viernes, 21 de abril de 2017

Tres

“¿Qué es eso?”, me pregunta mi hijo que nunca ha visto una letrina.

Una letrina, le digo.

“Pero no hay dónde sentarse para hacer caca...”

Y le explico.

No la parte que no entiendo, o sea por qué no hay muebles de porcelana en estos cagaderos tristes y en su lugar hay letrinas de acero inoxidable, a ras del piso, sobre las que el necesitado debe agacharse, en precario equilibrio, evitando las paredes salpicadas, haciendo malabares con la ropa, heces, orina, colgaduras y la eventualidad (dos veces marca tendencia) de que no haya papel sanitario.

Le explico entonces la teoría del uso para que, en caso de emergencia -¡Fíjate, sólo en emergencia!-, sepa cómo se usa una letrina contemporánea.

Uno nunca sabe cuándo va estar desamparado y en apuros.

Terminamos entonces de orinar, en colectivo, a distancia suficiente para evitar las gotitas que, ágiles, rebotan sobre el metal, y nos vamos tomar al tren que nos llevará a Venecia.


***

Nos toca un día miserable.

Por alguna razón, relacionada a las vacaciones de Semana Santa, hoy Venecia está muy concurrida. Inundada, diría, sino fuera tan cliché. Definitivamente, invadida.

Para colmo es día de venduta y, a cada paso, en la ruta de quienes desandan la Serenísima para llegar por fin a la Plaza San Marcos, destino obligado, hay numerosos kioskos con frutas y baratijas, haciendo más difícil la caminata.

En algunas esquinas hay unos vendedores, con aires del Medio Oriente, o la India, que venden todos el mismo juguete: una masa amorfa, que lanzan contra un cartón colocado en el piso, y la masa, de colores brillantes, se extiende, para después recogerse con lentitud orgánica.

Mi hijo insiste, y le compramos una, y antes de que acabe el día ya habría reventado la cosa azul que vende esa franquicia de señores mediorientales -¿un villareño será medioriental?-, o de la India, y que deja los dedos de mi hijo pegajosos. Debe ser silicona, digo esperanzado, y le prometo no comprarle más mierdas en estas trampas para turistas con hijos antojadizos, por mucho que me ruegue.

***

Pero Venecia es, a pesar de todo, magnífica.

Y osada: se da el lujo de ponerle nombres a pasajes de anchura apenas suficiente para que camine una persona, y los llama calles.

Venecia, genialidad italiana, ha hecho del escombro una atracción singular.

Magnífica, a pesar de bisutería, grafitis, paredes deterioradas con muy buen gusto, y de la turbamulta que, fluyendo de selfie en selfie, viene desde Chitchen Itza, Praga y Times Square, y que va hacia Paris, Florencia, la Estatua de la Libertad, o cualquiera que sea el próximo lugar que se os ocurra visitar.


***

Uno mira la ciudad, y ella te devuelve la mirada: colgando sobre canales opacos, verdosos, mil ventanas vacías -Venecia está perdiendo los ángulos rectos a fuerza de siglos asentándose en el fango de la laguna-, mil ventanas que observan, indiferentes, la estampida que se ha desatado tras la caída de los muros y la recién adquirida opulencia de los chinos.

Venecia merece soledad.

***

“¿Qué tal Venecia?”, me pregunta la señora que nos recibe.

Es alta, de pelo blanco, dientes disparejos, grandes, prominentes, espejuelos elegantes, de marco azul. Viste un jeans algo percudido, y delantal de jardinero. Del bolsillo le asoman unas tijeras de podar.

Es su serenidad la que seduce. Conversamos. Venecia, el viaje, claro, y Trump, y la bomba de dieciseis millones de dólares que se dice mató a treinta y seis mujaidines.

A 450,000 dólares el mujaidin, tax included, y la señora enarca las cejas.

Horrible asunto ese de la ineficiencia en la guerra moderna.

Y nos muestra su jardín.

Explica, sin alarde pero con satisfacción de jardinera, el diseño del rosal, un laberinto circular, que semeja un sol, donde ha sembrado trescientas plantas de rosa búlgara, rojas serán cuando florezcan, antes de ser cosechadas y su esencia extraída, envasada y vendida en una parte de la extensa propiedad que han convertido en emporio y café.

El diminuto negocio lo administra uno de los hermanos de la contessa.

Que son diez, los hermanos que comparten la propiedad, me cuentan, los condes y condesas que heredaron este castello -construido sobre las ruinas de un castrum romano- de sus padres y estos a su vez de matrimonios y alianzas que se extienden hasta más allá del siglo XV, cuando fue adquirido el castillo, por entonces en manos de familias vasallas de los obispos que controlaban la region, por los primeros condes de la dinastía.

Encontramos al hermano de la señora, más alto aun, con aire ausente y sereno -la serenidad parece la marca de familia-, en un pabellón de paredes de piedra y techo de vigas, donde vende frascos con esencia de rosas, pañuelos, y tijeras de podar en estuches de cuero repujado.

La luz de la tarde entra por una puerta que conduce a un jardín privado. Del otro lado, un pasillo, y más allá de dos portones está el café, con apenas cinco mesas y cuidada decoración, donde el amante marroquí del conte nos sirve expresso y dulces sicilianos.


***

La Plaza San Marcos es enorme, pero no cabe un alma. Que digo alma: ni siquiera hay espacio para que se pose una paloma, esas que, por el estereotipo que fotos, películas y documentales me han inculcado, asocio a este lugar.

Exquisitamente bordada con ventanales, santos, leones y mascarones, mil detalles, la plaza hoy está atestada hasta donde alcanza la vista.

La turbamulta entra y sale a borbotones por callejuelas y muelles. El día está fresco, pero se nota el agotamiento. Mi hijo se sienta en un quicio en la losa, a un costado de la Iglesia de San Marcos. Una mujer en uniforme se acerca y le conmina a levantarse.

¿Por qué?, le pregunta nuestra amiga italiana, y nos asombramos con la noticia: si quiere sentarse debe ir a un restaurante y consumir.

"Un cazzo, qué vergüenza!", le espeta nuestra amiga a la mujer policía, que continúa su periplo, imperturbada e imperturbable, instando a la aturdida turbamulta a consumir o caminar.

"Esta gente necesita el dinero desesperadamente; mucha pared hecha mierda necesitando repello...", susurro y mi esposa me pellizca.

Uno de los lugares que disfruta del proteccionismo de la agente del orden nada-de-descanso-gratis está en una esquina de la plaza, del lado de la columna que sostiene una estatua de San Teodoro con un cocodrilo -o un dragón, quizás- sometido a sus pies. Sobre la otra columna se yergue, hermoso, el león alado de San Marcos, jaspeado por cagadas de gaviotas y palomas.

El café, o restaurante, se extiende hacia la plaza, ocupando un área delimitada con postes metálicos y cordones tejidos. Hay un par de decenas de mesas de tersos manteles e impecable presentación, donde apenas un puñado de personas disfruta de alguna bebida y del gentío.

Un cuarteto, apenas acomodado entre dos columnas, del que alcanzo a ver el contrabajo, toca jazz o algo parecido que siento que desentona. Chiacona para violin & continuo in C major, por Antonio Bertali, es el sonido de Italia la luminosa -otro de mis estereotipos, junto con el de las palomas.

"Veinte y chinco euro por un café, ah", comenta nuestra amiga. "Comemierdas", remata en su cantarín español.

Regresamos a la estación de trenes en una lancha que es una suerte de servicio de autobus acuático.

El viaje es hermoso. Venecia es hermosa.

Sobre todo si estuviera vacía. La multitud envilece.

***

“Venecia es maravillosa”, le respondo a la señora de espejuelos azules que, sentada a mi lado en un banco rústico, al borde del rosal, me escucha con atención.

“Demasiadas personas...”, me responde, con una apenas sonrisa, mirando el silencio del jardín.

miércoles, 19 de abril de 2017

Dos


Trieste es eslava, austro húngara e italiana.

Ciudad próspera, rica, capital de la región autónoma de Friuli-Venezia Giulia, fue, junto a Viena, Budapest y Praga, de las cuatro ciudades más grandes del Imperio Austro Húngaro.

Los eslavos, cuya frontera está a escasos dos kilómetros, la llaman con una mínima palabra que apenas necesita de sonido. 

Como vlk (lobo), krk (cuello) o prst (dedo), Trieste es Trst.

Ciudad frontera de imperios, puerto de mar, Trieste reposa en una franja de tierra. Slovenia a las espaldas; al frente, el Adriático, y a todos los atardeceres del tiempo.

***

Joyce, adicto al whiskey, al culo de su esposa y a la fragancia de sus pedos, tiene en Trieste, además de estatua en el Ponte Rosso, un museo, una calle, y un puente.

O casi.

En realidad el puente es una pasarela que se extiende sobre el Gran Canal de Trieste y que debió llamarse oficialmente Passaggio Joyce. Pero, puente menor ante la magnificiencia de los puentes Rosso y Verde, ganó un nombre adicional.

Le llaman Puente Corto.

Mi amigo, ciudadano adoptivo de la ciudad -es nacido en Milán, de padres napolitanos- me cuenta la historia y señala, a la entrada norte de la pasarela, el cartel donde ambos nombres conviven.

Una tonadilla de acordión, alegre, inconfundiblemente eslava, entra por una bocacalle y me lleva a las tabernas de mi juventud.

Son dos hombres, sentados en unos escalones, los rostros acalorados por la faena de la música y el vino. Uno toca el acordeón, el otro bate palmas y tararea la canción. En el suelo un maltrecho sombrero de paño se abre, esperanzado.

Mi hijo deja caer un par de monedas dentro. El acordionista le sonríe con dientes manchados por el tabaco, lo saluda con una inclinación de la cabeza, y retoma la melodía, casi polka, casi čardáš.

***

La ciudad es dorada

***

Tres de las paredes de la sala comedor del apartamento de mis amigos, decorado con muy buen gusto contemporáneo, están cubiertas de libreros que llegan hasta el techo.

Son dos lectores voraces, y me siento doble o triplemente en casa.

Ella políglota, de un humor chispeante. Él, observador, inteligente, italianísimo gourmet que no gusta de la paella.

¿Por qué?, me asombro con discreción, non mi piace, me responde, y yo no insisto. No me corresponde defender a la paella. Pero un día le cocinaré un arroz a la chorrera a este gourmet milanés-napolitano, y retomaremos la conversación.

La sobremesa es larga e interesante. Tanto como el almuerzo, que aun no describo.

Intercambiamos autores y películas. Yo les doy al francés Michel Houellebecq y la macedonia “Antes de la lluvia”, y ellos me cargan con escandinavos, más franceses, y judíos, desconocidos para mí.

Les describo un risotto que cocino y me piace, con porcini, espárragos, ralladura de limón y Grana Padano.

Mi amigo no se ve particularmente impresionado -uno no impresiona a un italiano con comida italiana hecha fuera de Italia- pero me señala y le dice a su esposa, parece napolitano, y yo uso una sonrisa de circunstancias pues no sé si es halago o una de esas palabras que, a la usanza de guajiro, comemierda o maricón, hay que ubicar en contexto para saber si es escarnio o mote amistoso.

Que no hay pasión por la bandera italiana, me explican además. Fue símbolo del fascismo del Mussolini y la gente no olvida, me dicen. La cuenta no me da, me digo, pero me callo.

Italia, no hay que olvidar, es un país jóven, un rompecabezas de regiones, dialectos, aldeas y ciudades-estado, donde han convivido política convulsa, mafia, y terrorismo, de izquierda y derecha a la vez.

Sin que me percate cómo, entonces llega el tema Cuba.

Pero Cuba fue diferente a los de Europa del Este, dice mi amigo en tono triunfal, pro-cubano, pro- aquello. Mi esposa no se percata y sigue explicando que aquello fue y sigue siendo una mierda, y la esposa del amigo, que sí se percata, extiende lentamente la pierna y toca la del marido pro-cubano, en advertencia de la que yo, a mi vez, me percato.

Y propongo irnos a caminar para airear el tema y conocer algo de la ciudad.

Trieste, sépase, tiene calles, más empinadas que las más empinadas de Santos Suarez, que bajamos con alegría y donde dejamos el bofe en la subida. Pero esa historia, la del paseo, ya la conté.

***

El almuerzo, cocinado por mi amigo:

Para comenzar, dicen mis anfitriones que la mozzarella, de búfala y con frescura que no rebase las veinticuatro horas.

Entonces, antipasti:

Mejillones, mozzarella, anchoas en aceite, pesto de perejil, pasta de bacalao, ensalada de papas y pulpo.

Y pan.

Primi:

Pasta con almejas al ajo y vino blanco.

Y pan.

Secondi:

Pasta con botarga y perejil.

Y pan.

Dolci:

Gelatto de vainilla, hecho en casa, con fresas naturales.

Vino:

Prosseco, omnipresente.

Hauner, Salina bianco, de las Isole Eolie, islas al norte de Sicilia, vino de las laderas del Stromboli y el Vulcano.

Y grappa.

Y pan.

Con botarga.

Y café expresso, de cápsula.

Y anoto que, después del arroz a la chorrera, de la ensalada y el flan, les haré a mis amigos un expresso con café Indonesia Sumatra, recién molido.


***

Dejamos Trieste después de la puesta de sol.

Lo último que vemos, antes de tomar la autoestrada, es un magnífico castillo, el Castello di Miramare que visitamos en la mañana, construido para el Emperador Maximiliano I y su esposa Carlota.

Cualquier semejanza con el Castillo de Miravalle, sede del trono y la corte de dichos emperadores, Maximiliano y Carlota de México, y ahora conocido como Castillo de Chapultepec, es pura coincidencia, aunque no lo parezca.

martes, 18 de abril de 2017

Uno

Aeroporto Marco Polo”, reza un cartel metálico en forma de flecha, azul con letras blancas, con manchas de óxido, clavado en el centro de una pequeña rotonda invadida por la mala hierba.

No es lo que uno espera en Italia la Luminosa, mucho menos en Venecia, La Serenissima, icono del turismo y el refinamiento del deterioro.

O quizás precisamente por eso.

Tal vez se cansaron los venecianos de las hordas que los visitan, y decidieron no cuidar más los jardines del deslucido aeropuerto. ¿Para qué jardines ni flores ni carteles impecables ni cesped recortado con primor italiano?, quizás se pregunten al ver tanto asiático mirando nada y tomándose selfies con cosas cotidianas en el fondo.

Se parece a la desidia de La Habana...”, comento por lo bajo, que no quiero hacer sentir mal a L., que es nuestra amiga y anfitriona, pero por suerte está concentrada en el manejo y no me escucha.

Salimos pronto a la autopista, autostrada se dice aquí, navegando hacia el norte entre ágiles autitos y enormes camiones con registros de Eslovenia, Croacia y Eslovaquia. Europa, globalizada, abraza a su Este, ahora ya en paz, y libre de comunismos.

***

La luz es suave.

No sirve para aguacates, dice nuestra amiga mientras corta rúcula en su huerto, pero es buena para la uva, añade señalando los viñedos todavía sin hojas.

La rúcula fresca, con aceite de oliva, jugo de limón, y prosciutto, en una rebanada de pan crujiente.

Sigue una lasagna clásica, de ragú. No es como las lasañas que he comido antes. Mucho menos como los bloques de pasta, untada con una salsa mezquina, que se comen mis colegas en sus almuerzos de Nueva York.

Es excelente.

Zanahoria, cebolla, apio, pasta de tomate -hecha por mí, a la siciliana, aglio e basilico solamente”, explica, “E pomodoro dolce...”, y presiento que se reserva algun secreto. Cosas que entienden los cocineros. “Pero...”, dice al fin, “para ese sabor, le pones a la carne un culo de prosciutto... el final del jamón”, explica en su florido español.

Y al queso le pones Fontina”, y ahora ya siento que le queda muy poco por revelar de este primer plato, al que siguen unas delgadísimas rebanadas de carne, de sabor fuerte.

Y pan.

Y prosseco

***

James Joyce, que vivió la mayoría de su vida adulta en Europa continental, escribió:

"For myself, I always write about Dublin, because if I can get to the heart of Dublin I can get to the heart of all the cities of the world. In the particular is contained the universal."

Recordé, a mala hora, a los que dicen que, si no es en su casa, no pueden escribir. Porque se inhiben, dicen, como Milanés, terrafirmefóbico.

Dice él.

***

Los campanarios.

Solitarios, hermosos, separados del templo, custodios de la fé, atalayas, ojo avizor.

El minimalismo italiano es un calmante.

No hay estridencias, la cantidad de detalles es la justa. Los pueblos se suceden, limpios, de terciopelo, unidos por carreteras también mínimas, como hechas a la medida de los autos que veo. O viceversa.

Ventanas, contraventanas, balcones. Restaurantes, cafés, mesas, expresso. La gasolina a más de cinco dólares el galón. Joder. De vez en cuando el nombre en inglés de algun negocio o lugar desentona, de la misma manera que acá, cerca de la casa, un restaurante se llama Café Formaggio.

Le cuento a L., y hace un gesto de asco.

***

El agua del Adriático de Trieste es transparente. No hay olas. “Es como un lago”, me dice mi anfitrión.

Es un lago, me digo, que no parece estar en el mismo planeta que el océano oscuro del primigenio Atlántico Norte que nos acecha a dos cuadras de mi casa.

***

Un amigo, que en paz descanse, tenía el “Ulyses” de James Joyce como libro de cabecera. “Leer esa mierda una vez basta. Y tú la relees...”.

Cuando mi amigo reía parecía un anciano pícaro de veinte años de edad.

Los labios le cubrían los dientes, como si estuviera desdentado. Los ojos se le perdían en las patas-de-gallina que les crecían en las comisuras, y las pupilas le brillaban con las luces de la locura que, ni él, ni yo, ni nadie, imaginaba que cuatro años después lo llevaría de la mano al suicidio.

“Es que tú no entiendes a Ulyses...”, me decía, “¿Ya leiste a Updike? Al menos lee eso y no jodas más...”, y se reía con el resuello de los asmáticos.

Cuando mi esposa y yo nos tropezamos, casi literalmente, con una estatua de bronce de tamaño natural de Joyce, justo a la entrada de un puente que cruza el Gran Canal de Trieste, casi le tiro el brazo por encima de los hombros al fantasma de mi amigo, el loco genial. “Dale, háblale, que aunque no sepas una palabra de inglés ustedes se entienden”, le susurré.

Y le tome una foto a la estatua, pues uno nunca sabe cuando un muerto querido está escuchando.

lunes, 27 de marzo de 2017

El arte de gobernar

"(...) you’ve got to establish an atmosphere of trust. Trust is the coin of the realm. And you need to do that with other leaders or people you’re going to deal with, including your adversaries.”

George Shultz


No tiene sentido alegrarse de los fracasos de Trump.

No hay porque celebrar tampoco que la propuesta de Donald Trump para abolir el Obamacare e implantar otro sistema de atención médica, Trumpcare que ya le llaman, haya sido retirada por una evidente falta de apoyo de todos los demócratas, y de una parte de los propios republicanos.

No nos irá mejor por ello, sino todo lo contrario.

El Obamacare, todos lo saben, está lejos de ser perfecto. Le urgen modificaciones. Precisa ser algo mejor de lo que es. Necesita, además, ser entendido, antes de ser modificado.

Nobody knew that health care could be so complicated”, dijo hace unos días el presidente Trump, y eso parece ser lo más sensato que haya dicho acerca del tema.

Sin embargo, el presidente intentó demoler el sistema de salud de los Estados Unidos y sustituirlo con otra cosa que tampoco entiende y que funcionaría de aun peor manera.

Obviamente, ni siquiera logró convencer a los suyos de que esa sería una buena idea.

Quienes a raíz de ese fracaso se mofan de la fama autoadjudicada de Trump de ser un buen negociador no están lejos de la realidad, pero hay algo más grave en todo ello que ese alarde tan vacío de argumento.

No se gobierna por decretos; no con voluntarismo, no al mejor estilo de corta-y-clava: no creyendo que todo se resume a firmo-aquí-y-ya-está.

El Presidente no gobierna un negocio, sino que negocia el gobierno.

Desafortunadamente, no ha sido así hasta ahora.

Ni siquiera en esta luna de miel de los primeros cien días de presidencia, ni a lomo del impulso de la euforia de la victoria, ni tras el blindaje que proporciona la disposición a la indulgencia de sus partidarios y partidistas, el presidente ha sido capaz de aterrizar, en este par de meses de gobierno, proyectos de gran importancia tanto para su credibilidad como pagador de promesas, como para el bienestar de los Estados Unidos y sus ciudadanos.

Ya el muro no será ese instantáneo, pagado por mexicanos, sino que tendremos otro, costoso, de cuestionada y cuestionable eficacia, construido con el dinero de nosotros, los contribuyentes americanos.

Las restricciones migratorias, erráticas, a medio hacer, no funcionan; para colmo, en lugar de más seguridad nacional, solo han creado caos y exasperación dentro y fuera del país.

Se suman a ello las declaraciones irresponsables, de mala tribuna electorera, esquelas nocturnas en una cuenta de Twitter que parece pertenecer a un adolescente atormentado por las hormonas: ofensas gratuitas, delirios, grandilocuencia pedestre, anatemas a todo el que no dé vivas; failing, que, ironicamente, es su descalificación favorita a quienes se le oponen.

Y ahora, pues esta precipitada propuesta para sustituir el Obamacare con un Trumpcare: propuesta incompleta, caótica, rechazada no solo por los demócratas -que en estos días solo reaccionan a trompicones, a la defensiva- sino hasta por los republicanos más ultra conservadores.

El problema no es solo que este presidente ha sido pródigo en promesas que no sabe cómo cumplir, sino que hay evidencia contundente de que Trump está lejos de ser el negociador que dice ser.

El problema, preocupante en extremo, es que el actual presidente de los Estados Unidos de América no es un estratega de pensamiento profundo, respetable en su consistencia, temible en consecuencia, sino que sigue siendo el ególatra compulsivo que se lanza con los ojos cerrados contra la pared a ver si le atina a una ventana.

El problema es que Trump es además, y precisamente por ello, un pésimo gobernante.

Si el presidente, en lugar de tratar de cumplir rimbombantes promesas electorales, si en lugar de seguir los renglones de la ortodoxia republicana de la manera tan torpe que lo hace -que daría risa si no fuera tan grave-; si en lugar de andar a tropezones en las entrañas de una bestia política que dice rechazar y a la que, obviamente, no comprende; si en lugar de tuitear su bilis, de amenazar e intimidar a sus propios senadores -si no aprueban esta propuesta están arriesgando su reelección, les dijo-; si en lugar de ello hubiera creado una comisión que, con rigor, paciencia, profesionalismo y objetividad (y ya es obvio que los republicanos pasaron los ocho años de Obama quejándose y no trabajando en una mejor idea para el sistema de salud), comisión que diseccionaría el Obamacare, le extirparía lo que le sobra, insertaría mejoras, puliría angulos, limaría asperezas, si tan solo se hubiera concedido quizás un año de trabajo para todo ello, el Presidente Trump sería recordado como el gran reformador que le enmendó la plana a Obama y a los demócratas, para bien de los americanos.

Lo cuál, y le ha tomado menos de cien días para demostrarlo, parece ser mucho pedir.

En lugar de un pensador confiable, de un líder sólido, atinado, lo que se ve es a un diletante de aturdido pensamiento táctico; ni remotamente un general, sino carne de cañón que no solo es un mal negociador político, sino un gobernante errático que está marcando su gestión con una capacidad increíble para dilapidar capital político.

***

El paradigma de una buena negociación, ganar-ganar, sucede cuando todas las partes involucradas ven sus expectativas satisfechas.

Una mala negociación, ganar-perder, tiene lugar cuando, al levantarse de la mesa, alguien se marcha contento y otro disgustado, porque uno se lleva mucho y el otro poco.

Pero el absurdo total, la-no negociación, resulta finalmente en aquella en la que nadie gana.

Perder-perder, es esta extraña transacción que ahora vemos donde, ni republicanos ni demócratas, ni gobierno ni gobernados, están hoy mejor que antes de este otro descalabro político de este nuestro presidente.

Presidente, constructor de campos de golf y rascacielos, presta-nombres para una decena de libros de autocomplacencia que describen cómo ser exitoso a lo Trump y cómo hacer a los Estados Unidos un país mejor.

Negociador que dice va a esperar a que el Obamacare explote, que entonces vendrán a él, insiste, all those great, wonderful people, a pactar con él, con el gran negociador de contratos de albañilería que, la verdad, no parece tener idea de cómo negociar, para gobernar, y no hacernos que todos perdamos en el intento.

lunes, 20 de marzo de 2017

LIII

El envase que me porta está de aniversario.

También lo están las cosas por acá adentro, claro; unas aun siguen funcionando como el primer día; otras, ya a media máquina, como esas células estropeadas que ya no alcanzan a procesar los azúcares que, idiota de mí, les proporciono en demasía.

Las cosas han cambiado, les digo: hay menos cabello, más grasa, menos testosterona, más piel fláccida, menos musculatura, más arrugas, las córneas ganando en rigidez, las encías en retirada, un oído perdiendo decibeles, ansiedades varias, temores, y algunas cosas que ya no las recuerdo tal y como eran, lo cual sé, pero no puedo demostrarlo.

Se trata, pues, de lo cotidiano.

Y mientras transcurre ese deterioro que llamamos vida adulta, observo, curioso; me divierto con mi vida, con lo que puedo, lo que me invento, lo que leo, veo y escucho. Todo -casi todo- me resulta interesante; no renuncio a nada, me arrepiento de mucho. Pienso demasiado, que me gusta tanto como el pan, y leo menos, lo cual me frustra.

Están entonces, decía, mi envase y sus engranajes celebrando cincuenta y tres años de haber echado a andar, y yo, veinteañero impenitente, le doy ánimos, le digo, no jodas, dale, que nos queda mucho por hacer.

Felicidades nos deseo pues a envase, contenido y espíritu que, por más que vayamos por tiempos diferentes, vamos juntos.

viernes, 17 de marzo de 2017

Trumpspiracies

Trump insiste en su denuncia de que fue espiado durante la campaña electoral.

Insiste, a pesar de que el Comité de Inteligencia del Senado dice no tener ninguna evidencia al respecto.

Insiste, a pesar de que tampoco hubo evidencia de los tres millones de votantes ilegales.

Y así, nada menos que el presidente de los Estados Unidos de América, cada vez que tiene un arranque de ira porque la realidad no se corresponde con sus deseos, dice lo que le viene a la mente, porque leyó algo en algún libelo de ultraderecha, se lo escuchó a un alucinado radio host conservador o, lo que no es peor sino igual de terrible, alguien se lo susurró al oído.

Cada vez que lo hace, pone en marcha, de manera tan irresponsable que da vergüenza, si no es que miedo, a la poderosa maquinaria del poder legislativo y el Gobierno Federal, como si ello fuera un juguete personal, para que traten otros de comprobar cada infundio y teoría de conspiración, mal usando tiempo, recursos y pericia de legisladores y funcionarios.

Engaña con ello, manipula con sus vacías acusaciones a sus seguidores a los que después, tras cada revés, reune en anacrónicos mítines electorales para nutrirse de nuevo con aplausos y vítores cual vedette venida a menos.

Inevitablemente, recuerda tanto a aquel que usaba a su país y sus ciudadanos para caprichos y compulsiones, grandilocuentes pesadillas de ineficencia, al cosechador en jefe de fracasos; ambos, Trump y él, de esa sub-clase que lleva la marca lívida de los dictadorzuelos intoxicados de poder.   

miércoles, 15 de marzo de 2017

Trump 1 - Maddow 0

De todo este fiasco que protagonizó anoche Rachel Maddow en su show homónimo, en MSNBC, hay un par de asuntos que vale la pena considerar:

La negativa de Trump a mostrar su declaración de impuestos, si bien está dentro de sus derechos, despierta atención generalizada porque, en primer lugar, quién nada oculta, nada teme, y en segundo lugar porque los funcionarios públicos, entre los que se encuentra el cargo de Presidente, deben ofrecer toda la transparencia posible ante la ciudadanía, y Trump se ha negado a tal procedimiemto.

El presidente de los Estados Unidos se ha negado a tal procedimiento. Piensen en eso.

Es de esperar entonces que una noticia sobre dichos impuestos sea algo de máximo interés, y es por ello que Maddow, al parecer sucumbiendo a la tentación del “palo periodístico” y el rating, creó en la tarde-noche de ayer un furor de expectativas para al final reportar... nada.

Que haya sido eso una trampa que le tendieron y en la que cayó mansamente, no lo creo ni por un segundo; no es ella nada tonta: más bien es partícipe de esa histeria anti-Trump, cada vez más hueca y mas nociva a la causa del liberalismo y los demócratas.

Pero, más interesante que el papelazo de Maddow, es saber quién filtró la información.

¿Alguien que simplemente se tropezó con la W-4 de Trump del 2005 y, sin leerla tal vez, o leyéndola y no entendiendo, decidió que aquella era la información esclarecedora que todos quieren ver?

¿O fue el equipo de Trump el que decidió filtrar intencionalmente esa declaración de impuestos del año 2005, a sabiendas de que nada reprobable habría ahí?

Y si este fuera el caso, ¿por qué lo harían?

La única razón que se me ocurre es que lo hayan hecho como un intento pueril de desvirtuar las sospechas sobre los impuestos de Trump (2005, really?), o que lo hicieran para que precisamente la prensa liberal, con ridícula saña, se lanzara sobre un señuelo, o sea, lo que hizo Rachel Maddow, y darle así pie al presidente a escribir otro tweet gritando “Fake news!”, lo cual es uno de sus pasatiempos favoritos.

Ambas razones, sin embargo, me parecen poco probables, aunque dada la irrascibilidad y temperamento patológicamente vengativo de Trump, nunca se sabe, pues parece niñato que a todo el que se le opone, sea el New York Times, o un rapero intoxicado, lo tilda de “fracasado”, en el más clásico estilo de una riña por unas canicas.

Tampoco me parece plausible, como lo plantean algunos medios, que todo ha sido una cortina de humo para ahuyentar de las primeras planas al fantasma de los rusos en la administración Trump. Vamos: el presidente tiene tanto material polémico para las primeras planas que necesitaría algo mucho más sustancioso que una anodina declaración de impuestos.

Dejando entonces a un lado los motivos por el momento, lo que me resulta interesante es que, de haber sido el equipo de Trump el responsable de la filtración, por qué no publicaría alguna otra declaración de impuestos, más reciente.

¿Estarán entre esas las que Trump no quiere mostrar, por ocultas razones que a todos nos interesan?

¿Sería entonces Trump el que autorizó personalmente la “filtración”?

¿Estaría entonces el presidente tratando de ocultar a la opinión pública algo fiscalmente impugnable?

¿Se puede confiar en este hombre, que además de arrojar dudas sobre su honestidad financiera, lanza acusaciones de extrema gravedad y sin sustento, mostrando un escasísimo sentido común, por no mencionar el daño que causa a la imprescindible dignidad del cargo de Presidente que representa a los Estados Unidos de América y sus ciudadanos?

De ese tipo de preguntas se deben ocupar los Maddows de este mundo, y no del sensacionalismo que le ha ganado a NBC, merecidamente, la mofa de uno y otro lado del debate político.  

jueves, 2 de marzo de 2017

Observación anodina de jueves ventoso

Las lecturas, para el que escribe, son ventanas de doble filo.

Se puede escribir, gozoso, a la luz que entra por ellas, o se puede escribir acerca de ellas una letanía plagada de citas sosas y nombres muertos.

viernes, 24 de febrero de 2017

Yo me pregunto cómo aceptar a Trump

He leído, con el mismo placer que siempre lo hago, un artículo del periodista Andres Reynaldo en el Nuevo Herald de Miami titulado “¿Y todavía se pregunta por qué salió Trump?

Es el segundo artículo -y muy bien escritos ambos, por cierto- en esa publicación, en que el autor de manera más o menos explícita declara su filiación en la política americana; trumpista, diría él; trumpera, digo yo.

En este último trabajo, pues hay un llamado a la coherencia y la resignación ante la realidad de que Trump es, de los Estados Unidos de América, el presidente (precisamente por coherencia no puedo usar una mayúscula, y ofrezco mis disculpas por ello). Artículo dirigido, me percato, a los que se golpean la cabeza con la pared, a la vez que se desgarran blusas, camisas y ropa interior, dejando ver su desnudez moteada de cosa lamentablemente ideológica.

Pero no porque el mensaje del artículo de marras sea tan personalizado es necesariamente impecable. Que de repente, mientras uno lee, siente que esa convocatoria a la aceptación y resignación se parece demasiado, y a la vez, al sermón dominical y a la arenga en la Plaza. Y no quiero decir con ello que el autor comulgue con una cosa o la otra. No lo conozco. Solo lo leo.

La resignación entonces no es asunto que yo comparta, y tampoco lo es aceptar que Trump sea “una opción de futuro”.

Se sabe, y me atrevo a pensar que quizás el autor también así lo considere aunque no lo escriba, que Trump es, si acaso, un accidente sociológico electo de manera legítima por menos de la mitad de los votantes de un país escindido en dos facciones profundamente politizadas; Trump, que es una consecuencia, entre otras cosas -porque también se sabe que es en primer lugar un engendro de la miopía demócrata- de la pasión por el espectáculo tan íntimamente imbricada en las preferencias de los norteamericanos.

Así es: nuestro presidente es un showman con el que una mitad se deleita y del que la otra se mofa. Mientras, el resto del planeta observa con estupor como el timón del país más poderoso del mundo está en manos de un diletante que obtuvo su licencia sin saber conducir.

Presidente, (y aquí no quiero evitar la mayúscula, por no violentar las reglas ortográficas) que tiene fascinación por los rich-and-powerful hombres -dijo en alguna ocasión que su gabinete tenía el mayor coeficiente de inteligencia de todos los tiempos, presumiblemente incluyéndose a sí mismo en tal pléyade de genios sin temor a que el promedio disminuyera. Presidente que entre sus admirados incluye además a un Strong Hombre: Vladimir Putin.

Putin del que nos dice Reynaldo “se anexó descaradamente Crimea a la sombra de la incompetencia, la indecisión y el leguleyismo de Obama”; Obama, al que nadie acusó de algo cuando le dió todo a Putin, sigue diciendo el autor, que además le echa en cara a los no-trumperos que nunca se hubieran preocupado por los crímenes de la KGB, agencia desaparecida hace veinteseis años, pero que es capaz, ese incoherente lector, de reprocharle a Trump, “que aún no le ha dado nada a Putin”, que sea putinófilo ya que no rusofílico.

Sad.

***

Debo, por razones precisamente de coherencia, hacer un paréntesis aquí.

Sin extenderme más allá de lo razonable en los antecedentes del entorno histórico, político y geográfico Rusia-URSS-Ucrania-Crimea, es oportuno recordar que la península de Crimea se convirtió en parte del Imperio Ruso en 1783, hace más de doscientos años, aproximadamente por la misma época en que se fundaban los Estados Unidos como nación independiente.

Tan solo después de la Revolución Rusa, en 1917, le fue otorgado a Crimea el estatus de República Autónoma dentro de los territorios que conformaban la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS. Posteriormente, terminada la Segunda Guerra Mundial, Crimea fue degradada a la categoría de “Región”.

En 1954 dicha Región de Crimea fue transferida por la URSS a la entonces República Socialista Soviética de Ucrania por razones, probablemente, de cercanía geográfica.

Cuando en 2014 la Rusia neo-imperial de Putin invade y expropia Crimea, siguiendo motivos imperialistas, geopolíticos y estratégicos locales (la Flota Rusa del Mar Negro tiene su sede en Sevastopol, Crimea), el 68% de la población de esa región era de orígen ruso, seguido por los ucranianos (16%) y los tártaros (11%). La mayoría de la población, por razones obvias, le dió la bienvenida a Putin.

Cuesta ver entonces con qué argumentos un Presidente de los Estados Unidos, llámese Obama o Reagan, hubiera podido impedir, a más de 5000 millas de distancia y un par de siglos de Historia, la anexión de una Crimea más rusa que cualquier otra nacionalidad nada menos que... a Rusia.

Se puede entonces estar de acuerdo (si se es ruso) o no (si se es cualquier otra cosa) con la anexión de Crimea a Rusia, y tomar, o no, una postura crítica ante un suceso a todas luces local.

Pero descalificar a los que se escandalizan con la demostrada ingerencia de la inteligencia rusa en la política y el proceso electoral de los Estados Unidos de América porque, ¡ay, incoherentes!, no lo hicieron de la misma manera ante los desmanes de la KGB en la Guerra Fría, ante la anexión rusa de Crimea o ante el conflicto ruso-ucraniano, pues resulta eso una suerte de igualitarismo oportunista que minimiza la amenaza rusa a la seguridad nacional norteamericana, y eso tan solo para apuntalar el argumento “aceptad a Trump entre vosotros”.

***

Aceptar a Trump entre nosotros, además, no es tan simple como quedarse aferrados a que Hillary fuese una mala candidata -pésima, en mi opinión- o a que Obama haya sido un Presidente que de alguna manera propició el actual cisma de la sociedad americana.

Para aceptarlo, hay que comenzar por llamar a Trump por lo que es: un golem de la clase decepcionada, un talking head de los hartos de Obamas y Hillarys, una consecuencia del racismo demócrata que dejó fuera de la fiesta panétnica al 62% de la población del país: a los blancos.

También hay que admitir, continuando en la aceptación con la necesaria coherencia e imprescindible sensibilidad, que el presidente, nuestro presidente, es una persona narcisista, compulsiva, inestable, de reacciones pueriles y rencorosas, que no soporta la crítica, mucho menos la oposición, y que aborrece nada menos que a la prensa, a la que no lo alaba. Que es un bocón que usa un discurso chovinista y ultranacionalista, discurso que es un animal cegato que abreva en las diatribas ideológicas de una Ann Coulter y un Stephen Bannon, para después marcar con tóxica orina el territorio de los trumperos más pedestres.

Que es un presidente con tan escasos recursos retóricos que califica a todo lo que le agrada, sean personas, objetos o lugares, con cuatro o cinco adjetivos tremendistas, los mismos siempre, lo cual empaña aun más su ya notoria falta de credibilidad.

Hay que aceptar también, así es, que Trump no creó la xenofobia ni el nacionalismo, pero que los usó, a sabiendas o por azares de su discurso errático y agresivo, y que los sigue usando como si siguiera en campaña, como leña seca para avivar la hoguera del miedo de la América de clase media baja y rural.

De la misma manera, para ser consecuentes, habría que incluir en ese acto de comunión trumpera que el mensaje de Trump se regodea en la más abjecta xenofobia cuando afirma que los problemas -cualquier problema- en los Estados Unidos comienzan con los inmigrantes.

Y finalmente hay que admitir, como bien afirma Andres Reynaldo, que Trump, efectivamente, no es causa sino consecuencia.

Nada de lo anterior ni justifica ni mucho menos es motivo para aceptar a Trump a ciegas, no se diga ya en silencio, simplemente porque fue electo de manera legítima o porque, ¡ay!, si no se hace pareciera uno izquierdista. En todo caso lo que se requiere y urge es todo lo contrario: pensamiento crítico, oposición inteligente, ojo y pluma atentos ante un presidente autoritario e impredecible, rodeado de ideólogos republicanos de línea dura.

En lo personal, no acepto que Trump sea la mejor opción republicana para la Presidencia, ya sea porque es esa suerte de “reacción a la acción” de una ola de descontento, o porque los demócratas se equivocaron -y se siguen equivocando- en su estrategia.

Tampoco soy, debo admitir, de los que se pregunta por qué salió Trump, porque lo tengo claro. Todo lo que me resta por decir es que, la verdad, lo lamento mucho.

jueves, 9 de febrero de 2017

W Flagler St

Tan mestiza, esa calle.

De apellidos García, Martínez, de nombre cualquiera. Villa Clara, ya no al norte, y la Perla del Sur, ni perla ni al sur, colindan con prestamistas que prometen adelantar el sueldo al necesitado, y aquellos con bakeries, coladas dulcísimas, hojaldre incompatible con lo desabrido del bagel y la pasta del queso crema. Calle a la que le iría bien lo polvoriento; lugares que bien pudieran ser Alta Habana, Versalles, el de La Lisa, o el reparto Chivás, justo antes de la rotonda.

Gente de Zona se anuncia en un lumínico que comparte con una compañía de seguros que no conozco y esta con un abogado que promete desfacer entuertos de todo tipo, consulta gratis; Cuballama, la fritanga, viaje a Cuba, templos, cementerios, un aire familiar que se me encima y me disgusta.

Todo parece más plano aquí, en esta ciudad plana; casas chatas, agazapadas, esperando el próximo huracán; calles no aptas para chivichanas pero sí para bicicletas. Flagler, que huele a grasa de puerco, y me cuesta pensar que estoy transitando por el eje sobre el que se arquea Miami, y no atravesando San Miguel del Padrón.

Sofocante, Flagler habla en español; merece ser caminada para aquilatarla en su justa medida y no transitada en la prisa del auto. Calle que es una puta frontera, nuestra frontera, y no sé si habrá muchos que se percaten de ello.

***

Aguacates maduros, anuncia una manta atada a la parte trasera de una pick up que transita lentamente por el carril derecho.

Letrero pegado al cristal, justo detrás del chofer: “Warning: I don´t call 911”, y una imagen de una mano que sostiene un revólver me apunta a la cabeza. La luz verde. Una fracción de segundo y suena el claxon del carro de atrás.

¿Es como la Sig Sauer? No, es de cañón de tres pulgadas, ah, y el rifle tiene mira laser, del army, una belleza, ¡una belleza!”

Tres de guayaba, tres de queso, tres de carne, tres de chorizo, tres de coco, una colada y un Ironber, con hielo.”

Alquilamos una casa en los cayos, con muelle, nos vamos en la lancha y (atracamos, fondeamos, parqueamos, qué cojone) allí, volao, tres días, pescando, comiendo pescado.”

Las yaguas llueven. El viento las arranca de las palmas y las suelta de inmediato. Caen, susurrando, un golpe blando sobre el concreto recalentado por el sol de un mediodía asombrosamente tibio.

***

W Flagler St., no sé a derechas por qué, sin que nada pueda evitarlo, me entristece.

lunes, 6 de febrero de 2017

La forma y el contenido

La forma del elefante

Everything is gonna be great. Believe me...”
D.J. Trump

La atracción o el desagrado que inspira Trump a seguidores y detractores respectivamente, el comportamiento compulsivo, la lengua suelta, la boca floja que lo llevó, entre otros factores, a la Presidencia, parece que va a ser el sello cotidiano durante lo que dure el recién estrenado Presidente en la Casa Blanca.

Gobernando a golpe de órdenes ejecutivas, enarbolando la pluma como mandarria, demoliendo, desmontando, tómese como ejemplo de mala administración el asunto del muro fronterizo, que más allá de símbolo o barrera física, representa una idea correcta: hay que proteger la frontera de los Estados Unidos. Pero la forma, ¡ay, la forma!, de promover la idea es ofensiva, agresiva, con un innecesario toque de bravuconería barata, tonta, diciendo que México pagará por la construcción de dicho muro.

O véase la reciente orden ejecutiva ordenando la restricción migratoria a ciudadanos de siete países musulmanes.

La medida, incompleta, mal aplicada, confusa, y ciertamente hipócrita (ni Arabia Saudita ni los Emiratos fueron incluidos en ese grupo de países a pesar de que de los 19 terroristas del 9/11, quince fueron sauditas y dos emiratis), y a pesar de todo ello, la medida, y su contenido, tienen sentido.

Se sabe que todos los musulmanes no son terroristas, pero que la mayoría de los terroristas contemporáneos son musulmanes. El terrorismo, además, no está a la baja; es el signo de nuestros tiempos. Los atentados que se han sucedido en Europa ratifican la necesidad de un control más estricto sobre la identidad y afiliación tanto de migrantes como de residentes, lo que en el caso del viejo continente parece casi imposible.

Pero no en los Estados Unidos.

Las restricciones migratorias que propone Trump (que, además, tienen límite de tiempo) pueden aumentar la seguridad en los Estados Unidos. El problema está en que, como toda medida de caracter general, incluye y excluye a quién no debiera. La pregunta a responder entonces es, si esa medida, imperfecta y perfectible como es, disminuye la posibilidad de un atentado terrorista en territorio americano, ¿quién está dispuesto a sacrificar seguridad?

Pero la manera brutal e irresponsable en que la ha aplicado, o intentado aplicar, eclipsa su relevancia para la seguridad nacional y destaca su aspecto nada humanitario.

Parece que Trump está operando varias agendas a la vez: la de sus promesas populistas, la de la doctrina republicana y, en no menor medida, la de la ideología de sus asesores más cercanos. Esta última es particularmente inquietante, pues está demostrado más allá de la duda razonable que los gobiernos y sociedades que se rigen por ideologías e ideólogos tienden a fracasar. La ideología es anteojera, camisa de fuerza, esquina sofocante que es refugio natural para extremistas y mediocres.

Atrapado entonces entre la mala forma e idearios ajenos, Trump entrega las ideas, incluso las que tienen sentido, de tal manera que hace que su gobierno se parezca cada vez más a la forma fría y cuasidictatorial de los ideólogos, aderezado todo ello por su más personal y quizás más grave característica: la narcicista y patológica reacción a lo que no le agrade o al que se le oponga.

Y la mala noticia:

Apenas ha transcurrido un mes de la era Trump.


El burro sin contenido

We need to talk about a vision for the country — the whole country, not just a confederation of demographic groups,”

Guy Cecil, estratega demócrata


Los demócratas, aun acéfalos, recuerdan a un boxeador, favorito a ganar su pelea, al que le han propinado un knock-out y que, las piernas temblorosas, la mirada perdida, solo atina a balbucear que no, que no es posible, que no es así, mientras el contrario celebra entre abucheos y vítores.

Aun peor:

Los demócratas, anonadados, apuestan su futuro a un fallo de Trump, y no a una reestructuración de fondo del Partido Demócrata y su filosofía. Pierden de vista que los populistas tienden a ser populares, y que Trump, fuera de las grandes ciudades y sectores liberales de la sociedad, es cada vez más popular.

El vacío que han dejado el ex Presidente Obama y Hillary Clinton ha desatado las pugnas por el poder demócrata. La ya inminente elección para elegir el Presidente del Comité Nacional Demócrata (CND) es una muestra de ese fenómeno. Debiera ser, además, un parteaguas en el futuro de ese partido.

Pero no es tan simple.

Por ejemplo, el ex VicePresidente Joe Biden ha declarado su apoyo a la candidatura de Thomas “Tom” Perez para Presidente del CND. Perez, Secretario de Trabajo de la administración de Obama, es considerado seguidor de la política Obama-Clinton, la misma que provocó el reciente descalabro electoral.

¿Nos vamos a quedar con este status quo fallido, o nos vamos a mover hacia adelante, con una restructuración de fondo?”, declaró el senador Bernie Sanders al respecto de la candidatura de Perez.

El propio Sanders entiende que tal restructuración pasa por la elección de líderes afínes al pensamiento progresista que el senador profesa, por políticos más inclinados a la izquierda, y apoya, junto con la Senador Elizabeth Warren, el ex líder de la Minoría en el Senado Harry Reid, y el actual líder de ese grupo, el Senador Chuck Schumer, la candidatura del Representante Keith Ellison, de Minnesota, un político de raza negra y fe musulmana.

De una manera u otra, lo que no se aprecia es el necesario cambio de estrategia en el Partido Demócrata, no ya que los haga recuperar la confianza del electorado y los lleve de nuevo, en cuatro años, a la Presidencia, sino que no parece siquiera que puedan ganar las elecciones intermedias del 2018.

Sin embargo, a pesar de todo, hay una buena noticia:

Apenas ha transcurrido un mes de la Era Trump.

Hay entonces tiempo suficiente para que tirios y troyanos, elefantes y borricos, ganen en forma y contenido, y para que, con ello, ganemos todos.

jueves, 26 de enero de 2017

La bandera y el muro

En la frontera Ciudad Juárez-El Paso en México, en el parque El Chamizal, ondea una de las banderas más grandes que he visto.

Es una de las banderas monumentales mexicanas que se encuentran en varias partes del país. La del Chamizal ondea en un asta de cien metros de altura y mide cincuenta por treinta y dos metros, con un peso aproximado de cuatrocientos kilogramos.

“Los putos gringos se ríen de eso”, me dijo en aquella ocasión un amigo mexicano, empresario, nacido y criado en la frontera. “Aquí lo que cuenta es la lana, el negocio, y lo pinche patriota no quita la pinche hambre, cabrón”, añadió, “Y los gabachos culeros lo saben”, concluyó con una sonrisa astuta.

El patriotismo mexicano es enorme, exacerbado además por la vecindad con Estados Unidos y el papel de derrotado que México con frecuencia ha desempeñado en los conflictos entre los dos países. Casualmente, El Chamizal es una de las contadas victorias mexicanas, pues es una franja de tierra que los Estados Unidos devolvió a México tras años de litigio, y que de inmediato México convirtió en un parque urbano y futuro sitio de la megabandera.

La relación de México con los Estados Unidos ha sido siempre de “Te odio, mi amor”. El estado mexicano hace sus planes pensando solo en petróleo, y mirando hacia el Norte. Los ingresos por concepto de remesas enviadas por mexicanos desde los Estados Unidos superan los 25,000 millones de dólares anuales, y es posible que con el desplome del peso mexicano aumenten; la actual crisis es una oportunidad excelente para pagar deudas o comprar casas con dinero devaluado.

Pero esa sería una de las pocas ventajas del diferendo Trump-México que ha ido madurando y que ahora está en un punto álgido: Trump va a construir su muro, Peña Nieto lanza una parrafada digna, patriótica, pero poco pragmática, se interrumpe el diálogo y, además del muro, se ensancha una brecha entre los dos gobiernos.

A pesar de que México pudiera contratacar y, por ejemplo, disminuir o eliminar los controles sobre el tráfico de droga, pienso que los mexicanos tienen las de perder en este conflicto; el comercio mexicano depende en gran medida de los Estados Unidos, así como sus finanzas.

Y el muro, la verdad, es lo de menos.

Ni siquiera es una afrenta a la soberanía mexicana; es una decisión, guste o no, del gobierno de los Estados Unidos para tratar de controlar el ingreso de inmigrantes ilegales. Vamos: México también trata de impedir el acceso a su territorio en su frontera sur, mantiene retenes y revisiones en las vías que llevan al norte del país, y la deportación de inmigrantes ilegales de territorio mexicano es expedita.

Tampoco debe prestar demasiada atención el gobierno mexicano a la humillante afirmación de que México va a pagar por el muro; a Trump hay que escucharlo y leerlo en contextos temporales, compulsivos, oportunistas, y no como a un estadista consecuente con planes elaborados con arte y sagacidad.

Por ejemplo, Trump acaba de sugerir que se cancele el encuentro a nivel presidencial, como respuesta al discurso del Presidente mexicano, lo cual está muy en concordancia con la patológica manera de reaccionar del presidente americano ante lo que le disgusta.

Lo que debe preocupar a Peña Nieto, en lugar del muro, es la inminente demolición del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en inglés NAFTA, y la probable fuga de la industria maquiladora, propiciada por la política proteccionista de Trump.

Lo que debe hacer el gobierno mexicano y su Presidente es buscar la manera de negociar y sobrevivir a Trump, que no es eterno, y no desperdiciar esfuerzos en hacer ondear esas enormes banderas que si bien anuncian el orgullo de una nación, dicen poco acerca del futuro inmediato y del bienestar de los mexicanos.

miércoles, 18 de enero de 2017

El Malecón apacible

En los últimos cincuenta y ocho años solo en una ocasión tuvo lugar una protesta espontánea en Cuba como resultado del crónico e imparable declive socioeconómico de la involución cubana.

Fue en Agosto de 1994, un par de meses antes del nacimiento de mi hija menor que ahora, mientras escribo este texto, revisa en su teléfono su correo electrónico, sentada en el sofá al alcance de mi mano, a dos mil kilómetros y veintidós años de distancia del Malecón inquieto y de la isla náufraga que hace apenas unos días se ha quedado sin salidas de emergencia.

Era, por aquel entonces, la sazón del desastre bautizado, por Ustedes saben quién, con el más cínico eufemismo: Período Especial.

Período, que de cierta forma ya nunca se superó ni ha terminado, que de especial no ha tenido nada, y sí mucho de calamitoso; crisis galopante que el desmorone del Segundo Mundo y su socialismo de consignas y banderola dejó tras de sí y, mientras el Malecón ardía en aquel Agosto, yo regresaba de Pinar del Río, donde había pasado una quincena buscando un tesoro extraviado y comiendo una pasta rosásea, nauseabunda, mechada con tramos de venas inmasticables, trozos de cartílagos, y pingajos de blanquecinos pellejos de indescriptible orígen.

Era la época todavía de Ustedes saben quién, que en paz no descanse, y de sus muchos delirios, y a mi regreso allí lo ví, en la televisión, arropado por sus manadas de cuadrúmanos del Contingente Blas Roca, paseándose con un insoportable aire triunfal por las calles despejadas a golpes de cabilla y garrote, vacías ya de aquellos habaneros que habían gritado, por primera y única vez, tras decenas de años de silencio, su desespero.

Unos días después Cuba reventaba de nuevo como una pústula infectada, yo perdía amigos que nunca más he visto, y comenzaba el tercer y penúltimo éxodo cubano del siglo XX, el de los balseros.

***

La apuesta más recurrente de estrategas foráneos, opositores de dentro y fuera, anexionistas, independendistas, patriotas y patrioteros, ha sido, siempre fue, que, si se atenazaba a Cuba con firmeza, si se sofocaba a los cubanos con tenaz agarre, la presión resultante quebrantaría el status quo, haría estallar el país, precipitaría un cambio definitivo y sería el comienzo del fin de lo que hay ahora y la iniciación de la nación cubana como país tercermundista capitalista; o sea, de un desastre diferente.

Para soportar esa apuesta durante años se colocó en la mesa de juego del conflicto entre los gobiernos de los Estados Unidos y Cuba el bloqueo comercial, el aislamiento político, presiones, leyes, disposiciones, forcejeos y desencuentros de todo tipo.

Eventualmente, quedó demostrada la inutilidad de estrangulamientos económicos y acogotamientos comerciales: nada sucedió. Tampoco dió resultado lo contrario, la política de terciopelo de Obama.

El gobierno cubano, ni bajo la hostilidad de diez Presidentes americanos, ni ante la política aperturista de “mano tendida“ del Presidente Obama, se ha siquiera tambaleado. La pretendida presión escapó en barcos, se asiló en embajadas, huyó en balsas, en aviones, viajó de la mano de coyotes a través de selvas, de Centroamérica, de las Antillas o aterrizó blandamente, hija, nieta de español, en el aeropuerto de Miami.

Los analistas tratan de endilgar esa pertinaz supervivencia del desgobierno cubano precisamente a esas huídas recurrentes de los cubanos, partiendo de la premisa de que, los que huyen, son los más decididos y aventureros, los que pudieran rebelarse en una contra-involución y terminar con castrismos, Castros y secuaces.

Insisten en que, por culpa precisamente de los Estados Unidos, se han dado esos salideros que no dejan aumentar la presión, gracias a la Ley de Ajuste, y la recién abolida disposición presidencial llamada Pies Secos/Pies mojados (PSPM).

Quieren creer que los héroes cubanos están en la nación exiliada, y en la que quisiera exiliarse, y que solo el taponeo de la frontera -no de la cubana, sino de la estadounidense- traerá el cambio a Cuba.

Esa es la teoría.

***


Unas personas son entrevistadas en La Habana. Les invita el periodista -de un medio digital, no oficial- a que opinen sobre la derogación de la política de PSPM.

“Yo creo que es bueno para los cubanos que eso pase...”, dice uno. “Yo no sé, ¿qué tú crees?”, replica otra. “No es conveniente que la gente se ahogue tratando de llegar a los Estados Unidos...”, comenta un tercero. Otros responden con frases más o menos trilladas, absurdas, casi ininteligibles. Uno incluso menciona una victoria de la Revolución.

“La gente en Cuba no tiene cabeza para otra cosa que no sea la comida y la supervivencia”, me dice mi hija, que a mi lado observa el video, “Para colmo, cuando tienen que hablar de un tema importante que se sale de la cosa cotidiana, adoptan automáticamente el lenguaje del Noticiero”, acota. “Ya ni siquiera saben pensar o hablar por sí mismos...”, concluye, y la tristeza le empapa la voz.
Esa es la práctica.

El fundamento de la permanencia de los Castros en el poder radica en el apoyo de los cubanos de adentro; ya sea por inercia, convicción, adoctrinamiento, temor, o simplemente por supina ignorancia de las circunstancias en que viven y del mundo exterior sobre el que les escamotean información, presentándoles una realidad adulterada e inquietante.

El resultado es que la mayoría de la población cubana, cliente además del abrevadero igualitario de la educación y la salud, nunca se opondría abiertamente al gobierno.

No creo entonces que el cierre de las vías de escape, cegadas sorpresivamente por Obama justo antes que terminara su Presidencia, vaya a crear ese esperado malestar, la gran desesperación, la definitiva frustración en esos que no pudieron escapar a tiempo, y que veamos otro Maleconazo.

La apuesta entonces sigue intacta, y con las mismas posibilidades de ganarse, o sea, casi nulas. Para colmo el 2017 no es, ni remotamente, 1994.

Pero, además del miedo y la desidia, conspira en contra de esa apuesta uno de los aspectos más característicos de los cubanos contemporáneos: el individualismo. Los cubanos no forman comunidad, ni dentro ni fuera de Cuba, y sus planes y prioridades están exclusivamente enfocados al mejoramiento de su estado material personal. No de su cuadra, de su ciudad, de su pueblo, de su país: solo de sí mismos.

Compulsados a sobrevivir durante décadas de estrecheces de materiales e intelectuales, la idea -tantas veces mezclada y confundida con el chovinismo más pedestre- de Nación Cubana, ese ente supragubernamental, orgulloso, contestatario y progresista que propiciaría los cambios, no existe: ha sido sustituida por el “conmigo o contra mí”, por el “Por la Patria, la Revolución, el Socialismo”, por el absurdo convencimiento de que los males cubanos vienen del extranjero, desde ese mismo lugar donde están las soluciones para esa masa menor, apolítica, pragmática, oportunista, que solo quería huir, y no pelear.

***

Cuba, para desgracia de los que allí viven, seguirá siendo el lugar donde naufragan los cubanos. El futuro, ese que se decía tenía una salida de fin biológico, con la muerte de Fidel y Raúl, ya es casi pasado, y se muestra más difuso que nunca.

El Malecón, frontera habanera, ahora solo es un paseo apacible para turistas de medio pelo, sitio obligado de reunión para jóvenes que se evaden en las madrugadas, a falta de un lugar para donde huir, bebiendo ron tibio de cajas de cartón.

jueves, 12 de enero de 2017

La hora buena

Los demócratas siguen sangrando. Se flagelan, arañan las paredes, se desangran. Y lo que es peor: tanto disfrutan el desangramiento que han perdido clase, oportunidad y, de seguir por ese camino, perderán también credibilidad.

Donald Trump ganó la presidencia de los Estados Unidos y eso es, ya se sabe, lamentable, absurdo, pero sobre todo es irreversible, al menos por cuatro años. Es entonces momento, ya ha sido momento desde hace un par de meses, de detener los plañidos, dejar a un lado las pataletas, y reinventarse con urgencia pues, lo que estaba inventado, obviamente, ya no funciona.

Los demócratas perdieron. La Era Clinton terminó. Y, al decir anglo, deal with it.

Me parece de muy poco oficio y raciocinio lo que ha estado sucediendo, esa absurda insistencia en atacar a Trump a sabiendas de que nada va a cambiar por ello. Curiosamente, lo mismo le hicieron a Obama, y el único resultado fue mostrar a los republicanos, en particular a los antiobamistas, en la peor luz -sombra, debiera escribir- posible: la de la intransigencia, el atrincheramiento partidista y el fanatismo ridículo.

Hay que detener esa tendencia. Hay que deshacerse de esas actitud de mal perdedor. Hay que dejar de leer el Huffington Post, que ya es tan libelo como Breitbart News o RT. Tampoco vale la pena que los presentadores de los sempiternos “late night shows” se desgasten noche tras noche tratando de encontrar frases ingeniosas para ridiculizar a Trump y sus circunstancias. Vamos, ni siquiera hay mérito en ello; Trump, y no pierde oportunidad para confirmarlo, ¡es tan fácil de criticar!

Su falta de planes para sus ideas -y viceversa-; su discurso, tan básico, tan de adjetivos, donde todo es tan “terrific, tremendous, magnificent” que tal parecen instrucciones para decorar con más dorados, brillos y luces su entorno a la Liberace; su falta de medida y astucia, su calidad de advenedizo que se solaza en su boconería, colegial presto a enzarzarse en escaramuzas verbales a la menor provocación, venga de una actriz militante, un comediante mordaz, o un jefe de Estado; el soberbio que no admite crítica ni oposición; el autoritario que llama a cerrar espacios de prensa; el marrullero que se niega a mostrar sus impuestos; el ignorante que, a falta de soluciones, anuncia demoliciones.

Ese hombre es el presidente que viene, que ya está aquí.

Controlar ese ego inflamado, narcisista, y tan poco “presidencial”, es un reto enorme para el equipo de trabajo de Trump y yo espero, por el bien de todos, que sus asesores tengan éxito al menos moderado en ese empeño. Cerrar su cuenta de Twitter sería un magnífico comienzo, por ejemplo.

Pero, en todo caso, nada de eso es tarea de los demócratas.

Los demócratas ahora son oposición. Tienen que mirarse en el espejo con luz abundante y ojo crítico. Perdieron el poder porque perdieron el rumbo, porque su discurso fue autocomplaciente, porque se concentraron en las diferencias y no en lo común, porque su candidata era pésima; porque el poder -que, ya se sabe, corrompe- encandila, aturde y embota el filo.

Y deben hacer todo ello sin quitar el dedo del renglón. Ahora menos que nunca.

Trump necesita oposición, chequeo, contrapeso en serio en el pugilato político, y no brete ni ataques más amarillistas que sustanciosos. Se requiere a la prensa más que nunca -más objetiva y minuciosa que nunca, puntualizo. Hay demanda por senadores y representantes menos de su partido y más de su profesión. La sociedad, en estado de alerta, y no divertida con el showman que es Trump; los norteamericanos, enterados de que a los Estados Unidos desde ya les urge un Presidente, con dignidad, mérito y mayúscula.

No solo el Partido Demócrata y sus afiliados tienen por delante ese camino cuesta arriba; también lo tienen los Republicanos con el raciocinio suficiente para ver en qué ha terminado la institución presidencial en nombre de su partido.

Y, en última instancia, lo tenemos todos los ciudadanos de los Estados Unidos, que estamos a la merced de un payaso narcisista.

Hay entonces que dejar a un lado rencor, lamento y grandilocuencia: ya es la hora buena y el reto, para toda la clase política, para la sociedad norteamericana, es buscar cómo contener a Trump, y eventualmente encontrar el remplazo urgente para ese error que, ya a punto de comenzar su reality show, nos muestra los dientes, amarillos de arrogancia, en la pantalla de la televisión.