viernes, 24 de julio de 2015

Perplejidad

“Es que yo no sé lo que estoy viendo; no sé si es como rendirse después de 55 años, o qué. Uno no se mete tanto tiempo diciendo una cosa, armando todo aquello, para de pronto llegar y decir que ahora todo es lo contrario de lo que se decía…”

Es mi suegro, que está perplejo.

Desconcertado, con el asombro simple de un hombre bueno, testigo de sus tiempos y sus ideas -¡Pa´ lo que sea Fidel, pa´ lo que sea!-. Ideas adquiridas, como las de todos -¡Venceremos!-. Ideas cinceladas, a mazazos de doctrina, dogma y mentira. Ideas que eran asideros -¡Somos felices aquí!-, que le (nos) dijeron eran el principio -¡Señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo!- ; ideas que le (nos) dijeron eran el fin -¡Cuba sí, Yanquis no!-.

Mi suegro no lo dice, pero se siente desamparado -Fidel, Fidel, dinos que otra cosa debemos hacer-. Ha desaparecido de la noche a la mañana, de 17 a 18, el enemigo -al enemigo, ¡ni tantico así!-, y ahora está bien ondear su bandera -donde basta una, ¡la mía!-

Mi suegro no entiende nada.

Mi suegro no entiende qué es lo que ha terminado. O lo que es peor, no se explica qué es lo que ha comenzado.

Yo, que presto atención cuando no estoy ocupado haciendo las cosas importantes, me resisto a explicarle. No seré yo quien trate de borrarle las consignas, porque ni siquiera estoy seguro de haber eliminado las propias.

No puedo, ni quiero convencer a mi suegro, de que todo este asunto se parece a ese cliché de ese esposo y padre, abusador y déspota, que ahora parece buena persona porque decidió, a instancias de su vecino, asomarse la ventana y conversar. Y es que dice el vecino, ese hombre generoso, que la gente hablando se entiende.

La esposa del hombre está sentada en la semioscuridad de la sala; tiene la cara tumefacta, le sangran los labios. Los niños siguen encerrados en sus cuartos; tiemblan, se esperanzan, pero nunca le reclamarán nada al padre. Pero lo importante es hablar con el esposo, ¿sabe, suegro?, decirle que de repente ya no es tan miserable, que es humano aceptarlo como el hijo de puta que es, vamos, porque así es como hacemos las cosas en este lugar y en estos tiempos, porque por algo hay que empezar. Seguro ahora deja de maltratar a la mujer, de abusar de sus hijos, dice el vecino. Todo está bien ahora, dice el vecino. Y se saludan satisfechos.

Así de sencillo.

“Es un símil poco logrado, suegro”, le diría a ese hombre sencillo que, en ésta la postrimería de su vida, me observaría, lleno de dudas, su mente al garete, “pero hay quien piensa que eso es lo correcto. Lo ponen hasta por escrito: le echan canela, lo baten y hacen un flan. “¡Qué rico es todo ahora!”, dicen, y lo firman, y se lo comen. Ahora ya son felices aquí, y allá, ”¡Porque algo comenzó!”, dicen. Contemplad orgullosos al esposo de la mujer triste, asomado a la ventana enrejada, que morir por la Patria es vivir. ¡Qué hermoso¡”

“Dicen entonces, además, que la dictadura ya no es lo que era; toman en cuenta que hasta WiFi hay en las esquinas; que también hay croquetas; que los cubanos ya pueden viajar a donde los acepten -¡Bienvenido a los EEUU, suegro!-; que las golpizas son estadísticamente poco significativas, por no mencionar a los opositores -cuatro gatos financiados, dicen-; que no importa que no haya prensa, mientras que haya papel -¡Saludamos el N congreso de la UPEC!-; que cincuenta y seis años no es nada, que lo que importa es, por ejemplo, “la buena voluntá” -todos los niños del mundo, vamos una rueda a hacer…-; que ya no hay pausa -¡La Revolución avanza a pasos agigantados! -; que el futuro… Eso es. Que lo que importa, suegro, es el futuro -¡El futuro pertenece/por entero al socialismo!- “

Pero eso no va a suceder. Yo no le voy a decir nada de eso a mi suegro.

Mi suegro es un hombre bueno, que se merece otras cosas, no esa odiosa perplejidad que lo agobia, no que yo lo atormente con mis dudas.

Mi suegro es solo un hombre bueno, que no entiende nada.

Ni yo tampoco.

Alec Heny ©

miércoles, 22 de julio de 2015

Cincuenta y seis instantes de una decadencia

No hay quién se ponga de acuerdo en qué fue lo primero que sucedió.

La expropiación de los negocios privados, tal vez. La dictadura. El populismo. La ceguera. Fidel en sí mismo. El aborregamiento masivo. La Guerra Fría. De todo, se dice.

El regreso de las putas, digo yo, que fue el primer síntoma.

De los logros que se adjudica la involución, logros que fueron financiados durante tres décadas por los ex-socialistas (ex, delante de socialista, comunista, fidelista, u obeso, es sinónimo de afortunado), la eliminación de la prostitución fue el primero que colapsó.

Vamos, uno no puede ir contra natura. La gente siempre va a singar, de gratis o cobrando, bajo swastika, estrellas y barras, hoz y martillo, o en un matorral infectado de mosquitos; hay un mandato de supervivencia en nuestro genoma, apertrechado de hormonas y placeres, que es imposible soslayar. Por eso regresaron las putas, y con ese regreso se fue abajo uno de los logros de la sociedad de mujeres y hombres nuevos que no renunciaron a hábitos viejos.

Más tarde… Bueno, más tarde fue la debacle.

Los hospitales parecen terminales de ómnibus, las terminales de ómnibus parecen potreros y los potreros están vacíos. Los médicos pasaron de logro respetado a ser una penosa fuente de ingreso: el desgobierno proxeneta los envió de jornaleros a otros países, a ganar dinero, a cambio de que entreguen la mayor parte de sus ingresos a ese su desgobierno dueño, desgobierno que boquea y transita, como sus putas, de un mecenas a otro para poder sobrevivir en el final de esta era.

Mientras, de las escuelas cubanas desaparecieron los Maestros, y llegaron los maestros. Les siguieron unos televisores, y unas personas que necesitaban trabajar en algo y la escuela, pues era una opción.

Mientras, las putas y pingueros demostraron que también podían ser un sector rentable, atractivo para el turismo y se convirtieron además en una parte importante de la sociedad cubana emigrada en México, las Europas, pero no así en los Estados Unidos, donde la competencia, como en todo lo demás, es feroz (bendito capitalismo).

Pero, además, la prostitución -que no la putería- es ilegal en los Estados Unidos (si bien el porno no lo es, gracias a Baco), por lo que los mustios mexicanos, españoles o italianos, que van de putas a Cuba con cien dólares en el bolsillo en plan de magnates, no tienen la menor oportunidad aquende en el monstruo, donde un perro caliente cuesta cinco dólares y una puta, pues tendrían que pagarla entre cuatro.

En fin, la gente se fue. Los médicos, los ingenieros, los amigos, putas y obreros. Primero a cuentagotas; después, en hemorragia: por el Mariel, los balseros, o como se pudiera. Hasta que le llegó el turno al último logro, a los deportistas; “por fin, coño”, dijeron, y se fueron también. Así sucedió que desapareció la era dorada del voleibol; el beisbol cubano, pues está acá en las Grandes Ligas. Y los cubanos de adentro se volvieron fanáticos de la Liga española de fútbol.

A eta vsió. Ya no queda casi nada. Ya no queda ninguno. Ya no queda casi nadie. Solo las putas nuevas, heroicas sobrevivientes, siguen patrullando las sendas de los turistas.

Son estos los tiempos entonces en que Cuba gana un bronce en el beisbol panamericano (¡panamericano!) y se dice que es un triunfo; es la era de las embajadas, la hora de las dictaduras aceptables, y la plebe se alegra sin saber a ciencia cierta por qué; es, a estas alturas, que uno que otro idiota dice que Internet es algo nocivo para lo que queda de la nación cubana; y sucede que un cubano infeliz, enfundado en un traje color mierda, muestra un trapo rojinegro frente a la Casa Blanca, y se ufana de ello.

Quizás sean estos los nuevos logros y uno, maleducado por la lejanía, simplemente no los sabe apreciar en su justa magnitud. O tal vez estos sean solo más instantes de un desplome sin prisa páusico, que comenzó… bueno, ya lo había mencionado: no hay quién se ponga de acuerdo en qué fue lo primero que sucedió.

Pero lo que no hay dudas es que, sea eso lo que sea, todavía está ahí, desgranado instantes…

Cincuenta y seis más, tal vez.

Alec Heny ©

lunes, 20 de julio de 2015

Día de estreno

Tal pareciera que estos izamientos y arriamientos de banderas americanas y cubanas requieren días 20.

Pudieron haber escogido para inaugurar las embajadas el día 21, o el 22 de julio por ejemplo. No el 26, por razones obvias. Así que el 20, hoy, es el día.

Ya era fecha importante el 20 de mayo, ese día fulminado por la rescritura de la Historia en que se enfrascaron los que ganaron su guerrita en el año 1959. La contra a su vez adoptó el 20 de mayo como su día emblemático, para joder, en lo fundamental, pues a pesar de que ese día marca el nacimiento de una República, se sabe que fue ese un parto maltrecho, con una Constitución que hasta reconocía el derecho de intervención de los Estados Unidos en Cuba (Constitución que se aprobó un día 21, por cierto)

Hasta se cuenta que, nada menos que Máximo Gómez, le regaló la bandera cubana que se izó ese día al gobernador norteamericano Leonardo Wood.

No fue ese un buen 20, les dijera si me preguntaran mi opinión.

Sin embargo, todos recalamos en esos días de tanta ambigüedad política: tirios y troyanos, talibanes y gusanos, hombres nuevos y emigrados, todos los cubanos, y lo hacemos a pesar de tener esa otra fecha, tan neutra, unitalla y baja de sal, que es el 10 de octubre. Pero nadie se molesta en celebrar ese día.

No sé si ello se deba a que es la mitad de esos 20 que nos acosan, o simplemente porque es una efeméride anodina, sin fuegos artificiales ni petardos ni barbecues ni tequila. El 10 de octubre es apenas un día feriado: un día aburrido, con discursos amarillentos, viejos apergaminados, militarotes deslucidos, demasiada solemnidad y nada de alegría.

La buena noticia, sin embargo, es que faltan Días por llegar.

Serán muy necesarios, para cuando la última lluvia de una turbonada de una tarde feliz se lleve por fin al tragante los últimos vestigios del castrismo. Con ello se irán esas fechas designadas por los comisarios caribeños para celebrar sus muertos. Después, pues no más jornadas, no más trovadores rasgueando consignas, no más ciudades en 26 ni saludando asambleas de balance: bienvenido será enero, porque es el primer mes del año, y no otro aniversario del inicio de la paleoinvolución.

Pero mientras llegan esos Días nuevos, ahí están esos días 20, de mayo y julio. Y 17 de diciembre, para peregrinar a El Rincón, y para recordar a Obama (porque nadie se acordará del Castro menor, sentado en aquella oficina bunker, en traje militar, sin tricornio y sin bastón, y declamando bravatas)

Pero sobre todo, ahí está ese día en que nos estrenamos como emigrantes y todo cambió; fecha única para cada quien, ese día que nos fuimos a otra vida y dejamos detrás, junto con todo lo demás, todas las fechas prescindibles.

viernes, 17 de julio de 2015

Iran y Cuba: las ilusiones perdidas

El Presidente Obama es un hombre de buenas intenciones.

Vamos, Obama ha demostrado que es capaz de saltarse bardas, vadear zanjas y cruzar lodazales para estrechar la mano sucia del tipo que está del otro lado. Yo lo admiro por ello. Sobre todo porque la tentación de no hacerlo debe ser enorme.

Considérese que Barak Obama es el Presidente del país más poderoso y rico; es además el Comandante de la maquinaria militar más poderosa del planeta, y el líder de una nación con amplia tradición imperialista, experta en invasiones, que cuenta con el respaldo de la OTAN, Japón, Australia, Israel (a veces) y una miríada de países que dependen del comercio con los Estados Unidos.

Para un mandatario como es el Presidente de los Estados Unidos, negociar, en lugar de imponer, es sólo otra opción. La opción de Obama, en este caso. Pero las negociaciones no siempre son confiables, pues se trata de palabras, que, ya se sabe, se las lleva el viento.

De esa manera, uno sabe que ni la “apertura” hacia el desgobierno cubano, ni las negociaciones con los gobernantes iraníes, van a dar el resultado que se espera.

En el caso cubano, solo el fin biológico de la generación de ancianos que detenta el poder, encabezada por Raúl Castro, Machado Ventura y algunos militarotes, dará paso a otra era -no necesariamente mejor, pues ya se avizoran los delfines de la familia Castro haciendo pininos-, pero por algo se empieza. Por el momento, el general presidente, como buen menesteroso, toma lo que le dan, a la vez que, como buen marrullero, mantiene sus bravatas de esquina, suelta sus perros, y se burla de este nuevo momento que ha propiciado Obama.

Iran hace algo parecido, pero desde una posición de fuerza realmente preocupante, incomparable a la insignificancia regional, política y militar cubana. Los iraníes están a punto de construir armas nucleares. Nada de lo que han hecho americanos e israelíes, ni bloqueos, ni asesinatos, ni atentados, ha podido detener el proceso de desarrollo de la industria militar iraní, país que es una potencia petrolera y con una élite tecnológica e intelectual poderosa.

En este caso, Obama también ha optado por negociar y los iraníes, como el vejete Castro, toman lo que le dan, lanzan sus bravatas, y mienten.

Las soluciones a ambos casos parecen ser de otro tipo, diferente al que han imaginado el presidente americano y sus asesores.

Cuba, su régimen, su drama, no cambiará mientras los cubanos de adentro decidan cambiar. Y no parece que les interese hacerlo.

Iran, por su parte, no va dejar de intentar fabricar sus bombas atómicas.

En el caso cubano, quizás el tiempo sea la solución. En el otro, tal vez un masivo bombardeo quirúrgico. No lo sé. Pero lo que es seguro es que en ninguno de los casos la buena voluntad de la negociación va a llevar a buen fin los conflictos. Ni Cuba, ni Iran, van a hacer algo diferente a lo que han hecho hasta ahora.

El Presidente Obama es un hombre con buenas intenciones, yo lo admiro por ello. Pero me temo que sus ilusiones, al menos en esta ocasión, estén perdidas de antemano.

miércoles, 15 de julio de 2015

Hugo en la Habana

Hace apenas dos días alguien me comentaba, entusiasmado, que los chinos pretendían construir no sé si edificios, o campos de golf, u hoteles, o algo así, en Cuba.

No era importante lo que se construiría. Lo importante es quién lo haría. Y así lo hice saber, ¿Por qué entregarle la economía, la infraestructura cubana a extranjeros, en lugar de a cubanos?, intervine en la conversación. ¿Por qué no dejar que el empresariado cubano, nacional o emigrado, haga inversiones y mueva esa maquinaria mohosa e improductiva que es la economía cubana?

Eran un par de preguntas retóricas. Yo lo sabía, y lo sabían mis interlocutores. Todo lo que logré fue encerrar la conversación en un callejón sin salida y que, por lo tanto, se cambiara el tema.

Pero no me molesta seguir haciendo esas preguntas.

El miedo al empresariado cubano es parte de la misma pausa que mantiene inmóvil a todo lo demás. Es el miedo a Internet, a la información, a las libertades de prensa y expresión, a la alternancia política, a perder el poder. Porque mantener el poder, para conservar el cotidiano y aberrante estatus quo de la isleta, es el único fin de la clase desgobernante.

Por otra parte, abrir el país a inversionistas y empresarios cubanos emigrados sería admitir, tácitamente, que los cubanos exitosos viven fuera de Cuba, que tuvieron que abandonar el país para ser tales, y que a pesar de huevos, piedras, mítines de repudio y humillaciones, ahí están, listos para rescatar el país. Para rescatarlo de los mismos que lo hundieron, y que todavía están sentados en el pecho de la nación cubana como una mole antediluviana.

Abrir el país a empresarios cubanos emigrados implica que hay que irse para regresar como vencedores. Y por ello hay reticencia entonces a permitir que los cubanos hagan negocios en Cuba. Claro, a no ser que Usted se llame Hugo Cancio.

Quizás el señor Cancio, como el Cerro, tenga la llave, y tenga además la fórmula para poder invertir en Cuba, para poseer un apartamento en un edificio con vista al Malecón, un portal noticioso en el cual deja deslizar una que otra historia de crítica light impublicable por demás en la prensa nacional, y no perecer en el intento.

Pero no comparte la fórmula el señor Cancio; debe ser compleja esa solución pues, ¿cómo un marielito, empresario exitoso radicado en Miami, probablemente ciudadano americano, regresa a Cuba como Hugo por su casa, y se da la gran vida entre el jet set habanero, e invierte y posee y hace lo que los demás cubanos, empresarios o no, no pueden hacer?

Yo no lo sé.

Pero el señor Cancio deja pistas claras. Dice el señor Cancio que él es admirador de Obama y Fidel Castro; yo lo imagino en aquel año 80 agitando un pañuelito, a manera de despedida, a la imagen del dictador que les pusieron en el Mariel. Te admiro, pero voy echando. Te admiro, y estoy regresando, veinte años después, a lo mosquetero, la cabeza gacha, la billetera abierta, los oídos prestos, vengan proposiciones a cambio de poder ser Hugo en La Habana. Fidel, esta es tu empresa.

¿Será así?

Yo no lo sé.

Pero a pesar de ello yo quisiera que haya uno, dos, tres, muchos Hugos Cancios.

No porque yo me vaya a beneficiar por ello, ni mi familia, que no los necesita. Para decirlo a lo mexicano, me salen sobrando. Es solo mi maltrecho sentido de la justicia y la decencia el que me dice que debería ser así; que la gente cubana, aunque no les interese un cambio, aunque la apatía los mantenga postrados, merece otra vida, y que debe ser ese cambio un cambio gestionado por cubanos.

Es bueno ver entonces que haya cubanos de éxito; me jode la idea de chinos, rusos, mexicanos, españoles o americanos llevándose las piltrafas cubanas.

Por eso siento que mis preguntas siguen entonces siendo válidas. Las que ya hice más arriba, y esta que sigue.

Que por qué Cancio sí, y los otros no.

Yo no lo sé.

Pero lo que sí sé es que detrás de esa excepción debe haber una historia jugosa, que alguien escribirá un día, aunque, obviamente, no en OnCuba.

Alec Heny ©

viernes, 10 de julio de 2015

Prohibido prohibir, dijera, sino fuera porque prohibir está mal

Los Estados Unidos, a pesar del pragmatismo, es una nación mojigata.

No sé si tenga que ver con todo ese cristianismo ancestral en sus N variantes que impregna la sociedad de arriba abajo, o que simplemente los blancos son así y uno no los entiende.

Pero véase qué cosa: a pesar de la magnífica Constitución, y muy en contra del espíritu de esas poderosas Enmiendas, el afán de prohibir les palpita a los americanos bajo la piel.

La Prohibición, por ejemplo, esa Ley Seca que solo logró que se hicieran fortunas vendiendo whiskey ilegal, y que se dice perduran hasta hoy día; o la veda de las prostitución, el oficio más antiguo, y una de las expresiones más genuinas de la libertad que existe, pues uno debe tener derecho primordial sobre lo que hace con su cuerpo.

O tómese el McCartismo, esa cacería de brujas; o el puritanismo que hace que algunos comerciales europeos sean tratados como material porno. O lo políticamente correcto, tan de estos tiempos, que provoca, por ejemplo, que los negros se denominen afroamericanos, a pesar de ser estadounidenses de sexta o sétima generación (aunque, por otra parte, a los que hablamos español nos denominen hispanos o latinos, metiendo en una gran bolsa étnico-lingüística a más de treinta países que apenas tienen en común el idioma).

Así, de vez en vez, se desata una cacería de conceptos, como ésta más reciente, la campaña contra la bandera confederada, que ahora se está expandiendo a los símbolos confederados y que, de seguir por ese camino, amenaza con aniquilar definitivamente la parte perdedora de la Historia de los EEUU, y atenta de paso contra tradiciones que no necesariamente tienen que ver con el racismo o el secesionismo.

A los cubanos esto nos debe resultar muy familiar.

Provenimos de un país con un gobierno que se ocupó de rescribir la historia a su antojo, de repletar el calendario de sus aburridas efemérides, y de dar de baja a cuanto personaje o hecho histórico consideró no adecuado a la cosa involucionaría y sus propósitos doctrinarios.

Se prohibió música, literatura, el pensamiento y las libertades de todo tipo. Se reprimió a homosexuales y librepensadores. Lo que no era prohibido era obligatorio. Tal fue así que hoy los cubanos no tenemos un día patrio, supra-gubernamental, de cual estar orgullosos; entonces acá, los que andamos en las entrañas del monstruo, adoptamos alegrías e independencias ajenas a falta de las propias, lo cual está bien, por cierto, porque no se puede andar con las raíces expuestas al aire demasiado tiempo: se seca el alma.

Pero a lo que iba: está mal entonces prohibir. Debería ser ilegal, y la Primera Enmienda lo muestra con claridad. Educar, tal vez; hablar, enseñar, argumentar, debatir. Pero no prohibir.

Prohibir, además de no resolver nada, va en contra de nuestra esencia creativa y en contra de las libertades. Prohibir destruye.

miércoles, 8 de julio de 2015

La guerra que nunca ha sido

Norberto Fuentes escribe esta pieza, titulada “¿La guerra ha terminado?”, para La Repubblica, publicación otrora radical socialista, ahora de centro izquierda. Escribe entonces el periodista este texto “tailor-made” para la componente izquierdosista de La Repubblica, y se nota.

Es una loa, de nuevo, a su ídolo -y probablemente de sus lectores italianos, tan lejanos del Caribe cotidiano y tan cerca de jineteras y pingueros progresistas- y de paso un gritito nacionalista de paisito tercermundista que, según el autor, ganó la “guerra”, o sea, el diferendo Cuba-Estados Unidos.

Diferendo cuyo mantenimiento y continuidad, dice, “se le debe a la descomunal capacidad de resistencia que Fidel Castro le imprimió a ese proceso”

Yo tengo un par de parientes que están cementados en su ideología de la misma manera que Fuentes lo está a su admiración por Fidel. Mis parientes dicen que Fidel es un genio al que le salieron mal las cosas. Fuentes dice además que Fidel tiene un paquete testicular (sic) voluminoso, y al parecer está fascinado entonces por todas las circunstancias descomunales que encuentra en el ancianillo tiranuelo.

Yo entiendo que al escribir por encargo haya que ceñirse a lo que demanda la publicación y la audiencia. Pero, si yo fuera Fuentes, dejara que el periódico de marras publicara su artículo, en italiano, donde permanecería a salvo de escrutinio; cobraría mi dinero, y a otra cosa, mariposa. Al cabo, todo el mundo tiene que comer.

Pero él lo cuelga en su blog -que yo leo con placer, porque Fuentes escribe muy bien, y a veces dice cosas interesantes- dejando así otra huella de su nostalgia de escriba de la nomenclatura.

En fin, regresando al texto en cuestión: ni Fidel ni Raúl ni Cuba ganaron ninguna guerra porque no había tal cosa. Sólo ha sido un conflicto de baja intensidad -que aun continua, por cierto- que se ha arrastrado por más de medio siglo; mientras, los Estados Unidos han seguido creciendo y evolucionando como nación, y Cuba se ha ido desmoronando y desgañitándose en inútiles tribunas. Si fuera en realidad fin de guerra, pues el vencedor parece más que obvio.

Para concluir mi comentario, pues pienso que si a alguien deben darle gracias los que vean beneficio en esa distención del diferendo, es, Ah, my dear friend, al Presidente Obama, artífice de todo lo que estamos viendo, y no a los ancianos y a su caterva, que todo lo que atinan es a presumir de su sin prisa y a refocilarse en su eterna pausa.

Alec Heny ©

viernes, 3 de julio de 2015

Di por qué, dime Obamita…

Más allá de la euforia por el acercamiento que el Presidente Obama ha decretado y logrado con el desgobierno de Cuba, coronado hace un par de días con el anuncio de la reapertura de embajadas en La Habana y Washington; más allá de estupor y el inmovilismo mental que ha demostrado dicho desgobierno ante la avalancha que ha desatado ese deshielo (para tener una idea sobre la jalea mental de los vejetes, léase la declaración del desgobierno sobre la apertura de las embajadas); más allá de la rabia de los fundamentalistas de cada lado, de la ingenuidad, del optimismo, de la alegría de tantos, pienso que todavía queda una pregunta fundamental por responder:

¿Por qué?

¿Es en realidad Obama esa persona de mente abierta, un conciliador per se, que ha logrado hacer ver a Washington que no vale la pena persistir en el diferendo Cuba-Estados Unidos, y que decidió liberar tensiones así, porque sí, porque así es más bonito, más Nobel de la Paz?

Si ahora ya se sabe que Cuba, a pesar de que todo allí está por hacer o reconstruir, no es en realidad un negocio tan grande como se pensaba, entonces, ¿el motivo no es principalmente económico?

Si el desgobierno cubano ha dejado claro, por escrito, en cada oportunidad, que persiste en la anacrónica y absurda idea de “seguir construyendo un socialismo próspero y sostenible”, si continúa reprimiendo a los opositores, si se niega a dar libertades de información, expresión, reunión, de prensa, a permitir el pluripartidismo, entonces, ¿ya no importan la ideología y las libertades?

Si la retórica del desgobierno sigue anclada en que la raíz de todos sus males son los Estados Unidos, y no desperdicia ocasión para denostar al gobierno y sociedad estadounidense, entonces, ¿tampoco cuenta ya la política?

¿O quiere el gobierno de EEUU evitar a toda costa una cabeza de playa rusa o china a noventa millas de sus costas?

O tal vez el gobierno y las instituciones de EEUU han estado prestando atención a lo que sucede en el Sur de la Florida, a la llegada masiva de inmigrantes cubanos nada o escasamente calificados en su mayoría, que poco tienen para aportar a la dinámica de la economía, la academia o la calidad de la sociedad en general, y quieren frenar ese influjo de potenciales clientes de la seguridad social.

Puede ser incluso que el gobierno americano esté atrapado en su propia legislación y no pueda derogar una ley de ajuste sin antes intentar al menos eliminar los motivos que la sustentan.

O quizás haya una explicación más simple y tenga que ver con que, efectivamente, Cuba y su tragedia nacional es insignificante para la política estadounidense y que resulta más barato y razonable hacer las paces, como se ha hecho con China o Viet Nam, que seguir en un conflicto que ha demostrado no conducir a ninguna parte.

Yo no sé cuál es la respuesta. Pero de algo estoy convencido: el gobierno americano es una entidad pragmática, supra-presidencial y de luz larga, que no hace nada por gusto.

Por tanto, sigo con mi pregunta:

¿Por qué?

Alec Heny ©

jueves, 2 de julio de 2015

Circo

“¡Pasen, señores, pasen…!”



La familia de donde provengo, ramificada, diversa, como toda familia cubana que tenga más de seis o siete generaciones de naufragio caribeño, ha visto llevar su apellido a un general del Ejército Libertador, a un gobernador de provincias, a un firmante de la Constitución del 40, y a unos primos cuatreros que -de dar crédito a lo que dicen- han hurtado y sacrificado tantas vacas como habitantes había en cierto pueblo perdido entre vegas de tabaco; allí, cada tarde se sentaba en los portales de una casa señorial el ultimo vástago de -si también he de creerle- el ex dueño de media provincia: un anciano cuidadosamente afeitado, en guayabera de hilo, pantalón de lino, sombrero alón, chancletas y un apestoso tabaco liado a mano, un viejecillo con voz meliflua que nunca me llamaba por mi nombre, sino por “Verraco”.

Hubo también por ahí guajiros obtusos, paupérrimos de nacimiento a muerte, hipnotizados por el humo grasiento de las chismosas de queroseno, y que nunca supieron que había más allá del mojón que marcaba el final de su poblado; otros, astutos, emprendedores, trabajadores como bestias, las articulaciones quebrantadas por el peso de las sacas de arroz, se enriquecieron y prosperaron, sembrando, cosechando y vendiendo el grano, regado con el agua turbia del Rio Hondo.

“Compañeros son los bueyes…”, me repetía un tío, una y otra vez, escupiendo saliva fangosa, mientras me escudriñaba con astutos ojillos azules; “El atentado de Boston es cosa de la CIA y los rusos para desestabilizar el Cáucaso…”, me comentó un pariente a raíz de las bombas que hicieron detonar los hermanos Tzarnaev, y lo dijo convencido de lo que decía; “¿Viste al Presidente (Raúl Castro)? Se puso el uniforme para responderle a Obama…”, me dijo emocionado otro portador de mi apellido, ex MININT, unos días después del 17D.

También tuve una tía abuela, “la mujer más hermosa de la familia”, que fue monja, y un primo maricón, ingeniero genial. Tengo además tres hijos maravillosos, uno de ellos ya profesora en una universidad, y unas primas que se dice fueron tremendas putas.

Hasta Manuel García, “El Rey de los Campos de Cuba”, se  cuenta andaba medio emparentado con nos. La familia de donde provengo -que no se escoge, ya se sabe- es, debo admitirlo, como cualquier otra familia, es un circo con actos memorables y otros lamentables.

De todos ellos, ancestros y contemporáneos, protagonistas y víctimas, me acordaba hoy al leer que Obama anunciaba la apertura de las embajadas en La Habana y Washington, y el restablecimiento con ello de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos de América y Cuba.

Puedo seguir escribiendo sobre este tema; pudiera quizás elaborar todo un análisis de esa situación, e intentar demostrar que, en realidad, tanto el 17D, como esta su consecuencia, ambas cosas son una porquería. Puede incluso que tuviera razón, y que hasta alguien coincidiera conmigo. Pero no voy a escribir nada de eso.

Solo quiero apuntar que mis amigos, y mi padre, y mis hermanos, mi familia, esos portadores de mi apellido, me dicen que todo sigue igual; que la gente no gana el dinero que necesita, que el país se derrumba, que apesta, que sigue sin haber prensa ni libertad de expresión o de asamblea, que sigue el miedo, que el discurso antinorteamericano continua siendo parte de retórica oficialista. “Que nadie se llame a engaño”, me dicen, “nada ha cambiado, porque la croqueta no es cambio”. Y yo, por supuesto, les creo.

Por eso no escuché hoy a Obama, anunciando el estreno de su nueva amistad, porque simplemente no me resultó interesante. Y no es interesante porque mi familia no va a vivir mejor porque haya embajadas. 

El país de donde provengo, el país de nacimiento -que no se escoge, ya se sabe- es, debo admitirlo, un circo con actos memorables y otros lamentables; como la alegría ingenua, como la perplejidad que deben sentir muchos al ver que el tradicional monstruo ahora es amigo por decreto: un circo, con una función que ya dura cincuenta y tantos años, y que no se sabe cuándo por fin termine.

Alec Heny ©

jueves, 25 de junio de 2015

Otra bandera, el mismo barco

Caricatura por Garrincha, para Yahoo News
Arriar una bandera no cambia nada.

Esa es más o menos la idea que asocio al asunto de la bandera confederada, ese símbolo multifacético que puede representar orgullo sureño, sedición, traición, racismo, supremacía blanca: depende quién la ondee, y quién la mire ondear. En todo caso, fue el emblema de un ejército que perdió una guerra por una mala causa: seis estados (once, para cuando la guerra terminó) pretendían separarse de la Unión Americana y mantener la esclavitud, base de su economía algodonera.

Abraham Lincoln, presidente republicano, racista y antiesclavista, derrotó a esa confederación, firmó el Acta de Emancipación y abolió de manera oficial la esclavitud en los Estados Unidos. Sin embargo, cien años más tarde, en los años 60 del siglo XX, todavía fue necesario regresar al racismo omnipresente y tratar de enmendarlo: fue la lucha por los derechos civiles y el final -de nuevo oficial- de la segregación de los negros en el Sur.

Hoy, a ciento cincuenta años de Lincoln y Appomattox, a cincuenta del asesinato de Martin Luther King, sigue intacto el odio racial, el atrincheramiento étnico en barrios y guetos, el auge de los grupos de supremacía blanca, la cultura excluyente y violenta del rap, los asesinatos raciales. Si se presta atención - no requiere un gran esfuerzo- todo indica que la Guerra Civil aún no ha terminado.

Hay un DeBlasio que quiere sustituir retratos de blancos por retratos de negros; hay supremacistas blancos; hay un Caucus Negro en el Congreso; hay KKK; hay Al Sharpton, Rush Limbaugh, Ann Coulter; hay un Donald Trump que dice que la violencia llega acá con los emigrantes; hay asesinos que balean congregaciones religiosas negras; hay policías racistas; hay negros que se amotinan y destruyen sus ciudades; hay quien cree que, por arriar una bandera, por limitar su uso en placas de autos, porque Walmart, Sears, Ebay y Amazon han dejado de vender esos símbolos de la Confederación, la Guerra Civil va a terminar y los Derechos civiles van a imperar en la Unión Americana.

“I will say then that I am not, nor ever have been, in favor of bringing about in any way the social and political equality of the white and black race”, declaró Abraham Lincoln, políticamente incorrecto de acuerdo a la usanza del siglo XXI, durante un debate por un puesto en el Senado unos años antes del comienzo de la Guerra Civil.

Hace unos días un joven sureño en Carolina del Sur asesinó a nueve personas de raza negra que estudiaban la Biblia en una iglesia. En esencia, sus argumentos de racista y supremacista blanco son esos mismos de Lincoln, de hace más de ciento cincuenta años. Argumentos que están, palabras más, palabras menos, intrincadamente tejidos en nutridos y oscuros estratos de la sociedad norteamericana.

A raíz de la masacre en Carolina del Sur se ha hablado de nuevo de control de armas, y ahora se ha adicionado ese debate acerca de la prohibición de la bandera confederada. Como si las armas se dispararan por sí mismas, como si la sociedad fragmentada en etnias y odios fuera a sanar sólo porque la bandera confederada no será izada en lugares públicos.

Si todo fuera tan simple, la proscripción de la cruz gamada resolvería el neonacismo, la defenestración de la K eliminaría el KKK, quemar el Corán desmantelaría el terrorismo, o prohibir tatuarse la cara controlaría a la MaraSalvatrucha.

Los símbolos son importantes. Hay miles de millones de personas venerando cruces y la media luna; hace apenas unos años buena parte del mundo marchaba tras la hoz y el martillo. Los símbolos surgen, cambian, desaparecen; pero al final es la gente lo que en realidad cuenta. Una bandera más o menos no va a detener la Guerra Civil del racismo en los Estados Unidos. Si acaso, la proscripción de ese símbolo va a exacerbar una radicalización en ese conflicto eterno en el que pelean fundamentalistas, víctimas y victimarios de cualquier color.

Arriar la bandera entonces es como esconder la basura debajo de la alfombra: el problema sigue ahí; al final de la jornada, lo único que se va a lograr con esa prohibición es que aumente el precio de la bandera confederada en los comercios minoristas.