jueves, 22 de septiembre de 2016

OCD

No todas las mañanas tomo la cámara cuando salgo para el trabajo. Por supuesto, después lo lamento porque siempre hay algo interesante que fotografiar.

Pero, cuando la llevo conmigo, es una carrera contra la luz. Me desespero al ver como se esfuma el sol que apenas alumbra, como se queman los dorados irreales, como se hace añicos la suavidad irrepetible de los amaneceres del otoño.

Siento que pierdo la competencia todos los dias; el fin de semana te levantas a las seis de la mañana, me digo, te vas a esa costa rocosa, y haces quinientas fotos de la luz sobre al agua, en el agua, a ras, a lo lejos, de muy cerca.

O te vas a la playa. O a la calle; en todas partes hay algo irrepetible que espera por mí unos segundos y después se marcha para siempre.

Pero no me levanto.

En las tardes también se me olvida la cita, en medio del fragor de la casa y la cosa familiar. Tal es así que, también esta vez, pasé por alto ese par de días cuando la caida del sol se alinea con mi calle -mi callehenge-, y un tunel de luz amarilla, repleta de magnífico polen, se extiende hasta perderse de vista.

Y a pesar de la desidia, para mi asombro, se me acumulan las imágenes. Las manipulo con avara fruición; borro, inmisericorde, chapucerías y abortos -tomar doscientas fotos y que ninguna sirva es lo mejor que le pueda pasar a un fotógrafo-; clasifico entonces, trato de poner orden en la compulsión, muestro algunas.

Lei alguna vez que Jimmy Hendrix se frustraba porque tenía sonidos en su cabeza que no podía reproducir. Asusta saber que aun el talento de un genio tiene límites. Yo, atado por la mediocridad de mis manos, no sé pintar, no sé dibujar más allá que un rostro de payaso para hacer sonreir a mi hijo. Pero tengo imágenes que me acosan y, para mi sorpresa, he encontrado algunas en la fotografía.

Sigo, entonces, compilando. Placer. Diversión. Terapia.

OCD

jueves, 8 de septiembre de 2016

Red social

De tanto ir y venir, ya la familia no necesita casi nada de los enseres básicos, mucho menos de los superfluos.

Le regalamos entonces por su cumpleaños al suegro, hombre anti tecnología por crianza, indiferencia y simpleza, un teléfono celular: un Blu, desbloqueado, que se dice diseñado en Miami, fabricado en China, destinado al mercado latinoamericano, y que va a ser usado en lo adelante para breves conversaciones entre Cuba y Nueva York.

Y resulta que, como si fuera poco el adelanto, este teléfono Blu (Bold Like Us, dice que significa el acrónimo) es uno de estos aparatos llamados “inteligentes”.

Aún no tiene asignado un número -de eso se encargará ETECSA que, a cambio de moderada suma, le suministrará además un miserable plan de llamadas- pero el WiFi de nuestra casa ya le permite conectarse al mundo virtual cuya existencia, hasta ahora, mi suegro ignoraba.

Es decir que, mucho antes de marcar su primer número en su flamante teléfono, el suegro ya puede navegar por internet, hacer videollamadas por Skype, enviar/recibir mensajes, ver fotos de niños con cáncer, manipular aplicaciones tan inútiles como entretenidas, asombrarse de toda la irreverencia que hay más allá del NTV y el Granma. Ya inclina la cabeza hacia la pantalla esclavizante, como hacemos todos, hacia lo que ofrece la red: porno, noticias, deporte, política; el mundo ilustrado, explicado, a gritos y en colores; la libertad en la palma de la mano, el planeta bajo la yema del dedo.

Facebook también, por supuesto.

Inmediatamente después que el eficiente servicio de Amazon entregara el paquete en nuestra casa, mi esposa inició a mi suegro en la red social. Le creó una cuenta; le explicó, grosso modo, de qué se trataba el asunto. “La gente en comunicación, papá”, le dijo, “Gratis, rápido: ¡la modernidá!”, sonrió mientras mi suegro la miraba con velada perplejidá.

Pero, contra todo pronóstico, el hombre se apropió agilmente de la novedad; no en balde las redes sociales tienen diseños que apelan a la intuición. Está el suegro, entonces, en la red, y en Facebook.

“Oye, esta gente está loca...”, me dice ayer, y me muestra un video que un sobrino ha colgado, video que evito mirar, y donde una mujer le propina garrotazos a otra que está postrada en una silla de ruedas. “Y ayer puso otro, mira, esta mujer, pegándole a un niño...”, añade y me mira, con expresión casi culpable, asombrado. “Esta gente está loca pa´ la pinga...”, concluye, con un muy inusual exabrupto en un hombre que destaca por su decencia.

La gente loca a la que se refiere no son solo los protagonistas de los videos: aunque no lo diga explícitamente, aunque no lo admita en voz alta, los locos son también sus recién adquiridos contactos virtuales: la familia y los amigos con los que se ha tratado toda la vida y a los que, en el mundo virtual, ahora apenas reconoce.

Son la gente de siempre, que de repente parece preferir el morbo, la invocación religiosa, las cadenas de información falsa e insensata, los desastres de todo tipo, los clichés, los chistes de mal gusto, los memes más pedestres. “No escriben nada, solo ponen esas cosas...”, se asombra el suegro, y mira de nuevo a la pantalla, como dudando si esos nombres que ve en el pequeño rectángulo del teléfono, nombres tan familiares, sean realmente las personas que él conoce, y no unos impostores.

***

Mi Facebook sintético me salva de buena parte de ese fenómeno. Vamos: puedo con total tranquilidad eliminar de mis contactos, sin que ello represente una ruptura familiar o una amistad quebrantada, a quien publique algo que no me agrade. Ya lo he hecho, y se siente como librarse de un estreñimiento.

Por otra parte, me doy el lujo de leer a personas interesantes, de hacer nuevas amistades, muchas de ellas ratificadas en el mundo exterior, y tan solo por ello valen la pena Facebook y mi duplicidad.

Facebook, que en su sugerencia explícita de aceptar o no a alguien en nuestro entorno virtual, nos da la solución: a la familia uno no la escoge, pero a los amigos sí. De tal manera mi suegro, y la mayoría de las personas que conozco, están condenadas a seguir en la red social una versión gráfica de su vida cotidiana. Yo, privilegiado, instalado en el ser o no ser, me procuro voluntariamente un status de fantasía para que mi vida real, la otra, no sea tan cotidiana.

***

Así es entonces que, gracias al regalo recibido, nuestro nuevo elemento en la rutina diaria, además de tomar café recién colado a las cuatro, o sentarnos a la sombra, en el patio, a repetirnos historias, es la pregunta, siempre esperanzada de buenas noticias, con la que me recibe el suegro en las tardes: “Y entonces, ¿qué se dice en las redes?”

Yo, pues le cuento; él, deslumbrado y triste, atrapado por la impericia en la navegación digital, me muestra en su Facebook videos de venezolanos asaltando supermercados vacíos, disidentes protestando en La Habana, y un meme que se burla de Raúl Castro.

Nos va a extrañar el suegro cuando regrese a su vida habanera. Va a extrañar al nieto, sus tardes en el parque, y el café de las cuatro. También es posible que ahora, con más información, mire con otros ojos a sus amigos y familiares que tan extraño se comportan en el mundo virtual. Tal vez hasta intente deslumbrarlos, contándoles todas esas historias censuradas y nunca vistas en Cuba.

Sin embargo, a fuerza de repetirlas, la indiferencia terminará por tomar por asalto al asombro. Condenado entonces otra vez a Granma y NTV, solo le quedará a mi suegro la nostalgia por la familia lejana, un teléfono ciego, y una nueva carencia: la red social.  

martes, 6 de septiembre de 2016

Atraco

No es que yo piense que las cosas deban ser gratis.

Vamos: yo sé, nosotros los cubanos sabemos, que lo gratis no funciona.

Un auto, una casa, una chuleta, me las venden porque quieren mi dinero. Eso está bien. Eso es intercambio, de mi dinero por algo de calidad, que eleva mi nivel de vida, y viceversa. Incluso, a veces solo es algo Made in China, adocenado, barato, pero al final uno paga por ello un precio razonable y el comerciante, y el fabricante, y sus empleados se hacen con una parte de mi dinero. Y eso, insisto, está bien.

También pienso que el que estudió universidad en Cuba debe pagar por recibir las notas y el plan de estudio para ser usados en el extranjero. ¿Por qué no? Es un servicio más por el que hay que pagar.

Tomo como ejemplo que, en fecha reciente, mi alma mater, allende en Europa del Este, me envió a Nueva York mi plan de estudios y notas, un par de papeles que me sirvieron para validar mi ingeniería, y hasta una maestría adicional a la que ya tenía, todo por apenas cuarenta euros, envío incluido.

Pero Cuba, por su parte, con la misma indecencia que propone un carro de segunda, y de uso, en cientos de miles de dólares, vende el mismo trozo de papel con información que, por demás, nos pertenece, y lo hace a un precio exorbitante.

Cuba, a sus nacionales los despoja, los atraca a pleno sol, con esa estafa que arma el desgobierno cubano a través de esa cosa llamada consultoría jurídica, cosa de nombre rimbombante en paisito mierdero, y que no es más que otro pedazo de la fachada del conglomerado de instituciones y regulaciones que no tienen otro propósito que esquilmar a los cubanos exiliados que aun tienen a su familia como rehén en Cuba.

Casi seiscientos dólares ($600) por sus notas y plan de estudio, por un par de cuartillas de papel, ha tenido que pagar mi hija allá en Cuba. No me jodan.

No digo nada nuevo al recordar aquí que el desgobierno cubano es escandalosamente incapaz de hacer funcionar algun tipo de economía. Muy al contrario, ha demolido las infraestructuras, ha aniquilado la voluntad individual; se ha dedicado, como puta venida a menos, a ser el mantenido del mecenas de turno.

Tal parece que lo que sí se le da a ese bodrio es la esterilización de tierras; tal parece que por allá las lluvias siempre hacen daño, que el clima siempre es adverso, que las semillas no germinan, que los animales no copulan, que los peces también han huido a otros lugares, donde los saben pescar.

Entonces, aplastado por su descomunal ineptitud, el desgobierno, en su desesperada búsqueda de dinero ajeno, nos explota a los que hemos tenido la oportunidad para rehacer nuestras vidas, y el talento para ganar el dinero necesario, lejos de toda aquella porquería de país, pero que aun, por desgracia, tenemos allá a alguien que nos necesita

Mi buena noticia es que cada vez me queda menos tiempo para cerrar, de una vez y por todas, ese capítulo. Mis hijas vienen en camino y, el día que por fin lleguen a los Estados Unidos, el desgobierno cubano perderá a este vasallo y su diezmo.

Mientras, me resingo en la madre de todos ellos.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Historias de Gretel

Tengo algunas historias sobre alguien a quien llamo Gretel. Algunas ya hasta tienen final escrito; otras están a menos de medio escribir.

En lo que decido qué hacer con ellas, he aquí algo al respecto:

***

Gretel regresó a Cuba a exorcisar un par de sombras y a desenterrar a sus muertos.

A su madre, pasada de coqueta, rallana en puta, y diabética; muerta por demasiado ron, aun más cigarrillos, sobrepeso de grasa de cerdo y fritanga de viandas.

A su padre, alcohólico, pendenciero, abusador, ahogado por un enfisema.

Gretel regresó a Cuba y dejó las sombras intactas, en sus rincones. Los huesos de sus padres, guardados en una funda de almohada que se robó del hotel, los tiró en una loma de basura que supuraba un caldo negro y fétido de tres semanas de fermentación.

Esa misma tarde, mientras la muchacha alistaba sus maletas, un destartalado camión cargó con la podredumbre y los huesos. El taxi que llevaba a Gretel al aeropuerto cruzó por debajo de puente de 100 y Boyeros justo cuando el camión descargaba su inmundicia en el basurero de 100.

Gretel murmuró unas gracias apresuradas, le regaló veinte dólares al taxista, y se alistó para irse de nuevo, y por última vez, de Cuba.

Un hombre, en camisa de mangas largas, nariz y boca cubiertas con un pañuelo sucio, la cabeza cubierta por un sombrero astroso y los pies por unas botas raídas y sin cordones, hurgaba en la basura y encontró la funda.

Cuatro horas después, mientras Gretel subía a otro taxi en el aeropuerto Benito Juárez del DF, el hombre, sentado a la vera de unos matorrales, revolvía un caldo hirviente, la cena de esa noche.  

jueves, 18 de agosto de 2016

Oficio de papagayo

Hay una buena parte del exilio cubano que ha reconstruido su vida, y la de su familia, viviendo de manera digna y decorosa.

El exilio cubano que, se sabe, subvenciona en buena medida la economía cubana.

El exilio cubano, variopinto como es, que cuenta además con una inmensa cantidad de exitosos profesionales, empresarios, intelectuales, deportistas, y artistas. Tengo el privilegio de conocer a algunos personalmente, y a varios los puedo llamar amigos.

A todos ellos, a todos nosotros, que ostentamos, y con orgullo, diversas ciudadanías, a todos los que salimos de Cuba porque nuestro talento, vida y futuro estaban sofocados bajo la mole de escombros que apiló sobre nosotros el desgobierno de la isla, nos llama, los llama ex-cubanos”un impresentable personajillo de la claque oficialista cubana, un tal Randy Alonso.

El triste vocero llama ex-cubanos a los deportistas cubanos que, bajo la bandera de otro país, compitieron en las Olimpiadas. Por extensión, nos llama ex-cubanos a los que tuvieron, tuvimos, la oportunidad y el talento para salir de Cuba y hacernos de una nueva y mejor vida profesional y personal gracias a las oportunidades que en la isla no existen.

No sé a derechas quién es ese hombrecillo, ni cómo llegó a ser una suerte de voz y rostro de la oficialidad, confirmación por demás de que ese ente, la cosa oficial, es muy fea.

Tengo entendido que llegó a la televisión junto con las mesas redondas, y yo, que tuve la suerte adicional de librarme de conocer tales cosas al dejar Cuba en el año de gracia de 1997, pues me enteré de la existencia de este ejemplar de la nueva horneada panfletaria muchos años después, y eso solo porque tengo el hábito de leer en Internet sobre Cuba.

Este compañero debe haber sido sacado a flote por la putrefacción de la profunda crisis socioeconómica de los años noventa en Cuba: había entonces que ser muy desalmado para sentarse a defender lo indefendible, a manipular, a desinformar. Y hay que ser muy miserable para seguirlo haciendo todavía.

Nadie, y mucho menos alguien que no aporta nada a la cubanidad, al país, que no es capaz siquiera de ganarse la comida que consume, tiene la potestad ni la autoridad, moral o legal, para descalificar a un cubano tan solo porque este viva y prospere en otro lugar.

Vamos: uno ya no es de Cuba porque allá no vive y con toda probabiliad nunca más lo haga. Pero uno sigue siendo cubano, porque, como escribí casualmente hace unos días “tan solo por decir ´soy mexicano, soy español, soyamericano´, no se le desprende a uno la cubanía, que es costra,piel y entraña”.

Sirva esto para calar la mediocridad rampante de los informadores y de los medios de comunicación en Cuba, que siguen depredando amparados por el aparato oficialista y la total falta de libertad de expresión.




lunes, 15 de agosto de 2016

LPV in memoriam

En los aciagos años noventa del pasado siglo, en plenas carencias periodoespeciálicas, circularon resoluciones, orientaciones y ukases varios que llamaban a la frugalidad cuando se tratase de desayunos, almuerzos y cenas oficiales convocadas para agasajar extranjeros.

Variando de ministerio a ministerio, de ujier a ujier, unas exigían que por cada comensal extranjero podía sentarse a la mesa un cubano; otras prefererían el porcentaje y establecían que en las comelatas solo estaba permitido un treinta por ciento de famélicos nacionales.

Alguien me contó que en cierto ministerio, en cierto momento, llegó a manejarse un diez porciento, es decir, un cubano por cada nueve extranjeros, pero la complejidad de resolver tal ecuación para grupos menores de nueve echó por tierra tal ejemplarizante medida.

La idea era ahorrar, no despilfarrar, hacer más con menos, no dilapidar los preciados recursos que el Estado necesitaba para el pueblo y eso, y etcétera.

Me tocó verlo de cerca: unos británicos nos invitaban con insistencia a almorzar o cenar con ellos en la “casa de visita” y, a fuerza de estar apenados por tener que decirle una y otra vez que no, nos autorizaron a cuatro de nosotros a un almuerzo con aquellos tres ingleses. Fue la primera vez en mi vida que vi, los ojos dilatados por sorpresa y la boca inundada de saliva, un boliche mechado. Corría, lento, el 1993...

Hoy veo el escuálido medallero cubano en las Olimpíadas y no puedo menos que pensar que, detrás de esos deportistas. hay además de una institución gubernamental toda una delegación de funcionarios que van a Rio, con los gastos pagos, a ver si alguien los invita a un rodizio.

De aplicarse aquella matemática de fin de siglo de desamparo, que buscaba mantener a los cubanos lejos de la mesa y la copa, los porcentajes medalla/funcionario estarían en un orden fraccionario, algo así como aquellas guaguas atestadas, con gente colgando de puertas y ventanas, siendo la guagua la medalla y la multitud los burócratas del diezmado deporte cubano.

Vamos: que parece que, a la par de la extinción de la "potencia deportiva" , se le está secando la ubre a la vaca deportiva cubana...

viernes, 12 de agosto de 2016

Postal de cumpleaños

No estimado, espero que Usted, al recibo de la presente, tenga la suficiente lucidez para poder leer mi postal.

Y tarareo:

Y por eso yo soy cubano,
Y me muero siendo cubano

¿Quiere que le diga algo? Yo soy cubano porque no me queda más remedio, y no por vocación.

Cubano, porque tan solo por decir “soy mexicano, soy español, soy americano”, no se le desprende a uno la cubanía, que es costra, piel y entraña.

No importa si se habla ahora el español con esos ridículos acentos mixtos que no son ni cangrejo ni pescado, o si los frijoles negros ya no están en la mesa a diario, o si se repite, una y otra vez, que no sabíamos cómo podíamos vivir en “aquello”. Uno sigue siendo cubano. Yo sigo siendo cubano.

Pero ya no soy de Cuba.

Y tarareo:

Quiero un sombrero
De guano, una bandera
Quiero una guayabera
Y un son para bailar

En realidad, no quiero nada de eso.

No me asienta llevar nada en la cabeza, gorra, gorro, o sombrero. Mucho menos de guano. Las guayaberas, pues fueron secuestradas por Ustedes, por los mismos que ya habían secuestrado el resto del país, y yo no quisiera parecerme a Ustedes ni por equivocación, así que no guayaberas para mí.

Pero no tengo nada en contra de la bandera que, ni siquiera Usted, en su neurótico mandato, hubiera podido cambiar -la hoz y el martillo junto a la estrella. El son -que es lo más sublime-, por demás, lo bailo a medias.

Tampoco me queda nada de aquellos orgullos implantados, ¿Usted se acuerda? Claro que sí: “Somos una potencia”, alucinógeno chovinista que Usted nos inyectó, nos inyectában, nos inyectábamos, en la vena nacional.

Potencia médica, potencia deportiva, potencia educacional. Los tres pilares básicos con los que Usted apuntaló a su fantasma.

Que eran cuatro los pilares, yo lo recuerdo, porque Usted, en su delirio, llegó a pensar que había exterminado a las putas, que el Hombre Nuevo era asexual, que Usted les taponearía el medio para su no remedio. Pero no hay quién se deshaga de las putas, ¿sabe?, así que estas regresaron, y de qué manera; se le insertaron en la economía, señor. Cuba te Espera, las piernas abiertas, cooperando con la recaudación de divisas, señor, con esa Cubita de tanta puta y tan menguada industria.

Así que le quedaron solo tres pilares. Construidos con recursos ajenos, tres pilares de naipes, tres pilares que necesitaban mucho más que discursos para mantenerse en pie y que, a falta de soviéticos y venezolanos que los sostuvieran, terminaron por desplomarse sobre las cabezas de los cubanos, azorados por el descalabro de su potencia de papel maché.

Y con el derrumbe también se fue abajo la fachada de isla promesa, la bonita, la trinchera, apenas rubí, cinco franjas, una estrella, dejando al descubierto uno de los países menos exitosos del Tercer Mundo, finca estéril, faro fundido de América toda.

Dejándolo al descubierto a Usted, el peor cubano.

Y tarareo:

Mi sombrero y mi tambor
Y mi linda guayabera
Son las cosas que yo tengo
Pa gozar la noche entera


En el cancionero cubano abundan las loas a nosotros mismos.

Desde los montunos más simples, que invitan a bailar con la morena, en carnaval, la noche entera, en guayabera, hasta las guarachas más ramplonas que corean “¡Acere, qué volá!”, como si tal cosa fuera distinción y gracia. Eso, aun antes de la puñalada mortal que le asestara el regetón a la cultura nacional.

Eso, que es más o menos lo que nos ha ido quedando después que los pilares de utilería, que Usted erigiera, desaparecieran tragados por la realidad.

En lo personal, nunca fui de gozar noche entera con tambor, ni sombrero, ni guayabera. Con morenas, sí. Como cubano urbano, capitalino, mi idea de una buena diversión era irme a un club nocturno a beber ron aguado, con una muchacha, manosear, ser manoseado y, con suerte, terminar la noche en una posada.

O quedarme en casa, escuchando un juego de pelota. De Los Industriales que fueron, son, un termómetro de mi desapego.

A finales de los ochenta, principios de los noventa, yo devoraba los juegos de los Industriales. Me sulfuraba con los comentarios despreciativos de los difuntos Hector Rodríguez y Eddy Martin (gente suya, señor), y me extasiaba con los comentarios parcializados de Armando Fernández Lima y Ángel Miguel Rodríguez, los más talentosos e industrialistas comentaristas que hayan existido en la radio cubana.

Después, también los Industriales se disolvieron en la grisura, y ya yo me iba de Cuba. Nunca más me ha interesado ese equipo, si bien de alguna manera sigo siendo industrialista ochentero.

Y Usted, ¿está viendo las Olimpíadas?

Han sido una revelación, ¿sabe?; me encuentro con que tampoco me interesa lo que hagan los deportistas cubanos (que no es mucho, la verdad), y con ello creo que he llegado a un limbo de no alineación y desarraigo envidiables: ni siquiera me preocupa quién gane; solo veo -si acaso- la competencia, lo cual es por demás muy congruente con lo que hago al respecto del proceso cubano, ese forcejeo en el cual hay un par de jugadores talentosos, un resto de mediocres, y un resultado que, sea cual sea, no va a cambiar la vida de los espectadores.

Y Usted, fuera del juego.

Y tarareo:

Cuba, que linda es Cuba

Lo que sucede es que Usted nunca ha caminado por mi barrio, allá en Santos Suárez, y obviamente ya no lo hará, así que le describo la situación brevemente:

Hay tanta mierda de perro en lo que queda de acera que, más que caminar, se salta. Lo que fueron jardines ahora son matorrales; lo que fueron casas ahora son amasijos de rejas oxidadas, portales cerrados con toscos muros de bloques para hacerle lugar a hijos que crecen, o parientes que llegan.

Cuba ya no es linda, señor, sino depósito de ese legado, tan suyo, por el que será mal recordado: por los escombros, por la nación deshecha, por la mierda de perro que flota en el aire de mi ciudad.

Y tarareo

Que lo pases con sana alegría.

No es para tanto. Pero así reza la felicitación, aunque no sea de felicitación mi deseo.

Mi deseo es que Usted, a sus noventa años, tenga lucidez suficiente para observar en qué se ha convertido ese país en el cual Usted va a morir. Usted, que sí usa sombreros de guano que tampoco le quedan bien; que ya no viste guayaberas, y que, definitivamente, ni puede bailar el son ni cabalgar una morena. 

Usted, que, en cumpleaños o en cualquier otro día, no merece una bandera que ondee en su nombre.

Hasta la próxima entonces, se despide,

Un no-admirador.


miércoles, 10 de agosto de 2016

El terrible cansancio

Hace unos meses, cuando la imagen de la candidata Hillary Clinton comenzó a mostrar fisuras, a hacer aguas, me cansó verla y escucharla. Fue ese el resultado de una sobreexposición, de la saturación a que hemos sido sometidos los que seguimos el proceso electoral.

De repente, dejó de ser atractiva.

Aun cuando en política una semana es una eternidad, y no hay manera segura de extrapolar, siento que algo similar está sucediendo con Donald Trump.

No pasa una semana sin que, ya sea por su por muchos sospechada incapacidad mental, o por una estrategia inútil y defasada con el momento político, el candidato Trump inaugure una nueva controversia.

Puede que a sus partidarios más acérrimos eso les resulte congruente, deseable, y hasta gracioso, pero siento que a muchos de nosotros, los demás, ya nos agobia que la primera noticia del día sea “Trump dijo...”

O sea que ya, por cansancio, Donald Trump también ha comenzado a ser, además, aburrido.

jueves, 4 de agosto de 2016

Un hombre aburrido con un peinado estrambótico

Donald Trump ha llegado a ser el candidato presidencial republicano tan solo por ser bocón y brutal en sus declaraciones.

Y cada vez que ha dicho algo que clasifica como racista, grosero, insensible, vengativo, insensato, o simplemente como políticamente incorrecto, muchos hemos pensado que esa era la gota que derramaría el vaso. Pero Donald Trump siempre ha salido a flote. O más bien sus partidarios, a fuerza de vítores, aplauso y sectarismo visceral, lo han sacado a flote.

Donald Trump ha llegado a ser el candidato presidencial republicano entonces no por ser sagaz, astuto, capaz.

Ha llegado hasta aquí porque hay quien gusta de la idea de un Presidente bocón y brutal, al que no quiero imaginar como mandatario resentido, impulsivo, ególatra, negociando con aliados difíciles, o acariciando con el dedo el botón nuclear.

El dilema entonces no es elegir a Trump como Presidente porque Hillary es una opción mediocre, o porque esta es parte de un clan que -también- manipula y miente. El problema es que Trump es, indiscutiblemente, un mal mayor, un mal que no es republicano, que no es nada de lo que dice, que es si acaso trumpista, y los republicanos de vergüenza y pensamiento lo saben.

El último capítulo de la torpeza de Donald Trump es el escaso sentido común mostrado en su conflicto personal con los padres musulmanes del Capitán Humayun Khan, militar americano caído en Iraq y condecorado post mortem con la Estrella de Bronze y Corazón Púrpura.

Como si fuera poco, con manifiesta intención vengativa -y no es la primera vez que tal inclinación se pone en evidencia-, le ha negado el apoyo en su reelección a nada menos que al presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan y al Senador John McCain, dos de las figuras más importantes del republicanismo.

No sé qué necesitan los republicanos -y aquí no incluyo a los que apoyan a Trump a capa y espada, pues ahí no hay nada que hacer- para salirse de la espiral de bochorno y sensacionalismo en que la veta histriónica y la incapacidad como político de Donald Trump los ha lanzado.

Las elecciones de noviembre serán la última oportunidad para cambiar de canal y dejar que cancelen ese triste reality show. Pero, desde ya, Donald Trump “alerta” a sus seguidores de que el proceso electoral “está amañado”, creando discordia en la mejor usanza de los caudillos y dictadorzuelos que son, en primer lugar, malos perdedores. Como si no bastara con la incitación que hiciera a una potencia extranjera a espiar a un candidato presidencial americano, ahora se erige en agitador populista.

Si bien Donald Trump no es responsable por lo peor que haya en la sociedad norteamericana, sí lo es por sacarlo a flote y usarlo a su conveniencia: xenofobia, nacionalismo del bobo, odio en lugar de ideología, enemigos en lugar de adversarios, todo mezclado en aguas muy turbias.

Aguas turbias que, por el momento, ofuscan el sentido de una buena parte de los americanos, para la sola ganancia de Donald Trump, un hombre aburrido con un peinado estrambótico.

lunes, 1 de agosto de 2016

Guaguancó trasatlántico a dos voces

Los invito a leer esta magnífica historia escrita por Teresita Dovalpage.

“Guaguancó trasatlántico a dos voces” está basado en un hecho real (un cubano que se embarca como polizón en un trasatlántico a fin de llegar a EE. UU. y acogerse a la ley de "Pies Secos, Pies Mojados").

El relato salió a la luz en francés en marzo, como parte de una antología, Nouvelles de Cuba, publicada por la editorial Magellan. Esta es la versión original, corregida y aumentada. Se ha presentado a un concurso y se puede leer en este enlace.

No es necesario votar por el cuento, sólo descargarlo. Igualmente les recomiendo que les echen un vistazo a los muchos buenos relatos que se han presentado al concurso.