jueves, 7 de diciembre de 2017

Instrucciones para echar gasolina en La Habana a las siete de la mañana . Tanque lleno

Para mi sorpresa y desencanto, el sandwich cubano que comía en La Habana, tal y como lo recordaba -generoso, de dos pulgadas de alto, pan tostado, jamón firme y lleno de sabor- ha sido sustituido en muchos lugares con el llamado Elena Ruth, Elena escrito con H, y Ruth pronunciado como Rúz, horror de apellido para cualquier cosa, aunque sea un emparedado.

En lugar de pavo, que es el ingrediente original, le ponen pechuga de pollo, igual de seca e insípida. Le sugiero a mis invitados, mientras leemos el menú en una cafetería en Primera y algo, en Miramar, lugar con una decoración sui generis, con muy buen café y una oferta interesante -para variar, no recuerdo el nombre del lugar- que pidan le pongan jamón en lugar del pollo, y parece gustarles la idea.

En mi casa, mucho antes de que yo supiera que una Elena Ruth se comía las sobras del pavo de Thanksgiving con mermelada de fresa y queso crema, mi madre preparaba “discos voladores”, bien tostados, con dulce de guayaba en lugar de mermelada de fresas, queso crema y jamón viking -viki viqui, biqui, biki-, que yo no sé a derechas cómo se escribe el nombre.

Juana Bacallao, y no Helena o Elena Ruth, me gustaría como nombre para esa variante de más sabor que merendábamos en mi casa, salao con dulce tropical, muy de La Habana, muy de mis días en La Habana.

Pero tengo la impresión de que, en la búsqueda de lo diferente -y que, por el bien de la buena competencia, así sea-, Elena Ruth, con H y apellido infamante, seguirá invadiendo los menús de esos pininos de buen capitalismo que son las cafeterías habaneras que, importadas de Miami, han proliferado en La Habana como el salpullido en verano.

Esa tarde, ya solo en el auto tras dejar a mis invitados en sus casas, hice un alto en un paso peatonal.

Una señora atraviesa la calle. Camina lento, con un fatigoso bamboleo. Pasa frente al auto sin mirarme. Enciendo el radio. Un hombre con voz engolada y tono aleccionador dice que no podemos vivir un día sin Fidel. Me apresuro a oprimir la tecla de búsqueda de estaciones.

La señora ya casi llega a la seguridad de la acera opuesta. Ahora cruza un hombre que mira en mi dirección por encima de sus espejuelos oscuros.

En el radio, en otra estación, otra persona dice que el Ballet Nacional de Cuba también participará en los homenajes por el aniversario del tránsito de Fidel hacia la eternidad.

Los angustiosos eufemismos, símiles y metáforas para sustituir “Fidel está muerto” parecen no tener fin. De las loas hiperbólicas y la beatificación en curso, mejor ni hablar. Solo diré que hay un repugnante tufo norcoreano en todo lo que concierne a los hermanos Castro.

Oprimo de nuevo el botón de búsqueda en el radio. Dice, ahora una mujer, que a Fidel le han otorgado un doctorado honoris causa post mortem en una universidad nicaragüense.

“Manda pinga...”, murmuro, y apoyo la cabeza en el volante. El hombre curioso de los lentes de sol confunde mi gesto de hastío, acelera el paso, y deja la vía libre.

Acelero con innecesaria brusquedad y me lanzo a atravesar la humareda.


La Habana, 330C

“¡Cacha, mira esto: ESTE no tiene dinero para pagar!”

Cacha es la cajera somnolienta; el que grita -porque fue un grito, no una exclamación- con una nota de histeria en la voz, es el seudo hípster; y “este”, pues soy yo.

Con la billetera en una mano, los diecisiete CUC en la otra, trato de reprimir el familiar calor que se extiende por el diafragma, me calienta el pecho, sube por la garganta, hace que me sonroje -lo sé sin que haya espejo- y socava mi raciocinio. Que no puedo perder la calma, coño. Bajo la vista un momento. Inhalo profundamente, exhalo suavemente. Me concentro en el centro de mi cuerpo. Cuento hasta tres, luego hasta cinco, y diez.

Todo para poder mirar a los ojos del energúmeno, con falsa calma, y responderle en voz baja.

“Yo SÍ tengo dinero para pagar”, le digo, y muestro el borde de la billetera por donde se asoman dólares de diferente denominación. “Lo que no tengo son CUC”. La palabra CUC me sale con cierto desdén que me gustaría evitar, pero es ese calor traicionero, que me hace hacer tonterías.

“A ver…”, dice el muchacho. Extiende el brazo con rapidez, trata de hacerse con mi billetera.

Muevo la mano en que sostengo la billetera y la pongo fuera de su alcance. “Calmado, chama, calmado…”, le digo en voz aún baja, y el seudo hípster retira su mano lentamente. Inhalar, exhalar. “A ver, ¿dónde puedo cambiar dinero por aquí cerca?”, le pregunto. “¿A esta hora? En ningún lugar…”, responde con voz chillona e innecesariamente alta. Y lo acompaña con un mohín de disgusto ante mi ignorancia de cosas tan elementales como a qué hora abren los lugares que cambian dinero por papelitos.

“¿Cuánto le falta?”, tercia entonces Cacha que, mientras atendía a los que pagan por la ventanilla, algunos con efectivo, otros con tarjetas, mantenía un ojo en nuestro intercambio. “Uff… ¡Un camión de dinero!”, le responde el empleado con un alambicado aspaviento, que termina colocando las palmas de sus manos sobre el mostrador. Bajo el cristal hay cosas para la venta que no atino a identificar.

La muchacha deja la ventanilla, sin cruzar palabra con los que esperan su turno para pagar, y que ahora miran con curiosidad lo que sucede de este lado de los cristales. Se acerca a donde estamos. Trae una calculadora en la mano. El muchacho se hace a un lado y Cacha ocupa el lugar que este dejó libre, frente a mí.

“A  ver… Son cuarentisiete, tiene diecisiete, debe treinta…”, oprime con destreza las teclas de la calculadora. “Le voy a comprar los dólares a noventa y tres centavos”, me propone a media voz.  El precio es bueno, lo sé de mi experiencia previa con la compra de CUC en el mercado negro de divisas. Asiento, aliviado. Me dice una cifra, le entrego el dinero y me devuelve tres dólares. “Y le debo los centavos…”, añade. “Usted es una persona lista…”, le respondo mientras coloco los billetes en la billetera. La muchacha no dice nada. Solo me mira, inexpresiva.

“Oye”, le digo entonces al muchacho, que en silencio había presenciado la transacción, “Treinta CUC no es un camión de dinero: no te da ni para una bicicleta”. Antes de terminar de decirlo ya sabía que estaba hablando de más. Que debía haber dado por terminado el incidente y haberme marchado en silencio; al cabo era mi culpa no haber tenido el dinero necesario listo para pagar por la gasolina.

Además, qué coño hago yo a las siete de la mañana de un lunes en La Habana, casi en Acosta y Diez de Octubre, respirando vapores de diesel, comenzando a sudar el día, protagonizando un pequeño espectáculo que alguno de los empleados o clientes contará en la sobremesa de esa tarde. Un tipo ahí, tú sabes, se creen mucho, vienen de allá, tienen cuatro pesos, se creen mucho esos tipos. 

“Ah, ¿sí? Será poco para Ustedes, porque para nosotros, aquí, sí es mucho dinero”, respondieron casi al unísono Cacha y el muchacho. Eso. You had it coming. Tú echa gasolina a su manera, la complicada, paga lo que debes, perdona la tontería ajena, restringe la propia, y vete al carajo. Zen es la idea, consorte del carrito azul. Zen.

Pero la moderación no es la mejor de mis virtudes.

Ya no respondí pues no había más que decir. Les di la espalda y salí del expendio, sin darle otra oportunidad a ese calor, siempre inoportuno, a jugarme otra mala pasada.

“Señor, ¿no tiene otra cosa? Porque con esto no hago mucho…”, me dijo el hombre que había limpiado los vidrios del auto, cuando le di un dólar. “No, mi amigo, lo siento, no tengo otra cosa…”.

Le palmeé el hombro, me subí al auto y me alejé de la gasolinera, dando tumbos en las calles minadas de baches -la turbulencia, le llama mi papá-, bajo la mirada curiosa de los choferes que, pacientemente, esperaban su turno para pagarle la gasolina a Cacha, la cajera lista, en la ventanilla del expendio del CUPET-CIMEX Lagueruela, en Diez de Octubre y Consuegra.


***


Mientras esperaba la hora de tomar el avión de regreso a Nueva York, tuve una placentera conversación de casi tres horas con mi hija y mi yerno, sentados en una cafetería de la Terminal 3 del aeropuerto José Martí. En el ínterin me comí dos sándwiches, bien tostados, y me tomé cuatro o cinco cafés dobles, cortados.

Tras dos horas y cuarenta y cinco minutos de vuelo, mi primera acción en el JFK, antes de pasar por la aduana -How is family?, And the old country? Welcome home...- fue un mensaje de texto a mi esposa, “Llegué”, y otro con un selfie de mi cara sonriente a mi hija menor.

La segunda, y con urgencia, fue ir al baño a orinar. Y como les decía, no voy a comentar lo obvio.

Mi esposa y mi hijo me recogieron fuera de la terminal 5 del aeropuerto. Abrazos, besos, preguntas y respuestas atropelladas. Sin poder evitarlo, miré de reojo el indicador de la gasolina. El símbolo que advierte que el nivel de combustible está peligrosamente bajo estaba encendido.

“Hay que echar gasolina…”, me dice mi esposa, al tanto de mi mirada.

“Qué jodienda…”, digo en tono angustiado.

“¿Qué pasó, por qué?”, me preguntó alarmada mi esposa.

“Nada, no pasa nada…”, y miro hacia afuera.

Mi hijo parlotea en el asiento trasero. Me reclino en el asiento, bajo el vidrio de la ventanilla, y respiro el aire frío, fresco. “Es Nueva York, hay ocho grados centígrados…”, digo sin dirigirme a nadie en particular.

“Anjá…”, responde mi esposa, mirándome de soslayo, entre burlona e intrigada.

El aire es transparente. La silueta de Manhattan, a varios kilómetros de distancia, se perfila hermosa contra las nubes rojizas de algun chubasco lejano.

A mi esposa le tomó unos tres minutos llenar el tanque de combustible en una gasolinera cualquiera, cuyo nombre nunca sabré.

De nuevo en modo Zen, estoy en casa.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Instrucciones para echar gasolina en La Habana a las siete de la mañana. Tres cuartos de tanque

¿A quién se acusa por andar destruyendo buenos recuerdos?

¿Serán los culpables la avaricia, los costos, la desidia, los inspectores venales? Qué sé yo. 

Vamos, que ojalá fuera en realidad que ¡el criminal bloqueo imperialista que agrede a nuestro país, etc!, fuera el culpable de que nos hayan servido una chuleta de cerdo podrida -que, colmo de males, se veía apetitosa-, para no tener que culpar por tamaña negligencia al dueño irresponsable de ese restaurante campestre que alguna vez fue muy bueno. Al cabo el bloqueo, como el papel, aguanta todo lo que le pongan.

Solo sé que se tragaron aquel lugar -el restaurante campestre, a La Habana, a Cuba- y lo regurgitaron mediocre, degradado.

No puedo menos que preguntarme si el culpable de tamaña infamia será el mismo que trituró las calles de mi barrio. Mi barrio parece que ha sido bombardeado. Así está desde hace casi dos décadas y sigue empeorando. También talaron los almendros, aniquilaron los ocujes, cementaron los jardines, tapiaron los portales, chapotean en los salideros, verdes de limo, y se cubren con espantosas rejas a medio oxidar.

Y al cine Los Angeles, que parece pasado por cien años de envejecimiento en una máquina del tiempo, ¿quién lo mutiló de esa manera? ¿Habrá sido el mismo que motea las aceras con mierda de perro que al sol se endurece y que la lluvia convierte en parduzca jalea?

¿Alguien? ¿Todos? ¿Cuba? Lo cierto es que esta es una latitud de fin de mundo; todo se degrada, se pudre, se torna en parda y hedionda mancha que la lluvia arrastra por la calle oscura.


La Habana, 280C


Me abro paso rumbo oeste por Santa Catalina entre autitos, almendrones, camiones, guaguas, motocicletas y el humo. Hay mucho humo. Y una marea de mujeres hermosas, sensuales, que vadean la mugre de calles y aceras como flores un estercolero.

La Ward conserva su distintivo letrero en cincuentera cursiva. Me distraigo por un segundo, enredado en un par de recuerdos, e invado el borde del carril contrario. Un claxon brama en la distancia.

Además de encontrar dónde ponerle gasolina a su auto, para manejar en La Habana Usted necesita un claxon. Pitas, luego existes, parece ser la idea. El que tocó el claxon viene tan lejos que me daría tiempo a hacer dos giros de tres puntos en la avenida, antes de que nos cruzáramos. Pero el sentido de la distancia o la ocasión no parece ser importante para los dueños de los claxons.

Al fin llego a la gasolinera, al final, o principio, de la Avenida de Santa Catalina, que sin los flamboyanes floridos es lóbrega. El tráfico en Boyeros ya es considerable a esa hora, y me alegra ver que hay solo tres autos esperando en el lugar. Me estaciono. No veo empleados. Nadie porta una manguera para inflar neumáticos con aire libremente convertible. El turno de la mañana no ha llegado, me dice un hombre con aire de resignación. Los de por la noche cerraron hace un rato y se fueron, añade una señora, vestida con ropa floreada, que nos observa a mí y a mi auto con expresión de desconfianza.

Tuve la oportunidad de explicar -más bien exponer- en esos días, en varias ocasiones, que el problema no es Trump.

El problema, les conté, es ese entre treinta y cinco a cuarenta porciento de los encuestados, esa base electoral de ese presidente, que es incondicional de su ineptitud y que va a seguir ahí, en los Estados Unidos, cuando Trump solo sea un mal recuerdo.

Son ciudadanos que consideran que la inmigración es más nociva que beneficiosa, que quieren América para los americanos, les comento. Y hay cierto fundamento en ello, abundo, y los ojos de mis interlocutores se dilatan con la sorpresa.

Los Estados Unidos, les digo, es el único país del Primer Mundo con una lotería de visas, visas tipo premio que obtiene cualquier persona, sin que medie un análisis de sus méritos como ciudadano, sus calificaciones académicas, sus habilidades personales, sus finanzas.

Países como Canadá, Australia, o Nueva Zelanda, por solo mencionar tres naciones de raíz anglosajona, tienen políticas migratorias mucho más estrictas, y a nadie se le ocurre increparlos por ello, les comento.

Pero hay algo más importante, insisto, y me observan ahora en sombrío silencio.

Trump no la tiene cogida con Cuba, ni está pendiente de Cuba, ni le interesa Cuba. Cuba está si acaso en la periferia de la agenda de gobierno de los Estados Unidos, fuera de foco, bien abajo en la lista de “to do” de la actual administración.

Lo que ha ocurrido es que Cuba, y los cubanos, han perdido una parte fundamental de sus privilegios migratorios al derogar Obama, y no Trump, la ley de Pies Secos/Pies Mojados. Por esa razón Obama, y no Trump, colocó a Cuba, y a los cubanos, en el mismo lugar en que ya estaba el resto de los países generadores de migrantes del planeta, algo más de un centenar.

Añado que a los cubanos les queda todavía como refugio excepcional la ley de Ajuste, y que es probable que esta desaparezca a corto o mediano plazo. Y todo será entonces aún peor que ahora, sin importar cuál sea el Presidente de los Estados Unidos, su política o su raciocinio.

Los Presidentes de los Estados Unidos, tengan en cuenta eso, les insisto, se ocupan de los problemas de los Estados Unidos y hacen lo que consideran mejor para ese país. Le corresponde entonces al gobierno cubano, y no al de los Estados Unidos, arreglar el desastre que se llama Cuba.

Ni el gobierno cubano, ni los cubanos de cualquier color político, deben esperar que sean los Estados Unidos los que resuelvan los problemas de Cuba.

Esas conversaciones me confirmaron que la verdad hay que dosificarla, so pena de provocar un choque anafiláctico. La doctrina, toxina mental, actúa como anticuerpo y rechaza de oficio ese tipo de argumentos.

Me pregunto cuál hubiera sido la expresión de la señora de la ropa floreada de haberle yo explicado esa mi versión alternativa a la diaria bazofia con que los alimenta el NTV, Granma y demás, de haberme yo quedado a esperar a que apareciera el turno diurno de la gasolinera de Santa Catalina y Boyeros.

Pero no me quedé.

Lo cierto es que fue muy mala mi decisión de dejar malo por conocido por bueno por conocer, de agarrar la vereda, dejar el camino y huir, impaciente, de aquella gasolinera estática y su somnoliento cambio de turno. Tiene uno mucho que aprender de los choferes mansos de La Habana.

Remonto entonces Santa Catalina, cegado por el sol -esta vez voy hacia el este- y la bruma del humo. En Juán Delgado tomo derecha pues Santa Catalina está cerrada por reparaciones hasta 10 de Octubre. Sigo hasta Acosta, por Acosta hasta Diez de Octubre, allí derecha, una cuadra y de nuevo la gasolinera donde ya se había terminado el cambio de turno y solo quedaban un par de autos junto a las bombas.

Bueno, al menos paseé un rato, me digo.

Entro de nuevo al local donde ahora hay cinco empleados. Hay una cola para pagar en la ventanilla, abierta y atendida por la muchacha desaliñada. Les digo que voy a llenar el tanque. El gordo me indica que use la bomba número dos. Hago algo mal y no sale la gasolina. Maldigo, más molesto conmigo mismo que con el engorroso procedimiento.

Ahora es el hipster el que sale de la tienda, con cara de pocos amigos. Hace algo en la bomba, dale ahora, me dice, se da la vuelta y entra de nuevo al local. Ahora sí. Lleno el tanque, le digo al señor de la manguera de aire que no, gracias, no necesito aire, le digo que sí a un muchacho que se lanza a limpiar los cristales del auto, y entro el expendio a pagar mi consumo.

Cuarenta y siete CUC, dice la muchacha desde la ventanilla, y le pide al seudo hípster que me atienda. Este extiende la mano, cuarentisiete, me dice.

Saco la billetera y solo tengo diecisiete CUC porque, me cago en el mercado negro de cambio de moneda, se me había olvidado cambiar dinero…


martes, 5 de diciembre de 2017

Instrucciones para echar gasolina en La Habana a las siete de la mañana. Dos cuartos de tanque

La Habana, 230C

Esta es una historia verdadera.

Es fiel a los hechos, e hilvanada con absurdos de los que los emigrantes cubanos cuentan con gozo y alivio. Anécdota recurrente, que se repite una y otra vez, riendo a carcajadas, allá lejos y a salvo. Pero yo no lo estoy, ni lejos ni a salvo pues, caramba, porque heme aquí otra vez, como si fuera hace treinta años o siempre.

Le cuento.

Para ponerle gasolina al carro, Usted, como en cualquier otro lugar el planeta, lo estaciona junto a la bomba dispensadora. Hasta ahí llegan todas las similitudes.

La bomba de gasolina especial, porque si echas otra te vas a quedar botao, me había dicho el empleado de la agencia de autos en el aeropuerto, entre sorbos de agua helada que tomaba de una botella plástica de dos litros, y un par de eructos, apenas sofocados, que hacen que se estremezca su panza prominente bajo la ajustada camisa.

Usted vaya a la ventanilla aquella allá y le dice a la persona qué es lo que quiere, me instruye en el procedimiento ahora un señor que está a cargo de la manguera de aire en la gasolinera y que, en caso de necesidad, a cambio de unas monedas le pone aire a los neumáticos de los autos que se detienen allí.

Un buen trabajo, dadas las circunstancias. Yo no necesito aire (en realidad necesito respirar) sino gasolina, especial, así que me voy a la ventanilla, que está cerrada. Pero hay una puerta. La abro y entro al reducido local tras la ventanilla. Buenos días, saludo.

No es una persona sino tres las que hay en el pequeño expendio: un joven negro, gordo, que viste un pulóver con el logotipo de CIMEX, creo, y que ni siquiera mira en mi dirección cuando saludo; un joven blanco y barbado que pasaría por hipster en Nueva York, que tampoco responde mi saludo, me da la espalda y continúa en silencio acomodando algo en un estante; una muchacha trigueña, la cara lívida de sueño, desmaquillada, el cabello desarreglado, que al menos me mira cuando pregunto qué hay que hacer para ponerle gasolina al auto.

Miro por la ventana y cuento ocho autos que esperan para poner gasolina. La muchacha, que resultó más tarde ser la cajera -y hasta su nombre supe, como se verá-, regresa al manoseo de unos papeles y, mientras mueve de un lado a otro unos frascos plásticos llenos con algún líquido que puede ser aceite de motor o concentrados para refrescos, me dice que tengo que esperar al cambio de turno.

Cambio de turno.

Coppelia, en el cambio de turno de las seis de la tarde. La cola de tres horas para tomarse, devorarse, seis o siete bolas de helado. La pizzería, cambio de turno. Cafeterías, funerarias, hospitales, la ciudad en cambio de turno. El cambio de turno, paralizante, que nadie logró jamás evitar.

Y La Habana, por lo que se aprecia, se sigue despertando a los cambios de turno. Y al humo.

Esta era la tercera gasolinera que había visitado esa mañana. Las otras dos estaban cerradas por falta de gasolina, o por reparaciones, o simplemente cerradas. Estoy a una cuadra de Acosta y 10 de Octubre, casi mi barrio, y la mañana hiede a combustible azufrado.

Dejo a los tres empleados en su silencioso cambio de turno y salgo del expendio. Me recuesto a la pared, pintada en un verde -o azul- desvaído, veteada por el hollín grasoso -me voy a cagar todo el pulóver, pienso, pero de alguna manera no me importa- y me dispongo a escribir esta nota en mi teléfono.

En la acera de enfrente, la de Lawton, el sol por fin asoma por encima de las casas que hasta ahora lo tapaban, y me abofetea. El aire, delatado por la luz terrible, se torna opaco. La temperatura sube como si algún sádico hijo de puta hubiera encendido la calefacción.

Diez minutos más tarde hay quince autos esperando en la diminuta gasolinera. La cara me arde. Los choferes muestran paciencia; conocedores de lo que está sucediendo, nada los espanta. El estoicismo -mansedumbre- de los que bregan con la habitual disfuncionalidad cubana merece un análisis y comentario que no me atrevo ni deseo escribir porque me recuerda a mí mismo.

Hay una inmovilidad agobiante en la gasolinera.

A pesar de haberme hecho aquel propósito, mientras me tomaba aquel capuchino super caro e hipercargado de café en el JFK, de tomarme las cosas con calma, se me va agotando la cuota de tolerancia de esta mañana y decido irme a probar suerte a otra gasolinera.

Al cabo tengo tiempo, consideré: dejé a mi padre en el policlínico de Santos Suárez -tiene el nombre de algún muerto, el policlínico, pero no lo recuerdo. Mi memoria ya no es la que era. Y esto es por lo menos dos horas, me dijo mi padre. La espera, no la pérdida de mis memorias que me temo es definitiva.

Atravieso La Víbora. Paso por otro par de gasolineras, Mayía Rodríguez y Santa Catalina, Santa Catalina y Vento. Cerradas, sin combustible. Ya comencé a entender el mensaje de los conos naranjas colocados en los accesos a las bombas de gasolina: no pierdas el tiempo en detenerte, no hay nada para ti aquí.

Decido entonces ir directo a la gasolinera que está en Santa Catalina y Avenida Boyeros. Es céntrica. Es razonablemente espaciosa. Allí, me digo, debe haber gasolina. Especial. Para no quedarme botao.

Sin perder más tiempo, allá voy.

La Habana, 250C

La Habana tiene color y olor.

El aire es azul; no el azul de la locura de los Zafiros, ni el aqua de Santa María al amanecer, cuando aún no llega la turba. Es otro azul, químico, azul espeso, letal, tóxico, fétido, azul carbonilla, azufre azul, gas para suicidas. Es humo, lo azul que embarra el aire de La Habana.

El aire tóxico se renueva cada mañana.

El del día anterior es la nube oscura, el cordón negruzco que bordea La Habana por todo el litoral norte en las mañanas, y que alcanzo a atisbar desde la azotea de casa de mi padre. Se extiende desde más allá del túnel de la Bahía hacia el oeste, quizás hasta el Mariel: es la inversión térmica, el aire contaminado, aliento de bestia, que lentamente se arrastra durante la noche desde la ciudad hasta el mar.

En el hedor de La Habana predomina el vaho azufrado del residuo de la quema ineficiente de gasóleo y diesel. Su intensidad varía, dejando entonces lugar al tufo sofocante del alcantarillado y al miasma dulzón de la basura fermentada.

Mi hija y su esposo me escuchan atentos cuando les explico mis experiencias sensoriales. Inmunes como todos los habaneros a la pestilencia que los envuelve, guardan silencio, asombrados y corteses.

Viajábamos esa mañana hacia el oeste, nostálgicos y hambrientos.

Vamos a un restaurante campestre que está a la entrada de la carretera que lleva desde la Autopista Nacional hasta Soroa, y cuyo nombre he olvidado. Allá había estado varias veces, en visitas anteriores, con mis padres, con mis hijas niñas, pero sobre todo con mi madre, que gustaba del lugar, fascinada por el rural y rústico ambiente y la buena comida. Mi madre nunca dejó de ser una guajira habanera.

La primera vez que allí almorzamos, al regreso de una visita a la familia en Pinar del Río, nos sirvieron una fuente de yuca, abundante, crema sedosa, como debe comerse la yuca, con manteca de puerco, empellas, cebollas, ajo y naranja agria. Tanto la alabó la vieja que el dueño del lugar, guajiro restaurantero, emprendedor, y amable, le regaló un saco de yute a medio llenar con yuca recién desenterrada, olorosa a tierra húmeda. Es de allá, allá la sembramos, le dijo, señalando hacia algún lugar tras la carretera que bordea el restaurante.

Han pasado quince años.

Fue la nostalgia, mi nostalgia, la que nos llevó de regreso al restaurante.

El lugar ha resistido el embate del tiempo y nada parecía haber cambiado. El olor es el mismo, aroma herbal de boñiga de caballo, dulce humo de leña, el umami de la tierra mojada y fértil. Hay varios perros. Satos, esbeltos, mestizos, verdugos, parientes lejanísimos y lejanos de las mascotas bitongas del primer mundo. Se acercan, expertos, por un trozo de comida, pero no acosan. Todo parece estar igual. Pero pronto sabría que no lo estaba.

El menú es breve y no necesita estar escrito. Es la fórmula que le trajo el éxito a este negocio, platos básicos, apenas media docena, bien hechos: cerdo frito, chuleta de cerdo, pollo frito, lomo ahumado. Esta vez, también bistec de res, a secas, bastardo y enigmático. Dos de mis invitados se decantan de inmediato por este último manjar. Años que no lo pruebo, me dice uno de ellos. 

Sé bien que la carne de res de por acá tiende a ser dura, correosa, con cordones de grasa sólida, de consistencia plástica. Pero no me atrevo a sugerirles otro plato para evitar malentendidos. Tras breve espera nos traen el almuerzo. Las porciones son más pequeñas que antes. Las de las carnes, y las guarniciones. El arroz congrí viene en platitos para postre. La yuca ya no es una fuente generosa sino unos cuadritos, apenas aderezados, servidos en otro plato diminuto.

Para colmo, ya no hay maestría guajira en la hechura. Pido un mojo para regar la carne frita que he pedido -dura, mal cocida- y tengo que explicarle a la mesera qué es ese mojo que le solicito. Cuándo se ha visto que pinareños coman sin un mojo de manteca de cerdo con ajo y naranja agria en la mesa, me asombro.

Mis invitados mastican su bistec de res con visible esfuerzo. “Está muy duro…”, dicen al fin. En algún momento se sacan de la boca un amasijo intragable y se lo lanzan a los perros que, sabios, se habían sentado a esperar a unos metros de distancia.

Mi hija corta su chuleta de cerdo. Huele a podrido. Esta carne huele a podrido, le digo a la mesera que acudió presurosa a mi llamado. Elevo el plato y lo acerco a la cara de la muchacha. Lo huele y da un discreto respingo. Sin decir palabra se lo lleva a la cocina. Regresa tras unos instantes, nos ofrece una amable disculpa. Le puedo traer pollo, si la muchacha (mi hija) gusta.


Pero la magia del regreso, sobre el que Joaquín Sabina alerta -nunca regreses a donde fuiste feliz-, estaba hecha añicos, mi hija asqueada, yo decepcionado.

Descontaron la chuleta de la cuenta, ya moderada de por sí, lo cual fue la única buena noticia. Los bistecs de res no, que duro no es lo mismo que putrefacto. Nos marchamos del lugar con la certeza de que solo regresaremos a los recuerdos de tiempos mejores y ya nunca a este restaurante campestre, que está a la orilla de la autopista Nacional, en la entrada a Soroa, y cuyo nombre he olvidado.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Instrucciones para echar gasolina en La Habana a las siete de la mañana. Un cuarto de tanque

Me fui a Cuba en modo Zen.

No voy a criticar lo obvio -que Cuba es obvia hasta su caliza médula-, me dije. Es ocioso, mediocre, regodearse en lo que ya se sabe perenne, me convencí.

Allá en Mayami me dan un uhgrái y ya, horas después escuché decir a otro recién llegado. Arengaba a los que supongo eran sus familiares en la oficina donde se rentan autos en el aeropuerto cubano, porque algo no salió como él esperaba.

No sea verraco, pensaba al escuchar al viajero declamar su frustración con acento de barriobajero, que a Cuba uno no va a por expectativas, me hubiera gustado decirle. Me alegré otra vez de la paz de mi espíritu.

Cuba se toma o se deja, pero no se compara. No es Jayalía, Madrid, Nueva York. No es DF, Caracas o Buenos Aires adonde se llega.

Cuba, y su adelantada, La Habana, son únicas; cápsulas extravagantes donde se mezclan a trompicones lo obsoleto y lo moderno, el mendigo y el pionero. Es mi ciudad natal, destino para turismo de decadencia, que es la que ya no es mi Habana.

Claro que no le dije nada de eso al quejoso miamero; estaba yo además tratando de solucionar mi propio asunto inesperado. Estaba también relajado, alegre, en éxtasis, por haber abrazado a mi hija -que esperaba junto a su esposo afuera de la oficina- y por tener aun su sollozo en mi hombro.

Fui esta vez, como he ido siempre a Cuba, por deber filial. Nunca he hecho el atropellado viaje para perderme en francachelas de cerveza, dominó y baile -que tampoco se me da muy bien-, mucho menos a tocar claves fuera de tiempo o a ir de putas.

Allá voy a sumergirme en mi familia. Voy a escucharlos, a dejar una palabra de aliento, una palmada en la rodilla, a llenar los congeladores con paquetes de pollo sanguinolento, a comprar cantidades absurdas de papel sanitario.

Disfruto desayunar, merendar, almorzar o cenar con mi gente, a reírme de las expectativas, y de la falta de ella. Me deja satisfecho llevar a mi padre al extremo más remoto de La Habana a que por fin compre una “cajita”, el convertidor de señales que hará que los canales de televisión por fin se vean y escuchen bien -que no hay caja que arregle el contenido, eso no tiene remedio.

Lo llevo además al viejo a que le tomen molde de la oreja para un aparato para su sordera, a que se haga análisis de sangre, y un ultrasonido de próstata y vejiga -está entero, mi viejo, le dice el médico y mira asombrado el esfigmomanómetro que muestra ciento veinte con ochenta de presión arterial de este sobreviviente de ochenta y ocho años de edad.

Grosso modo, a eso voy.

A los tres días, sin embargo, y debo admitirlo sin el menor asomo de vergüenza, mi paz se quebranta y comienzo a escribir, o al menos a pensar, estas notas. Así que debo regresar al principio, al momento cero, aeropuerto John F. Kennedy, en Nueva York, a las siete de la mañana, con una agradable temperatura de un grado centígrado.


La Habana, 10C

¿A cuántos destinos viajan las decenas de aerolíneas que brindan su servicio en el aeropuerto John F. Kennedy? ¿A cientos? ¿Un millar? ¿Usted lo sabe? Yo no lo sé.

Solo sé que esa singularidad planetaria que son Cuba y sus viajeros tiene sus propios letreros, colgados por doquier en la Terminal 5 de JetBlue en el JFK: unos carteles amarillos con letras negras que indican cómo llegar a la cosa cubana que está allá, aparte, en cuarentena, excepcional, extraña, en la zona de llegadas por demás, y no en la de partidas.

Un par de escollos más tarde -insalvables para el ciudadano americano de origen no cubano- se llega a la puerta de salida donde todo dice -qué digo: grita- Cuba: sombreros alones y ropa de camuflaje, collares de santería y zapatos dorados, cuerpos pasados de peso -emulando con los equipajes- envueltos en ropa demasiado ajustada. Modo y estilo que nos (los) marca, ya que no distingue.

Además, están allí los inevitables que, desde ya, llevan boina verdeolivo ladeada, bandera cubana cosida a una mochila, zapatos tenis astrosos, barba descuidada y yo, rehén de mis estereotipos, supongo que escuchan a Carlos Puebla en los audífonos que cuelgan hasta sus Iphones.

Tres horas más tarde el aeropuerto es otro; el resto, es igual. Quizás peor.

Mi último acto en tierra estadounidense fue tomarme un capuchino triple. Mi primer acto en tierra cubana, antes de llegar a los abúlicos aduaneros, fue orinar. Si Usted necesita ir al baño en la zona pre aduanas de la Terminal 3 en el aeropuerto José Martí, mire a la izquierda cuando entre a ese salón cavernoso que Usted bien conoce.

El baño que verá huele a orines. Solo funciona un urinario. Los otros tres están fuera de servicio, cubiertos con un plástico blanco, como si de extraño luto estuvieran por la orina de los recién llegados.

Soy el primero que entro al baño y, cuando termino de orinar, ya hay tres personas que esperan con mal disimulada urgencia. No hay jabón, papel ni secador para las manos, pero hay agua. Me enjuago los dedos, me los seco en el pantalón sin pudor alguno, le sonrío a los que esperan y salgo del baño.

Bienvenidos a Cuba, dice en un cartel.

Cuando entrego los pasaportes -que somos dos en uno, santísima dualidad- siento un súbito remordimiento por el aduanero. Usé mi mano izquierda, la de orinar, y ahora los documentos, están untados de invisibles fluidos genitales. Pero el sentimiento es tenue, así que lo supero y avanzo.

“Compañero, levante los brazos”, me dice, cuando un poco más adelante cruzo por el marco de detector de metales y se escucha un pitido, una jovenzuela vestida con un uniforme de color que no logro definir y que parece de becado. La funcionaria blande otro detector, este portátil.

No me molesta la orden. Ni siquiera la ausencia de un “por favor”, que hubiera convertido el por demás común procedimiento de revisión en otra cosa algo más amable. Al cabo ya he tratado lo suficiente con aduaneros de tres continentes como para saber que su estado natural es de rispidez y paranoia.

Lo que me molesta es que yo no soy un “compañero”.

Cuando me fui de Cuba y bajé del avión de Aeromexico en el DF, hace veinte años, ya no era compañero, compañera. Yo soy huero, un puro, un señor, un caballero, el consorte que parqueó el carrito azul, como dijera días después un velador de parqueos. Soy un habitante. Pero no compañero. Compañeros son los bueyes, mi padrino dixit.

“Ya. Puede irse”, me autoriza la compañera, irrumpiendo en mis pensamientos.


Me tienta tenderle mi mano. No la derecha, la de escribir y saludar, sino la izquierda, y estrechar la suya en fraterna despedida, pero le doy la espalda y en breve salgo al sol, al país donde, y yo no lo sabía, o ya se me había olvidado, ponerle gasolina al auto es un absurdo cotidiano.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

¿Voto demócrata o voto anti Trump?

El martes 7 de noviembre fue un día grande para los demócratas, que recuperaron terreno en los estados donde hubo elecciones, como se muestra a continuación:

  • Ganaron la gubernatura de Virginia. 
  • Ganaron la gubernatura de New Jersey, donde además dominan la legislatura, al igual que en el estado de Washington. 
  • En Georgia ganaron en la legislatura local dos asientos tradicionalmente ocupados por republicanos. 
  • En Maine los votantes rechazaron masivamente la propuesta republicana de limitar el Medicare. 
  • En los condados de Weschester y Nassau, en Nueva York, los demócratas ganaron el gobierno local. 
  • En la ciudad donde vivo, Town of Hempstead, los demócratas ganaron y están en el poder por primera vez en cien años. 
Los candidatos demócratas en cada caso no parecían particularmente impresionantes. Acá la campaña local dejó muy mal sabor, con acusaciones mutuas de contubernio y corrupción entre ambos partidos políticos, destacando el uso oportunista de la referencia a la MS 13, banda criminal que ha adquirido visibilidad por asesinatos cometidos en los condados de Nassau y Suffolk en Long Island, Nueva York.

Tras los hechos, ocurridos hace apenas un par de meses, el presidente Trump y el Fiscal General Session visitaron la zona para reafirmar la voluntad de erradicar esa peste, y de paso apuntalar la idea de que la deportación de latinos es imprescindible.

No son casuales los recientes anuncios por parte de gobierno federal de la cancelación de las residencias temporales a miles de hondureños y nicaragüenses, bajo la premisa de que las condiciones adversas que hicieron a esas personas abandonar sus paises de origen ya no existen.

Pero lo que resulta interesante en estas elecciones es que en lugares tan disímiles como Virginia, el estado de Washington, Georgia o Nueva York la tendencia electoral haya sido similar.

La competencia electoral parece tener lugar, de nuevo, entre los suburbios y las grandes ciudades, y las zonas rurales. Como en Virginia, donde la América rural, blanca y evangelista, componente fundamental del núcleo del 35% agónico e incondicional de Trump, votó por el candidato republicano mientras la clase urbana, que parece ahora otorgar o penalizar de acuerdo a la gestión del político de turno, dió su voto al candidato demócrata.

Lo cierto es que este pasado martes 7 de noviembre y de eleciones fue un día feliz para los desesperados demócratas y un foco, digamos que amarillo, para el Partido Republicano.

Quizás sea prematuro afirmar que el Trumpismo ya no es lo que fue hace un año, y que el voto de castigo de los desencantados está comenzando a llegar a las urnas.

Quizás sea prematuro, insisto, pero, si bastan dos casualidades para marcar tendencia, ¿qué decir de casi una decena de derrotas republicanas en un solo día? No creo sin embargo que el republicanismo per se esté a la baja; es el trumpismo el que lo lastra y arrastra a lugares muy difíciles de sostener.

“Trumpism without Trump can show the way forward
,” declaró hace unos días Steve Bannon, ex-consejero de Trump e ideólogo del republicanismo más rancio.

Hoy no parece tan viable esa idea.

Hace un año una buena parte del electorado republicano se alineó más con Trump que con el propio Partido Republicano. Pero puede que esa fascinación con el outsider de boca floja y discurso bravucón ya esté de salida.

Este martes de elecciones, cuando una parte del electorado (la ganadora) salió a penalizar a Trump, fue quizás un adelanto de lo que se verá en las elecciones intermedias del 2018. 

Ese regreso a la sobriedad, forzado por la evidencia, puede dejar a Trump y al trumpismo a la orilla de la carretera política más pronto de lo que se pensaba.

domingo, 29 de octubre de 2017

Actualizando modelos

El desgobierno cubano ha bajado otra de las barreras de ignominia que los cubanos interesados en visitar a su familia en Cuba debían salvar para hacer ese viaje tan filial como antiturístico, tan caro como accidentado, tan sofocante como, ¡albricias!, breve.

Otra etiqueta, esta vez la de “habilitación del pasaporte”, ha sido arrancada de la frente de -casi todos- los cubanos emigrados, que ya eran emigrados económicos más que gusanos, comunidad cubana en el exterior más que exilio apátrida, diáspora más que escoria.

De esa manera, ahora -casi todos- los emigrados económicos y sus descendientes pueden poseer el escuálido y costoso pasaporte cubano con solo solicitarlo. Cuba, y su asmática no-economía, te esperan.

Pueden además los cubanos exiliados, esos ex-desafectos que tengan mejor estatus financiero, navegar el Estrecho de la Florida, ahora hacia el sur, ahora con todo el glamour, en lanchas, yates y catamaranes, evitarse el tedio de los aeropuertos, atracar en las Marinas Turísticas Internacionales Hemingway y Gaviota-Varadero, rentar un auto, y recorrer, gozosos y privilegiados, los lugares nuevamente de la que fue y es la Cuba destrozada.

Pero eso no es todo.

También ahora los hijos nuestros, nacidos en Estados Unidos, España, México, y los mil lugares a los que huímos, pueden tener ciudadanía cubana sin necesidad de “avecindarse” en Cuba. Y sin el estampado infamante en el pasaporte que lo clasificaba como “habilitado”.

Qué honor.

Ciudadanos cubanos, adoptados, a distancia.

Y que, en lugar de escapar en una balsa clandestina y desesperada, arriban en yate a los santuarios donde alguna vez solo extranjeros, agentes, y putas tenían acceso irrestricto.

El modelo, les digo, se actualiza bajo presión.


***

En México, en plena asimilación cultural, muchos cubanos aprendimos que bañarse en las mañanas es razonable, agradable, higiénico y que elimina el hedor a sábanas sudadas.

También nos enteramos de que “no picante”, ahorita, culero, y pinga son conceptos diferentes allende en el lindo y querido.

Que se puede ser huero si no se es indio, que lo trigueño es blanco, que lo pinche no es de cocina y que el pelo chino es encaracolado.

No sucede de la noche a la mañana que uno entienda una cultura diferente, por supuesto. Se sabe, muchos países de la América de ellos tienen en común apenas el idioma. Vamos, que puede ser difícil hacer lo que vieres adonde fueres; y, si se está etnicamente aislado, sin asesoría, quizás sin prestar atención, le puede suceder a uno lo que a una cubana, casi colega, que usaba la palabra fondillo a diestra y siniestra, haciendo sonrojar a sus colegas mexicanos.

O le puede pasar lo que al multimillonario Yulieski Gourriel, rebautizado, misericordia mediante, como Yuli, y que, después de propinarle un jonrón, se burló del pitcher de ascendencia nipona-iraní Darubisshu Yū, americanizado a Yu Darvish.

“Chinito”, lo llamó, mientras con los dedos se estiraba los ojos, imitando el rasgo más distintivo de los asiáticos.

El insulto, innecesario y soez, fue captado por una de las cámaras de televisión en el tercer partido de la Serie Mundial entre los Astros de Houston y los Dodgers de Los Angeles.

Quizás nadie le ha explicado a Gourriel que en los Estados Unidos el tema étnico y racial es una llaga supurante.

Alguien debió señalarle -o quizás pudiera leer la prensa y enterarse de una buena vez- que, en los Estados Unidos de América, cualquier mención de raza o etnia minoritaria, sobre todo en público, y siendo una persona pública, enfocado por decenas de cámaras en uno de los eventos deportivos más importante y seguido en los Estados Unidos, es una pésima idea.

O quizás, siendo él mismo latino, mestizo, de Cuba, donde “el negro ese” es el calificativo más socorrido del racismo, debería recordar que la referencia racial es insultante, allá y aquí. Le urge saber, además, que, al decir de LeBron James, “no matter how much money you have … being black in America is tough”.

Dos cubanos entonces en la Serie Mundial de Beisbol 2017: uno, en asqueroso gesto, muestra la lengua y lame los bates; el otro se las da de gracioso de la manera más inapropiada, en el lugar menos adecuado.

Una buena noticia en todo ello, para bien del espectáculo: Gourriel no ha sido suspendido en la Serie Mundial -show must go on. El castigo fue diferido y el pelotero no jugará los primeros cinco juegos de la temporada 2018, dejando de ganar $322,581 de su salario de $12 millones de dólares.

La otra buena noticia, para bien de su familia, es que ya no necesitará un pasaporte etiquetado para ir a Cuba.

Los modelos, como les decía, bajo presión se actualizan.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Entre Irma y un busto de plástico

Yo estoy saturado de símbolos.

Sé de su necesidad, por supuesto. Sé lo que significan para los seguidores de los pensadores, sean buenas o malas las ideas. Conozco de su importancia. Me consta su efectividad. Un símbolo vale más que mil discursos, que un millón de palabras, que años de educación familiar y esmerada. Un símbolo es la apoteosis del control.

Porque un símbolo que haga llorar sin tapujos, reir hasta el sofoco, vociferar sin pudor, es el sueño del Gran Hermano.

El símbolo es el yugo supremo, hermanos míos, y no acepto ni uno más porque ya he llorado, reído y vociferado lo suficiente, y estoy harto de ello.

A otros les ha ido peor, claro

Han arrastrado cuerpos por las piedras, han desollado, propinado palizas, violado, empalado, ahorcado, quemado, fusilado y asesinado sin remordimiento, cobijados bajo la sombra de blasones, trapos, cruces, medias lunas, calaveras, estrellas, colores, hoces, martillos, swásticas y garabatos, porque cualquier cosa es un símbolo, y cualquier símbolo envilece.

El símbolo eficaz torna dóciles a las multitudes. Les da algo en qué creer, un pingajo para rumiar; es un palo lanzado al viento para que, con harta estulticia y babosa fidelidad, el prosélito lo busque y entregue, gozoso, en la mano que le pega y alimenta.

José Martí y Pérez es uno de esos símbolos.

Anfótero por antonomasia, tan usado que se deshace entre los dedos, ese cubano escribió con tanto tino o extraña suerte que todas las facciones que lo sobrevivieron se lo han lanzado a la cara unos a los otros cual plasta, al punto que ya no se sabe cuándo es el Apóstol subversivo disidente o piedra angular de la oficialidad más abyecta.

Ahora, en el postdesastre meteorológico del huracán Irma y de la agonía postcastrista, tenemos la foto de un niño que nos mira hosco, perplejo, y descamisado, mientras carga con un percudido busto plástico de José Martí.

Y entonces la simbología y sus adeptos se han desbocado.

La Patria resurrecta. El Futuro salvando al Apóstol. La Patria en manos del Futuro. El Futuro, La Patria, la Revolución y el Socialismo sobreviven a cualquier adversidad. La Patria resurge del fango como el Ave José. Nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte un busto plástico de Martí.

Habemus símbolo.

Yo no veo nada de eso. Yo veo un niño que debería estar jugando, feliz. Yo veo una figura de PVC, fuente de ftalatos que contaminan el medio ambiente. Y lo único que siento es tristeza.

Tristeza, porque la foto capta de cierta manera la desolación post-huracán con tanto dramatismo como si fuera la imagen de los escombros de lo que fuera un ruinoso edificio al que las lluvias le dieron una puñalada de terrible misericordia. Porque, ¿acaso hay algo más desolador que un niño cargando con una enfangada figura de PVC a la que para colmo debe tratar con respeto?

Tanta tristeza me provocó esa foto como esa otra donde cuatro indolentes juegan dominó, sentados a una mesa astrosa, mientras el agua asquerosa de las calles de la Habana les llega a la cintura. O aquella donde otros tantos bailan, beben ron, y parecen divertirse chapoteando en las calles inundadas de un caldo verde olivo donde con cada segundo de jolgorio aumenta la concentración de coliformes fecales.

Y, créanlo o no, hubo quien usó esta última foto con fines promocionales, alabando nada menos que el espíritu alegre de los cubanos, que hasta con la mierda a la cintura cantan, bailan y beben, dicen estos promotores del coproturismo.

En Cuba, país sin buenas noticias, saturado de símbolos inútiles y despojado de todo lo necesario, solo van quedando estas estampas de la decadencia de lo que llaman cubanía. Son síntomas del desgarro de un tejido social que una vez fue valioso, en el tiempo anterior a que a los caballeros los convirtieran en compañeros, a las damas en federadas y que una familia de dictadores se pasara el país de mano en mano como a una puta borracha.

Y yo, insisto, estoy saturado de símbolos.

Pero uno último me gustaría ver acontecer cuando por fin se estrelle ese país en picada: será cuando como a cerdos abran en canal a los que malgobiernan y les encuentren, enredados en las tripas, un juego de dominó incompleto, con las fichas amañadas, una perga de ron barato, y un letrero trazado con un dedo embarrado de excremento:

"Como nos enseñó Fidel...”








jueves, 3 de agosto de 2017

Making la inmigración great again

Cien años después de la estampida de irlandeses, italianos y judíos que casi desbordara el melting pot americano, dándole el punto definitivo de sabor y textura a esos Estados Unidos que entraban al siglo XX a paso de ogro, los descendientes de aquellos rendidos, de aquellos pobres, de aquellas hacinadas y anhelantes multitudes de labriegos desclasados, ahora, un siglo después, ya no quieren más inmigrantes.

No es que haya menguado el espacio, ni que las oportunidades se hayan agotado. Es el país, que ya no es el mismo que aquel donde comenzara a fabricarse este tiempo nuestro, tan diferentes, tiempo y país. Pero sobre todo son otras las multitudes, las que han estado llegando a costas, fronteras y aeropuertos en los últimos cuarenta años, a colarse en el caldero en el que se coció la nación americana, caldero que ahora ahora reposa, inútil, sobre un fogón apagado.

Y son, además, los Estados Unidos de Trump.

El candidato presidencial Trump, que escuchó a sus asesores.

Escuchando y aplicando lo aprendido se convirtió Trump en la antítesis del agotado discurso de los demócratas; aceptó ser el vocero de la línea dura de los republicanos, eco de absurdos, los inmigrantes nos quitan los trabajos, dijo, porque eso querían, quieren, escuchar los inmigrantes blancos de tercera o cuarta generación y origen europeo, preferiblemente norte-europeo, como si recoger tomates, limpiar oficinas, sudar en las cocinas de los restaurantes o podar arbustos y cortar yerba fueran los trabajos que van a sacar de las oficinas de la ayuda social a esos blancos, proletarios y desempleados, para colocarlos en la clase prometida, la clase media mullida y de color pastel.

Trump presidente quiere entonces no solo eliminar la inmigración ilegal sino reducir, rediseñar, la legal. Que se base en méritos, dice, reality show "A ver quién entra"; una asamblea de méritos y deméritos donde el televisor, el apartamento de la micro, la visa, se la gana no el que la necesita, sino el que logra vencer más obstaculos.

Así, no más arribazón de rendidos, de pobres, de hacinadas y anhelantes multitudes. Ese es el plan; borren la inscripción, desmonten la Estatua de la Libertad y dejen en su lugar un letrero de gris neón: Ergo, America is great again, motherfuckers.

Y su 35% de incondicionales aulla.

En realidad, el asunto tiene nombre y apellidos. De alguna manera se reduce a los inmigrantes de origen hispano. De las minorías, los negros nunca han sido considerados minoría inmigrante, y algunos ni siquiera consideran a los asiáticos minoría -las minorías, por antonomasia, no son exitosas. Vamos, nadie coloca a los asiáticos en la misma oración junto a mexicanos o cubanos. Ni siquiera en el mismo párrafo. Ni siquiera en el mismo texto.

Y entonces, para poner los asuntos al día, anuncia el presidente la Reforming American Immigration for a Strong Economy (RAISE) Act.

La legislación eliminaría las prioridades inmigratorias que, para que puedan obtener visa y residencia en los Estados Unidos, se le brindan actualmente a familiares e hijos adultos de ciudadanos estadounidenses. Limitaría además el número de refugiados aceptados a 50,000 por año, la mitad de los que contemplaba la administración de Obama para el 2017.

Como novedad, los beneficiados deben además hablar inglés, tener alguna educación académica, y habilidades que le permitan integrarse activamente a la economía del país.

Es decir, deben ser inmigrantes que vendrán a quitarle los empleos, ya no en teoría, ya no a la América obrera, sino, con toda probabilidad y certeza, a la clase media calificada. Pero en esta, se sabe, no están los votantes por Trump.

Sin embargo, si bien la idea carece de efectividad a la hora de proteger el trabajo de los americanos -otra falacia trumpera a medio cocer-, y a pesar de los matices ahora elitistas, siempre xenófobos y para colmo crueles -invito al más rancio de los trumperos a renunciar a la idea de vivir con sus hijos, padres o hermanos, que ya no obtendrán residencia en los Estados Unidos porque no hablan inglés, ni tienen las calificaciones necesarias. Invito, incluso, a los trumperos cubanos, tan entusiastas ellos, a que cooperen con el making off America great again renunciando a vivir con su familia descalificada y monolingüe- sin embargo, decía, la idea no carece -y allá vamos con el término- de mérito.

¿Quién no quisiera los mejores inmigrantes, esos que traen nuevas y mejores ideas, que no vienen a vivir de la beneficiencia, que en lugar de enquistarse en guetos y ciudadelas se integran a su entorno, mejorándolo, y que aprenden el idioma, y que asumen, junto con los derechos y beneficios, los deberes de ciudadanos de su nuevo país?

Quizás el RAISE de Trump deba establecer mecanismos legales que obliguen, so pena de enjuiciamiento por perjurio y estafa, a los ciudadanos que traen a sus familiares, a hacerse responsables de estos financieramente y socialmente, y no que los dejen convertirse en una carga económica para el país, a veces de por vida.

Mecanismos que condicionen también la adquisición de los derechos que otorga la residencia a la presentación a un exámen de inglés que demuestre al menos comprensión y comunicación básicas, claro, solo después de haber permanecido un tiempo razonable en el país que le haya permitido aprender la lengua.

Esa es una idea que mantendría lo humanitario de la reunificación familiar, a la vez que garantizaría lo más justo para el estado y los contribuyentes. Si esos requerimientos fallan, entonces Usted no puede asumir a sus familiares, ni sus familiares pueden asumir su nuevo país.

¿Difícil? Por supuesto. ¿Mejor que la idea cruda del RAISE? Piensen en ello.

Y, como si fuera poco, quizás eso nos permita estar en el mismo texto, el mismo párrafo, la misma oración donde se escriban los nombres de las minorías exitosas, esas que son parte importante de una nación.




sábado, 17 de junio de 2017

Recuento tardío de una decepción anunciada

Finalmente, Trump llegó a la Pequeña Habana.

Llegó, además, a un teatro, nombrado Manuel Artime, ese que fue el líder político de la invasión de Playa Girón.

Por qué lo llevaron allí, y no a otro lugar de la bella y húmeda Miami, no lo sé a ciencia cierta.

Pero es posible asumir, sin temor a equivocación, que los organizadores de la visita, los senadores y representantes cubanoamericanos de la Florida, quisieron montar un escenario apropiado para la supuesta aniquilación de la política obamense, esa que acercó tanto a Cuba y Estados Unidos que casi aplasta en aquel torpe abrazo al conflicto que alimenta odios, empresas, castrodiscursos, estériles debates, y en no última instancia, a las propias carreras políticas de los anfitriones del presidente Trump.

Allí pues, en aquel teatro, símbolo de la guerra civil y desunión cubana, le esperaba de lo más rancio y vocinglero del anticastrismo; también aguardaban algunos disidentes -de por qué esos, y no otros también, es tema para otra parrafada-, y una pléyade de políticos; algunos miameros, Rubios, Balarts, más el anodino vicepresidente Pence, y otros que, siguiendo lo que parece se va convirtiendo en penosa tradición, se deshicieron en loas al presidente, alabando desde su sapiencia hasta su generosa presencia en nuestras vidas.

Aquelarre politiquero, más mitin electoral que acto presidencial, hubo allí de todo como en botica republicana. Pase de lista en tortuoso español, estrechones de mano, agradecimientos, una extraña anécdota y hasta un violinista que atormentó por un par de minutos a "The Star- Spangled Banner", antes de desvanecerse en medio de una ovación de entusiasmado alivio.

Cabalgó Trump en la cresta de la ola de su audiencia, disfrutó cada segundo de la escasa hora que allí permaneció; se bebió cada aclamación, cada gesto aprobatorio de su gestión, apuró hasta el último chillido patriótico del violín.

De aplauso en aplauso, de vítor a grito, llegó la apoteósis, la firma de las nuevas disposiciones del gobierno de los Estados Unidos que regirán la política de nuestro país hacia el Gobierno de Cuba durante los próximos tres años y unos meses, y por cuatro años más después de ese plazo, si es que logra el presidente rebasar el 35% de aprobación en el cuál está sumido hace ya buen rato.

Y se terminó el acto.

De los que allí estuvieron, y de los que siguieron el acontecimiento a distancia, muchos no entendieron que lo que acababan de presenciar había sido solo una bravuconada trumpera, una arenga belicosa declamada a la medida de ese público, alpiste para aves de conflicto.

Que les habían restregado en los rostros congestionados un trozo caduco de Guerra Fría, y eso no les dejó ver que, en realidad, los mayores y más importantes componentes de la política del Presidente Obama hacia Cuba habían sobrevivido a las expectativas, esperanzas, y temores de todas las partes.


Prólogo al Teatro Artime

Durante las últimas semanas la comidilla en la red social cubana había sido qué iba a hacer Trump con respecto a Cuba y la bonanza usa-cubana heredada de Obama. Qué se eliminará, nos preguntábamos, cuánto de ello, y, ya que se sabía el dónde -Miami-, cuándo sería.

El viernes, la siguiente semana, la otra, el lunes, no, el siguiente viernes; así nos fuimos aproximando al 16 de junio, abriéndonos camino entre especulaciones, fragmentos de declaraciones -semioficiales, oficiales-, la desinformación de MartiNews y sus “reporteros” hiperpolitizados, y las opiniones de los expertos de las redes sociales oficialistas cubanas, para-oficialistas, opositoras, independientes y para-independientes.

El hecho es que para la mañana del viernes 16 de junio del 2017 ya cada agencia noticiosa de importancia había publicado la lista detallada de los cambios que Trump anunciaría de manera oficial al mediodía de ese mismo día en el teatro Manuel Artime de La Pequeña Habana.

El mismo teatro, oportuno mencionar, donde hace unos años se presentó Buenafé, ese grupo cliente de la UJC, escalinatas y la castromilitancia. Los símbolos, debe saberse, ya no son lo que eran.

Con tanta información disponible entonces, de estar prestando atención, el lector informado ya sabría a qué atenerse antes que el Air Force One aterrizara en el aeropuerto de Miami y, salvo algún cambio atribuible a, al decir de James Comey, “the nature of the person”, todo estaba dicho y escrito.

Sin embargo, a malos entendedores...

Los de aquí

Entre todo lo alucinante visto y escuchado el pasado viernes está, en primer lugar, precisamente lo sucedido en el teatro Manuel Artime:

La hipnosis colectiva de una multitud trumpista, cubanoderechista, radical, aplaudiendo, frenética, al presidente mientras este, entre amenazas y promesas traídas de la Guerra Fría, dejaba prácticamente intacta la política de Obama hacia Cuba.

Los de allá

Cry 'Havoc!', and let slip the dogs of war.

Una parte de la disidencia cubana vió la apertura promovida por Obama como una losa que le colocaban encima.

Para disidentes como Antonio Rodiles y Ailer González Mena, asiduos asistentes a eventos y convocatorias anti castristas en Miami -también estaban en el teatro Artime- no se trató sin embargo de quitarse de encima esa losa; se trataba de pulverizarla, y dejar que un viento de ira dispersara el polvo.

El discurso de esos disidentes, de probado coraje, y alineamiento con las posiciones más radicales que los ha separado de otros importantes actores de la oposición cubana, ha sido a favor de la aniquilación de cualquier cosa obámica; tabula rasa, que venga el bloqueo, que regrese la confrontación, borrón y cuenta vieja. Havoc, babe, cry havoc.

Sus expectativas, el frotar de manos que se pudo apreciar en cada tweet, en cada declaración, en cada escrito anticipando la masacre que, suponían, desataría Trump en su discurso del pasado viernes, no fueron cumplidas, a pesar de que González Mena escribiera en su cuenta de Facebook que el discurso de Trump fue “coquito con mortadella”.

Entendieron lo que quisieron entender.


¿Entre dos aguas?

No quedaron a la saga las voces del tardocastrismo, como llama a esta etapa post fidelista mi amigo Carlos Cabrera.

Quizás la más relevante, por su visibilidad e inmediatez, fue la de Elaine Díaz Rodríguez, periodista y líder del proyecto Periodismo de Barrio.

Justo al terminar el discurso del presidente Trump, Díaz Rodríguez publicó, de manera simultánea en varios sitios digitales -en Facebook, en su blog La Polémica Digital, en la Revista Factum y en Global Voices-, una “carta a Trump”, una suerte de bala que ya esperaba en el directo a la última palabra del discurso de Trump para ser disparada.

Aparentemente precocida, y hasta traducida al inglés, lo cierto es que la "carta" merecía una buena revisión que le secara lágrimas, le soplara los mocos, y le quitara ese sonido tan a lo Granma; para que fuera más apegada a la realidad de lo sucedido, vamos. Más elegante, pues.

Pero en este caso no parece ser importante la realidad, sino la opinión.

Quizás los dos puntos más interesantes de la “carta” son el elogio al coraje del Presidente George.W. Bush (!¡), y el deja vu fidelcástrico con que termina la combativa misiva: “nuestra dignidad sigue intacta”, dice, y donde dignidad suena, inevitablemente, como dignidá.

Elaine, quizás porque se anticipó, pareciera no haber entendido.

“¡Qué pluma!”, dejó dicho en un comentario Ernesto Londoño, el periodista colombiano del New Yok Times experto en asuntos cubanos, que tampoco entendió nada.

Y hablando de quiénes no quieren entender...

¡Señores Imperialistas, aquí no queremos entender absolutamente nada!

De la “Declaración del Gobierno Revolucionario”, publicada en la prensa cubana el 17 de junio del 2017

Los cambios que sean necesarios en Cuba, como los realizados desde 1959 y los que estamos acometiendo ahora como parte del proceso de actualización de nuestro modelo económico y social, los seguirá decidiendo soberanamente el pueblo cubano.

Como hemos hecho desde el triunfo del 1ro. de enero de 1959, asumiremos cualquier riesgo y continuaremos firmes y seguros en la construcción de una nación soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y sostenible.”


Un mejor trato

Pero dejemos a un lado la retórica del presidente Trump, el discurso agresivo de Balarts y Rubios, la reacción de los tardocastristas, las ansias de la disidencia radical, la socatez del discurso oficial cubano.

Nada de ello es particularmente importante.

Lo importante es que la proposición del presidente Trump, dirigida a evitar que el dinero americano fluya hacia las arcas de los militares que controlan la industria turística cubana, es un paso correcto.

También insistir en que, en este casi post-raulismo, haya una apertura democrática, que cese de una vez la represión, que se liberen a los prisioneros políticos, es algo decente, necesario, si bien no es consecuente en lo absoluto: no he visto en ninguna parte un reclamo semejante a China, ni una prohibición a ciudadanos americanos a viajar, mucho menos a negociar, con ese país.

Sin embargo, las modificaciones presentadas por Trump a la política del gobierno estadounidense con respecto a Cuba mejoran la apertura del Presidente Obama, que se sabe entregó mucho a cambio de nada.

Conservando los elementos positivos de las medidas del Presidente Obama, el llamado del presidente Trump a usar los servicios de la iniciativa privada en Cuba, la no afectación en lo absoluto de la movilidad de cubanos de uno y otro lado del Estrecho de la Florida o del envío de remesas; la permanencia de las Embajadas, y por ende la relación entre ambos gobiernos y de los canales expeditos de negociación, hablan de una actitud firme pero a la vez todavía constructiva del gobierno de Trump con respecto a Cuba.

Hablan, y lo entendimos muchos, de un mejor trato, no para el gobierno de Cuba, claro que no, pero sí para los cubanos.

Y eso, entiéndase, es lo importante.

miércoles, 14 de junio de 2017

Divagaciones de miércoles lloviznoso

Sin pretender aguarle festejos a nadie, que Raúl Castro se muera no es importante, lo cual ha quedado demostrado con la muerte de su hermano en jefe.

El término “república bananera”, que en algo que hoy leí así denominaba el autor a Cuba, no es correcto. En todo caso sería República Boniatera, siempre que se cumplieran los planes de la cosecha en Ciego de Avila o lugares parecidos, claro.

Vista la experiencia, secuela implacable de la realidad, el marxismo, como objeto de estudio, filosofía o divertimento académico, es una suerte de ejercicio forense. Particularmente de ese cadaver que es su ingrediente histórico, por no mencionar al aborto que se llamó comunismo científico.

Vamos, nadie sabe qué vendrá en las próximas décadas en términos de sistemas socioeconómicos, pero esperar que regrese algo marxista es como aspirar a que resurjan los Neandertales.

El arroz Arborio es una maravilla culinaria: se le puede adicionar seis veces su volumen en líquido, y el grano aun mantiene su integridad; una taza de arroz alimenta a cuatro personas de buen comer. Comprobado. Si aquel llega a enterarse...

Trump ha perdido su atractivo principal como animador de las noticias matutinas. Encima de inepto, aburrido.

Le comentaba a mi familia que los checos son grandes aficionados a la música clásica. Que el Festival Primavera de Praga inicia todos los años en al aniversario de la muerte -ojo, no del nacimiento, muy a tono con la melancolía eslava- de Bedřich Smetana, y su sinfonía “Mi Patria”. O quizás el festival no celebra el nacimiento porque Smetana nació en Marzo, cuando aun hay mucho frío, pero se murió en Mayo, en plena primavera. Los checos también son gente muy práctica, me consta. Que los checos, les decía además, acuden a los conciertos con la misma pasión que los cubanos escuchan regetón.

El otro día vi una foto donde una lesbiana, mostrando su lengua entre los dedos índice y del medio de su mano, hacía referencia, se sabe, a un cunnilingus, probablemente recién realizado, mientras su pareja miraba a la cámara con expresión somnolienta, post-orgasmo quizás.

Si yo publico una foto mía y de mi esposa en el postcoito, gesto más, gesto menos, creo que sería divorcio instantáneo, por falta de clase. Vamos, que esto del alarde de la condición sexual no está llevando a nada razonable, mucho menos elegante. Prueba de ello es que los hombres hablantines adolecen de todo lo que presumen.

Ayer compré un salchichón italiano -puse la foto por acá- que parece necesita de cocción intensa pues está hecho con los más humildes trozos de la anatomía porcina. Debe estar muy sabroso, pienso, pues se sabe que la carne sin grasa ni mácula es mujer que está buena pero no sexy.

El calor es tóxico para la civilización. El que no lo crea, que observe los mapas.

Y feliz resto de la semana tengan vuestras mercedes.