martes, 29 de julio de 2014

Evolución

ETECSA, el INDER, la Aduana, y más recientemente el “Parlamento”, son los villanos contemporáneos.

De tal manera tenemos que la (falta de) comunicación pagable y eficiente, el derrumbe de uno de los “logros” de la involución, la pacotilla, y la emancipación de los homosexuales, han logrado lo que no lograron los apagones, el desastre económico, la represión, la censura, el calor y la barbarie.

Definitivamente los cubanos se han refinado. Han pasado de totalmente mansos a cuidadosamente selectivos...

lunes, 28 de julio de 2014

La cuadra y otros fantasmas

Mi cuadra era bonita.

Estaba llena de almendros, ocujes y marpacíficos. Y de pequeños jardines rectangulares, canteros verdes, llenos de flores, espejos de sus dueños.

De sus dueños... Del relojero, de las hermanas del 308, del doctor de la esquina, de José Manuel y Cervanda, del gallego malhumorado que trataba eternamente de arrancar una antiquísima moto. “¡Que te vas a matar, Antonio!”, le gritaba la esposa, eternamente acodada en el balcón, invisible tras el almendro más frondoso del barrio.

Jardincillos cercados con unos cilindros de cemento que alguien consiguió cuando el Festival de la Juventud. A nadie se le ocurriría decirle cilindro a un cilindro al que se le puede decir piedra, por lo que a falta de mejor nombre, se les llamó también chirimbolos. Los encalaron; en blanco, en rosa, en azul. También encalaron los troncos de los árboles, hasta un metro de altura quizás. Y encalaron algún que otro muro. La cuadra brillaba.

El verde del cesped inglés estaba por todas partes. Cierto que era incómodo, y traicionero: pinchaba a través de la ropa al que se le sentara encima, y podía esconder mierda de perro, y feroces hormigas. Pero se veían muy bien aquellas bolas verdes, onduladas, esas formas regulares tan ajenas a los matorrales tropicales.

Alguien dijo que el cesped lo había traído a la cuadra el abuelo de Carlitos, que lo trajo del Parque Lenin, y que lo compartió con los chivatos del 316, con Nena la Rubia, con el señor sin nombre que tenía un Saab. Pero el cesped inglés es un portento del crecimiento, y así pronto ya adornaba el frente de la casa de la gente del comité, de la señora despampanante que manejaba un Polaquito y por la que se masturbaba Lázaro, más sinvergüenza que bobo, decía mi vieja. Y hasta allá en la esquina, donde crecía una anacrónica yagruma, frente a la casa que se inundaba con cada aguacero, crecía el cesped desordenado e incontenido, pues a esa gente en realidad no le interesaba el jardín de su casa.

De hecho, ellos fueron los primeros que llegaron.

Algo funesto que le puede suceder a una cuadra bonita es que la gente empiece a irse del país, los viejos a morirse, y que entonces se vacíen casas y apartamentos. Eso le pasó a mi cuadra.

Gente extraña se mudó a las casas vacías. Que vienen de unas cuarterías que cerraron por Tamarindo, se escuchaba en la cola de la bodega, o de unos albergues, decían otros. Son orientales, sentenciaba el vecino veterano de las zafras de los 60.

Lo cierto es que los jardines comenzaron a morir.

El primer ocuje lo talaron porque competía con los cables de teléfono y electricidad. En menos de cinco años ya habían talados todos los árboles. Alguien usó los chirimbolos para hacer un muro deforme. Las casas, por su parte, comenzaron a perder color y formas. Los portales desaparecían tras paredes levantadas a toda prisa para convertirlos en habitaciones para más gente extraña que seguía llegando

Los marpacíficos resistieron un poco más. La hierba mala los fue invadiendo, y se tornaron en guarida de cucarachas y roedores ocasionales. Y por supuesto, copiosa mierda de perro. Entonces, en una arremetida final, arrancaron yerbas y arbustos, y cementaron los jardines. Apenas había fraguado el cemento, pusieron la primera mesa de dominó en el jardín convertido en acera, y alguien sacó unas enormes bocinas al portal de su casa. Y siguió llegando gente extraña, a vivir, de visita, a jugar dominó, a escuchar la música estridente, hasta la madrugada, a beber un mejunje tibio de alcohol apenas rebajado con agua.

Alguien pensó que los árboles talados, la arquitectura violada, el aniquilamiento de una cuadra hermosa, valía al menos una denuncia. Resultó entonces que uno de los recién llegados era informante de la policía, instalado entre el escándalo, la indecencia y chusmería, y allí conversaron, amos y vasallo, y dejaron sentado que no había pasado nada, cosas de esta gente que yo no sé que pinga se piensan, vociferó el chivato, con brazos abiertos y ademán simiesco, mientras giraba lentamente, desafiante, meando con los ojos enrojecidos cada rincón de la cuadra, que para entonces ya no era mi cuadra.

Ya yo no estaba, y no vi como iba desapareciendo mi infancia. Me había ido hacía mucho, primero a la beca, después a la Universidad; después las mujeres, los concubinatos y los placeres, siempre fuera de allá. Y después, un día, ya estaba aquí, lejos, diciéndole a la gente de lo bonita que era mi cuadra. Y mi país. Y la gente que conocía.

Y ahora les cuento esto. Que ya no tengo cuadra, que el país no existe, y que la gente se ha muerto o anda por acá. Los pocos que quedan, dicen que están encerrados en el fondo de sus casas, huyendo del sol inclemente que ya no tiene árboles que lo detengan. Allá pasan sus días, y sus noches, tratando de no escuchar la estridencia de las bocinas, que les recuerda que allá afuera hay otro orden de cosas.

Barbarie, dicen unos. Es la decrepitud, la involución, dice otro.

La revolución, le susurran. La revolución.

Capitalismo 101

Tal como me lo explicó un tipo de éxito:

Manejar fondos financieros es fácil. Todo gira acerca de ser buen vendedor, hablar con la gente, caer bien, y convencerlos de que te confíen su dinero. Terminas entonces jugando con 400 millones de dólares ajenos...”

domingo, 27 de julio de 2014

Cojones, Gallego...

Ayer murió el Gallego. Yo me enteré hoy.

El corazón no le dió para más, y se murió sentado en el sillón de aluminio, en mismo sitio donde siempre, mirando azoteas, esperaba la tarde desde que recuerdo tardes en mi vida.

Desde alli me dijo "Coño, gallego, como tú jodes...", "Coño, mira quién llegó, el gallego!", "Qué alegría le vas a dar a tu madre, gallego..."

Y la risa baja y ronca, y "Tú no sabes ni pinga de pelota, gallego"

Se me puso triste el domingo, que ya de por sí es un día jodido, con esto del lunes en la puerta. Claro, no tanto como a los dos hijos del gallego, mis vecinos de toda la vida, mis hermanos de crianza, que hoy llegan, uno de muy al sur, otro de muy al norte, a enterrar al gallego y a guardar el sillón de aluminio.

Como si no bastara mi casa casi vacía, ahora tampoco hay a quien gritarle, "Dime, gallego!", ni un sillón que cruja, ni una risa ronca que me responda.

Y yo no puedo dejar de llorar.

viernes, 25 de julio de 2014

Sin nostalgia por el cocodrilo

Hay “Sabadazo” nostálgico, down south en Mayami.

Yo iría a verlo. Quizás, no sé, probablemente, al menos por fidelidad al recuerdo que tengo de cuando no había muchas oportunidades para reir, y yo reía, tiempos aquellos en que uno sacaba cuentas a ver si le tocaba apagón a la hora de “Sabadazo”. “Sabadazo”, y las películas del sábado, que eran el oasis en tiempos de desamparo.

Pero las cosas cambiaron. En mí, quiero decir: algo me sucedió en el camino, y nunca he sabido a derechas que fue.

Volví a ver humor cubano en una de mis visitas a Cuba, cuando un amigo me llevó al “Cocodrilo”, un pequeño club en Calzada, en el Vedado, donde se presentaban comediantes.

¡Tú vas a ver eso, te mueres de la risa!”, me dijo mi amigo, y yo fui, creyéndole a pies juntillas, porque, en primer lugar, es maravilloso ser agasajado por ese mi amigo, que es un Amigo, con mayúscula y sitial de honor, y en segundo lugar, porque yo no tenía motivos para dudar de que me iba a morir de la risa. Ya me había muerto antes de la risa, la verdad.

Un gordo empapado de sudor vociferaba en el reducido escenario. Su monólogo giraba alrededor de comer, o no comer. Y el punto culminante de su acto era cuando gritaba, con ojos desorbitados, que ahora cagaba mojones duros, porque había comido carne.

Había algunas personas que parecían estar, a tono con la predicción de mi amigo, a punto de morirse de la risa. Otras, no tanto. Yo me sonreía, nervioso, porque no quería quedar mal con mi amigo, que quizás esperaba que yo me desplomara sobre la mesa, sofocado por una risa histérica. Pero no pude, y fue entonces cuando supe, como ya mencioné, que algo me había sucedido, y que era, además, irreversible.

Entre tanto, otro comediante subió al podio, con una rutina interactiva. Les insinuaba a los que vestían camisas a cuadros que eran chivatos del MININT. Tentaba su suerte al escoger alguna pareja al azar y preguntar si era la esposa o la querida. A un señor bastante mayor, a todas luces extranjero, acompañado por una joven muy enjaezada y vistosa, le preguntó si había sacado a pasear a su nieta.

Las carcajadas retumbaban en el Cocodrilo. Algunos, asfixiados por la alegría, estaban al borde de un ataque de asma. Creo que a eso se refería mi amigo. Yo seguí con mi sonrisa. El señor extranjero y mayor, ni siquiera eso. La muchacha, que le tenía el brazo pasado por los hombros, apaciguadora le acariciaba la nuca con dedos lánguidos y elegantes que llamaron mi atención y me despertaron una fugaz fantasía, mientras entre aplausos ya se iba el comediante interactivo y le daba paso al plato fuerte de la noche, a Boncó.

No recuerdo los chistes. Sólo que alguien desde el público gritaba algo referente a la vida anterior de Boncó, en Marianao o Buenavista, algo así; un energúmeno alcoholizado que el comediante logró sortear a duras penas.

Y entonces yo, apremiado por las cervezas, me levanté para ir al baño, con toda la discreción posible, pero obviamente insuficiente, porque la silla tropezó con algo, y se desplomó contra el piso, en sonoro desastre. Boncó, crispado, miró en mi dirección y me preguntó si se me había ido un peo. Y la gente lloraba, moqueaba, disfrutando el extra. Mi amigo me miraba apenado, y yo, centro involuntario de la atención, pero siempre sonriendo, me fui a mear.

Más tarde hubo música, sabrosa, bailé un poco. Regresaba de la minúscula pista de baile a la mesa cuando una mano me agarró el hombro. “Brother, no te pongas bravo por el chiste, tú sabes...”, me dijo Boncó, mostrando demasiados dientes, que brillaban bidimensionales bajo las luces ultravioletas. Caramba, creo que mi sonrisa ya no funciona, me dije mientras le respondía que qué va, no hay problemas, felicidades por la actuación, por cierto, y él que gracias, bro, ya tú sabes, sí ya tú sabes, y qué te dijo, me dice mi amigo, que tiene un punto de ebullición muy bajo y yo que, nada, no hay problemas, se disculpó, qué bien, no? No, si yo te lo dije, que la ibas a pasar muy bien, replicó mi amigo, y pasada una hora o algo así, nos fuimos.

Ya no he regresado más al “Cocodrilo”.

Y creo que definitivamente tampoco iría al “Sabadazo” nostálgico. Siento que ya no hay nada para mí ahí, ni allá.

Pero les deseo suerte y ventura a Boncó, y a todos ellos: fueron un asidero en una época oscura, y eso, definitivamente, se agradece.

miércoles, 23 de julio de 2014

Vacíos y cerveza

Estando en Cuba, cada vez que llegaba a mis oídos la noticia clandestina de que alguien famoso se había “quedado”, o que había abandonado el país, sentía una rara sensación de vacío, una extraña nostalgia, de que, coño, se fue, casi como si se hubiera ido un amigo, y eso, por supuesto, sin siquiera conocer personalmente al recién emigrado.

Recuerdo a Yiki Quintana, a Salvador, el de “Para Bailar”, a Albita Rodríguez, a René Arocha, al Duke Hernández, a tantos actores, actrices, músicos, artistas, cuyos destinos se diluyeron en la bruma de la desinformación, y en la terrible realidad de otro país donde no había nadie que los aplaudiera. En fin, era la gente que uno veía y escuchaba, y que de alguna manera eran parte de lo cotidiano.

Me percato de que en Cuba, tan cotidiana e inmóvil, para mí esos eran pequeños cataclismos.

Ahora lo veo de otra manera, porque ahora soy de otra Cuba, que ya no existe. Y me alegra saber que alguien, aunque no lo conozca, va a tener por fin oportunidades y vida mejor.

Pacheco, en este caso.
…....................

Hablábamos de cerveza, y me acordé inevitablemente de esa curiosa ansiedad que hace que los cubanos, en la proverbial casa-en-la-playa, se levanten en la mañana y abran una cerveza. Cerveza imprescindible, pues impensable casa en playa sin cerveza en la mañana, y su sempiterna mesa de dominó. Era como una carrera para recuperar la cerveza perdida.

Yo traté de hacerlo también, para no desentonar, pero no pude: beber nunca ha sido lo mío, mucho menos en la mañana. Mi ansiedad era otra; era por el jamón serrano que había probado una sola y milagrosa vez, cuando era niño, en una cafetería cerca del Marazul. Fue tan rara esa ocasión, que a veces pienso que fue una alucinación.

Pero no daban jamón serrano por los planes CTC...

martes, 22 de julio de 2014

Duda de martes largo

¿Alguien en su sano juicio piensa realmente que imperialismo chino, o ruso, sería una mejor alternativa que el imperialismo estadounidense?

Sobre palestinos, israelíes y buenos deseos

Hoy leía y veía más de las apasionadas declaraciones, a favor de Palestina, de Israel, de la paz, los mapas, los recuentos históricos, las culpas, las fotos, las convocatorias, turbas de un lado y del otro, en fin, todo lo que sucede cada vez que se agudiza este eterno conflicto.

Y bueno, yo pongo lo mío:

Paz
No más niños muertos
No Hamas
No bombardeos a civiles
No a los islamistas
Un país para Palestina
Un país para los judíos

Y que viva Israel

Yo sé, es ingenuo, pero hay que pedirlo.

viernes, 18 de julio de 2014

Alternativas

“Yo no voy al Caribe de vacaciones porque siempre tengo presente el caso de aquella americana que fue secuestrada porque era blanca y rubia, y no quiero que algo así le pase a mis hijas...”

Y me mira.

Alternativa 1: “En realidad, debes evitar el Caribe para protegerlas del melanoma...”

Alternativa 2: “Y yo no voy a enviar a mi hijo a la escuela para evitar que un loco llegue un día y lo ametralle...”

Alternativa 3: “Eso es tremenda comemierdería...”

Suspiro... y sigo con mi almuerzo.

Verborrea no insólita

La verborrea asociada al mesianismo es una condición que se parece a homosexualidad: al parecer, no es opcional.

Y he aquí al vejete, que nos lo muestra en una insólitamente breve, y conclusiva intervención:

¿El gobierno de Ucrania? Gobierno antirruso, antiucraniano y proimperialista.

¿Israel, EEUU? Criminales repugnantes.

¿Yo, dictador honorario? Me las sé todas.

Y pinga para el resto.