Hablábamos de cubanos ilegales en los Estados Unidos y recordé a aquel cubano, balsero, que ya no supe si era ilegal, pero que me contó que nunca había logrado obtener la residencia.
Trabajaba como encargado de un edificio de apartamentos en el Bronx. “Fuman tanta mariguana que el humo sube por las escaleras. Me impregna la ropa y el pelo con el olor”, me dijo cuando nos conocimos.
En las noches ganaba dinero extra limpiando oficinas en Long Island, siempre acompañado de su esposa, una mujer sudamericana de pocas palabras, y el hijo, un niño de quizás diez o doce años -”No tenemos con quién dejarlo...”- algo subido de peso y rostro todavía angelical.
“No le gustó ir a Cuba porque lo espantó ver cómo mataban los pollos y el puerco...”, nos dijo el hombre mientras el niño nos miraba con la desconfianza que le provocábamos nosotros, cubanos, asesinos de animales de granja.
Un tiempo después nos volvimos a encontrar en el claustrofóbico pasillo de un mall. El hombre, cuyo nombre nunca retuve, seguía sonriendo con su jovialidad camagüeyana, el rostro de color amarillo malsano. “Tengo una bola en el hígado, a ver qué me dicen en el médico...”, explicó.
Pasados unos meses nos enteramos que había muerto de cáncer.
Murió, por cierto, sin la residencia.
No sé por qué razón nunca buscó asesoría, gratuita, que abunda, para que le ayudaran a explicarle a las autoridades por qué sus huellas dactilares no coincidían con las que le tomaron a la entrada a los Estados Unidos.
“Perdí este dedo pelando un coco”, me dijo aquella vez que nos conocimos, mostrando el muñón que quedaba de su pulgar izquierdo, “Y me viran los papeles pa´trás porque ahora les falta una huella...”, explicó, sonriendo con su gracejo guajiro, extraviado para siempre en Nueva York.
martes, 2 de mayo de 2017
viernes, 21 de abril de 2017
Tres
“¿Qué es eso?”, me pregunta mi
hijo que nunca ha visto una letrina.
Una letrina, le digo.
“Pero no hay dónde sentarse para
hacer caca...”
Y le explico.
No la parte que no entiendo,
o sea por qué no hay muebles de porcelana en estos cagaderos tristes
y en su lugar hay letrinas de acero inoxidable, a ras del
piso, sobre las que el necesitado debe agacharse, en precario
equilibrio, evitando las paredes salpicadas, haciendo malabares con
la ropa, heces, orina, colgaduras y la eventualidad (dos veces marca
tendencia) de que no haya papel sanitario.
Le explico entonces la teoría del
uso para que, en caso de emergencia -¡Fíjate, sólo en
emergencia!-, sepa cómo se usa una letrina contemporánea.
Uno nunca sabe cuándo va estar
desamparado y en apuros.
Terminamos entonces de orinar, en
colectivo, a distancia suficiente para evitar las gotitas que,
ágiles, rebotan sobre el metal, y nos vamos tomar al tren que nos
llevará a Venecia.
***
Nos toca un día
miserable.
Por alguna razón, relacionada
a las vacaciones de Semana Santa, hoy Venecia está muy concurrida.
Inundada, diría, sino fuera tan cliché. Definitivamente, invadida.
Para colmo es día de venduta
y, a cada paso, en la ruta de quienes desandan la Serenísima para
llegar por fin a la Plaza San Marcos, destino obligado, hay numerosos
kioskos con frutas y baratijas, haciendo más difícil la caminata.
En algunas esquinas hay unos
vendedores, con aires del Medio Oriente, o la India, que venden todos
el mismo juguete: una masa amorfa, que lanzan contra un cartón
colocado en el piso, y la masa, de colores brillantes, se extiende,
para después recogerse con lentitud orgánica.
Mi hijo insiste, y le compramos
una, y antes de que acabe el día ya habría reventado la cosa azul
que vende esa franquicia de señores mediorientales -¿un villareño
será medioriental?-, o de la India, y que deja los dedos de mi hijo
pegajosos. Debe ser silicona, digo esperanzado, y le prometo no
comprarle más mierdas en estas trampas para turistas con hijos
antojadizos, por mucho que me ruegue.
***
Y osada: se da el lujo de ponerle
nombres a pasajes de anchura apenas suficiente para que
camine una persona, y los llama calles.
Venecia, genialidad italiana, ha hecho
del escombro una atracción singular.
Magnífica, a pesar de bisutería,
grafitis, paredes deterioradas con muy buen
gusto, y de la turbamulta que, fluyendo de selfie en selfie, viene
desde Chitchen Itza, Praga y Times Square, y que va hacia Paris,
Florencia, la Estatua de la Libertad, o cualquiera que sea el próximo
lugar que se os ocurra visitar.
***
Uno mira la ciudad, y ella te devuelve
la mirada: colgando sobre canales opacos, verdosos, mil ventanas
vacías -Venecia está perdiendo los ángulos rectos a
fuerza de siglos asentándose en el fango de la laguna-, mil
ventanas que observan, indiferentes, la estampida que se ha
desatado tras la caída de los muros y la recién adquirida opulencia
de los chinos.
Venecia merece soledad.
***
“¿Qué tal Venecia?”, me pregunta
la señora que nos recibe.
Es alta, de pelo blanco, dientes
disparejos, grandes, prominentes, espejuelos elegantes, de marco
azul. Viste un jeans algo percudido, y delantal de jardinero. Del
bolsillo le asoman unas tijeras de podar.
Es su serenidad la que seduce.
Conversamos. Venecia, el viaje, claro, y Trump, y la bomba de
dieciseis millones de dólares que se dice mató a treinta y seis
mujaidines.
A 450,000 dólares el mujaidin, tax
included, y la señora enarca las cejas.
Horrible asunto ese de la ineficiencia
en la guerra moderna.
Y nos muestra su jardín.
Explica, sin alarde pero con
satisfacción de jardinera, el diseño del rosal, un laberinto
circular, que semeja un sol, donde ha sembrado trescientas plantas de
rosa búlgara, rojas serán cuando florezcan, antes de ser cosechadas
y su esencia extraída, envasada y vendida en una parte de la extensa
propiedad que han convertido en emporio y café.
El diminuto negocio
lo administra uno de los hermanos de la
contessa.
Que
son diez, los hermanos que comparten la propiedad, me
cuentan, los condes y condesas que heredaron este castello
-construido sobre las ruinas de un castrum romano- de sus
padres y estos a su vez de matrimonios y alianzas que se extienden
hasta más allá del siglo XV, cuando fue adquirido el castillo, por
entonces en manos de familias vasallas de los obispos que
controlaban la region, por los primeros condes de la dinastía.
Encontramos al hermano
de la señora, más alto aun, con aire ausente y sereno -la serenidad
parece la marca de familia-, en un pabellón de paredes
de piedra y techo de vigas, donde vende frascos con esencia de
rosas, pañuelos, y tijeras de podar en estuches de cuero repujado.
La luz de la tarde entra
por una puerta que conduce a un jardín
privado. Del otro lado, un pasillo, y más allá de dos
portones está el café, con apenas cinco
mesas y cuidada decoración, donde el amante marroquí del conte
nos sirve expresso y dulces sicilianos.
***
La Plaza San Marcos es enorme, pero no
cabe un alma. Que digo alma: ni siquiera hay espacio
para que se pose una paloma, esas que, por el estereotipo que fotos,
películas y documentales me han inculcado, asocio a este lugar.
Exquisitamente bordada
con ventanales, santos, leones y mascarones, mil detalles, la plaza
hoy está atestada hasta donde alcanza la vista.
La turbamulta entra y sale a borbotones
por callejuelas y muelles. El día está fresco, pero
se nota el agotamiento. Mi hijo se sienta en un quicio en la
losa, a un costado de la Iglesia de San Marcos.
Una mujer en uniforme se acerca y le conmina a levantarse.
¿Por qué?, le pregunta nuestra amiga
italiana, y nos asombramos con la noticia: si quiere sentarse debe ir
a un restaurante y consumir.
"Un cazzo, qué vergüenza!",
le espeta nuestra amiga a la mujer policía, que continúa su
periplo, imperturbada e imperturbable, instando a la aturdida
turbamulta a consumir o caminar.
"Esta gente necesita el dinero
desesperadamente; mucha pared hecha mierda necesitando
repello...", susurro y mi esposa me pellizca.
Uno de los lugares
que disfruta del proteccionismo de la agente
del orden nada-de-descanso-gratis está en una
esquina de la plaza, del lado de la columna que sostiene una estatua
de San Teodoro con un cocodrilo -o un dragón, quizás- sometido a
sus pies. Sobre la otra columna se yergue, hermoso, el león alado de
San Marcos, jaspeado por cagadas de gaviotas y palomas.
El café, o restaurante,
se extiende hacia la plaza, ocupando un área delimitada
con postes metálicos y cordones tejidos. Hay un par de decenas
de mesas de tersos manteles e impecable presentación, donde apenas
un puñado de personas disfruta de alguna bebida y del gentío.
Un cuarteto, apenas
acomodado entre dos columnas, del que alcanzo a ver el contrabajo,
toca jazz o algo parecido que siento que desentona. Chiacona para violin & continuo in C major, por Antonio Bertali, es el sonido de Italia la
luminosa -otro de mis estereotipos, junto con el de las palomas.
"Veinte y chinco euro por un café,
ah", comenta nuestra amiga. "Comemierdas", remata en
su cantarín español.
Regresamos a la estación de
trenes en una lancha que es una suerte de servicio de autobus
acuático.
Sobre todo si estuviera
vacía. La multitud envilece.
***
“Venecia es maravillosa”, le
respondo a la señora de espejuelos azules que, sentada
a mi lado en un banco rústico, al borde del rosal, me escucha
con atención.
“Demasiadas personas...”, me
responde, con una apenas sonrisa, mirando el silencio del
jardín.
miércoles, 19 de abril de 2017
Dos
Ciudad próspera, rica,
capital de la región autónoma de Friuli-Venezia Giulia, fue, junto
a Viena, Budapest y Praga, de las cuatro ciudades más grandes del
Imperio Austro Húngaro.
Los eslavos, cuya
frontera está a escasos dos kilómetros, la llaman con una mínima
palabra que apenas necesita de sonido.
Como vlk (lobo), krk (cuello) o prst (dedo), Trieste es Trst.
Como vlk (lobo), krk (cuello) o prst (dedo), Trieste es Trst.
Ciudad frontera de
imperios, puerto de mar, Trieste reposa en una franja de tierra.
Slovenia a las espaldas; al frente, el Adriático, y a todos los
atardeceres del tiempo.
***
Joyce, adicto al whiskey, al
culo de su esposa y a la fragancia de sus pedos, tiene en
Trieste, además de estatua en el
Ponte Rosso, un museo, una
calle, y un puente.
O casi.
En realidad el puente es
una pasarela que se extiende sobre el Gran Canal de Trieste y que
debió llamarse oficialmente Passaggio Joyce.
Pero, puente menor ante la magnificiencia de los puentes Rosso y
Verde, ganó un nombre adicional.
Le llaman
Puente Corto.
Mi amigo, ciudadano adoptivo de
la ciudad -es nacido en Milán, de padres napolitanos- me cuenta la
historia y señala, a la entrada norte de la pasarela, el cartel
donde ambos nombres conviven.
Una tonadilla de
acordión, alegre, inconfundiblemente eslava,
entra por una bocacalle y me lleva a las
tabernas de mi juventud.
Son dos hombres, sentados
en unos escalones, los rostros acalorados por la
faena de la música y el
vino. Uno toca el acordeón, el otro bate palmas y
tararea la canción. En el suelo un maltrecho sombrero de paño
se abre, esperanzado.
Mi hijo deja caer un par de monedas
dentro. El acordionista le sonríe
con dientes manchados por el tabaco, lo saluda con una
inclinación de la cabeza, y retoma la melodía, casi
polka, casi čardáš.
***
La ciudad es dorada
***
Tres de las paredes de la
sala comedor del apartamento de mis amigos, decorado con muy buen
gusto contemporáneo, están cubiertas de libreros que llegan hasta
el techo.
Son dos lectores
voraces, y me siento doble o triplemente en casa.
Ella políglota,
de un humor chispeante. Él, observador,
inteligente, italianísimo gourmet que no gusta
de la paella.
¿Por qué?,
me asombro con discreción, non mi piace,
me responde, y yo no insisto. No me corresponde
defender a la paella. Pero un día le cocinaré un arroz a la
chorrera a este gourmet milanés-napolitano,
y retomaremos la conversación.
La sobremesa es larga e
interesante. Tanto como el almuerzo, que aun no describo.
Intercambiamos autores y
películas. Yo les doy al francés Michel Houellebecq y la macedonia
“Antes de la lluvia”, y ellos me cargan con escandinavos, más
franceses, y judíos, desconocidos para mí.
Les
describo un risotto que cocino y
me piace, con porcini, espárragos, ralladura de limón y
Grana Padano.
Mi amigo no se
ve particularmente impresionado -uno no
impresiona a un italiano con comida italiana hecha fuera de Italia-
pero me señala y le dice a su esposa, parece
napolitano, y yo uso una sonrisa de circunstancias pues no sé si es
halago o una de esas palabras que, a la usanza de
guajiro, comemierda o maricón, hay que ubicar en contexto para saber
si es escarnio o mote amistoso.
Que no hay pasión
por la bandera italiana, me explican además.
Fue símbolo del fascismo del Mussolini y la
gente no olvida, me dicen. La cuenta no me da, me digo,
pero me callo.
Italia, no hay que
olvidar, es un país jóven, un rompecabezas de regiones, dialectos,
aldeas y ciudades-estado, donde han convivido política convulsa,
mafia, y terrorismo, de izquierda y derecha a la vez.
Sin que me percate cómo,
entonces llega el tema Cuba.
Pero Cuba fue diferente a los de Europa
del Este, dice mi amigo en tono triunfal, pro-cubano,
pro- aquello. Mi esposa no
se percata y sigue explicando que aquello
fue y sigue siendo una mierda, y la esposa del amigo, que sí se
percata, extiende lentamente la pierna y toca la del
marido pro-cubano, en advertencia de la
que yo, a mi vez, me percato.
Y propongo irnos a caminar para airear
el tema y conocer algo de la ciudad.
Trieste, sépase, tiene calles,
más empinadas que las más empinadas de Santos Suarez, que bajamos
con alegría y donde dejamos el bofe en la subida. Pero esa historia,
la del paseo, ya la conté.
***
El almuerzo, cocinado por mi
amigo:
Para comenzar,
dicen mis anfitriones que la mozzarella, de
búfala y con frescura que no rebase las veinticuatro
horas.
Entonces, antipasti:
Mejillones, mozzarella, anchoas en
aceite, pesto de perejil, pasta de bacalao, ensalada
de papas y pulpo.
Y pan.
Primi:
Pasta con almejas al ajo y vino
blanco.
Y pan.
Secondi:
Pasta con botarga y perejil.
Y pan.
Dolci:
Gelatto de vainilla, hecho en
casa, con fresas naturales.
Vino:
Prosseco, omnipresente.
Hauner, Salina bianco, de las
Isole Eolie, islas al norte de Sicilia, vino de las laderas del
Stromboli y el Vulcano.
Y grappa.
Y pan.
Con botarga.
Y café expresso, de cápsula.
Y anoto que, después del arroz
a la chorrera, de la ensalada y el flan, les haré a mis amigos un
expresso con café Indonesia Sumatra, recién molido.
***
Lo último que vemos,
antes de tomar la autoestrada, es un magnífico castillo, el Castello
di Miramare que visitamos en la mañana,
construido para el Emperador Maximiliano I y su esposa Carlota.
martes, 18 de abril de 2017
Uno
“Aeroporto Marco Polo”,
reza un cartel metálico en forma de flecha, azul con letras
blancas, con manchas de óxido, clavado en el centro de una pequeña
rotonda invadida por la mala hierba.
No es lo que uno espera en
Italia la Luminosa, mucho menos en Venecia, La Serenissima, icono del
turismo y el refinamiento del deterioro.
O quizás precisamente por eso.
Tal vez se cansaron los
venecianos de las hordas que los visitan, y decidieron no cuidar más
los jardines del deslucido aeropuerto. ¿Para qué jardines ni flores ni carteles impecables ni cesped recortado con primor italiano?, quizás se pregunten al ver
tanto asiático mirando nada y tomándose selfies con cosas
cotidianas en el fondo.
“Se parece a la desidia
de La Habana...”, comento por lo bajo, que no quiero hacer sentir
mal a L., que es nuestra amiga y anfitriona, pero por suerte está
concentrada en el manejo y no me escucha.
Salimos pronto a la autopista,
autostrada se dice aquí, navegando hacia el norte entre ágiles
autitos y enormes camiones con registros de Eslovenia, Croacia y
Eslovaquia. Europa, globalizada, abraza a su Este, ahora ya en paz, y
libre de comunismos.
***
La luz es suave.
No sirve para aguacates, dice nuestra
amiga mientras corta rúcula
en su huerto, pero es buena para
la uva, añade señalando los viñedos todavía sin hojas.
La rúcula fresca, con aceite
de oliva, jugo de limón, y prosciutto, en una rebanada de pan
crujiente.
Sigue una lasagna clásica, de
ragú. No es como las lasañas que he comido antes. Mucho menos como
los bloques de pasta, untada con una salsa mezquina, que se comen mis
colegas en sus almuerzos de Nueva York.
Es excelente.
“Zanahoria, cebolla,
apio, pasta de tomate -hecha por mí, a la siciliana, aglio e
basilico solamente”, explica, “E pomodoro dolce...”, y
presiento que se reserva algun secreto. Cosas que entienden los
cocineros. “Pero...”, dice al fin, “para ese sabor, le pones a
la carne un culo de prosciutto... el final del jamón”, explica en
su florido español.
“Y al queso le pones
Fontina”, y ahora ya siento que le queda muy poco por revelar de
este primer plato, al que siguen unas delgadísimas rebanadas de
carne, de sabor fuerte.
Y pan.
Y prosseco
***
James Joyce, que
vivió la mayoría de su vida adulta en Europa continental, escribió:
"For myself, I always write about
Dublin, because if I can get to the heart of Dublin I can get to the
heart of all the cities of the world. In the particular is contained
the universal."
Recordé, a mala hora, a los
que dicen que, si no es en su casa, no pueden escribir. Porque se
inhiben, dicen, como Milanés, terrafirmefóbico.
Dice él.
***
Los campanarios.
Solitarios, hermosos, separados
del templo, custodios de la fé, atalayas, ojo avizor.
El minimalismo italiano es un
calmante.
No hay estridencias, la
cantidad de detalles es la justa. Los pueblos se suceden, limpios, de
terciopelo, unidos por carreteras también mínimas, como hechas a la
medida de los autos que veo. O viceversa.
Ventanas, contraventanas,
balcones. Restaurantes, cafés, mesas, expresso. La gasolina a más
de cinco dólares el galón. Joder. De vez en cuando el nombre en
inglés de algun negocio o lugar desentona, de la misma manera que
acá, cerca de la casa, un restaurante se llama Café Formaggio.
Le cuento a L., y hace un gesto
de asco.
***
El agua del Adriático de
Trieste es transparente. No hay olas. “Es como un lago”, me dice
mi anfitrión.
Es un lago, me digo, que no
parece estar en el mismo planeta que el océano oscuro del primigenio
Atlántico Norte que nos acecha a dos cuadras de mi casa.
***
Un amigo, que en paz descanse,
tenía el “Ulyses” de James Joyce como libro de cabecera. “Leer
esa mierda una vez basta. Y tú la relees...”.
Cuando mi amigo reía parecía
un anciano pícaro de veinte años de edad.
Los labios le cubrían los
dientes, como si estuviera desdentado. Los ojos se le perdían en las
patas-de-gallina que les crecían en las comisuras, y las pupilas le
brillaban con las luces de la locura que, ni él, ni yo, ni nadie,
imaginaba que cuatro años después lo llevaría de la mano al
suicidio.
“Es que tú no entiendes a
Ulyses...”, me decía, “¿Ya leiste a Updike? Al menos lee eso y
no jodas más...”, y se reía con el resuello de los asmáticos.
Cuando mi esposa y yo nos
tropezamos, casi literalmente, con una estatua de bronce de tamaño
natural de Joyce, justo a la entrada de un puente que cruza el Gran
Canal de Trieste, casi le tiro el brazo por encima de los hombros al
fantasma de mi amigo, el loco genial. “Dale, háblale, que aunque
no sepas una palabra de inglés ustedes se entienden”, le susurré.
Y le tome una foto a la
estatua, pues uno nunca sabe cuando un muerto querido está
escuchando.
lunes, 27 de marzo de 2017
El arte de gobernar
"(...) you’ve got to establish an
atmosphere of trust. Trust is the coin of the realm.
And you need to do that with other
leaders or people you’re going to deal with, including your
adversaries.”
George Shultz
No tiene sentido alegrarse de
los fracasos de Trump.
No hay porque celebrar
tampoco que la
propuesta de Donald Trump para abolir el Obamacare e implantar otro
sistema de atención médica, Trumpcare que
ya le llaman, haya sido retirada por una
evidente falta de apoyo de todos los demócratas, y de una parte de
los propios republicanos.
No nos irá mejor por ello,
sino todo lo contrario.
El Obamacare, todos lo saben,
está lejos de ser perfecto. Le urgen modificaciones. Precisa ser
algo mejor de lo que es. Necesita, además, ser entendido, antes de
ser modificado.
“Nobody knew that health care
could be so complicated”, dijo hace unos días el presidente
Trump, y eso parece ser lo más sensato que haya dicho acerca del
tema.
Sin embargo, el presidente
intentó demoler el sistema de salud de los Estados Unidos y
sustituirlo con otra cosa que tampoco entiende y que funcionaría de
aun peor manera.
Obviamente,
ni siquiera logró convencer a los suyos de que esa sería una buena
idea.
Quienes a raíz de ese fracaso
se mofan de la fama autoadjudicada de Trump de ser un buen negociador
no están lejos de la realidad, pero hay algo más grave en todo ello
que ese alarde tan vacío de argumento.
No se gobierna por decretos; no
con voluntarismo, no al mejor estilo de corta-y-clava: no creyendo
que todo se resume a firmo-aquí-y-ya-está.
El Presidente no gobierna
un negocio, sino que negocia el gobierno.
Desafortunadamente, no ha sido
así hasta ahora.
Ni siquiera en esta luna de
miel de los primeros cien días de presidencia, ni a lomo del impulso
de la euforia de la victoria, ni tras el blindaje que proporciona la
disposición a la indulgencia de sus partidarios y partidistas, el
presidente ha sido capaz de aterrizar, en este par de meses de
gobierno, proyectos de gran importancia tanto para su credibilidad
como pagador de promesas, como para el bienestar de los Estados
Unidos y sus ciudadanos.
Ya el muro no será ese
instantáneo, pagado por mexicanos, sino que tendremos otro, costoso,
de cuestionada y cuestionable eficacia, construido con el dinero de
nosotros, los contribuyentes americanos.
Las restricciones migratorias,
erráticas, a medio hacer, no funcionan; para colmo, en lugar de más
seguridad nacional, solo han creado caos y exasperación dentro y
fuera del país.
Se suman a ello las
declaraciones irresponsables, de mala tribuna electorera, esquelas
nocturnas en una cuenta de Twitter que parece pertenecer a un
adolescente atormentado por las hormonas: ofensas gratuitas,
delirios, grandilocuencia pedestre, anatemas a todo el que no dé
vivas; failing,
que, ironicamente, es su descalificación favorita a quienes se le
oponen.
Y ahora, pues esta precipitada
propuesta para sustituir el Obamacare con un Trumpcare: propuesta
incompleta, caótica, rechazada no solo por los demócratas -que en
estos días solo reaccionan a trompicones, a la defensiva- sino hasta
por los republicanos más ultra conservadores.
El problema no es solo que este
presidente ha sido pródigo en promesas que no sabe cómo cumplir,
sino que hay evidencia contundente de que Trump está lejos de ser el
negociador que dice ser.
El problema, preocupante en
extremo, es que el actual presidente de los Estados Unidos de
América no es un estratega de pensamiento profundo, respetable en su
consistencia, temible en consecuencia, sino que sigue siendo el
ególatra compulsivo que se lanza con los ojos cerrados contra la
pared a ver si le atina a una ventana.
El problema es que Trump es
además, y precisamente por ello, un pésimo gobernante.
Si el presidente, en lugar de
tratar de cumplir rimbombantes promesas electorales, si en lugar de
seguir los renglones de la ortodoxia republicana de la manera tan
torpe que lo hace -que daría risa si no fuera tan grave-; si en
lugar de andar a tropezones en las entrañas de una bestia política
que dice rechazar y a la que, obviamente, no comprende; si en lugar
de tuitear su bilis, de amenazar e intimidar a sus propios senadores
-si no aprueban esta propuesta están arriesgando su reelección, les
dijo-; si en lugar de ello hubiera creado una comisión que, con
rigor, paciencia, profesionalismo y objetividad (y ya es obvio que
los republicanos pasaron los ocho años de Obama quejándose y no
trabajando en una mejor idea para el sistema de salud), comisión que
diseccionaría el Obamacare, le extirparía lo que le sobra,
insertaría mejoras, puliría angulos, limaría asperezas, si tan
solo se hubiera concedido quizás un año de trabajo para todo ello,
el Presidente Trump sería recordado como el gran reformador que le
enmendó la plana a Obama y a los demócratas, para bien de los
americanos.
Lo cuál, y le ha tomado menos
de cien días para demostrarlo, parece ser mucho pedir.
En lugar de un pensador
confiable, de un líder sólido, atinado, lo que se ve es a un
diletante de aturdido pensamiento táctico; ni remotamente un
general, sino carne de cañón que no solo es un mal negociador
político, sino un gobernante errático que está marcando su gestión
con una capacidad increíble para dilapidar capital político.
***
El paradigma de una buena
negociación, ganar-ganar, sucede cuando todas las partes
involucradas ven sus expectativas satisfechas.
Una mala negociación, ganar-perder, tiene lugar cuando, al levantarse de la mesa, alguien se marcha contento y otro disgustado, porque uno se lleva mucho y el otro poco.
Pero el absurdo total, la-no negociación, resulta finalmente en aquella en la que nadie gana.
Perder-perder, es esta extraña
transacción que ahora vemos donde, ni republicanos ni demócratas,
ni gobierno ni gobernados, están hoy mejor que antes de este otro
descalabro político de este nuestro presidente.
Presidente, constructor de
campos de golf y rascacielos, presta-nombres para una decena de
libros de autocomplacencia que describen cómo ser exitoso a lo Trump
y cómo hacer a los Estados Unidos un país mejor.
Negociador que dice va a esperar a que el Obamacare explote, que entonces vendrán a él, insiste, all those great, wonderful people, a pactar con él, con el gran negociador de contratos de albañilería que, la verdad, no parece tener idea de cómo negociar, para gobernar, y no hacernos que todos perdamos en el intento.
Negociador que dice va a esperar a que el Obamacare explote, que entonces vendrán a él, insiste, all those great, wonderful people, a pactar con él, con el gran negociador de contratos de albañilería que, la verdad, no parece tener idea de cómo negociar, para gobernar, y no hacernos que todos perdamos en el intento.
lunes, 20 de marzo de 2017
LIII
El envase que me porta está de
aniversario.
También lo están las cosas por acá
adentro, claro; unas aun siguen funcionando como
el primer día; otras, ya a media máquina, como
esas células estropeadas que ya no alcanzan a procesar los azúcares
que, idiota de mí, les proporciono en demasía.
Las cosas han cambiado,
les digo: hay menos cabello, más grasa, menos testosterona,
más piel fláccida, menos musculatura, más arrugas, las córneas ganando en rigidez, las encías en retirada, un oído perdiendo
decibeles, ansiedades varias, temores, y
algunas cosas que ya no las recuerdo tal y como eran, lo cual sé, pero no
puedo demostrarlo.
Se trata, pues, de lo
cotidiano.
Y mientras transcurre ese deterioro que llamamos vida adulta, observo,
curioso; me divierto con mi vida, con lo que puedo, lo que me
invento, lo que leo, veo y escucho. Todo -casi todo- me resulta
interesante; no renuncio a nada, me arrepiento de mucho. Pienso
demasiado, que me gusta tanto como el pan, y leo menos, lo cual me
frustra.
Están entonces, decía, mi envase y
sus engranajes celebrando cincuenta y tres años de haber echado a
andar, y yo, veinteañero impenitente, le doy ánimos, le digo, no
jodas, dale, que nos queda mucho por hacer.
Felicidades nos deseo pues
a envase, contenido y espíritu que, por más que vayamos por tiempos
diferentes, vamos juntos.
viernes, 17 de marzo de 2017
Trumpspiracies
Insiste, a pesar de que el Comité de
Inteligencia del Senado dice no tener ninguna evidencia al respecto.
Insiste, a pesar de que tampoco hubo
evidencia de los tres millones de votantes ilegales.
Y así, nada menos que el presidente de
los Estados Unidos de América, cada vez que tiene un arranque de ira
porque la realidad no se corresponde con sus deseos, dice lo que
le viene a la mente, porque leyó algo en algún libelo de
ultraderecha, se lo escuchó a un alucinado radio host conservador o,
lo que no es peor sino igual de terrible, alguien se lo susurró al
oído.
Cada vez que lo hace, pone en marcha, de
manera tan irresponsable que da vergüenza, si no es que miedo, a la
poderosa maquinaria del poder legislativo y el Gobierno Federal, como
si ello fuera un juguete personal, para que traten otros de comprobar cada infundio y teoría de conspiración, mal usando tiempo, recursos y
pericia de legisladores y funcionarios.
Engaña con ello, manipula con sus vacías
acusaciones a sus seguidores a los que después, tras cada revés,
reune en anacrónicos mítines electorales para nutrirse de nuevo con
aplausos y vítores cual vedette venida a menos.
Inevitablemente, recuerda tanto a aquel
que usaba a su país y sus ciudadanos para caprichos y compulsiones,
grandilocuentes pesadillas de ineficencia, al cosechador en jefe de
fracasos; ambos, Trump y él, de esa sub-clase que lleva la marca lívida de
los dictadorzuelos intoxicados de poder.
miércoles, 15 de marzo de 2017
Trump 1 - Maddow 0
De todo este fiasco que
protagonizó anoche Rachel Maddow en su show homónimo, en MSNBC, hay un par de asuntos que vale la pena
considerar:
La negativa de Trump a
mostrar su declaración de impuestos, si
bien está dentro de sus derechos, despierta atención generalizada
porque, en primer lugar, quién nada oculta, nada teme, y en segundo
lugar porque los funcionarios públicos, entre los que se encuentra
el cargo de Presidente, deben ofrecer toda la transparencia posible
ante la ciudadanía, y Trump se ha negado a tal procedimiemto.
El
presidente de los Estados Unidos se ha negado a tal procedimiento.
Piensen en eso.
Es de
esperar entonces que una noticia sobre dichos impuestos sea algo de
máximo interés, y es por ello que Maddow, al parecer sucumbiendo a
la tentación del “palo periodístico” y el rating, creó en la
tarde-noche de ayer un furor de expectativas para al final
reportar... nada.
Que haya
sido eso una trampa que le tendieron y en la que cayó mansamente, no
lo creo ni por un segundo; no es ella nada tonta: más bien es
partícipe de esa histeria anti-Trump, cada vez más hueca y mas
nociva a la causa del liberalismo y los demócratas.
Pero, más interesante
que el papelazo de Maddow, es saber quién filtró la información.
¿Alguien que simplemente
se tropezó con la W-4 de Trump del 2005 y, sin leerla tal vez, o
leyéndola y no entendiendo, decidió que aquella era la información
esclarecedora que todos quieren ver?
¿O fue el equipo de
Trump el que decidió filtrar intencionalmente esa declaración de
impuestos del año 2005, a sabiendas de que nada reprobable habría
ahí?
Y si este fuera el caso,
¿por qué lo harían?
La única razón que se
me ocurre es que lo hayan hecho como un intento pueril de desvirtuar
las sospechas sobre los impuestos de Trump (2005, really?), o que lo
hicieran para que precisamente la prensa liberal, con ridícula saña,
se lanzara sobre un señuelo, o sea, lo que hizo Rachel Maddow, y
darle así pie al presidente a escribir otro tweet gritando “Fake
news!”, lo cual es uno de sus pasatiempos favoritos.
Ambas razones, sin
embargo, me parecen poco probables, aunque dada la irrascibilidad y
temperamento patológicamente vengativo de Trump, nunca se sabe, pues parece niñato que a todo el que se le opone, sea el New York Times, o un rapero intoxicado, lo tilda de “fracasado”, en el más clásico
estilo de una riña por unas canicas.
Tampoco me parece
plausible, como lo plantean algunos medios, que todo ha sido una
cortina de humo para ahuyentar de las primeras planas al fantasma de
los rusos en la administración Trump. Vamos: el presidente tiene
tanto material polémico para las primeras planas que necesitaría
algo mucho más sustancioso que una anodina declaración de
impuestos.
Dejando entonces a un
lado los motivos por el momento, lo que me resulta interesante es
que, de haber sido el equipo de Trump el responsable de la
filtración, por qué no publicaría alguna otra declaración de
impuestos, más reciente.
¿Estarán entre esas las que
Trump no quiere mostrar, por ocultas razones que a todos nos
interesan?
¿Sería entonces Trump el que
autorizó personalmente la “filtración”?
¿Estaría entonces el
presidente tratando de ocultar a la opinión pública algo
fiscalmente impugnable?
¿Se puede confiar en este
hombre, que además de arrojar dudas sobre su honestidad financiera,
lanza acusaciones de extrema gravedad y sin sustento, mostrando un
escasísimo sentido común, por no mencionar el daño que causa a la
imprescindible dignidad del cargo de Presidente que representa a los Estados
Unidos de América y sus ciudadanos?
De ese tipo de preguntas se
deben ocupar los Maddows de este mundo, y no del sensacionalismo que
le ha ganado a NBC, merecidamente, la mofa de uno y otro lado del debate político.
jueves, 2 de marzo de 2017
Observación anodina de jueves ventoso
Las lecturas, para el que
escribe, son ventanas de doble filo.
Se puede escribir, gozoso, a la luz que
entra por ellas, o se puede escribir acerca de ellas una letanía plagada de citas sosas y nombres muertos.
viernes, 24 de febrero de 2017
Yo me pregunto cómo aceptar a Trump
He leído, con el mismo placer
que siempre lo hago, un artículo del periodista Andres Reynaldo en
el Nuevo Herald de Miami titulado “¿Y todavía se pregunta por qué salió Trump?”
Es el segundo artículo -y muy
bien escritos ambos, por cierto- en esa publicación, en que el autor
de manera más o menos explícita declara su filiación en la
política americana; trumpista, diría él; trumpera, digo yo.
En este último trabajo, pues
hay un llamado a la coherencia y la resignación ante la realidad de
que Trump es, de los Estados Unidos de América, el presidente
(precisamente por coherencia no puedo usar una mayúscula, y ofrezco
mis disculpas por ello). Artículo dirigido, me percato, a los que se
golpean la cabeza con la pared, a la vez que se desgarran blusas,
camisas y ropa interior, dejando ver su desnudez moteada de cosa
lamentablemente ideológica.
Pero no porque el mensaje del
artículo de marras sea tan personalizado es necesariamente
impecable. Que de repente, mientras uno lee, siente que esa
convocatoria a la aceptación y resignación se parece demasiado, y a
la vez, al sermón dominical y a la arenga en la Plaza. Y no quiero
decir con ello que el autor comulgue con una cosa o la otra. No lo
conozco. Solo lo leo.
La resignación entonces no es
asunto que yo comparta, y tampoco lo es aceptar que Trump sea “una
opción de futuro”.
Se sabe, y me atrevo a pensar
que quizás el autor también así lo considere aunque no lo escriba,
que Trump es, si acaso, un accidente sociológico electo de manera
legítima por menos de la mitad de los votantes de un país escindido
en dos facciones profundamente politizadas; Trump, que es una
consecuencia, entre otras cosas -porque también se sabe que es en
primer lugar un engendro de la miopía demócrata- de la pasión por
el espectáculo tan íntimamente imbricada en las preferencias de los
norteamericanos.
Así es: nuestro presidente es
un showman con el que una mitad se deleita y del que la otra
se mofa. Mientras, el resto del planeta observa con estupor como el
timón del país más poderoso del mundo está en manos de un
diletante que obtuvo su licencia sin saber conducir.
Presidente, (y aquí no
quiero evitar la mayúscula, por no violentar las reglas
ortográficas) que tiene fascinación por los rich-and-powerful
hombres -dijo en alguna ocasión que su gabinete tenía el mayor
coeficiente de inteligencia de todos los tiempos, presumiblemente
incluyéndose a sí mismo en tal pléyade de genios sin temor a que el
promedio disminuyera. Presidente que entre sus admirados incluye además a un
Strong Hombre: Vladimir Putin.
Putin del que nos dice
Reynaldo “se anexó descaradamente Crimea a la sombra de la
incompetencia, la indecisión y el leguleyismo de Obama”; Obama, al
que nadie acusó de algo cuando le dió todo a Putin, sigue diciendo
el autor, que además le echa en cara a los no-trumperos que nunca se
hubieran preocupado por los crímenes de la KGB, agencia desaparecida
hace veinteseis años, pero que es capaz, ese incoherente lector, de
reprocharle a Trump, “que aún no le ha dado nada a Putin”, que
sea putinófilo ya que no rusofílico.
Sad.
***
Debo, por razones
precisamente de coherencia, hacer un paréntesis aquí.
Sin extenderme más
allá de lo razonable en los antecedentes del
entorno histórico, político y geográfico
Rusia-URSS-Ucrania-Crimea, es oportuno recordar que
la península de Crimea se convirtió en parte del Imperio Ruso en
1783, hace más de doscientos años, aproximadamente por la misma
época en que se fundaban los Estados Unidos como nación
independiente.
Tan solo después de la
Revolución Rusa, en 1917, le fue otorgado a Crimea el estatus de
República Autónoma dentro de los territorios que conformaban la
Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS. Posteriormente,
terminada la Segunda Guerra Mundial, Crimea fue degradada a la
categoría de “Región”.
En 1954 dicha Región de
Crimea fue transferida por la URSS a la entonces República
Socialista Soviética de Ucrania por razones, probablemente, de
cercanía geográfica.
Cuando en 2014 la Rusia
neo-imperial de Putin invade y expropia Crimea, siguiendo motivos
imperialistas, geopolíticos y estratégicos locales (la Flota Rusa
del Mar Negro tiene su sede en Sevastopol, Crimea), el 68% de la
población de esa región era de orígen ruso, seguido por los
ucranianos (16%) y los tártaros (11%). La mayoría de la población,
por razones obvias, le dió la bienvenida a Putin.
Cuesta ver entonces con
qué argumentos un Presidente de los Estados Unidos, llámese Obama o
Reagan, hubiera podido impedir, a más de 5000 millas de distancia y
un par de siglos de Historia, la anexión de una Crimea más rusa que
cualquier otra nacionalidad nada menos que... a Rusia.
Se puede entonces estar
de acuerdo (si se es ruso) o no (si se es cualquier otra cosa) con la
anexión de Crimea a Rusia, y tomar, o no, una postura crítica ante
un suceso a todas luces local.
Pero descalificar a los
que se escandalizan con la demostrada ingerencia de la inteligencia
rusa en la política y el proceso electoral de los Estados Unidos de
América porque, ¡ay, incoherentes!, no lo hicieron de la misma
manera ante los desmanes de la KGB en la Guerra Fría, ante la
anexión rusa de Crimea o ante el conflicto ruso-ucraniano, pues
resulta eso una suerte de igualitarismo oportunista que minimiza la
amenaza rusa a la seguridad nacional norteamericana, y eso tan solo
para apuntalar el argumento “aceptad a Trump entre vosotros”.
***
Aceptar a Trump entre
nosotros, además, no es tan simple como quedarse aferrados a que
Hillary fuese una mala candidata -pésima, en mi opinión- o a que
Obama haya sido un Presidente que de alguna manera propició el
actual cisma de la sociedad americana.
Para aceptarlo, hay que
comenzar por llamar a Trump por lo que es: un golem de la clase
decepcionada, un talking head de
los hartos de Obamas y Hillarys, una consecuencia del racismo
demócrata que dejó fuera de la fiesta panétnica al 62% de la
población del país: a los blancos.
También hay que admitir,
continuando en la aceptación con la necesaria coherencia e
imprescindible sensibilidad, que el presidente, nuestro presidente,
es una persona narcisista, compulsiva, inestable, de reacciones
pueriles y rencorosas, que no soporta la crítica, mucho menos la
oposición, y que aborrece nada menos que a la prensa, a la que no lo
alaba. Que es un bocón que usa un discurso chovinista y
ultranacionalista, discurso que es un animal cegato que abreva en las
diatribas ideológicas de una Ann Coulter y un Stephen Bannon, para
después marcar con tóxica orina el territorio de los trumperos más
pedestres.
Que es un presidente con
tan escasos recursos retóricos que califica a todo lo que le agrada,
sean personas, objetos o lugares, con cuatro o cinco adjetivos
tremendistas, los mismos siempre, lo cual empaña aun más su ya
notoria falta de credibilidad.
Hay que aceptar también,
así es, que Trump no creó la xenofobia ni el nacionalismo, pero que
los usó, a sabiendas o por azares de su discurso errático y
agresivo, y que los sigue usando como si siguiera en campaña, como
leña seca para avivar la hoguera del miedo de la América de clase
media baja y rural.
De la misma manera, para
ser consecuentes, habría que incluir en ese acto de comunión
trumpera que el mensaje de Trump se regodea en la más abjecta
xenofobia cuando afirma que los problemas -cualquier problema- en los
Estados Unidos comienzan con los inmigrantes.
Y finalmente hay que
admitir, como bien afirma Andres Reynaldo, que Trump, efectivamente,
no es causa sino consecuencia.
Nada de lo anterior ni
justifica ni mucho menos es motivo para aceptar a Trump a ciegas, no
se diga ya en silencio, simplemente porque fue electo de manera
legítima o porque, ¡ay!, si no se hace pareciera uno izquierdista.
En todo caso lo que se requiere y urge es todo lo contrario:
pensamiento crítico, oposición inteligente, ojo y pluma atentos
ante un presidente autoritario e impredecible, rodeado de ideólogos
republicanos de línea dura.
En lo personal, no acepto
que Trump sea la mejor opción republicana para la Presidencia, ya
sea porque es esa suerte de “reacción a la acción” de una ola
de descontento, o porque los demócratas se equivocaron -y se siguen
equivocando- en su estrategia.
Tampoco soy, debo
admitir, de los que se pregunta por qué salió Trump, porque lo tengo claro. Todo lo que me resta por decir es que, la verdad,
lo lamento mucho.
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