamarindo, y frío, en un mediodía habanero, vamos, insuperable.

La segunda ocasión en que fui a un desfile del Primero de Mayo en la Plaza de la Revolución, al año siguiente, todo estaba igual, excepto que no estaba la vecina -que me había dejado de hacer caso- y ya no hubo jugo de tamarindo.

Las otras decenas de veces que, teniendo la oportunidad, no asistí al desfile, no lo hice por razones contestatarias, ni porque tuviera conciencia de que la CTC es un testaferro para-gubernamental que no sirve para nada, ni porque fuera el que soy hoy: no iba porque no me gustan las moloteras, ni el calor, y porque la idea de caminar como un sanaco para beneplácito de unos tipos allá arriba en una tribuna no tenía ningún atractivo para mi ego iconoclasta.

Es posible que en este primero de Mayo que acaban de celebrar, y en muchos más desde aquel entonces en que yo estuve en la plaza, haya habido tipos como yo, con intenciones parecidas, desbocado tras unas buenas nalgas, disfrutando las gratuidades e ignorando a gritones y tribunas: unas decenas, quizás. Otros, puede que hayan sido acarreados por los que los vigilan en cuadras (de las de personas, no de las bestias) y centro de trabajos. El resto, puede que haya estado allí porque simplemente cree en lo que hace.

De una forma u otra, esas personas que desfilan son las mismas de hace quince, veinte o treinta años. O cuarenta. No han cambiado un ápice sus temores, ni sus motivos, que son hereditarios. No han evolucionado entonces: son la misma masa gris de la que se nutría, y nutre, la torpe mole que han criado los ancianos en el poder.

Lo sé bien, porque yo estuve allí: yo fui parte de esa cosa. Pero, para mi suerte, yo sí evolucioné: cambié de color, me mueven otros propósitos, y me estremecen otros miedos: los veo a ellos ahora, a los que yo fui, con la compasión del visitante en el zoológico.

Quisiera que fueran diferentes, que pensaran de otra manera, que dijeran “no voy a eso del primero de mayo porque eso es una mierda”; pero no lo hacen y los critico entonces, a esos tristes desfilantes, y lo hago sin pena: al cabo, ¿por qué sentiría yo pena?

Yo no me gané el derecho a opinar, sobre este asunto, o sobre cualquier otro: resulta que me corresponde ese derecho, y lo disfruto a plenitud. Por otra parte, que yo haya sido uno de esos cubanos que desfiló en la plaza, o uno de estos que emigró, no me invalida en lo absoluto para dar esa opinión: para decirle a los que desfilan que están jodidos, que van mal; que si no evolucionan, que si no cambian su forma de pensar, el gobierno no cambia, Cuba no cambia, y que su vida tampoco cambiará. Y que yo lo sé porque ahora mi pensamiento es diferente, porque también lo es mi vida, y porque nos va mejor, a mi familia y a mí, mejor que a cualquiera de los que allí desfilaron el Primero de Mayo, y que a buena parte de los de la tribuna.

Evolucionen, entonces, les diría, porque evolucionar implica saber que los sindicatos cubanos no merecen respeto. Que, en realidad, son organizaciones gubernamentales fomentadas para controlar y someter a los trabajadores. Que nunca han resuelto un problema de fondo. Que, al contrario, permitieron que despidieran a centenares de miles de trabajadores, y que siguen permitiendo que le paguen un salario de miseria al resto.

Que es una vergüenza entonces que los cubanos vayan allí a ese lugar a escuchar al monigote de turno decir que “La clase obrera cubana tiene contundentes razones y argumentos para festejar unida el día de los trabajadores”; que eso da vergüenza, que da pena, que con ello están perpetuando el pacto de sumisión que tienen con el desgobierno cubano; que le pregunten a ese pobre hombre que los arenga cuáles son esas razones y esos argumentos que sugiere, que lo reten a mencionarlas, que lo reto a enumerarlas.

Que si entonces ese sindicalero de poca monta -que no hay muchos Lech Walesa en este mundo- esgrimiera un solo argumento, ¡uno solo!, que fuera creíble, contundente, convincente; si me mostrara una sola buena razón para festejar el primero de Mayo, en esa desangelada plaza, ante las momias y sus invitados de mármol, entonces el próximo año yo iría a desfilar allá, en La Habana, aunque ya Fidel no camine, aunque mi vecina ya sólo sea un buena amiga, y aunque tenga que tomar agua tibia en lugar de un frío, muy frío, jugo de tamarindo, en un mierdero mediodía habanero.

lunes, 27 de abril de 2015

La Habana, a cada rato

“Sábanas blancas, cagadas, en los balcones…”

Perdón, Gerardo Alfonso


No es algo que yo me proponga, este asunto de La Habana; ella sigue aquí, enredada entre mis cosas, porque así es, así de simple: ni yo la retengo, ni ella se entromete.

No la invito, no me acosa: pero va conmigo a todas partes.

Decido consultar con otro habanero, uno experto en nostalgias; jalo una silla, y me siento frente a Martí: José -le explico, a trompicones- en esencia, estamos de acuerdo; que mi asunto con La Habana no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; que en el denso núcleo urbano donde nací, crecí, y comencé a reproducirme, la tierra era escasa: apenas había unos manchones, confinados en descuidados canteros; que era más probable pisar mierda de perro que yerba; que la yerba era para limpiar mis suelas de la mierda; que yerba le decían a la marihuana; que la Patria te la han hecho mierda; que decían que él, José, lo había prometido; que Fidel la había hecho mierda; Fidel, que es una mierda de gobernante, tan pegajosa que no se cae de las plantas de los pies frotando con la yerba; que él, Fidel, sí se cayó: se hizo mierda una rodilla; que ya no procesa los alimentos; que de hablar tanta mierda sus tripas se confundieron para siempre, que perdieron el norte y sur, que ahora van de este a oeste: tiene un ano lateral; que ya no se sabe si habla o caga; que no hay forma, entonces, que me olvide de que la Habana está hecha mierda, llena de mierda de perro, que

Han hecho mal en dejar
los mojones en la acera;
Porque así, llena de mierda artera,
No sé, yo no la quiero pisar

decía, lo cumplió él, Fidel, siguiendo la idea que le achacó a él, a José; que se dice que lo hizo por su condición de biranés, guajirito acomplejado; nunca le gustó habana ni habaneros; que el arique y acento se le vinieron quitar en los 80; que se la está llevando, a La Habana, con él, a la tumba; sin prisa, sin pausa, pero seguro; que en un acto de justicia necesaria lo van a enterrar lejos de la Ciudad; allá, contigo, a tu lado, Maestro José…

Se levantó, pensativo; se marchó, en silencio; levantó un brazo, a manera de despedida, y extendió el dedo de medio. “Eh, conmigo no…”, comencé a decirle, pero se desvaneció, fosca, en una fosa desbordada, el alma trémula y sola.

Me percaté entonces que, al final, ni siquiera le había hecho mi pregunta. No alcancé a contarle tampoco que, para colmo, la Habana que yo extraño, ni siquiera existe; que los que la compartían conmigo también se fueron; que los flacos desgarbados ahora son gordos con calva incipiente y mal aliento a los que no interesa lo que digo; que algunos, inclusive, han muerto; que otros ya no son ellos; que La Habana es un recuerdo que me frustra tanto como no tener dieciocho años de nuevo para esta vez hacerlo todo mejor; para mejor pedir asilo en Gander esta vez; no subir al avión de Cubana, dejarlo que partiera sin mí, que no me llevara de regreso a un rodeo de trece años, una pausa de once más, para al final venir a recalar aquí, a un tiro de piedra de donde todo debió comenzar hace tanto tiempo, tanto, que aun no había celulares, ni Internet; difícil de imaginar, yo sé; difícil de imaginar que, teniendo aquella oportunidad de oro, la cambiara por una de mierda de perro, y hasta pagara por la diferencia.

Difícil, además, de asimilar, yo sé, que, para colmo, después de tanto rodeo, pausas, y atajos mal tomados, venga a estar añorando una ciudad en harapos; tan sucia, tan codiciosa, que se quedó con mi infancia -las cosas sencillas-; y todas las novias, cinco asquerosas posadas de desespero, dos litros de semen, y un malecón; pero no ese -el que vi de madrugada, desde la burbuja fría de un autito alquilado; un muro infeliz, hirviendo, asediado por una horda oscura de mejillones sin esperanzas, buscando el fresco sobre la piedra triste; bebiendo ron, gritándose, simiescos-; es otro malecón el que buscaba, y resulta que ese tampoco existe.

Yo la amputé entonces a La Habana. Me amputé yo. Aun está ahí, sin embargo; ella, que ya es otra, doliendo como un fantasma -¡tan absurdo!-; yo, que tampoco soy el mismo, ando trazando añoranzas con la vehemencia de un rabo de lagartija cercenado.

Como decía: no es algo que yo me proponga, este asunto de La Habana; ella sigue aquí, enredada entre mis cosas, porque así es, así de simple: ni yo la retengo, ni ella se entromete. 

No la invito, decía, no me acosa: pero va conmigo a todas partes.


sábado, 25 de abril de 2015

Epifanía de fin de la Era parida, después de medio siglo

“La ciudad se derrumba…” 
Y él ahora ya lo sabe… 


Años antes de pasear -aburrido- por Praga, de disfrutar -ansioso- la novedad y el desenfado del DF, de andar el Ámsterdam fugaz, de tocar apenas Frankfurt; antes de sudar en el Azúcar, y singar en las arenas de Cancún, -y otra vez, y otra vez-; tiempo antes de atorarme con el polvo del desierto de Samalayuca, de caminar -como un demente- Madrid; antes de remontar la madrugada en Acapulco, de buscar desayuno a las tres de la mañana en Alicante, y sólo encontrar una congolesa ávida de sexo de la que -confieso sin pena- tuve que huir; antes de Nueva York y Miami, antes de deshidratarme en Chitchen Itza y congelarme en los Tatra, antes del frío y lo limpio, antes de lo gourmet y lo sano, ya la mierda inundaba La Habana, y yo la vadeaba.

Cincuenta años antes de que Silvio decidiera cantarle a la gente correcta, medio siglo antes de ver el documental de sus conciertos en los barrios bajos de mi Habana, yo sabía de qué se trataba, porque yo, insisto, ya estaba allí.

Yo no sé qué ven otros en ese documental.

Quizás vean la poética, el lirismo -¡ah, qué maravilla el lirismo!-, el compromiso de Silvio Rodríguez con las masas, su poder de convocatoria, de cómo logró sumar a la comparsa a Frank Fernández, a los Papines, al inevitable Feliú (el muerto y el vivo, que no es lo mismo, pero es igual); a Amaury el-de-la-voz-temblorosa, y a Rodríguez Rivera (que sigue pegándole la gorra también en el blog, por cierto)

Consideran tal vez interesante ver a Silvio, héroe urbano, empapado de masas peligrosas -lo que se encargan de remarcar una y otra vez en el documental, que hay riesgo ocupacional, que esos barrios son de pinga, oye, reportando desde el Kalahari, subidos a una mata; con el agua al pecho en el Indico sudafricano, tiburones blancos por tos laos…-. Mientras, Silvio, el misericorde, contemplando la miseria inherente a la gestión de sus desgobernantes: Silvio, asombrado de que haya gente, de que esté la gente, tan pero tan jodida.

Yo, bueno, yo tengo quizás cortedad de vista: no me emociona Silvio, ni su gira, ni su asombro a destiempo, ni su compasión; lo que yo veo es un tipo que dice que hay que hacer cambios, así, en general; quizás cambiar el cauce del río de aguas albañales aquí, o el material del techo que no protege de la lluvia, allá. Cambio, dice.

Pero Silvio quiere que si desvían ese desborde de fosa, y si por fin le ponen teja de fribrocemento al techo, que le dejen por favor el machete de Maceo, y sus razones -las de Maceo-; que quiere todo eso, para hacer no sé qué cojones, y entonces el que se asombra soy yo, porque resulta que el machete, las razones, las causas y la mierda de país ya estaban -siempre habían estado allí- cuando él armó su primera tarima de concierto. Ya estaban, inclusive, mucho antes, cuando él era diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, y le cantaba las mismas cancioncillas épicas a su comandante, en un pulcro e iluminado teatro rebosante de lacayos enguayaberados.

El mea culpa del documental es sua culpa, y también sobre la culpa nostrum; pero, en realidad, de pura casualidad incluye a Silvio, porque es, ante todo, sobre la miseria total de los cubanos; es también sobre el quemante remordimiento que llega con la tercera edad, con el “¿Qué hice, cojones?”, sobre lo que ya estaba antes que “Ojalá”, antes de la flauta, el chelo, la guitarra, la poesía y los poetas. Pero el que espere indignación en los que intervienen, es un iluso; hay sólo resignación, y eso sí, musiquita.

Siempre -desde siempre, para siempre- han existido en La Habana los barrios marginales, las fosas desbordadas, la desesperación nuestra de cada día, el desamparo, el aturdimiento; Silvio, sin embargo, que sólo había atinado a amenazar a aquel que le echó basura imperialista en su verde jardín, exuberante de tanta ideología y panfleto, apenas se espanta -canta- con la noticia de la basura que sus ídolos han dejado acumular durante décadas y que, para colmos, no piensan limpiar.

Es, la verdad, indignante. Pero yo, a pesar de todo, no culpo a Silvio.

(Todavía le preguntaría, sin embargo, qué le parece, a posteriori, la idea de haber arengado a argentinos, chilenos y mexicanos, durante décadas; qué opina de haber estado promoviendo revolución cubana por toda América Latina; si valió la pena estar defendiendo esa cosa que, mientras el cantaba y cantaba, demolía el país y la Ciudad. Todavía le preguntaría, además, cuán necia le parece la idea de ser necio; lo convidaría, incluso, a la mierda correcta. Pero pienso que perdería mí tiempo si lo hiciera)

No lo culpo, insisto entonces, porque dentro del cinismo del lirismo, tiene buenas intenciones; no lo culpo entonces por tener remordimiento.

A Silvio, a todos, se nos derrumbó la ciudad -el país-; mientras los escombros iban cayendo, en silencio, ignorados por la complicidad de un desgobierno que es -hoy ya lo sabemos- lo peor que le ha pasado a la nación cubana, algunos cantaban -cantar draga el alma-; otros, nos íbamos, para no tener que palear más mierda de puerco -la mierda tupe los tragantes-, para no seguir llenando tanques de agua a cubetazos -que eso jode la espalda-

Ver de nuevo lo mismo que vi en La Habana hace un par de décadas, y ver que el desastre es, ya no igual, si no peor, es aplastante. El documental tiene ese mérito: no el relato del safari de Silvio y sus amigos, sino el traer la crónica de La Habana triste, tan lejana del Casco Histórico y el Festival del Habano, como lo está un futuro digno para esa toda gente que vive en el desamparo.

Hay uno que dice que espera que el futuro sea mejor. Hay otro que dice que a él se le acabó el futuro. Hay una joven que ya no dice porque el sollozo la ahoga. Otros –su dios los ampare- dicen que eso, aquello, es lo que quieren. Algunos, le agradecen, coño, gracias por cantarnos. Los más, callan, ríen y hasta gozan; “es que los cubanos somos así, alegres…”, se escucha de repente. Y yo me consumo de tristeza.

La Habana entonces todavía me hace escribir cosas. No lo puedo evitar: ahí está, derrumbándose un poco todos los días; como los sueños de la gente jodida, que Silvio descubrió en su epifanía de fin de Era ya sin el corazón; se desmorona la Ciudad, como lo hacen las cosas abandonadas; se va consumiendo, como mi vieja, cuando iba cediendo ante el Parkinson implacable.

La Habana se muere entonces, y ya no hay nada que yo pueda hacer por ella; La Habana, carajo, mi querida ciudad astrosa, que todavía me hace llorar.