lunes, 30 de marzo de 2015

El gatopardo maúlla en el Trópico

El oportunismo político fue descrito de manera sucinta y magistral en una deliciosa frase, incluida por Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su libro “El Gatopardo”, y que resume la esencia de toda una filosofía de endeble ética y lamentable eficiencia: "Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie"

Hay que admitirlo: es esa una declaración de gran contundencia; invita al regodeo intelectual, a un asombrado coro de ´¡Aaahhh!´, a la complicidad de un guiño de entendidos.

“Escuchadme entonces”, -y aclárese la garganta con un corto carraspeo que ayude a crear una cierta expectación- “si me permiten, les digo algo: si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. Y observe las expresiones de los que están a su alrededor.

Decir algo así en lugar y momento adecuado, ganará de inmediato la admiración de los que piensen que Usted ha tenido una epifanía, y que se le acaba de ocurrir ese sutil concepto; retorcerán sus mentes sus recién adquiridos admiradores, desdoblando la idea, descubriendo, asombrados, que en apenas una oración Usted ha diseccionado y expuesto el ancestral arte de ser un estratega de escasos escrúpulos; Qué hijo de puta más inteligente, se dirán, y estarán orgullosos de ser sus amigos.

Puede ser también que, entre los que le escuchen lanzar esa perla de sabiduría, haya quien ya la conociera –aun cuando no haya leído al desafortunado Lampedusa, que, por cierto nunca supo cuán famosa sería su obra, pues se la rechazaron en vida y se la publicaron tan solo postmortem-; esos enterados asentirán con gravedad, con sus mejores caras de por supuesto, evidenciando que, coño, claro que sí, gatopardismo, yo sé lo que es eso, y de esa manera treparán a la carroza de erudición en la que, Usted, que quizás sí se leyó el libro –o no, pero da igual-, pensaba que se iba a pasear solo y triunfal.

Es una idea esa –la del gatopardismo y, pensándolo bien, la del paseo en solitario también- que a un político, cuyo fin supremo fuera permanecer en el poder a como dé lugar, le debe parecer el resumen de sus anhelos.

Ahora imagine Usted -de nuevo, y si no le es molestia- que ha pasado medio siglo dictando su voluntad, haciendo (barbaridades) y deshaciendo (la nación), y que de repente el peso de tanta basura acumulada hace que su agrietada barca comience a hacer aguas –aguas caribeñas, en este caso-; que en ese momento aciago aparezca entonces un Lampedusa isleño –o exiliado en tierra firme; pululan- y que le coloque a Usted en la mano la hoja de ruta de una continuidad maquillada; que le diga, con aire docto y seriedad de circunstancia que, “Si queremos que todo siga como está, necesitamos oposición leal”

¿No sería Usted el dictador más feliz del mundo? Estoy seguro que sí lo estaría; más feliz que un tonto con un lapicero; más contento que un cerdo en un lodazal; ufano como un tirano al que sus víctimas le han extendido, sin que siquiera lo haya pedido, un certificado de legitimidad.

¡Qué regocijo, carajo! Y todo gracias a esos aspirantes a gatopardistas decimonónicos, trasplantados acá, al siglo de la conectividad, al entorno de aquella isla mustia, tan ajena a itálicas sutilezas de daga y ponzoña, y tan afín al machete y la mazmorra; país este donde, en realidad, para que nada permanezca igual, es necesario -imprescindible, impostergable, urgente, decente- que todo cambie.

La doctrina lampedusiana quizás se escuche inteligente en cátedras, cónclaves y tertulias; es posible incluso que funcione en lugares que ya funcionan, donde sea la máxima socorrida de asesores y estrategas de la infamia, la vedette que anime la petit politique y a sus practicantes. No lo dudo.

Pero esa frase vertebral del gatopardismo se quiebra, se derrumba, y fracasa, allí donde las cosas están tan graves que todo debe ser hecho otra vez; no funciona allá donde es imposible conservar el estatus quo porque, de hacerlo, eso sería miserable, injusto, amoral; más amoral aún que el gatopardismo per se.

Son dos soles que alumbran diferente, el de los olivares sicilianos y el de los campos de caña cubana. En la isla que zozobra, la paradoja tropicalizada de Lampedusa es lastre y no salvavidas. Allí, urge que todo cambie: la gente, las ideas, el intelecto, el músculo, el discurso, el método. Y después del cambio, nada debe quedar igual.

Hay que estar atentos entonces a los gatopardos; son fáciles de divisar, pues sus ronroneos y maullidos delatan sus andanzas de vasallaje. No es eso lo que se requiere en estos tiempos; Cuba necesita otra Cuba, y no reformistas, de medio pelo, jaspeado y lustroso, de leopardo sin dientes y amaestrado.

sábado, 28 de marzo de 2015

Cómo se sabe que es sábado otra vez

Estoy en la sala, tomando un café, leyendo, o escribiendo, inquilino de la frágil burbuja de silencio y paz de la hora. Mi hijo sale de su cuarto arrastrando una almohada; me saluda, me da un beso, y se va a mi habitación a acostarse en la cama con la madre que duerme.

45 segundos más tarde aparece otra vez.

“¿Qué pasó?”

“Mamá me botó del cuarto, dice que la deje dormir… ¿Puedo jugar Wii?”

Etcétera…

viernes, 27 de marzo de 2015

Revelación de viernes, sweet viernes

No sé cómo se habrán nombrado las cosas; si las esposas, esos hierros que atenazan las muñecas y coartan libertades, fueron primero que las conyuges, o si fue el caso contrario, tan ominoso y alertador.

Lo cierto es que los esposos solo somos consecuencia...

Niebla

“ … (allí) habita Uno que habla con las brumas matinales que suben del mar…”
La extraña casa en la niebla: H.P. Lovecraft


La niebla es buena idea.

Sutil, se encarga de suavizar la realidad; es duermevela, nube descarriada, aire adornado. Desdibuja lo cercano, escamotea lo de más allá; abraza.

La niebla, que es una droga blanda.

Allá en las islas no hay nieblas: sólo hay neblinas. No es lo mismo; una neblina es una pálida caricatura de una niebla del Atlántico Norte. Vamos, ni siquiera suena igual; neblina se escucha como obligación, cosa maligna, pasajera, demasiado húmeda, maldición de mañana de hierba mojada, y un surco de fango rojo esperando tras la frágil nubecilla. A la neblina, demasiado tropical, le falta magia.

Pero la niebla es otra cosa; por derecho propio, es el caldo natural para monstruos y pesadillas: caminarla es, por demás, placer reservado a conocedores. Es bálsamo, vehículo, marco y pintura; es íntima por naturaleza: tan misteriosa, que tiene los ojos rasgados.

Andamos escasos en español de piropos para ella: apenas dos o tres vocablos la rozan. El inglés, sin embargo –por ser ese engendro bastardo de sajones, normandos y vikingos, acunado en las frialdades del Mar del Norte-, sabe hablar bien de la niebla; le dedica tantos nombres, a algo que pareciera ser siempre igual –pero que no lo es-, que me hace pensar que los caribeños nos hemos perdido algo importante -otra cosa más- de la vida de acá afuera.

A algún despistado la niebla le puede resultar un heraldo de desgracias, tal vez porque es devoradora de sonidos, asesina de colores, el pozo oscuro de donde salieron sagas, leyendas, historias terribles.

Como los drakar, que emergían de ese abismo blanco, al saqueo, y a él regresaban, los guerreros-remeros hediendo a sangre ajena y sudores de hembras violentadas: sabían esos bárbaros que no hay glamur en degollar bajo la transparencia cegadora de un aburrido mediodía de verano. Tal es así que, sin la niebla, el Canal sería de La Luz, y no de la Mancha, y Jack el Destripador solo hubiera sido un frustrado masturbador en una buhardilla solitaria.

La niebla, pues hoy es espesa; se arremolina en mi camino, se traga autos, y los vomita casi frente a mi; niebla algo hija de puta esta. Me abro paso en ella, a paso lento; me voy a la costa, a ver como no se ven las marismas, escondidas en la marea, sofocadas por tanta nube a ras de agua.

Tomo un par de fotos: demasiado planas; las observo, decepcionado, a la luz intrusa de la lámpara de mi escritorio. 

Quisiera poder traerme acá a la mesa un poco de esa niebla atlántica; que se enredara en mis pies, que me hiciera un guiño de complicidad, y me contara entonces algún secreto, de prisa, antes que el sol indiscreto la fulmine.

Que me dejara además, escrita en el aire remoto de donde llegó en la madrugada, una pista, para poder encontrarla otra vez; me gustaría contar con esa promesa, antes de quedarme solo, pegado al suelo, en este otro día, tan cualquiera, que ya está a punto de ensuciarse de tanta luz..

jueves, 26 de marzo de 2015

Revelación de jueves neblinoso como ciertas ideas

Las expresiones comida orgánica, tocino libre de gluten, pollos felices porque se crian fuera de jaulas, y sociedad civil, tienen en común la falta de sentido.

Miedo

¿Quién dijo miedo?


El miedo aparece de sorpresa, como una mala noticia en lo más espeso de la madrugada.

Se acomoda, pernicioso tumor, en algún sitio entre abdomen y pecho, y ya no se va más. Lo que sigue, entonces, es de por vida; un forcejeo, una pulsada entre hay-que-hacerlo y la resignación; palidecer, apretar los labios, cerrar los puños, pelear, y, si se tiene suerte, ganar.

El miedo, sin que quepa la menor duda, es un hijo de puta color verde flema.

Los hay simples -miedos básicos-; como al agua oscura, que me aterra. Navego sobre ella, evito mirarla; algo me observa desde allá abajo, y me jode pensar en ello.

Luego están otros -miedos feos-, los de la voz baja.

O alta, que es igual; el tono que baja –o sube- cuando pregunto cómo está la sempiterna cosa, que si es verdad esto, o aquello, y sube –o baja- la voz, para hacerme callar sin acallarme; bien, todo bien, gritan -o susurran-

Los hay peores –miedo terminal-; el pavor, el de coño, esto no es por lo que yo luché, qué miedo, coño, qué miedo, ¿será verdad que es verdad que me equivoqué? Y el desparapajo que  hace atusarse entonces el bigote; decir, con asombroso aplomo y grave solemnidad, que no dejan ver -¿o sí?- el frío que le atenaza los intestinos, tú no sabes de lo que estás hablando.

Pero yo sí sé.

Yo tengo miedos –tantos-; a no vivir el tiempo que necesito, que es uno de ellos; al espanto que siento al pensar que le espera a mis hijos, que es otro.

Me acosa alguno –un miedo ajeno-, que conocí cuando me deshice de aquellos otros, propios y terribles; cuando aprendí a pensar otra vez, y decidí que debía hablar –o escribir- sobre la mole decrépita que está sentada sobre el endeble pecho de la nación, cebándose en secuestrar mentes, dedos y lenguas.

Es ese un miedo -miedo triste- por los míos; por pensar que, por dejar de temer, ya ese tótem obsoleto no me dejara ver otra vez a esa mi gente, a la de voz baja –o alta-, la que se quedó con los miedos que yo deseché.

Miedo tengo, además –miedo impotente-, a que siga ahí esa mole ruinosa, por otro medio siglo, por siempre, sin que los cubanos siquiera sientan el peso vil, de tan acostumbrados que están a ella.

Miedo siento también –miedo asombrado- de que haya gente que aún la apuntale, a esa fétida aberración; que dan lástima, porque no tienen siquiera la lucidez suficiente para sentir el miedo que necesitan con tanta urgencia.

Y está el que me aterra -el mayor miedo de todos-; de que llegue esa maldita vez en que ya no haya nada que temer; porque es muy posible que entonces, para mi mal, ya no estarán para responder a mis eternas preguntas –y por fin, sin miedos-, esas voces bajas –o altas- que amo, y por las que tiemblo.

miércoles, 25 de marzo de 2015

De la futura "Breve historia de Humanidad de Internet"

"Teníamos las palabras, y entendíamos; después fueron las abreviaturas, y nos preguntábamos cómo era posible que lmao y Lol fueran palabras; entonces, un día, aparecieron rostros de caricatura, para sustituir las emociones, y figuritas animadas de que imitaban poses de humanos, para explicar los sentimientos. 

Fue entonces que los teclados se volvieron obsoletos; se dejó de escribir, de leer, y las personas olvidaron como reir. La siguiente generación nació con menos músculos faciales, sin cuerdas vocales y con solo dos dedos en la mano derecha..."

Revelación de día que, se sabe, es atravesado

Nuestro vino no es agrio porque no es nuestro vino: es -para nuestra suerte- frances o español.

martes, 24 de marzo de 2015

De cómo nace un cuento

“Papá, dice mamá que tú escribes cuentos…”

“Ujum…”

“Hazme uno…”

“No, son cuentos para adultos…”

“¿De Cuba?”

“Pues… a veces sobre Cuba”

“¿Y de niños de Cuba?”

“Uhmm. Bueno, a ver: este era un niño, que vivía en una loma, en un lugar llamado Santos Suárez…”

Crónicas concretas de un paraíso abstracto

"Cuba te espera"
Visto en un poster, hace mucho tiempo


“Un millón de turistas en Cuba hasta el momento”

Visto en OnCuba, ayer


Yo estuve allá, me dice sonriente, nos fuimos, yo y unos cuates, a celebrar mí despedida de soltero, y…

Y de repente se percata de que estaba a punto de contarle a un cubano, que según él pos no pareces cubano, cabrón, pero que sí lo es, cabrón, que sí lo soy, cubano, hasta el fondo, hasta aquel el más oscuro, el que guarda las cosas más olvidables, se percata, decía, se sonroja, se arrepiente, pues ya me iba a contar de sus andanzas, y las de sus cuatachos, con mis paisanas, las asequibles putas, además de exóticas, ingenuas, baratas, pero para mi buena suerte el muchacho, que es más bien un habitual de Las Vegas, Lake Tahoe y Nueva York, tuvo el buen tino de mutilar, justo al nacer, el relato que a él le resultaba gracioso de detallar, interesante de contar, pero que a mí me iba, como siempre, a hacer sentir esos fútiles deseos de salir corriendo a otro lugar, a otro momento, donde no tuviera que escuchar por jodida vez enésima la misma triste historia de los turistas que se van de putas a mi país.

...y la pasamos bien, pues, concluyó misericordioso; conversamos entonces sobre autos, precios y créditos.

Carajo. El país de mi sueño debería ser diferente.

Las calles estarían limpias, las casas pintadas en colores vivos, adecentadas, sin tanta reja; flores en canteros, en lugar de gente astrosa sentada en los quicios. Sin que alguien se te acerque y te diga un meloso ¡Hola!, como si de verdad te estuviera saludando -Turista, esta es tu casa-, examinándote con esa fría mirada que está calculando cuán comemierda eres a ver si te puede vender una cosa de barro y unos llaveros kitsch por cinco billetes de esos que allá usan, y recomendar, además, como quien no quiere la cosa, el mejor restaurante, mira, ese cochero te lleva hasta allá, cadena marchante-cochero-restaurantemediocrequepagacomisión, mientras lo que yo quiero es tan solo caminar en tranquilo anonimato, como lo hacía cuando todavía no era turista en mi país; dejarme llevar por la casualidad, mirar con otros ojos mi ciudad, respirar el aire de la bahía, -brisa que sigue siendo el mismo bálsamo salino que alivia a La Habana de la peste a mierda-, sin que un tipo que se cree muy hábil me esté observando a ver en que costado me va a clavar los dientes para llevarse un trozo del patrimonio que vine a gastar con, para mi familia, no con, para alguien que me dice un ibérico ¡Hola! -que suena tan falso como el manchón de belleza de La Habana Vieja-, y a quien en realidad le importa tres cojones si te sientes o no bienvenido en las calles que pensabas que todavía conocías.

Debía ser diferente, me decía ella, y no que unos pantalones usados y unos jabones puedan ser un regalo, y los ojos se le abrieron como platos asombrados; vamos, que uno va de turista, no de pinche santaclós, pero ya que regalas, pues, chingao, ¿ropa vieja y pinche jabón?

Vámonos el fin de semana a Cuba, a tomar mojitos, me dijo que la había arrastrado su amiga aventurera, a una vacación dentro de otra vacación, del Ritz-Carlton al Tritón, La Habana en ruinas acurrucada en el regazo glamoroso de la zona hotelera de Cancún, una hora de vuelo, casi un fin de semana, oye, Bodeguita, La Habana Vieja, un bailecito, salsa, órale pues, langosta en el Floridita, el mesero acicalado con pinta de latin lover amateur, que les coqueteaba a las dos mujeres que lo escuchan, primero divertidas, casi halagadas, más tarde molestas, porque no pueden comerse la puta langosta en paz, ahora que este chamaco casi se les sienta a la mesa, en la mesa, a pedirles que se casen con él, que lo saquen de allí, por favor, casi que perdemos el apetito, se quejaba, pinche langosta carísima y el pinche escuincle jode que te jode, no mames, ¡quéeseso!, bueno, pero qué te cuento: tú conoces tu país.

Debía ser diferente. El país, mi país, el natal, que a pesar de los pesares sigue teniendo cierta magia; se le escapa ese detalle quizás a los que allá están ocupados en sobrevivir, pero seduce todavía a algunos visitantes, que ven el bosque, pero no saben del difícil oficio de los árboles, el de la gente, atrapada en un lugar absurdo que, con imaginación, hasta pareciera paraíso, todavía virgen de MacDonalds y gordos despistados.

Arriban entonces legiones de aviones preñados con asombrados turistas; ¡llegamos al millón!, anuncian ufanas autoridades y voceros, que ya renunciaron a contar angustiosas toneladas de azúcar y ahora prefieren contabilizar personas, de esas que aparecen a olfatear el exotismo de un país en harapos, anclado en dos o tres épocas diferentes, y ninguna contemporánea; personas que –algunas- regresan otra vez, enamoradas de cosas buenas y bellas; otras, que retornan a por culos de a veinte CUC, o a que los sodomicen por una cena.

¿Estás loco, cabrón?, me respondió azorada mi amiga, mientras se vestía frente al espejo, Pos no, oye; la verdad, no: claro que no vuelvo otra vez… Allá tú, pues, que tienes que ir por obligación.