lunes, 27 de abril de 2015

La Habana, a cada rato

“Sábanas blancas, cagadas, en los balcones…”

Perdón, Gerardo Alfonso


No es algo que yo me proponga, este asunto de La Habana; ella sigue aquí, enredada entre mis cosas, porque así es, así de simple: ni yo la retengo, ni ella se entromete.

No la invito, no me acosa: pero va conmigo a todas partes.

Decido consultar con otro habanero, uno experto en nostalgias; jalo una silla, y me siento frente a Martí: José -le explico, a trompicones- en esencia, estamos de acuerdo; que mi asunto con La Habana no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; que en el denso núcleo urbano donde nací, crecí, y comencé a reproducirme, la tierra era escasa: apenas había unos manchones, confinados en descuidados canteros; que era más probable pisar mierda de perro que yerba; que la yerba era para limpiar mis suelas de la mierda; que yerba le decían a la marihuana; que la Patria te la han hecho mierda; que decían que él, José, lo había prometido; que Fidel la había hecho mierda; Fidel, que es una mierda de gobernante, tan pegajosa que no se cae de las plantas de los pies frotando con la yerba; que él, Fidel, sí se cayó: se hizo mierda una rodilla; que ya no procesa los alimentos; que de hablar tanta mierda sus tripas se confundieron para siempre, que perdieron el norte y sur, que ahora van de este a oeste: tiene un ano lateral; que ya no se sabe si habla o caga; que no hay forma, entonces, que me olvide de que la Habana está hecha mierda, llena de mierda de perro, que

Han hecho mal en dejar
los mojones en la acera;
Porque así, llena de mierda artera,
No sé, yo no la quiero pisar

decía, lo cumplió él, Fidel, siguiendo la idea que le achacó a él, a José; que se dice que lo hizo por su condición de biranés, guajirito acomplejado; nunca le gustó habana ni habaneros; que el arique y acento se le vinieron quitar en los 80; que se la está llevando, a La Habana, con él, a la tumba; sin prisa, sin pausa, pero seguro; que en un acto de justicia necesaria lo van a enterrar lejos de la Ciudad; allá, contigo, a tu lado, Maestro José…

Se levantó, pensativo; se marchó, en silencio; levantó un brazo, a manera de despedida, y extendió el dedo de medio. “Eh, conmigo no…”, comencé a decirle, pero se desvaneció, fosca, en una fosa desbordada, el alma trémula y sola.

Me percaté entonces que, al final, ni siquiera le había hecho mi pregunta. No alcancé a contarle tampoco que, para colmo, la Habana que yo extraño, ni siquiera existe; que los que la compartían conmigo también se fueron; que los flacos desgarbados ahora son gordos con calva incipiente y mal aliento a los que no interesa lo que digo; que algunos, inclusive, han muerto; que otros ya no son ellos; que La Habana es un recuerdo que me frustra tanto como no tener dieciocho años de nuevo para esta vez hacerlo todo mejor; para mejor pedir asilo en Gander esta vez; no subir al avión de Cubana, dejarlo que partiera sin mí, que no me llevara de regreso a un rodeo de trece años, una pausa de once más, para al final venir a recalar aquí, a un tiro de piedra de donde todo debió comenzar hace tanto tiempo, tanto, que aun no había celulares, ni Internet; difícil de imaginar, yo sé; difícil de imaginar que, teniendo aquella oportunidad de oro, la cambiara por una de mierda de perro, y hasta pagara por la diferencia.

Difícil, además, de asimilar, yo sé, que, para colmo, después de tanto rodeo, pausas, y atajos mal tomados, venga a estar añorando una ciudad en harapos; tan sucia, tan codiciosa, que se quedó con mi infancia -las cosas sencillas-; y todas las novias, cinco asquerosas posadas de desespero, dos litros de semen, y un malecón; pero no ese -el que vi de madrugada, desde la burbuja fría de un autito alquilado; un muro infeliz, hirviendo, asediado por una horda oscura de mejillones sin esperanzas, buscando el fresco sobre la piedra triste; bebiendo ron, gritándose, simiescos-; es otro malecón el que buscaba, y resulta que ese tampoco existe.

Yo la amputé entonces a La Habana. Me amputé yo. Aun está ahí, sin embargo; ella, que ya es otra, doliendo como un fantasma -¡tan absurdo!-; yo, que tampoco soy el mismo, ando trazando añoranzas con la vehemencia de un rabo de lagartija cercenado.

Como decía: no es algo que yo me proponga, este asunto de La Habana; ella sigue aquí, enredada entre mis cosas, porque así es, así de simple: ni yo la retengo, ni ella se entromete. 

No la invito, decía, no me acosa: pero va conmigo a todas partes.


sábado, 25 de abril de 2015

Epifanía de fin de la Era parida, después de medio siglo

“La ciudad se derrumba…” 
Y él ahora ya lo sabe… 


Años antes de pasear -aburrido- por Praga, de disfrutar -ansioso- la novedad y el desenfado del DF, de andar el Ámsterdam fugaz, de tocar apenas Frankfurt; antes de sudar en el Azúcar, y singar en las arenas de Cancún, -y otra vez, y otra vez-; tiempo antes de atorarme con el polvo del desierto de Samalayuca, de caminar -como un demente- Madrid; antes de remontar la madrugada en Acapulco, de buscar desayuno a las tres de la mañana en Alicante, y sólo encontrar una congolesa ávida de sexo de la que -confieso sin pena- tuve que huir; antes de Nueva York y Miami, antes de deshidratarme en Chitchen Itza y congelarme en los Tatra, antes del frío y lo limpio, antes de lo gourmet y lo sano, ya la mierda inundaba La Habana, y yo la vadeaba.

Cincuenta años antes de que Silvio decidiera cantarle a la gente correcta, medio siglo antes de ver el documental de sus conciertos en los barrios bajos de mi Habana, yo sabía de qué se trataba, porque yo, insisto, ya estaba allí.

Yo no sé qué ven otros en ese documental.

Quizás vean la poética, el lirismo -¡ah, qué maravilla el lirismo!-, el compromiso de Silvio Rodríguez con las masas, su poder de convocatoria, de cómo logró sumar a la comparsa a Frank Fernández, a los Papines, al inevitable Feliú (el muerto y el vivo, que no es lo mismo, pero es igual); a Amaury el-de-la-voz-temblorosa, y a Rodríguez Rivera (que sigue pegándole la gorra también en el blog, por cierto)

Consideran tal vez interesante ver a Silvio, héroe urbano, empapado de masas peligrosas -lo que se encargan de remarcar una y otra vez en el documental, que hay riesgo ocupacional, que esos barrios son de pinga, oye, reportando desde el Kalahari, subidos a una mata; con el agua al pecho en el Indico sudafricano, tiburones blancos por tos laos…-. Mientras, Silvio, el misericorde, contemplando la miseria inherente a la gestión de sus desgobernantes: Silvio, asombrado de que haya gente, de que esté la gente, tan pero tan jodida.

Yo, bueno, yo tengo quizás cortedad de vista: no me emociona Silvio, ni su gira, ni su asombro a destiempo, ni su compasión; lo que yo veo es un tipo que dice que hay que hacer cambios, así, en general; quizás cambiar el cauce del río de aguas albañales aquí, o el material del techo que no protege de la lluvia, allá. Cambio, dice.

Pero Silvio quiere que si desvían ese desborde de fosa, y si por fin le ponen teja de fribrocemento al techo, que le dejen por favor el machete de Maceo, y sus razones -las de Maceo-; que quiere todo eso, para hacer no sé qué cojones, y entonces el que se asombra soy yo, porque resulta que el machete, las razones, las causas y la mierda de país ya estaban -siempre habían estado allí- cuando él armó su primera tarima de concierto. Ya estaban, inclusive, mucho antes, cuando él era diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, y le cantaba las mismas cancioncillas épicas a su comandante, en un pulcro e iluminado teatro rebosante de lacayos enguayaberados.

El mea culpa del documental es sua culpa, y también sobre la culpa nostrum; pero, en realidad, de pura casualidad incluye a Silvio, porque es, ante todo, sobre la miseria total de los cubanos; es también sobre el quemante remordimiento que llega con la tercera edad, con el “¿Qué hice, cojones?”, sobre lo que ya estaba antes que “Ojalá”, antes de la flauta, el chelo, la guitarra, la poesía y los poetas. Pero el que espere indignación en los que intervienen, es un iluso; hay sólo resignación, y eso sí, musiquita.

Siempre -desde siempre, para siempre- han existido en La Habana los barrios marginales, las fosas desbordadas, la desesperación nuestra de cada día, el desamparo, el aturdimiento; Silvio, sin embargo, que sólo había atinado a amenazar a aquel que le echó basura imperialista en su verde jardín, exuberante de tanta ideología y panfleto, apenas se espanta -canta- con la noticia de la basura que sus ídolos han dejado acumular durante décadas y que, para colmos, no piensan limpiar.

Es, la verdad, indignante. Pero yo, a pesar de todo, no culpo a Silvio.

(Todavía le preguntaría, sin embargo, qué le parece, a posteriori, la idea de haber arengado a argentinos, chilenos y mexicanos, durante décadas; qué opina de haber estado promoviendo revolución cubana por toda América Latina; si valió la pena estar defendiendo esa cosa que, mientras el cantaba y cantaba, demolía el país y la Ciudad. Todavía le preguntaría, además, cuán necia le parece la idea de ser necio; lo convidaría, incluso, a la mierda correcta. Pero pienso que perdería mí tiempo si lo hiciera)

No lo culpo, insisto entonces, porque dentro del cinismo del lirismo, tiene buenas intenciones; no lo culpo entonces por tener remordimiento.

A Silvio, a todos, se nos derrumbó la ciudad -el país-; mientras los escombros iban cayendo, en silencio, ignorados por la complicidad de un desgobierno que es -hoy ya lo sabemos- lo peor que le ha pasado a la nación cubana, algunos cantaban -cantar draga el alma-; otros, nos íbamos, para no tener que palear más mierda de puerco -la mierda tupe los tragantes-, para no seguir llenando tanques de agua a cubetazos -que eso jode la espalda-

Ver de nuevo lo mismo que vi en La Habana hace un par de décadas, y ver que el desastre es, ya no igual, si no peor, es aplastante. El documental tiene ese mérito: no el relato del safari de Silvio y sus amigos, sino el traer la crónica de La Habana triste, tan lejana del Casco Histórico y el Festival del Habano, como lo está un futuro digno para esa toda gente que vive en el desamparo.

Hay uno que dice que espera que el futuro sea mejor. Hay otro que dice que a él se le acabó el futuro. Hay una joven que ya no dice porque el sollozo la ahoga. Otros –su dios los ampare- dicen que eso, aquello, es lo que quieren. Algunos, le agradecen, coño, gracias por cantarnos. Los más, callan, ríen y hasta gozan; “es que los cubanos somos así, alegres…”, se escucha de repente. Y yo me consumo de tristeza.

La Habana entonces todavía me hace escribir cosas. No lo puedo evitar: ahí está, derrumbándose un poco todos los días; como los sueños de la gente jodida, que Silvio descubrió en su epifanía de fin de Era ya sin el corazón; se desmorona la Ciudad, como lo hacen las cosas abandonadas; se va consumiendo, como mi vieja, cuando iba cediendo ante el Parkinson implacable.

La Habana se muere entonces, y ya no hay nada que yo pueda hacer por ella; La Habana, carajo, mi querida ciudad astrosa, que todavía me hace llorar.

martes, 21 de abril de 2015

Ni pinga, luego existo

De nuevo regresa la idea de que el papelazo de los cubanos en Panamá era revolucionariamente necesario.

Regresa, esta vez, de la mano de un muchacho indignado.

Ni pinga, escribe el exaltado joven cubano en su blog: se quita entonces el solapín de reportero, columnista, o lo que sea que haga, y se presenta mejor como hijo de su madre comunista. Explica, de seguido, que renuncia en esa ocasión a escribir como periodista, y que prefiere gritar, como en una mesa de dominó.

Introduce así -y ni siquiera se percata- la idea clave de toda la idea: hay cosas que no requieren mayor intelecto: sobra con grito y chusmería. Cosa nostra, de comunistas, parece decir -yo creo que de verdad se le escapó ese detalle-, y a continuación inclusive ofrece una disculpa por la gritería.

Expone entonces que, de haber estado allí, en Panamá, con la hueste de la pseudosociedad pseudocivil cubana, le hubiera sido también difícil (qué digo –qué dice- difícil, ¡imposible!) contenerse, y no vociferar junto al resto de los energúmenos -que no lo eran, explica él: que son gente de valía y cacumen, no eran idiotas, dice, que él los conoce, y da fe-

Le hubiera encantado, sigue explicando, estar allá, y gritar, no “¡Me pegué, pinga!”, sino “Pin pon fuera, abajo la gusanera”, y abajo Ustedes, y viva a nosotros (es decir, a ellos, a los de la turba)

Que le hubiera encantado además negar a algunos que por allá en Panamá andaban, dice. Ni pinga tú. Ni tú. Ni tú. Nojotronamá. Esa parece ser la idea de ese muchacho -que escribe a nombre de los ideales maternos- de cómo se deben no compartir los espacios públicos.

La rabia que lo inunda -abunda- es porque por allá, en el istmo, andaban Posada Carriles, el terrorista de origen cubano, y Felix Rodríguez, otro cubano, (el que mató a Ernesto Guevara o, más bien, el que le disparó, o que estaba allí cuando le dispararon: Guevara en realidad ya estaba muerto el día que decidió que su destino de aventurero global lo debía llevar a Bolivia, otro país ajeno, a fomentar un conflicto armado y propiciar una guerra civil)

Hasta Berta Soler, que no ha matado nadie, lo irrita al muchacho; que ella es pro bloqueo (Berta, Berta, cará…). Pinga pa Berta también, dice el chama, que ella le pidió a Obama que hiciera pasar más hambre a la gente de Cuba. Del hambre anterior a Berta y Obama no hace mención el escritor, por cierto. Ni pinga dice; por pudor, quizás.

Avanza combativo entonces, y solicita también pinga para el Departamento de Estado, que es el que concede las visas para que se pueda visitar este -ay, pinga- brutal país, (yo creo que se le fue ese detalle también), y para el Departamento del Tesoro, y para la CIA. Y, por supuesto, para los que mataron a Manuel Ascunce. Pinga pa tol mundo. (Y para el Department of Motor Vehicles as well, nota mía)

Yo creo que si hubiera dicho “pinga pal Gobierno de los Estados Unidos”, pues hubiera terminado más rápido, pero ya se sabe que eso no es políticamente correcto en estos tiempos, mucho menos con el general heredero y el Presidente Obama negociando la continuidad del régimen por otros cincuenta años.

Más adelante, pues el muchacho ya declina y se enreda: trae a la mesa a sus cinco héroes; habla de epidemias, plagas, muertos, y hasta de un hipotético presidente chino de los Estados Unidos; bueno, ya ahí dejé de entender de qué se trataba.

Pero lo que sí entiendo es la indignación primaria que va en el texto: Berta Soler no sabe bien lo que dice, Félix Rodríguez mató al ídolo de los pioneros, y Posada Carriles es un tipo repugnante por sus métodos.

No menos despreciable, por cierto, que el que decidió hundir un remolcador frente a la bahía de La Habana, sin importarle que se ahogaran hombres, mujeres y niños.O que el que ordenó a cazas de guerra cubanos derribar avionetas civiles; con toda probabilidad, fueron el general heredero o su esperpéntico hermano. O no menos abominable que los espías que propiciaron el derribo de esa avioneta.

Posada Carriles y Felix Rodríguez fueron llevados, o fueron por sí mismos -no lo sé- a Panamá; en cualquier caso es obvio que su presencia fue concebida como una provocación. Sin embargo, guste o no, también tenían el derecho de estar allí; parecido sucede con los disidentes cubanos: pero en ese caso el desgobierno sabía que iban a estar -ellos, en primer lugar, no se ocultaron para anunciar su asistencia- Por lo tanto, si hubo provocación pensada, y avisada, la chusmería fue entonces descarada y tontamente preconcebida.

No sé qué extraña idea ha hecho que haya disidentes que comulguen con Posada Carriles; eso merece desprecio. Felix Rodríguez, por su parte, también merecía una rociada de la justa ira: el hombre ha sido cómplice de que cada sapingo del planeta tenga un pulóver con la foto de Ernesto Guevara.

Pero lo realmente preocupante aquí es, sin embargo, que les parezca más sencillo a los jóvenes cubanos, que les parezca incluso más adecuado, decir ¡ni pinga!, que ser ciudadanos de estos tiempos.

La turba y la guapería van en la cosa cubana-involucionaria: -¡aquí no se rinde nadie, cojones! (¿o fue pinga?) Esos ¿valores? están bordados en el tejido de saco de yute de la ideología guarachera, como lo están el regetón o el racionamiento (no hay ni pinga, acere…)

La idea de convivir con lo diferente es entonces totalmente ajena a los cubanos -de adentro y de afuera, vale decirlo-; inclusive a esos más jóvenes, a los que parecieran tener algo de intelecto, y que uno quisiera imaginar ya post castros y post la bobería, como pudiera ser ese muchacho que escribió ese desafortunado alegato. Sin embargo, son más de lo mismo.

¿Es su culpa? No del todo: los ideólogos del desastre cubano enseñan, en primer lugar, desde el primer momento, y en cada oportunidad, a encuevarse. Para colmo, la idea, esa que desde el fondo de la caverna martiana ha sustituido cualquier otra cosa, desde democracia hasta economía, es mala, mala, mala.

Maligna, sería más apropiado decir; porque es tumor que se implanta temprano para que haga metástasis y convierta a muchachos que, bajo otras circunstancias, pudieran ser relevo aventajado de los ancianos que han destrozado el país, en zombificados portadores de, precisamente, la mala idea.

La Cuba que viene -ya no sé cuándo llegue, por cierto- requiere de cubanos que se olviden de las banderitas y los lemas; que sean capaces de dialogar, de mirar de frente a un tipo como Posada Carriles, por ejemplo, y decirle -o no- lo que piensan. Pero que lo sepan hacer como ciudadanos, sin vociferar.

Y hay que hacerlo así porque cualquiera dice Patria o Muerte y juega al dominó, pero la nación cubana necesita en realidad a quien diga Patria, y juegue ajedrez.

lunes, 20 de abril de 2015

Política 3D

Señores y vasallos, nobles y siervos. Entonces, todo era sencillo.

Después, los plebeyos se sublevaron y radicalizaron; levógiros a la izquierda; dextrógiros, a la derecha, y las cosas se complicaron.

Como las células, y la religión, la política se fragmentó; dividió los todos, ramificó lo unido, agrupó facciones, multiplicó mentirosos; los acomodó a todos en dendritas cada vez más complejas, y así la política se convirtió en razón de ser de legiones de periodistas y académicos.

Alguien le llamó entonces espectro a la variedad; el término sin embargo es insuficiente, pues el espectro es apenas bidimensional. Izquierda, derecha, demócrata, republicano, socialista, fascista, son sólo opciones puntuales en un universo de ideologías; la complejidad que ha alcanzado el pensamiento político es tal que tan sólo la tridimensionalidad logra describirla. ¿Evolución? Así parece. ¿Deseable? Por supuesto. ¿Necesario? Totalmente; en la variedad está la supervivencia.

Tal es así, que el retroceso, a señores y vasallos, a dirigentes y dirigidos, la reducción de la riqueza política al monopartidismo -tan aberrante como lo sería el regreso de los vertebrados a la protocélula-, ha condenado a todos los regímenes totalitarios a la extinción temprana; en el mundo 3D de la política contemporánea, los arquetipos de lo obsoleto -el socialismo y el comunismo- ya son dos líneas espectrales que dejaran de brillar a corto plazo; coordenadas x,y,z que no llevarán -ni han llevado- a ningún lugar que valga la pena.

Cuba, a la cabeza de las involuciones, tiene el ridículo discurso que se han inventado los mandarines cubanos para maquillar su fracaso: la engañifa acerca de los “tipos de democracia”, con la apostilla de que -horror- lo que tienen en la isla es una “variante válida”, y no una dictadura sin futuro. Pero es sólo un desvarío -comparable a la astrología y el creacionismo-, antesala de la desaparición de esa singularidad.

Por otra parte, aun en plena democracia, aferrarse a la rígida coordenada que establece una ideología, es perderse la riqueza de la libertad de acción y pensamiento.

Quizás el próximo paso evolutivo sea entonces la prevalencia del pensamiento libre e incluyente; la práctica de la política con sentido común, de lo que se debe hacer, y no las camisas de fuerza de las fidelidades partidistas. 

Sería entonces la era de la política de los no-partidos, la hora de los individuos: el mundo infinito 3D, el de la diversidad total, donde todos tendríamos algo que decir y, con suerte, que alguien nos escuche.

sábado, 18 de abril de 2015

Sábado de marea alta

Yo pudiera vivir en otro sitio; ¿a qué engañarse?

Pudiera estar pagando menos por cualquier cosa, y obteniendo más a cambio; disfrutaría -quizás- de la comodidad de estar rodeado de personas que hablen mi idioma -aunque quizás no en mi lengua-; tendría el placer de no tener que prestar atención para entender qué me dicen –si es que me dicen algo- o, simplemente, para saber que sucede a mi lado. Yo pudiera flotar, y no nadar.

Ya lo he hecho, por cierto: yo estuve, allí, donde gritaba a la par, y pensaba aún menos. Y allá, donde me escuchaban con sorna, porque mi duro español habanero, tan refractario a influencias, se escuchaba diferente; pero lo hablo bien, les decía, sonriente; valga la diferencia, amable les decía, váyanse a singar y no jodan más, les pensaba. Los lugares son diferentes; en otro sitio es también de otra manera: no mejor, no peor: sólo así, de otra manera.

Aquí, esa gente a la que no entiendo me sonríe en la calle, en un pasillo, en el correo.

Me hablan del estado del tiempo, les presto atención; no porque me importe que este día por fin amaneciera nice, isn´t it? Mucho menos si no sé a derechas qué equipo es ese que le ganó al otro, awesome, awesome que cojones, awesome sería poder comerme una baguete, de cuarenta centímetros de largo, crujiente de tan fresca, empapada en fragante mantequilla irlandesa, todos los días, y no tener que lamentarlo. Pero sí, qué nice, la primavera por fin, ¿verdad?, el invierno, toolongthisyear. Go ese equipo! Y sonreímos.

Sin embargo, la brújula sigue guardada en algún cajón; prefiero quedarme con las mañanas nubladas -bien frías-, con lluvia, sol, pero siempre limpias; seguir atravesando esos días de niebla, caminar en la ventisca, mirar a mi niño corriendo en un parque, y nosotros conversando de las cosas tan importantemente cotidianas; me gustan, así como están, mis noches calladas, las madrugadas cómplices, y el termómetro congelado en diecinueve grados centígrados.

Pero hay más: tengo un teclado que, paciente, me escucha; diez maneras de estar contento; quiero, sueño, y me quieren. Y un poco más allá, arena, aguas, y marismas.

Soy feliz entonces. 

Como si fuera poco, hoy es sábado; y, allá afuera, hay marea alta.

viernes, 17 de abril de 2015

Los soldados de la involución

En cierta ocasión, por aquella época en que de repente comencé a pensar y hacía pininos con los ¿por qué?, un grupo de profesores de la CUJAE escribió un documento, o se manifestó, ya no recuerdo bien (alguien tiene que acordarse de eso, que por aquí hay harta cantidad de tembas…), en franco desalineamiento con la cosa cotidiana.

Vino al caso en una conversación, y pregunté por qué algo así no se podía informar, ventilar, debatir, en el Granma -el periódico, no el yate de la urna de cristal-

“Porque hay muy poco espacio en el periódico para informar sobre cosas realmente importantes; no se le puede dedicar atención a cosas como esas…” , atajó alguien a quien considero –en serio- muy inteligente, pero que es incondicional y monolítico a la hora de tomar partidos.

En otra ocasión, otra persona, en las postrimerías de copiosas libaciones de vodka y cervezas, me ofreció, con voz farragosa, volarme la cabeza de un disparo de su Makarov si yo traicionaba la Revolución. “Pa´ que no comas pinga”, remató su oferta.

Es por eso que no me asombran la autofinanciada sicóloga viajera, ni el vocinglero hombre nuevo bonzai, ni otros que aparecen en sendos videos que dejan constancia de la combatividad desplegada en la Cumbre de Panamá.

Esa tara se renueva en cada generación, como la diabetes o el cromosoma adicional en el par 21. Siempre han estado esa gente, siempre estarán.

La involución cuenta con ello.

jueves, 16 de abril de 2015

El tirano obvio y el Presidente astuto

Los porqués, y no las consecuencias, en esta nueva etapa de las relaciones Cuba-Estados Unidos, son, como siempre, lo más interesante.

¿Por qué accedió el desgobierno de Cuba a negociar?

En primer lugar, para recuperar sus espías. Quizás, se pudiera decir ´en único lugar´, si no fuera por la necesidad endémica de mecenazgo de la que padece el régimen cubano. La supervivencia del desgobierno, que garantizó durante 30 años la extinta URSS, y cuya responsabilidad heredó la Venezuela de Chávez-Maduro, está en grave riesgo.

Hay que conceder que el generalazgo ha tenido la visión de predecir el declive y pronta desaparición de Maduro y el chavismo (aunque tampoco había que ser un genio para llegar a esa conclusión); el total fracaso de la diplomacia venezolana en Panamá no fue más que otro síntoma -grave- de ese proceso; otra advertencia de que la válvula que controla el flujo de petróleo hacia Cuba puede empezar a cerrarse en cualquier momento, y desatar otra crisis de esas que los dictadores llaman especiales.

Entonces, a pesar del deseo de los castroancianos de que todo permanezca igual, del apoyo aborregado de los adoctrinados, y del apaño vergonzante de miembros y sectores del intelectualismo -dentro y fuera de Cuba-, la era de la bravata y la arenga -aunque resulte difícil de creer, visto el fatigante e insulso alegato del general heredero en Panamá- tiene que dejar paso a un enfoque de renovador pragmatismo, so pena de desaparecer.

El acceso potencial a capital americano, al vigor de su empresariado, inclusive al mercado americano (aunque esta es una posibilidad remota, pues Cuba, fuera de los habanos, no tiene casi nada más que ofrecer a ese mercado), así como el arribo de inversionistas, tecnología, servicios e infraestructura, representarían una imprescindible bocanada de vida para el desarticulado desgobierno cubano.

La generosidad del Presidente Obama les ha venido entonces como anillo al dedo para esos propósitos de desesperada supervivencia.

Pero, ¿es generosidad en estado puro la del presidente americano?

Leía ayer un extenso artículo donde se explicaba con minuciosidad que la principal motivación del gobierno de los Estados Unidos sería una reparación de su deteriorada imagen en América Latina, un acercamiento de casi borrón y cuenta nueva, de joséjosésico ya lo pasado pasado. Bueno, quizás en un mundo en movimiento rectilíneo uniforme, en un sistema aislado, homogéneo, isotrópico y académico, eso sería estrictamente cierto. Pero, como sabemos, este es el mundo real, donde están los Estados Unidos, que son larger than Obama. Y Obama trabaja para los Estados Unidos.

Cuba es el pretexto de turno para que se abran las puertas, y se restablezca la confianza que los Estados Unidos necesitan para reafirmar su hegemonía en el continente y así poder mantener a raya a China y Rusia en la disputa por la influencia global. No hay que asombrarse entonces del apoyo tácito que los republicanos
le están ofreciendo a esas iniciativas presidenciales.

Los países de la América de Ellos, por su parte, están más que dispuestos a optar por su principal socio comercial de siempre, por el líder mundial en todo, en lugar de por unos advenedizos a los que entienden menos aun que a los americanos; aceptan entonces la mano que se tiende, y hacen de la vista gorda de los que salen jodidos: los cubanos.

Cuba es un peón, al que juegan en esta megapartida, y su desgobierno todavía tiene la impudicia de jactarse de su permanencia en el juego. Los cubanos, pues ni siquiera saben que ese juego está en curso, si bien quizás intuyen que su futuro depende totalmente de estos amagos de amistades nuevas.

Obama, el astuto, a nombre de la perdurabilidad de la hegemonía americana, le ha hecho sentir al general y a su islapais que realmente importan; mientras, ha condenado a los cubanos a seguir en su marasmo, eliminando la posibilidad de un cambio, a corto o mediano plazo, por asfixia del régimen.

Y lo pudo hacer así porque los dictadores son predecibles, obvios, fáciles de contentar; todo lo necesitan es permanecer, y eso precisamente es lo que ganó Raúl Castro: tiempo.

miércoles, 15 de abril de 2015

De listas y listas

Como aquel anciano maestro de pueblo que le dijo a Lorca -cuenta Lorca- que la maledicencia corría la voz de que él, el anciano, era maricón; “No le crea a lo que escucha”, dice Lorca que le dijo, “yo no soy maricón. Yo lo fui…”

Algo parecido sucede con Cuba, o sea, su desgobierno. No es terrorista: lo fue.

Según narran Masseti el hijo, y Benigno, el ex combatiente de la Sierra y ex guerrillero en Bolivia, en sendos libros de memorias que recomiendo ampliamente al que quiera informarse acerca de las tropelías del Departamento América en, donde más, la América de ellos, en Cuba se entrenaron guerrilleros de casi todos los países del subcontinente, inclusive del sacrosanto amigo México.

Se exportó -o intentó exportar, que ya se sabe que la exportación no es el fuerte de los cubanos- subversión a Venezuela, Bolivia y Santo Domingo; se enviaban asesores, se coordinaban ayudas y hasta se organizaban secuestros en capitales de Sudamérica para cobrar el rescate y así financiar los movimientos guerrilleros locales.

Cuba fue, y es, refugio para, entre otros, Tupamaros, Etarras, Montoneros, los de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional Puertorriqueña y guerrilleros colombianos, esos de gatillo alegre y cuantioso alcaloide para comprar armas. Hasta Jonas Savimbi fue entrenado en Cuba, y todavía viven por allá algunos prófugos de la justicia americana.

No puedo, por falta de información, ni pretendo tampoco ser exhaustivo, pero el tema del papel del desgobierno cubano en los violentos movimientos de liberación latinoamericanos estoy seguro que llenaría más de un par de tomos.

Hoy, pues ya se han quedado sin clientes los especialistas cubanos en subversión: todos los países del continente se han acogido a la vía democrática para escoger a sus gobernantes.

Hoy, también, pues los Estados Unidos han sacado a Cuba de la lista de países que fomentan el terrorismo. Así es, el desgobierno cubano, fue, y ya no es. 

O sí es: es represor, antidemocrático, inepto y obsoleto. Pero para eso, por desgracia no hay listas.

martes, 14 de abril de 2015

Los dolores de Galeano

Una amiga me recuerda que Galeano, hace más de una década, se lamía las heridas y escribía algo que se tituló “Cuba duele”.

Es un texto donde está todo mezclado; Galeano se retuerce, y dice que "¡Ay Cuba, qué has hecho...!", pero regresa, una y otra vez, a poner la inevitable apostilla de que a, pesar de lo malo de Cuba -en esa ocasión apenas unos fusilados, y disidentes encarcelados por disentir, valga sabroso la redundancia- los malos de verdad son los otros, los de siempre, ese monstruo sin piedad, la bestia imperialista, que ha matado a muchos niños, y hoy nos vuelve a amenazar.

Es la clásica arenga del izquierdosista que siempre ha alabado la democracia, las libertades, las necesitamos, qué buenas son, pero que a la vez ha dejado implícito que Cuba puede pasar sin ellas: al cabo, caramba, es tan chiquita y tan capaz de tanta grandeza, que hasta se enfrenta con el más malo de malos, mencionado más arriba.

Esa ha sido la actitud de la inmensa mayoría de la izquierda con respecto a Cuba; siempre Cuba, como abstracción, nunca los cubanos y su tragedia cotidiana.

Cuba entonces le dolió a Galeano en el 2003; le tomó 44 años sentir el dolor. Todo lo que se necesitó fueron unos fusilamientos y la encarcelación de disidentes, para que escribiera eso que escribió, que debe hacer sido como arrancarse un brazo, el izquierdo.

También mi amiga piensa que eso es algo que a Galeano debe haberle costado escribir, por ser (haber sido) él la persona que fue, me dice. Pensaba entonces en una frase de Félix Luis Viera que leí hace unos días: "Fui lo que fui, y soy lo que soy; de lo que fui me arrepiento, porque pobre del hombre que no se arrepienta, que no acepte sobre todo ante sí mismo que se equivocó".

Galeno y millones más se equivocaron; el exilio, por ejemplo, está repleto de de cubanos que nos hemos equivocado en algún momento, y nos arrepentimos. Pero lo terrible no es haberse equivocado -que algunos dicen es un derecho, cosa absurda, pues es más bien un defecto del intelecto humano-

Lo realmente horrendo es no rectificar; no dejar de ser ese pobre hombre que no es capaz de aceptar sus errores.

Ha muerto entonces Galeano, un hombre que sabía escribir, que se equivocó, y que rectificó a medias, y con dolor; con su muerte, desaparece otro representante de esa Era de la izquierda ingenua latinoamericana.

No tuvo tiempo entonces de escribir otro “Me duele”. Pero quiero pensar que, de haberlo hecho, tal vez hubiera sido “Panamá duele”.

O “Cuba duele, todavía más…” 

Que en paz descanse entonces, Eduardo Galeano.

domingo, 12 de abril de 2015

Cubanos P.a.n.a.m.a.

Guillén, ¡ay Guillén!, tú no sabías nada....

Cubagritones del Mar Caribe
Bestias de uña y alquitrán
Como en los tiempos de Fidel y el Blas Roca
Negro estandarte hacen flotar

Pájaros grises los acompañan
Cuando en la turba van a gritar
Como en los tiempos de Fidel y el Blas Roca
Van con el hierro de golpear

Llevan sus banderitas, sus lemas
Para poderlos agitar
Como en los tiempos de Fidel y el Blas Roca
Van con la mano de pegar

Cuba levanta su estrella enclenque
Llama a sus peores a marchar
Como en los tiempos de Fidel y el Blas Roca
A reprimir los lacayos van