jueves, 9 de febrero de 2017

W Flagler St

Tan mestiza, esa calle.

De apellidos García, Martínez, de nombre cualquiera. Villa Clara, ya no al norte, y la Perla del Sur, ni perla ni al sur, colindan con prestamistas que prometen adelantar el sueldo al necesitado, y aquellos con bakeries, coladas dulcísimas, hojaldre incompatible con lo desabrido del bagel y la pasta del queso crema. Calle a la que le iría bien lo polvoriento; lugares que bien pudieran ser Alta Habana, Versalles, el de La Lisa, o el reparto Chivás, justo antes de la rotonda.

Gente de Zona se anuncia en un lumínico que comparte con una compañía de seguros que no conozco y esta con un abogado que promete desfacer entuertos de todo tipo, consulta gratis; Cuballama, la fritanga, viaje a Cuba, templos, cementerios, un aire familiar que se me encima y me disgusta.

Todo parece más plano aquí, en esta ciudad plana; casas chatas, agazapadas, esperando el próximo huracán; calles no aptas para chivichanas pero sí para bicicletas. Flagler, que huele a grasa de puerco, y me cuesta pensar que estoy transitando por el eje sobre el que se arquea Miami, y no atravesando San Miguel del Padrón.

Sofocante, Flagler habla en español; merece ser caminada para aquilatarla en su justa medida y no transitada en la prisa del auto. Calle que es una puta frontera, nuestra frontera, y no sé si habrá muchos que se percaten de ello.

***

Aguacates maduros, anuncia una manta atada a la parte trasera de una pick up que transita lentamente por el carril derecho.

Letrero pegado al cristal, justo detrás del chofer: “Warning: I don´t call 911”, y una imagen de una mano que sostiene un revólver me apunta a la cabeza. La luz verde. Una fracción de segundo y suena el claxon del carro de atrás.

¿Es como la Sig Sauer? No, es de cañón de tres pulgadas, ah, y el rifle tiene mira laser, del army, una belleza, ¡una belleza!”

Tres de guayaba, tres de queso, tres de carne, tres de chorizo, tres de coco, una colada y un Ironber, con hielo.”

Alquilamos una casa en los cayos, con muelle, nos vamos en la lancha y (atracamos, fondeamos, parqueamos, qué cojone) allí, volao, tres días, pescando, comiendo pescado.”

Las yaguas llueven. El viento las arranca de las palmas y las suelta de inmediato. Caen, susurrando, un golpe blando sobre el concreto recalentado por el sol de un mediodía asombrosamente tibio.

***

W Flagler St., no sé a derechas por qué, sin que nada pueda evitarlo, me entristece.

lunes, 6 de febrero de 2017

La forma y el contenido

La forma del elefante

Everything is gonna be great. Believe me...”
D.J. Trump

La atracción o el desagrado que inspira Trump a seguidores y detractores respectivamente, el comportamiento compulsivo, la lengua suelta, la boca floja que lo llevó, entre otros factores, a la Presidencia, parece que va a ser el sello cotidiano durante lo que dure el recién estrenado Presidente en la Casa Blanca.

Gobernando a golpe de órdenes ejecutivas, enarbolando la pluma como mandarria, demoliendo, desmontando, tómese como ejemplo de mala administración el asunto del muro fronterizo, que más allá de símbolo o barrera física, representa una idea correcta: hay que proteger la frontera de los Estados Unidos. Pero la forma, ¡ay, la forma!, de promover la idea es ofensiva, agresiva, con un innecesario toque de bravuconería barata, tonta, diciendo que México pagará por la construcción de dicho muro.

O véase la reciente orden ejecutiva ordenando la restricción migratoria a ciudadanos de siete países musulmanes.

La medida, incompleta, mal aplicada, confusa, y ciertamente hipócrita (ni Arabia Saudita ni los Emiratos fueron incluidos en ese grupo de países a pesar de que de los 19 terroristas del 9/11, quince fueron sauditas y dos emiratis), y a pesar de todo ello, la medida, y su contenido, tienen sentido.

Se sabe que todos los musulmanes no son terroristas, pero que la mayoría de los terroristas contemporáneos son musulmanes. El terrorismo, además, no está a la baja; es el signo de nuestros tiempos. Los atentados que se han sucedido en Europa ratifican la necesidad de un control más estricto sobre la identidad y afiliación tanto de migrantes como de residentes, lo que en el caso del viejo continente parece casi imposible.

Pero no en los Estados Unidos.

Las restricciones migratorias que propone Trump (que, además, tienen límite de tiempo) pueden aumentar la seguridad en los Estados Unidos. El problema está en que, como toda medida de caracter general, incluye y excluye a quién no debiera. La pregunta a responder entonces es, si esa medida, imperfecta y perfectible como es, disminuye la posibilidad de un atentado terrorista en territorio americano, ¿quién está dispuesto a sacrificar seguridad?

Pero la manera brutal e irresponsable en que la ha aplicado, o intentado aplicar, eclipsa su relevancia para la seguridad nacional y destaca su aspecto nada humanitario.

Parece que Trump está operando varias agendas a la vez: la de sus promesas populistas, la de la doctrina republicana y, en no menor medida, la de la ideología de sus asesores más cercanos. Esta última es particularmente inquietante, pues está demostrado más allá de la duda razonable que los gobiernos y sociedades que se rigen por ideologías e ideólogos tienden a fracasar. La ideología es anteojera, camisa de fuerza, esquina sofocante que es refugio natural para extremistas y mediocres.

Atrapado entonces entre la mala forma e idearios ajenos, Trump entrega las ideas, incluso las que tienen sentido, de tal manera que hace que su gobierno se parezca cada vez más a la forma fría y cuasidictatorial de los ideólogos, aderezado todo ello por su más personal y quizás más grave característica: la narcicista y patológica reacción a lo que no le agrade o al que se le oponga.

Y la mala noticia:

Apenas ha transcurrido un mes de la era Trump.


El burro sin contenido

We need to talk about a vision for the country — the whole country, not just a confederation of demographic groups,”

Guy Cecil, estratega demócrata


Los demócratas, aun acéfalos, recuerdan a un boxeador, favorito a ganar su pelea, al que le han propinado un knock-out y que, las piernas temblorosas, la mirada perdida, solo atina a balbucear que no, que no es posible, que no es así, mientras el contrario celebra entre abucheos y vítores.

Aun peor:

Los demócratas, anonadados, apuestan su futuro a un fallo de Trump, y no a una reestructuración de fondo del Partido Demócrata y su filosofía. Pierden de vista que los populistas tienden a ser populares, y que Trump, fuera de las grandes ciudades y sectores liberales de la sociedad, es cada vez más popular.

El vacío que han dejado el ex Presidente Obama y Hillary Clinton ha desatado las pugnas por el poder demócrata. La ya inminente elección para elegir el Presidente del Comité Nacional Demócrata (CND) es una muestra de ese fenómeno. Debiera ser, además, un parteaguas en el futuro de ese partido.

Pero no es tan simple.

Por ejemplo, el ex VicePresidente Joe Biden ha declarado su apoyo a la candidatura de Thomas “Tom” Perez para Presidente del CND. Perez, Secretario de Trabajo de la administración de Obama, es considerado seguidor de la política Obama-Clinton, la misma que provocó el reciente descalabro electoral.

¿Nos vamos a quedar con este status quo fallido, o nos vamos a mover hacia adelante, con una restructuración de fondo?”, declaró el senador Bernie Sanders al respecto de la candidatura de Perez.

El propio Sanders entiende que tal restructuración pasa por la elección de líderes afínes al pensamiento progresista que el senador profesa, por políticos más inclinados a la izquierda, y apoya, junto con la Senador Elizabeth Warren, el ex líder de la Minoría en el Senado Harry Reid, y el actual líder de ese grupo, el Senador Chuck Schumer, la candidatura del Representante Keith Ellison, de Minnesota, un político de raza negra y fe musulmana.

De una manera u otra, lo que no se aprecia es el necesario cambio de estrategia en el Partido Demócrata, no ya que los haga recuperar la confianza del electorado y los lleve de nuevo, en cuatro años, a la Presidencia, sino que no parece siquiera que puedan ganar las elecciones intermedias del 2018.

Sin embargo, a pesar de todo, hay una buena noticia:

Apenas ha transcurrido un mes de la Era Trump.

Hay entonces tiempo suficiente para que tirios y troyanos, elefantes y borricos, ganen en forma y contenido, y para que, con ello, ganemos todos.

jueves, 26 de enero de 2017

La bandera y el muro

En la frontera Ciudad Juárez-El Paso en México, en el parque El Chamizal, ondea una de las banderas más grandes que he visto.

Es una de las banderas monumentales mexicanas que se encuentran en varias partes del país. La del Chamizal ondea en un asta de cien metros de altura y mide cincuenta por treinta y dos metros, con un peso aproximado de cuatrocientos kilogramos.

“Los putos gringos se ríen de eso”, me dijo en aquella ocasión un amigo mexicano, empresario, nacido y criado en la frontera. “Aquí lo que cuenta es la lana, el negocio, y lo pinche patriota no quita la pinche hambre, cabrón”, añadió, “Y los gabachos culeros lo saben”, concluyó con una sonrisa astuta.

El patriotismo mexicano es enorme, exacerbado además por la vecindad con Estados Unidos y el papel de derrotado que México con frecuencia ha desempeñado en los conflictos entre los dos países. Casualmente, El Chamizal es una de las contadas victorias mexicanas, pues es una franja de tierra que los Estados Unidos devolvió a México tras años de litigio, y que de inmediato México convirtió en un parque urbano y futuro sitio de la megabandera.

La relación de México con los Estados Unidos ha sido siempre de “Te odio, mi amor”. El estado mexicano hace sus planes pensando solo en petróleo, y mirando hacia el Norte. Los ingresos por concepto de remesas enviadas por mexicanos desde los Estados Unidos superan los 25,000 millones de dólares anuales, y es posible que con el desplome del peso mexicano aumenten; la actual crisis es una oportunidad excelente para pagar deudas o comprar casas con dinero devaluado.

Pero esa sería una de las pocas ventajas del diferendo Trump-México que ha ido madurando y que ahora está en un punto álgido: Trump va a construir su muro, Peña Nieto lanza una parrafada digna, patriótica, pero poco pragmática, se interrumpe el diálogo y, además del muro, se ensancha una brecha entre los dos gobiernos.

A pesar de que México pudiera contratacar y, por ejemplo, disminuir o eliminar los controles sobre el tráfico de droga, pienso que los mexicanos tienen las de perder en este conflicto; el comercio mexicano depende en gran medida de los Estados Unidos, así como sus finanzas.

Y el muro, la verdad, es lo de menos.

Ni siquiera es una afrenta a la soberanía mexicana; es una decisión, guste o no, del gobierno de los Estados Unidos para tratar de controlar el ingreso de inmigrantes ilegales. Vamos: México también trata de impedir el acceso a su territorio en su frontera sur, mantiene retenes y revisiones en las vías que llevan al norte del país, y la deportación de inmigrantes ilegales de territorio mexicano es expedita.

Tampoco debe prestar demasiada atención el gobierno mexicano a la humillante afirmación de que México va a pagar por el muro; a Trump hay que escucharlo y leerlo en contextos temporales, compulsivos, oportunistas, y no como a un estadista consecuente con planes elaborados con arte y sagacidad.

Por ejemplo, Trump acaba de sugerir que se cancele el encuentro a nivel presidencial, como respuesta al discurso del Presidente mexicano, lo cual está muy en concordancia con la patológica manera de reaccionar del presidente americano ante lo que le disgusta.

Lo que debe preocupar a Peña Nieto, en lugar del muro, es la inminente demolición del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en inglés NAFTA, y la probable fuga de la industria maquiladora, propiciada por la política proteccionista de Trump.

Lo que debe hacer el gobierno mexicano y su Presidente es buscar la manera de negociar y sobrevivir a Trump, que no es eterno, y no desperdiciar esfuerzos en hacer ondear esas enormes banderas que si bien anuncian el orgullo de una nación, dicen poco acerca del futuro inmediato y del bienestar de los mexicanos.

miércoles, 18 de enero de 2017

El Malecón apacible

En los últimos cincuenta y ocho años solo en una ocasión tuvo lugar una protesta espontánea en Cuba como resultado del crónico e imparable declive socioeconómico de la involución cubana.

Fue en Agosto de 1994, un par de meses antes del nacimiento de mi hija menor que ahora, mientras escribo este texto, revisa en su teléfono su correo electrónico, sentada en el sofá al alcance de mi mano, a dos mil kilómetros y veintidós años de distancia del Malecón inquieto y de la isla náufraga que hace apenas unos días se ha quedado sin salidas de emergencia.

Era, por aquel entonces, la sazón del desastre bautizado, por Ustedes saben quién, con el más cínico eufemismo: Período Especial.

Período, que de cierta forma ya nunca se superó ni ha terminado, que de especial no ha tenido nada, y sí mucho de calamitoso; crisis galopante que el desmorone del Segundo Mundo y su socialismo de consignas y banderola dejó tras de sí y, mientras el Malecón ardía en aquel Agosto, yo regresaba de Pinar del Río, donde había pasado una quincena buscando un tesoro extraviado y comiendo una pasta rosásea, nauseabunda, mechada con tramos de venas inmasticables, trozos de cartílagos, y pingajos de blanquecinos pellejos de indescriptible orígen.

Era la época todavía de Ustedes saben quién, que en paz no descanse, y de sus muchos delirios, y a mi regreso allí lo ví, en la televisión, arropado por sus manadas de cuadrúmanos del Contingente Blas Roca, paseándose con un insoportable aire triunfal por las calles despejadas a golpes de cabilla y garrote, vacías ya de aquellos habaneros que habían gritado, por primera y única vez, tras decenas de años de silencio, su desespero.

Unos días después Cuba reventaba de nuevo como una pústula infectada, yo perdía amigos que nunca más he visto, y comenzaba el tercer y penúltimo éxodo cubano del siglo XX, el de los balseros.

***

La apuesta más recurrente de estrategas foráneos, opositores de dentro y fuera, anexionistas, independendistas, patriotas y patrioteros, ha sido, siempre fue, que, si se atenazaba a Cuba con firmeza, si se sofocaba a los cubanos con tenaz agarre, la presión resultante quebrantaría el status quo, haría estallar el país, precipitaría un cambio definitivo y sería el comienzo del fin de lo que hay ahora y la iniciación de la nación cubana como país tercermundista capitalista; o sea, de un desastre diferente.

Para soportar esa apuesta durante años se colocó en la mesa de juego del conflicto entre los gobiernos de los Estados Unidos y Cuba el bloqueo comercial, el aislamiento político, presiones, leyes, disposiciones, forcejeos y desencuentros de todo tipo.

Eventualmente, quedó demostrada la inutilidad de estrangulamientos económicos y acogotamientos comerciales: nada sucedió. Tampoco dió resultado lo contrario, la política de terciopelo de Obama.

El gobierno cubano, ni bajo la hostilidad de diez Presidentes americanos, ni ante la política aperturista de “mano tendida“ del Presidente Obama, se ha siquiera tambaleado. La pretendida presión escapó en barcos, se asiló en embajadas, huyó en balsas, en aviones, viajó de la mano de coyotes a través de selvas, de Centroamérica, de las Antillas o aterrizó blandamente, hija, nieta de español, en el aeropuerto de Miami.

Los analistas tratan de endilgar esa pertinaz supervivencia del desgobierno cubano precisamente a esas huídas recurrentes de los cubanos, partiendo de la premisa de que, los que huyen, son los más decididos y aventureros, los que pudieran rebelarse en una contra-involución y terminar con castrismos, Castros y secuaces.

Insisten en que, por culpa precisamente de los Estados Unidos, se han dado esos salideros que no dejan aumentar la presión, gracias a la Ley de Ajuste, y la recién abolida disposición presidencial llamada Pies Secos/Pies mojados (PSPM).

Quieren creer que los héroes cubanos están en la nación exiliada, y en la que quisiera exiliarse, y que solo el taponeo de la frontera -no de la cubana, sino de la estadounidense- traerá el cambio a Cuba.

Esa es la teoría.

***


Unas personas son entrevistadas en La Habana. Les invita el periodista -de un medio digital, no oficial- a que opinen sobre la derogación de la política de PSPM.

“Yo creo que es bueno para los cubanos que eso pase...”, dice uno. “Yo no sé, ¿qué tú crees?”, replica otra. “No es conveniente que la gente se ahogue tratando de llegar a los Estados Unidos...”, comenta un tercero. Otros responden con frases más o menos trilladas, absurdas, casi ininteligibles. Uno incluso menciona una victoria de la Revolución.

“La gente en Cuba no tiene cabeza para otra cosa que no sea la comida y la supervivencia”, me dice mi hija, que a mi lado observa el video, “Para colmo, cuando tienen que hablar de un tema importante que se sale de la cosa cotidiana, adoptan automáticamente el lenguaje del Noticiero”, acota. “Ya ni siquiera saben pensar o hablar por sí mismos...”, concluye, y la tristeza le empapa la voz.
Esa es la práctica.

El fundamento de la permanencia de los Castros en el poder radica en el apoyo de los cubanos de adentro; ya sea por inercia, convicción, adoctrinamiento, temor, o simplemente por supina ignorancia de las circunstancias en que viven y del mundo exterior sobre el que les escamotean información, presentándoles una realidad adulterada e inquietante.

El resultado es que la mayoría de la población cubana, cliente además del abrevadero igualitario de la educación y la salud, nunca se opondría abiertamente al gobierno.

No creo entonces que el cierre de las vías de escape, cegadas sorpresivamente por Obama justo antes que terminara su Presidencia, vaya a crear ese esperado malestar, la gran desesperación, la definitiva frustración en esos que no pudieron escapar a tiempo, y que veamos otro Maleconazo.

La apuesta entonces sigue intacta, y con las mismas posibilidades de ganarse, o sea, casi nulas. Para colmo el 2017 no es, ni remotamente, 1994.

Pero, además del miedo y la desidia, conspira en contra de esa apuesta uno de los aspectos más característicos de los cubanos contemporáneos: el individualismo. Los cubanos no forman comunidad, ni dentro ni fuera de Cuba, y sus planes y prioridades están exclusivamente enfocados al mejoramiento de su estado material personal. No de su cuadra, de su ciudad, de su pueblo, de su país: solo de sí mismos.

Compulsados a sobrevivir durante décadas de estrecheces de materiales e intelectuales, la idea -tantas veces mezclada y confundida con el chovinismo más pedestre- de Nación Cubana, ese ente supragubernamental, orgulloso, contestatario y progresista que propiciaría los cambios, no existe: ha sido sustituida por el “conmigo o contra mí”, por el “Por la Patria, la Revolución, el Socialismo”, por el absurdo convencimiento de que los males cubanos vienen del extranjero, desde ese mismo lugar donde están las soluciones para esa masa menor, apolítica, pragmática, oportunista, que solo quería huir, y no pelear.

***

Cuba, para desgracia de los que allí viven, seguirá siendo el lugar donde naufragan los cubanos. El futuro, ese que se decía tenía una salida de fin biológico, con la muerte de Fidel y Raúl, ya es casi pasado, y se muestra más difuso que nunca.

El Malecón, frontera habanera, ahora solo es un paseo apacible para turistas de medio pelo, sitio obligado de reunión para jóvenes que se evaden en las madrugadas, a falta de un lugar para donde huir, bebiendo ron tibio de cajas de cartón.

jueves, 12 de enero de 2017

La hora buena

Los demócratas siguen sangrando. Se flagelan, arañan las paredes, se desangran. Y lo que es peor: tanto disfrutan el desangramiento que han perdido clase, oportunidad y, de seguir por ese camino, perderán también credibilidad.

Donald Trump ganó la presidencia de los Estados Unidos y eso es, ya se sabe, lamentable, absurdo, pero sobre todo es irreversible, al menos por cuatro años. Es entonces momento, ya ha sido momento desde hace un par de meses, de detener los plañidos, dejar a un lado las pataletas, y reinventarse con urgencia pues, lo que estaba inventado, obviamente, ya no funciona.

Los demócratas perdieron. La Era Clinton terminó. Y, al decir anglo, deal with it.

Me parece de muy poco oficio y raciocinio lo que ha estado sucediendo, esa absurda insistencia en atacar a Trump a sabiendas de que nada va a cambiar por ello. Curiosamente, lo mismo le hicieron a Obama, y el único resultado fue mostrar a los republicanos, en particular a los antiobamistas, en la peor luz -sombra, debiera escribir- posible: la de la intransigencia, el atrincheramiento partidista y el fanatismo ridículo.

Hay que detener esa tendencia. Hay que deshacerse de esas actitud de mal perdedor. Hay que dejar de leer el Huffington Post, que ya es tan libelo como Breitbart News o RT. Tampoco vale la pena que los presentadores de los sempiternos “late night shows” se desgasten noche tras noche tratando de encontrar frases ingeniosas para ridiculizar a Trump y sus circunstancias. Vamos, ni siquiera hay mérito en ello; Trump, y no pierde oportunidad para confirmarlo, ¡es tan fácil de criticar!

Su falta de planes para sus ideas -y viceversa-; su discurso, tan básico, tan de adjetivos, donde todo es tan “terrific, tremendous, magnificent” que tal parecen instrucciones para decorar con más dorados, brillos y luces su entorno a la Liberace; su falta de medida y astucia, su calidad de advenedizo que se solaza en su boconería, colegial presto a enzarzarse en escaramuzas verbales a la menor provocación, venga de una actriz militante, un comediante mordaz, o un jefe de Estado; el soberbio que no admite crítica ni oposición; el autoritario que llama a cerrar espacios de prensa; el marrullero que se niega a mostrar sus impuestos; el ignorante que, a falta de soluciones, anuncia demoliciones.

Ese hombre es el presidente que viene, que ya está aquí.

Controlar ese ego inflamado, narcisista, y tan poco “presidencial”, es un reto enorme para el equipo de trabajo de Trump y yo espero, por el bien de todos, que sus asesores tengan éxito al menos moderado en ese empeño. Cerrar su cuenta de Twitter sería un magnífico comienzo, por ejemplo.

Pero, en todo caso, nada de eso es tarea de los demócratas.

Los demócratas ahora son oposición. Tienen que mirarse en el espejo con luz abundante y ojo crítico. Perdieron el poder porque perdieron el rumbo, porque su discurso fue autocomplaciente, porque se concentraron en las diferencias y no en lo común, porque su candidata era pésima; porque el poder -que, ya se sabe, corrompe- encandila, aturde y embota el filo.

Y deben hacer todo ello sin quitar el dedo del renglón. Ahora menos que nunca.

Trump necesita oposición, chequeo, contrapeso en serio en el pugilato político, y no brete ni ataques más amarillistas que sustanciosos. Se requiere a la prensa más que nunca -más objetiva y minuciosa que nunca, puntualizo. Hay demanda por senadores y representantes menos de su partido y más de su profesión. La sociedad, en estado de alerta, y no divertida con el showman que es Trump; los norteamericanos, enterados de que a los Estados Unidos desde ya les urge un Presidente, con dignidad, mérito y mayúscula.

No solo el Partido Demócrata y sus afiliados tienen por delante ese camino cuesta arriba; también lo tienen los Republicanos con el raciocinio suficiente para ver en qué ha terminado la institución presidencial en nombre de su partido.

Y, en última instancia, lo tenemos todos los ciudadanos de los Estados Unidos, que estamos a la merced de un payaso narcisista.

Hay entonces que dejar a un lado rencor, lamento y grandilocuencia: ya es la hora buena y el reto, para toda la clase política, para la sociedad norteamericana, es buscar cómo contener a Trump, y eventualmente encontrar el remplazo urgente para ese error que, ya a punto de comenzar su reality show, nos muestra los dientes, amarillos de arrogancia, en la pantalla de la televisión.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Caída libre

“Porque si veo capitalismo, no sé, no puedo entrar...”


Desde que tengo uso de razón -o memoria, que es más adecuado- eso de “no regresaremos al capitalismo” o que el capitalismo es malo, muy malo, ha sido el mantra de una y otra vez de los fideles, raúles y sus cachanchanes.

Esta vez, leo, tampoco se hizo la excepción y el impresentable general-presidente, ya respirando aliviado porque Obama, el que le tomó La Habana sin disparar un tiro, se va; contento el hombrecillo además porque con Trump le regresa el imprescindible enemigo, dice entonces el anciano, lamentable sobreviviente de la furia asesina de este agonizante 2016, que “no vamos ni iremos hacia el capitalismo”.

Las razones lógicas de tal rotunda negativa, pues no las conozco.

Al cabo, esa gente son de izquierda y la izquierda, como todo lo demás, solo sobrevive en el capitalismo; sonaría como suicidio, si no fuera por el depravado cinismo que transpira tal declaración. Quedan entonces solamente las sinrazones, pataletas ideológicas de un grupo de ineptos, desfasados en tiempo, Historia y vida.

O sea, Cuba se hunde, y a ellos no le interesa.

“Ni nos ha interesado ni nos interesará”, pudiera bien decir el tiranuelo de turno y seguir, por supuesto, cómo de otra manera, seguir disfrutando de cuanta cosa capitalista existe y tiene a la mano. Desde la ropa que viste, los teléfonos que usa, los relojes que consulta, hasta los carromatos rusos que reservan para entierros y papelazos, “Сделано в России“, la del capitalismo putiniano porque, de la URSS, ni los mapas quedan.

Al absurdo entonces se suma la burla.

Vamos, el otro país socialista que queda en el planeta es Corea del Norte (porque, convengamos, ni China ni ningún otro país, con economía próspera, engrasada por el lubricante capitalista, es socialista). Y Cuba comparte con Norcorea, además del dogmatismo de la clase gobernante, de la docilidad de los ciudadanos, de la represión, de los métodos dictatoriales, un absoluto desastre de la economía.

Rechazar a estas alturas el capitalismo, tan solo por razones de inexplicable y trasnochada ideología, es el colmo del absurdo. Basta con mirar a esa Corea bipolar: el mismo país, la misma cultura, el mismo idioma, siglos de historia, nación dividida por una artificial frontera rectilínea, residuo de las guerras anticomunistas del siglo XX; el Sur próspero, hipertecnológico y capitalista, y el Norte del siglo XIX, agrario, desolado, donde las hambrunas cíclicas y la pésima calidad de vida hace que, entre otras nefastas consecuencias, los norcoreanos socialistas tengan incluso menor estatura y corpulencia que los sudcoreanos capitalistas.

Si hay una muestra de que eso que llaman socialismo no funciona, son esas dos Coreas; o, dicho de otra manera, de que el capitalismo funciona.

Pero el Castro de turno no quiere capitalismo.

El drama cubano, se decía, comenzaría a terminar con el “fin biológico”, la muerte de Fidel Castro. Pero todo indica que solo se ha pospuesto. “En Cuba las cosas empeoraron después de la visita de Obama”, me cuenta mi padre, “El bombardeo con consignas antiamericanas, la vieja retórica de ´Cuba sí Yankis no´, es a todas horas, por todos lados”.

El desgobierno cubano ha invertido todos sus recursos de propaganda y manipulación tratando de enmendar el desmentido brutal que Obama puso sobre la mesa, el de que el problema no es, ni remotamente, los Estados Unidos, el bloqueo o cualquier otra cosa en el extranjero; que el problema, todos los problemas, están adentro del país.

Que el problema es el fantoche que dice no al capitalismo, que advierte sobre más crisis por venir, que anticipa más restricciones, que no tiene soluciones para el país y sus males crónicos porque ni el socialismo, y mucho menos ese gobierno disfuncional, ofrecen ninguna.

El capitalismo terminará por llegar a Cuba.

No el de la croqueta y el “cuentapropismo”, por supuesto, sino el de la libre empresa, mercado, crédito, competencia, oferta y demanda. No llegará, sin embargo, como un agua mansa, sino como torrente de lodos y rocas, liberado por un dique que revienta. Torrente que va a arrasar con un pueblo que no está preparado para navegar esas aguas, que no tiene idea de cómo se sobrevive y vive sin remesas; que, a fuerza de igualitarismo, es débil y desconoce.

La responsabilidad de la calamidad que viene a sumarse a la ya existente, pues es de ese hombrecillo de expresión dispéptica, menguada estatura -norcoreano honorario- y voz engolada, de su difunto hermano, y de los que lo apoyan y aplauden; de todos, cómplices, los que están acompañando al país en su desplome en caída libre.

Feliz 2017 entonces, y que el viaje les sea leve.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Una vida sin Fidel

Aun no se desvanecía el rojo blanco del horno, todavía no se enfriaba el puñado de polvo, y ya se leían luctuosos, untosos, empalagosos panegíricos que, cronómetro en mano, compungidos admiradores del anciano dictador habían confeccionado con chea puntualidad.

Un día sin Fidel, tres días sin Fidel, cinco días sin Fidel, se sucedieron aquí y allá; así, es de esperar, tendremos -tendrán, pues yo no los leeré- microaniversarios de la magna cremación al mes, trimestre, semestre, veintiseis de julio, trece de agosto, diez de octubre, y, por supuesto, la apoteosis de las crónicas crono-mortuorias, al año sin Fidel.

El drama, que es parte de nuestra mestiza y temperamental cultura. En este caso, un ulular de lloronas aderezado por lamentaciones que parecen sacadas de la cosa juche.

“Están como los mexicanos con Juan Gabriel que, a cada rato, cuando ya nadie se acuerda que se murió, sacan otro programa de lamentos...”, comentaba mi esposa, divertida, no con la muerte, que no es de risa, sino con lo insípido de los que sobreviven a los muertos ilustres.

Pero ni siquiera el Divo de Juárez ha inspirado esos recurrentes reportajes que nos llegan con asiduidad menstrual. Vamos, ni a un Muerto de Muertos como Freddy Mercury se le ha dado el honor de tal recuento machacón, y mira que ese sí se agradecería.

Y el colmo de los absurdos es que Fidel había muerto no hace uno, tres, o cinco días, sino hace ya una década, con el traspaso de poder a su hermano, y la implícita aceptación de que ya no daba -por suerte- para más. Su nefasta omnipresencia comenzó a marchitarse y solo asomaba, esporádico, de reflexión en reflexión, o en noticias sobre algun dignatario que había acudido a Punto Cero a tomarse un postrero selfie.

Así, hasta que terminó de morir. Esta vez definitivamente, un día que está por saberse, pues esa coincidencia de fechas con aniversario de Granmas, Coloradas, y toda la parafernalia de conmemoraciones gubernamentales, no la compro. Vamos, que se murió un día cualquiera, como el vulgar labriego hijo de labriego que fue.

Los que lo lloran, pues regresan una y otra vez a esas ideas fijas, cinceladas por el adoctrinamiento, esas charcas de falacias y lemas de las que muchos bebimos en algun momento.

“Era el caballo”, murmuran, gozosos, con ese extraño disfrute de saberse vasallos de un hombre fuerte.

“Un estadista de talla mundial”, dicen otros, saboreando la ilusión de que su isleño cacique pudiera equipararse a inmensos personajes cuyo legado, la Historia en sí, no necesita ser recordado cada cinco días.

“Educación, salud”, mantra, que es el reducto supremo del argumento de “Por qué Fidel”, el agradecimiento eterno a su muerto grande por servicios básicos pagados con dinero ajeno. Porque, en buena lid, si van a lamentar, si van a defender su médico de la familia y su maestro emergente, pues deben comenzar por mencionar a los que financiaron el delirio fidelista: soviéticos, en primer lugar, y chavistas, milagrosos rescatadores de la nación que ya se había ido en picada.

Gracias a ellos, a los mecenas del insostenible “proyecto”, los cubanos son un pueblo miserable al que fue concedido vivir atrapado entre un hospital derruido y una escuela mediocre, y al que con eso le debe bastar; lo que les resta, segun los lamentadores, es callar -o llorar- en agradecimiento.

El resto, cosa burguesa, es banal. Así es que, por ejemplo, cuando la rusa tecnología falla -una vez más-, cinco estóicos soldados empujan un carromato bajo el sol inclemente para poder llegar, por fin, al mausoleo del mal gusto, y de mal gusto, donde, detrás de un letrerito que dice Fidel, se coloca eso que transportan, unos dos kilogramos de polvo de fosfatos de calcio, sales de sodio, potasio, y quizás algún carbonato, eso que llaman cenizas, y que en realidad es tierra tan infértil como la escoria residual de algun primitivo proceso metalúrgico.

No pudo concebirse un símbolo más característico de la crónica mediocridad e ineptitud de Fidel y sus seguidores que ese armatoste militar, ruso, feo, roto en medio del viaje más importante que hiciera el dictador. O, en este caso, sus menguados restos.

No creo que ninguno de los crono-cronistas use un tono diferente en esos textos seudopoéticos y edulcorados, que merecen como fondo música de la Nueva Trova y un coro de pioneros. Al contrario, le irán adicionando tramos a la leyenda de Fidel Castro hasta que parezca que el muerto no era lo que fue.

Pero sí lo fue. Un accidente histórico, una eficaz rémora que detuvo a Cuba en algún lugar del siglo XX y que, aun después de muerto, le pesa.

Fidel no ha estado en mi entorno desde hace ya casi veinte años. No le debo nada, ni a él, ni a su revolución, ni le reconozco la grandeza con que lo adornan sus adoradores. Fue un dictadorzuelo tropical, delirante, mesiánico, abusador, lo peor que le ha sucedido a Cuba en su Historia contemporánea.

Con su muerte no sé qué comienza, pero si sé que se cierra una época, la fidelista, y eso es bueno. Pero si algo pudo ser mejor que eso, es, sin dudas, el haber tenido una vida sin Fidel pues, con Fidel, lo de los cubanos no fue vida.

Y todavía no lo es.


lunes, 5 de diciembre de 2016

Cazador

Tengo algunos cuentos escritos y, como las fotos, o las ideas, pues si no se comparten pierden la razón de ser.

Me place escribirlos, pero me agobia la cosa de la publicación, así que ya ni lo he intentado. Pero en estos días, en los que tengo tanto para celebrar, quiero compartir uno de esos cuentos, hasta ahora inédito, y solo leído por un par de amigos.

“Cazador”, le llamo, y ojalá que lo disfruten.

Que tengan un excelente resto de este año de gracia.   


***



Cazador

Lo agarró por la nuca; la presa extendió las extremidades, temblorosa, sin saber -cómo pudiera- que estaba a punto de ser destrozada. Intentó escapar, en vano; las garras diminutas arañaron a la piedra, tratando de resistir el jalón del hombre que la arrastraba consigo a su matadero.

El Moco oprimió la cabeza del reptil contra la recalentada superficie de cemento pulido; el elegante cuerpo verde parduzco de la lagartija onduló, desesperado. El muchacho sacó un trozo de vidrio de su bolsillo y le cercenó la cola al animal. El apéndice se contorsionó, desconcertado, zigzagueando cada vez con menos intensidad.

La estridencia de la risa de El Moco quebró el silencio de la media mañana; primero fue un graznido, después un borboteo. Se limpió la nariz con el antebrazo, dejando un rastro de mucosidad en la piel; sorbió ruidosamente la blancuzca secreción que asomaba en sus fosas nasales, y clavó una esquina del cristal en el cuello del animal; lo decapitó con un par de movimientos cortos y le dio vuelta, exponiendo el vientre blanquecino.

Examinó el vidrio con atención, hasta encontrar una arista que le pareció más filosa que las demás. Mantuvo inmóvil en su sitio el cuerpecillo que aun temblaba, como perplejo; separó con dos dedos de su mano izquierda las patas delanteras del animalejo, cruxifición sin cruz, y deslizó el vidrio varias veces por la piel rugosa, trazando un corte longitudinal, hasta que logró hacer una incisión. Un amasijo de coloridas tripas asomó por abertura. Raspó entonces la cavidad abdominal hasta dejarla vacía, colocando el bultillo de entrañas junto a la cabeza.

Dejó el vidrio sobre la acera y estiró la piel del animal con los dedos; usó demasiada fuerza y por eso apareció una pequeña grieta que se expandió con rapidez, rajando a la ya irreconocible lagartija en dos pedazos. El Moco hizo un mohín de disgusto. Con evidente frustración limpió sus dedos de los fragmentos de tejido que los ensuciaban y los apiló junto a la cabeza, los intestinos, y la ya inmóvil cola; tomó una piedra de mediano tamaño y, con metódica saña, machacó el montón, hasta que fue solo una mancha pastosa.

Un sonido gutural llamó su atención.

En el amplio portal de la casa al otro lado de la calle -su casa-, una niña de edad indeterminada y notoria obesidad, con acusados rasgos de Síndrome de Down, miraba a El Moco. Las manos apoyadas en el muro, se balanceaba con la cadencia de un metrónomo; una sonrisa inmóvil le curvaba los estrechos labios. Casi sin separarlos, sonriendo siempre, emitió otro llamado ininteligible.

El muchacho dejó la piedra al lado de la pulpa que había sido una lagartija. Se limpió otra vez la nariz con el brazo, sorbiendo el resto de la flema; gesticuló en dirección a la niña, ya voy, respondió a media voz, y cruzó la calle. Sus ojos, de un gris sucio, brillaron con una luz oscura. Se pasó la lengua por los labios, sintiendo la sal del sudor y las secreciones, y se apresuró a entrar al portal. Con una rápida mirada se aseguró de que nadie estaba a la vista; a ver, le susurró a la chica, que entusiasmada lo había estado observando mientras se acercaba, la sonrisa inalterable, los ojos muertos, tócame la pinga, anda.


La mano regordeta, extrañamente lisa, agarró con firmeza, por encima de la tela, la verga que se iba endureciendo con rapidez. Trató de bajarle los shorts al muchacho, a la vez que, con torpeza, intentó arrodillarse, la boca entreabierta, la sonrisa helada. No, aquí no, vamos para adentro, la detuvo él, la voz entrecortada, sorbiendo de prisa los mocos de nuevo pugnaban por escapar de su nariz. ¿Y mamá?, preguntó expectante; la niña replicó con una frase sin consonantes, apenas un ulular, a a oea, a la bodega, y el muchacho asintió satisfecho.

Se acomodó los shorts y tomó a la hermana de la mano. Entraron a la casa y se detuvieron junto al ventanal de la sala, Aquí, dale, la mirada en la calle, que no viniera alguien, que no viene nadie, mientras la muchacha, estremecida por una queda risa, un delgado hilo de baba colgando de los labios violáceos, se arrodillaba, se metía la verga en la boca demasiado abierta, y empezaba a chupar con fruición.

Esto ya está muy jodido, meditó El Moco, observando con indiferencia el ralo cabello en la oscilante cabeza de la hermana.

Encontrar el dinero necesario para sus planes -ahora ya impostergables- no había sido sencillo. Había perdido ya la cuenta de las bicicletas que se había robado, de la ropa birlada en tendederas y vendida a los traperos en el Canal del Cerro, de las gallinas hurtadas al amparo de las noches, de las viejas decrépitas y chillonas a las que había arrebatado la cartera. Y aun así, no era mucho lo que había sacado de todo ello.


Su hermano mayor, el muy cabrón, era más hábil y eficiente; de alguna manera había logrado entrar a trabajar en el Combinado Cárnico, y estaba ganando dinero a manos llenas, vendiendo carne de contrabando. A veces se le acumulaba mercancía, y le daba una parte a El Moco para que este la vendiera a su vez, con una comisión por lo vendido, una mierda de comisión; pero esas ocasiones eran cada vez menos frecuentes. El hermano había perfeccionado el negocio y ahora robaba por encargo; tenía vendidas de antemano las piezas de carne -que traía ensartadas en unos ganchos en forma de S-, casi siempre pagadas por adelantado.

Y eso no era justo.

Tampoco le parecía justo que por culpa de los vecinos que venían a tocar la puerta de su casa, a reclamarle a su madre por los desmanes del hijo, yo sé que él se robó la bicicleta, yo sé que fue él, por aquella visita de esos policías, a los que vió llegar y que evitó a tiempo saltando por el muro trasero del patio, por la histeria del hermano, que en esos días lo andaba buscando machete en mano, ¿dónde está mi dinero, cojones?, jurando que lo voy a matar a ese hijo de puta: por todas esas cosas que no merecía, la vida es de pinga, ya llevaba dos días fuera de la casa, durmiendo en donde lo agarrara la noche. No era justo eso, ni tampoco que la hermana estuviera embarazada: al cabo él no tenía la culpa de la lujuria con que ella lo perseguía por todos lados, ni de que, a la menor oportunidad, se le metiera en la cama por las noches.

Todo está pero que muy jodido, concluyó, empujando a la vez la cabeza de la niña, más duro, dale, y por eso había decidido que era la hora de irse del barrio de manera definitiva; de irse, además, de Cuba.

Había comprado su lugar en una lancha de traficantes que lo recogería a él, y a otras personas, en la costa de la Ciénaga de Zapata. Te van a llevar hasta México, a Cancún; allá los van a meter en una casa de seguridad y poco a poco los van a mandar a la frontera norte. Y allí, pues pides asilo… le había explicado su contacto. Por solo diez mil dólares, le dijo, y es seguro; no hay fallo, asere.


Y hoy, por fin, era el día.


Eyaculó de prisa, sin pasión, como si defecara. Con un empellón alejó de sí la cabeza de la hermana; la ayudó a levantarse, solo para limpiarse la pinga en su vestido y, sin reparar en la sonrisa vacía que iluminaba el rostro demasiado redondo de la niña, salió al patio de la casa.

Se desnudó bajo el sol de casi mediodía, el inclemente, dejando sobre el piso embaldosado los shorts, los calzoncillos y las maltrechas zapatillas deportivas; levantó la tapa metálica de la cisterna y se dejó caer en el agua fría. Tomó aire, una, dos veces, y se sumergió; tanteó en la semioscuridad hasta que encontró un paquete, anclado al fondo con un trozo de bloque de hormigón, y regresó a la luz. Colocó la tapa en su lugar, se secó con una sábana que colgaba en la tendedera, y entró a la casa.

En su cuarto se vistió de prisa; se puso su único y raído pantalón de mezclilla, un jersey con un letrero de Aeropostale, en letras a relieve, y las mismas zapatillas, sin calcetines. Deshizo el húmedo paquete que había recuperado de la cisterna y colocó sobre la cama cuatro gruesos fajos de billetes. Una parte provenía de lo que había robado y vendido; el resto, la mayor cantidad, se lo había llevado hacía dos noches del escondite donde el hermano guardaba el dinero.

Tomó de la gaveta de la desvencijada mesa de noche una navaja de barbero; la extendió, probó el filo, la plegó y la colocó al lado del dinero. Levantó el colchón y sacó una estampa de una Virgen descolorida. Acomodó todo dentro de un sobre de nylon, le amarró la boca, y embutió el paquete en la cintura, atrapándolo con la faja del pantalón.

La niña lo observaba en silencio, detenida en la puerta de cuarto. El Moco se deslizó por su lado sin mirarla y salió al pasillo, ¿O ao a inar?, escuchó al alejarse, No, no vamos a singar, estoy apurado, respondió malhumorado, y salió a la calle.

El camión lo recogió a media tarde en la entrada a la autopista.

Unas diez personas, acomodadas en bancos de madera adosados a los costados de la cama del vehículo, apenas lo miraron mientras subía al vehículo. Sin saludar ni pronunciar palabra, El Moco se fue al extremo más alejado de uno de los bancos, se sentó, y se durmió casi de inmediato.

Estaba anocheciendo cuando despertó. El camión estaba detenido en una estrecha carretera flanqueada por una vegetación baja y espesa. Dos hombres conversaban en voz baja con el chofer, que les entregó algo. La pareja se subió entonces a un jeep y partieron en dirección opuesta a la del camión, alejándose velozmente. El Moco hubiera jurado que eran militares.

Media hora más tarde arribaron a un solitario tramo de costa. La playa era una cinta estrecha que blanqueaba en la oscuridad, el rumor de las olas de un lado, la quietud del manglar del otro, delimitando el borde de la ciénaga. A unos cien metros a la izquierda un muelle de madera se adentraba en el mar, Allá los van a recoger, les dijo el chofer del camión, señalando hacia la estructura de madera; sin más explicación subió de vuelta a la cabina y se marchó por donde mismo habían llegado.

Los viajeros vieron alejarse y desaparecer la luces traseras del vehículo. Después se sentaron en silencio en la arena, la vista clavada en la oscuridad de la que vendría la lancha. El Moco dudó un instante, y al final decidió alejarse del grupo. Quería relajarse, no estar cerca de ese montón de gente nerviosa; además, necesitaba aliviarse.

Caminó por la lengua de arena hasta que encontró en el muro del mangle un breve nicho, que le pareció tener la privacidad necesaria; se bajó los pantalones, y se agachó.

El lagarto verde, apenas tres puntos en el caldo turbio del pantano, había estado observando a la presa. Se había acercado, silencioso, y esperaba, paciente, a que el extraño animal se acercara a abrevar. Sin embargo, en lugar de beber, la presa se había agazapado en la orilla, y allí había quedado inmóvil. No parecía peligrosa, pero era descuidada, ruidosa, como si no temiera; si el saurio hubiera tenido la capacidad de asombrarse, esa hubiera sido una buena oportunidad para hacerlo. A cambio, se abalanzó como una pesadilla de agua y fango.

Lo agarró por la nuca; la presa extendió las extremidades, temblorosa, sin saber -cómo pudiera- que estaba a punto de ser destrozada.

Intentó en vano gritar; enterró los dedos en la arena, aferrándose a raíces que reventaban como hilos podridos. Las uñas se le despegaron de la piel, un dedo estalló, la articulación dislocada, pero ni siquiera sintió dolor: solo importaba resistir el jalón del lagarto, que lo arrastraba a su comedero bajo la ciénaga.

La boca se le llenó de barro, terroso y fermentado. Las manos ya no encontraron a qué asirse y la certeza de la muerte inminente hizo que los ojos de color gris sucio se abrieran, desorbitados, en un postrero esfuerzo por comprender, y El Moco desapareció bajo el agua.

Dos horas después, impulsado por el último embate de la marea alta, un pequeño yate, sin luces ni señales visibles, atracó en el destartalado muelle; el pequeño grupo de emigrantes embarcó con torpeza pero con rapidez, y la embarcación zarpó de inmediato rumbo al sur. La operación duró menos de diez minutos; nadie se acordó de un muchacho que se había alejado caminando por la playa y ya no regresó.

El silencio de la madrugada se volvió a posar sobre la costa y el pantano. La bajamar fue vaciando el manglar; manchones del fondo fangoso comenzaron a asomar, tímidos, entre las sarmentosas raíces de los mangles. A escasa distancia de la orilla quedó aislado un charco, oscuro espejo del cielo sin nubes; ondulando sobre su agua mansa, la estampa de una Virgen descolorida flotaba, indiferente.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Reportaje

“¿Por qué tú y no yo?”, clama, brama, reclama una señora mulata, obesa, entrada en años, que se retuerce, arquea, oscila en brazos de una muchacha que luce rostro compungido, preocupado, quizás porque la señora que se está ofreciendo en sacrificio amenaza con desplomarse y que, si lo hiciera, va a arrastrar con ella a quien le aferre los brazos, ya se ha visto antes, en los bembé, los que montan santo, que caen al piso, en sagrada convulsión.

“La gorda no se se tira porque sabe que se va a dar tremendo trastazo”, me susurraba el babalao, organizador de aquella otra fiesta, observador de la humanidad y de aquella otra señora, también obesa, mulata y entrada en años, a la que mantiene en vilo otra muchacha que puede ser su hija o su vecina o su compañera de ritos, la señora, que se contorsiona, ojos cerrados, la boca apretada, brillante de sudor. “No se tira, no te preocupes”, me dice el hombre que viste una inmaculada y blanca camisola con botones de oro, y sonrie.

Pero ya no sabré si se cayó o se lanzó al piso la señora que se desgañita en la histeria de la posesión fidélica. “¡Tenía que ser yo, él no, él no!”, reclama, pero la escena cambia y ahora muestra a otra mujer, una muchacha, joven, también mestiza, bonita, que entre puchero y mocos alcanza a decir algo sobre la educación, la salud, que Fidel no se ha ido, que está en sus corazones -el muerto encarnado es casi obligación nacional-, el cuello se le inflama de venas y bultos, dice algo más, un viva Fidel, y la cámara sigue, no hay palabras, declaran dos, tres entrevistados en un alarde de elocuencia, llorosos también, tristes a ultranza, como si se hubiera muerto un niño que no lo merecía, como si fuera una mala e inesperada sorpresa la que tuvo lugar, y no la muerte predecible de un anciano enfermo de alma y cuerpo que tomó prestados diez años de vida y medio siglo de nación, y ya nunca los devolvió.

No hay palabras, dicen, vamos a seguir hasta el final, con nuestros hijos, él nos lo dió todo, no tengo palabras, uno de los grandes acontecimientos en el mundo entero, no hay palabras, él no se ha ido, está en nosotros, vive en nosotros, como la flora intestinal, nos deja la unidad, la valentía, la intransigencia revolucionaria, la voz se quiebra, cómo llega uno a ese estado de histeria colectiva, “¡Tenía que ser yo!”, decía la señora obesa, “Fidel, Fidel”, grita, vocifera la muchacha joven meztiza bonita, que cubre su cara, ¡ay!, con una mano, mientras con la otra toma fotos, filma algo que no vemos, con un teléfono celular de color rosa. A su lado solloza la que sostenía a la señora que quería ser ella y no él. Todos aúllan, Fidel, algo sobre Fidel.

Frente a ellos, casi imperceptibles entre tanto estrépito, dos niños, vestidos de pioneros, con la calma y mesura que a todos los demás les faltan, miran, atentos, serios, mudos, testigos de algo que quizás ni siquiera entiendan muy bien pues este muerto, aunque no haya palabras, aunque les digan que se quedó, que los posee, que por allí todavía deambula espantando esperanzas, ese muerto, para su suerte, no es de ellos.

jueves, 10 de noviembre de 2016

The Trumpvolution

La democracia, ese lujo griego, ha propiciado el surgimiento y perdurabilidad de las sociedades más pujantes y exitosas del planeta. Bajo su cobijo florecieron la tecnología moderna, la ciencia, los más impresionantes inventos y descubrimientos; la esperanza de vida de los humanos se duplicó, las libertades proliferaron, leemos menos, comemos más e Internet nos esclavizó.

La democracia, esa dama juguetona de ojos vendados, también ha engendrado otros asuntos, menos elegantes: nacionalsocialismo, chavismo, orteguismo, tiranuelos, sátrapas, dictadores, abortos de toda laya. Porque la democracia, tantas veces sobrestimada, es solo un vehículo.

Vehículo imprescindible, impredecible, que nos acaba de regalar, además, a Donald Trump.

Todo lo que necesitó Trump para ser electo fue un ejército de “bernibros” renegados que se negó a votar por su rival, Hillary Clinton, y otro, mucho más numeroso e importante, la clase media trabajadora, blanca, mayormente rural, que salió el martes en masa a elegir al Presidente que les había estado prometiendo otro país, donde ya no van a vivir tan asustados, tan acosados por recien llegados; un país protegido por muros y nacionalismo a ultranza; uno que, les dijo, va a ser “grande otra vez”.

“Make America great again”, les dijo, y la América blanca, la profunda, la del maíz, la papa, Mac-and-cheesse y pastel de manzana, salió a rescatar a ese hombre que los convenció de que la America beige es una abominación; que les prometió que él, el Presidente Donald Trump, les va a construir una cerca para proteger sus jardines y su barbecue.

Y les gustó lo que escucharon.

***

El día después de las elecciones mis colegas, todos republicanos, de suburbio, de medianas calificaciones y aun más mediano dicernimiento, se alegraban de que, por fin, van a meter en cintura a ese problema migratorio, causa de todos los males, ese que, a decir del flamante presidente, ha minado la grandeza del país.

“No es tu caso”, me dijo presuroso uno de ellos, en tonillo conciliatorio, “Ustedes (los cubanos) llegan aquí por vias legales...”

Sin ánimo de antagonismo le expliqué brevemente que no es así.

Que también cruzamos fronteras y e intentamos entrar a los Estados Unidos de manera ilegal. Que solo la política de confrontación entre Cuba y Estados Unidos, y su consecuencia, la admisión casi incondicional como refugiados, y la Ley de Ajuste Cubano, nos convierte en inmigrantes “legales”.

Que es un proceso que no discrimina; que hay entre los cubanos inmigrados, le comenté, gente valiosa, pero que también hay mucha morralla. Que, esencialmente, no somos en nada diferentes del resto de los emigrantes.

Y que, además, por razones totalmente ajenas al discurso trumpista, por motivos estrictamente relacionados al diferendo Cuba-Estados Unidos, una parte de los cubanos vota por los republicanos. (¡Bien por ellos!, dijo una muchacha)

Seguidamente comenté que Trump hereda dos o tres guerras, la Rusia de Putin, el terrorismo Islámico, una China cada vez más poderosa. Que ni una sola vez había mencionado el ahora presidente un plan, una idea, de cómo llevar a los Estados Unidos a ser, en política exterior y a nivel mundial, “great again”.

Y que, en mi opinión, es un inepto.

Me observaron unos instantes, indiferentes, como si les hablara de alguna oscura teoría, compleja y árida, y la conversación derivó hacia otros tópicos.

***

La carrera presidencial de este año de gracia 2016 no fue sobre cómo abordar y resolver problemas tanto internos como externos: terminó siendo un asunto de odios, razas, étnias, sinrazones y el chovinismo más elemental.

Consecuentemente, los que eligieron al presidente, esperan el cumplimiento de las más frecuentes letanías electoreras que fueron dictadas en los infinitos mitines políticos una y otra vez, y donde tres de los cinco puntos fundamentales de la promesa trumpista tienen que ver con una postura fundamentalmente nacionalista:

- El muro entre México y Estados Unidos.
- La prohibición de inmigración musulmana.
- La revisión a fondo del Tratado de Libre Comercio de Norteamerica y del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica.

Los otros dos, enjuiciamiento y cárcel para Hillary Clinton y el desmontaje del Obamacare, tampoco se relacionan con el ideario republicano, sino con una doctrina de confrontación, “anti-demócrata or burst”.

No hay mucho más de lo que haya hablado Trump, mucho menos de cómo va gobernar el país, o mantenerlo en el papel de preponderancia internacional que necesita. No en balde Vladimir Putin se ha mostrado tan regocijado por el resultado electoral.

¿Pueden entonces más de 59 millones de personas estar equivocadas?

Sí. Ya ha sucedido antes.

El catolicismo medieval y su Inquisición, la Revolución de Octubre, el Tercer Reich, el maoismo y su Revolución Cultural, George W. Bush, el Islam radical: siempre hubo, hay, y habrá, millones de personas listas para equivocarse en nombre de las ideas que, en su momento, les parecen las correctas. O que les hacen creer que lo son.

El vehículo para instaurarse en un error histórico pueden ser la violencia y las revoluciones; en otras ocasiones, la democracia. Porque la democracia, sépase, es tan deseable como falible, como todo lo humano.

El resultado de todo ello es que Donald Trump, electo por el sistema del que dijo hace apenas unos días que estaba amañado, es el nuestro y agrio presidente.

Inquietante como es en su ineptitud, pero, si le va bien, nos va bien, y por ello le deseo mucho éxito. Vamos, no es cuestión de pasarse los siguientes cuatro -¿ocho?- años, muy al estilo de los anti-Obamistas furibundos, culpando a Trump por la economía, el clima y la eyaculación precoz, sino deseando que todo salga bien.

Que salga bien, entonces, es todo lo que queremos.

Pero, si así no fuera, tampoco hay que desesperar; en el peor de los casos sería solo “The Trumvolution”: ocho largas temporadas de un vergonzoso reality show.