lunes, 2 de marzo de 2015

Un anciano que me mira desde una foto

No logro, por más que quisiera, mofarme y cubrir de escarnio a ese anciano de la foto.

No puedo hacerlo; además, no me molesta que así sea. Resulta que ese de la foto no es el hombre que merece mi burla.

Me cago en el otro, en el que ya no está. Ni en la foto ni fuera de ella. Me molesta aquel, como mismo me duele Cuba, la que ya no existe, la que me sé de memoria, la que pudiera dibujar, y hasta cantarle su canción, si yo supiera cantar, si yo supiera cuál canción.

Estos de ahora, anciano y país, son otra cosa: aquí, en la foto, un viejecillo desvalido, viviendo en los vapores de su gloria, ex-comandante tolerado por la misericordia de los que lo han sobrevivido; allá, un país que ya no conozco, que me cuentan, que supongo, que me cuesta trabajo imaginar, que ya ni siquiera es el mío.

Al tipo que recuerdo es al guapetón del discurso; el que dijo que ya el mundo no era lo que fue, que ya no teníamos amigos -ni subsidios masivos para seguir dilapidando, que no lo dijo, pero estaba implícito-, que ya no más Unión Soviética, ni guaguas Ikarus, ni latas de carne rusa, ni rusos; que ya no quedaba nadie allá afuera, que éramos nosotros allí adentro, solos, es decir, él solo, contra su Imperio favorito. Era el año 1990, y fueron tres horas más de bravatas, insultos, golpes de pecho, sin que nadie sospechara que ya el país iba en picada hacia el abismo por el que hoy todavía deambula.

Este senil señor de ojos de niño asustado, que en la foto mira a algo que está lejos -si acaso está-, no tiene nada que ver con el hombre que le dijo a una legión de voraces empresarios, allá en la Madre Patria, sin que la voz le temblara, con la mirada chispeante y, para colmo, sonriendo, que los españoles no habían maltratado a los indios, no señor: que se habían mezclado con ellos, les dijo sin sonrojarse. Que bienvenidos entonces, a invertir en Cuba, hermosa tierra para saquear otra vez, ofrecida al mejor postor a cambio de que se insuflara un hálito de supervivencia a su moribunda Involución de mierda.

Al que yo desprecio, insisto, es al sujeto que tuvo la impudicia de decir que Cuba exportaba alimentos para 50 millones de personas; al guajiro acomplejado que dejó que La Habana, mi Habana, se desmoronara en la desidia y el abandono de medio siglo; al que quebrantó a la nación, fragmentó a las familias, lanzó anatemas que aún se leen en las pancartas de mi ciudad; el que primero gusanizó a los exiliados, para después recaudar su dinero con descarada avaricia. Ese tipo fue el que manipuló, mintió, decomisó, desmontó la economía del país en un frenesí de locura mesiánica; el que condenó a niños a hacer trabajo de adultos, en nombre de una oscura frase de Martí, ese que de tanto usarlo se ha vuelto yeso y hojarasca. De ese es sobre el que a veces escribo.

Sin embargo, no es ese el pobre hombre que, en la foto, rodeado de sus espías regordetes y mal vestidos, parece mirar con asombro pueril al proverbial pajarito. Este está lejos de ser aquel que nos dijo, cada vez que tuvo oportunidad, que lo que había, en primer lugar, era la Patria, o la Muerte; que las demás opciones eran, de nuevo, patria, pero esta vez con revolución, socialismo y, por supuesto, más muerte; fue el mismo tipo que desfachatadamente nos remachó en la frente que venceríamos en sus guerras particulares, sin que sepamos a ciencia cierta, hasta el día de hoy, cuáles eran, o son, las sacrosantas y puñeteras causas en nombre de las cuales valió la pena que esa nación disfuncional y anacrónica sólo haya conocido de penurias, desastre y convocatorias apocalípticas -ya se sabe- a la muerte.

Decía, entonces, que es difícil volver a escribir sobre él; me resulta imposible decir que es un viejo infame, cagalitroso, que ni siquiera tiene la decencia de morirse para que podamos comenzar a olvidarlo de una vez. No puedo ya reírme de él, ni de sus desvaríos de moringa y catastrofismo. Ya está a salvo de mí.

Se lo debe, y nunca lo sabrá, a la que, cuando de pasada lo veía en la pantalla del televisor, extendía su brazo en un ingenuo detente, y cubría la imagen con la palma de la mano, para no verlo. “Ah, no lo soporto…”, decía la vieja, y seguía su camino.

Mi madre, como el resto de la Era, como Cuba toda, murió, mientras el viejito de la foto aún vive. El mal de Parkinson la desgastó, la fue apagando, hasta que sólo quedó la suavidad de sus manos tibias y la inocencia en sus ojos azules.

Por eso no quiero ver a Fidel en la foto. Como me jode, cojones, pero tengo que admitir que tienen la misma mirada. Mi madre. Y ese anciano, Fidel, que, en un postrero acto de hijo de puta redomado, parece haber aprendido a mirar como lo hacen los viejos niños que ya van a morir.

Está, entonces, lo reafirmo, a salvo de mí; no logro mofarme, me niego a cubrir de escarnio a ese viejito de la foto, que hoy es pálida sombra del otro, que ya murió.

No voy, entonces, a seguir escribiendo sobre este anciano, ni sobre sus invitados, ni sobre su mujer que se posa como un rebullón sobre el hombro de un espía que sonríe.

No lo haré más; o al menos, no mientras ese anciano me mire de esa manera.

sábado, 28 de febrero de 2015

Revelación de sábado, anocheciendo

Si la inmediatez de la solución a la cosa cubana fuera directamente proporcional a la cantidad de expertos, oráculos, cubafílicos y castrofóbicos, y a la frecuencia de sus cónclaves, mañana nos levantaríamos con la noticia de que ya se acabó la cosa…

Hoy, como ayer, desiguales seguimos, mi bien…

La casa era, de acuerdo al criterio más conservador, suntuosa.

De diseño audaz, moderno, tres plantas, dos garages, pisos de granito, desniveles ubicados con buen gusto y elegancia, ventanales de vidrios polarizados a través de los cuales se podía observar un amplio patio, sombreado por árboles centenarios, que terminaba en un embarcadero que se extendía sobre la margen del Almendares. En la pared de la sala, un enorme cuadro con una foto de Fidel, sonriente, envuelto en el humo de un puro, los dientes orlados con el sarro de los fumadores.

La música era de una emisora de FM de la Florida, captada por una antena de complicado diseño, instalada en el techo de la casa –comprada en Canadá, me dijo- y amplificada por un sistema de sonido quadrofónico Grundig, -traído de la RFA, abundó-.

Los asistentes a la fiesta eran, de acuerdo a la retórica menos corrosiva, hijos, sobrinos o nietos de alguien bien ubicado en la nomenclatura del desgobierno cubano. Vecinos, casi todos, venidos de ambas orillas del río.

Hablaban de vacaciones en María la Gorda, en los cayos de norte, de estancias en yates, con los guardafronteras, de Arenas Blancas, Topes de Collantes, de Moscú, de Praga, de Madrid y Toronto. Vestían como vestían las gentes en las películas en VHS que devorábamos los fines de semana en casa de un amigo que tenía un Sony Betamax. Uno mencionaba que los jeans Lois los había comprado el padre en el Corte Inglés; a otro le reclamaban en broma que cuántos Seiko 5 tenía, oye, que eso de llevar uno cada semana a la escuela era un escándalo.

Olían a Paco Rabanne, Channel y Brut -de la Zona Franca del canal de Panamá, me confesó-, fumaban cigarrillos More –de la diplotienda, me aclaró-, y me escanció del botellón de whiskey Ballantine –que le regalaron a mi papá en México-, me comentó-.

Ya estaba yo entonces, de acuerdo a mí mismo, deslumbrado por la “opulencia” de los dueños del país. Aun no salía de mi asombro cuando terminó la fiesta, y ella llamó por teléfono a algún lugar, dio la dirección donde estábamos y dijo, “Somos 11”. Veinte minutos más tarde llegaron cuatro Volgas negros, que nos llevaron a nuestras casas, quizás por cortesía de alguien de los que hoy llaman “generación histórica”.

Corría, por cierto, el año 1980.

Hoy, en el año de gracia 2015, leo en el New York Time –impreso en Queens, Nueva York, en los Estados Unidos, me diría ella-, un artículo cuyo titular dice:

“Giro al capitalismo abre brecha de desigualdad en Cuba”

viernes, 27 de febrero de 2015

De filias, fobias, y Damas de Blanco

Todavía no entiendo bien.

Aun después de ver la entrevista que Antonio Rodiles realizó a Berta Soler, actual líder de las Damas de blanco, y a Leticia Ramos, la representante de dicha organización en Matanzas, sigo sin saber a ciencia cierta qué fue lo que dio origen a la protesta de Alejandrina García de la Riva, disidente de la disidencia, y al mitin de repudio que las Damas de Blanco le dieron a una Dama de Blanco.

Tratando entonces de sacar algo en claro, veamos lo siguiente:

Que Alejandrina García dice que Berta Soler es autoritaria, intolerante, y que maneja a las Damas de Blanco (DDB) como si fuera su feudo particular, excluyendo de la organización a quien ella considere no adecuada. O sea, Berta Soler estaría haciendo lo mismo que hace cualquier otro líder de grupo u organización política en cualquier país del mundo, que administrara de acuerdo a estatutos, egos y conveniencias.

Que Alejandrina García dice que todo se origina al intentar ella reclamarle a Berta Soler –y ya a estas alturas se me hace evidente que esto es un conflicto entre estas dos señoras, y no de la Alejandrina vs DDB–, que Berta Soler le dice que ni siquiera puede marchar con ellas (?) y que cuando Alejandrina lo hace, le dice entonces que es una provocadora.

Que Alejandrina fue al Té Literario, o sea, a la ocasión y lugar donde recibió el mitin de repudio, y donde fue advertida que debía irse, pero que no lo hizo, porque obviamente no había tenido una oportunidad para hablar y ser escuchada con tranquilidad y, claro, en democracia.

Que aquí es oportuno señalar que Alejandrina García –a la que, por cierto, Berta Soler se refiere llamándola por el nombre y los dos apellidos, a la usanza de la oficialidad del MININT– ya tiene salida definitiva del país, por lo que me cuesta trabajo pensar que este conflicto sea sólo una pugna por el liderazgo de la organización pues, DDB, fuera de Cuba, es sólo un recuerdo… a no ser que haya un grant para líderes de DDB exiliadas del que yo no conozco, pero eso, claro, es especulación.

Que Berta Soler y Leticia Ramos dicen que Alejandrina García ha actuado como mula, y que eso la descalifica como DDB y que por ello iba a ser “analizada” en un consejo de dirección, etc. Sólo me queda la duda de si vender cucuruchos de maní en una parada de guagua también sería invalidante para militar en las DDB.

Que eso de decir que Berta Soler “le dejó la comida a la Seguridad del Estado” tiene poco sentido, y aún menos clase.

Que el acto de repudio DDB vs DDB, pues parece haber sido sólo una reacción histérica y desproporcionada de un grupo de damas instigadas y exaltadas, y parece que Alejandrina navegó con suerte, pues hasta golpiza estaba en ciernes.

Que a Berta Soler, o se le fue de las manos la grey, o se le fue de las manos el represor que todos los cubanos llevamos dentro.

Que el que tomó y subió el video, de manera tendenciosa, es un chivato infiltrado, lo cual sugiere que hay siempre que tener a un propio contrafilmando, sobre todo si se planea privar de la palabra y reprimir a la usanza de los represores.

Que en todas las organizaciones hay pugnas por liderazgo y quitate-tú-pa-ponerme-yo.

Que el dinero es la raíz de todos los males.

Que, si en algo coincido con Berta Soler, es que las DDB, como organización y símbolo, van a sobrevivir rencillas, egos y conflictos. O al menos, eso espero.

Que es penoso que esto haya sucedido, porque las DDB han ganado, literalmente, un espacio público que ningún otro grupo opositor había logrado con anterioridad.

Que, si en algo coincido, esta vez con Rodiles, es cuando dice que las DDB son el grupo más importante de la oposición en Cuba, por su valentía, por lo que han logrado, y por su visibilidad.

Que Berta Soler y Rodiles tienen la misma posición, pro embargo/bloqueo y anti diálogo, lo cual se encargó astutamente Rodiles de confirmar y de poner en labios de sus entrevistadas. Y que Berta Soler hace extensiva esa posición a la organización, a todas las damas que la componen. Y que eso, pues no creo que sea así.

Que, llegado al final de este texto que escribo, creo que ya empiezo a entender.

Y que, además, estoy cada vez más convencido que mi principio de no afiliarme a ninguna organización, partido, ideario, corriente, taller, filosofía o grupo, es de lo mejor que se me haya ocurrido en mi ya larga vida.

Declaración temprana de (por fin) viernes

Ahora que tiranos y cómplices se llaman "generación histórica", y que sus herederos se llaman "relevo", yo me cago en ellos y en los eufemismos.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Orquesta, coro, director, y la que se muere

Hace mucho tiempo, cuando yo todavía transpiraba sudores de la Habana, me fui al hospital Calixto García a ver a un pariente que allí estaba ingresado. En la mejor tradición de una buena parte de mi numerosa familia, que tiende a reunirse en esas ocasiones especiales a las que convocan un enfermo o un cadáver, me encontré allí con mis primos; los más queridos, mis amigos, mis cómplices de cabalgatas y cañadas húmedas.

Estaban entusiasmados, me contaron, pues habían sido testigos de una disertación que un cirujano hubo de brindarle a un grupo de colegas, pacientes y enfermeras, en la cual reveló que habían empleado un procedimiento novedoso, nunca antes usado en el resto del planeta, para una intervención de neurocirugía que precisó un señor al que le había caído una palma en la cabeza.

De inmediato me sumé al alborozo por ese logro de la ciencia médica cubana, qué maravilla para esa persona y su familia, dije, ojalá se recupere pronto, les comenté a mis primos.

“No”, me dijeron, “el hombre se murió… ¡Pero el procedimiento fue un éxito!”

“Ah…”, respondí, algo perplejo.

Algo perplejo también leía hoy una ponencia, llamada “Problemas de la democracia en Cuba”, que presentó el académico cubano Julio Cesar Guanche en un evento que se realizó en Washington DC los días 27 y 28 de enero, y al que concurrieron “emprendedores, blogueros, cineastas e intelectuales cubanos” (sic), y donde intercambiaron con “políticos, diplomáticos, empresarios, y académicos estadounidenses y cubanoamericanos” (sic otra vez), encuentro organizado por “Cuba Posible” y el Cuba Research Center.

Sépase que mi perplejidad no tiene que ver con la ponencia per se, ni con el evento; ni siquiera con lo variopinto e (palabreja de los buenos tiempos…) idoneidad de los asistentes de uno y otro lado. Al cabo, ¿qué se yo de esos asuntos?

Tampoco se origina mi asombro, debo decir, en la forma en que el autor alegremente disecciona la democracia; en como la lasquea, la separa en jugosas categorías, como si hubiera democracias malas, buenas, liberalistas, conservadoras y, válgame algún dios, hasta una cubana. Tal pareciera al leer tal cosa que votar con libertad, y elegir representantes y gobierno, demanda tantas sutilezas y filigranas como operar el cerebro de una persona agonizante por causa de un masivo derrame cerebral que le provocó un palmazo descomunal. Como si no hubiera sólo democracia y tiranía. Y punto.

Debo admitir, sin embargo, que casi me sorprendo cuando leí que hay, en Cuba, algo que es la “democracia en lo social” (sic, y van tres), de acuerdo a la cual se han cumplido objetivos, se han logrado índices que colocan a Cuba, nada menos que a Cuba, tal y como la conocemos, en el lugar 17 entre todos los países de la Tierra de acuerdo a uno de esos indicadores: el “Índice de Desarrollo Humano No Económico”. Y se pone mejor: me entero que la isla en peso es primus inter pares, es decir, la primerita, entre los países en desarrollo en dicho índice.

Claro, decía que casi me sorprende, o sea, que no me sorprende, y explico por qué.

Sólo en algo que lleva la coletilla de “No Económico”, y que se debe calcular de acuerdo a criterios probablemente tan fríos y manipulables como una bola de nieve, puede nuestro triste país ocupar lugares primero, segundo, decimoséptimo, o cualquiera igual de irrelevante para el bienestar real de los cubanos.

Pero continúo entonces, y no debo extenderme tanto en los comentarios, aunque pudiera. Sigo leyendo la ponencia -que por cierto, tiene el gran mérito de ser legible, y no como otras, que, ¡ay!, son pantano y enredadera- y me apabulla cuanta cosa buena ha sucedido en Cuba: en lo social, en lo político, en lo económico; los gays, por ejemplo, que se han empoderado, lo cual debe servir como modelo a ser aplicado a otros derechos civiles (casi sic). Alto ahí, que bueno es lo gay y no lo demasiado, que esto ya suena como disidencia, seguro diría la sexo-zarina Mariela Castro, de leer este texto.

El texto se impulsa, incluyente, y también menciona a la comunidad afrocubana, que al parecer sigue igual de jodida a pesar de medio siglo de emancipación; dice, además, que hay una renovación generacional del poder político (?), y que ha aumentado la desregulación de la economía de la croqueta.

Finaliza la ponencia con siete puntos hipotéticos que deberían tener lugar en una Cuba posible, y que hablan de mayores espacios, mayor peso, mayor acceso a la croqueta, más reclamos por la tolerancia, por el respeto, y así se va deslizando el alegato, pasando por desigualdad, injusticia, corrupción, ¡no al individualismo! (?), hasta llegar a ese tibio lugar común en que todos parecen estar de acuerdo desde el siglo XIX: que hay que defender la soberanía nacional y de los ciudadanos, cuidándose por supuesto, ¿de quién si no?: de los Estados Unidos.

Y aquí hay que recordar que precisamente los Estados Unidos de Norteamérica es el lugar donde se celebró este evento, amparado por el derroche de libertades que disfrutamos en este país, y que, de haberse celebrado dicho evento en Cuba -la real, no la posible- probablemente hubieran salido los asistentes cubanos defenestrados en dirección a Villa Marista, y los invitados extranjeros hacia el aeropuerto, en sumaria deportación.

Pero no hay que ser tan radical, vamos: yo entiendo que exista la necesidad de un aceitado debate intelectual, de sumergirse en la formulación de sabrosas hipótesis, del regodeo goloso en la teoría; creo en que hay que hablar, debatir y hacer eventos. Al cabo yo soy un científico, yo sé de eso.

Pero, aun cuando esas alturas son embriagantes, y hasta pudieran parecer la cosa en sí, no lo son; llega un momento en que imprescindible tomar tierra y caminar bajo el sol.

Cuando eso sucede, lo que se encuentra entonces es una enorme disonancia entre el tono de los ciudadanos de la orquesta, el de los académicos del coro, y el del director general-presidente y sus directores suplentes. Se escucha todo muy desafinado, la verdad, y le urge un arreglo mayor.

Cuba, que tiene el alma fracturada, no por el golpe de una palma fuera de control, sino por el peso de medio siglo de dictadura y desastre, no necesita procedimientos nuevos para ser curada de sus males, mucho menos de alguno que sea tan intrincado que requiera densas explicaciones para establecer lo que en realidad es simple.

Porque es simple lo que Cuba necesita: es democracia, así de sencilla, la única que existe, la de yo voto, yo elijo y el gobierno trabaja para mí; le urge, además inversión masiva, economía capitalista, y otro gobierno: moderno, joven, de cualquier tono, pero otro, por favor. Y, por supuesto, se precisan cubanos capaces, con feroz iniciativa individual, que le llamen a las cosas por su nombre, de una vez, y no se anden por las ramas.

De no hacerlo así, la alternativa es irnos de evento en evento, de blog en blog, de ponencia en ponencia, desperdiciando vida y oportunidades, tratando de convencer, de hacerle entender a quién esté interesado, que tenemos una excelente y novedosa idea para sanar a un paciente que, desgraciadamente, para entonces ya va a estar muerto.

martes, 24 de febrero de 2015

Autopsia de un delfín que chilla

Deténganse, por favor, y presten atención un momento. Hay algo que creo es necesario ver y escuchar.

No es una tarea fácil, ni agradable, advierto. Tampoco es amena, ni visualmente placentera; es, en todo caso, agobiante; apesta, además, a lugar en ruinas, habitado por polvo viejo, orinado por gatos, cagado por perros. Pero no hay que desanimarse, insisto: es necesario que se vea y escuche al delfín cubano, a Alejandro Castro Espín.

Hay que hacerlo, y no porque lo que dice el delfín valga la pena. De hecho, es como escuchar a un guapo de barrio detenido en una esquina tratando de convencer a los transeúntes que su guapería es universal, y no de poca monta.

Si quisiera resumir mi impresión, al verlo/escucharlo en la entrevista que le realiza el periodista Iazonas Pipinis Velasco nada menos que al pie del Parthenon, en Grecia, diría que el delfín es un angustioso deja vu.

Habla, habla, habla. Compulsivo, invasivo. Enronquece mientras inunda al infeliz que lo escucha –que, como yo, no tiene la maravillosa posibilidad de pulsar la pausa, de prisa, y tomar un respiro–, lo inunda, decía, con una verborrea de medio siglo de espesor; histérica, fluida, inflamada de dogmas, apuntalada por falacias enclenques, salpicada con citas, nombres, cifras, personajes, clichés, como moteado está un esputo con mala sangre.

Los ojos del delfín no se ven: están ocultos tras oscuros cristales polarizados de espejuelos que recuerdan a los de su padre; su nariz es roma, corta, mientras el bigotillo y la rala perilla le confieren un nostálgico aire de decimonónico revolucionario ruso, o de izquierdista trasnochado, de esos de la América de ellos. La boca, entreabierta entre frase y frase, es clara en su intención, que no se admiten interrupciones: “Aquí el que habla soy yo”, es el mensaje y la idea tras el gesto. O, como le dice en algún momento al pobre periodista, “pérate, déjame terminar, que es una idea importante”, y sigue hablando mierda. A borbotones.

El delfín se deleita escuchándose y haciéndose escuchar. Se siente político, historiador, experto. Desbarra en un español de acento gutural, barriobajero, ceceante por momentos. No responde, divaga en grande. Chapotea, más bien, con la elocuencia y argumentos de instructor de marxismo para adolescentes; la verdad, hasta parece estar convencido de la porquería que dice.

De repente se hace evidente que su tío, el mesiánico, está a su lado, detrás, dentro de él. Lo posee. El discurso es tan manido, tan agotado, tan anacrónico, tan absurdo, que por momentos pareciera que el anciano, como a un mal actor, le estuviera dictando al oído el parlamento.

Imperio, imperialista, enemigo, Estados Unidos, capitalismo, capital, gran capital, despiadado, brutal, nuestros logros, nuestra determinación, el pueblo, campesino, obrero, el pueblo que sabe, que conoce, que sufre, que ha sufrido, que no volverá a sufrir, nosotros, los pobres, los valientes, democracia representativa burguesa, democracia participativa, ¡la buena, la democrática, la cubana, cógela aquí!, y el imperio, más imperio, elite de poder imperial, la cámara de los lores británicos representa a la nobleza, la crisis, la de allá afuera, y nosotros ahí seguimos, sin problemas, solidaridad, y el pueblo, otra vez. O todavía. Esa es su arenga. Eso es lo que hay. Delfín chillón, muelero y hablador de cáscara.

El delfín Castro es el heraldo de su mediocre dinastía de guajiros biranenses devenidos dictadores; es su Hombre Nuevo. Ha sido encargado de vigilar a todos menos a su padre, y de llevar en brazos el cadáver de la Involución; de tal manera, los ayudó, al padre y al cadáver, a vadear el 17D, y los está depositando, hediendo e intactos, un día más allá, dejando claro al que esté prestando atención que no valen ni Obama, ni conversaciones, ni buenas voluntades: que allí, y que se entienda de una vez, no ha pasado nada.

El delfín es entonces otro Castro, la continuidad de la dictadura, la misma cosa. Es, aun siendo notoriamente mediocre, el heredero.

Hay días, los mejores, en que el destino de la nación cubana parece no poder empeorar. En otros, los días peores, pues aparece gente oscura. Como este neo Castro, o sus amanuenses, que por ahí andan, recordatorios todos de que, si bien se puede ser optimista con el futuro de Cuba, la realidad no tiene nada que ver con el optimismo.

La realidad, que es este legado del general presidente: el delfín, y la neurosis de sus chillidos.

lunes, 23 de febrero de 2015

Suposición

Si yo fuera cubano
me lo creería todo otra vez;

Lo que me enseñaron
Lo que me dijeron
Los dogmas, los lemas
El discurso
Lo que me contaron

Si yo fuera cubano
Cantaría la misma canción otra vez;

Las consignas, los anatemas
La escuela,
Los gritos,
La marcha.
La turba, Fidel, la ceguera
Besaría a la misma muchacha

Si yo fuera cubano
Me callaría otra vez;

Miraría de nuevo a otra parte
Me haría buen amigo del miedo
Seguiría siendo absoluto
Aislado
Isleño
Arrogante
Cómplice, ciudadano bovino,
Obsoleto, uno más,
Ignorante

Si yo fuera cubano, otra vez,
Otra vez me quedaría sin esperanzas;

Sin luz,
Sin años,
Sin casa,
Soñara con nieve, aviones
Tierra firme,
Opciones,
Con balsas

Si yo fuera cubano otra vez
Sería mejor ser un niño;

Que no entienda qué es lo que pasa
Montando patines,
Azorando palomas,
En shorts, sudores, sin camisa
Escuchando a mi madre
Que ríe, en la cocina,
O que llora, en silencio
Por mi país
Por mí
Por las ruinas

Si yo fuera cubano
De nuevo urgente me fuera;

Otra vez,
Otra vez,
Y otra vez,
De mí mismo
De mi isla
De cualquier manera

Si yo fuera cubano,
Otra vez,
Cubano, quizás,
Otra vez fuera

domingo, 22 de febrero de 2015

Lomo de cordero

Al lomo de cordero, sal y pimienta, sin miseria, y persillade –que es perejilada, perejil con ajo, pero en francés, que se sabe que le saben un mundo a comer como se debe-, y eso se coloca sobre sweet potato, zanahorias (pre cocinadas al vapor, pero a medias…), cebolla, sal y pimienta otra vez, y todo ello que descanse sobre ramas de romero, salvia y tomillo.

Y se coloca en el horno a 425 F, por unos 45 minutos, o más si hace falta, hasta temperatura interior de 130 F majomenos.

Ensalada, vino tinto, y buen pre-lunes tengan todos…













sábado, 21 de febrero de 2015

De la sin prisa y la pausa

Ahora que dice que la cubana ETECSA y una compañía estadounidense tienen un acuerdo para establecer una conexión directa entre ambos países.

Ahora que el vicepresidente (es un decir) de Cuba dice que “Existe la voluntad y disposición efectiva del Partido y el gobierno cubano de desarrollar la informatización de la sociedad y poner internet al servicio de todos, facilitando una inserción auténtica de los cubanos en ese espacio”, y aunque aún quede la duda acerca de qué cojones quiere decir “disposición efectiva” e “inserción autentica”.

Ahora que ya los mapas habían cambiado de color -hace un buen rato, por cierto- y que hasta un 17D tuvo lugar.

Ahora, pues sólo quedaría buscar la manera en que los cubanos de adentro puedan comprar una computadora, pagar por un servicio de Internet sin censura, informatizarse a tutiplén e insertarse auténticamente.

Vamos, que en términos prácticos, casi que parece más factible una renuncia en pleno de la castrodinastía, al son de Kumbaya y “Quiero que haya sol siempre…”