sábado, 19 de mayo de 2018

De pelos y señales

Hace un par de días puse esta foto en Facebook.

Es el tobillo de una muchacha, india o paquistaní, especulé, que estaba sentada frente a mí en un Starbucks. Y traje la foto a colación como dato curioso.

Curioso, porque no es común -para mí- ver una pierna peluda en una mujer, ni en Cuba, ni en México, ni en los Estados Unidos, países donde he vivido tiempo suficiente para que mi observación sea estadísticamente representativa. Curioso, porque las mujeres de mi generación y mi cultura se afeitan axilas, piernas y, a veces, entrepierna.

Ni en su peor momento, pensé al ver los gruesos vellos que asomaban entre pantalón y calcetines, las cubanas que conozco se exhibirían con esa pinta. O sea, peludas.

Hasta ahí mi idea, tácita, al colgar la foto.

Pero he aquí, para mi sorpresa, que me encuentro con que el hecho de que una mujer tenga o no vellos en el cuerpo, y decida depilarse o no, también es objeto de la cruzada feminista.

Regreso entonces con este tema no porque desee ni me interese discutir el feminismo o sus matices; creo que el escrutinio del feminismo les corresponde a las mujeres, que son las principales afectadas o beneficiadas.

Regreso porque son los tiempos cuando no parece posible mostrar un tobillo femenino peludo y no atraer la atención -y uno que otro ataque verbal- de feministas. Y eso merece un comentario.

Quiero referirme entonces al vello corporal, primero. Al feminismo, después. Y esto sin la menor intención de convencer a nadie. Esto es solo mi opinión -y de otros millones, probablemente la mayoría del planeta, pero solo escribo en mi nombre.


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El vello corporal entonces es, sépase, un carácter sexual secundario, y cito:

“(En el hombre) hay presencia de vello androgénico más grueso y largo en otras partes del cuerpo: brazos, piernas, pectoral, abdominal, axilar, y púbico.”

“(En la mujer) hay desarrollo de vello corporal o androgénico en menor medida que el varón, principalmente en las piernas y axilas.”

Sin irnos a rigores académicos se puede entonces afirmar que una mayor cantidad de vello está asociada a la masculinidad. Por ende, mientras menos vello, mayor feminidad. Parece entonces, a priori, ser asunto hormonal la pelambre, y no de marcha, bandera o igualitarismo.

Pero es mucho más simple aún: eliminar el vello corporal, que ya se ha convertido en algo cotidiano también para los varones, es una cuestión de nuestra particular estética y, también, en no menor medida, de aseo personal; menos pelos, menos substrato para bacterias y sus metabolitos, que contribuyen a que los humanos seamos con toda probabilidad los animales que más apestan en el planeta tierra.

Postulemos entonces: menos vello, menos hedor.

En lo personal, me consta esa consecuencia y doy fe de ello. Viví cuatro maravillosos años en Europa del Este cuando y donde la mayoría de las mujeres no se afeitaba por una cuestión, efectivamente, cultural -decíase en aquella época que mujer afeitada era una puta- y debo decir que sus humores eran particularmente fuertes.

Sigo dando fe, y enuncio que soy de la generación en la cual la mujer es delicadeza, belleza, suavidad, mientras el hombre de alguna manera es lo rudo y tosco por contraste. En esa guisa, mis mujeres contemporáneas acentuaban -acentúan- su feminidad y los hombres su virilidad, así de simple. De esa manera las cosas funcionaban -funcionan- perfectamente, sin traumas ni segundas lecturas.

Digo además que, para mí, una componente del placer sensorial en la relación de pareja es acariciar la piel de ella -por cierto, la piel de negras y mulatas tiene una lisura de la que carecen las blancas.

Postulemos entonces: menos vello, mayor sensualidad y placer.

Es posible que en la India o Paquistán una muchacha núbil no se afeite las piernas. Hace un año viajaba en un avión repleto de indios y una muchacha apenas adolescente exhibía sus piernas cubiertas de gruesos y abundantes pelos, muy similares a los de la foto de marras. Ese símbolo de aún pertenencia a la niñez, previo a la edad de merecer, también era usanza -o es, no lo sé ya- en Cuba.

Hasta aquí, espero que haya quedado establecido que entiendo la cuestión cultural del vello corporal.

Menciono entonces que las mujeres de mi vida, madre, hermanas, novias, esposas, hijas, amigas, por suerte para todas ellas, y en lo obvio para mi, no necesitaron ni necesitan furibundos principios para ser mujeres plenas y femeninas. Se acicalan o no, se peinan, tiñen, maquillan, visten, o no, pero lucen, brillan por su género y modos. Y se afeitan cuando les da la gana. Y son mujeres a plenitud.

Ninguna de ellas se siente menos, y mucho menos menos femenina por afeitarse o depilarse.

Postulemos entonces: cada cual se afeita si le da la gana.

Llegado a este punto -donde queda también establecido que entiendo y respeto el libre albedrío- quizás por cuestión generacional, existencial o de género no logro ver qué relación hay entre el feminismo, o el orgullo de ser fémina, o la idea de que prevalezca el sexo femenino, con un cuerpo cubierto de pelos.

Acentuar un carácter sexual secundario que tiene que ver más con la masculinidad que con lo femenino, y eso para reafirmar su feminidad, pues es una paradoja que escapa a mi entendimiento.

El cuerpo velludo, se sabe, es un rasgo asociado a los Neandertales (conmigo no, con 23 and Me) que, como se sabe, perdieron la pelea ante el Homo Sapiens Sapiens -y ante la Mulier Sapiens Sapiens también, aunque los naturalistas no hayan hecho esa concesión al feminismo.

Por tanto, si las damas que se ofenden ante mi foto de un tobillo femenino y velludo estuvieran defendiendo la causa de los Neandertales, a pesar del exotismo de la idea, quizás lo entendería. Pero solidarizarse con un tobillo peludo cuando se trata, insisto, de ensalzar lo femenino, a la mujer, el epítome de la belleza humana, insisto, no lo entiendo.


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Definitivamente hay mejores maneras de acentuar la igualdad entre hombres y mujeres que no sea dejarse crecer pelos por doquier.

En mi familia, que es lo que más conozco, hay desde amas de casa, madres solteras sin miedo a la vida, estudiantes y profesores universitarias, y exitosos ejecutivos de venta. Todas mujeres y, hasta donde sé, todas se afeitan o depilan a la hora de lucir su belleza.

Ya comentadas entonces las cuestiones culturales y de libre albedrío, no entiendo en qué momento, y por qué, la proverbial belleza y delicadeza femenina, y en ello por supuesto incluido el afeitarse o depilarse, dejó de ser algo deseable en nuestra cultura y se convirtió en un estigma.

Tampoco me queda claro si la idea es parecerse a un hombre para así ser más mujer. Si eso tiene sentido para las feministas y el feminismo, pues esta sería una causa aun más ajena que lo que yo pensaba. 

Este feminismo militante y, digámoslo de una vez, irracional, es un fenómeno que me encuentro felizmente solo en la red social.

Una pierna peluda de mujer es solo eso: una pierna peluda. No es símbolo ni pancarta. Es decisión de las mujeres que elijan no afeitarse o depilarse. Es, si acaso, síntoma y señal.

Pero pienso que los activismos y las causas, además de pasión, necesitan de mucho sentido común y obvia sustancia.

Algunas, lo necesitan con urgencia.

sábado, 21 de abril de 2018

Miguel Díaz-Canel: el hombre en la encrucijada.


Bururú, barará, ¿adónde va Miguel?



Me tomó tres intentos, hasta que por fin escribí este texto. 

Lo comencé cuando todavía era presidente Raúl Castro, y lo termino ahora que sigue siendo el presidente desde la sombra escarlata del Partido Comunista de Cuba.

Mientras, Miguel Díaz-Canel fue ungido como presidente nominal de la República de Cuba. Y me decidí a escribir porque me sedujo especular sobre el enigma que este flamante presidente presenta en el futuro mediato. 

Al menos dos particularidades distinguen a este funcionario. La primera, pues es protagonista de un indiscutible hecho histórico: alguien que no tiene el apellido Castro es presidente de Cuba después de más de medio siglo de dictadura familiar. 

Por mucho que ese título de presidente sea hereditario, y no democráticamente constituido, esta ocasión es un jalón que debe marcar un antes y después; un mojón que indica que, después de sesenta años, por fin, quizás, comenzó el tiempo de comenzar a olvidar a los nefastos hermanos que desbarataron la isla y deshicieron la nación.

Raúl Castro y sus acólitos creen saber quién es y hacia dónde va Díaz-Canel. Por eso lo hicieron uno de los suyos, y le legaron la presidencia; el general le alzó el brazo en victorioso gesto, tomándolo por el antebrazo y no por la muñeca, como tradicionalmente se hace, pues Raúl Castro, visto está, es de escasa estatura. Nada que hacer ahí.

Sin embargo, y a pesar de su lamentable discurso inaugural, donde no dijo nada interesante ni nuevo ni que valiera la pena, y en el cual lo más relevante fue su humillante juramento de vasallaje a su mentor, aún así, digo, yo no estoy seguro de quién es, o más bien, quién será Miguel Díaz-Canel.

El segundo asunto que me llama la atención es que, después de tantos años de verde olivo, y más recientemente de guayabera blanca -eso sí no se los perdono, pues ahora no puede uno vestir una guayabera blanca sin parecer uno de esos mamertos-, es, insisto, después de toda esa eternidad, interesante ver que el nuevo presidente cubano viste vaqueros y calza zapatos deportivos.

Casi que uno siente que el hombre es one of us. Pero, advierto a los optimistas, solo casi.

Ese desenfado al vestir no parece por el momento extenderse a su manera de pensar. Al contrario, todo lo que he escuchado y leído que el nuevo presidente haya dicho, incluyendo el ya mencionado discurso, está en perfecta alineación con el castrismo más rancio. 

Y, como si no bastara con la arenga vacía y con tufo a lo mismo, la palabra socialismo, que había perdido peso debido al coqueteo con martianismo y fidelismo como doctrinas más ad hoc con lo que ha estado sucediendo en Cuba en los últimos sesenta años, ha regresado al discurso oficial, haciéndolo, cuando ya no parecía posible, más absurdo aún.


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La pregunta que muchos se hacen entonces, unos esperanzados, otros escépticos, los de más allá por puro morbo forense, es si este hombre, que era un bebé de apenas un año cuando Fidel Castro declaró el carácter socialista de la revolución cubana, será un reformador o un continuador del castrismo.

Los defensores de la esperanza lo equiparan a Mijail Gorbachov. 

Recuerdan que este llegó al poder también por la vía biológica, tras la muerte en serie de los tres ancianos que le precedían en la fila para convertirse en el hombre más poderoso de la antigua Unión Soviética, el Primer Secretario del PCUS. Argumentan, además, que Gorbachov nunca habló de perestroika mientras fue un funcionario de tercera. Que, con eslava calma, esperó su turno y cambió la historia del planeta.

De ser la comparación certera, Miguel Díaz-Canel sería entonces alguien que ha estado aguardando su oportunidad, con sagacidad y paciencia, para desencadenar la reforma necesaria que sacaría a Cuba del atasco fidelo-raulista, que la traería por fin al siglo XXI y a la prosperidad que los cubanos, por muy sumisos y atontados que estén, merecen.

¿Será en realidad un reformista agazapado, esperando a que desaparezca el puñado de ancianos radicales que velan porque no se desplome el esqueleto de su estancada revolución, o será alguien adoctrinado, tan increíblemente adoctrinado a pesar de su apariencia y relativa juventud, que no moverá un dedo por nada que huela a cambio? 

Lo cierto es que no es un Castro. Eso ya marca una enorme diferencia. Es, además, un sobreviviente, y eso dice mucho, o bien de su astucia, o bien de una sumisión tan absoluta que ni siquiera necesita de ese apellido para darle continuidad al desastre cubano. 

Pero si inquietante es la idea de un presidente anodino, plegado, sumiso e insignificante, un vistazo a su equipo de gobierno, al Consejo de Estado, es aun más sobrecogedor: es un grupo de aparatchiks - en el mejor de los casos - que se abrió camino en la burocracia comunista, promovidos por su fidelidad, ortodoxia y melanina o género, rara vez por el talento, notables por su mediocridad. 

Aún permanecen en la nómina gubernamental personajes como Ramiro Valdés y Guillermo García, ancianísimos comandantes de la moribunda involución. Ataduras al poder tradicional, se desempeñan como temblorosos pilares del estatus quo. Pero, de la mano de próstatas inflamadas y arterias endurecidas, esos últimos vestigios del reino de los comandantes deben desaparecer a corto plazo.

Lo que queda, sin embargo, no es mejor. Un grupo de improvisados, sin particular inteligencia ni habilidades, soldados en butacas de generales, ineptos dando tumbos en un país al que le urge pragmatismo, inversión, legislación, una Constitución, mercado, libertades, democracia, vivienda, infraestructura, educación - ¡y cuanta! -, un programa de gobierno que reconstruya sobre el ruinoso legado de los Castros.

En pocas palabras, una profunda reforma socioeconómica, urgente y radical.


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Miguel Díaz-Canel, de rostro tosco e inexpresivo, con un cierto aire ochentero, carece del gravitas y aura intelectual de un Carlos Lage, que en su momento se perfilaba como el ganador de la carrera post castrista. Tampoco tiene la frescura de Robertico Robaina, otro guajiro que llegó a oscilar entre el tercero y cuarto lugar en la línea de sucesión. De escaso carisma, no parece ser un orador excepcional, ni despierta particular empatía, lo cual en un político es la mitad de la pelea ganada. 

En su gestión va a ser observado, fiscalizado y manipulado por los mandarines del PCC, encabezados por Raúl Castro y el abominable Machado Ventura, a los que se apresuró a jurar fidelidad.

Por otra parte, es difícil aquilatar su nivel de popularidad entre militares, dirigentes del partido comunista, intelectuales, o simplemente entre los cubanos, lo cual calificaría su efectividad como futuro líder, ya que no como gobernante de atrezo.

Su actitud ante la disidencia o pensamiento alternativo parece coincidir con la de sus antecesores, que durante 60 años alimentaron la fobia y la intransigencia ante cualquier oposición política lo cual, más recientemente, ha llegado al punto de enviar chusmas de fanáticos al extranjero para intentar acallar las voces cubanas que se levantan a favor de la democracia y el cambio. 

Sin embargo, y a pesar de lo anterior, guste o no, Díaz-Canel es la nueva, única por el momento, esperanza cubana. Sea títere o astuto político, reformador o senescal, el nuevo presidente tiene ante sí además la excepcional oportunidad de hacer Historia.

La respuesta al enigma Díaz-Canel va a depender entonces del camino que tome su gobierno en esta encrucijada a la que han arribado, después de más de medio siglo de inmovilismo, Cuba y los cubanos.

Ya veremos.

domingo, 25 de marzo de 2018

Se llama Emma González

Y es todo lo que alguien de ideas conservadoras aborrece.

Es latina, bisexual, post-millenial, elocuente, bella, anti sistema, joven, osada, y viste como si de nuevo fuera 1968.

Además, aboga por el control de armas -que no es lo mismo que ir en contra de la Segunda Enmienda- y con un discurso directo y apasionado ha tomado por asalto los primeros planos del acontecer nacional estadounidense.

Ema es una de las principales portavoces de la generación nacida en los albores del siglo XXI que ha decidido oponerse, y de qué manera, a la complicidad repugnante e impune de políticos y mercaderes de armamento con las ya cotidianas masacres de civiles en los Estados Unidos.

Civiles, maldita e insuficiente manera de llamar a niños y adolescentes asesinados por orates armados con fusiles de guerra.

Emma Gonzalez, que es muestra de los jóvenes que ya están llegando a la edad de votar, y botar, a los políticos de turno. Y eso les preocupa a los conservadores, bestias que abrevan en las aguas estancadas del statu quo.

El excandidato republicano a representante en el estado de Maine, Leslie Gibson, la describió como una ‘skinhead lesbian’; machorra, retoma la idea y la califica Zoe Valdes que, a pesar de sus desvaídas glorias y holgada vida parisina, no logra escapar de la malsana influencia del verdulerismo que se impregna con los aires hediondos de los barrios bajos de La Habana; comunista, la llama uno que otro imbécil, cubano por supuesto, conservador por demás.

Miedo, lo que sienten todos.

Miedo a lo que no entienden, a la generación que está arribando. Miedo a un numeroso, y cada vez más poderoso grupo urbano que ya que no cree en la monserga de segundas enmiendas ni supuestas libertades coartadas.

Miedo a ser desplazados por esos mocosos intrépidos que son lo que nunca fueron aquellos que solo quieren ver en Emma a una loquita que se dice media lesbiana, a una jovenzuela que apenas tiene licencia de conducir, que viste chaquetas verdeolivo demasiado guevaristas, dicen esos, por suerte no tan abundantes, cubanos de escaso alcance y aún menos luces.  

Por otra parte, Emma González, junto con los otros muchachos que en un par de semanas han iniciado y desarrollado una tempestad social de rechazo a la violencia, se pintan solos para que los desangelados demócratas -o peor aún, su ala izquierdista- vean en ellos la voz e imagen que les falta a ese partido para llegar a los abúlicos independientes, hartos del discurso insulso del bipartidismo americano.

Es posible que intenten, y que tengan éxito, en secuestrar la imagen de la muchacha de minorías, de apellido latinísimo, inteligente, carismática, valiente, estandarte de diversidad étnica y sexual. Es posible que logren usarla para sus propios fines electoreros.

Ojalá que el escepticismo proteja a esos muchachos y su bocanada de frescura y no se dejen atrapar por los oportunismos políticos. Ojalá que su poderosa imagen y mensaje simple los lleve más allá del pantano conservador que mantiene cautiva a una buena parte del sentido común de la sociedad americana.

En cualquier caso, ahí va mi respeto a Emma, neo-cubanita que trascendió el regetón y la mahomía cubana, de allá y acá.