viernes, 20 de mayo de 2016

La Habana 2016

Leo, leo, y leo opiniones que tienen que ver con que Cuba -La Habana, para ser más preciso- está de moda, y que la moda, esa dama vaporosa, prescindible y rentable, está, entre otros, atrayendo a productoras del norte revuelto y brutal para filmar fragmentos de series o películas usando el escenario, hasta ahora prohibido, ahora exótico, de mi ciudad carcomida.

Se ha escrito mucho al respecto, y se va a escribir más, mientras dure la racha. Pero junto con el simple asombro ante lo inusual, se leen también palabros como “dignidad nacional”, “valores culturales”, “rescate”, “moral” e incluso “ignominia”.

La señora Graciela Pogolotti, por ejemplo, escribió algo al respecto de la indignidad que implica la filmación de películas jolivudenses, o de que venga Chanel a la tierra del olvido, y que por ello se interrumpan las rutinas físicas y morales de los atareados cubanos que construyen el socialismo. Dice la señora:

“(...) irrumpe de manera violenta en el vivir habanero”

“Perturbó las comunicaciones en las áreas centrales, afectó a estudiantes y trabajadores.”

“Añadió tensiones al difícil vivir cotidiano, impuso prohibiciones inaceptables a los pobladores de algunas zonas”

“(...) las muchachas portaban un brevísimo vestuario hecho con la bandera nacional”

No termina uno por enterarse si la doctora está describiendo la llegada de un ciclón, el arribo al poder de los comunistas, o una crónica social de una noche de putas.

Pero lo cierto es que el mundo exterior se ha comenzado a colar por las hendijas que ha abierto el Presidente Obama; y esa luz, de neón y plató, asusta-deslumbra-desconcierta, al parecer, no tanto a los ciudadanos como a los guardianes de las ruinas.

La mole malicienta del castrismo se ha movido unos milímetros y la costra que la cubre comienza a resquebrajarse. El crujido, o el hedor, hace que algunos reaccionen como la señora Pogolotti, y desaten un postrero revuelo nacional-ideológico-fundamentalista de somos-felices-aquí-yankees-go-home-no-los-queremos-no-los-necesitamos, sin detenerse a pensar que es el mundo del siglo XXI el que llega por fin, que todo pasa, y que esa fiebre de temporada también cederá.

Al cabo, eso es lo que hace Hollywood: busca escenarios exóticos para el recalentado de sus guiones, para insuflarle “frescura” a ideas que parecen agotadas. Así, Moscú fue escenario de “Duro de Matar”, la mafia rusa y chechena ocupa el lugar de los tradicionales italianos, y los terroristas de cualquier tipo han sustituido a nazis, agentes de la KGB y la Stasi.

Cuba-La Habana es entonces solo otro escenario emergente, para tranquilidad de la señora Pogolotti y otros escribas menores.

Y así será por un tiempo; al menos, mientras el ambiente surrealista de La Habana bipolar, con el imbatible Malecón y la Habana Vieja -tan nueva- por un lado, y el resto de la ciudad boqueando de miseria por el otro, siga resultando novedoso para los consumidores -y los costos se mantengan bajos y atractivos-; veremos más capítulos, más peliculas, más celebridades paseándose en “almendrones” y tomándose fotos en sombríos zaguanes destruidos.

Se me ocurre entonces que es buena idea, ahora que el periodismo alternativo cubano también está de moda que, en lugar de escribir textos barrocos e ininteligibles, de andar construyendo comparaciones ociosas entre los “valores” de las megaproducciones jolivudenses y las esporádicas, repetitivas y deprimentes peliculas cubanas, se me ocurre, decía, que, por ejemplo, se pudiera indagar en las rutas de la negociación de esas filmaciones, en quiénes son los funcionarios que deciden que venga Chanel, Vin Diesel, que haya carreras de lanchas rápidas entre La Florida y La Habana, o que se convoquen a los almendrones a desfilar.

O mejor aun, show me the money:

¿Cuánto se está pagando por esos derechos de filmación, a qué cuenta se va ese dinero, quién lo administra, en qué se va a usar?

Porque no hay nada malo en hacer negocios; en que La Habana o la isla en peso se convierta en otro estudio para la mega industria del entretenimiento estadounidense -posiblemente haya más dinero ahí que en la asmática zona libre del Mariel-; pero toda vez que la Patria es de todos, que el pueblo es el dueño de los medios de producción -marxistas, no de Hollywood-, que el socialismo es cosa social, que hay que rendir cuentas, y toda esa monserga tradicional, le toca el turno a la información.

Una dosis de sana transparencia, una mirada fiscalizadora en los quién, cómo y cuánto, le vendría como anillo al dedo al desmantelamiento del secretismo oficial

jueves, 19 de mayo de 2016

Salvando a la candidata Clinton

No recuerdo qué día, qué mes, dejó de gustarme la candidata Hillary Clinton; sucedió no hace mucho, un par de meses atrás quizás.

Pero sé con exactitud el momento en que comenzó mi desapego.

Fue un discurso de esos celebratorios de algún triunfo. En la televisión, algo decía HC sobre algo, y el público, enardecido, comenzó a vitorear en pleno acuerdo con lo dicho; la candidata respondió con un repetitivo movimiento de la cabeza, y fue entonces que comenzó mi cuesta abajo.

Movía la cabeza y giraba en el escenario, cubriendo a toda la audiencia. Era un movimiento que quería decir “Yeap, yeap, yeap...”, con fruncimiento característico de la boca, el pecho algo sacado, la cabeza algo metida entre los hombros, asintiendo con un balanceo al estilo de esos figurines “bubble head”.

“Falso”, fue la palabra que acudió sin ser llamada a mi mente.

Después, la candidata sonrió. La cámara hizo un acercamiento cruel en alta definición: brillaban opacos los dientes, amarillentos, en franca contradicción con los ojos serios, duros, como piedras azules, la cara rota por mil arrugas, las mejillas flaccidas, colgantes.

“Muy falso”, llegó de nuevo la palabra, esta vez con refuerzo, y ya nunca recuperé a la candidata por la que, antes de ese evento, hubiera votado convencido, y a la que hoy votaría, excéptico, como el menor de los males.

Hillary Clinton es un producto mal vendido.

Es su culpa, y la del grupo que la asesora. Alguien debe decirle que deje de tratar de ser graciosa, que deje de sonreir -nunca se ve tan mal como cuando sonríe-, que le iría mejor un aura de “Dama de Hierro”, a lo Thatcher, que ese aire abuelo-maternal que debe reservar para sus nietos.

Bernie Sanders es un anciano malhumorado, de voz cascada y con la brusquedad característica de su etnia y credo político. Usa ese marco para entregar su discurso cuasi-socialista, para alentar las esperanzas de los sectores más a la izquierda del partido Demócrata y de los independientes.

Pero es genuino: Bernie Sanders vende chatarra política, populista e impracticable, pero la vende sin poses, con la autenticidad del poseso, y se la están comprando porque la está vendiendo bien.

Ni siquiera me voy a detener a detallar el caso de Trump; al cabo queda muy poco por decir ya.

Pero la candidata Clinton tiene un mundo que aprender de la estrategia trumpista: de la bravata barata, de los golpes de pecho de un Tarzán-Superman redentor, de la fuerza del discurso agresivo que apela a lo más básico de la gente básica, que son al cabo la mayoría de los ciudadanos con derecho al voto, de la mayoría de los humanos.

Hillary Clinton, si quiere ganar, necesita reinventarse a la carrera, tiene que dejar de sonreir, le urge ser brutal, regresar al mercado electoral con una nueva imagen de mujer dura, despiadada -y los errores de Libia pueden ser, irónicamente, su rampa de lanzamiento: en última instancia ni fueron suyos los errores exclusivamente, ni fueron mayores que los de Bush en Iraq; puede comenzar por decir, OK, me disculpo por las malas decisiones, pero no le temo a tomarlas.

La imagen de la candidata Hillary Clinton no será entonces menos falsa, pero, aunque se note, a pocos les va a interesar; estará bien vendida, eso es lo que importa y puede que la salve de un desastre electoral.

Al cabo, la política es eso también: mercado, marqueting, y consumidores.

martes, 3 de mayo de 2016

Pasarela o muerte, venceremos

Allende en los 80 -y me atrevo a afirmar que desde finales de los 70- circularon en la Habana unos posters de Havana Club en los que aparecía una de esas trigueñas que por allá en la isla se dan; mujer bella, en bikini, sarong o tumbona, era sin dudas una modelo criolla digna de admirarse.

Hay que mencionar que la dama aquella, despampanante, incitaba a emborracharse con ron peleón Havana Club Silver Dry incluso a un tipo medio abstemio como yo, tan solo por la ilusión de haber compartido algo.

Entonces, un día, habló la difunta Vilma Espín -no es espiritismo: estaba viva todavía en esa ocasión-, esa señora que por razones de fuerza mayor se perdió la oportunidad de ser primera dama oficial y ya no suplente; explicó, en pleno espíritu FMCiano feminista-pacato-izquierdoso-moralino, que el uso de la imagen femenina para esos menesteres era denigrante para la mujer cubana.

No creo que la señora Espín haya sido experta en mercadotecnia, pero al parecer su idea de vender ron cubano en paraíso socialista-tropical no pasaba de un vaso con ron y hielo, sudado bajo una palma, un rubí, cinco franjas y una estrella.

Nada de mujeres voluptuosas para consumo de extranjeros capitalistas, explotadores y lascivos; esas, se sabe, estaban reservadas para esposas y amantes de los labriegos-generales de su revolución.

Quizás por esa razón pasó un buen tiempo antes que las mujeres cubanas regresaran a los posters comerciales -pueden comprobarlo si tienen interés y tiempo. Mientras, la ciudad se inundaba de putas, pero esa es otra historia.

En fin, que yo tenía uno de esos afiches en una de las paredes de mi habitación del internado allá en la universidad. Aquella dama, testigo involuntario de mis días y noches, despertaba el interés de mis visitantes, y con ello reafirmaba que era buena idea su inclusión en el poster.

Además, creo que fue la primera vez que sentí algo parecido a la disensión -sería una exageración decir disidencia- al tener en mi habitación algo que le desagradaba a uno de los mandarines -mandarina no es el femenino de mandarín- de la involución cubana. 

Me pregunto qué pensaría ahora la señora Espín al ver a Lagerfeld y su tropa de bulímicas campeando el Prado. “Esas no son cubanas...”, quizás diría, sin son ni tono, con desdén y combatividad, aleccionando otra vez a esta Cuba de estos meses, que barre hacia un costado sus escombros para abrirle camino a fatuidades oportunistas.

miércoles, 27 de abril de 2016

Disolución

Mi amigo habla.

A la vez mira hacia un costado; a la ventana, al vidrio salpicado con la llovizna que cae desde la madrugada. Quizás mira más allá, a la acera por donde corre un anciano en pantalones cortos y camiseta en calistenia sabatina. Pero no ve nada. Estoy seguro.

En realidad piensa en voz alta, que atrae las miradas de los parroquianos de una mesa cercana; observan, curiosos, a mi amigo; quizá se les antoja enojado; manosean los teléfonos, listos para inmortalizar en la red social de su preferencia el momento, que suponen inevitable, cuando mi interlocutor me pegue en la cara con el plato del desayuno a medio consumir y que ya se ha enfriado en medio de tanta buena charla; es que esos señores, los de la otra mesa, no conocen el tono cubano de la pasión con la que se discuten pelota, política y otras certidumbres que solo nosotros tenemos.

“Pero seguro has escuchado aquello que decían muchos, ´Es que Fidel no sabe que estas cosas están sucediendo...´ “ , le clavo una banderilla a mi amigo, para verlo corcovear. Me mira, como preguntándose de qué hablo, los ojos dilatados por algo que parece asombro, atrincherados tras los lentes, la boca perpleja, entreabierta...

***

"Huele a talco, a colonia ´Bebito´", contaba el hombre, la emoción a rienda suelta.

Vestido de miliciano, la boina insertada bajo la hombrera de la camisa azulada, vociferaba su historia por enésima vez al coro de nosotros que, convocados, esperábamos que él, y un anciano ataviado de manera similar, nos hablaran, de nuevo, de cómo estuvieron en Girón; mítin relámpago -aquelarre de dogma-, mítin político, pausa política que no refresca, doctrina que aturde.

Había abrazado a Fidel, el hombre, y el olor le había gustado. A ´Bola´e churre´, que le llamaba mi padrino -a Fidel- porque lo recordaba sudoroso, desaseado, barba y cabello hirsutos en 1959, mosca en la leche, labriego rampante en La Habana limpia, impureza entre damas de peinados impecables que se paseaban en vestidos floreados, del brazo de caballeros en guayaberas, trajes y bigotillos recortados. “Compañeros ni compañeros”, añadía gustoso mi padrino: “Compañeros son los bueyes”, terminaba con su risilla de guajiro chota.

No se le puede negar a Fidel Castro que de alguna manera siempre llamó la atención. Hediondo lider, oloroso personaje, orador incansable o, como ahora, en adocenada ropa deportiva, leyendo textos afortunadamente breves, recreando la incoherencia. Aun así, todavía despierta curiosidad, morbosa: ruina para turistas de izquierda.

Además, siempre tuvo sentido para el drama. En el congreso del partido comunista de Cuba, con malevolencia de anciano amargado, anunció que esa -tal vez- es, fue, su última aparición, en esa sala, advierte, y que a todos nos llegará nuestro turno, añade. Ustedes, dice lapidario, que también se van a morir, escuchen entonces, lo que les digo: el escrutinio de discursos, entrevistas, textos, las miles de palabras, las horas de arenga, el país demolido, esa es mi pirámide.

Porque los tipos como Fidel se mandan a construir tumbas piramidales.

***

En Cuba -señal inequívoca de que alguien ha muerto- estudian el pensamiento.

Así le dicen. Tienen instituciones dedicadas a examinar las ideas de Ernesto Guevara, Martí, Vilma Espín, Hugo Chávez y hasta de algún que otro intelectual; Cuba, tan ocupada en estudiar pensamientos e irrelevancias, mientras la realidad se le pudre entre los dedos.

La de Fidel va a ser monumental. Un instituto dedicado a hojear, citar y reinterpetar lo que ha dicho ese hombre durante setenta años, más o menos. Así de aburrido. Será la Pirámide de pirámides, y ya están echando los cimientos: van a imprimir veinticinco libros con toda esa disentería verbal.

“Y nada de eso vale la pena...”

“Exacto”

***
Da igual.

Lo cierto es que la noticia más interesante que puede generar el Fidel Castro contemporáneo es si aun sigue vivo; la comidilla, pues es apostar a cuánto le queda de vida, a quién más se va a morir primero que él. Hasta una mañana en que se lea de su muerte, en el Granma, única fuente confiable para esa noticia, y se terminará de olvidarlo en el minuto siguiente.

Yo quiero comenzar a olvidarlo ya. Yo no quiero seguir esperando la nota del órgano oficial. Yo no quiero volver a escribir sobre Fidel Castro.

***
Cuba también me asfixia. Me saca de quicio, me hace sentir como el cornudo que retorna, una y otra vez, a su mala mujer.

Mala Cuba, que es puta, sucia, negligente, y por eso tampoco -tal vez- vuelva a escribir sobre ella -siempre me digo lo mismo, al terminar de teclear algo que se muere en el instante que le coloco el último punto final-; pero, también siempre, cabizbajo, regreso a su lado.

“Porque a falta de algo nuevo para decir -vamos: el tema Cuba está agotado- lo que resta es decirlo de otra manera”

“Exacto”, dice mi amigo...

***

...la boca perpleja, entreabierta.

“Yo sé”, me responde, ”Lo dijeron; muchos lo dijeron. Y ni siquiera se detuvieron a pensar que, si Fidel no sabía lo que le estaba pasando a los cubanos, al país, entonces es peor gobernante de lo que demostró ser”, concluye mi amigo sin apostillar con un “lo que queda demostrado”, pues no hay lógica que sobreviva a la política cubana. Y vuelve a mirar a la ventana.

Llovizna otra vez.

***

Fidel. Condenable como es, condenado al olvido, ya hoy se puede permitir uno un lujo de sacerdote: Ego te absolvo, Fidel.

Al cabo, la Historia te disolverá.

“Exacto”. Y salimos la calle mojada.

miércoles, 20 de abril de 2016

Miedo

Estoy seguro que la mañana en que a aquel muchacho mestizo, de menguada estatura y al que nunca le había escuchado la voz, lo trajeron a la plataforma que presidía el área de formación y lo exhibieron como a un criminal al pie del cadalso, estoy seguro que esa mañana olía a tierra húmeda, yerbazales y cagajones de vacas.

Me atrevo a afirmar incluso que también olía a la leche requemada por el fogón al rojo vivo de la cocina que se alzaba justo del otro lado de aquel podio infame, allá detrás del comedor, detrás de la presidenta de la FEEM de mirada furibunda y enclenques pantorrillas que comenzaban en unos deformes zapatos ortopédicos y terminaban en unas rodillas tan abultadas como maracas; detrás de un grupo de profesores curiosos y, por supuesto, detrás del director de la escuela que ya, antes de empezar a hablar, tenía el rostro congestionado y las venas, de furia hinchadas, destacando en su corto cuello.

Y enfrente de todos ellos, el muchacho, parado casi al borde de la plataforma, las manos a la espalda, la mirada en sus zapatos, la ropa de civil, modesta. Esperando.


***


El miedo lo llevamos estampado en la piel, como la res su marca. Bordado, puntada a puntada, nos lo entretejieron también en la respiración, nos lo enredaron en la garganta, para decorar ese temblor en la voz.

Nuestro miedo es mayor; es como si nos asustara, más allá de lo razonable, el regreso al fracaso, el retorno a una vida miserable; como si nos espantara la muerte más que a otros, porque ya estuvimos muertos una vez y por eso sabemos de lo que hablamos.

Hasta los sueños se contaminan con tanto miedo; a pesar de la cama limpia, burlando dieciocho grados centígrados de frescura, el miedo empapa la almohada; es sudor helado que calienta el aire de la habitación, que te despierta de una puñalada, en medio de un grito, el corazón desbocado, adrenalina tempranera, dosis de alivio en vena -era solo un mal sueño-, siempre de madrugada.

El miedo es el estandarte de mi generación.


***

La mañana en la que expulsaron con deshonor brutal al muchacho cuya voz nunca escuché, olía a miedo.

Temblor en las piernas, aliento de pajarillo aterrado, de solo imaginar estar allá arriba, en aquel lugar de ignominia, donde la vida parecía acabarse, donde el silencio de cuatrocientas personas era el preámbulo a una apoteosis de la ira sectaria con que se cubriría a aquel infeliz, iluminado por la luz magnífica del amanecer.

El muchacho era de un pueblo cercano a la escuela. La noticia, susurrada con incredulidad, era que se marchaba con su familia, abandonaba el país, a la Revolución, ingrato apátrida que había sido obligado a presentarse primero en la escuela a solicitar la baja, pretexto para pasar entre baquetas, recibir denuesto tras insulto, ofensa sobre infamia, escoria que se va, gusano por ende, contrarrevolucionario ipso facto, hasta ayer uno de nosotros, ahora uno de ellos.

Algo así dijo el director. Creo que algo así dijo. No lo recuerdo, y me alegro por ello. Solo retengo la imagen del muchacho, callado, más pequeño que de costumbre, apenas notable, trasegando vergüenza, como lo hago yo ahora, por haber estado allí, ataviado en azul, coreando “vivas”, “mueran”, mientras comenzaba el éxodo del Mariel, los cubanos nos volvíamos a fragmentar y yo ni siquiera me daba cuenta de ello.


***


El miedo, tan cubano como las palmas.


***


El miedo enseña a bajar la voz.

Se dice “el gobierno”, se disminuye el tono. Se dice “ellos”, se susurra. Se dicen los nombres de los tiranos en silencio, en clave, con discreta mímica de lacayos.

Porque nuestro miedo es de otro tipo. No es el que enfría los testículos ante una pelea inminente. No es el miedo triste de ver marchitarse a los padres. No es el miedo mezquino de saberse muerto algún día. El miedo cubano es un miedo total, fabricado con precisión de orfebre, insertado con maestría de cirujano, inculcado con método de domador.

Es estar convencido de que no hay opciones, ¿para qué otra cosa? Es aplaudir, aprobar, asentir, la unanimidad, el monolíto, la cosa gris, compañero, tú tienes problemas ideológicos, serios, inmadurez política, indefinición, no te mueres por la patria, no das vivas con la fuerza necesaria, tus “¡Abajo!” no traen el entusiasmo que nos caracteriza. Tú estás flojito, compañero, y te vamos a analizar.

El miedo enseña a gritar por miedo.


***

Una semana después se iba otro estudiante. Del mismo pueblo que el muchacho callado.

Pero este otro era un guajiro -también callado- de más de sies pies, con musculatura de gladiador y malas pulgas. La mañana en que vino a buscar su baja de la escuela caminó por el pasillo central, bajo la misma luz que tan bien iluminara nuestros autos de fe; saludó, estrechó manos, seguido por la mirada siempre curiosa de los profesores, atravesando el hedor matinal de la beca, sin que nadie intentara llevarlo a la plataforma de ignominia. La presidenta de la FEEM encontró algo más urgente que hacer en alguna otra parte, el director ni siquiera salió de su oficina.

Llegó, intocable, intocado, y se fue.

Porque el miedo es también selectivo.


***

Mi generación tuvo, tiene, miedo a hablar, a escuchar, a preguntar y a responder. Le teme además a los apagones, a que se acabe la mantequilla, a que la carne de res sea ilegal y a las guaguas que no se detienen en las paradas.

Mi generación se despierta en las noches atormentada por la idea de que está otra vez en el punto de partida, pero sin oportunidades de partir.

Mi generación ya no aprendió a quejarse en voz alta; a cambio, se sonrie turbada si alguien se resinga en la madre de Fidel, aunque esté a salvo de chivatos, en un anónimo apartamento español o en una ciudad polvorienta del norte mexicano.

Mi generación teme a quedarse sin algo, a carecer otra vez, a que un pionero llame a su puerta para invitarlo a participar en farsas electorales, a que alguien le llame apático, a que el próximo republicano asesine a las mulas y ciegue sus caminos de ir y venir.

Mi generación se muere dos veces, de miedo y después.


***

Mis mañanas huelen mucho mejor ahora.

Los miedos, pues son diferentes.

A que no me alcance el tiempo, al desempleo, al cáncer, al que textea y maneja, a que se inunde la ciudad otra vez, a que Manhattan vuele por los aires, a que suene el teléfono a deshora, a lo que acecha, a lo imponderable, a las posibilidades, a lo inexorable, a que un trozo de apestosa grasa se desprenda de la pared de una arteria, a un demente con ametralladora, a que un día no estemos juntos porque uno de los dos falte y nuestra burbuja, tan frágil, se vaya a la mierda.

Pero prefiero estos miedos, tan humanos, tan explicables; estos miedos que tuve que venir a buscar acá, y a los que me aferro con afecto.

Porque no me asustan tanto, al menos no tanto como aquellos otros, para los que sí tenía remedio.

martes, 19 de abril de 2016

Cómo comenzar un viernes

Docenas de huevos, fritos; kilogramos de tocino, en lascas; paquetes de pan de molde, ya rebanado; litros de leche, entera; chocolate, en polvo; Nescafé, Clásico; azúcar, mermelada de fresa, mantequilla. Y tiempo suficiente para desayunar.

Comenzando el viernes.

El resultado, impresionante: mi figura reseca, desprovista de la menor pizca de grasa sobrante, se comenzó a llenar. Me comencé a llenar; a tal punto que, pasado un tiempo, le regalé a alguien medio paquete del tocino: se habían repoblado mis reservas, me había hartado de desayunar. Había comenzado, sin que yo lo sospechara, el viaje unidireccional hacia la hipertensión y otros detalles de salud.

Pero nada más se puede hacer, cuando la otra vida comienza en viernes.

***

“¡Gatorade...!”, me dije la primera mañana del sábado, con tono de voila, eureka, helo ahí. Lo había visto, el nombre, en las trasmisiones de eventos deportivos extranjeros, allá en la isla. “Debe ser muy bueno...”, pensé entonces, me insistí ahora, y entré al OXXO, tiendecilla repleta de bolsas de papas fritas, leche, refrescos, cervezas, cigarros, periódicos, y de Gatorade. De color naranja, el que compré, porque una bebida de color naranja nunca falla, y porque yo no estaba listo para los colores estrafalarios a los que no les suponía un sabor conocido.

Fue la última vez que lo bebí; debut y despedida de aquella agua repugnante, con sabor a aquellas sales hidratantes que en mi casa se tomaban en época de diarreas estivales. “Tremenda mierda...”, y dejé caer la rugosa botella en el primer cesto de basura que encontré, lamentando el dinero desperdiciado; que en esa época aun tenía yo el sano hábito de llevar las cuentas de lo gastado.


***

Había comprado un pequeño cuaderno de hojas rayadas, y una pluma BIC, que no sabe fallar.

Los guardaba en una gaveta de la mesa de noche, junto con un cortauñas, peine, un par de encendedores -BIC también, marca de estanquillo- y los tickets de las compras. Cada anochecer me sentaba a la mesa del comedor, la ciudad parpadeando más allá de las ventanas, los cerros rapados acordonando el horizonte -el que no ha mirado a la distancia a través del aire sin humedad del desierto, aun no ha experimentado la transparencia-, y actualizaba disciplinadamente mi bitácora de gastos:

Una caja de Marlboro 7 pesos
Un periódico               5 pesos
Almuerzo                  20 pesos
Un refresco                 2 pesos

Mi presupuesto de gastos era inflexible. Si lo excedía, al día siguiente debía limitarme y gastar menos. No refresco. Un almuerzo más modesto. Quizás no periódico, pero los cigarrillos eran intocables. Me volví cicatero, conocedor de la canasta básica y los precios al menudeo. En tres meses ahorré el dinero necesario para comprar mi primer carro, un Ford Topaz de diez años de uso, por el que pagué diez mil pesos mexicanos y en el que, durante el año que lo manejé, invertí otro tanto en reparaciones y mejoras innecesarias.

Al dia siguiente de comprar el Ford, dejé de llevar las cuentas.

*** 

Los dientes de la mesera.

Se atravesaron, entre su sonrisa y yo. Cubrieron por un momento la figura grácil, la piel tersa, el espeso , lustroso cabello indígena; se interpusieron entre sus ojos, luminosos, curiosos, y los míos, hambrientos.

Demasiado blancos los dientes, manchados por unas rayas horizontales de color café oscuro. Frágiles, además: fluor, demasiado fluor en el agua, me contaron después; por eso sabes de dónde es la gente aquí. Los de más al sur, con sus dientes brillantes y manchados. Los de más al norte, con demasiado cáncer en la familia. El mineral de uranio, que anda por todos lados, dicen.

Los gringos operaban la compañía minera, pero la cerraron y se fueron. No les daba negocio. Que era de bajo rendimiento el mineral, no bueno para el bussiness, pero sí para podrirle el cuerpo a la gente. O al menos eso es lo que dicen algunos, a los que nadie quiere escuchar, porque la ciudad ahora está creciendo hacia esos lados, adonde estaba la mina. Mucho dinero invertido ahí, en bienes raices; barrios enormes, casas diminutas, vendidas a precio de casa grande. No hay cáncer que detenga eso, mi buen; mucha lana, mucha lana hay metida en eso, me contaron.

Yo iba a hacer caso obvio de los dientes manchados.

Hay cosas peores, me dije filosófico; a qué hora terminas, iba a decir, solícito, cuando sonó mi celular -mi primer celular-, un Nokia macizo a prueba de casi todo, dale, que te van a mostrar el apartamento, me dijo alguien al oido. Tuve que correr, a cerrar el trato, que era muy bueno; dos cuartos, baño, sala-comedor-cocina, en una esquina, amplios ventanales, buen barrio, la ciudad a sus -a mis- pies. Órale, lo rento. Mil pesos mexicanos al mes, unos 135 dólares.

Un par de días más tarde regresé buscando a la muchacha. “Se fue a su pueblo, y no sé cuando regresa, mi buen...”, me dijo el cajero del restaurante, mientras le colocaba la tapa a una botella de Gatorade morado -tremenda mierda- de la que tomaba breves sorbos. Para la próxima, pregunta primero, y corre después. Gracias, y salí al sol seco del mediodía.


***

El “Musk” era mi nuevo aroma.

Me habían regalado un elegante estuche, con colonia, espuma y loción para después de afeitar, y todo decía “Musk”. Era mi olor de estreno, con el que me camuflaba antes de salir al también recién estrenado trabajo, antes de aprender que es buena idea bañarse en las mañanas.

En la isla nos bañábamos en las tardes. Al anochecer. Rutina simple: enjuagar el sudor del día, sentarse a cenar, ver algo en la televisión y acostarse por ocho horas -los más afortunados- a sudar sábanas. Bañarse en las mañanas, pues no era parte de la rutina; que se pierde mucho tiempo, que se demora mucho el agua en calentarse sobre el fogón, que qué es eso de salir acabado de bañar al fresco matinal, que da catarro. Mejor se unta uno algo punzante, alguna colonia dulzona, capaz de atravesar la sopa del tórrido aire húmedo y hacerse sentir desde un par de metros de distancia; algo poderoso, que se imponga al tufo de cama percudida.

“Es que huelen feo, tus compatriotas...”, me confesó un día en el instituto una amiga mexicana, a la que cada mañana un cubano colega le estampaba un beso en la mejilla, “Yo creo que no se baña en las mañanas...”, concluyó. Hay que prestar atención adonde fueres para poder hacer lo que vieres. O escuchares. Asentí, solidario, y comencé a bañarme en las mañanas; contra viento, frío y apremios. Además, me afeité el bigote.

“¡Órale, que bigotón; te pareces al pinche Emiliano Zapata, cabrón!”, había dicho un amigo; “¡A Pancho Villa!!, terció otro. En tono ligero, jocoso, nada ofensivo. Pero despertaron mi atención: el bigotillo mexicano -de Jorge Negrete, diría alguien muy querido- es mucho más discreto que el escobillón que nos dejamos crecer muchos cubanos bajo la nariz. Además, te ves mejor afeitado, me aseguró la amiga sensible a los olores. Como si fuera poco, un viernes es un día bueno tanto para comenzar como para terminar.

Mucho ha cambiado desde entonces; entre otras cosas, me baño en las mañanas, nunca más he llevado bigote, y ya no uso “Musk”.


***
La mesera se perdió la oportunidad de apreciar mis nuevos aromas y mis recién estrenadas texturas. Yo quizás perdí mucho más.

Años después compré una de esas casas minúsculas, en el norte, lejos de las emanaciones de gas radón y la mordida silenciosa de la radiación.

Bañarme en las mañanas se convirtió en mi obsesión, Cool Water en mi olor, y dejé de fumar.

Nací un viernes, por cierto. Los sábados, días hacendosos; los domingos, deprimentes; otros cuatro días que no deberían llevar nombre, y viernes otra vez.

Los viernes, para comenzar de nuevo.

***

Avena, integral; leche, descremada; fruta, abundante; café, de Indonesia. Y tiempo suficiente, para desayunar...

jueves, 7 de abril de 2016

Bajo la almohada

Ibamos los tres: mi hijo, mi esposa y yo.

Calle abajo. Calle inclinada, cubierta de guijarros perfectamente redondos, pulidos, en lugar de pavimento. Mi hijo jugaba, saltando de una piedra a otra, “Cuidado...”, le dije, o pensé, “Que te vas a caer”

Un bus, de esos turísticos, dos entradas-salidas inmensas, sin puertas, ventanales panorámicos, se detuvo y mi esposa y yo nos subimos. Al cabo se mueve muy despacio, el bus; desde acá lo vemos, al niño, fácil de identificar con su suéter rojo.

Pero el bus ya no es. Ahora es una guagua. Atestada de gente, claustrofóbica. Se mueve demasiado rápido, monstruo urbano, “¿Lo ves, lo ves?”, pero ya no veo a mi hijo, que quedó atrás, quién sabe dónde porque no conozco bien este lugar, ni esta ciudad, que parece La Habana, pero que puede ser el DF, u otros lugares horribles donde nunca he estado.

Se mueve a una velocidad de espanto la guagua; deja atrás paradas repletas de gente que regresa a su casa -está anocheciendo-, no se detiene en ninguna, coño, avanza desbocada por dos, diez minutos, tú sigue, le pido a mi esposa, porque tenemos que llegar a alguna parte y alguien tiene que hacer acto de presencia, que yo regreso por el niño, alcanzo a decirle antes de bajar de la guagua que por fin se detuvo, y echarme a correr, con desesperante lentitud, cuesta arriba, tanta gente, por Dios, oscuro, que no le pase nada a mi hijo, por favor, que me pase a mí, que me muera, ¡ahí está!, algo rojo, un niño, pero no es él, se me acaba el tiempo, corro, lloro, pero no se me ocurre gritar.

Y lo peor: ya no hay piedras ni chinas pelonas en la calle; ahora está asfaltada, y yo sé que eso no es buena señal...

Me despierto. Taquicardia, 1:40 de la mañana. Jueves.

Cinco horas más de sueño. O pesadilla, que uno nunca sabe lo que acecha bajo la almohada.

viernes, 1 de abril de 2016

Verruga

El salón, caldeado por el sol de la tarde, brillaba furioso; la luz, amarilla, sucia, atravesaba los herméticos ventanales y quedaba atrapada, rebotando en muebles, paredes, sin saber como regresar a la ancha avenida de allá afuera, a calcinar ciclistas, transeúntes y a algún que otro esporádico auto.

Un ventilador zumbaba en una esquina, cercano a la cabecera de la mesa. Giraba -ciento veinte grados de circunferencia, calculé a ojo de buen ingeniero- y en cada centésimo vigésimo grado algo se trababa en su mecanismo; luego, tras un angustioso carraspeo, un chasquido desataba el entuerto, anunciando el comienzo del siguiente giro.

Desde el otro extremo de la mesa, hediendo a envidia y sudores sobre sudores, yo luchaba contra los deseos de medir cuánto duraba el recorrido del ventilador por el arco de cuerda que abarcaba apenas la presidencia de la mesa y a sus dos acólitos más inmediatos; evité mirar el reloj y contar los segundos: podía malinterpretarse. En cambio, me dediqué a observar los papeles que tenía ante sí el hombre que dirigía el curso y destino de la reunión; temblorosos, alzaban una esquina, en tímida solicitud de atención, empujados por la brisa tibia que les llegaba desde el polvoriento aparato, y de la que nada llegaba a mi rostro acalorado.

El hombre de los papeles, a pesar del espeso calor, vestía una deslucida chaqueta de mezclilla, sobre una camisa a cuadros. “No sé cómo puede aguantar...”, pensé, mientras de manera maquinal e infructuosa traté de abrir aun más el cuello de mi pulover; con los nudillos rocé mi garganta, áspera por la sal que había dejado el sudor del día.

El hombre dijo algo que no alcancé a escuchar. Los demás rieron, con la risa forzada y servil de la circunstancia. “Tengo que prestar atención...”, me dije, y dejé de mirar los trémulos papeles para concentrarme en lo que decía Pedro Miret, el hombre de la chaqueta.


***

“ (…) hay continuidades, valores, que han sustentado el proyecto revolucionario en el ámbito social, que deben seguir formando parte, pienso, de ese socialismo que necesitamos o queremos; que no debemos renunciar a ellos, aunque puedan formar parte de nuestra utopía.”

Tuve que detenerme. A cavilar, por unos instantes, cuando leí esta frase. Me detuve, además, para comprobar la extensión de esta entrevista, respondida por un académico cubano, llamado Narciso Cobo, que se publica en la revista “Temas”. Mi temor, bien fundado, era que fuera demasiado larga, y que fuera más de lo mismo.

“Narciso Cobo: El socialismo es esencialmente un ejercicio de participación”, es el título que escogieron los autores -o los redactores- y es eso precisamente lo que me motivó a tratar de abrirme paso entre la decena de cuartillas, casi cinco mil palabras, de ese artículo.

Eso, y la perplejidad.

Y no es para menos. La frase de marras describe el estado mental de rehén voluntario de los que aun creen en el socialismo, en general; en el cubano, en lo particular. A estas alturas -después de la desaparición del campo socialista, después de más de medio siglo de marasmo cubano- es algo para asombrarse.

El cliché en la frase es tan manido que casi dejo de leer. “Valores”, “continuidades”, los logros-de-la-revolución que hace mucho ya no es tal y que involuciona en caída libre; valores, a saber, la salud ruinosa, la educación mediocre; del deporte, que mejor ya no se habla, como en algun momento también, ante la arribazón irrefrenable de putas, se dejó de mencionar la erradicación de prostitución.

Resulta difícil comprender cómo discurre el pensamiento de estos intelectuales, cómo pueden abandonar la contundencia de los hechos, aferrarse al delirio, y exponerlo con tamaña tranquilidad.

Después de casi un siglo de, al decir de los entrevistadores, la “puesta en práctica del socialismo” (y siendo que -para sonar a la par- la práctica es el criterio de la verdad) cuesta entender a los teóricos y las teorías. Vamos: ha quedado demostrado, más allá de cualquier duda, que el socialismo -sea el tradicional o ese “nuevo socialismo” que aparece en el encabezamiento del texto, sea eso lo que sea- como sistema socioeconómico alternativo al capitalismo, no sobrevive por sí mismo.

No puede.

Se asfixia, se desarticula, desemboca en absurdos y dictaduras; se descalabra, como el wishful thinking de los entrevistadores, y del señor Cobo, al que le endilgaron un titular que sugiere que el socialismo cubano comenzaría a funcionar, después de más de cincuenta y siete años de calamidad, si hubiera participación.

Si hubiera -eufemismos aparte- democracia, presuponen todos.


***

La reunión estaba -y cuál no lo está- aburrida.

Ni siquiera los chascarrillos mustios del señor de la chaqueta lograban que me sintiera animado, muchos menos los monólogos mascullados por el tipo rollizo que se sentaba a su derecha, justo en el borde donde el ventilador chasqueaba y regresaba a su vaivén de galeote lisiado.

El tipo rollizo vestía una camisa de seda, de color oscuro y abigarrado diseño, unos Dockers beige, y mocasines con campanitas en las puntas de los cordones. Hablaba a través de una media sonrisa, que pretendía ser astuta pero que le salía desdeñosa. Resollaba con cada frase, dejando escapar una risilla sofocada que, de reirse los curieles, así sería.

Pero eran sus ojos lo que más llamaba mi atención: inexpresivos, casi cubiertos por párpados pesados, caídos. La mirada, a tono con la sonrisa. Y, para colmo, con un sonsonete adormecedor en la voz que ya vencía mi capacidad para permanecer despierto.

De repente irrumpió en el salón un hombre pequeño, pelado a lo militar, de ojeras como bolsas y camisa de obrero.

Hicimos ademán de incorporarnos en nuestras sillas, pero fuimos contenidos por el brazo extendido, por la palma de la mano del hombre; “¡Siéntense, siéntense!”, dijo y, sin más preámbulo, con estilo ejecutivo, motivador, se lanzó a una arenga acerca de la importancia de lo que se hablaba en la reunión. Acerca de cómo enfrentar y resolver un problema que -yo sabía de antemano, desde que venía en mi bicicleta sudando los restos del almuerzo- no tenía solución. No podía tenerla. No en este pais. No en el socialismo.

“...y aquí, compañeros, lo que hay es que trabajar, ponerse para las cosas, ¿verdad José Raúl?”, remató al fin, palmeándole el adiposo lomo al tipo rollizo que mascullaba monólogos, “Y si hay que hablar con los capitalistas, se habla, ¿verdad?: ellos ponen el whiskey, nosotros los camarones; eh, Miré, ¿qué tú crees?” Y sacudió el hombro del hombre de la chaqueta, que asintió, con un esbozo de sonrisa de quien ha escuchado el mismo chiste demasiadas veces; en silencio, se entretenía en acomodar los inquietos papeles que tenía ante sí.

Yo no alcancé a sonreir a tono con las risas cortesanas de mis acompañantes en la reunión, porque la palabra “camarones” me provocó un súbito calambre en el estómago; todo lo que logré fue una mueca. “Es que son las seis de la tarde, ¿tú sabes?; seis horas pasadas después de algo que llamaron almuerzo; me espera además un viaje de dos horas en bicicleta por la penumbra de la tarde-noche habanera, antes de que pueda comerme un plato de arroz y frijoles. Y tú, tan orondo, hablando de camarones: no me jodas...”, le respondo a la supuesta pregunta que quizás me hubiera hecho el orador, de haber visto mi rostro amargado.

Pero ni siquiera lo notó. El orador estaba sumergido en sí mismo, desbarrando con la elocuencia de los posesos, argumentando con la fatua contundencia de los fanáticos. “Porque aquí”, decía, “lo que no hay que olvidarse, compañeros, es que estamos construyendo el socialismo: un socialismo moderno, eficiente, competitivo; que el Comandante nos está pidiendo eso, nos pide resultados, y que nosotros estamos to-tal-men-te comprometidos con esa idea, ¿´ta claro eso?”, concluyó al fin, una mano apoyada en la camisa de seda, la otra en la chaqueta de mezclilla.

“¡Saludos, entonces, y sigan ahí!”, remató uniendo las manos ante sí, la cabeza ladeada, en una suerte de bendición fraterna, arriba los reunidos del mundo.

Y salió del asfixiante salón como una tromba de un metro sesenta de estatura -estimé a ojo de buen agrimensor. Todos hicimos de nuevo el ademán de incorporarnos en nuestras sillas, contenidos otra vez por el brazo extendido, por la palma de la mano del hombre pelado a lo militar, de ojeras como bolsas y camisa de obrero, y la boca arqueada como si tuviera dispepsia: Marcos Portales, super ministro y pariente político de Fidel Castro; “¡Descansen!”, decía el gesto, y nos dejamos caer en nuestros asientos. Solo el hombre de la chaqueta, y el tipo rollizo con camisa de seda y que mascullaba monólogos, Fidel Castro Díaz-Balart, permanecieron inmóviles en sus lugares. Descansando.


***


“Nuestro ideal de una sociedad lo más justa e igualitaria posible está entre esos valores (...)”


Hay, es necesario admitirlo, un mal de fondo implícito en la idea socialista. Helo ahí, explícito: sociedad igualitaria.

De una manera inexplicable, no entienden teóricos, practicantes, adeptos -no se diga de la masa- que una sociedad no puede ser igualitaria porque no somos iguales.

Puede intentar una sociedad, en todo caso, ser justa, inclusiva, pero no se puede pretender que un cirujano o un científico sean iguales a un comerciante o a un policía. Mucho menos, cuando la diferencia se basa en que el cirujano tiene que botear en su carro para poder ganar el dinero necesario, mientras un comerciante prospera vendiendo croquetas.

Esa idea del igualitarismo es, además, la piedra angular del discurso demagógico socialista. Pero eso no es lo peor, y el señor Cobo nos lo recuerda:

“¿Qué hace que nuestro sistema no tenga la credibilidad que quisiéramos que tuviera? Creo que atribuir este fenómeno solo a los problemas económicos que confrontamos sería una simplificación.”

Los chinos y vietnamitas, hace ya un buen tiempo, entendieron la falsedad de una afirmación como esa y pusieron en práctica la mencionada simplificación: comprendieron que es imposible construir -joder con la palabreja- una sociedad pujante, un país exitoso donde haya esperanza, sobre la premisa de una economía desastrosa. Parafraseando al empresario y político mexicano Carlos Hank González, un país pobre es un pobre país.

Si bien al socialismo no lo salva la democracia, ni puede fomentar una economía que lo nutra, esa idea chino-vietnamita es una regla de validez general que no es posible violar sin consecuencias graves: Rusia, heredera de la mayoría de la Unión Soviética, sigue siendo un país rico en potencia, una potencia en potencia, y una nación pobre en su desempeño. No hubo bonanza en la etapa socialista, ni la hay en esta capitalista.

O sea: sin economía, sin el talento para hacerla funcionar, producir, florecer, no hay nación que valga la pena. Y no pierdo mi tiempo, ni el del amable lector, en citar cientos de ejemplos de países en harapos en los cinco continentes, sin importar que sean capitalistas. Mucho menos, socialistas. Y todo por no tener el talento para implementar esa simplificación imprescindible: economía.

En Cuba, el socialismo arribó por decreto castrista; en Venezuela, el chavismo llegó al poder a través de las urnas. Bajo el manto de la izquierdosidad -porque hay izquierda, e izquierdosismo, que rima con socialismo- más trasnochada, la latinoamericana, también se asomó el socialismo -aun se asoma- a la vida política en Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Chile, Argentina y Brasil.

Alguien, con mucho tino, dijo que el socialismo es el camino más largo entre capitalismos. Asi fue para todos los países del bloque socialista de Europa del Este, así debe ser para Venezuela a mediano plazo; en el resto de América Latina, para su suerte, es solo política, sin intentar tocar la economía; hasta en Cuba ya hay signos de que la bestia capitalista se pasea entre cedeérres y escombros.

La idea entonces de mejorar el socialismo con tan solo hacerlo participativo, con introducir un proceso democrático, es un callejón sin salida, y Venezuela nos dicta una cátedra acerca de ello. Si a ello se une una no-economía, tenemos de nuevo el descalabro socialista en las puertas.

Es por ello que dan grima los intentos de rebautizar, tan solo por intentar hacer ver que es viable, lo que fue un importante sistema sociopolítico en el siglo XX -gracias al socialismo podemos llamar a los ricos Primer Mundo, y a los pobres, Tercero-, pero que es un anacronismo fatal en pleno siglo XXI.

No voy a reseñar lo que logré leer del artículo de “Temas”. Tampoco es mi intención analizarlo en detalle, ni rebatir idea por idea. Es, en esencia, la socialistofilia intelectual que muchos, dentro y fuera de Cuba, detentan. Nada nuevo en realidad.

Y ni siquiera es privativa del señor Cobo, que es solo un entrevistado circunstancial; los autores advierten que este artículo es parte de una “(...) serie de entrevistas se dirige a indagar las concepciones de un orden socialista renovado, y a contribuir modestamente a su debate crítico”; debate sobre una utopía que no se sostiene por sí misma y se desmorona, párrafo a párrafo, antes de llegar al final del texto. Y de la serie.


***


Pedro Miret, hombre de chaqueta deslucida, falleció en fecha reciente; el tipo bajitón pelado a lo militar, de ojeras como bolsas, camisa de obrero y rictus dispépsico, Marcos Portales, que en su momento era considerado un dirigente de ideas renovadoras, fue defenestrado años ha, y ni siquiera su afiliación familiar lo salvó de la hecatombe; Fidel Castro Díaz-Balart, el hombre rollizo y aburrido que masculla monólogos, sigue siendo una figura decorativa, que aparece en degustaciones de habanos, en selfies con Paris Hilton, o dictando una charla -Dios me libre de tal oportunidad- en los Estados Unidos, nada menos que sobre física nuclear, biotecnología y nanotecnología. Todo junto. Al tres por uno. Para que lleven carta.

De alguna manera, ellos son el socialismo. Muertos, desechados, obsoletos. Fantasmas irrelevantes debatiendo sobre asuntos sin solución. Verrugas, en el tejido de una época.

Y eso es el socialismo; a todas luces, una protuberancia recurrente que le crece al capitalismo de cuando en cuando; tan solo de esa manera parasitaria, alimentándose del metabolismo de un organismo mayor y funcional, llega el socialismo a nuestros tiempos, sobreviviente a su propia inopia.

El caso cubano es todavía más grave: es todo verruga.

No hay nada en el substrato; ni “continuidades”, ni “valores”, ni “logros”. La lista de fracasos del socialismo cubano -del socialismo en general- es tan extensa como inexistente la de sus aportes. Y no: no hay que confundir la socialdemocracia escandinava con socialismo, ni a los escandinavos con los alucinados que aun dan vivas a su involución.

Cuba es -hay que enfrentarlo con lucidez o resignarse a otro medio siglo de parálisis- un país en bancarrota, necesitado de cirugía mayor; le urge que lo curen, que lo extirpen de sí mismo. Hay que empezar de nuevo, por el lugar donde se abandonó el futuro de la nación y, por favor, hay que comenzar por dejar de camuflar con nombres nuevos a fracasos viejos.

Hay que, de una buena vez, dejar de ser verruga.

jueves, 24 de marzo de 2016

Texto completo del discurso del Presidente Barack Obama en Cuba el 22 de marzo del 2016

Presidente Castro, pueblo de Cuba:

Muchas gracias por la cálida acogida que hemos recibido yo, mi familia y mi delegación. Es un honor extraordinario estar hoy aquí. Antes de empezar, permítanme por favor, quiero comentar sobre los ataques terroristas que tuvieron lugar en Bruselas.

Los pensamientos y las oraciones del pueblo de Estados Unidos están con el pueblo de Bélgica. Somos solidarios con ellos, condenando estos indignantes ataques contra personas inocentes. Haremos todo lo que sea necesario para apoyar a nuestro amigo y aliado, Bélgica, para llevar ante la justicia a los responsables, y este es otro recordatorio más de que el mundo debe estar unido.

Debemos cerrar filas, al margen de nacionalidad, raza o creencias religiosas, en la lucha contra este flagelo del terrorismo. Podemos derrotar, y derrotaremos, a aquellos que amenazan nuestra seguridad y la de las personas en todo el mundo.

Al Gobierno y al pueblo de Cuba quiero agradecerles la amabilidad que han demostrado hacia mí, hacia Michelle, Malia, Sasha, mi suegra, Marian.

[En español] “Cultivo una rosa blanca” [aplausos] En su más célebre poema José Martí hizo esta oferta de amistad y paz tanto a amigos como enemigos. Hoy, como Presidente de Estados Unidos de América yo le ofrezco al pueblo cubano [en español] el saludo de paz [aplausos].

La Habana está a solo 90 millas de la Florida, pero para llegar aquí tuvimos que recorrer una larga distancia, por encima de barreras históricas, ideológicas, de dolor y separación. Las azules aguas bajo el Air Force One, fueron una vez surcadas por acorazados hacia esta isla para liberar a Cuba, pero también para ejercer control sobre ella.

Esas aguas también fueron surcadas por generaciones de revolucionarios cubanos hacia Estados Unidos, donde recabaron apoyo para su causa. Y esa corta distancia ha sido cruzada por cientos de miles de exiliados cubanos, en aviones y balsas rústicas, quienes vinieron a Estados Unidos en busca de libertad y oportunidades, a veces dejando atrás todo lo que tenían y a todos sus seres queridos. Como tantos, en nuestros dos países.

Toda mi vida se ha desenvuelto en una era de aislamiento entre nosotros. La revolución cubana tuvo lugar en el mismo año en que mi padre emigró a Estados Unidos desde Kenya. Bahía de Cochinos tuvo lugar en el año en que yo nací. Al año siguiente el mundo entero quedó en suspenso observando a nuestros dos países mientras la Humanidad se acercaba más que nunca antes al horror de una guerra nuclear.

Con el paso de las décadas nuestros Gobiernos se quedaron estancados en una confrontación aparentemente interminable, librando batallas a través de terceros. En un mundo que se rehizo a sí mismo una y otra vez, el conflicto entre Estados Unidos y Cuba era una constante. Yo he venido aquí a enterrar los últimos remanentes de la Guerra Fría en las Américas [aplausos] Yo he venido aquí a extender una mano de amistad al pueblo cubano [aplausos].

Quiero ser claro: las diferencias entre nuestros Gobiernos al cabo de tantos años son reales, y son importantes. Estoy seguro de que el presidente Castro diría lo mismo. Lo sé, porque he escuchado y abordado esas diferencias en profundidad. Pero antes de discutir esos problemas, también tenemos que reconocer cuantas cosas compartimos porque, en muchas formas, Estados Unidos y Cuba son como dos hermanos que han estado distanciados por muchos años, aunque llevemos la misma sangre.

Ambos vivimos en un Nuevo Mundo colonizado por europeos. Cuba, como Estados Unidos, fue en parte fundada por esclavos traídos de África. Como el de Estados Unidos, el pueblo cubano puede trazar sus ancestros hasta esclavos y dueños de esclavos. Ambos acogimos a inmigrantes que vinieron de muy lejos para empezar una nueva vida en las Américas. A lo largo de los años nuestras culturas se han entremezclado. La labor del Dr. Carlos Finlay en Cuba allanó el camino para generaciones de médicos, entre ellos Walter Reed, que se basó en el trabajo del Dr. Finlay para ayudar a combatir la fiebre amarilla.

Tal como Martí escribió su obra más famosa en Nueva York, Ernest Hemingway hizo de Cuba su hogar y encontró inspiración en las aguas de estas costas. Compartimos el mismo pasatiempo nacional [en español]: la pelota. Y hoy mismo, más tarde, nuestros jugadores van a competir en el mismo terreno habanero donde jugara Jackie Robinson antes de debutar en las Grandes Ligas [aplausos]. Y se dice que nuestro más grande boxeador, Mohamed Alí, rindió homenaje una vez a un cubano con el que nunca pudo pelear, diciendo que lo más que podía alcanzar era un empate con ese gran cubano, Teófilo Stevenson.

Así que aun cuando nuestros Gobiernos devinieron adversarios, nuestros pueblos compartían estas pasiones comunes, particularmente con la llegada a Estados Unidos de tantos cubanos. En Miami o La Habana usted puede encontrar lugares donde bailar cha-cha-cha o salsa; donde comer “ropa vieja”; la gente en nuestros dos países ha cantado con Celia Cruz, Gloria Estefan, y ahora escuchan el reggaetón de Pitbull.

Millones de los nuestros tienen una misma religión, una fe a la que yo he rendido tributo en la Ermita de la Caridad de Miami: la paz que los cubanos encuentran en La Cachita.

A pesar de nuestras diferencias, cubanos y estadounidenses comparten valores comunes en sus vidas: un sentido de patriotismo y de orgullo, un gran orgullo; un profundo amor a la familia; la pasión por nuestros hijos; un compromiso con su educación. Y es por eso que creo que nuestros nietos mirarán este período de aislamiento como una aberración, y como apenas un capítulo en una historia más larga de familiaridad y amistad.

Pero no podemos ni debemos ignorar las diferencias reales que tenemos, acerca de cómo organizamos nuestros Gobiernos, nuestras economías y nuestras sociedades. Cuba tiene un sistema de partido único; Estados Unidos es una democracia multipartidista. Cuba tiene un modelo económico socialista; Estados Unidos, uno de mercado abierto. Cuba ha enfatizado el papel y los derechos del Estado; los Estados Unidos fueron fundados en los derechos de la persona individual.

A pesar de estas diferencias, el 17 de diciembre del 2014 el presidente Castro y yo anunciamos que Estados Unidos y Cuba comenzarían un proceso de normalización de las relaciones entre nuestros países [aplausos].

Desde entonces, hemos establecido relaciones diplomáticas y abierto embajadas. Hemos puesto en marcha iniciativas para cooperar en la salud y la agricultura, la educación y la aplicación de la ley. Hemos llegado a acuerdos para restaurar los vuelos y el servicio de correo directos. Hemos ampliado los lazos comerciales, e incrementado la capacidad de los estadounidenses para viajar a Cuba y hacer negocios aquí.

Y estos cambios han sido bien recibidos, a pesar de que todavía hay quienes se oponen estas políticas. Pero aún así, muchas personas en ambos lados de este debate se han preguntado: “¿Por qué ahora?" "¿Por qué ahora?”.

La respuesta es simple: Lo que Estados Unidos estaba haciendo no estaba funcionando. Tenemos que tener el valor de reconocer esa verdad. Una política de aislamiento diseñada para la Guerra Fría tenía poco sentido en el siglo XXI. El embargo sólo estaba perjudicando al pueblo cubano en lugar de ayudarlo. Y yo siempre he creído en lo que Martin Luther King, Jr. llamó "la feroz urgencia del ahora": No debemos temer al cambio, debemos abrazarlo. [aplausos]

Esto me conduce a una razón mayor y más importante de estos cambios [en español]: Creo en el pueblo cubano. Creo en el pueblo cubano [aplausos]. Esto no es sólo una política de normalización de las relaciones con el Gobierno cubano. Estados Unidos de América están normalizando sus relaciones con el pueblo cubano. [aplausos]

Y hoy, quiero compartir con ustedes mi visión de lo que puede ser nuestro futuro. Quiero que el pueblo cubano –especialmente los jóvenes– entienda por qué creo que ustedes deben ver el futuro con esperanza. Y no es la falsa promesa que insiste en que las cosas son mejores de lo que realmente son, o el optimismo ciego que dice que todos sus problemas podrán desaparecer mañana. Es una esperanza que tiene sus raíces en el futuro que ustedes pueden elegir, y pueden conformar, y pueden construir para su país.

Yo tengo esa esperanza porque creo que el pueblo cubano es tan innovador como cualquier otro pueblo del mundo.

En una economía global, impulsada por las ideas y la información, el mayor recurso de un país es su gente. En Estados Unidos, tenemos un claro monumento a lo que el pueblo cubano es capaz de construir: se llama Miami. Aquí en La Habana, vemos ese mismo talento en los cuentapropistas, las cooperativas, los autos antiguos que todavía ruedan [en español]. El cubano Inventa del aire. [aplausos]

Cuba cuenta con un extraordinario recurso: un sistema de educación que valora a cada niño y cada niña [aplausos]. Y en los últimos años, el Gobierno cubano ha comenzado a abrirse al mundo, y a abrir aún más espacio para que el talento florezca. En pocos años, hemos visto como los cuentapropistas pueden salir adelante, mientras conservan un espíritu netamente cubano. Ser trabajador por cuenta propia no significa ser más como Estados Unidos, significa ser uno mismo.

Miren a Sandra Lídice Aldama, que decidió comenzar un pequeño negocio. Los cubanos, dice, podemos "innovar y adaptar sin perder nuestra identidad... nuestro secreto está en no copiar o imitar sino, simplemente, en ser nosotros mismos".

Es ahí donde comienza la esperanza: con la posibilidad de ganarse la vida y construir algo de lo que uno pueda estar orgulloso. Es por eso que nuestras políticas se centran en el apoyo a los cubanos, y no en hacerles daño. Es por eso que nos deshicimos de los límites en las remesas: para que los cubanos tengan más recursos. Es por eso que estamos alentando los viajes, que construirán puentes entre nuestros pueblos, y traerán más ingresos a las pequeñas empresas cubanas. Es por eso que hemos ampliado el espacio para el comercio y los intercambios, de modo que los estadounidenses y los cubanos puedan trabajar juntos para encontrar curas a las enfermedades, y crear puestos de trabajo, y abrir las puertas a más oportunidades para el pueblo cubano.

Como Presidente de Estados Unidos, he exhortado a nuestro Congreso a levantar el embargo [aplausos]. Es una carga obsoleta sobre el pueblo cubano. Es una carga para los estadounidenses que quieren trabajar y hacer negocios o invertir aquí en Cuba. Es hora de levantar el embargo. Pero incluso si se levantara el embargo mañana, los cubanos no se darían cuenta de su potencial sin una continuidad de los cambios aquí en Cuba [aplausos].

Debiera ser más fácil abrir un negocio aquí en Cuba. Un trabajador debiera poder conseguir un trabajo directamente con las empresas que invierten aquí en Cuba. Dos monedas no deben separar el tipo de salarios que los cubanos pueden ganar. Internet debe estar disponible en toda la isla, para que los cubanos puedan conectarse con el resto del mundo [aplausos] y con uno de los grandes motores del crecimiento en la historia humana. Estados Unidos no limita la capacidad de Cuba para tomar estas medidas. Depende de ustedes. Y puedo decirles como amigo que en el siglo XXI la prosperidad sostenible depende de la educación, la salud, y la protección del medio ambiente. Pero también depende del intercambio libre y abierto de ideas. Si uno no puede acceder a la información en línea, si no puede estar expuesto a diferentes puntos de vista, no alcanzará su máximo potencial. Y con el tiempo, la juventud va a perder la esperanza.

Sé que estos son temas sensibles, sobre todo viniendo de un presidente estadounidense. Antes de 1959, algunos americanos veían a Cuba como algo que explotar, ignoraban la pobreza, facilitaban la corrupción. Y desde 1959, hemos estado boxeando con nuestras sombras en esta batalla de la geopolítica y las personalidades. Conozco la historia, pero me niego a ser atrapado por ella. [aplausos]

He dejado claro que Estados Unidos no tiene ni la capacidad, ni la intención de imponer un cambio en Cuba. Cualquier cambio que venga dependerá del pueblo cubano. No les vamos a imponer nuestro sistema político o económico. Reconocemos que cada país, cada pueblo, debe trazar su propia ruta y dar forma a su propio modelo. Pero después de haber eliminado de nuestra relación la sombra de la historia, debo hablar con honradez acerca de las cosas en que yo creo: las cosas en las que nosotros, como estadounidenses, creemos. Como dijo Martí, "La libertad es el derecho de todo hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía".

Así que, déjenme decirles en qué creo. No puedo obligarles a estar de acuerdo conmigo, pero ustedes deben saber lo que pienso. Creo que cada persona debe ser igual ante la ley [aplausos]. Todos los niños merecen la dignidad que viene con la educación y la atención a la salud, y comida en la mesa y un techo sobre sus cabezas [aplausos]. Creo que los ciudadanos deben tener la libertad de decir lo que piensan sin miedo [aplausos] de organizarse y criticar a su Gobierno, y de protestar pacíficamente; y que el Estado de Derecho no debe incluir detenciones arbitrarias de las personas que ejercen esos derechos [aplausos]. Creo que cada persona debe tener la libertad de practicar su religión en paz y públicamente [aplausos]. Y, sí, creo que los electores deben poder elegir a sus gobiernos en elecciones libres y democráticas. [aplausos]

No todo el mundo está de acuerdo conmigo en esto. No todo el mundo está de acuerdo con el pueblo estadounidense acerca de esto. Pero yo creo que los Derechos Humanos son universales [aplausos]. Creo que son los derechos del pueblo estadounidense, del pueblo de Cuba, y de las personas en todo el mundo.

Ahora bien, no es ningún secreto que nuestros Gobiernos están en desacuerdo sobre muchos de estos asuntos. He sostenido conversaciones francas con el presidente Castro. Durante muchos años, él ha señalado las fallas en el sistema americano: la desigualdad económica; la pena de muerte; la discriminación racial; guerras en el extranjero. Eso es sólo una muestra. Él tiene una lista mucho más larga. (Risas). Pero esto es lo que el pueblo cubano necesita comprender: yo estoy abierto a ese debate público y al diálogo. Es bueno. Es saludable. No le temo.

Tenemos demasiado dinero en la política estadounidense. Sin embargo, en Estados Unidos, todavía es posible para alguien como yo –un niño que fue criado por una madre soltera, un niño mestizo que no tiene mucho dinero– aspirar al más alto cargo de la tierra y ganarlo. Eso es lo que es posible en Estados Unidos. [aplausos]

Tenemos desafíos de discriminación racial –en nuestras comunidades, en nuestro sistema de justicia criminal, en nuestra sociedad– un legado de la esclavitud y la segregación. Pero el hecho de que tengamos debates abiertos dentro de la propia democracia estadounidense es lo que nos permite mejorar.

En 1959, el año en que mi padre se trasladó a Estados Unidos, en muchos estados americanos era ilegal que se casara con mi madre, que era blanca. Cuando empecé la escuela, todavía estábamos luchando por eliminar la segregación en las escuelas de todo el sur de Estados Unidos. Pero las personas se organizaron; protestaron; debatieron estos temas; desafiaron a los funcionarios del gobierno. Y debido a esas protestas, y debido a esos debates, y debido a la movilización popular, es que yo puedo estar aquí hoy, un afroamericano, presidente de Estados Unidos. El que pudiéramos lograr un cambio se debió a las libertades que disfrutamos en Estados Unidos.

No estoy diciendo que sea fácil. Todavía hay enormes problemas en nuestra sociedad. Pero la manera que tenemos para resolverlos es la democracia. Así es como obtuvimos atención de salud para más estadounidenses. Así es como hemos hecho grandes avances en los derechos de la mujer y los derechos de los homosexuales. Así es como atendemos la desigualdad que concentra tanta riqueza en los estratos superiores de nuestra sociedad. Gracias a que los trabajadores pueden organizarse y la gente común tener una voz, la democracia estadounidense ha dado a nuestra gente la oportunidad de realizar sus sueños y disfrutar de un alto nivel de vida. [aplausos]

Ahora bien, todavía nos quedan algunas peleas difíciles. No siempre es bonito el proceso de la democracia. A menudo es frustrante. Lo pueden ver en las elecciones que tenemos allá. Pero deténganse un momento y consideren este hecho: en la campaña electoral estadounidense que está teniendo lugar en este momento hay dos cubanoamericanos del Partido Republicano, compitiendo contra el legado de un hombre negro que es Presidente, mientras aducen ser la mejor persona para vencer al candidato demócrata que, o bien va a ser una mujer, o un socialdemócrata. (Risas y aplausos.) ¿Quién lo hubiera creído en 1959? Esa es una medida de nuestro progreso como democracia. [aplausos]

Así que aquí está mi mensaje para el Gobierno de Cuba y el pueblo cubano: los ideales que son el punto de partida de toda revolución –la revolución americana, la revolución cubana, los movimientos de liberación en todo el mundo– esos ideales encuentran su expresión más auténtica, creo yo, en una democracia. No porque la democracia estadounidense sea perfecta, sino precisamente porque no lo somos. Y nosotros –como todos los países– necesitamos para cambiar el espacio que la democracia nos da. Ella da a los individuos la capacidad de ser catalizadores para pensar en nuevas formas, y reimaginar cómo debe ser nuestra sociedad, y hacerse mejores.

Ya está teniendo lugar una evolución dentro de Cuba, un cambio generacional. Muchos sugerían que viniera aquí y le pidiera al pueblo de Cuba que echara abajo algo, pero estoy apelando a los jóvenes cubanos, que son los que van a levantar algo, a construir algo nuevo [aplausos]. [En español] El futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano. [aplausos]

Y al presidente Castro –a quien le agradezco estar aquí hoy– quiero que sepa, creo que mi visita aquí demuestra, que no tiene por qué temer una amenaza de Estados Unidos. Y teniendo en cuenta su compromiso con la soberanía y la autodeterminación de Cuba, también estoy seguro de que no tiene por qué temer a las voces diferentes del pueblo cubano, y su capacidad de expresarse, reunirse, y votar por sus líderes. De hecho, tengo una esperanza para el futuro porque confío en que el pueblo cubano tomará las decisiones correctas.

Y como ustedes, también estoy seguro de que Cuba puede seguir desempeñando un papel importante en el hemisferio y en todo el mundo, y mi esperanza, es que pueda hacerlo como socio de Estados Unidos.

Hemos desempeñado roles muy diferentes en el mundo. Pero nadie debería negar el servicio que miles de médicos cubanos han prestado a los pobres y los que sufren [aplausos]. El año pasado, trabajadores de la salud estadounidenses –y militares de EEUU– trabajaron codo a codo con los cubanos para salvar vidas y acabar con el Ébola en África Occidental. Creo que deberíamos continuar teniendo esa clase de cooperación en otros países.

Hemos estado en el lado opuesto de muchos conflictos en el continente americano. Pero hoy en día, los estadounidenses y los cubanos están sentados juntos en la mesa de negociación, y estamos ayudando a los colombianos a resolver una guerra civil que se ha prolongado durante décadas [aplausos]. Ese tipo de cooperación es bueno para todos. Brinda esperanza a todos en este hemisferio.

Tomamos diferentes caminos en nuestro apoyo al pueblo de Sudáfrica para la abolición del apartheid. Pero el presidente Castro y yo pudimos estar al mismo tiempo en Johannesburgo para rendir homenaje al legado del gran Nelson Mandela. [aplausos]

Y al examinar su vida y sus palabras, estoy seguro de que ambos nos damos cuenta de que tenemos más trabajo por hacer para promover la igualdad en nuestros propios países: para reducir la discriminación de las razas en nuestros propios países. Y en Cuba, queremos que nuestro compromiso ayude a levantarse a los cubanos de ascendencia africana, [aplausos] que han demostrado que no hay nada que no puedan lograr cuando se les da la oportunidad.

Hemos sido parte de diferentes bloques de naciones en el hemisferio, y vamos a seguir teniendo profundas diferencias sobre las maneras de promover la paz, la seguridad, las oportunidades y los Derechos Humanos. Pero a medida que se normalicen nuestras relaciones, creo que podremos ayudar a fomentar un mayor sentido de unidad en las Américas [en español] Todos somos americanos. [aplausos]

Desde el inicio de mi mandato, he instado a la gente en las Américas a dejar atrás las batallas ideológicas del pasado. Estamos en una nueva era. Sé que muchos de los problemas de los que he hablado carecen del drama del pasado. Y sé que parte de la identidad de Cuba es su orgullo de ser una pequeña nación insular capaz de defender sus derechos, y estremecer al mundo. Pero también sé que Cuba siempre se destacará por el talento, el trabajo duro, y el orgullo del pueblo cubano. Esa es su fuerza [aplausos]. Cuba no tiene que ser definida por ser adversario de Estados Unidos, más de lo que Estados Unidos deben ser definidos por ser adversarios de Cuba. Tengo esa esperanza para el futuro debido a la reconciliación que está teniendo lugar en el pueblo cubano.

Sé que algunos cubanos en la isla pueden tener la sensación de que los que se fueron de alguna manera apoyaron el viejo orden en Cuba. Estoy seguro de que hay una narrativa que perdura aquí, y que sugiere que los exiliados cubanos pasaron por alto los problemas de la Cuba pre-revolucionaria, y rechazaron la lucha por construir un nuevo futuro. Pero hoy les puedo decir que muchos exiliados cubanos guardan recuerdos de una dolorosa –y, a veces violenta– separación. Ellos aman a Cuba. Una parte de ellos todavía considera que este es su verdadero hogar. Es por eso que su pasión es tan fuerte. Es por eso que su dolor es tan grande. Y para la comunidad cubanoamericana que he llegado a conocer y respetar, no se trata sólo de política. Se trata de la familia: el recuerdo de una casa que se perdió; el deseo de reconstruir un vínculo roto; la esperanza de un futuro mejor; la esperanza del retorno y la reconciliación.

A pesar de las políticas, las personas son personas, y los cubanos son cubanos. Y he venido aquí –he viajado esta distancia– sobre un puente que fue construido por cubanos a ambos lados del estrecho de la Florida. Primero llegué a conocer el talento y la pasión de los cubanos en Estados Unidos. Y sé cómo han sufrido algo más que el dolor del exilio: también saben lo que es ser un extraño, y pasar trabajos, y trabajar más duro para asegurarse de que sus hijos puedan llegar más lejos en América.

Así que la reconciliación de los cubanos –los hijos y nietos de la revolución, y los hijos y nietos del exilio– es fundamental para el futuro de Cuba. [aplausos]

Uno lo ve en Gloria González, que viajó aquí en 2013, por primera vez después de 61 años de separación, y fue recibida por su hermana, Llorca. "Tú me reconociste, pero yo no te reconocí a ti", dijo Gloria después de abrazar a su hermana. Imagínese eso, después de 61 años.

Se ve en Melinda López, que llegó a la antigua casa de su familia. Y mientras caminaba por las calles, una anciana la reconoció como hija de su madre, y se puso a llorar. La llevó a su casa y le mostró un montón de fotos que incluían algunas de Melinda cuando era una bebé, que su madre le había enviado hacía 50 años. Melinda diría más tarde: "Muchos de nosotros estamos recuperando tanto ahora".

Se ve en Cristian Miguel Soler, un joven que fue el primero de su familia en viajar aquí después de 50 años. Y al encontrarse con sus familiares, por primera vez, dijo: "Me di cuenta de que la familia es la familia, sin importar la distancia entre nosotros".

A veces los cambios más importantes comienzan en lugares pequeños. Las mareas de la historia pueden dejar a las personas atrapadas en situaciones de conflicto, y exilio, y pobreza. Se necesita tiempo para que esas circunstancias cambien. Pero en el reconocimiento de una humanidad común, en la reconciliación de personas unidas por lazos de sangre y en el creer el uno en el otro, es donde comienza el progreso. En el entendimiento, y el saber escuchar, y el perdón. Y si el pueblo cubano enfrenta el futuro unido, será más probable que los jóvenes de hoy puedan vivir con dignidad y alcanzar sus sueños aquí en Cuba.

La historia de Estados Unidos y Cuba abarca revolución y conflicto; lucha y sacrificio; retribución y, ahora, reconciliación. Es ya hora de dejar atrás el pasado. Ha llegado el momento de que miremos juntos hacia el futuro [en español] un futuro de esperanza. Y no va a ser fácil, y habrá adversidades. Tomará tiempo. Pero mi tiempo aquí en Cuba renueva mi esperanza y mi confianza en lo que el pueblo cubano puede hacer. Podemos hacer este viaje como amigos, y como vecinos, y como familia: juntos. [En español] Sí se puede.

Muchas gracias. [aplausos]

miércoles, 23 de marzo de 2016

El león muerto

El momento más terrible del año sucede cada primero de enero, diez minutos después de la media noche.

Es el día más anticlimático del calendario; uno se percata de ello -es esa tristeza en el trasfondo, por si Usted no se ha dado cuenta- cuando se calma la euforia de los abrazos, se desea la última buena ventura, más o menos a los diez minutos de haber comenzado otro año más -otro año menos-; es cuando uno se pregunta: “Bueno, y ahora, ¿qué?”

No tiene que ver la decepción con la idea, desconcertante como es, de que acabamos de celebrar nada menos que la roca en que vivimos acaba de completar otra circunvalación alrededor del Sol; que hemos sobrevivido metereoritos y bombardeos radioactivos gracias a la eficiencia de esa tenue tela de cebolla que llamamos atmósfera; que el campo magnético terrestre aún funciona y que, a pesar de calentamientos globales e idioteces locales, seguimos teniendo veintiun porciento de oxígeno en el aire que respiramos -el dióxido de carbono está muy sobrevalorado, la verdad-

Lo decepcionante, pienso, es que nos acaban de llevar a cero el contador, otra vez; que se desmorona el castillo de naipes de despropósitos y aciertos; que nos espera, de nuevo, esa cuesta convencional, otra vuelta descomunal en el carrusel solar; trescientos sesenta y cinco días -menos los diez minutos que ya pasaron- para volver a llegar a este punto, de nuevo hacer la pregunta, y así, hasta que se nos acabe el tiempo.

Desplome anímico anual, que tiene que ver con un exceso de expectativas, con la falacia del mito de borrón y cuenta nueva, con el enfrentar la resaca después de una borrachera; con ese optimista e ingenuo, ¡ahora sí!, sin habernos cuestionado por qué antes no.

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Pensaba en todo ello, desde hace varios días, al notar la lúcida anticipación con que algunos han estado mencionando el Día Después. “Los cubanos abren el refrigerador, y Obama no está dentro”, dice una mujer en una entrevista. “Él se va, y nosotros nos nos quedamos en lo mismo”, añade.

Así es. El veintidos de marzo del presente, al terminar el Presidente Barack Obama su visita, al apagarse los aplausos y cuando todos respiran aliviados, diez minutos después que el Air Force One se perdiera de vista rumbo sur -se van a Barriloche, se dice-, comienzan esos instantes después del acontecimiento, los de la abulia post orgasmo, el desinfle que sigue a la tumefacción de la expectativa; y la pregunta, la jodida pregunta: “Bueno, y ahora, ¿qué?”

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El Presidente Obama fue protagonista de la fiesta, allá en Cuba; para suerte de todos, no así sus no-anfitriones -gente torpe donde las haya-, que le cedieron podio, micrófono y cámaras.

Obama, bajo la lluvia, con la incomodidad de los paraguas, sin el incordio de generales ni acólitos, se vió dueño de La Habana por unas horas. Y mientras mayor fue la intención, rayana en el irrespeto, de minimizar su presencia, mejor le fue; ha sido un solo de Obama en La Habana, sin la sombra malicienta del general anciano ni sus cargantes parientes.

Y más le hubiera valido al general seguir sentado en su oficina y evitar su breve momento bajo las luces, en el escenario: nunca se había visto tanta ineptitud y torpeza en un dictador cubano, y eso es mucho decir.

Por su parte, Obama brilló en la bruma cubana. Su discurso, inmejorable, se paseó por todo lo que nadie en Cuba, ni nacional ni visitante, se había atrevido a decir, mucho menos en la cara del dictador. Fue un ¡de pie! a los cubanos, una instrospección en el papel de ambos países en el conflicto y la distensión: fue un alegato ardiente, honesto, que me recordó, es inevitable, la balbuceante tibieza -si acaso- de Papas y Presidentes que estuvieron antes que él.

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Dos días duró la fiesta entonces, pero se acabó.

Recuerdo, pensando en los días que vienen, que nadie describió mejor la idea de un anticlimax que uno que sí sabía de estas cosas, y al que parafraseo; diría el hombre, mareando un daiquirí cargado con dos líneas de ron, que una fiesta terminada es un león muerto.

De tal manera, uno de los momentos más terribles de la Historia cubana ha sucedido: el veintidos de marzo del 2016, diez minutos después que despegara el Air Force One, el hedor de un león muerto invadió el aire de La Habana.

Sofocados, sin asideros, se han quedado mis coterráneos; no saben siquiera a quién hacer su pregunta necesaria, esa que flota, desde hace ya un buen tiempo, en el aire caldeado por el eco de los aplausos. Se miran entre sí, al amigo, al amante, a una hoja en blanco.

“Bueno, y ahora, ¿qué?”, preguntan, desconcertados, aunque solo ellos, y nadie más, tiene la respuesta.