jueves, 23 de octubre de 2014

De la nomenclatura necesaria

Ya teníamos en este asunto de afectos, desafectos y exilios, muchos nombres necesarios, tales como revolucionario, contrarrevolucionario (aunque desde que la Revolución se convirtió en Involución, hay cierta ambigüedad ahí), gusanos, apátridas, exilio histórico, marielitos, balseros, emigrados económicos y emigrados del regetón

Más recientemente pues se ha puesto de moda el termino platista, como contraposición a los que redescubrieron la utilidad del nacionalismo como bandera blanca.

Pero nos está faltando un nombre:

¿Cómo llamar a quien vive en EEUU, la buena vida de EEUU, porque recibió asilo político del gobierno de EEUU, porque huyó de Cuba y del gobierno de Cuba, y ahora se dedica a denigrar al gobierno de EEUU, y a apañar al gobierno de Cuba?

miércoles, 22 de octubre de 2014

Revelación a mitad de semana, mientras sopla un viento frío, y llueve

Todo este tiempo, y apenas se me revela que La Habana está repleta de ventanas abiertas.




Temporada de asombro

Hace unos días había aspaviento porque se leía que a Kissinger le gustaba la idea de atacar militarmente a Cuba.

Eso es ahora, el asombro. En la época de Kissinger, pues se cantaba en las marchas en Cuba “Ae, ae, ae la chambelona, Nixon no tiene madre porque lo parió una mona” Y se quemaban efigies de Nixon. Y de Kissinger.

Hay quién se asombra también de que EEUU y Cuba estén dispuestos a colaborar en lo del Ébola. Pero llevan ambos países colaborando desde hace muchos años en el asunto del narcotráfico, y nadie se asombra por ello.

De pronto pareciera que de veras hay quién cree que están sucediendo cosas nuevas.

martes, 21 de octubre de 2014

Un viejo que sonríe

A ver, abordemos la cosa, una vez más:

En los Estados Unidos, un grupo dice que las condiciones están dadas si la variopinta comunidad cubana en la Florida cambia su posición. O sea, que los que quieren que el gobierno de 55 años termine de una vez, terminen por aceptar que el gobierno va a terminar bajo los términos de los dictadores y sus herederos. Y valgan todas las redundancias.

En los Estados Unidos, hay otro grupo, que no es necesariamente diferente del primero, que dice que lo que debe comenzar por cambiar es la política del gobierno estadounidense hacia el gobierno cubano.

En los Estados Unidos hay un grupo, no necesariamente diferente de los dos primeros, que a los espías les llama héroes, que dice que no fue tan grave espiar en territorio estadounidense para un país extranjero y que pide por la liberación de los tres espías que quedan, llamándolos, por supuesto, los cinco.

En los Estados Unidos hay un grupo, diferente a todos los anteriores, que dice que ya fue demasiado, y que fuera con el gobierno y sus herederos, y que convoquen a elecciones y eso.

En Cuba hay unos 11 millones de cubanos ajenos a lo que piensan todos los grupos anteriores.

Cubanos que están tan atados a su supervivencia, y tan acostumbrados a ella, que simplemente no les interesa nada que no tenga que ver con el próximo plato de comida o la próxima cosa que puedan conseguir para su familia.

En los Estados Unidos hay unos grupos que hablan, y hablan, y hablan sobre Cuba, como si fuera una abstracción.

En Cuba hay un solo grupo, pequeño, que sabe lo que pasa, que sabe lo que viene, pero que nada de eso le importa. Ellos ya no estarán para ese entonces.

Y claro, hay un viejo que sonríe; terco, equivocado, alucinado, tecleando su soledad.

lunes, 20 de octubre de 2014

Las viejas nuestras

Las madres cubanas, nuestras viejas, tienen tanto en común que parecen una sola.

Sus sillones, sus manos con tenue olor a ajo y a jabón, sus tardes de baños frescos, y sus noches de telenovela. Sus ropas sencillas que llevan con tanta dignidad, con la misma que miran, tímidas, a una cámara fotográfica que ni siquiera entienden.

Las madres, mi madre, limpiando de piedrecillas los frijoles del día, y llamando a mi papá con voz cantarina, siempre por el apellido, para que haga esto o aquello. La vieja, poniéndome papeles calientes sobre el pecho para controlar la tos, y guardando un mendrugo de queso para hacerme espaguetis, y que de tanto guardado estaba duro como una piedra. Mi madre, acariciando mi cara hirsuta, diciendo que, ay, donde está tu carita de niño.

Mi mamá en el sillón, inmersa en los diálogos de plástico de sus programas favoritos, sosteniendo los espejuelos con los dedos de su mano derecha, como si temiera que se le fueran a salir corriendo de la cara. Mi madre, sentada en la oscuridad, esperando a que yo llegue en la madrugada, sólo para darme un beso e irse a dormir. Mi madre, con la sabiduría simple y certera de las madres.

La extraño, a la vieja.  

sábado, 18 de octubre de 2014

Root canal

“¿Y se lo ha hecho antes?”, dice el dentista en tono profesionalmente casual. “Si, cómo no”, respondo yo en tono profesionalmente calmado y conocedor. Y estoy igualmente cagado, quisiera decirle, pero sólo me sale un rápido suspiro.

“Are you all right?”, me pregunta el dentista, con esa frase que se sabe que por estos lugares usan lo mismo con alguien que llora o con alguien que yace reventado en el concreto porque se lanzó de un décimo piso. “Si, como no”, y siento que ya debo ir pensando en otra respuesta.

“Ok, there we go…” Y me inyecta en la encía con una jeringuilla metálica, que ya es hora de que no usen más jeringuillas metálicas, coño, que son aterradoras, tanto como las demás herramientas de tortura que he estado observando en la bandeja que está a mi derecha y entre las que hay una caja con barrenas y otra con limas.

“And one more, in the inner side… three seconds, two, one. Done! You are doing very well” Este hombre conoce a sus parroquianos, y sabe cómo ir derribando la incertidumbre que provoca el pánico. “Ahora regreso…”, me dice y sale del cubículo, mientras yo paso mi lengua por los alrededores de la muela, para comprobar que ya no siento nada.

Tengo una idea aproximada de lo que va a suceder. El dentista va a destruir, a extirpar los nervios que están dentro de las raíces de la muela y la va a dejar capada, insensible al dolor. Esa es la versión corta. La versión larga en realidad dura entre treinta y cuarenta minutos. Y eso no es una idea aproximada. Es un hecho, que me lo dijo el dentista. Cuarenta minutos, le ronca, pienso mientras siento una ligera taquicardia, las manos que casi me sudan y una incipiente claustrofobia comienza a inquietarme. ¿Me taparán la cara? Porque ahí sí que no, que me ahogo, que yo…

“¿How are we doing?” Regresó el dentista. “Feeling all right?”, me dice amable. “Sí, como no”, le digo. “OK then. I am gonna put this ring…” Y comienza a describir lo que hace, yo se lo agradezco, la verdad, su intención es que yo me relaje, no es su culpa que no logre. Ahora tengo una cosa metálica alrededor de la muela y además un terso trozo de latex que va evitar que el escombro de mi muela caiga hacia mi garganta, provocándome unos deseos irresistibles de toser para no tragarme los trozos de hueso con peste a quemado, en fin, que me gusta la forma en que piensa este mecánico dental. Porque la verdad, dentista, doctor, y todo lo demás, es un eufemismo para nombrar a estos acaudalados mecánicos dentales. Este, por ejemplo, maneja una SUV Mercedez Benz, de las grandes.

“Gimme number…”, y así, de repente, comienza un diálogo entre el dentista y la asistente que consiste en él pidiendo cosas que son números y colores, y ella alcanzándole delgadas barrenas, que deben ser de acero al manganeso o al tungsteno, para un taladro de alta velocidad que abre el hueso y deja expuesta la carne, y seguidamente otras barrenas, de amplias espiras, que se usan a baja velocidad, y que entran suavemente en los canales de las raíces de la muela y salen arrastrando una pulpa rosácea que sospecho era el nervio.

Yo sé todo eso porque estoy viendo lo que está sucediendo en el reflejo del lente de un aparato que ahora flota sobre mi cara y que debe ser una suerte de microscopio, y hasta me está resultando entretenido, inclusive me relajé bastante, debo admitirlo. “Ud tiene tres raíces en las muelas, sabía? Más trabajo para mí…”, me dice el doctor que también parece divertido, y por un breve instante me siento mutante del circo particular de los dentistas. Y entonces arremete y comienza a raspar el interior de los canales, con unas delgadísimas limas que alcanzo a ver y que me aterra pensar que se pudieran partir y quedar atrapadas en los canales de mi muela, y que en lo adelante cada vez que pase por el chequeo de seguridad de un aeropuerto suene la alarma y Homeland Security me ponga en la no-fly list, y que…

“Nos quedan unos diez minutos…”, me interrumpe el hombre, y comienza a recitar las precauciones que debo tener, que debo y que no debo hacer, mientras va colocando unas barritas blancas dentro de los canales, “You´ll feel now some pressure and there is going to be some smoke…”, y así es, la presión es insignificante, pero veo una ligerísima voluta de humo salir de mi boca, y la peste a goma quemada me inunda la nariz, mientras el doctor sigue recitándome con voz monótona los síes y noes, y ya está, otra radiografía, just to check my work, y en la pantalla se ve una imagen de una masa oscura de la que parten tres largas raíces, y que puede pasar por un tubérculo.

El regreso a casa es sabroso, alegre, la luz brilla más, hay mejores colores y el tráfico no me molesta. Debo estar inundado de adrenalina, endorfinas y quién sabe qué más, y todavía tengo dos horas de anestesia. Buenas noticias por doquier.

Sin embargo, no dejo de pensar en lo último que me dijo el mecánico dental:

“La otra muela, la hacemos en una semana…”

viernes, 17 de octubre de 2014

Náufrago

Ayer una amiga tuvo la amabilidad de invitarme a un grupo de Facebook.

Yo no pertenezco a grupos de ningún tipo, ni afuera ni adentro, y eso por principios, en primer lugar, porque bastante fueron cederres, sindicatos y mierda y media, y en segundo lugar por fobia a los molotes. Pero los principios son para ser violados, y las fobias para enfrentarlas, así que acepté el experimento.

Debo decir que es de lo más intenso que he visto en FB.

Fue como llegar a un inmenso salón al cuál de repente comienzan a entrar desconocidos por puertas y ventanas, en tropel, y hablando sin parar, arrastrando consigo temas, conversaciones, conflictos y antipatías ancestrales. Un ruido increíble, que se transformó en una inundación de notificaciones.

Abandoné el grupo, pues confirmé eso de que no me gustan grupos ni filiaciones.

Confirmé además que, crear un grupo de cubanos en FB, y esperar que sea diferente a lo que hay cotidianamente en estos lares, es como trazar con el dedo un círculo en el agua, en medio del océano, y esperar que haya algo diferente a agua salada...

jueves, 16 de octubre de 2014

Curiosidad

La curiosidad irracional que, entre otras cosas, mató al gato.

O la irresistible, la que nos trajo hasta aquí, a los humanos.

La curiosidad terrible, esa pues, la que te toma por el brazo y te arrastra a lo oscuro, al borde, allá abajo o allá adentro.

O la que me hizo buscarle un nombre, morderte en silencio y lamerte los rincones.

La misma curiosidad, la que me hace escribir, y que es buena.