domingo, 22 de julio de 2018

El fantasma del socialismo recorre el Partido Demócrata

Pienso que Donald Trump es culpa de Hillary Clinton, de la política del Partido Demócrata en la administración de Obama, y de Obama.

Toda aquella retórica y reclamo acerca de las minorías, los derechos de las minorías, la existencia de las minorías, asunto del que el 73% de la población de los Estados Unidos, los blancos no hispanos, era sistemáticamente excluido, entre otras cosas le abrió el camino a la presidencia a Donald Trump.

Uno pensaría que los demócratas han tenido tiempo de rumiar su derrota, que se auto diagnosticaron, y que vendrían con algo fresco, inteligente, ganador. Pero, para mi sorpresa y decepción, ese mismo discurso sigue siendo uno de los pilares del Partido Demócrata (PD), inflamado aun más ahora por la política anti migración del presidente Trump.

Eso por si solo sería alarmante, pero ni remotamente es lo más grave dentro de lo que presenta el PD a la sociedad americana: como si fuera poco su desconecte con la mitad de los americanos, ahora hay una corriente francamente de izquierda ganando fuerza dentro de las filas de ese partido.

Izquierda que dice que la dirigencia del Partido Demócrata debe despertar y prestar atención a lo que realmente quiere el pueblo. Ese tipo de cosas dice. Y yo sé adónde se va a parar cuando alguien piensa que sabe “lo que quiere el pueblo”; sobre todo cuando se trata, en el mejor de los casos, de un puñado de pueblo. Ni siquiera de la mitad, la que vota demócrata.

Izquierda que, además, a estas alturas, en los Estados Unidos de América, se confiesa socialista.

Son gente joven. Nacida cuando aun no se enfriaba el cuerpo insepulto del campo socialista. Gente que nunca conoció el desastre de la utopía comunista, para la cual la guerra fría es un acontecimiento con misiles y uno de los Kennedy, perdido en la bruma del siglo XX; gente para la que Cuba es un destino turístico exótico, una suerte de museo del automovilismo americano, donde hay salud gratis y las personas son aceptablemente felices gracias al socialismo, y no un país bajo una dictadura que ya tiene la misma edad que los padres de estos neo izquierdistas.

Gente a la que solo le quedaría como referencia de lo que es el socialismo esa propia Cuba, Corea del Norte, la izquierdosidad latinoamericana y lo que les cuente Bernie Sanders.

Gente que, al hablar de socialismo, no tiene la menor idea de lo que habla.

Pero, mire Usted, les doy el beneficio de la duda. Quizás se estén refiriendo cuando hablan de socialismo a los estados de bienestar que existen en Europa, particularmente en Escandinavia, o al sistema de salud pública canadiense. Bienestar que incluiría también educación superior pagable, incluso gratis, y otras reformas sociales que harían menos agobiante el rat race americano.

La idea no suena mal, ¿verdad? Al cabo, ¿quién no quisiera tener atención médica de primera y gratuita, o poder enviar a un hijo, o tres, a una prestigiosa universidad sin tener que dejar empeñados los riñones en un banco?

Pero las cosas, déjeme le digo, no son tan simples. Nunca lo son.

Pues ante tanta iniciativa se impone una pregunta: quién va a pagar, y, sobre todo, ¿cómo se va a pagar la cuenta del proyecto de los neo socialistas?

Veamos.

***


Para mantener a los Estados Unidos como ese rompehielos que abre camino en la industria farmacéutica, biotecnológica, de salud, en la academia, la investigación, la innovación tecnológica constante, entre otras tantas, se necesita dinero. Muchísimo dinero.

Tenemos por ejemplo la industria del seguro médico, que es uno de los financiadores de esa maravilla que llamamos quality of life. La cuenta es simple: el que desarrolló el medicamento que le controla a Usted el colesterol, la diabetes, la taquicardia, o la hemofilia, le pone un precio a su producto. El que le de la gana. Y lo hace así el productor porque tiene que cubrir lo que invirtió en investigación, pruebas clínicas, científicos, abogados, publicidad, los costos en general, y tener además una ganancia.

Cuando un especialista, doctor en medicina, que pagó (y probablemente aún está pagando) el medio millón de dólares que le costó la carrera, le prescribe a Usted ese eficaz medicamento de última generación, Usted le pasa esa cuenta al seguro médico.

También lo hace el doctor, que tiene que cobrar por sus servicios, cubrir sus costos, tener una ganancia, y pagarle a las universidades y hospitales donde estudió que a su vez tienen costos que cubrir, los salarios de los académicos, los administrativos, etc., y también tener ganancia.

Y el seguro médico cubre esos costos.

Lo hace porque Usted le paga a su vez al seguro médico una prima mensual con dinero de su salario. Así, el doctor, el hospital, la clínica, los académicos, los laboratorios, los investigadores farmacéuticos pueden seguir haciendo lo que mejor saben hacer: aumentándole a Usted la calidad y expectativa de vida mientras Usted sigue comiendo verduras pensando que eso es lo que lo va a hacer vivir 90 años, y no la medicina moderna que ha sustituido a la selección natural.

Y entonces, en medio de todo eso, llegan los demócratas con esas ideas de socialismo tardío. Quieren, en primer lugar, gratuidades. Nada de seguros médicos, por ejemplo. OK. Yo también quiero cosas “gratis”.

Pero alguien tiene que pagar. Alguien tiene que cubrir los costos del bienestar o nuestra intención de vivir hasta los 90 se va a bolina. Y si no son las relaciones de mercado, las instituciones financieras, el mercado feroz y eficiente los que paguen esas cuentas, entonces tendría que ser el gobierno.


El gobierno, que a todos los niveles -federal, estatal- se haría cargo de sufragar esos enormes gastos. Y son realmente astronómicos esos números. Pero el dinero del gobierno sale de los impuestos. De los impuestos que Usted paga.

O sea que, para disfrutar de un estado de bienestar donde Usted no dependa de un seguro médico, pero donde le destupan las arterias, le controlen la glucosa, reparen sus caderas, le prescriban medicamentos de ultima generación y pueda Usted retirarse a tiempo para vivir con vida prestada hasta los 90 años, pues Usted tendría que pagar más impuestos. Muchísimo, pero muchísimo más de los que paga ahora.

Y si Usted paga esos impuestos, digamos el 60 o 70% de sus ingresos, para sufragar el estado de bienestar, ¿cómo va Usted a comprar esa casa de $400,000, y esos carros, y tomar vacaciones, con el dinero que le va a quedar disponible? Ni mencionar por supuesto la posibilidad de ahorrar algo.

¿A qué nivel se iría entonces el proverbial consumismo americano, que mantiene vital y vibrante al mercado? ¿Qué sucedería con las tiendas departamentales, la industria automotriz, los mercados abarrotados de comida y bienes de todo tipo? ¿Qué ocurriría con el mercado de bienes raíces, de la construcción, de los proveedores de todo tipo de materiales?

¿Qué pasaría con este capitalismo feroz, eficiente y creador de todo lo que disfrutamos?

Esas, y otras que sería muy extenso de exponer aquí, serían mis preguntas para los neo socialistas que, tradicionalmente, son muy, pero que muy malos para la economía. Digo más: jamás ponga la economía en manos de un socialista. Porque el socialismo, y la izquierda en general, y está más que comprobado, solo sobreviven en la sociedad capitalista manejada por capitalistas.

Y es que el socialismo, Ustedes lo saben, es muy caro.

***

Decía entonces que Trump es culpa de los demócratas. A su vez, pienso que esa radicalización política e ideológica hacia la izquierda que se está viendo en el Partido Demócrata es culpa de Trump. Es la ancestral acción y reacción funcionando a todo tren.

En ese contexto la idea de un capitalismo a la europea ni remotamente va a fructificar en los Estados Unidos. Vamos, a la primera mención de algo parecido quizás una parte de los millenials va a danzar al son de la música demócrata, pero el resto de la sociedad le va a dar la espalda y va a buscar a un candidato conservador que preserve el estatus quo de la sociedad americana. De nuevo la acción-reacción, tratando de encontrar la justa medida.

Si los demócratas se dejan conquistar por esa facción socialista que está asomando aquí y allá, creo que van camino de otra derrota electoral, y esta vez no por estrecho margen.



martes, 3 de julio de 2018

Mexicanos al grito de... la desesperación


El nivel de decepción y desespero de los mexicanos con su clase política se refleja en que hayan votado por un populista simplón y autoritario como lo es Andrés Manuel López Obrador (AMLO).

Algo parecido les sucedió a los venezolanos con Hugo Chavez. Y, como en el caso venezolano, lo peor es que  parece no había una alternativa que valiera la pena.

No es el triunfo de MORENA y AMLO un triunfo de la izquierda ni de una ideología: el resultado electoral mexicano es un grito de desesperación.

Y es un grito que, pasada la euforia del triunfo, debe causarle mucha inquietud a Andrés Manuel López Obrador.

AMLO ha pasado la mayor parte de su vida política en la cómoda posición de hipercrítico, víctima del sistema político, víctima de las circunstancias, victima de la oligarquía, víctima de sus correligionarios, arquetipo político de Nosotros, los pobres. Pues pobre de él, porque le llegó su hora.

AMLO tiene unos escasos meses para abandonar su rol de eterno atacante y asumir el papel de mandatario asediado por los próximos a
seis años.

Asediado, en primer lugar, por sus verborreicas promesas que se espera, por supuesto, que cumpla. Asediado por la clientela izquierdosista, por la otra izquierda, por sus votantes, simpatizantes, adversarios, y enemigos. Por Mexico en pleno, y eso no es poca cosa.

Asediado, efectivamente, como cada mandatario que lo ha precedido, por una nación multicultural, compleja, tercermundista, petrolera por excelencia, donde las soluciones que funcionan en el sur son ineficaces en el norte; pais repartido entre feudales caciques políticos, grupos de  poder, ejercitos de narcotraficantes, con el 25% de los mexicanos emigrados y con el 70% de la población bajo el límite de pobreza.

Eso, a muy grandes rasgos.

Según sus promesas, AMLO no solo debe subirle el salario a millones de mexicanos -sin que aún se sepa de dónde va a salir ese dinero- sino que debe sacar de la pobreza a otros millones que le escucharon y le tomaron la palabra. Los que votaron por el, pues.

Así mismo, tiene un reto mayor: los partidarios de AMLO y de la izquierda en general le achacan los cientos de miles de muertos por la narcoviolencia a los gobiernos anteriores y afirman que las masacres se detendrán por obra y gracia de Lopez Obrador.

No se han detenido a pensar, unos por falta de raciocinio, otros por pura saña politiquera, que esos muertos no tienen que ver con el gobierno de turno si no con la violencia que se ceba en la sociedad mexicana desde hace décadas -y aquí obvio, por razones evidentes, a la sangrienta Revolución Mexicana.

Un breve examen de los últimos 20 años de la política mexicana -venga esa violencia de los narcos, de paramilitares, de grupos políticos rivales- indica que las matanzas comenzaron con el gobierno de Felipe Calderón y su guerra contra los narcotraficantes.

Lamentablemente, el resultado de la política de Calderón no fue siquiera la reducción de la actividad delictiva, sino un desequilibrio de poder entre los diferentes carteles de la droga y probablemente una ruptura de un pacto tácito que hasta ese momento hubiera existido entre el gobierno y los narcos: relativa impunidad a cambio de paz para los civiles.

Pensar que con el arribo de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México los problemas de la violencia y el narcotráfico van  a desaparecer es, cuando menos, ingenuo. Quizás disminuya la violencia, ya que no el narcotrafico, si el nuevo gobierno pacta con los narcotraficantes de alguna manera.

De no ser así, veremos cuántos miles de muertos le tocan al gobierno de AMLO. Y escucharemos entonces que nos dice el canturreo de la izquierdosidad mexicana, esa que AMLO encandiló y atrajo como la luz a las polillas sobre todo en ese bastión de las tribus perredistas y facciones de todo tipo: el DF.

Sin embargo, es necesario mencionar que, si bien AMLO no ha hecho nada diferente a lo que cualquier otro político, populista hasta el tuétano, y ha prometido villas y castillas, los mexicanos a su vez, le hayan dado crédito o no tomaron la decisión correcta.

AMLO, en el contexto mexicano, es solo una consecuencia, como lo fue Donald Trump acá más al norte.

Después de años y años de decepciones políticas con la triada de partidos políticos mayoritarios (PRI, PAN, PRD) los mexicanos decidieron darle una oportunidad al más improbable de los gobernantes: al populista, autoritario, fantasioso, eterno quejoso, quizás hasta algo peligroso para la quebradiza democracia mexicana.

México ha gritado, desesperado. En esa angustia ha elegido el cambio y a la vez, y probablemente a sabiendas, al hombre equivocado. Pero no había otro.

En lo personal, le deseo mucha suerte a mis amigos en el lindo y querido, pais que amo profundamente, y suerte también a todos los mexicanos en general. Al cabo  AMLO sería un mal que duraría solo seis años, mucho menos que los verdaderos problemas aue asolan la sociedad mexicana, y que tampoco este gobierno va a resolver.


martes, 12 de junio de 2018

Trump, cubanos, y el necesario equilibrio

Ustedes recuerdan al Presidente Obama. Claro que sí.

Obama, que con su política de mano extendida hacia el gobierno de Raúl Castro logró cosas interesantes.

Los cubanos que todavía tenemos que interactuar con Cuba, y los de adentro que viajan, incluyendo a la disidencia que aborrece a Obama por haber estrechando la mano de Raúl Castro, nos beneficiamos grandemente, por ejemlo, cuando las aerolíneas americanas comenzaron a viajar a Cuba, echando con ello abajo el monopolio y la extorsión de las compañías chárter que operaban desde Miami.

En no menor medida disfruté, y conmigo una gran parte de los cubanos, el placer de haber visto y escuchado al presidente de los Estados Unidos, un negro por demás, decirle todas las verdades necesarias en la cara a los desgobernantes cubanos y a sus desesperados lacayos.

Se las espetó en vivo, frente a frente, en el discurso más relevante que se haya pronunciado en Cuba en los últimos sesenta años, conviniendo en que por comparación todas las agobiantes diatribas de Fidel Castro fueron muela, retórica y pienso ideológico para su ganado entusiasta, ese que todavía les llena la plaza los primeros de mayo.

Como si fuera poco, Barack Obama le puso fin a la campaña más machacona, bobalicona e interminable que se haya visto para que sacaran de prisión a unos espías mediocres. Tan solo por eso los cubanos de la isla deberían profesar eterno agradecimiento al presidente Obama, si no fuera por esa decisión de última hora de derogar la ley de pies secos/pies mojados, que los ha dejado encerrados en la maldita isla.

Pero nada de lo que hiciera Obama en su affair con Cuba, por más que haya sido el único presidente americano que desarmó el discurso antiamericano y antediluviano del desgobierno cubano, les pareció bien a esos cubanos de siempre, a nuestros morenazis.

Más democráticos que un ateniense de antaño, más radicales que un Che Guevara, más inclaudicables que vagina de meretriz con telarañas en la despensa, cuando se trata el asunto de juzgar los hechos de un presidente, por supuesto, demócrata.

Obama fue para ellos, y lo sigue siendo, el presidente traidor que estrechó las manos de un dictador; el que entregó todo (¿?) a cambio de nada; el que quebró el sacrosanto paradigma de castristas y morenazis por igual -pues los extremos, como furtivas manos de amantes, se tocan allá en lo oscuro- de que con Cuba es todo o nada; Cuba que, a estas alturas, es más nada que algo.

Es Obama, dicen, además, aquel que violó otro principio, ese esculpido en el basalto que sostiene la dignidad del gobierno de los Estados Unidos: no se pacta con dictadores.

Pero henos aquí, apenas dos años después que Obama tomara La Habana sin disparar un tiro, que el presidente Trump, en necesario y loable afán de evitar una escalada que pudiera terminar en un conflicto nuclear de desastrosas consecuencias, y después de bravatas, insultos y pueriles guaperías, acepta negociar con un dictador, hijo de dictador, nieto de dictador, heredero y continuador de uno de los regímenes más represivos y bestiales del planeta.

Los mismos que querían lapidar, castrar y desmembrar a Obama por un estrechón de manos, ahora se deshacen en loas, laudes, vísperas y patrióticos alaridos porque este su ídolo, el presidente Trump, le ha estrechado la mano a este otro dictador. Como si fuera poco, han conversado cuatro horas, almorzado, reído, y hasta se han palmeado los flancos en súbita camaradería.

Esta vez, parece, todo eso está bien. Parece también estar OK que nuestro presidente diga con entusiasmo, del que antes llamó Rocketman, que es un joven inteligente, amante de su nación y su pueblo. Amante de su nación y su pueblo. Piensen en eso. Piensen también en las hambrunas norcoreanas, los campos de concentración, la población desnutrida al punto de tener menor estatura y complexión comparado con sus homólogos del sur; piensen en los miles de muertos, en los funcionarios volados a cañonazos. Amante de su nación y de su pueblo. Give me a break.

Debía haberse detenido el presidente Trump en su intención de, a cambio de una supuesta y verificable (palabra de orden) desnuclearización, proveer de los medios a Norcorea para que construya carreteras y llene los estantes de los supermercados, y no extenderse en repugnantes elogios a nada menos que el nefasto Kim Jong Un, en un más que obvio intento de hacerle bajar la guardia acariciándole el ego.

A Kim Jong Un, nada menos. ¡Ay, Trump y sus técnicas de negociación 101! Pero ya se sabe que la verborrea es un mal -para sus fines, ha sido un bien- del presidente Trump.

Pero pienso que, obviando por ahora todas las objeciones morales, éticas, la decencia, el compromiso con los valores de los Estados Unidos y el mundo libre, y usando solo el más árido pragmatismo (realpolitik, que le llaman), pienso es prematuro hablar de lo que se haya logrado o no en la reunión entre Donald Trump y Kim Jung Un. Ya veremos.

Regreso entonces al tema de este texto: el equilibrio, o su ausencia. Sería ideal poder mantener un equilibrio necesario so pena de seguir arrastrándonos los cubanos por estos tiempos como al menos dos mitades de un todo disfuncional. Pero sabemos que no será así por mucho más tiempo que el que tenemos disponible.

Sonrójese entonces sin pena cada vez que mencione que Obama fue un traidor y que Trump no lo es. No se va a salvar de la desfachatez y la incongruencia, ni aunque mencione un higher purpose. Admita que es cosa de preferencia política. Que Usted anda por este mundo escorado a la derecha, anclado por la Trumpolitik; que le encantan esas incoherencias, la compulsión, la falta de conocimiento, pericia y oficio. Usted acepta al presidente así, y que le aproveche. Tampoco es mal que dure cien años. Ocho, cuando más.

Tenga decencia. No se engañe ni engañe ni pretenda.

Porque se necesitaría, para ese hipotético equilibrio, de todos. De Usted, cubano extraño, también.

Anthony Bourdain: solitario y unknown



Nunca se veía peor Anthony Bourdain que las pocas veces que sonreía. El rostro se le partía en groseros dobleces, inflamado como una máscara de Botox, los ángulos de su patricia expresión desaparecidos como por arte de un malintencionado sortilegio.

Qué tipo para ser arrogante, pensé una de las primeras veces que vi uno de sus programas, hace ya muchos años en México.

En aquel entonces Bourdain leía cartas de televidentes que le proponían ir a sus países o ciudades a filmar una crónica. Lenguaraz e irreverente, se burlaba de unos, ridiculizaba a otros, hasta que por fin “escogía” un destino que fuera lo suficientemente exótico para su público.

Pero Anthony Bourdain evolucionó. Sin dejar a un lado su sarcástica personalidad y siempre con la lengua suelta y afilada, se fue adentrando en el arte de la crónica de viajes de una forma magistral.

El cocinero se fue tornando en escritor, cronista, antropólogo, a veces sociólogo; inteligente cicerone semanal para nosotros, los que nos pudrimos en el sofá de la casa. Me hice entonces adicto a sus programas.

Bourdain me parecía un hombre fascinante y sombrío, con lo oscuro de la madrugada de las metrópolis, y la brillantez de las noches de Nueva York.

Bohemio y post hippie, era más facil imaginarlo en intensas sesiones de whisky y cocaína, y nunca de esposo amoroso y preocupado, como alguna vez mostró en uno de sus programas –su esposa participaba en una competencia de artes marciales en Brasil.

Bourdain parecía una soccer mom. Debo admitir que fue de las pocas ocasiones en que percibí algo falso en sus presentaciones. Aquel entusiasmo filial no me convenció.

Y es que nunca se notó más solo y fuera de lugar Anthony Bourdain que ese par de veces que permitió atisbar en su vida personal, ya sea como padre, o como efímero esposo de una beldad italiana.

Además, ¿a quién se le ocurre pensar que un tipo como Anthony Bourdain puede ser un feliz hombre de familia?

No era ese nuestro Bourdain; era otro y no el que en nuestro egoísmo e ingenuidad (¿quién realmente sabe qué tormenta asola un alma ajena?) demandábamos ver.

¿A quién le interesaba además saber cómo le iba a su hija en la escuela o a la esposa con sus deportes, cuando Bourdain podía llevarnos hasta una orgía alcohólica en una aldea de las selvas de Malasia o mostrarnos qué se comía en los pantanales de Brasil?

Bourdain era un vagabundo bohemio y genial –vagamundo debería ser palabra– y por ello trascendió el clásico programa culinario de la televisión americana, de cocineros remaquillando recetas trilladas, de comidas asquerosamente pantagruélicas, de competencias anodinas.

Con sus viajes y reportajes dio rienda suelta a su incisiva curiosidad, a su mordaz escepticismo, insuflando una bocanada de buena televisión entre tanta bazofia.

También visitó Cuba. Allí lo vi almorzando comida italiana (?), manoseando la pasta con un apático tenedor y escuchando, aburrido, las respuestas que le daba su acompañante, un americano aplatanado en la Habana.

Parco en elogios, pródigo en preguntas incómodas, sus sobremesas solían ser más interesantes que la comida en sí.

Sus shows “No Reservations” y “Parts Unknown” (el tema musical de este último, minimalista, áspero, elegante, es definitivamente un sonido Bourdain) nos quedan como obra inconclusa de un hombre solitario que, en espantosa decisión, se dejó engullir por su oscuridad.

Anthony Bourdain, chef, escritor, viajero, juglar, se nos ha marchado por la puerta trasera de su bar personal, tambaleante, sin despedirse.

Se fue como probablemente vivió: solitario, de madrugada.

Y ya lo estamos extrañando.

.....

Artículo publicado originalmente en OnCuba

sábado, 19 de mayo de 2018

De pelos y señales

Hace un par de días puse esta foto en Facebook.

Es el tobillo de una muchacha, india o paquistaní, especulé, que estaba sentada frente a mí en un Starbucks. Y traje la foto a colación como dato curioso.

Curioso, porque no es común -para mí- ver una pierna peluda en una mujer, ni en Cuba, ni en México, ni en los Estados Unidos, países donde he vivido tiempo suficiente para que mi observación sea estadísticamente representativa. Curioso, porque las mujeres de mi generación y mi cultura se afeitan axilas, piernas y, a veces, entrepierna.

Ni en su peor momento, pensé al ver los gruesos vellos que asomaban entre pantalón y calcetines, las cubanas que conozco se exhibirían con esa pinta. O sea, peludas.

Hasta ahí mi idea, tácita, al colgar la foto.

Pero he aquí, para mi sorpresa, que me encuentro con que el hecho de que una mujer tenga o no vellos en el cuerpo, y decida depilarse o no, también es objeto de la cruzada feminista.

Regreso entonces con este tema no porque desee ni me interese discutir el feminismo o sus matices; creo que el escrutinio del feminismo les corresponde a las mujeres, que son las principales afectadas o beneficiadas.

Regreso porque son los tiempos cuando no parece posible mostrar un tobillo femenino peludo y no atraer la atención -y uno que otro ataque verbal- de feministas. Y eso merece un comentario.

Quiero referirme entonces al vello corporal, primero. Al feminismo, después. Y esto sin la menor intención de convencer a nadie. Esto es solo mi opinión -y de otros millones, probablemente la mayoría del planeta, pero solo escribo en mi nombre.


***

El vello corporal entonces es, sépase, un carácter sexual secundario, y cito:

“(En el hombre) hay presencia de vello androgénico más grueso y largo en otras partes del cuerpo: brazos, piernas, pectoral, abdominal, axilar, y púbico.”

“(En la mujer) hay desarrollo de vello corporal o androgénico en menor medida que el varón, principalmente en las piernas y axilas.”

Sin irnos a rigores académicos se puede entonces afirmar que una mayor cantidad de vello está asociada a la masculinidad. Por ende, mientras menos vello, mayor feminidad. Parece entonces, a priori, ser asunto hormonal la pelambre, y no de marcha, bandera o igualitarismo.

Pero es mucho más simple aún: eliminar el vello corporal, que ya se ha convertido en algo cotidiano también para los varones, es una cuestión de nuestra particular estética y, también, en no menor medida, de aseo personal; menos pelos, menos substrato para bacterias y sus metabolitos, que contribuyen a que los humanos seamos con toda probabilidad los animales que más apestan en el planeta tierra.

Postulemos entonces: menos vello, menos hedor.

En lo personal, me consta esa consecuencia y doy fe de ello. Viví cuatro maravillosos años en Europa del Este cuando y donde la mayoría de las mujeres no se afeitaba por una cuestión, efectivamente, cultural -decíase en aquella época que mujer afeitada era una puta- y debo decir que sus humores eran particularmente fuertes.

Sigo dando fe, y enuncio que soy de la generación en la cual la mujer es delicadeza, belleza, suavidad, mientras el hombre de alguna manera es lo rudo y tosco por contraste. En esa guisa, mis mujeres contemporáneas acentuaban -acentúan- su feminidad y los hombres su virilidad, así de simple. De esa manera las cosas funcionaban -funcionan- perfectamente, sin traumas ni segundas lecturas.

Digo además que, para mí, una componente del placer sensorial en la relación de pareja es acariciar la piel de ella -por cierto, la piel de negras y mulatas tiene una lisura de la que carecen las blancas.

Postulemos entonces: menos vello, mayor sensualidad y placer.

Es posible que en la India o Paquistán una muchacha núbil no se afeite las piernas. Hace un año viajaba en un avión repleto de indios y una muchacha apenas adolescente exhibía sus piernas cubiertas de gruesos y abundantes pelos, muy similares a los de la foto de marras. Ese símbolo de aún pertenencia a la niñez, previo a la edad de merecer, también era usanza -o es, no lo sé ya- en Cuba.

Hasta aquí, espero que haya quedado establecido que entiendo la cuestión cultural del vello corporal.

Menciono entonces que las mujeres de mi vida, madre, hermanas, novias, esposas, hijas, amigas, por suerte para todas ellas, y en lo obvio para mi, no necesitaron ni necesitan furibundos principios para ser mujeres plenas y femeninas. Se acicalan o no, se peinan, tiñen, maquillan, visten, o no, pero lucen, brillan por su género y modos. Y se afeitan cuando les da la gana. Y son mujeres a plenitud.

Ninguna de ellas se siente menos, y mucho menos menos femenina por afeitarse o depilarse.

Postulemos entonces: cada cual se afeita si le da la gana.

Llegado a este punto -donde queda también establecido que entiendo y respeto el libre albedrío- quizás por cuestión generacional, existencial o de género no logro ver qué relación hay entre el feminismo, o el orgullo de ser fémina, o la idea de que prevalezca el sexo femenino, con un cuerpo cubierto de pelos.

Acentuar un carácter sexual secundario que tiene que ver más con la masculinidad que con lo femenino, y eso para reafirmar su feminidad, pues es una paradoja que escapa a mi entendimiento.

El cuerpo velludo, se sabe, es un rasgo asociado a los Neandertales (conmigo no, con 23 and Me) que, como se sabe, perdieron la pelea ante el Homo Sapiens Sapiens -y ante la Mulier Sapiens Sapiens también, aunque los naturalistas no hayan hecho esa concesión al feminismo.

Por tanto, si las damas que se ofenden ante mi foto de un tobillo femenino y velludo estuvieran defendiendo la causa de los Neandertales, a pesar del exotismo de la idea, quizás lo entendería. Pero solidarizarse con un tobillo peludo cuando se trata, insisto, de ensalzar lo femenino, a la mujer, el epítome de la belleza humana, insisto, no lo entiendo.


***


Definitivamente hay mejores maneras de acentuar la igualdad entre hombres y mujeres que no sea dejarse crecer pelos por doquier.

En mi familia, que es lo que más conozco, hay desde amas de casa, madres solteras sin miedo a la vida, estudiantes y profesores universitarias, y exitosos ejecutivos de venta. Todas mujeres y, hasta donde sé, todas se afeitan o depilan a la hora de lucir su belleza.

Ya comentadas entonces las cuestiones culturales y de libre albedrío, no entiendo en qué momento, y por qué, la proverbial belleza y delicadeza femenina, y en ello por supuesto incluido el afeitarse o depilarse, dejó de ser algo deseable en nuestra cultura y se convirtió en un estigma.

Tampoco me queda claro si la idea es parecerse a un hombre para así ser más mujer. Si eso tiene sentido para las feministas y el feminismo, pues esta sería una causa aun más ajena que lo que yo pensaba. 

Este feminismo militante y, digámoslo de una vez, irracional, es un fenómeno que me encuentro felizmente solo en la red social.

Una pierna peluda de mujer es solo eso: una pierna peluda. No es símbolo ni pancarta. Es decisión de las mujeres que elijan no afeitarse o depilarse. Es, si acaso, síntoma y señal.

Pero pienso que los activismos y las causas, además de pasión, necesitan de mucho sentido común y obvia sustancia.

Algunas, lo necesitan con urgencia.

sábado, 21 de abril de 2018

Miguel Díaz-Canel: el hombre en la encrucijada.


Bururú, barará, ¿adónde va Miguel?



Me tomó tres intentos, hasta que por fin escribí este texto. 

Lo comencé cuando todavía era presidente Raúl Castro, y lo termino ahora que sigue siendo el presidente desde la sombra escarlata del Partido Comunista de Cuba.

Mientras, Miguel Díaz-Canel fue ungido como presidente nominal de la República de Cuba. Y me decidí a escribir porque me sedujo especular sobre el enigma que este flamante presidente presenta en el futuro mediato. 

Al menos dos particularidades distinguen a este funcionario. La primera, pues es protagonista de un indiscutible hecho histórico: alguien que no tiene el apellido Castro es presidente de Cuba después de más de medio siglo de dictadura familiar. 

Por mucho que ese título de presidente sea hereditario, y no democráticamente constituido, esta ocasión es un jalón que debe marcar un antes y después; un mojón que indica que, después de sesenta años, por fin, quizás, comenzó el tiempo de comenzar a olvidar a los nefastos hermanos que desbarataron la isla y deshicieron la nación.

Raúl Castro y sus acólitos creen saber quién es y hacia dónde va Díaz-Canel. Por eso lo hicieron uno de los suyos, y le legaron la presidencia; el general le alzó el brazo en victorioso gesto, tomándolo por el antebrazo y no por la muñeca, como tradicionalmente se hace, pues Raúl Castro, visto está, es de escasa estatura. Nada que hacer ahí.

Sin embargo, y a pesar de su lamentable discurso inaugural, donde no dijo nada interesante ni nuevo ni que valiera la pena, y en el cual lo más relevante fue su humillante juramento de vasallaje a su mentor, aún así, digo, yo no estoy seguro de quién es, o más bien, quién será Miguel Díaz-Canel.

El segundo asunto que me llama la atención es que, después de tantos años de verde olivo, y más recientemente de guayabera blanca -eso sí no se los perdono, pues ahora no puede uno vestir una guayabera blanca sin parecer uno de esos mamertos-, es, insisto, después de toda esa eternidad, interesante ver que el nuevo presidente cubano viste vaqueros y calza zapatos deportivos.

Casi que uno siente que el hombre es one of us. Pero, advierto a los optimistas, solo casi.

Ese desenfado al vestir no parece por el momento extenderse a su manera de pensar. Al contrario, todo lo que he escuchado y leído que el nuevo presidente haya dicho, incluyendo el ya mencionado discurso, está en perfecta alineación con el castrismo más rancio. 

Y, como si no bastara con la arenga vacía y con tufo a lo mismo, la palabra socialismo, que había perdido peso debido al coqueteo con martianismo y fidelismo como doctrinas más ad hoc con lo que ha estado sucediendo en Cuba en los últimos sesenta años, ha regresado al discurso oficial, haciéndolo, cuando ya no parecía posible, más absurdo aún.


***

La pregunta que muchos se hacen entonces, unos esperanzados, otros escépticos, los de más allá por puro morbo forense, es si este hombre, que era un bebé de apenas un año cuando Fidel Castro declaró el carácter socialista de la revolución cubana, será un reformador o un continuador del castrismo.

Los defensores de la esperanza lo equiparan a Mijail Gorbachov. 

Recuerdan que este llegó al poder también por la vía biológica, tras la muerte en serie de los tres ancianos que le precedían en la fila para convertirse en el hombre más poderoso de la antigua Unión Soviética, el Primer Secretario del PCUS. Argumentan, además, que Gorbachov nunca habló de perestroika mientras fue un funcionario de tercera. Que, con eslava calma, esperó su turno y cambió la historia del planeta.

De ser la comparación certera, Miguel Díaz-Canel sería entonces alguien que ha estado aguardando su oportunidad, con sagacidad y paciencia, para desencadenar la reforma necesaria que sacaría a Cuba del atasco fidelo-raulista, que la traería por fin al siglo XXI y a la prosperidad que los cubanos, por muy sumisos y atontados que estén, merecen.

¿Será en realidad un reformista agazapado, esperando a que desaparezca el puñado de ancianos radicales que velan porque no se desplome el esqueleto de su estancada revolución, o será alguien adoctrinado, tan increíblemente adoctrinado a pesar de su apariencia y relativa juventud, que no moverá un dedo por nada que huela a cambio? 

Lo cierto es que no es un Castro. Eso ya marca una enorme diferencia. Es, además, un sobreviviente, y eso dice mucho, o bien de su astucia, o bien de una sumisión tan absoluta que ni siquiera necesita de ese apellido para darle continuidad al desastre cubano. 

Pero si inquietante es la idea de un presidente anodino, plegado, sumiso e insignificante, un vistazo a su equipo de gobierno, al Consejo de Estado, es aun más sobrecogedor: es un grupo de aparatchiks - en el mejor de los casos - que se abrió camino en la burocracia comunista, promovidos por su fidelidad, ortodoxia y melanina o género, rara vez por el talento, notables por su mediocridad. 

Aún permanecen en la nómina gubernamental personajes como Ramiro Valdés y Guillermo García, ancianísimos comandantes de la moribunda involución. Ataduras al poder tradicional, se desempeñan como temblorosos pilares del estatus quo. Pero, de la mano de próstatas inflamadas y arterias endurecidas, esos últimos vestigios del reino de los comandantes deben desaparecer a corto plazo.

Lo que queda, sin embargo, no es mejor. Un grupo de improvisados, sin particular inteligencia ni habilidades, soldados en butacas de generales, ineptos dando tumbos en un país al que le urge pragmatismo, inversión, legislación, una Constitución, mercado, libertades, democracia, vivienda, infraestructura, educación - ¡y cuanta! -, un programa de gobierno que reconstruya sobre el ruinoso legado de los Castros.

En pocas palabras, una profunda reforma socioeconómica, urgente y radical.


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Miguel Díaz-Canel, de rostro tosco e inexpresivo, con un cierto aire ochentero, carece del gravitas y aura intelectual de un Carlos Lage, que en su momento se perfilaba como el ganador de la carrera post castrista. Tampoco tiene la frescura de Robertico Robaina, otro guajiro que llegó a oscilar entre el tercero y cuarto lugar en la línea de sucesión. De escaso carisma, no parece ser un orador excepcional, ni despierta particular empatía, lo cual en un político es la mitad de la pelea ganada. 

En su gestión va a ser observado, fiscalizado y manipulado por los mandarines del PCC, encabezados por Raúl Castro y el abominable Machado Ventura, a los que se apresuró a jurar fidelidad.

Por otra parte, es difícil aquilatar su nivel de popularidad entre militares, dirigentes del partido comunista, intelectuales, o simplemente entre los cubanos, lo cual calificaría su efectividad como futuro líder, ya que no como gobernante de atrezo.

Su actitud ante la disidencia o pensamiento alternativo parece coincidir con la de sus antecesores, que durante 60 años alimentaron la fobia y la intransigencia ante cualquier oposición política lo cual, más recientemente, ha llegado al punto de enviar chusmas de fanáticos al extranjero para intentar acallar las voces cubanas que se levantan a favor de la democracia y el cambio. 

Sin embargo, y a pesar de lo anterior, guste o no, Díaz-Canel es la nueva, única por el momento, esperanza cubana. Sea títere o astuto político, reformador o senescal, el nuevo presidente tiene ante sí además la excepcional oportunidad de hacer Historia.

La respuesta al enigma Díaz-Canel va a depender entonces del camino que tome su gobierno en esta encrucijada a la que han arribado, después de más de medio siglo de inmovilismo, Cuba y los cubanos.

Ya veremos.