martes, 2 de mayo de 2017

Limbo

Hablábamos de cubanos ilegales en los Estados Unidos y recordé a aquel cubano, balsero, que ya no supe si era ilegal, pero que me contó que nunca había logrado obtener la residencia.

Trabajaba como encargado de un edificio de apartamentos en el Bronx. “Fuman tanta mariguana que el humo sube por las escaleras. Me impregna la ropa y el pelo con el olor”, me dijo cuando nos conocimos.

En las noches ganaba dinero extra limpiando oficinas en Long Island, siempre acompañado de su esposa, una mujer sudamericana de pocas palabras, y el hijo, un niño de quizás diez o doce años -”No tenemos con quién dejarlo...”- algo subido de peso y rostro todavía angelical.

“No le gustó ir a Cuba porque lo espantó ver cómo mataban los pollos y el puerco...”, nos dijo el hombre mientras el niño nos miraba con la desconfianza que le provocábamos nosotros, cubanos, asesinos de animales de granja.

Un tiempo después nos volvimos a encontrar en el claustrofóbico pasillo de un mall. El hombre, cuyo nombre nunca retuve, seguía sonriendo con su jovialidad camagüeyana, el rostro de color amarillo malsano. “Tengo una bola en el hígado, a ver qué me dicen en el médico...”, explicó.

Pasados unos meses nos enteramos que había muerto de cáncer.

Murió, por cierto, sin la residencia.

No sé por qué razón nunca buscó asesoría, gratuita, que abunda, para que le ayudaran a explicarle a las autoridades por qué sus huellas dactilares no coincidían con las que le tomaron a la entrada a los Estados Unidos.

“Perdí este dedo pelando un coco”, me dijo aquella vez que nos conocimos, mostrando el muñón que quedaba de su pulgar izquierdo, “Y me viran los papeles pa´trás porque ahora les falta una huella...”, explicó, sonriendo con su gracejo guajiro, extraviado para siempre en Nueva York.

viernes, 21 de abril de 2017

Tres

“¿Qué es eso?”, me pregunta mi hijo que nunca ha visto una letrina.

Una letrina, le digo.

“Pero no hay dónde sentarse para hacer caca...”

Y le explico.

No la parte que no entiendo, o sea por qué no hay muebles de porcelana en estos cagaderos tristes y en su lugar hay letrinas de acero inoxidable, a ras del piso, sobre las que el necesitado debe agacharse, en precario equilibrio, evitando las paredes salpicadas, haciendo malabares con la ropa, heces, orina, colgaduras y la eventualidad (dos veces marca tendencia) de que no haya papel sanitario.

Le explico entonces la teoría del uso para que, en caso de emergencia -¡Fíjate, sólo en emergencia!-, sepa cómo se usa una letrina contemporánea.

Uno nunca sabe cuándo va estar desamparado y en apuros.

Terminamos entonces de orinar, en colectivo, a distancia suficiente para evitar las gotitas que, ágiles, rebotan sobre el metal, y nos vamos tomar al tren que nos llevará a Venecia.


***

Nos toca un día miserable.

Por alguna razón, relacionada a las vacaciones de Semana Santa, hoy Venecia está muy concurrida. Inundada, diría, sino fuera tan cliché. Definitivamente, invadida.

Para colmo es día de venduta y, a cada paso, en la ruta de quienes desandan la Serenísima para llegar por fin a la Plaza San Marcos, destino obligado, hay numerosos kioskos con frutas y baratijas, haciendo más difícil la caminata.

En algunas esquinas hay unos vendedores, con aires del Medio Oriente, o la India, que venden todos el mismo juguete: una masa amorfa, que lanzan contra un cartón colocado en el piso, y la masa, de colores brillantes, se extiende, para después recogerse con lentitud orgánica.

Mi hijo insiste, y le compramos una, y antes de que acabe el día ya habría reventado la cosa azul que vende esa franquicia de señores mediorientales -¿un villareño será medioriental?-, o de la India, y que deja los dedos de mi hijo pegajosos. Debe ser silicona, digo esperanzado, y le prometo no comprarle más mierdas en estas trampas para turistas con hijos antojadizos, por mucho que me ruegue.

***

Pero Venecia es, a pesar de todo, magnífica.

Y osada: se da el lujo de ponerle nombres a pasajes de anchura apenas suficiente para que camine una persona, y los llama calles.

Venecia, genialidad italiana, ha hecho del escombro una atracción singular.

Magnífica, a pesar de bisutería, grafitis, paredes deterioradas con muy buen gusto, y de la turbamulta que, fluyendo de selfie en selfie, viene desde Chitchen Itza, Praga y Times Square, y que va hacia Paris, Florencia, la Estatua de la Libertad, o cualquiera que sea el próximo lugar que se os ocurra visitar.


***

Uno mira la ciudad, y ella te devuelve la mirada: colgando sobre canales opacos, verdosos, mil ventanas vacías -Venecia está perdiendo los ángulos rectos a fuerza de siglos asentándose en el fango de la laguna-, mil ventanas que observan, indiferentes, la estampida que se ha desatado tras la caída de los muros y la recién adquirida opulencia de los chinos.

Venecia merece soledad.

***

“¿Qué tal Venecia?”, me pregunta la señora que nos recibe.

Es alta, de pelo blanco, dientes disparejos, grandes, prominentes, espejuelos elegantes, de marco azul. Viste un jeans algo percudido, y delantal de jardinero. Del bolsillo le asoman unas tijeras de podar.

Es su serenidad la que seduce. Conversamos. Venecia, el viaje, claro, y Trump, y la bomba de dieciseis millones de dólares que se dice mató a treinta y seis mujaidines.

A 450,000 dólares el mujaidin, tax included, y la señora enarca las cejas.

Horrible asunto ese de la ineficiencia en la guerra moderna.

Y nos muestra su jardín.

Explica, sin alarde pero con satisfacción de jardinera, el diseño del rosal, un laberinto circular, que semeja un sol, donde ha sembrado trescientas plantas de rosa búlgara, rojas serán cuando florezcan, antes de ser cosechadas y su esencia extraída, envasada y vendida en una parte de la extensa propiedad que han convertido en emporio y café.

El diminuto negocio lo administra uno de los hermanos de la contessa.

Que son diez, los hermanos que comparten la propiedad, me cuentan, los condes y condesas que heredaron este castello -construido sobre las ruinas de un castrum romano- de sus padres y estos a su vez de matrimonios y alianzas que se extienden hasta más allá del siglo XV, cuando fue adquirido el castillo, por entonces en manos de familias vasallas de los obispos que controlaban la region, por los primeros condes de la dinastía.

Encontramos al hermano de la señora, más alto aun, con aire ausente y sereno -la serenidad parece la marca de familia-, en un pabellón de paredes de piedra y techo de vigas, donde vende frascos con esencia de rosas, pañuelos, y tijeras de podar en estuches de cuero repujado.

La luz de la tarde entra por una puerta que conduce a un jardín privado. Del otro lado, un pasillo, y más allá de dos portones está el café, con apenas cinco mesas y cuidada decoración, donde el amante marroquí del conte nos sirve expresso y dulces sicilianos.


***

La Plaza San Marcos es enorme, pero no cabe un alma. Que digo alma: ni siquiera hay espacio para que se pose una paloma, esas que, por el estereotipo que fotos, películas y documentales me han inculcado, asocio a este lugar.

Exquisitamente bordada con ventanales, santos, leones y mascarones, mil detalles, la plaza hoy está atestada hasta donde alcanza la vista.

La turbamulta entra y sale a borbotones por callejuelas y muelles. El día está fresco, pero se nota el agotamiento. Mi hijo se sienta en un quicio en la losa, a un costado de la Iglesia de San Marcos. Una mujer en uniforme se acerca y le conmina a levantarse.

¿Por qué?, le pregunta nuestra amiga italiana, y nos asombramos con la noticia: si quiere sentarse debe ir a un restaurante y consumir.

"Un cazzo, qué vergüenza!", le espeta nuestra amiga a la mujer policía, que continúa su periplo, imperturbada e imperturbable, instando a la aturdida turbamulta a consumir o caminar.

"Esta gente necesita el dinero desesperadamente; mucha pared hecha mierda necesitando repello...", susurro y mi esposa me pellizca.

Uno de los lugares que disfruta del proteccionismo de la agente del orden nada-de-descanso-gratis está en una esquina de la plaza, del lado de la columna que sostiene una estatua de San Teodoro con un cocodrilo -o un dragón, quizás- sometido a sus pies. Sobre la otra columna se yergue, hermoso, el león alado de San Marcos, jaspeado por cagadas de gaviotas y palomas.

El café, o restaurante, se extiende hacia la plaza, ocupando un área delimitada con postes metálicos y cordones tejidos. Hay un par de decenas de mesas de tersos manteles e impecable presentación, donde apenas un puñado de personas disfruta de alguna bebida y del gentío.

Un cuarteto, apenas acomodado entre dos columnas, del que alcanzo a ver el contrabajo, toca jazz o algo parecido que siento que desentona. Chiacona para violin & continuo in C major, por Antonio Bertali, es el sonido de Italia la luminosa -otro de mis estereotipos, junto con el de las palomas.

"Veinte y chinco euro por un café, ah", comenta nuestra amiga. "Comemierdas", remata en su cantarín español.

Regresamos a la estación de trenes en una lancha que es una suerte de servicio de autobus acuático.

El viaje es hermoso. Venecia es hermosa.

Sobre todo si estuviera vacía. La multitud envilece.

***

“Venecia es maravillosa”, le respondo a la señora de espejuelos azules que, sentada a mi lado en un banco rústico, al borde del rosal, me escucha con atención.

“Demasiadas personas...”, me responde, con una apenas sonrisa, mirando el silencio del jardín.

miércoles, 19 de abril de 2017

Dos


Trieste es eslava, austro húngara e italiana.

Ciudad próspera, rica, capital de la región autónoma de Friuli-Venezia Giulia, fue, junto a Viena, Budapest y Praga, de las cuatro ciudades más grandes del Imperio Austro Húngaro.

Los eslavos, cuya frontera está a escasos dos kilómetros, la llaman con una mínima palabra que apenas necesita de sonido. 

Como vlk (lobo), krk (cuello) o prst (dedo), Trieste es Trst.

Ciudad frontera de imperios, puerto de mar, Trieste reposa en una franja de tierra. Slovenia a las espaldas; al frente, el Adriático, y a todos los atardeceres del tiempo.

***

Joyce, adicto al whiskey, al culo de su esposa y a la fragancia de sus pedos, tiene en Trieste, además de estatua en el Ponte Rosso, un museo, una calle, y un puente.

O casi.

En realidad el puente es una pasarela que se extiende sobre el Gran Canal de Trieste y que debió llamarse oficialmente Passaggio Joyce. Pero, puente menor ante la magnificiencia de los puentes Rosso y Verde, ganó un nombre adicional.

Le llaman Puente Corto.

Mi amigo, ciudadano adoptivo de la ciudad -es nacido en Milán, de padres napolitanos- me cuenta la historia y señala, a la entrada norte de la pasarela, el cartel donde ambos nombres conviven.

Una tonadilla de acordión, alegre, inconfundiblemente eslava, entra por una bocacalle y me lleva a las tabernas de mi juventud.

Son dos hombres, sentados en unos escalones, los rostros acalorados por la faena de la música y el vino. Uno toca el acordeón, el otro bate palmas y tararea la canción. En el suelo un maltrecho sombrero de paño se abre, esperanzado.

Mi hijo deja caer un par de monedas dentro. El acordionista le sonríe con dientes manchados por el tabaco, lo saluda con una inclinación de la cabeza, y retoma la melodía, casi polka, casi čardáš.

***

La ciudad es dorada

***

Tres de las paredes de la sala comedor del apartamento de mis amigos, decorado con muy buen gusto contemporáneo, están cubiertas de libreros que llegan hasta el techo.

Son dos lectores voraces, y me siento doble o triplemente en casa.

Ella políglota, de un humor chispeante. Él, observador, inteligente, italianísimo gourmet que no gusta de la paella.

¿Por qué?, me asombro con discreción, non mi piace, me responde, y yo no insisto. No me corresponde defender a la paella. Pero un día le cocinaré un arroz a la chorrera a este gourmet milanés-napolitano, y retomaremos la conversación.

La sobremesa es larga e interesante. Tanto como el almuerzo, que aun no describo.

Intercambiamos autores y películas. Yo les doy al francés Michel Houellebecq y la macedonia “Antes de la lluvia”, y ellos me cargan con escandinavos, más franceses, y judíos, desconocidos para mí.

Les describo un risotto que cocino y me piace, con porcini, espárragos, ralladura de limón y Grana Padano.

Mi amigo no se ve particularmente impresionado -uno no impresiona a un italiano con comida italiana hecha fuera de Italia- pero me señala y le dice a su esposa, parece napolitano, y yo uso una sonrisa de circunstancias pues no sé si es halago o una de esas palabras que, a la usanza de guajiro, comemierda o maricón, hay que ubicar en contexto para saber si es escarnio o mote amistoso.

Que no hay pasión por la bandera italiana, me explican además. Fue símbolo del fascismo del Mussolini y la gente no olvida, me dicen. La cuenta no me da, me digo, pero me callo.

Italia, no hay que olvidar, es un país jóven, un rompecabezas de regiones, dialectos, aldeas y ciudades-estado, donde han convivido política convulsa, mafia, y terrorismo, de izquierda y derecha a la vez.

Sin que me percate cómo, entonces llega el tema Cuba.

Pero Cuba fue diferente a los de Europa del Este, dice mi amigo en tono triunfal, pro-cubano, pro- aquello. Mi esposa no se percata y sigue explicando que aquello fue y sigue siendo una mierda, y la esposa del amigo, que sí se percata, extiende lentamente la pierna y toca la del marido pro-cubano, en advertencia de la que yo, a mi vez, me percato.

Y propongo irnos a caminar para airear el tema y conocer algo de la ciudad.

Trieste, sépase, tiene calles, más empinadas que las más empinadas de Santos Suarez, que bajamos con alegría y donde dejamos el bofe en la subida. Pero esa historia, la del paseo, ya la conté.

***

El almuerzo, cocinado por mi amigo:

Para comenzar, dicen mis anfitriones que la mozzarella, de búfala y con frescura que no rebase las veinticuatro horas.

Entonces, antipasti:

Mejillones, mozzarella, anchoas en aceite, pesto de perejil, pasta de bacalao, ensalada de papas y pulpo.

Y pan.

Primi:

Pasta con almejas al ajo y vino blanco.

Y pan.

Secondi:

Pasta con botarga y perejil.

Y pan.

Dolci:

Gelatto de vainilla, hecho en casa, con fresas naturales.

Vino:

Prosseco, omnipresente.

Hauner, Salina bianco, de las Isole Eolie, islas al norte de Sicilia, vino de las laderas del Stromboli y el Vulcano.

Y grappa.

Y pan.

Con botarga.

Y café expresso, de cápsula.

Y anoto que, después del arroz a la chorrera, de la ensalada y el flan, les haré a mis amigos un expresso con café Indonesia Sumatra, recién molido.


***

Dejamos Trieste después de la puesta de sol.

Lo último que vemos, antes de tomar la autoestrada, es un magnífico castillo, el Castello di Miramare que visitamos en la mañana, construido para el Emperador Maximiliano I y su esposa Carlota.

Cualquier semejanza con el Castillo de Miravalle, sede del trono y la corte de dichos emperadores, Maximiliano y Carlota de México, y ahora conocido como Castillo de Chapultepec, es pura coincidencia, aunque no lo parezca.

martes, 18 de abril de 2017

Uno

Aeroporto Marco Polo”, reza un cartel metálico en forma de flecha, azul con letras blancas, con manchas de óxido, clavado en el centro de una pequeña rotonda invadida por la mala hierba.

No es lo que uno espera en Italia la Luminosa, mucho menos en Venecia, La Serenissima, icono del turismo y el refinamiento del deterioro.

O quizás precisamente por eso.

Tal vez se cansaron los venecianos de las hordas que los visitan, y decidieron no cuidar más los jardines del deslucido aeropuerto. ¿Para qué jardines ni flores ni carteles impecables ni cesped recortado con primor italiano?, quizás se pregunten al ver tanto asiático mirando nada y tomándose selfies con cosas cotidianas en el fondo.

Se parece a la desidia de La Habana...”, comento por lo bajo, que no quiero hacer sentir mal a L., que es nuestra amiga y anfitriona, pero por suerte está concentrada en el manejo y no me escucha.

Salimos pronto a la autopista, autostrada se dice aquí, navegando hacia el norte entre ágiles autitos y enormes camiones con registros de Eslovenia, Croacia y Eslovaquia. Europa, globalizada, abraza a su Este, ahora ya en paz, y libre de comunismos.

***

La luz es suave.

No sirve para aguacates, dice nuestra amiga mientras corta rúcula en su huerto, pero es buena para la uva, añade señalando los viñedos todavía sin hojas.

La rúcula fresca, con aceite de oliva, jugo de limón, y prosciutto, en una rebanada de pan crujiente.

Sigue una lasagna clásica, de ragú. No es como las lasañas que he comido antes. Mucho menos como los bloques de pasta, untada con una salsa mezquina, que se comen mis colegas en sus almuerzos de Nueva York.

Es excelente.

Zanahoria, cebolla, apio, pasta de tomate -hecha por mí, a la siciliana, aglio e basilico solamente”, explica, “E pomodoro dolce...”, y presiento que se reserva algun secreto. Cosas que entienden los cocineros. “Pero...”, dice al fin, “para ese sabor, le pones a la carne un culo de prosciutto... el final del jamón”, explica en su florido español.

Y al queso le pones Fontina”, y ahora ya siento que le queda muy poco por revelar de este primer plato, al que siguen unas delgadísimas rebanadas de carne, de sabor fuerte.

Y pan.

Y prosseco

***

James Joyce, que vivió la mayoría de su vida adulta en Europa continental, escribió:

"For myself, I always write about Dublin, because if I can get to the heart of Dublin I can get to the heart of all the cities of the world. In the particular is contained the universal."

Recordé, a mala hora, a los que dicen que, si no es en su casa, no pueden escribir. Porque se inhiben, dicen, como Milanés, terrafirmefóbico.

Dice él.

***

Los campanarios.

Solitarios, hermosos, separados del templo, custodios de la fé, atalayas, ojo avizor.

El minimalismo italiano es un calmante.

No hay estridencias, la cantidad de detalles es la justa. Los pueblos se suceden, limpios, de terciopelo, unidos por carreteras también mínimas, como hechas a la medida de los autos que veo. O viceversa.

Ventanas, contraventanas, balcones. Restaurantes, cafés, mesas, expresso. La gasolina a más de cinco dólares el galón. Joder. De vez en cuando el nombre en inglés de algun negocio o lugar desentona, de la misma manera que acá, cerca de la casa, un restaurante se llama Café Formaggio.

Le cuento a L., y hace un gesto de asco.

***

El agua del Adriático de Trieste es transparente. No hay olas. “Es como un lago”, me dice mi anfitrión.

Es un lago, me digo, que no parece estar en el mismo planeta que el océano oscuro del primigenio Atlántico Norte que nos acecha a dos cuadras de mi casa.

***

Un amigo, que en paz descanse, tenía el “Ulyses” de James Joyce como libro de cabecera. “Leer esa mierda una vez basta. Y tú la relees...”.

Cuando mi amigo reía parecía un anciano pícaro de veinte años de edad.

Los labios le cubrían los dientes, como si estuviera desdentado. Los ojos se le perdían en las patas-de-gallina que les crecían en las comisuras, y las pupilas le brillaban con las luces de la locura que, ni él, ni yo, ni nadie, imaginaba que cuatro años después lo llevaría de la mano al suicidio.

“Es que tú no entiendes a Ulyses...”, me decía, “¿Ya leiste a Updike? Al menos lee eso y no jodas más...”, y se reía con el resuello de los asmáticos.

Cuando mi esposa y yo nos tropezamos, casi literalmente, con una estatua de bronce de tamaño natural de Joyce, justo a la entrada de un puente que cruza el Gran Canal de Trieste, casi le tiro el brazo por encima de los hombros al fantasma de mi amigo, el loco genial. “Dale, háblale, que aunque no sepas una palabra de inglés ustedes se entienden”, le susurré.

Y le tome una foto a la estatua, pues uno nunca sabe cuando un muerto querido está escuchando.

lunes, 27 de marzo de 2017

El arte de gobernar

"(...) you’ve got to establish an atmosphere of trust. Trust is the coin of the realm. And you need to do that with other leaders or people you’re going to deal with, including your adversaries.”

George Shultz


No tiene sentido alegrarse de los fracasos de Trump.

No hay porque celebrar tampoco que la propuesta de Donald Trump para abolir el Obamacare e implantar otro sistema de atención médica, Trumpcare que ya le llaman, haya sido retirada por una evidente falta de apoyo de todos los demócratas, y de una parte de los propios republicanos.

No nos irá mejor por ello, sino todo lo contrario.

El Obamacare, todos lo saben, está lejos de ser perfecto. Le urgen modificaciones. Precisa ser algo mejor de lo que es. Necesita, además, ser entendido, antes de ser modificado.

Nobody knew that health care could be so complicated”, dijo hace unos días el presidente Trump, y eso parece ser lo más sensato que haya dicho acerca del tema.

Sin embargo, el presidente intentó demoler el sistema de salud de los Estados Unidos y sustituirlo con otra cosa que tampoco entiende y que funcionaría de aun peor manera.

Obviamente, ni siquiera logró convencer a los suyos de que esa sería una buena idea.

Quienes a raíz de ese fracaso se mofan de la fama autoadjudicada de Trump de ser un buen negociador no están lejos de la realidad, pero hay algo más grave en todo ello que ese alarde tan vacío de argumento.

No se gobierna por decretos; no con voluntarismo, no al mejor estilo de corta-y-clava: no creyendo que todo se resume a firmo-aquí-y-ya-está.

El Presidente no gobierna un negocio, sino que negocia el gobierno.

Desafortunadamente, no ha sido así hasta ahora.

Ni siquiera en esta luna de miel de los primeros cien días de presidencia, ni a lomo del impulso de la euforia de la victoria, ni tras el blindaje que proporciona la disposición a la indulgencia de sus partidarios y partidistas, el presidente ha sido capaz de aterrizar, en este par de meses de gobierno, proyectos de gran importancia tanto para su credibilidad como pagador de promesas, como para el bienestar de los Estados Unidos y sus ciudadanos.

Ya el muro no será ese instantáneo, pagado por mexicanos, sino que tendremos otro, costoso, de cuestionada y cuestionable eficacia, construido con el dinero de nosotros, los contribuyentes americanos.

Las restricciones migratorias, erráticas, a medio hacer, no funcionan; para colmo, en lugar de más seguridad nacional, solo han creado caos y exasperación dentro y fuera del país.

Se suman a ello las declaraciones irresponsables, de mala tribuna electorera, esquelas nocturnas en una cuenta de Twitter que parece pertenecer a un adolescente atormentado por las hormonas: ofensas gratuitas, delirios, grandilocuencia pedestre, anatemas a todo el que no dé vivas; failing, que, ironicamente, es su descalificación favorita a quienes se le oponen.

Y ahora, pues esta precipitada propuesta para sustituir el Obamacare con un Trumpcare: propuesta incompleta, caótica, rechazada no solo por los demócratas -que en estos días solo reaccionan a trompicones, a la defensiva- sino hasta por los republicanos más ultra conservadores.

El problema no es solo que este presidente ha sido pródigo en promesas que no sabe cómo cumplir, sino que hay evidencia contundente de que Trump está lejos de ser el negociador que dice ser.

El problema, preocupante en extremo, es que el actual presidente de los Estados Unidos de América no es un estratega de pensamiento profundo, respetable en su consistencia, temible en consecuencia, sino que sigue siendo el ególatra compulsivo que se lanza con los ojos cerrados contra la pared a ver si le atina a una ventana.

El problema es que Trump es además, y precisamente por ello, un pésimo gobernante.

Si el presidente, en lugar de tratar de cumplir rimbombantes promesas electorales, si en lugar de seguir los renglones de la ortodoxia republicana de la manera tan torpe que lo hace -que daría risa si no fuera tan grave-; si en lugar de andar a tropezones en las entrañas de una bestia política que dice rechazar y a la que, obviamente, no comprende; si en lugar de tuitear su bilis, de amenazar e intimidar a sus propios senadores -si no aprueban esta propuesta están arriesgando su reelección, les dijo-; si en lugar de ello hubiera creado una comisión que, con rigor, paciencia, profesionalismo y objetividad (y ya es obvio que los republicanos pasaron los ocho años de Obama quejándose y no trabajando en una mejor idea para el sistema de salud), comisión que diseccionaría el Obamacare, le extirparía lo que le sobra, insertaría mejoras, puliría angulos, limaría asperezas, si tan solo se hubiera concedido quizás un año de trabajo para todo ello, el Presidente Trump sería recordado como el gran reformador que le enmendó la plana a Obama y a los demócratas, para bien de los americanos.

Lo cuál, y le ha tomado menos de cien días para demostrarlo, parece ser mucho pedir.

En lugar de un pensador confiable, de un líder sólido, atinado, lo que se ve es a un diletante de aturdido pensamiento táctico; ni remotamente un general, sino carne de cañón que no solo es un mal negociador político, sino un gobernante errático que está marcando su gestión con una capacidad increíble para dilapidar capital político.

***

El paradigma de una buena negociación, ganar-ganar, sucede cuando todas las partes involucradas ven sus expectativas satisfechas.

Una mala negociación, ganar-perder, tiene lugar cuando, al levantarse de la mesa, alguien se marcha contento y otro disgustado, porque uno se lleva mucho y el otro poco.

Pero el absurdo total, la-no negociación, resulta finalmente en aquella en la que nadie gana.

Perder-perder, es esta extraña transacción que ahora vemos donde, ni republicanos ni demócratas, ni gobierno ni gobernados, están hoy mejor que antes de este otro descalabro político de este nuestro presidente.

Presidente, constructor de campos de golf y rascacielos, presta-nombres para una decena de libros de autocomplacencia que describen cómo ser exitoso a lo Trump y cómo hacer a los Estados Unidos un país mejor.

Negociador que dice va a esperar a que el Obamacare explote, que entonces vendrán a él, insiste, all those great, wonderful people, a pactar con él, con el gran negociador de contratos de albañilería que, la verdad, no parece tener idea de cómo negociar, para gobernar, y no hacernos que todos perdamos en el intento.

lunes, 20 de marzo de 2017

LIII

El envase que me porta está de aniversario.

También lo están las cosas por acá adentro, claro; unas aun siguen funcionando como el primer día; otras, ya a media máquina, como esas células estropeadas que ya no alcanzan a procesar los azúcares que, idiota de mí, les proporciono en demasía.

Las cosas han cambiado, les digo: hay menos cabello, más grasa, menos testosterona, más piel fláccida, menos musculatura, más arrugas, las córneas ganando en rigidez, las encías en retirada, un oído perdiendo decibeles, ansiedades varias, temores, y algunas cosas que ya no las recuerdo tal y como eran, lo cual sé, pero no puedo demostrarlo.

Se trata, pues, de lo cotidiano.

Y mientras transcurre ese deterioro que llamamos vida adulta, observo, curioso; me divierto con mi vida, con lo que puedo, lo que me invento, lo que leo, veo y escucho. Todo -casi todo- me resulta interesante; no renuncio a nada, me arrepiento de mucho. Pienso demasiado, que me gusta tanto como el pan, y leo menos, lo cual me frustra.

Están entonces, decía, mi envase y sus engranajes celebrando cincuenta y tres años de haber echado a andar, y yo, veinteañero impenitente, le doy ánimos, le digo, no jodas, dale, que nos queda mucho por hacer.

Felicidades nos deseo pues a envase, contenido y espíritu que, por más que vayamos por tiempos diferentes, vamos juntos.

viernes, 17 de marzo de 2017

Trumpspiracies

Trump insiste en su denuncia de que fue espiado durante la campaña electoral.

Insiste, a pesar de que el Comité de Inteligencia del Senado dice no tener ninguna evidencia al respecto.

Insiste, a pesar de que tampoco hubo evidencia de los tres millones de votantes ilegales.

Y así, nada menos que el presidente de los Estados Unidos de América, cada vez que tiene un arranque de ira porque la realidad no se corresponde con sus deseos, dice lo que le viene a la mente, porque leyó algo en algún libelo de ultraderecha, se lo escuchó a un alucinado radio host conservador o, lo que no es peor sino igual de terrible, alguien se lo susurró al oído.

Cada vez que lo hace, pone en marcha, de manera tan irresponsable que da vergüenza, si no es que miedo, a la poderosa maquinaria del poder legislativo y el Gobierno Federal, como si ello fuera un juguete personal, para que traten otros de comprobar cada infundio y teoría de conspiración, mal usando tiempo, recursos y pericia de legisladores y funcionarios.

Engaña con ello, manipula con sus vacías acusaciones a sus seguidores a los que después, tras cada revés, reune en anacrónicos mítines electorales para nutrirse de nuevo con aplausos y vítores cual vedette venida a menos.

Inevitablemente, recuerda tanto a aquel que usaba a su país y sus ciudadanos para caprichos y compulsiones, grandilocuentes pesadillas de ineficencia, al cosechador en jefe de fracasos; ambos, Trump y él, de esa sub-clase que lleva la marca lívida de los dictadorzuelos intoxicados de poder.   

miércoles, 15 de marzo de 2017

Trump 1 - Maddow 0

De todo este fiasco que protagonizó anoche Rachel Maddow en su show homónimo, en MSNBC, hay un par de asuntos que vale la pena considerar:

La negativa de Trump a mostrar su declaración de impuestos, si bien está dentro de sus derechos, despierta atención generalizada porque, en primer lugar, quién nada oculta, nada teme, y en segundo lugar porque los funcionarios públicos, entre los que se encuentra el cargo de Presidente, deben ofrecer toda la transparencia posible ante la ciudadanía, y Trump se ha negado a tal procedimiemto.

El presidente de los Estados Unidos se ha negado a tal procedimiento. Piensen en eso.

Es de esperar entonces que una noticia sobre dichos impuestos sea algo de máximo interés, y es por ello que Maddow, al parecer sucumbiendo a la tentación del “palo periodístico” y el rating, creó en la tarde-noche de ayer un furor de expectativas para al final reportar... nada.

Que haya sido eso una trampa que le tendieron y en la que cayó mansamente, no lo creo ni por un segundo; no es ella nada tonta: más bien es partícipe de esa histeria anti-Trump, cada vez más hueca y mas nociva a la causa del liberalismo y los demócratas.

Pero, más interesante que el papelazo de Maddow, es saber quién filtró la información.

¿Alguien que simplemente se tropezó con la W-4 de Trump del 2005 y, sin leerla tal vez, o leyéndola y no entendiendo, decidió que aquella era la información esclarecedora que todos quieren ver?

¿O fue el equipo de Trump el que decidió filtrar intencionalmente esa declaración de impuestos del año 2005, a sabiendas de que nada reprobable habría ahí?

Y si este fuera el caso, ¿por qué lo harían?

La única razón que se me ocurre es que lo hayan hecho como un intento pueril de desvirtuar las sospechas sobre los impuestos de Trump (2005, really?), o que lo hicieran para que precisamente la prensa liberal, con ridícula saña, se lanzara sobre un señuelo, o sea, lo que hizo Rachel Maddow, y darle así pie al presidente a escribir otro tweet gritando “Fake news!”, lo cual es uno de sus pasatiempos favoritos.

Ambas razones, sin embargo, me parecen poco probables, aunque dada la irrascibilidad y temperamento patológicamente vengativo de Trump, nunca se sabe, pues parece niñato que a todo el que se le opone, sea el New York Times, o un rapero intoxicado, lo tilda de “fracasado”, en el más clásico estilo de una riña por unas canicas.

Tampoco me parece plausible, como lo plantean algunos medios, que todo ha sido una cortina de humo para ahuyentar de las primeras planas al fantasma de los rusos en la administración Trump. Vamos: el presidente tiene tanto material polémico para las primeras planas que necesitaría algo mucho más sustancioso que una anodina declaración de impuestos.

Dejando entonces a un lado los motivos por el momento, lo que me resulta interesante es que, de haber sido el equipo de Trump el responsable de la filtración, por qué no publicaría alguna otra declaración de impuestos, más reciente.

¿Estarán entre esas las que Trump no quiere mostrar, por ocultas razones que a todos nos interesan?

¿Sería entonces Trump el que autorizó personalmente la “filtración”?

¿Estaría entonces el presidente tratando de ocultar a la opinión pública algo fiscalmente impugnable?

¿Se puede confiar en este hombre, que además de arrojar dudas sobre su honestidad financiera, lanza acusaciones de extrema gravedad y sin sustento, mostrando un escasísimo sentido común, por no mencionar el daño que causa a la imprescindible dignidad del cargo de Presidente que representa a los Estados Unidos de América y sus ciudadanos?

De ese tipo de preguntas se deben ocupar los Maddows de este mundo, y no del sensacionalismo que le ha ganado a NBC, merecidamente, la mofa de uno y otro lado del debate político.  

jueves, 2 de marzo de 2017

Observación anodina de jueves ventoso

Las lecturas, para el que escribe, son ventanas de doble filo.

Se puede escribir, gozoso, a la luz que entra por ellas, o se puede escribir acerca de ellas una letanía plagada de citas sosas y nombres muertos.

viernes, 24 de febrero de 2017

Yo me pregunto cómo aceptar a Trump

He leído, con el mismo placer que siempre lo hago, un artículo del periodista Andres Reynaldo en el Nuevo Herald de Miami titulado “¿Y todavía se pregunta por qué salió Trump?

Es el segundo artículo -y muy bien escritos ambos, por cierto- en esa publicación, en que el autor de manera más o menos explícita declara su filiación en la política americana; trumpista, diría él; trumpera, digo yo.

En este último trabajo, pues hay un llamado a la coherencia y la resignación ante la realidad de que Trump es, de los Estados Unidos de América, el presidente (precisamente por coherencia no puedo usar una mayúscula, y ofrezco mis disculpas por ello). Artículo dirigido, me percato, a los que se golpean la cabeza con la pared, a la vez que se desgarran blusas, camisas y ropa interior, dejando ver su desnudez moteada de cosa lamentablemente ideológica.

Pero no porque el mensaje del artículo de marras sea tan personalizado es necesariamente impecable. Que de repente, mientras uno lee, siente que esa convocatoria a la aceptación y resignación se parece demasiado, y a la vez, al sermón dominical y a la arenga en la Plaza. Y no quiero decir con ello que el autor comulgue con una cosa o la otra. No lo conozco. Solo lo leo.

La resignación entonces no es asunto que yo comparta, y tampoco lo es aceptar que Trump sea “una opción de futuro”.

Se sabe, y me atrevo a pensar que quizás el autor también así lo considere aunque no lo escriba, que Trump es, si acaso, un accidente sociológico electo de manera legítima por menos de la mitad de los votantes de un país escindido en dos facciones profundamente politizadas; Trump, que es una consecuencia, entre otras cosas -porque también se sabe que es en primer lugar un engendro de la miopía demócrata- de la pasión por el espectáculo tan íntimamente imbricada en las preferencias de los norteamericanos.

Así es: nuestro presidente es un showman con el que una mitad se deleita y del que la otra se mofa. Mientras, el resto del planeta observa con estupor como el timón del país más poderoso del mundo está en manos de un diletante que obtuvo su licencia sin saber conducir.

Presidente, (y aquí no quiero evitar la mayúscula, por no violentar las reglas ortográficas) que tiene fascinación por los rich-and-powerful hombres -dijo en alguna ocasión que su gabinete tenía el mayor coeficiente de inteligencia de todos los tiempos, presumiblemente incluyéndose a sí mismo en tal pléyade de genios sin temor a que el promedio disminuyera. Presidente que entre sus admirados incluye además a un Strong Hombre: Vladimir Putin.

Putin del que nos dice Reynaldo “se anexó descaradamente Crimea a la sombra de la incompetencia, la indecisión y el leguleyismo de Obama”; Obama, al que nadie acusó de algo cuando le dió todo a Putin, sigue diciendo el autor, que además le echa en cara a los no-trumperos que nunca se hubieran preocupado por los crímenes de la KGB, agencia desaparecida hace veinteseis años, pero que es capaz, ese incoherente lector, de reprocharle a Trump, “que aún no le ha dado nada a Putin”, que sea putinófilo ya que no rusofílico.

Sad.

***

Debo, por razones precisamente de coherencia, hacer un paréntesis aquí.

Sin extenderme más allá de lo razonable en los antecedentes del entorno histórico, político y geográfico Rusia-URSS-Ucrania-Crimea, es oportuno recordar que la península de Crimea se convirtió en parte del Imperio Ruso en 1783, hace más de doscientos años, aproximadamente por la misma época en que se fundaban los Estados Unidos como nación independiente.

Tan solo después de la Revolución Rusa, en 1917, le fue otorgado a Crimea el estatus de República Autónoma dentro de los territorios que conformaban la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS. Posteriormente, terminada la Segunda Guerra Mundial, Crimea fue degradada a la categoría de “Región”.

En 1954 dicha Región de Crimea fue transferida por la URSS a la entonces República Socialista Soviética de Ucrania por razones, probablemente, de cercanía geográfica.

Cuando en 2014 la Rusia neo-imperial de Putin invade y expropia Crimea, siguiendo motivos imperialistas, geopolíticos y estratégicos locales (la Flota Rusa del Mar Negro tiene su sede en Sevastopol, Crimea), el 68% de la población de esa región era de orígen ruso, seguido por los ucranianos (16%) y los tártaros (11%). La mayoría de la población, por razones obvias, le dió la bienvenida a Putin.

Cuesta ver entonces con qué argumentos un Presidente de los Estados Unidos, llámese Obama o Reagan, hubiera podido impedir, a más de 5000 millas de distancia y un par de siglos de Historia, la anexión de una Crimea más rusa que cualquier otra nacionalidad nada menos que... a Rusia.

Se puede entonces estar de acuerdo (si se es ruso) o no (si se es cualquier otra cosa) con la anexión de Crimea a Rusia, y tomar, o no, una postura crítica ante un suceso a todas luces local.

Pero descalificar a los que se escandalizan con la demostrada ingerencia de la inteligencia rusa en la política y el proceso electoral de los Estados Unidos de América porque, ¡ay, incoherentes!, no lo hicieron de la misma manera ante los desmanes de la KGB en la Guerra Fría, ante la anexión rusa de Crimea o ante el conflicto ruso-ucraniano, pues resulta eso una suerte de igualitarismo oportunista que minimiza la amenaza rusa a la seguridad nacional norteamericana, y eso tan solo para apuntalar el argumento “aceptad a Trump entre vosotros”.

***

Aceptar a Trump entre nosotros, además, no es tan simple como quedarse aferrados a que Hillary fuese una mala candidata -pésima, en mi opinión- o a que Obama haya sido un Presidente que de alguna manera propició el actual cisma de la sociedad americana.

Para aceptarlo, hay que comenzar por llamar a Trump por lo que es: un golem de la clase decepcionada, un talking head de los hartos de Obamas y Hillarys, una consecuencia del racismo demócrata que dejó fuera de la fiesta panétnica al 62% de la población del país: a los blancos.

También hay que admitir, continuando en la aceptación con la necesaria coherencia e imprescindible sensibilidad, que el presidente, nuestro presidente, es una persona narcisista, compulsiva, inestable, de reacciones pueriles y rencorosas, que no soporta la crítica, mucho menos la oposición, y que aborrece nada menos que a la prensa, a la que no lo alaba. Que es un bocón que usa un discurso chovinista y ultranacionalista, discurso que es un animal cegato que abreva en las diatribas ideológicas de una Ann Coulter y un Stephen Bannon, para después marcar con tóxica orina el territorio de los trumperos más pedestres.

Que es un presidente con tan escasos recursos retóricos que califica a todo lo que le agrada, sean personas, objetos o lugares, con cuatro o cinco adjetivos tremendistas, los mismos siempre, lo cual empaña aun más su ya notoria falta de credibilidad.

Hay que aceptar también, así es, que Trump no creó la xenofobia ni el nacionalismo, pero que los usó, a sabiendas o por azares de su discurso errático y agresivo, y que los sigue usando como si siguiera en campaña, como leña seca para avivar la hoguera del miedo de la América de clase media baja y rural.

De la misma manera, para ser consecuentes, habría que incluir en ese acto de comunión trumpera que el mensaje de Trump se regodea en la más abjecta xenofobia cuando afirma que los problemas -cualquier problema- en los Estados Unidos comienzan con los inmigrantes.

Y finalmente hay que admitir, como bien afirma Andres Reynaldo, que Trump, efectivamente, no es causa sino consecuencia.

Nada de lo anterior ni justifica ni mucho menos es motivo para aceptar a Trump a ciegas, no se diga ya en silencio, simplemente porque fue electo de manera legítima o porque, ¡ay!, si no se hace pareciera uno izquierdista. En todo caso lo que se requiere y urge es todo lo contrario: pensamiento crítico, oposición inteligente, ojo y pluma atentos ante un presidente autoritario e impredecible, rodeado de ideólogos republicanos de línea dura.

En lo personal, no acepto que Trump sea la mejor opción republicana para la Presidencia, ya sea porque es esa suerte de “reacción a la acción” de una ola de descontento, o porque los demócratas se equivocaron -y se siguen equivocando- en su estrategia.

Tampoco soy, debo admitir, de los que se pregunta por qué salió Trump, porque lo tengo claro. Todo lo que me resta por decir es que, la verdad, lo lamento mucho.