lunes, 20 de marzo de 2017

LIII

El envase que me porta está de aniversario.

También lo están las cosas por acá adentro, claro; unas aun siguen funcionando como el primer día; otras, ya a media máquina, como esas células estropeadas que ya no alcanzan a procesar los azúcares que, idiota de mí, les proporciono en demasía.

Las cosas han cambiado, les digo: hay menos cabello, más grasa, menos testosterona, más piel fláccida, menos musculatura, más arrugas, las córneas ganando en rigidez, las encías en retirada, un oído perdiendo decibeles, ansiedades varias, temores, y algunas cosas que ya no las recuerdo tal y como eran, lo cual sé, pero no puedo demostrarlo.

Se trata, pues, de lo cotidiano.

Y mientras transcurre ese deterioro que llamamos vida adulta, observo, curioso; me divierto con mi vida, con lo que puedo, lo que me invento, lo que leo, veo y escucho. Todo -casi todo- me resulta interesante; no renuncio a nada, me arrepiento de mucho. Pienso demasiado, que me gusta tanto como el pan, y leo menos, lo cual me frustra.

Están entonces, decía, mi envase y sus engranajes celebrando cincuenta y tres años de haber echado a andar, y yo, veinteañero impenitente, le doy ánimos, le digo, no jodas, dale, que nos queda mucho por hacer.

Felicidades nos deseo pues a envase, contenido y espíritu que, por más que vayamos por tiempos diferentes, vamos juntos.

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