lunes, 20 de marzo de 2017

LIII

El envase que me porta está de aniversario.

También lo están las cosas por acá adentro, claro; unas aun siguen funcionando como el primer día; otras, ya a media máquina, como esas células estropeadas que ya no alcanzan a procesar los azúcares que, idiota de mí, les proporciono en demasía.

Las cosas han cambiado, les digo: hay menos cabello, más grasa, menos testosterona, más piel fláccida, menos musculatura, más arrugas, las córneas ganando en rigidez, las encías en retirada, un oído perdiendo decibeles, ansiedades varias, temores, y algunas cosas que ya no las recuerdo tal y como eran, lo cual sé, pero no puedo demostrarlo.

Se trata, pues, de lo cotidiano.

Y mientras transcurre ese deterioro que llamamos vida adulta, observo, curioso; me divierto con mi vida, con lo que puedo, lo que me invento, lo que leo, veo y escucho. Todo -casi todo- me resulta interesante; no renuncio a nada, me arrepiento de mucho. Pienso demasiado, que me gusta tanto como el pan, y leo menos, lo cual me frustra.

Están entonces, decía, mi envase y sus engranajes celebrando cincuenta y tres años de haber echado a andar, y yo, veinteañero impenitente, le doy ánimos, le digo, no jodas, dale, que nos queda mucho por hacer.

Felicidades nos deseo pues a envase, contenido y espíritu que, por más que vayamos por tiempos diferentes, vamos juntos.

viernes, 17 de marzo de 2017

Trumpspiracies

Trump insiste en su denuncia de que fue espiado durante la campaña electoral.

Insiste, a pesar de que el Comité de Inteligencia del Senado dice no tener ninguna evidencia al respecto.

Insiste, a pesar de que tampoco hubo evidencia de los tres millones de votantes ilegales.

Y así, nada menos que el presidente de los Estados Unidos de América, cada vez que tiene un arranque de ira porque la realidad no se corresponde con sus deseos, dice lo que le viene a la mente, porque leyó algo en algún libelo de ultraderecha, se lo escuchó a un alucinado radio host conservador o, lo que no es peor sino igual de terrible, alguien se lo susurró al oído.

Cada vez que lo hace, pone en marcha, de manera tan irresponsable que da vergüenza, si no es que miedo, a la poderosa maquinaria del poder legislativo y el Gobierno Federal, como si ello fuera un juguete personal, para que traten otros de comprobar cada infundio y teoría de conspiración, mal usando tiempo, recursos y pericia de legisladores y funcionarios.

Engaña con ello, manipula con sus vacías acusaciones a sus seguidores a los que después, tras cada revés, reune en anacrónicos mítines electorales para nutrirse de nuevo con aplausos y vítores cual vedette venida a menos.

Inevitablemente, recuerda tanto a aquel que usaba a su país y sus ciudadanos para caprichos y compulsiones, grandilocuentes pesadillas de ineficencia, al cosechador en jefe de fracasos; ambos, Trump y él, de esa sub-clase que lleva la marca lívida de los dictadorzuelos intoxicados de poder.   

miércoles, 15 de marzo de 2017

Trump 1 - Maddow 0

De todo este fiasco que protagonizó anoche Rachel Maddow en su show homónimo, en MSNBC, hay un par de asuntos que vale la pena considerar:

La negativa de Trump a mostrar su declaración de impuestos, si bien está dentro de sus derechos, despierta atención generalizada porque, en primer lugar, quién nada oculta, nada teme, y en segundo lugar porque los funcionarios públicos, entre los que se encuentra el cargo de Presidente, deben ofrecer toda la transparencia posible ante la ciudadanía, y Trump se ha negado a tal procedimiemto.

El presidente de los Estados Unidos se ha negado a tal procedimiento. Piensen en eso.

Es de esperar entonces que una noticia sobre dichos impuestos sea algo de máximo interés, y es por ello que Maddow, al parecer sucumbiendo a la tentación del “palo periodístico” y el rating, creó en la tarde-noche de ayer un furor de expectativas para al final reportar... nada.

Que haya sido eso una trampa que le tendieron y en la que cayó mansamente, no lo creo ni por un segundo; no es ella nada tonta: más bien es partícipe de esa histeria anti-Trump, cada vez más hueca y mas nociva a la causa del liberalismo y los demócratas.

Pero, más interesante que el papelazo de Maddow, es saber quién filtró la información.

¿Alguien que simplemente se tropezó con la W-4 de Trump del 2005 y, sin leerla tal vez, o leyéndola y no entendiendo, decidió que aquella era la información esclarecedora que todos quieren ver?

¿O fue el equipo de Trump el que decidió filtrar intencionalmente esa declaración de impuestos del año 2005, a sabiendas de que nada reprobable habría ahí?

Y si este fuera el caso, ¿por qué lo harían?

La única razón que se me ocurre es que lo hayan hecho como un intento pueril de desvirtuar las sospechas sobre los impuestos de Trump (2005, really?), o que lo hicieran para que precisamente la prensa liberal, con ridícula saña, se lanzara sobre un señuelo, o sea, lo que hizo Rachel Maddow, y darle así pie al presidente a escribir otro tweet gritando “Fake news!”, lo cual es uno de sus pasatiempos favoritos.

Ambas razones, sin embargo, me parecen poco probables, aunque dada la irrascibilidad y temperamento patológicamente vengativo de Trump, nunca se sabe, pues parece niñato que a todo el que se le opone, sea el New York Times, o un rapero intoxicado, lo tilda de “fracasado”, en el más clásico estilo de una riña por unas canicas.

Tampoco me parece plausible, como lo plantean algunos medios, que todo ha sido una cortina de humo para ahuyentar de las primeras planas al fantasma de los rusos en la administración Trump. Vamos: el presidente tiene tanto material polémico para las primeras planas que necesitaría algo mucho más sustancioso que una anodina declaración de impuestos.

Dejando entonces a un lado los motivos por el momento, lo que me resulta interesante es que, de haber sido el equipo de Trump el responsable de la filtración, por qué no publicaría alguna otra declaración de impuestos, más reciente.

¿Estarán entre esas las que Trump no quiere mostrar, por ocultas razones que a todos nos interesan?

¿Sería entonces Trump el que autorizó personalmente la “filtración”?

¿Estaría entonces el presidente tratando de ocultar a la opinión pública algo fiscalmente impugnable?

¿Se puede confiar en este hombre, que además de arrojar dudas sobre su honestidad financiera, lanza acusaciones de extrema gravedad y sin sustento, mostrando un escasísimo sentido común, por no mencionar el daño que causa a la imprescindible dignidad del cargo de Presidente que representa a los Estados Unidos de América y sus ciudadanos?

De ese tipo de preguntas se deben ocupar los Maddows de este mundo, y no del sensacionalismo que le ha ganado a NBC, merecidamente, la mofa de uno y otro lado del debate político.  

jueves, 2 de marzo de 2017

Observación anodina de jueves ventoso

Las lecturas, para el que escribe, son ventanas de doble filo.

Se puede escribir, gozoso, a la luz que entra por ellas, o se puede escribir acerca de ellas una letanía plagada de citas sosas y nombres muertos.

viernes, 24 de febrero de 2017

Yo me pregunto cómo aceptar a Trump

He leído, con el mismo placer que siempre lo hago, un artículo del periodista Andres Reynaldo en el Nuevo Herald de Miami titulado “¿Y todavía se pregunta por qué salió Trump?

Es el segundo artículo -y muy bien escritos ambos, por cierto- en esa publicación, en que el autor de manera más o menos explícita declara su filiación en la política americana; trumpista, diría él; trumpera, digo yo.

En este último trabajo, pues hay un llamado a la coherencia y la resignación ante la realidad de que Trump es, de los Estados Unidos de América, el presidente (precisamente por coherencia no puedo usar una mayúscula, y ofrezco mis disculpas por ello). Artículo dirigido, me percato, a los que se golpean la cabeza con la pared, a la vez que se desgarran blusas, camisas y ropa interior, dejando ver su desnudez moteada de cosa lamentablemente ideológica.

Pero no porque el mensaje del artículo de marras sea tan personalizado es necesariamente impecable. Que de repente, mientras uno lee, siente que esa convocatoria a la aceptación y resignación se parece demasiado, y a la vez, al sermón dominical y a la arenga en la Plaza. Y no quiero decir con ello que el autor comulgue con una cosa o la otra. No lo conozco. Solo lo leo.

La resignación entonces no es asunto que yo comparta, y tampoco lo es aceptar que Trump sea “una opción de futuro”.

Se sabe, y me atrevo a pensar que quizás el autor también así lo considere aunque no lo escriba, que Trump es, si acaso, un accidente sociológico electo de manera legítima por menos de la mitad de los votantes de un país escindido en dos facciones profundamente politizadas; Trump, que es una consecuencia, entre otras cosas -porque también se sabe que es en primer lugar un engendro de la miopía demócrata- de la pasión por el espectáculo tan íntimamente imbricada en las preferencias de los norteamericanos.

Así es: nuestro presidente es un showman con el que una mitad se deleita y del que la otra se mofa. Mientras, el resto del planeta observa con estupor como el timón del país más poderoso del mundo está en manos de un diletante que obtuvo su licencia sin saber conducir.

Presidente, (y aquí no quiero evitar la mayúscula, por no violentar las reglas ortográficas) que tiene fascinación por los rich-and-powerful hombres -dijo en alguna ocasión que su gabinete tenía el mayor coeficiente de inteligencia de todos los tiempos, presumiblemente incluyéndose a sí mismo en tal pléyade de genios sin temor a que el promedio disminuyera. Presidente que entre sus admirados incluye además a un Strong Hombre: Vladimir Putin.

Putin del que nos dice Reynaldo “se anexó descaradamente Crimea a la sombra de la incompetencia, la indecisión y el leguleyismo de Obama”; Obama, al que nadie acusó de algo cuando le dió todo a Putin, sigue diciendo el autor, que además le echa en cara a los no-trumperos que nunca se hubieran preocupado por los crímenes de la KGB, agencia desaparecida hace veinteseis años, pero que es capaz, ese incoherente lector, de reprocharle a Trump, “que aún no le ha dado nada a Putin”, que sea putinófilo ya que no rusofílico.

Sad.

***

Debo, por razones precisamente de coherencia, hacer un paréntesis aquí.

Sin extenderme más allá de lo razonable en los antecedentes del entorno histórico, político y geográfico Rusia-URSS-Ucrania-Crimea, es oportuno recordar que la península de Crimea se convirtió en parte del Imperio Ruso en 1783, hace más de doscientos años, aproximadamente por la misma época en que se fundaban los Estados Unidos como nación independiente.

Tan solo después de la Revolución Rusa, en 1917, le fue otorgado a Crimea el estatus de República Autónoma dentro de los territorios que conformaban la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS. Posteriormente, terminada la Segunda Guerra Mundial, Crimea fue degradada a la categoría de “Región”.

En 1954 dicha Región de Crimea fue transferida por la URSS a la entonces República Socialista Soviética de Ucrania por razones, probablemente, de cercanía geográfica.

Cuando en 2014 la Rusia neo-imperial de Putin invade y expropia Crimea, siguiendo motivos imperialistas, geopolíticos y estratégicos locales (la Flota Rusa del Mar Negro tiene su sede en Sevastopol, Crimea), el 68% de la población de esa región era de orígen ruso, seguido por los ucranianos (16%) y los tártaros (11%). La mayoría de la población, por razones obvias, le dió la bienvenida a Putin.

Cuesta ver entonces con qué argumentos un Presidente de los Estados Unidos, llámese Obama o Reagan, hubiera podido impedir, a más de 5000 millas de distancia y un par de siglos de Historia, la anexión de una Crimea más rusa que cualquier otra nacionalidad nada menos que... a Rusia.

Se puede entonces estar de acuerdo (si se es ruso) o no (si se es cualquier otra cosa) con la anexión de Crimea a Rusia, y tomar, o no, una postura crítica ante un suceso a todas luces local.

Pero descalificar a los que se escandalizan con la demostrada ingerencia de la inteligencia rusa en la política y el proceso electoral de los Estados Unidos de América porque, ¡ay, incoherentes!, no lo hicieron de la misma manera ante los desmanes de la KGB en la Guerra Fría, ante la anexión rusa de Crimea o ante el conflicto ruso-ucraniano, pues resulta eso una suerte de igualitarismo oportunista que minimiza la amenaza rusa a la seguridad nacional norteamericana, y eso tan solo para apuntalar el argumento “aceptad a Trump entre vosotros”.

***

Aceptar a Trump entre nosotros, además, no es tan simple como quedarse aferrados a que Hillary fuese una mala candidata -pésima, en mi opinión- o a que Obama haya sido un Presidente que de alguna manera propició el actual cisma de la sociedad americana.

Para aceptarlo, hay que comenzar por llamar a Trump por lo que es: un golem de la clase decepcionada, un talking head de los hartos de Obamas y Hillarys, una consecuencia del racismo demócrata que dejó fuera de la fiesta panétnica al 62% de la población del país: a los blancos.

También hay que admitir, continuando en la aceptación con la necesaria coherencia e imprescindible sensibilidad, que el presidente, nuestro presidente, es una persona narcisista, compulsiva, inestable, de reacciones pueriles y rencorosas, que no soporta la crítica, mucho menos la oposición, y que aborrece nada menos que a la prensa, a la que no lo alaba. Que es un bocón que usa un discurso chovinista y ultranacionalista, discurso que es un animal cegato que abreva en las diatribas ideológicas de una Ann Coulter y un Stephen Bannon, para después marcar con tóxica orina el territorio de los trumperos más pedestres.

Que es un presidente con tan escasos recursos retóricos que califica a todo lo que le agrada, sean personas, objetos o lugares, con cuatro o cinco adjetivos tremendistas, los mismos siempre, lo cual empaña aun más su ya notoria falta de credibilidad.

Hay que aceptar también, así es, que Trump no creó la xenofobia ni el nacionalismo, pero que los usó, a sabiendas o por azares de su discurso errático y agresivo, y que los sigue usando como si siguiera en campaña, como leña seca para avivar la hoguera del miedo de la América de clase media baja y rural.

De la misma manera, para ser consecuentes, habría que incluir en ese acto de comunión trumpera que el mensaje de Trump se regodea en la más abjecta xenofobia cuando afirma que los problemas -cualquier problema- en los Estados Unidos comienzan con los inmigrantes.

Y finalmente hay que admitir, como bien afirma Andres Reynaldo, que Trump, efectivamente, no es causa sino consecuencia.

Nada de lo anterior ni justifica ni mucho menos es motivo para aceptar a Trump a ciegas, no se diga ya en silencio, simplemente porque fue electo de manera legítima o porque, ¡ay!, si no se hace pareciera uno izquierdista. En todo caso lo que se requiere y urge es todo lo contrario: pensamiento crítico, oposición inteligente, ojo y pluma atentos ante un presidente autoritario e impredecible, rodeado de ideólogos republicanos de línea dura.

En lo personal, no acepto que Trump sea la mejor opción republicana para la Presidencia, ya sea porque es esa suerte de “reacción a la acción” de una ola de descontento, o porque los demócratas se equivocaron -y se siguen equivocando- en su estrategia.

Tampoco soy, debo admitir, de los que se pregunta por qué salió Trump, porque lo tengo claro. Todo lo que me resta por decir es que, la verdad, lo lamento mucho.

jueves, 9 de febrero de 2017

W Flagler St

Tan mestiza, esa calle.

De apellidos García, Martínez, de nombre cualquiera. Villa Clara, ya no al norte, y la Perla del Sur, ni perla ni al sur, colindan con prestamistas que prometen adelantar el sueldo al necesitado, y aquellos con bakeries, coladas dulcísimas, hojaldre incompatible con lo desabrido del bagel y la pasta del queso crema. Calle a la que le iría bien lo polvoriento; lugares que bien pudieran ser Alta Habana, Versalles, el de La Lisa, o el reparto Chivás, justo antes de la rotonda.

Gente de Zona se anuncia en un lumínico que comparte con una compañía de seguros que no conozco y esta con un abogado que promete desfacer entuertos de todo tipo, consulta gratis; Cuballama, la fritanga, viaje a Cuba, templos, cementerios, un aire familiar que se me encima y me disgusta.

Todo parece más plano aquí, en esta ciudad plana; casas chatas, agazapadas, esperando el próximo huracán; calles no aptas para chivichanas pero sí para bicicletas. Flagler, que huele a grasa de puerco, y me cuesta pensar que estoy transitando por el eje sobre el que se arquea Miami, y no atravesando San Miguel del Padrón.

Sofocante, Flagler habla en español; merece ser caminada para aquilatarla en su justa medida y no transitada en la prisa del auto. Calle que es una puta frontera, nuestra frontera, y no sé si habrá muchos que se percaten de ello.

***

Aguacates maduros, anuncia una manta atada a la parte trasera de una pick up que transita lentamente por el carril derecho.

Letrero pegado al cristal, justo detrás del chofer: “Warning: I don´t call 911”, y una imagen de una mano que sostiene un revólver me apunta a la cabeza. La luz verde. Una fracción de segundo y suena el claxon del carro de atrás.

¿Es como la Sig Sauer? No, es de cañón de tres pulgadas, ah, y el rifle tiene mira laser, del army, una belleza, ¡una belleza!”

Tres de guayaba, tres de queso, tres de carne, tres de chorizo, tres de coco, una colada y un Ironber, con hielo.”

Alquilamos una casa en los cayos, con muelle, nos vamos en la lancha y (atracamos, fondeamos, parqueamos, qué cojone) allí, volao, tres días, pescando, comiendo pescado.”

Las yaguas llueven. El viento las arranca de las palmas y las suelta de inmediato. Caen, susurrando, un golpe blando sobre el concreto recalentado por el sol de un mediodía asombrosamente tibio.

***

W Flagler St., no sé a derechas por qué, sin que nada pueda evitarlo, me entristece.

lunes, 6 de febrero de 2017

La forma y el contenido

La forma del elefante

Everything is gonna be great. Believe me...”
D.J. Trump

La atracción o el desagrado que inspira Trump a seguidores y detractores respectivamente, el comportamiento compulsivo, la lengua suelta, la boca floja que lo llevó, entre otros factores, a la Presidencia, parece que va a ser el sello cotidiano durante lo que dure el recién estrenado Presidente en la Casa Blanca.

Gobernando a golpe de órdenes ejecutivas, enarbolando la pluma como mandarria, demoliendo, desmontando, tómese como ejemplo de mala administración el asunto del muro fronterizo, que más allá de símbolo o barrera física, representa una idea correcta: hay que proteger la frontera de los Estados Unidos. Pero la forma, ¡ay, la forma!, de promover la idea es ofensiva, agresiva, con un innecesario toque de bravuconería barata, tonta, diciendo que México pagará por la construcción de dicho muro.

O véase la reciente orden ejecutiva ordenando la restricción migratoria a ciudadanos de siete países musulmanes.

La medida, incompleta, mal aplicada, confusa, y ciertamente hipócrita (ni Arabia Saudita ni los Emiratos fueron incluidos en ese grupo de países a pesar de que de los 19 terroristas del 9/11, quince fueron sauditas y dos emiratis), y a pesar de todo ello, la medida, y su contenido, tienen sentido.

Se sabe que todos los musulmanes no son terroristas, pero que la mayoría de los terroristas contemporáneos son musulmanes. El terrorismo, además, no está a la baja; es el signo de nuestros tiempos. Los atentados que se han sucedido en Europa ratifican la necesidad de un control más estricto sobre la identidad y afiliación tanto de migrantes como de residentes, lo que en el caso del viejo continente parece casi imposible.

Pero no en los Estados Unidos.

Las restricciones migratorias que propone Trump (que, además, tienen límite de tiempo) pueden aumentar la seguridad en los Estados Unidos. El problema está en que, como toda medida de caracter general, incluye y excluye a quién no debiera. La pregunta a responder entonces es, si esa medida, imperfecta y perfectible como es, disminuye la posibilidad de un atentado terrorista en territorio americano, ¿quién está dispuesto a sacrificar seguridad?

Pero la manera brutal e irresponsable en que la ha aplicado, o intentado aplicar, eclipsa su relevancia para la seguridad nacional y destaca su aspecto nada humanitario.

Parece que Trump está operando varias agendas a la vez: la de sus promesas populistas, la de la doctrina republicana y, en no menor medida, la de la ideología de sus asesores más cercanos. Esta última es particularmente inquietante, pues está demostrado más allá de la duda razonable que los gobiernos y sociedades que se rigen por ideologías e ideólogos tienden a fracasar. La ideología es anteojera, camisa de fuerza, esquina sofocante que es refugio natural para extremistas y mediocres.

Atrapado entonces entre la mala forma e idearios ajenos, Trump entrega las ideas, incluso las que tienen sentido, de tal manera que hace que su gobierno se parezca cada vez más a la forma fría y cuasidictatorial de los ideólogos, aderezado todo ello por su más personal y quizás más grave característica: la narcicista y patológica reacción a lo que no le agrade o al que se le oponga.

Y la mala noticia:

Apenas ha transcurrido un mes de la era Trump.


El burro sin contenido

We need to talk about a vision for the country — the whole country, not just a confederation of demographic groups,”

Guy Cecil, estratega demócrata


Los demócratas, aun acéfalos, recuerdan a un boxeador, favorito a ganar su pelea, al que le han propinado un knock-out y que, las piernas temblorosas, la mirada perdida, solo atina a balbucear que no, que no es posible, que no es así, mientras el contrario celebra entre abucheos y vítores.

Aun peor:

Los demócratas, anonadados, apuestan su futuro a un fallo de Trump, y no a una reestructuración de fondo del Partido Demócrata y su filosofía. Pierden de vista que los populistas tienden a ser populares, y que Trump, fuera de las grandes ciudades y sectores liberales de la sociedad, es cada vez más popular.

El vacío que han dejado el ex Presidente Obama y Hillary Clinton ha desatado las pugnas por el poder demócrata. La ya inminente elección para elegir el Presidente del Comité Nacional Demócrata (CND) es una muestra de ese fenómeno. Debiera ser, además, un parteaguas en el futuro de ese partido.

Pero no es tan simple.

Por ejemplo, el ex VicePresidente Joe Biden ha declarado su apoyo a la candidatura de Thomas “Tom” Perez para Presidente del CND. Perez, Secretario de Trabajo de la administración de Obama, es considerado seguidor de la política Obama-Clinton, la misma que provocó el reciente descalabro electoral.

¿Nos vamos a quedar con este status quo fallido, o nos vamos a mover hacia adelante, con una restructuración de fondo?”, declaró el senador Bernie Sanders al respecto de la candidatura de Perez.

El propio Sanders entiende que tal restructuración pasa por la elección de líderes afínes al pensamiento progresista que el senador profesa, por políticos más inclinados a la izquierda, y apoya, junto con la Senador Elizabeth Warren, el ex líder de la Minoría en el Senado Harry Reid, y el actual líder de ese grupo, el Senador Chuck Schumer, la candidatura del Representante Keith Ellison, de Minnesota, un político de raza negra y fe musulmana.

De una manera u otra, lo que no se aprecia es el necesario cambio de estrategia en el Partido Demócrata, no ya que los haga recuperar la confianza del electorado y los lleve de nuevo, en cuatro años, a la Presidencia, sino que no parece siquiera que puedan ganar las elecciones intermedias del 2018.

Sin embargo, a pesar de todo, hay una buena noticia:

Apenas ha transcurrido un mes de la Era Trump.

Hay entonces tiempo suficiente para que tirios y troyanos, elefantes y borricos, ganen en forma y contenido, y para que, con ello, ganemos todos.

jueves, 26 de enero de 2017

La bandera y el muro

En la frontera Ciudad Juárez-El Paso en México, en el parque El Chamizal, ondea una de las banderas más grandes que he visto.

Es una de las banderas monumentales mexicanas que se encuentran en varias partes del país. La del Chamizal ondea en un asta de cien metros de altura y mide cincuenta por treinta y dos metros, con un peso aproximado de cuatrocientos kilogramos.

“Los putos gringos se ríen de eso”, me dijo en aquella ocasión un amigo mexicano, empresario, nacido y criado en la frontera. “Aquí lo que cuenta es la lana, el negocio, y lo pinche patriota no quita la pinche hambre, cabrón”, añadió, “Y los gabachos culeros lo saben”, concluyó con una sonrisa astuta.

El patriotismo mexicano es enorme, exacerbado además por la vecindad con Estados Unidos y el papel de derrotado que México con frecuencia ha desempeñado en los conflictos entre los dos países. Casualmente, El Chamizal es una de las contadas victorias mexicanas, pues es una franja de tierra que los Estados Unidos devolvió a México tras años de litigio, y que de inmediato México convirtió en un parque urbano y futuro sitio de la megabandera.

La relación de México con los Estados Unidos ha sido siempre de “Te odio, mi amor”. El estado mexicano hace sus planes pensando solo en petróleo, y mirando hacia el Norte. Los ingresos por concepto de remesas enviadas por mexicanos desde los Estados Unidos superan los 25,000 millones de dólares anuales, y es posible que con el desplome del peso mexicano aumenten; la actual crisis es una oportunidad excelente para pagar deudas o comprar casas con dinero devaluado.

Pero esa sería una de las pocas ventajas del diferendo Trump-México que ha ido madurando y que ahora está en un punto álgido: Trump va a construir su muro, Peña Nieto lanza una parrafada digna, patriótica, pero poco pragmática, se interrumpe el diálogo y, además del muro, se ensancha una brecha entre los dos gobiernos.

A pesar de que México pudiera contratacar y, por ejemplo, disminuir o eliminar los controles sobre el tráfico de droga, pienso que los mexicanos tienen las de perder en este conflicto; el comercio mexicano depende en gran medida de los Estados Unidos, así como sus finanzas.

Y el muro, la verdad, es lo de menos.

Ni siquiera es una afrenta a la soberanía mexicana; es una decisión, guste o no, del gobierno de los Estados Unidos para tratar de controlar el ingreso de inmigrantes ilegales. Vamos: México también trata de impedir el acceso a su territorio en su frontera sur, mantiene retenes y revisiones en las vías que llevan al norte del país, y la deportación de inmigrantes ilegales de territorio mexicano es expedita.

Tampoco debe prestar demasiada atención el gobierno mexicano a la humillante afirmación de que México va a pagar por el muro; a Trump hay que escucharlo y leerlo en contextos temporales, compulsivos, oportunistas, y no como a un estadista consecuente con planes elaborados con arte y sagacidad.

Por ejemplo, Trump acaba de sugerir que se cancele el encuentro a nivel presidencial, como respuesta al discurso del Presidente mexicano, lo cual está muy en concordancia con la patológica manera de reaccionar del presidente americano ante lo que le disgusta.

Lo que debe preocupar a Peña Nieto, en lugar del muro, es la inminente demolición del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en inglés NAFTA, y la probable fuga de la industria maquiladora, propiciada por la política proteccionista de Trump.

Lo que debe hacer el gobierno mexicano y su Presidente es buscar la manera de negociar y sobrevivir a Trump, que no es eterno, y no desperdiciar esfuerzos en hacer ondear esas enormes banderas que si bien anuncian el orgullo de una nación, dicen poco acerca del futuro inmediato y del bienestar de los mexicanos.

miércoles, 18 de enero de 2017

El Malecón apacible

En los últimos cincuenta y ocho años solo en una ocasión tuvo lugar una protesta espontánea en Cuba como resultado del crónico e imparable declive socioeconómico de la involución cubana.

Fue en Agosto de 1994, un par de meses antes del nacimiento de mi hija menor que ahora, mientras escribo este texto, revisa en su teléfono su correo electrónico, sentada en el sofá al alcance de mi mano, a dos mil kilómetros y veintidós años de distancia del Malecón inquieto y de la isla náufraga que hace apenas unos días se ha quedado sin salidas de emergencia.

Era, por aquel entonces, la sazón del desastre bautizado, por Ustedes saben quién, con el más cínico eufemismo: Período Especial.

Período, que de cierta forma ya nunca se superó ni ha terminado, que de especial no ha tenido nada, y sí mucho de calamitoso; crisis galopante que el desmorone del Segundo Mundo y su socialismo de consignas y banderola dejó tras de sí y, mientras el Malecón ardía en aquel Agosto, yo regresaba de Pinar del Río, donde había pasado una quincena buscando un tesoro extraviado y comiendo una pasta rosásea, nauseabunda, mechada con tramos de venas inmasticables, trozos de cartílagos, y pingajos de blanquecinos pellejos de indescriptible orígen.

Era la época todavía de Ustedes saben quién, que en paz no descanse, y de sus muchos delirios, y a mi regreso allí lo ví, en la televisión, arropado por sus manadas de cuadrúmanos del Contingente Blas Roca, paseándose con un insoportable aire triunfal por las calles despejadas a golpes de cabilla y garrote, vacías ya de aquellos habaneros que habían gritado, por primera y única vez, tras decenas de años de silencio, su desespero.

Unos días después Cuba reventaba de nuevo como una pústula infectada, yo perdía amigos que nunca más he visto, y comenzaba el tercer y penúltimo éxodo cubano del siglo XX, el de los balseros.

***

La apuesta más recurrente de estrategas foráneos, opositores de dentro y fuera, anexionistas, independendistas, patriotas y patrioteros, ha sido, siempre fue, que, si se atenazaba a Cuba con firmeza, si se sofocaba a los cubanos con tenaz agarre, la presión resultante quebrantaría el status quo, haría estallar el país, precipitaría un cambio definitivo y sería el comienzo del fin de lo que hay ahora y la iniciación de la nación cubana como país tercermundista capitalista; o sea, de un desastre diferente.

Para soportar esa apuesta durante años se colocó en la mesa de juego del conflicto entre los gobiernos de los Estados Unidos y Cuba el bloqueo comercial, el aislamiento político, presiones, leyes, disposiciones, forcejeos y desencuentros de todo tipo.

Eventualmente, quedó demostrada la inutilidad de estrangulamientos económicos y acogotamientos comerciales: nada sucedió. Tampoco dió resultado lo contrario, la política de terciopelo de Obama.

El gobierno cubano, ni bajo la hostilidad de diez Presidentes americanos, ni ante la política aperturista de “mano tendida“ del Presidente Obama, se ha siquiera tambaleado. La pretendida presión escapó en barcos, se asiló en embajadas, huyó en balsas, en aviones, viajó de la mano de coyotes a través de selvas, de Centroamérica, de las Antillas o aterrizó blandamente, hija, nieta de español, en el aeropuerto de Miami.

Los analistas tratan de endilgar esa pertinaz supervivencia del desgobierno cubano precisamente a esas huídas recurrentes de los cubanos, partiendo de la premisa de que, los que huyen, son los más decididos y aventureros, los que pudieran rebelarse en una contra-involución y terminar con castrismos, Castros y secuaces.

Insisten en que, por culpa precisamente de los Estados Unidos, se han dado esos salideros que no dejan aumentar la presión, gracias a la Ley de Ajuste, y la recién abolida disposición presidencial llamada Pies Secos/Pies mojados (PSPM).

Quieren creer que los héroes cubanos están en la nación exiliada, y en la que quisiera exiliarse, y que solo el taponeo de la frontera -no de la cubana, sino de la estadounidense- traerá el cambio a Cuba.

Esa es la teoría.

***


Unas personas son entrevistadas en La Habana. Les invita el periodista -de un medio digital, no oficial- a que opinen sobre la derogación de la política de PSPM.

“Yo creo que es bueno para los cubanos que eso pase...”, dice uno. “Yo no sé, ¿qué tú crees?”, replica otra. “No es conveniente que la gente se ahogue tratando de llegar a los Estados Unidos...”, comenta un tercero. Otros responden con frases más o menos trilladas, absurdas, casi ininteligibles. Uno incluso menciona una victoria de la Revolución.

“La gente en Cuba no tiene cabeza para otra cosa que no sea la comida y la supervivencia”, me dice mi hija, que a mi lado observa el video, “Para colmo, cuando tienen que hablar de un tema importante que se sale de la cosa cotidiana, adoptan automáticamente el lenguaje del Noticiero”, acota. “Ya ni siquiera saben pensar o hablar por sí mismos...”, concluye, y la tristeza le empapa la voz.
Esa es la práctica.

El fundamento de la permanencia de los Castros en el poder radica en el apoyo de los cubanos de adentro; ya sea por inercia, convicción, adoctrinamiento, temor, o simplemente por supina ignorancia de las circunstancias en que viven y del mundo exterior sobre el que les escamotean información, presentándoles una realidad adulterada e inquietante.

El resultado es que la mayoría de la población cubana, cliente además del abrevadero igualitario de la educación y la salud, nunca se opondría abiertamente al gobierno.

No creo entonces que el cierre de las vías de escape, cegadas sorpresivamente por Obama justo antes que terminara su Presidencia, vaya a crear ese esperado malestar, la gran desesperación, la definitiva frustración en esos que no pudieron escapar a tiempo, y que veamos otro Maleconazo.

La apuesta entonces sigue intacta, y con las mismas posibilidades de ganarse, o sea, casi nulas. Para colmo el 2017 no es, ni remotamente, 1994.

Pero, además del miedo y la desidia, conspira en contra de esa apuesta uno de los aspectos más característicos de los cubanos contemporáneos: el individualismo. Los cubanos no forman comunidad, ni dentro ni fuera de Cuba, y sus planes y prioridades están exclusivamente enfocados al mejoramiento de su estado material personal. No de su cuadra, de su ciudad, de su pueblo, de su país: solo de sí mismos.

Compulsados a sobrevivir durante décadas de estrecheces de materiales e intelectuales, la idea -tantas veces mezclada y confundida con el chovinismo más pedestre- de Nación Cubana, ese ente supragubernamental, orgulloso, contestatario y progresista que propiciaría los cambios, no existe: ha sido sustituida por el “conmigo o contra mí”, por el “Por la Patria, la Revolución, el Socialismo”, por el absurdo convencimiento de que los males cubanos vienen del extranjero, desde ese mismo lugar donde están las soluciones para esa masa menor, apolítica, pragmática, oportunista, que solo quería huir, y no pelear.

***

Cuba, para desgracia de los que allí viven, seguirá siendo el lugar donde naufragan los cubanos. El futuro, ese que se decía tenía una salida de fin biológico, con la muerte de Fidel y Raúl, ya es casi pasado, y se muestra más difuso que nunca.

El Malecón, frontera habanera, ahora solo es un paseo apacible para turistas de medio pelo, sitio obligado de reunión para jóvenes que se evaden en las madrugadas, a falta de un lugar para donde huir, bebiendo ron tibio de cajas de cartón.

jueves, 12 de enero de 2017

La hora buena

Los demócratas siguen sangrando. Se flagelan, arañan las paredes, se desangran. Y lo que es peor: tanto disfrutan el desangramiento que han perdido clase, oportunidad y, de seguir por ese camino, perderán también credibilidad.

Donald Trump ganó la presidencia de los Estados Unidos y eso es, ya se sabe, lamentable, absurdo, pero sobre todo es irreversible, al menos por cuatro años. Es entonces momento, ya ha sido momento desde hace un par de meses, de detener los plañidos, dejar a un lado las pataletas, y reinventarse con urgencia pues, lo que estaba inventado, obviamente, ya no funciona.

Los demócratas perdieron. La Era Clinton terminó. Y, al decir anglo, deal with it.

Me parece de muy poco oficio y raciocinio lo que ha estado sucediendo, esa absurda insistencia en atacar a Trump a sabiendas de que nada va a cambiar por ello. Curiosamente, lo mismo le hicieron a Obama, y el único resultado fue mostrar a los republicanos, en particular a los antiobamistas, en la peor luz -sombra, debiera escribir- posible: la de la intransigencia, el atrincheramiento partidista y el fanatismo ridículo.

Hay que detener esa tendencia. Hay que deshacerse de esas actitud de mal perdedor. Hay que dejar de leer el Huffington Post, que ya es tan libelo como Breitbart News o RT. Tampoco vale la pena que los presentadores de los sempiternos “late night shows” se desgasten noche tras noche tratando de encontrar frases ingeniosas para ridiculizar a Trump y sus circunstancias. Vamos, ni siquiera hay mérito en ello; Trump, y no pierde oportunidad para confirmarlo, ¡es tan fácil de criticar!

Su falta de planes para sus ideas -y viceversa-; su discurso, tan básico, tan de adjetivos, donde todo es tan “terrific, tremendous, magnificent” que tal parecen instrucciones para decorar con más dorados, brillos y luces su entorno a la Liberace; su falta de medida y astucia, su calidad de advenedizo que se solaza en su boconería, colegial presto a enzarzarse en escaramuzas verbales a la menor provocación, venga de una actriz militante, un comediante mordaz, o un jefe de Estado; el soberbio que no admite crítica ni oposición; el autoritario que llama a cerrar espacios de prensa; el marrullero que se niega a mostrar sus impuestos; el ignorante que, a falta de soluciones, anuncia demoliciones.

Ese hombre es el presidente que viene, que ya está aquí.

Controlar ese ego inflamado, narcisista, y tan poco “presidencial”, es un reto enorme para el equipo de trabajo de Trump y yo espero, por el bien de todos, que sus asesores tengan éxito al menos moderado en ese empeño. Cerrar su cuenta de Twitter sería un magnífico comienzo, por ejemplo.

Pero, en todo caso, nada de eso es tarea de los demócratas.

Los demócratas ahora son oposición. Tienen que mirarse en el espejo con luz abundante y ojo crítico. Perdieron el poder porque perdieron el rumbo, porque su discurso fue autocomplaciente, porque se concentraron en las diferencias y no en lo común, porque su candidata era pésima; porque el poder -que, ya se sabe, corrompe- encandila, aturde y embota el filo.

Y deben hacer todo ello sin quitar el dedo del renglón. Ahora menos que nunca.

Trump necesita oposición, chequeo, contrapeso en serio en el pugilato político, y no brete ni ataques más amarillistas que sustanciosos. Se requiere a la prensa más que nunca -más objetiva y minuciosa que nunca, puntualizo. Hay demanda por senadores y representantes menos de su partido y más de su profesión. La sociedad, en estado de alerta, y no divertida con el showman que es Trump; los norteamericanos, enterados de que a los Estados Unidos desde ya les urge un Presidente, con dignidad, mérito y mayúscula.

No solo el Partido Demócrata y sus afiliados tienen por delante ese camino cuesta arriba; también lo tienen los Republicanos con el raciocinio suficiente para ver en qué ha terminado la institución presidencial en nombre de su partido.

Y, en última instancia, lo tenemos todos los ciudadanos de los Estados Unidos, que estamos a la merced de un payaso narcisista.

Hay entonces que dejar a un lado rencor, lamento y grandilocuencia: ya es la hora buena y el reto, para toda la clase política, para la sociedad norteamericana, es buscar cómo contener a Trump, y eventualmente encontrar el remplazo urgente para ese error que, ya a punto de comenzar su reality show, nos muestra los dientes, amarillos de arrogancia, en la pantalla de la televisión.