sábado, 16 de septiembre de 2017

Entre Irma y un busto de plástico

Yo estoy saturado de símbolos.

Sé de su necesidad, por supuesto. Sé lo que significan para los seguidores de los pensadores, sean buenas o malas las ideas. Conozco de su importancia. Me consta su efectividad. Un símbolo vale más que mil discursos, que un millón de palabras, que años de educación familiar y esmerada. Un símbolo es la apoteosis del control.

Porque un símbolo que haga llorar sin tapujos, reir hasta el sofoco, vociferar sin pudor, es el sueño del Gran Hermano.

El símbolo es el yugo supremo, hermanos míos, y no acepto ni uno más porque ya he llorado, reído y vociferado lo suficiente, y estoy harto de ello.

A otros les ha ido peor, claro

Han arrastrado cuerpos por las piedras, han desollado, propinado palizas, violado, empalado, ahorcado, quemado, fusilado y asesinado sin remordimiento, cobijados bajo la sombra de blasones, trapos, cruces, medias lunas, calaveras, estrellas, colores, hoces, martillos, swásticas y garabatos, porque cualquier cosa es un símbolo, y cualquier símbolo envilece.

El símbolo eficaz torna dóciles a las multitudes. Les da algo en qué creer, un pingajo para rumiar; es un palo lanzado al viento para que, con harta estulticia y babosa fidelidad, el prosélito lo busque y entregue, gozoso, en la mano que le pega y alimenta.

José Martí y Pérez es uno de esos símbolos.

Anfótero por antonomasia, tan usado que se deshace entre los dedos, ese cubano escribió con tanto tino o extraña suerte que todas las facciones que lo sobrevivieron se lo han lanzado a la cara unos a los otros cual plasta, al punto que ya no se sabe cuándo es el Apóstol subversivo disidente o piedra angular de la oficialidad más abyecta.

Ahora, en el postdesastre meteorológico del huracán Irma y de la agonía postcastrista, tenemos la foto de un niño que nos mira hosco, perplejo, y descamisado, mientras carga con un percudido busto plástico de José Martí.

Y entonces la simbología y sus adeptos se han desbocado.

La Patria resurrecta. El Futuro salvando al Apóstol. La Patria en manos del Futuro. El Futuro, La Patria, la Revolución y el Socialismo sobreviven a cualquier adversidad. La Patria resurge del fango como el Ave José. Nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte un busto plástico de Martí.

Habemus símbolo.

Yo no veo nada de eso. Yo veo un niño que debería estar jugando, feliz. Yo veo una figura de PVC, fuente de ftalatos que contaminan el medio ambiente. Y lo único que siento es tristeza.

Tristeza, porque la foto capta de cierta manera la desolación post-huracán con tanto dramatismo como si fuera la imagen de los escombros de lo que fuera un ruinoso edificio al que las lluvias le dieron una puñalada de terrible misericordia. Porque, ¿acaso hay algo más desolador que un niño cargando con una enfangada figura de PVC a la que para colmo debe tratar con respeto?

Tanta tristeza me provocó esa foto como esa otra donde cuatro indolentes juegan dominó, sentados a una mesa astrosa, mientras el agua asquerosa de las calles de la Habana les llega a la cintura. O aquella donde otros tantos bailan, beben ron, y parecen divertirse chapoteando en las calles inundadas de un caldo verde olivo donde con cada segundo de jolgorio aumenta la concentración de coliformes fecales.

Y, créanlo o no, hubo quien usó esta última foto con fines promocionales, alabando nada menos que el espíritu alegre de los cubanos, que hasta con la mierda a la cintura cantan, bailan y beben, dicen estos promotores del coproturismo.

En Cuba, país sin buenas noticias, saturado de símbolos inútiles y despojado de todo lo necesario, solo van quedando estas estampas de la decadencia de lo que llaman cubanía. Son síntomas del desgarro de un tejido social que una vez fue valioso, en el tiempo anterior a que a los caballeros los convirtieran en compañeros, a las damas en federadas y que una familia de dictadores se pasara el país de mano en mano como a una puta borracha.

Y yo, insisto, estoy saturado de símbolos.

Pero uno último me gustaría ver acontecer cuando por fin se estrelle ese país en picada: será cuando como a cerdos abran en canal a los que malgobiernan y les encuentren, enredados en las tripas, un juego de dominó incompleto, con las fichas amañadas, una perga de ron barato, y un letrero trazado con un dedo embarrado de excremento:

"Como nos enseñó Fidel...”








jueves, 3 de agosto de 2017

Making la inmigración great again

Cien años después de la estampida de irlandeses, italianos y judíos que casi desbordara el melting pot americano, dándole el punto definitivo de sabor y textura a esos Estados Unidos que entraban al siglo XX a paso de ogro, los descendientes de aquellos rendidos, de aquellos pobres, de aquellas hacinadas y anhelantes multitudes de labriegos desclasados, ahora, un siglo después, ya no quieren más inmigrantes.

No es que haya menguado el espacio, ni que las oportunidades se hayan agotado. Es el país, que ya no es el mismo que aquel donde comenzara a fabricarse este tiempo nuestro, tan diferentes, tiempo y país. Pero sobre todo son otras las multitudes, las que han estado llegando a costas, fronteras y aeropuertos en los últimos cuarenta años, a colarse en el caldero en el que se coció la nación americana, caldero que ahora ahora reposa, inútil, sobre un fogón apagado.

Y son, además, los Estados Unidos de Trump.

El candidato presidencial Trump, que escuchó a sus asesores.

Escuchando y aplicando lo aprendido se convirtió Trump en la antítesis del agotado discurso de los demócratas; aceptó ser el vocero de la línea dura de los republicanos, eco de absurdos, los inmigrantes nos quitan los trabajos, dijo, porque eso querían, quieren, escuchar los inmigrantes blancos de tercera o cuarta generación y origen europeo, preferiblemente norte-europeo, como si recoger tomates, limpiar oficinas, sudar en las cocinas de los restaurantes o podar arbustos y cortar yerba fueran los trabajos que van a sacar de las oficinas de la ayuda social a esos blancos, proletarios y desempleados, para colocarlos en la clase prometida, la clase media mullida y de color pastel.

Trump presidente quiere entonces no solo eliminar la inmigración ilegal sino reducir, rediseñar, la legal. Que se base en méritos, dice, reality show "A ver quién entra"; una asamblea de méritos y deméritos donde el televisor, el apartamento de la micro, la visa, se la gana no el que la necesita, sino el que logra vencer más obstaculos.

Así, no más arribazón de rendidos, de pobres, de hacinadas y anhelantes multitudes. Ese es el plan; borren la inscripción, desmonten la Estatua de la Libertad y dejen en su lugar un letrero de gris neón: Ergo, America is great again, motherfuckers.

Y su 35% de incondicionales aulla.

En realidad, el asunto tiene nombre y apellidos. De alguna manera se reduce a los inmigrantes de origen hispano. De las minorías, los negros nunca han sido considerados minoría inmigrante, y algunos ni siquiera consideran a los asiáticos minoría -las minorías, por antonomasia, no son exitosas. Vamos, nadie coloca a los asiáticos en la misma oración junto a mexicanos o cubanos. Ni siquiera en el mismo párrafo. Ni siquiera en el mismo texto.

Y entonces, para poner los asuntos al día, anuncia el presidente la Reforming American Immigration for a Strong Economy (RAISE) Act.

La legislación eliminaría las prioridades inmigratorias que, para que puedan obtener visa y residencia en los Estados Unidos, se le brindan actualmente a familiares e hijos adultos de ciudadanos estadounidenses. Limitaría además el número de refugiados aceptados a 50,000 por año, la mitad de los que contemplaba la administración de Obama para el 2017.

Como novedad, los beneficiados deben además hablar inglés, tener alguna educación académica, y habilidades que le permitan integrarse activamente a la economía del país.

Es decir, deben ser inmigrantes que vendrán a quitarle los empleos, ya no en teoría, ya no a la América obrera, sino, con toda probabilidad y certeza, a la clase media calificada. Pero en esta, se sabe, no están los votantes por Trump.

Sin embargo, si bien la idea carece de efectividad a la hora de proteger el trabajo de los americanos -otra falacia trumpera a medio cocer-, y a pesar de los matices ahora elitistas, siempre xenófobos y para colmo crueles -invito al más rancio de los trumperos a renunciar a la idea de vivir con sus hijos, padres o hermanos, que ya no obtendrán residencia en los Estados Unidos porque no hablan inglés, ni tienen las calificaciones necesarias. Invito, incluso, a los trumperos cubanos, tan entusiastas ellos, a que cooperen con el making off America great again renunciando a vivir con su familia descalificada y monolingüe- sin embargo, decía, la idea no carece -y allá vamos con el término- de mérito.

¿Quién no quisiera los mejores inmigrantes, esos que traen nuevas y mejores ideas, que no vienen a vivir de la beneficiencia, que en lugar de enquistarse en guetos y ciudadelas se integran a su entorno, mejorándolo, y que aprenden el idioma, y que asumen, junto con los derechos y beneficios, los deberes de ciudadanos de su nuevo país?

Quizás el RAISE de Trump deba establecer mecanismos legales que obliguen, so pena de enjuiciamiento por perjurio y estafa, a los ciudadanos que traen a sus familiares, a hacerse responsables de estos financieramente y socialmente, y no que los dejen convertirse en una carga económica para el país, a veces de por vida.

Mecanismos que condicionen también la adquisición de los derechos que otorga la residencia a la presentación a un exámen de inglés que demuestre al menos comprensión y comunicación básicas, claro, solo después de haber permanecido un tiempo razonable en el país que le haya permitido aprender la lengua.

Esa es una idea que mantendría lo humanitario de la reunificación familiar, a la vez que garantizaría lo más justo para el estado y los contribuyentes. Si esos requerimientos fallan, entonces Usted no puede asumir a sus familiares, ni sus familiares pueden asumir su nuevo país.

¿Difícil? Por supuesto. ¿Mejor que la idea cruda del RAISE? Piensen en ello.

Y, como si fuera poco, quizás eso nos permita estar en el mismo texto, el mismo párrafo, la misma oración donde se escriban los nombres de las minorías exitosas, esas que son parte importante de una nación.




sábado, 17 de junio de 2017

Recuento tardío de una decepción anunciada

Finalmente, Trump llegó a la Pequeña Habana.

Llegó, además, a un teatro, nombrado Manuel Artime, ese que fue el líder político de la invasión de Playa Girón.

Por qué lo llevaron allí, y no a otro lugar de la bella y húmeda Miami, no lo sé a ciencia cierta.

Pero es posible asumir, sin temor a equivocación, que los organizadores de la visita, los senadores y representantes cubanoamericanos de la Florida, quisieron montar un escenario apropiado para la supuesta aniquilación de la política obamense, esa que acercó tanto a Cuba y Estados Unidos que casi aplasta en aquel torpe abrazo al conflicto que alimenta odios, empresas, castrodiscursos, estériles debates, y en no última instancia, a las propias carreras políticas de los anfitriones del presidente Trump.

Allí pues, en aquel teatro, símbolo de la guerra civil y desunión cubana, le esperaba de lo más rancio y vocinglero del anticastrismo; también aguardaban algunos disidentes -de por qué esos, y no otros también, es tema para otra parrafada-, y una pléyade de políticos; algunos miameros, Rubios, Balarts, más el anodino vicepresidente Pence, y otros que, siguiendo lo que parece se va convirtiendo en penosa tradición, se deshicieron en loas al presidente, alabando desde su sapiencia hasta su generosa presencia en nuestras vidas.

Aquelarre politiquero, más mitin electoral que acto presidencial, hubo allí de todo como en botica republicana. Pase de lista en tortuoso español, estrechones de mano, agradecimientos, una extraña anécdota y hasta un violinista que atormentó por un par de minutos a "The Star- Spangled Banner", antes de desvanecerse en medio de una ovación de entusiasmado alivio.

Cabalgó Trump en la cresta de la ola de su audiencia, disfrutó cada segundo de la escasa hora que allí permaneció; se bebió cada aclamación, cada gesto aprobatorio de su gestión, apuró hasta el último chillido patriótico del violín.

De aplauso en aplauso, de vítor a grito, llegó la apoteósis, la firma de las nuevas disposiciones del gobierno de los Estados Unidos que regirán la política de nuestro país hacia el Gobierno de Cuba durante los próximos tres años y unos meses, y por cuatro años más después de ese plazo, si es que logra el presidente rebasar el 35% de aprobación en el cuál está sumido hace ya buen rato.

Y se terminó el acto.

De los que allí estuvieron, y de los que siguieron el acontecimiento a distancia, muchos no entendieron que lo que acababan de presenciar había sido solo una bravuconada trumpera, una arenga belicosa declamada a la medida de ese público, alpiste para aves de conflicto.

Que les habían restregado en los rostros congestionados un trozo caduco de Guerra Fría, y eso no les dejó ver que, en realidad, los mayores y más importantes componentes de la política del Presidente Obama hacia Cuba habían sobrevivido a las expectativas, esperanzas, y temores de todas las partes.


Prólogo al Teatro Artime

Durante las últimas semanas la comidilla en la red social cubana había sido qué iba a hacer Trump con respecto a Cuba y la bonanza usa-cubana heredada de Obama. Qué se eliminará, nos preguntábamos, cuánto de ello, y, ya que se sabía el dónde -Miami-, cuándo sería.

El viernes, la siguiente semana, la otra, el lunes, no, el siguiente viernes; así nos fuimos aproximando al 16 de junio, abriéndonos camino entre especulaciones, fragmentos de declaraciones -semioficiales, oficiales-, la desinformación de MartiNews y sus “reporteros” hiperpolitizados, y las opiniones de los expertos de las redes sociales oficialistas cubanas, para-oficialistas, opositoras, independientes y para-independientes.

El hecho es que para la mañana del viernes 16 de junio del 2017 ya cada agencia noticiosa de importancia había publicado la lista detallada de los cambios que Trump anunciaría de manera oficial al mediodía de ese mismo día en el teatro Manuel Artime de La Pequeña Habana.

El mismo teatro, oportuno mencionar, donde hace unos años se presentó Buenafé, ese grupo cliente de la UJC, escalinatas y la castromilitancia. Los símbolos, debe saberse, ya no son lo que eran.

Con tanta información disponible entonces, de estar prestando atención, el lector informado ya sabría a qué atenerse antes que el Air Force One aterrizara en el aeropuerto de Miami y, salvo algún cambio atribuible a, al decir de James Comey, “the nature of the person”, todo estaba dicho y escrito.

Sin embargo, a malos entendedores...

Los de aquí

Entre todo lo alucinante visto y escuchado el pasado viernes está, en primer lugar, precisamente lo sucedido en el teatro Manuel Artime:

La hipnosis colectiva de una multitud trumpista, cubanoderechista, radical, aplaudiendo, frenética, al presidente mientras este, entre amenazas y promesas traídas de la Guerra Fría, dejaba prácticamente intacta la política de Obama hacia Cuba.

Los de allá

Cry 'Havoc!', and let slip the dogs of war.

Una parte de la disidencia cubana vió la apertura promovida por Obama como una losa que le colocaban encima.

Para disidentes como Antonio Rodiles y Ailer González Mena, asiduos asistentes a eventos y convocatorias anti castristas en Miami -también estaban en el teatro Artime- no se trató sin embargo de quitarse de encima esa losa; se trataba de pulverizarla, y dejar que un viento de ira dispersara el polvo.

El discurso de esos disidentes, de probado coraje, y alineamiento con las posiciones más radicales que los ha separado de otros importantes actores de la oposición cubana, ha sido a favor de la aniquilación de cualquier cosa obámica; tabula rasa, que venga el bloqueo, que regrese la confrontación, borrón y cuenta vieja. Havoc, babe, cry havoc.

Sus expectativas, el frotar de manos que se pudo apreciar en cada tweet, en cada declaración, en cada escrito anticipando la masacre que, suponían, desataría Trump en su discurso del pasado viernes, no fueron cumplidas, a pesar de que González Mena escribiera en su cuenta de Facebook que el discurso de Trump fue “coquito con mortadella”.

Entendieron lo que quisieron entender.


¿Entre dos aguas?

No quedaron a la saga las voces del tardocastrismo, como llama a esta etapa post fidelista mi amigo Carlos Cabrera.

Quizás la más relevante, por su visibilidad e inmediatez, fue la de Elaine Díaz Rodríguez, periodista y líder del proyecto Periodismo de Barrio.

Justo al terminar el discurso del presidente Trump, Díaz Rodríguez publicó, de manera simultánea en varios sitios digitales -en Facebook, en su blog La Polémica Digital, en la Revista Factum y en Global Voices-, una “carta a Trump”, una suerte de bala que ya esperaba en el directo a la última palabra del discurso de Trump para ser disparada.

Aparentemente precocida, y hasta traducida al inglés, lo cierto es que la "carta" merecía una buena revisión que le secara lágrimas, le soplara los mocos, y le quitara ese sonido tan a lo Granma; para que fuera más apegada a la realidad de lo sucedido, vamos. Más elegante, pues.

Pero en este caso no parece ser importante la realidad, sino la opinión.

Quizás los dos puntos más interesantes de la “carta” son el elogio al coraje del Presidente George.W. Bush (!¡), y el deja vu fidelcástrico con que termina la combativa misiva: “nuestra dignidad sigue intacta”, dice, y donde dignidad suena, inevitablemente, como dignidá.

Elaine, quizás porque se anticipó, pareciera no haber entendido.

“¡Qué pluma!”, dejó dicho en un comentario Ernesto Londoño, el periodista colombiano del New Yok Times experto en asuntos cubanos, que tampoco entendió nada.

Y hablando de quiénes no quieren entender...

¡Señores Imperialistas, aquí no queremos entender absolutamente nada!

De la “Declaración del Gobierno Revolucionario”, publicada en la prensa cubana el 17 de junio del 2017

Los cambios que sean necesarios en Cuba, como los realizados desde 1959 y los que estamos acometiendo ahora como parte del proceso de actualización de nuestro modelo económico y social, los seguirá decidiendo soberanamente el pueblo cubano.

Como hemos hecho desde el triunfo del 1ro. de enero de 1959, asumiremos cualquier riesgo y continuaremos firmes y seguros en la construcción de una nación soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y sostenible.”


Un mejor trato

Pero dejemos a un lado la retórica del presidente Trump, el discurso agresivo de Balarts y Rubios, la reacción de los tardocastristas, las ansias de la disidencia radical, la socatez del discurso oficial cubano.

Nada de ello es particularmente importante.

Lo importante es que la proposición del presidente Trump, dirigida a evitar que el dinero americano fluya hacia las arcas de los militares que controlan la industria turística cubana, es un paso correcto.

También insistir en que, en este casi post-raulismo, haya una apertura democrática, que cese de una vez la represión, que se liberen a los prisioneros políticos, es algo decente, necesario, si bien no es consecuente en lo absoluto: no he visto en ninguna parte un reclamo semejante a China, ni una prohibición a ciudadanos americanos a viajar, mucho menos a negociar, con ese país.

Sin embargo, las modificaciones presentadas por Trump a la política del gobierno estadounidense con respecto a Cuba mejoran la apertura del Presidente Obama, que se sabe entregó mucho a cambio de nada.

Conservando los elementos positivos de las medidas del Presidente Obama, el llamado del presidente Trump a usar los servicios de la iniciativa privada en Cuba, la no afectación en lo absoluto de la movilidad de cubanos de uno y otro lado del Estrecho de la Florida o del envío de remesas; la permanencia de las Embajadas, y por ende la relación entre ambos gobiernos y de los canales expeditos de negociación, hablan de una actitud firme pero a la vez todavía constructiva del gobierno de Trump con respecto a Cuba.

Hablan, y lo entendimos muchos, de un mejor trato, no para el gobierno de Cuba, claro que no, pero sí para los cubanos.

Y eso, entiéndase, es lo importante.

miércoles, 14 de junio de 2017

Divagaciones de miércoles lloviznoso

Sin pretender aguarle festejos a nadie, que Raúl Castro se muera no es importante, lo cual ha quedado demostrado con la muerte de su hermano en jefe.

El término “república bananera”, que en algo que hoy leí así denominaba el autor a Cuba, no es correcto. En todo caso sería República Boniatera, siempre que se cumplieran los planes de la cosecha en Ciego de Avila o lugares parecidos, claro.

Vista la experiencia, secuela implacable de la realidad, el marxismo, como objeto de estudio, filosofía o divertimento académico, es una suerte de ejercicio forense. Particularmente de ese cadaver que es su ingrediente histórico, por no mencionar al aborto que se llamó comunismo científico.

Vamos, nadie sabe qué vendrá en las próximas décadas en términos de sistemas socioeconómicos, pero esperar que regrese algo marxista es como aspirar a que resurjan los Neandertales.

El arroz Arborio es una maravilla culinaria: se le puede adicionar seis veces su volumen en líquido, y el grano aun mantiene su integridad; una taza de arroz alimenta a cuatro personas de buen comer. Comprobado. Si aquel llega a enterarse...

Trump ha perdido su atractivo principal como animador de las noticias matutinas. Encima de inepto, aburrido.

Le comentaba a mi familia que los checos son grandes aficionados a la música clásica. Que el Festival Primavera de Praga inicia todos los años en al aniversario de la muerte -ojo, no del nacimiento, muy a tono con la melancolía eslava- de Bedřich Smetana, y su sinfonía “Mi Patria”. O quizás el festival no celebra el nacimiento porque Smetana nació en Marzo, cuando aun hay mucho frío, pero se murió en Mayo, en plena primavera. Los checos también son gente muy práctica, me consta. Que los checos, les decía además, acuden a los conciertos con la misma pasión que los cubanos escuchan regetón.

El otro día vi una foto donde una lesbiana, mostrando su lengua entre los dedos índice y del medio de su mano, hacía referencia, se sabe, a un cunnilingus, probablemente recién realizado, mientras su pareja miraba a la cámara con expresión somnolienta, post-orgasmo quizás.

Si yo publico una foto mía y de mi esposa en el postcoito, gesto más, gesto menos, creo que sería divorcio instantáneo, por falta de clase. Vamos, que esto del alarde de la condición sexual no está llevando a nada razonable, mucho menos elegante. Prueba de ello es que los hombres hablantines adolecen de todo lo que presumen.

Ayer compré un salchichón italiano -puse la foto por acá- que parece necesita de cocción intensa pues está hecho con los más humildes trozos de la anatomía porcina. Debe estar muy sabroso, pienso, pues se sabe que la carne sin grasa ni mácula es mujer que está buena pero no sexy.

El calor es tóxico para la civilización. El que no lo crea, que observe los mapas.

Y feliz resto de la semana tengan vuestras mercedes.

viernes, 2 de junio de 2017

Let´s make America contaminated again

Tomé una asignatura en mis estudios de ingeniería que trataba sobre el control de la contaminación industrial.

No recuerdo siquiera al profesor o profesora -no me parecía muy importante el tema por entonces- pero un par de anécdotas se quedaron conmigo:

Una empresa de alimentos vertía sus desechos en un río. Después de varios intentos fallidos para que la compañía controlara la contaminación que provocaba, un juez ordenó que la toma del agua que la fábrica necesitaba para su proceso debía ser ubicada en el río aguas abajo de la tubería que vertía los desechos.

Se resolvió el problema.

Otra empresa, metalúrgica, en Europa, producía enormes cantidades de gases tóxicos y de combustión. La legislación del país no la afectaba pero los países vecinos se quejaron en una corte internacional y demandaron indemnización. La compañía pagó sus multas y continuó contaminando.

Se resolvió el problema.

Ayer el presidente Trump anunció que los Estados Unidos se retira del Acuerdo de París.

Apiló el presidente, entre repugnantes adulaciones y tibios aplausos, argumentos de corte nacionalista, declaraciones patrioteras, pininos electoreros -I happen to love the coal miners, dijo- y seguidamente retiró el compromiso de los Estados Unidos de América de reducir emisiones de gases para evitar el aumento de la temperatura en el planeta.

A tiny, tiny amount, esa reducción de temperatura, le explicó Trump con expresión hastiada a cortesanos y televidentes. Y que no vale la pena, dijo. Vamos, ni siquiera blandió la bandera medieval republicana y negó de plano el calentamiento global. Solo declaró que no contaminar no es America First y que, insistió, no vale la pena.

Tan falaz fue el discurso que no se atrevió a mencionar que el declive de la industria del carbón se debe a que el gas natural es más barato y menos contaminante, y no a políticas medioambientales. O que el mercurio que contamina suelos, flora y fauna en los Estados Unidos se debe precisamente a la quema de carbón.

Pero dejemos a un lado el discurso republicano que descalifica el calentamiento global, esa ciencia republicana cuya prueba más contundente es la negación: la retirada del Acuerdo de Paris es solo una concesión a la gran industria americana, just bussiness, como lo es la sustitución del carbón por gas natural.

Es, sépase, el banderazo para que haya empresas que puedan verter sus residuos en el río, para que por las chimeneas escape todo el gas y el humo que, segun el presidente, traerán más trabajo porque, dice el infeliz, it´s time to make America great again.

El aquelarre trumpo-republicano va durar cuatro años, ocho si los demócratas no encuentran su camino o si los republicanos no terminaran por acopiar el decoro necesario para desbancar a su fantoche.

Nuestro país, y el planeta, pueden sobrevivir ocho años de Bannons, Scott Pruitt -ese lamentable Administrador de la EPA- y, claro, de trumpismo, que va extinguirse por razones de fuerza mayor. Muchos tenemos la esperanza que lo que siga sea menos vergonzoso para los Estados Unidos que el circo de tres pistas que anima Trump.

Porque después, todo regresara a otra normalidad. 

Después, quedará resuelto el problema.

jueves, 1 de junio de 2017

El triste regreso de Marino Murillo

"No se permitirá la concentración de la propiedad y la riqueza (..) aún cuando se promueva la existencia de formas privadas de gestión"

Lo dice Marino Murillo, al que a su vez le llaman el zar de la reforma económica en Cuba porque obviamente a los periodistas se les agotó la creatividad y ahora coronan zar a cualquiera que tenga un propósito. En lugar del rimbombante cliché, bien pudieran bautizar a Murillo como el mujik de la reforma económica, si no fuera eso una ofensa a campesinos honestos.

Pero veamos esa frase, paradoja, absurdo, quintaesencia del fracaso cubano y de los ex socialistas europeos.

Los ideólogos cubanos -e inevitablemente recuerdo aquello que decía que una gran idea es una “idiota”- han estado cocinando un menjunje al que llaman la “conceptualización del nuevo modelo económico”. Murillo es su profeta y la frase es parte de su credo.

En la más fidelista tradición, a falta de soluciones racionales, los tecnócratas del desgobierno cubano se inventan nombres nuevos para males crónicos.

Lo hacen porque la alternativa es admitir, de una buena vez, que Cuba no funciona. Que hace más de medio siglo que dejó de funcionar. Que el socialismo no sirve. Que el fidelismo es peor aun. Que no existe tal cosa como “economía cubana”. Mucho menos “economía socialista cubana”

Que los ideólogos, los desgobernantes, y los Murillos de esa isla, le harían un histórico favor a los cubanos si desaparecieran por fin, llevándose con ellos sus conceptos, conceptualizaciones, delirios y toda la indecencia de su mal gestión.

Sin intentar unirme a la diatriba teórica, que se la dejo a los estudiosos, se sabe, a un siglo ya de la Revolución de Octubre, que el concepto marxista de la economía es un sinsentido; que abrumado por la evidencia cuyo peso demolió el socialismo como sistema ahora es solo una nota histórica que describe un sistema de pensamiento tan errado que espanta; que es la utopía mutada en distopía; que es la “conceptualización” hecha añicos por la realidad.

Que la izquierda, sobreviviente del cataclismo del marxismo, solo puede existir en el capitalismo, idea que le hubiera provocado un síncope a Marx, un patatús a Engels y una alferecía a Lenin.

Sin embargo, el fuerte de los desgobernantes cubanos no es aprender de la práctica, mucho menos ejercer el pensamiento de avanzada, usar el pragmatismo que impulsa a las naciones de éxito; incapaces de reinventarse como hicieron chinos y vietnamitas, o de salirse finalmente del absurdo como hicieron los ex socialistas, “conceptualizan”.

Sin embargo, el asunto es simple y está a la vista:

Es imposible crear riqueza sin capitalismo.

Es imposible el capitalismo sin la iniciativa privada.

Un empresario privado exitoso crea riqueza y se enriquece en consecuencia.

Un Estado de éxito, que se debe a la nación y sus ciudadanos, se beneficia de una economía próspera; cobra impuestos a los empresarios, estimula el crecimiento económico, se ocupa de que el país funcione y propicia que haya una distribución del bienestar.

No existe entonces tal cosa como “formas privadas de gestión” sin que haya “concentración de la propiedad y la riqueza”.

Solo existen Estados que saben usar el capitalismo, la creatividad individual y la creación de riqueza a su favor.

Y existe por otro lado la Cuba de los Raúles y Murillos, soldados de una guerra perdida, marchando en el mismo lugar, atados por la desfachatez y la obsolescencia.

martes, 2 de mayo de 2017

Limbo

Hablábamos de cubanos ilegales en los Estados Unidos y recordé a aquel cubano, balsero, que ya no supe si era ilegal, pero que me contó que nunca había logrado obtener la residencia.

Trabajaba como encargado de un edificio de apartamentos en el Bronx. “Fuman tanta mariguana que el humo sube por las escaleras. Me impregna la ropa y el pelo con el olor”, me dijo cuando nos conocimos.

En las noches ganaba dinero extra limpiando oficinas en Long Island, siempre acompañado de su esposa, una mujer sudamericana de pocas palabras, y el hijo, un niño de quizás diez o doce años -”No tenemos con quién dejarlo...”- algo subido de peso y rostro todavía angelical.

“No le gustó ir a Cuba porque lo espantó ver cómo mataban los pollos y el puerco...”, nos dijo el hombre mientras el niño nos miraba con la desconfianza que le provocábamos nosotros, cubanos, asesinos de animales de granja.

Un tiempo después nos volvimos a encontrar en el claustrofóbico pasillo de un mall. El hombre, cuyo nombre nunca retuve, seguía sonriendo con su jovialidad camagüeyana, el rostro de color amarillo malsano. “Tengo una bola en el hígado, a ver qué me dicen en el médico...”, explicó.

Pasados unos meses nos enteramos que había muerto de cáncer.

Murió, por cierto, sin la residencia.

No sé por qué razón nunca buscó asesoría, gratuita, que abunda, para que le ayudaran a explicarle a las autoridades por qué sus huellas dactilares no coincidían con las que le tomaron a la entrada a los Estados Unidos.

“Perdí este dedo pelando un coco”, me dijo aquella vez que nos conocimos, mostrando el muñón que quedaba de su pulgar izquierdo, “Y me viran los papeles pa´trás porque ahora les falta una huella...”, explicó, sonriendo con su gracejo guajiro, extraviado para siempre en Nueva York.

viernes, 21 de abril de 2017

Tres

“¿Qué es eso?”, me pregunta mi hijo que nunca ha visto una letrina.

Una letrina, le digo.

“Pero no hay dónde sentarse para hacer caca...”

Y le explico.

No la parte que no entiendo, o sea por qué no hay muebles de porcelana en estos cagaderos tristes y en su lugar hay letrinas de acero inoxidable, a ras del piso, sobre las que el necesitado debe agacharse, en precario equilibrio, evitando las paredes salpicadas, haciendo malabares con la ropa, heces, orina, colgaduras y la eventualidad (dos veces marca tendencia) de que no haya papel sanitario.

Le explico entonces la teoría del uso para que, en caso de emergencia -¡Fíjate, sólo en emergencia!-, sepa cómo se usa una letrina contemporánea.

Uno nunca sabe cuándo va estar desamparado y en apuros.

Terminamos entonces de orinar, en colectivo, a distancia suficiente para evitar las gotitas que, ágiles, rebotan sobre el metal, y nos vamos tomar al tren que nos llevará a Venecia.


***

Nos toca un día miserable.

Por alguna razón, relacionada a las vacaciones de Semana Santa, hoy Venecia está muy concurrida. Inundada, diría, sino fuera tan cliché. Definitivamente, invadida.

Para colmo es día de venduta y, a cada paso, en la ruta de quienes desandan la Serenísima para llegar por fin a la Plaza San Marcos, destino obligado, hay numerosos kioskos con frutas y baratijas, haciendo más difícil la caminata.

En algunas esquinas hay unos vendedores, con aires del Medio Oriente, o la India, que venden todos el mismo juguete: una masa amorfa, que lanzan contra un cartón colocado en el piso, y la masa, de colores brillantes, se extiende, para después recogerse con lentitud orgánica.

Mi hijo insiste, y le compramos una, y antes de que acabe el día ya habría reventado la cosa azul que vende esa franquicia de señores mediorientales -¿un villareño será medioriental?-, o de la India, y que deja los dedos de mi hijo pegajosos. Debe ser silicona, digo esperanzado, y le prometo no comprarle más mierdas en estas trampas para turistas con hijos antojadizos, por mucho que me ruegue.

***

Pero Venecia es, a pesar de todo, magnífica.

Y osada: se da el lujo de ponerle nombres a pasajes de anchura apenas suficiente para que camine una persona, y los llama calles.

Venecia, genialidad italiana, ha hecho del escombro una atracción singular.

Magnífica, a pesar de bisutería, grafitis, paredes deterioradas con muy buen gusto, y de la turbamulta que, fluyendo de selfie en selfie, viene desde Chitchen Itza, Praga y Times Square, y que va hacia Paris, Florencia, la Estatua de la Libertad, o cualquiera que sea el próximo lugar que se os ocurra visitar.


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Uno mira la ciudad, y ella te devuelve la mirada: colgando sobre canales opacos, verdosos, mil ventanas vacías -Venecia está perdiendo los ángulos rectos a fuerza de siglos asentándose en el fango de la laguna-, mil ventanas que observan, indiferentes, la estampida que se ha desatado tras la caída de los muros y la recién adquirida opulencia de los chinos.

Venecia merece soledad.

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“¿Qué tal Venecia?”, me pregunta la señora que nos recibe.

Es alta, de pelo blanco, dientes disparejos, grandes, prominentes, espejuelos elegantes, de marco azul. Viste un jeans algo percudido, y delantal de jardinero. Del bolsillo le asoman unas tijeras de podar.

Es su serenidad la que seduce. Conversamos. Venecia, el viaje, claro, y Trump, y la bomba de dieciseis millones de dólares que se dice mató a treinta y seis mujaidines.

A 450,000 dólares el mujaidin, tax included, y la señora enarca las cejas.

Horrible asunto ese de la ineficiencia en la guerra moderna.

Y nos muestra su jardín.

Explica, sin alarde pero con satisfacción de jardinera, el diseño del rosal, un laberinto circular, que semeja un sol, donde ha sembrado trescientas plantas de rosa búlgara, rojas serán cuando florezcan, antes de ser cosechadas y su esencia extraída, envasada y vendida en una parte de la extensa propiedad que han convertido en emporio y café.

El diminuto negocio lo administra uno de los hermanos de la contessa.

Que son diez, los hermanos que comparten la propiedad, me cuentan, los condes y condesas que heredaron este castello -construido sobre las ruinas de un castrum romano- de sus padres y estos a su vez de matrimonios y alianzas que se extienden hasta más allá del siglo XV, cuando fue adquirido el castillo, por entonces en manos de familias vasallas de los obispos que controlaban la region, por los primeros condes de la dinastía.

Encontramos al hermano de la señora, más alto aun, con aire ausente y sereno -la serenidad parece la marca de familia-, en un pabellón de paredes de piedra y techo de vigas, donde vende frascos con esencia de rosas, pañuelos, y tijeras de podar en estuches de cuero repujado.

La luz de la tarde entra por una puerta que conduce a un jardín privado. Del otro lado, un pasillo, y más allá de dos portones está el café, con apenas cinco mesas y cuidada decoración, donde el amante marroquí del conte nos sirve expresso y dulces sicilianos.


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La Plaza San Marcos es enorme, pero no cabe un alma. Que digo alma: ni siquiera hay espacio para que se pose una paloma, esas que, por el estereotipo que fotos, películas y documentales me han inculcado, asocio a este lugar.

Exquisitamente bordada con ventanales, santos, leones y mascarones, mil detalles, la plaza hoy está atestada hasta donde alcanza la vista.

La turbamulta entra y sale a borbotones por callejuelas y muelles. El día está fresco, pero se nota el agotamiento. Mi hijo se sienta en un quicio en la losa, a un costado de la Iglesia de San Marcos. Una mujer en uniforme se acerca y le conmina a levantarse.

¿Por qué?, le pregunta nuestra amiga italiana, y nos asombramos con la noticia: si quiere sentarse debe ir a un restaurante y consumir.

"Un cazzo, qué vergüenza!", le espeta nuestra amiga a la mujer policía, que continúa su periplo, imperturbada e imperturbable, instando a la aturdida turbamulta a consumir o caminar.

"Esta gente necesita el dinero desesperadamente; mucha pared hecha mierda necesitando repello...", susurro y mi esposa me pellizca.

Uno de los lugares que disfruta del proteccionismo de la agente del orden nada-de-descanso-gratis está en una esquina de la plaza, del lado de la columna que sostiene una estatua de San Teodoro con un cocodrilo -o un dragón, quizás- sometido a sus pies. Sobre la otra columna se yergue, hermoso, el león alado de San Marcos, jaspeado por cagadas de gaviotas y palomas.

El café, o restaurante, se extiende hacia la plaza, ocupando un área delimitada con postes metálicos y cordones tejidos. Hay un par de decenas de mesas de tersos manteles e impecable presentación, donde apenas un puñado de personas disfruta de alguna bebida y del gentío.

Un cuarteto, apenas acomodado entre dos columnas, del que alcanzo a ver el contrabajo, toca jazz o algo parecido que siento que desentona. Chiacona para violin & continuo in C major, por Antonio Bertali, es el sonido de Italia la luminosa -otro de mis estereotipos, junto con el de las palomas.

"Veinte y chinco euro por un café, ah", comenta nuestra amiga. "Comemierdas", remata en su cantarín español.

Regresamos a la estación de trenes en una lancha que es una suerte de servicio de autobus acuático.

El viaje es hermoso. Venecia es hermosa.

Sobre todo si estuviera vacía. La multitud envilece.

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“Venecia es maravillosa”, le respondo a la señora de espejuelos azules que, sentada a mi lado en un banco rústico, al borde del rosal, me escucha con atención.

“Demasiadas personas...”, me responde, con una apenas sonrisa, mirando el silencio del jardín.

miércoles, 19 de abril de 2017

Dos


Trieste es eslava, austro húngara e italiana.

Ciudad próspera, rica, capital de la región autónoma de Friuli-Venezia Giulia, fue, junto a Viena, Budapest y Praga, de las cuatro ciudades más grandes del Imperio Austro Húngaro.

Los eslavos, cuya frontera está a escasos dos kilómetros, la llaman con una mínima palabra que apenas necesita de sonido. 

Como vlk (lobo), krk (cuello) o prst (dedo), Trieste es Trst.

Ciudad frontera de imperios, puerto de mar, Trieste reposa en una franja de tierra. Slovenia a las espaldas; al frente, el Adriático, y a todos los atardeceres del tiempo.

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Joyce, adicto al whiskey, al culo de su esposa y a la fragancia de sus pedos, tiene en Trieste, además de estatua en el Ponte Rosso, un museo, una calle, y un puente.

O casi.

En realidad el puente es una pasarela que se extiende sobre el Gran Canal de Trieste y que debió llamarse oficialmente Passaggio Joyce. Pero, puente menor ante la magnificiencia de los puentes Rosso y Verde, ganó un nombre adicional.

Le llaman Puente Corto.

Mi amigo, ciudadano adoptivo de la ciudad -es nacido en Milán, de padres napolitanos- me cuenta la historia y señala, a la entrada norte de la pasarela, el cartel donde ambos nombres conviven.

Una tonadilla de acordión, alegre, inconfundiblemente eslava, entra por una bocacalle y me lleva a las tabernas de mi juventud.

Son dos hombres, sentados en unos escalones, los rostros acalorados por la faena de la música y el vino. Uno toca el acordeón, el otro bate palmas y tararea la canción. En el suelo un maltrecho sombrero de paño se abre, esperanzado.

Mi hijo deja caer un par de monedas dentro. El acordionista le sonríe con dientes manchados por el tabaco, lo saluda con una inclinación de la cabeza, y retoma la melodía, casi polka, casi čardáš.

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La ciudad es dorada

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Tres de las paredes de la sala comedor del apartamento de mis amigos, decorado con muy buen gusto contemporáneo, están cubiertas de libreros que llegan hasta el techo.

Son dos lectores voraces, y me siento doble o triplemente en casa.

Ella políglota, de un humor chispeante. Él, observador, inteligente, italianísimo gourmet que no gusta de la paella.

¿Por qué?, me asombro con discreción, non mi piace, me responde, y yo no insisto. No me corresponde defender a la paella. Pero un día le cocinaré un arroz a la chorrera a este gourmet milanés-napolitano, y retomaremos la conversación.

La sobremesa es larga e interesante. Tanto como el almuerzo, que aun no describo.

Intercambiamos autores y películas. Yo les doy al francés Michel Houellebecq y la macedonia “Antes de la lluvia”, y ellos me cargan con escandinavos, más franceses, y judíos, desconocidos para mí.

Les describo un risotto que cocino y me piace, con porcini, espárragos, ralladura de limón y Grana Padano.

Mi amigo no se ve particularmente impresionado -uno no impresiona a un italiano con comida italiana hecha fuera de Italia- pero me señala y le dice a su esposa, parece napolitano, y yo uso una sonrisa de circunstancias pues no sé si es halago o una de esas palabras que, a la usanza de guajiro, comemierda o maricón, hay que ubicar en contexto para saber si es escarnio o mote amistoso.

Que no hay pasión por la bandera italiana, me explican además. Fue símbolo del fascismo del Mussolini y la gente no olvida, me dicen. La cuenta no me da, me digo, pero me callo.

Italia, no hay que olvidar, es un país jóven, un rompecabezas de regiones, dialectos, aldeas y ciudades-estado, donde han convivido política convulsa, mafia, y terrorismo, de izquierda y derecha a la vez.

Sin que me percate cómo, entonces llega el tema Cuba.

Pero Cuba fue diferente a los de Europa del Este, dice mi amigo en tono triunfal, pro-cubano, pro- aquello. Mi esposa no se percata y sigue explicando que aquello fue y sigue siendo una mierda, y la esposa del amigo, que sí se percata, extiende lentamente la pierna y toca la del marido pro-cubano, en advertencia de la que yo, a mi vez, me percato.

Y propongo irnos a caminar para airear el tema y conocer algo de la ciudad.

Trieste, sépase, tiene calles, más empinadas que las más empinadas de Santos Suarez, que bajamos con alegría y donde dejamos el bofe en la subida. Pero esa historia, la del paseo, ya la conté.

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El almuerzo, cocinado por mi amigo:

Para comenzar, dicen mis anfitriones que la mozzarella, de búfala y con frescura que no rebase las veinticuatro horas.

Entonces, antipasti:

Mejillones, mozzarella, anchoas en aceite, pesto de perejil, pasta de bacalao, ensalada de papas y pulpo.

Y pan.

Primi:

Pasta con almejas al ajo y vino blanco.

Y pan.

Secondi:

Pasta con botarga y perejil.

Y pan.

Dolci:

Gelatto de vainilla, hecho en casa, con fresas naturales.

Vino:

Prosseco, omnipresente.

Hauner, Salina bianco, de las Isole Eolie, islas al norte de Sicilia, vino de las laderas del Stromboli y el Vulcano.

Y grappa.

Y pan.

Con botarga.

Y café expresso, de cápsula.

Y anoto que, después del arroz a la chorrera, de la ensalada y el flan, les haré a mis amigos un expresso con café Indonesia Sumatra, recién molido.


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Dejamos Trieste después de la puesta de sol.

Lo último que vemos, antes de tomar la autoestrada, es un magnífico castillo, el Castello di Miramare que visitamos en la mañana, construido para el Emperador Maximiliano I y su esposa Carlota.

Cualquier semejanza con el Castillo de Miravalle, sede del trono y la corte de dichos emperadores, Maximiliano y Carlota de México, y ahora conocido como Castillo de Chapultepec, es pura coincidencia, aunque no lo parezca.

martes, 18 de abril de 2017

Uno

Aeroporto Marco Polo”, reza un cartel metálico en forma de flecha, azul con letras blancas, con manchas de óxido, clavado en el centro de una pequeña rotonda invadida por la mala hierba.

No es lo que uno espera en Italia la Luminosa, mucho menos en Venecia, La Serenissima, icono del turismo y el refinamiento del deterioro.

O quizás precisamente por eso.

Tal vez se cansaron los venecianos de las hordas que los visitan, y decidieron no cuidar más los jardines del deslucido aeropuerto. ¿Para qué jardines ni flores ni carteles impecables ni cesped recortado con primor italiano?, quizás se pregunten al ver tanto asiático mirando nada y tomándose selfies con cosas cotidianas en el fondo.

Se parece a la desidia de La Habana...”, comento por lo bajo, que no quiero hacer sentir mal a L., que es nuestra amiga y anfitriona, pero por suerte está concentrada en el manejo y no me escucha.

Salimos pronto a la autopista, autostrada se dice aquí, navegando hacia el norte entre ágiles autitos y enormes camiones con registros de Eslovenia, Croacia y Eslovaquia. Europa, globalizada, abraza a su Este, ahora ya en paz, y libre de comunismos.

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La luz es suave.

No sirve para aguacates, dice nuestra amiga mientras corta rúcula en su huerto, pero es buena para la uva, añade señalando los viñedos todavía sin hojas.

La rúcula fresca, con aceite de oliva, jugo de limón, y prosciutto, en una rebanada de pan crujiente.

Sigue una lasagna clásica, de ragú. No es como las lasañas que he comido antes. Mucho menos como los bloques de pasta, untada con una salsa mezquina, que se comen mis colegas en sus almuerzos de Nueva York.

Es excelente.

Zanahoria, cebolla, apio, pasta de tomate -hecha por mí, a la siciliana, aglio e basilico solamente”, explica, “E pomodoro dolce...”, y presiento que se reserva algun secreto. Cosas que entienden los cocineros. “Pero...”, dice al fin, “para ese sabor, le pones a la carne un culo de prosciutto... el final del jamón”, explica en su florido español.

Y al queso le pones Fontina”, y ahora ya siento que le queda muy poco por revelar de este primer plato, al que siguen unas delgadísimas rebanadas de carne, de sabor fuerte.

Y pan.

Y prosseco

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James Joyce, que vivió la mayoría de su vida adulta en Europa continental, escribió:

"For myself, I always write about Dublin, because if I can get to the heart of Dublin I can get to the heart of all the cities of the world. In the particular is contained the universal."

Recordé, a mala hora, a los que dicen que, si no es en su casa, no pueden escribir. Porque se inhiben, dicen, como Milanés, terrafirmefóbico.

Dice él.

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Los campanarios.

Solitarios, hermosos, separados del templo, custodios de la fé, atalayas, ojo avizor.

El minimalismo italiano es un calmante.

No hay estridencias, la cantidad de detalles es la justa. Los pueblos se suceden, limpios, de terciopelo, unidos por carreteras también mínimas, como hechas a la medida de los autos que veo. O viceversa.

Ventanas, contraventanas, balcones. Restaurantes, cafés, mesas, expresso. La gasolina a más de cinco dólares el galón. Joder. De vez en cuando el nombre en inglés de algun negocio o lugar desentona, de la misma manera que acá, cerca de la casa, un restaurante se llama Café Formaggio.

Le cuento a L., y hace un gesto de asco.

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El agua del Adriático de Trieste es transparente. No hay olas. “Es como un lago”, me dice mi anfitrión.

Es un lago, me digo, que no parece estar en el mismo planeta que el océano oscuro del primigenio Atlántico Norte que nos acecha a dos cuadras de mi casa.

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Un amigo, que en paz descanse, tenía el “Ulyses” de James Joyce como libro de cabecera. “Leer esa mierda una vez basta. Y tú la relees...”.

Cuando mi amigo reía parecía un anciano pícaro de veinte años de edad.

Los labios le cubrían los dientes, como si estuviera desdentado. Los ojos se le perdían en las patas-de-gallina que les crecían en las comisuras, y las pupilas le brillaban con las luces de la locura que, ni él, ni yo, ni nadie, imaginaba que cuatro años después lo llevaría de la mano al suicidio.

“Es que tú no entiendes a Ulyses...”, me decía, “¿Ya leiste a Updike? Al menos lee eso y no jodas más...”, y se reía con el resuello de los asmáticos.

Cuando mi esposa y yo nos tropezamos, casi literalmente, con una estatua de bronce de tamaño natural de Joyce, justo a la entrada de un puente que cruza el Gran Canal de Trieste, casi le tiro el brazo por encima de los hombros al fantasma de mi amigo, el loco genial. “Dale, háblale, que aunque no sepas una palabra de inglés ustedes se entienden”, le susurré.

Y le tome una foto a la estatua, pues uno nunca sabe cuando un muerto querido está escuchando.