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domingo, 29 de octubre de 2017

Actualizando modelos

El desgobierno cubano ha bajado otra de las barreras de ignominia que los cubanos interesados en visitar a su familia en Cuba debían salvar para hacer ese viaje tan filial como antiturístico, tan caro como accidentado, tan sofocante como, ¡albricias!, breve.

Otra etiqueta, esta vez la de “habilitación del pasaporte”, ha sido arrancada de la frente de -casi todos- los cubanos emigrados, que ya eran emigrados económicos más que gusanos, comunidad cubana en el exterior más que exilio apátrida, diáspora más que escoria.

De esa manera, ahora -casi todos- los emigrados económicos y sus descendientes pueden poseer el escuálido y costoso pasaporte cubano con solo solicitarlo. Cuba, y su asmática no-economía, te esperan.

Pueden además los cubanos exiliados, esos ex-desafectos que tengan mejor estatus financiero, navegar el Estrecho de la Florida, ahora hacia el sur, ahora con todo el glamour, en lanchas, yates y catamaranes, evitarse el tedio de los aeropuertos, atracar en las Marinas Turísticas Internacionales Hemingway y Gaviota-Varadero, rentar un auto, y recorrer, gozosos y privilegiados, los lugares nuevamente de la que fue y es la Cuba destrozada.

Pero eso no es todo.

También ahora los hijos nuestros, nacidos en Estados Unidos, España, México, y los mil lugares a los que huímos, pueden tener ciudadanía cubana sin necesidad de “avecindarse” en Cuba. Y sin el estampado infamante en el pasaporte que lo clasificaba como “habilitado”.

Qué honor.

Ciudadanos cubanos, adoptados, a distancia.

Y que, en lugar de escapar en una balsa clandestina y desesperada, arriban en yate a los santuarios donde alguna vez solo extranjeros, agentes, y putas tenían acceso irrestricto.

El modelo, les digo, se actualiza bajo presión.


***

En México, en plena asimilación cultural, muchos cubanos aprendimos que bañarse en las mañanas es razonable, agradable, higiénico y que elimina el hedor a sábanas sudadas.

También nos enteramos de que “no picante”, ahorita, culero, y pinga son conceptos diferentes allende en el lindo y querido.

Que se puede ser huero si no se es indio, que lo trigueño es blanco, que lo pinche no es de cocina y que el pelo chino es encaracolado.

No sucede de la noche a la mañana que uno entienda una cultura diferente, por supuesto. Se sabe, muchos países de la América de ellos tienen en común apenas el idioma. Vamos, que puede ser difícil hacer lo que vieres adonde fueres; y, si se está etnicamente aislado, sin asesoría, quizás sin prestar atención, le puede suceder a uno lo que a una cubana, casi colega, que usaba la palabra fondillo a diestra y siniestra, haciendo sonrojar a sus colegas mexicanos.

O le puede pasar lo que al multimillonario Yulieski Gourriel, rebautizado, misericordia mediante, como Yuli, y que, después de propinarle un jonrón, se burló del pitcher de ascendencia nipona-iraní Darubisshu Yū, americanizado a Yu Darvish.

“Chinito”, lo llamó, mientras con los dedos se estiraba los ojos, imitando el rasgo más distintivo de los asiáticos.

El insulto, innecesario y soez, fue captado por una de las cámaras de televisión en el tercer partido de la Serie Mundial entre los Astros de Houston y los Dodgers de Los Angeles.

Quizás nadie le ha explicado a Gourriel que en los Estados Unidos el tema étnico y racial es una llaga supurante.

Alguien debió señalarle -o quizás pudiera leer la prensa y enterarse de una buena vez- que, en los Estados Unidos de América, cualquier mención de raza o etnia minoritaria, sobre todo en público, y siendo una persona pública, enfocado por decenas de cámaras en uno de los eventos deportivos más importante y seguido en los Estados Unidos, es una pésima idea.

O quizás, siendo él mismo latino, mestizo, de Cuba, donde “el negro ese” es el calificativo más socorrido del racismo, debería recordar que la referencia racial es insultante, allá y aquí. Le urge saber, además, que, al decir de LeBron James, “no matter how much money you have … being black in America is tough”.

Dos cubanos entonces en la Serie Mundial de Beisbol 2017: uno, en asqueroso gesto, muestra la lengua y lame los bates; el otro se las da de gracioso de la manera más inapropiada, en el lugar menos adecuado.

Una buena noticia en todo ello, para bien del espectáculo: Gourriel no ha sido suspendido en la Serie Mundial -show must go on. El castigo fue diferido y el pelotero no jugará los primeros cinco juegos de la temporada 2018, dejando de ganar $322,581 de su salario de $12 millones de dólares.

La otra buena noticia, para bien de su familia, es que ya no necesitará un pasaporte etiquetado para ir a Cuba.

Los modelos, como les decía, bajo presión se actualizan.

viernes, 2 de junio de 2017

Let´s make America contaminated again

Tomé una asignatura en mis estudios de ingeniería que trataba sobre el control de la contaminación industrial.

No recuerdo siquiera al profesor o profesora -no me parecía muy importante el tema por entonces- pero un par de anécdotas se quedaron conmigo:

Una empresa de alimentos vertía sus desechos en un río. Después de varios intentos fallidos para que la compañía controlara la contaminación que provocaba, un juez ordenó que la toma del agua que la fábrica necesitaba para su proceso debía ser ubicada en el río aguas abajo de la tubería que vertía los desechos.

Se resolvió el problema.

Otra empresa, metalúrgica, en Europa, producía enormes cantidades de gases tóxicos y de combustión. La legislación del país no la afectaba pero los países vecinos se quejaron en una corte internacional y demandaron indemnización. La compañía pagó sus multas y continuó contaminando.

Se resolvió el problema.

Ayer el presidente Trump anunció que los Estados Unidos se retira del Acuerdo de París.

Apiló el presidente, entre repugnantes adulaciones y tibios aplausos, argumentos de corte nacionalista, declaraciones patrioteras, pininos electoreros -I happen to love the coal miners, dijo- y seguidamente retiró el compromiso de los Estados Unidos de América de reducir emisiones de gases para evitar el aumento de la temperatura en el planeta.

A tiny, tiny amount, esa reducción de temperatura, le explicó Trump con expresión hastiada a cortesanos y televidentes. Y que no vale la pena, dijo. Vamos, ni siquiera blandió la bandera medieval republicana y negó de plano el calentamiento global. Solo declaró que no contaminar no es America First y que, insistió, no vale la pena.

Tan falaz fue el discurso que no se atrevió a mencionar que el declive de la industria del carbón se debe a que el gas natural es más barato y menos contaminante, y no a políticas medioambientales. O que el mercurio que contamina suelos, flora y fauna en los Estados Unidos se debe precisamente a la quema de carbón.

Pero dejemos a un lado el discurso republicano que descalifica el calentamiento global, esa ciencia republicana cuya prueba más contundente es la negación: la retirada del Acuerdo de Paris es solo una concesión a la gran industria americana, just bussiness, como lo es la sustitución del carbón por gas natural.

Es, sépase, el banderazo para que haya empresas que puedan verter sus residuos en el río, para que por las chimeneas escape todo el gas y el humo que, segun el presidente, traerán más trabajo porque, dice el infeliz, it´s time to make America great again.

El aquelarre trumpo-republicano va durar cuatro años, ocho si los demócratas no encuentran su camino o si los republicanos no terminaran por acopiar el decoro necesario para desbancar a su fantoche.

Nuestro país, y el planeta, pueden sobrevivir ocho años de Bannons, Scott Pruitt -ese lamentable Administrador de la EPA- y, claro, de trumpismo, que va extinguirse por razones de fuerza mayor. Muchos tenemos la esperanza que lo que siga sea menos vergonzoso para los Estados Unidos que el circo de tres pistas que anima Trump.

Porque después, todo regresara a otra normalidad. 

Después, quedará resuelto el problema.

viernes, 17 de marzo de 2017

Trumpspiracies

Trump insiste en su denuncia de que fue espiado durante la campaña electoral.

Insiste, a pesar de que el Comité de Inteligencia del Senado dice no tener ninguna evidencia al respecto.

Insiste, a pesar de que tampoco hubo evidencia de los tres millones de votantes ilegales.

Y así, nada menos que el presidente de los Estados Unidos de América, cada vez que tiene un arranque de ira porque la realidad no se corresponde con sus deseos, dice lo que le viene a la mente, porque leyó algo en algún libelo de ultraderecha, se lo escuchó a un alucinado radio host conservador o, lo que no es peor sino igual de terrible, alguien se lo susurró al oído.

Cada vez que lo hace, pone en marcha, de manera tan irresponsable que da vergüenza, si no es que miedo, a la poderosa maquinaria del poder legislativo y el Gobierno Federal, como si ello fuera un juguete personal, para que traten otros de comprobar cada infundio y teoría de conspiración, mal usando tiempo, recursos y pericia de legisladores y funcionarios.

Engaña con ello, manipula con sus vacías acusaciones a sus seguidores a los que después, tras cada revés, reune en anacrónicos mítines electorales para nutrirse de nuevo con aplausos y vítores cual vedette venida a menos.

Inevitablemente, recuerda tanto a aquel que usaba a su país y sus ciudadanos para caprichos y compulsiones, grandilocuentes pesadillas de ineficencia, al cosechador en jefe de fracasos; ambos, Trump y él, de esa sub-clase que lleva la marca lívida de los dictadorzuelos intoxicados de poder.   

miércoles, 15 de marzo de 2017

Trump 1 - Maddow 0

De todo este fiasco que protagonizó anoche Rachel Maddow en su show homónimo, en MSNBC, hay un par de asuntos que vale la pena considerar:

La negativa de Trump a mostrar su declaración de impuestos, si bien está dentro de sus derechos, despierta atención generalizada porque, en primer lugar, quién nada oculta, nada teme, y en segundo lugar porque los funcionarios públicos, entre los que se encuentra el cargo de Presidente, deben ofrecer toda la transparencia posible ante la ciudadanía, y Trump se ha negado a tal procedimiemto.

El presidente de los Estados Unidos se ha negado a tal procedimiento. Piensen en eso.

Es de esperar entonces que una noticia sobre dichos impuestos sea algo de máximo interés, y es por ello que Maddow, al parecer sucumbiendo a la tentación del “palo periodístico” y el rating, creó en la tarde-noche de ayer un furor de expectativas para al final reportar... nada.

Que haya sido eso una trampa que le tendieron y en la que cayó mansamente, no lo creo ni por un segundo; no es ella nada tonta: más bien es partícipe de esa histeria anti-Trump, cada vez más hueca y mas nociva a la causa del liberalismo y los demócratas.

Pero, más interesante que el papelazo de Maddow, es saber quién filtró la información.

¿Alguien que simplemente se tropezó con la W-4 de Trump del 2005 y, sin leerla tal vez, o leyéndola y no entendiendo, decidió que aquella era la información esclarecedora que todos quieren ver?

¿O fue el equipo de Trump el que decidió filtrar intencionalmente esa declaración de impuestos del año 2005, a sabiendas de que nada reprobable habría ahí?

Y si este fuera el caso, ¿por qué lo harían?

La única razón que se me ocurre es que lo hayan hecho como un intento pueril de desvirtuar las sospechas sobre los impuestos de Trump (2005, really?), o que lo hicieran para que precisamente la prensa liberal, con ridícula saña, se lanzara sobre un señuelo, o sea, lo que hizo Rachel Maddow, y darle así pie al presidente a escribir otro tweet gritando “Fake news!”, lo cual es uno de sus pasatiempos favoritos.

Ambas razones, sin embargo, me parecen poco probables, aunque dada la irrascibilidad y temperamento patológicamente vengativo de Trump, nunca se sabe, pues parece niñato que a todo el que se le opone, sea el New York Times, o un rapero intoxicado, lo tilda de “fracasado”, en el más clásico estilo de una riña por unas canicas.

Tampoco me parece plausible, como lo plantean algunos medios, que todo ha sido una cortina de humo para ahuyentar de las primeras planas al fantasma de los rusos en la administración Trump. Vamos: el presidente tiene tanto material polémico para las primeras planas que necesitaría algo mucho más sustancioso que una anodina declaración de impuestos.

Dejando entonces a un lado los motivos por el momento, lo que me resulta interesante es que, de haber sido el equipo de Trump el responsable de la filtración, por qué no publicaría alguna otra declaración de impuestos, más reciente.

¿Estarán entre esas las que Trump no quiere mostrar, por ocultas razones que a todos nos interesan?

¿Sería entonces Trump el que autorizó personalmente la “filtración”?

¿Estaría entonces el presidente tratando de ocultar a la opinión pública algo fiscalmente impugnable?

¿Se puede confiar en este hombre, que además de arrojar dudas sobre su honestidad financiera, lanza acusaciones de extrema gravedad y sin sustento, mostrando un escasísimo sentido común, por no mencionar el daño que causa a la imprescindible dignidad del cargo de Presidente que representa a los Estados Unidos de América y sus ciudadanos?

De ese tipo de preguntas se deben ocupar los Maddows de este mundo, y no del sensacionalismo que le ha ganado a NBC, merecidamente, la mofa de uno y otro lado del debate político.  

jueves, 12 de enero de 2017

La hora buena

Los demócratas siguen sangrando. Se flagelan, arañan las paredes, se desangran. Y lo que es peor: tanto disfrutan el desangramiento que han perdido clase, oportunidad y, de seguir por ese camino, perderán también credibilidad.

Donald Trump ganó la presidencia de los Estados Unidos y eso es, ya se sabe, lamentable, absurdo, pero sobre todo es irreversible, al menos por cuatro años. Es entonces momento, ya ha sido momento desde hace un par de meses, de detener los plañidos, dejar a un lado las pataletas, y reinventarse con urgencia pues, lo que estaba inventado, obviamente, ya no funciona.

Los demócratas perdieron. La Era Clinton terminó. Y, al decir anglo, deal with it.

Me parece de muy poco oficio y raciocinio lo que ha estado sucediendo, esa absurda insistencia en atacar a Trump a sabiendas de que nada va a cambiar por ello. Curiosamente, lo mismo le hicieron a Obama, y el único resultado fue mostrar a los republicanos, en particular a los antiobamistas, en la peor luz -sombra, debiera escribir- posible: la de la intransigencia, el atrincheramiento partidista y el fanatismo ridículo.

Hay que detener esa tendencia. Hay que deshacerse de esas actitud de mal perdedor. Hay que dejar de leer el Huffington Post, que ya es tan libelo como Breitbart News o RT. Tampoco vale la pena que los presentadores de los sempiternos “late night shows” se desgasten noche tras noche tratando de encontrar frases ingeniosas para ridiculizar a Trump y sus circunstancias. Vamos, ni siquiera hay mérito en ello; Trump, y no pierde oportunidad para confirmarlo, ¡es tan fácil de criticar!

Su falta de planes para sus ideas -y viceversa-; su discurso, tan básico, tan de adjetivos, donde todo es tan “terrific, tremendous, magnificent” que tal parecen instrucciones para decorar con más dorados, brillos y luces su entorno a la Liberace; su falta de medida y astucia, su calidad de advenedizo que se solaza en su boconería, colegial presto a enzarzarse en escaramuzas verbales a la menor provocación, venga de una actriz militante, un comediante mordaz, o un jefe de Estado; el soberbio que no admite crítica ni oposición; el autoritario que llama a cerrar espacios de prensa; el marrullero que se niega a mostrar sus impuestos; el ignorante que, a falta de soluciones, anuncia demoliciones.

Ese hombre es el presidente que viene, que ya está aquí.

Controlar ese ego inflamado, narcisista, y tan poco “presidencial”, es un reto enorme para el equipo de trabajo de Trump y yo espero, por el bien de todos, que sus asesores tengan éxito al menos moderado en ese empeño. Cerrar su cuenta de Twitter sería un magnífico comienzo, por ejemplo.

Pero, en todo caso, nada de eso es tarea de los demócratas.

Los demócratas ahora son oposición. Tienen que mirarse en el espejo con luz abundante y ojo crítico. Perdieron el poder porque perdieron el rumbo, porque su discurso fue autocomplaciente, porque se concentraron en las diferencias y no en lo común, porque su candidata era pésima; porque el poder -que, ya se sabe, corrompe- encandila, aturde y embota el filo.

Y deben hacer todo ello sin quitar el dedo del renglón. Ahora menos que nunca.

Trump necesita oposición, chequeo, contrapeso en serio en el pugilato político, y no brete ni ataques más amarillistas que sustanciosos. Se requiere a la prensa más que nunca -más objetiva y minuciosa que nunca, puntualizo. Hay demanda por senadores y representantes menos de su partido y más de su profesión. La sociedad, en estado de alerta, y no divertida con el showman que es Trump; los norteamericanos, enterados de que a los Estados Unidos desde ya les urge un Presidente, con dignidad, mérito y mayúscula.

No solo el Partido Demócrata y sus afiliados tienen por delante ese camino cuesta arriba; también lo tienen los Republicanos con el raciocinio suficiente para ver en qué ha terminado la institución presidencial en nombre de su partido.

Y, en última instancia, lo tenemos todos los ciudadanos de los Estados Unidos, que estamos a la merced de un payaso narcisista.

Hay entonces que dejar a un lado rencor, lamento y grandilocuencia: ya es la hora buena y el reto, para toda la clase política, para la sociedad norteamericana, es buscar cómo contener a Trump, y eventualmente encontrar el remplazo urgente para ese error que, ya a punto de comenzar su reality show, nos muestra los dientes, amarillos de arrogancia, en la pantalla de la televisión.

jueves, 10 de noviembre de 2016

The Trumpvolution

La democracia, ese lujo griego, ha propiciado el surgimiento y perdurabilidad de las sociedades más pujantes y exitosas del planeta. Bajo su cobijo florecieron la tecnología moderna, la ciencia, los más impresionantes inventos y descubrimientos; la esperanza de vida de los humanos se duplicó, las libertades proliferaron, leemos menos, comemos más e Internet nos esclavizó.

La democracia, esa dama juguetona de ojos vendados, también ha engendrado otros asuntos, menos elegantes: nacionalsocialismo, chavismo, orteguismo, tiranuelos, sátrapas, dictadores, abortos de toda laya. Porque la democracia, tantas veces sobrestimada, es solo un vehículo.

Vehículo imprescindible, impredecible, que nos acaba de regalar, además, a Donald Trump.

Todo lo que necesitó Trump para ser electo fue un ejército de “bernibros” renegados que se negó a votar por su rival, Hillary Clinton, y otro, mucho más numeroso e importante, la clase media trabajadora, blanca, mayormente rural, que salió el martes en masa a elegir al Presidente que les había estado prometiendo otro país, donde ya no van a vivir tan asustados, tan acosados por recien llegados; un país protegido por muros y nacionalismo a ultranza; uno que, les dijo, va a ser “grande otra vez”.

“Make America great again”, les dijo, y la América blanca, la profunda, la del maíz, la papa, Mac-and-cheesse y pastel de manzana, salió a rescatar a ese hombre que los convenció de que la America beige es una abominación; que les prometió que él, el Presidente Donald Trump, les va a construir una cerca para proteger sus jardines y su barbecue.

Y les gustó lo que escucharon.

***

El día después de las elecciones mis colegas, todos republicanos, de suburbio, de medianas calificaciones y aun más mediano dicernimiento, se alegraban de que, por fin, van a meter en cintura a ese problema migratorio, causa de todos los males, ese que, a decir del flamante presidente, ha minado la grandeza del país.

“No es tu caso”, me dijo presuroso uno de ellos, en tonillo conciliatorio, “Ustedes (los cubanos) llegan aquí por vias legales...”

Sin ánimo de antagonismo le expliqué brevemente que no es así.

Que también cruzamos fronteras y e intentamos entrar a los Estados Unidos de manera ilegal. Que solo la política de confrontación entre Cuba y Estados Unidos, y su consecuencia, la admisión casi incondicional como refugiados, y la Ley de Ajuste Cubano, nos convierte en inmigrantes “legales”.

Que es un proceso que no discrimina; que hay entre los cubanos inmigrados, le comenté, gente valiosa, pero que también hay mucha morralla. Que, esencialmente, no somos en nada diferentes del resto de los emigrantes.

Y que, además, por razones totalmente ajenas al discurso trumpista, por motivos estrictamente relacionados al diferendo Cuba-Estados Unidos, una parte de los cubanos vota por los republicanos. (¡Bien por ellos!, dijo una muchacha)

Seguidamente comenté que Trump hereda dos o tres guerras, la Rusia de Putin, el terrorismo Islámico, una China cada vez más poderosa. Que ni una sola vez había mencionado el ahora presidente un plan, una idea, de cómo llevar a los Estados Unidos a ser, en política exterior y a nivel mundial, “great again”.

Y que, en mi opinión, es un inepto.

Me observaron unos instantes, indiferentes, como si les hablara de alguna oscura teoría, compleja y árida, y la conversación derivó hacia otros tópicos.

***

La carrera presidencial de este año de gracia 2016 no fue sobre cómo abordar y resolver problemas tanto internos como externos: terminó siendo un asunto de odios, razas, étnias, sinrazones y el chovinismo más elemental.

Consecuentemente, los que eligieron al presidente, esperan el cumplimiento de las más frecuentes letanías electoreras que fueron dictadas en los infinitos mitines políticos una y otra vez, y donde tres de los cinco puntos fundamentales de la promesa trumpista tienen que ver con una postura fundamentalmente nacionalista:

- El muro entre México y Estados Unidos.
- La prohibición de inmigración musulmana.
- La revisión a fondo del Tratado de Libre Comercio de Norteamerica y del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica.

Los otros dos, enjuiciamiento y cárcel para Hillary Clinton y el desmontaje del Obamacare, tampoco se relacionan con el ideario republicano, sino con una doctrina de confrontación, “anti-demócrata or burst”.

No hay mucho más de lo que haya hablado Trump, mucho menos de cómo va gobernar el país, o mantenerlo en el papel de preponderancia internacional que necesita. No en balde Vladimir Putin se ha mostrado tan regocijado por el resultado electoral.

¿Pueden entonces más de 59 millones de personas estar equivocadas?

Sí. Ya ha sucedido antes.

El catolicismo medieval y su Inquisición, la Revolución de Octubre, el Tercer Reich, el maoismo y su Revolución Cultural, George W. Bush, el Islam radical: siempre hubo, hay, y habrá, millones de personas listas para equivocarse en nombre de las ideas que, en su momento, les parecen las correctas. O que les hacen creer que lo son.

El vehículo para instaurarse en un error histórico pueden ser la violencia y las revoluciones; en otras ocasiones, la democracia. Porque la democracia, sépase, es tan deseable como falible, como todo lo humano.

El resultado de todo ello es que Donald Trump, electo por el sistema del que dijo hace apenas unos días que estaba amañado, es el nuestro y agrio presidente.

Inquietante como es en su ineptitud, pero, si le va bien, nos va bien, y por ello le deseo mucho éxito. Vamos, no es cuestión de pasarse los siguientes cuatro -¿ocho?- años, muy al estilo de los anti-Obamistas furibundos, culpando a Trump por la economía, el clima y la eyaculación precoz, sino deseando que todo salga bien.

Que salga bien, entonces, es todo lo que queremos.

Pero, si así no fuera, tampoco hay que desesperar; en el peor de los casos sería solo “The Trumvolution”: ocho largas temporadas de un vergonzoso reality show.

martes, 6 de septiembre de 2016

Atraco

No es que yo piense que las cosas deban ser gratis.

Vamos: yo sé, nosotros los cubanos sabemos, que lo gratis no funciona.

Un auto, una casa, una chuleta, me las venden porque quieren mi dinero. Eso está bien. Eso es intercambio, de mi dinero por algo de calidad, que eleva mi nivel de vida, y viceversa. Incluso, a veces solo es algo Made in China, adocenado, barato, pero al final uno paga por ello un precio razonable y el comerciante, y el fabricante, y sus empleados se hacen con una parte de mi dinero. Y eso, insisto, está bien.

También pienso que el que estudió universidad en Cuba debe pagar por recibir las notas y el plan de estudio para ser usados en el extranjero. ¿Por qué no? Es un servicio más por el que hay que pagar.

Tomo como ejemplo que, en fecha reciente, mi alma mater, allende en Europa del Este, me envió a Nueva York mi plan de estudios y notas, un par de papeles que me sirvieron para validar mi ingeniería, y hasta una maestría adicional a la que ya tenía, todo por apenas cuarenta euros, envío incluido.

Pero Cuba, por su parte, con la misma indecencia que propone un carro de segunda, y de uso, en cientos de miles de dólares, vende el mismo trozo de papel con información que, por demás, nos pertenece, y lo hace a un precio exorbitante.

Cuba, a sus nacionales los despoja, los atraca a pleno sol, con esa estafa que arma el desgobierno cubano a través de esa cosa llamada consultoría jurídica, cosa de nombre rimbombante en paisito mierdero, y que no es más que otro pedazo de la fachada del conglomerado de instituciones y regulaciones que no tienen otro propósito que esquilmar a los cubanos exiliados que aun tienen a su familia como rehén en Cuba.

Casi seiscientos dólares ($600) por sus notas y plan de estudio, por un par de cuartillas de papel, ha tenido que pagar mi hija allá en Cuba. No me jodan.

No digo nada nuevo al recordar aquí que el desgobierno cubano es escandalosamente incapaz de hacer funcionar algun tipo de economía. Muy al contrario, ha demolido las infraestructuras, ha aniquilado la voluntad individual; se ha dedicado, como puta venida a menos, a ser el mantenido del mecenas de turno.

Tal parece que lo que sí se le da a ese bodrio es la esterilización de tierras; tal parece que por allá las lluvias siempre hacen daño, que el clima siempre es adverso, que las semillas no germinan, que los animales no copulan, que los peces también han huido a otros lugares, donde los saben pescar.

Entonces, aplastado por su descomunal ineptitud, el desgobierno, en su desesperada búsqueda de dinero ajeno, nos explota a los que hemos tenido la oportunidad para rehacer nuestras vidas, y el talento para ganar el dinero necesario, lejos de toda aquella porquería de país, pero que aun, por desgracia, tenemos allá a alguien que nos necesita

Mi buena noticia es que cada vez me queda menos tiempo para cerrar, de una vez y por todas, ese capítulo. Mis hijas vienen en camino y, el día que por fin lleguen a los Estados Unidos, el desgobierno cubano perderá a este vasallo y su diezmo.

Mientras, me resingo en la madre de todos ellos.

jueves, 18 de agosto de 2016

Oficio de papagayo

Hay una buena parte del exilio cubano que ha reconstruido su vida, y la de su familia, viviendo de manera digna y decorosa.

El exilio cubano que, se sabe, subvenciona en buena medida la economía cubana.

El exilio cubano, variopinto como es, que cuenta además con una inmensa cantidad de exitosos profesionales, empresarios, intelectuales, deportistas, y artistas. Tengo el privilegio de conocer a algunos personalmente, y a varios los puedo llamar amigos.

A todos ellos, a todos nosotros, que ostentamos, y con orgullo, diversas ciudadanías, a todos los que salimos de Cuba porque nuestro talento, vida y futuro estaban sofocados bajo la mole de escombros que apiló sobre nosotros el desgobierno de la isla, nos llama, los llama “ex-cubanos”un impresentable personajillo de la claque oficialista cubana, un tal Randy Alonso.

El triste vocero llama ex-cubanos a los deportistas cubanos que, bajo la bandera de otro país, compitieron en las Olimpiadas. Por extensión, nos llama ex-cubanos a los que tuvieron, tuvimos, la oportunidad y el talento para salir de Cuba y hacernos de una nueva y mejor vida profesional y personal gracias a las oportunidades que en la isla no existen.

No sé a derechas quién es ese hombrecillo, ni cómo llegó a ser una suerte de voz y rostro de la oficialidad, confirmación por demás de que ese ente, la cosa oficial, es muy fea.

Tengo entendido que llegó a la televisión junto con las mesas redondas, y yo, que tuve la suerte adicional de librarme de conocer tales cosas al dejar Cuba en el año de gracia de 1997, pues me enteré de la existencia de este ejemplar de la nueva horneada panfletaria muchos años después, y eso solo porque tengo el hábito de leer en Internet sobre Cuba.

Este compañero debe haber sido sacado a flote por la putrefacción de la profunda crisis socioeconómica de los años noventa en Cuba: había entonces que ser muy desalmado para sentarse a defender lo indefendible, a manipular, a desinformar. Y hay que ser muy miserable para seguirlo haciendo todavía.

Nadie, y mucho menos alguien que no aporta nada a la cubanidad, al país, que no es capaz siquiera de ganarse la comida que consume, tiene la potestad ni la autoridad, moral o legal, para descalificar a un cubano tan solo porque este viva y prospere en otro lugar.

Vamos: uno ya no es de Cuba porque allá no vive y con toda probabiliad nunca más lo haga. Pero uno sigue siendo cubano, porque, como escribí casualmente hace unos días “tan solo por decir ´soy mexicano, soy español, soyamericano´, no se le desprende a uno la cubanía, que es costra,piel y entraña”.

Sirva esto para calar la mediocridad rampante de los informadores y de los medios de comunicación en Cuba, que siguen depredando amparados por el aparato oficialista y la total falta de libertad de expresión.




lunes, 15 de agosto de 2016

LPV in memoriam

En los aciagos años noventa del pasado siglo, en plenas carencias periodoespeciálicas, circularon resoluciones, orientaciones y ukases varios que llamaban a la frugalidad cuando se tratase de desayunos, almuerzos y cenas oficiales convocadas para agasajar extranjeros.

Variando de ministerio a ministerio, de ujier a ujier, unas exigían que por cada comensal extranjero podía sentarse a la mesa un cubano; otras prefererían el porcentaje y establecían que en las comelatas solo estaba permitido un treinta por ciento de famélicos nacionales.

Alguien me contó que en cierto ministerio, en cierto momento, llegó a manejarse un diez porciento, es decir, un cubano por cada nueve extranjeros, pero la complejidad de resolver tal ecuación para grupos menores de nueve echó por tierra tal ejemplarizante medida.

La idea era ahorrar, no despilfarrar, hacer más con menos, no dilapidar los preciados recursos que el Estado necesitaba para el pueblo y eso, y etcétera.

Me tocó verlo de cerca: unos británicos nos invitaban con insistencia a almorzar o cenar con ellos en la “casa de visita” y, a fuerza de estar apenados por tener que decirle una y otra vez que no, nos autorizaron a cuatro de nosotros a un almuerzo con aquellos tres ingleses. Fue la primera vez en mi vida que vi, los ojos dilatados por sorpresa y la boca inundada de saliva, un boliche mechado. Corría, lento, el 1993...

Hoy veo el escuálido medallero cubano en las Olimpíadas y no puedo menos que pensar que, detrás de esos deportistas. hay además de una institución gubernamental toda una delegación de funcionarios que van a Rio, con los gastos pagos, a ver si alguien los invita a un rodizio.

De aplicarse aquella matemática de fin de siglo de desamparo, que buscaba mantener a los cubanos lejos de la mesa y la copa, los porcentajes medalla/funcionario estarían en un orden fraccionario, algo así como aquellas guaguas atestadas, con gente colgando de puertas y ventanas, siendo la guagua la medalla y la multitud los burócratas del diezmado deporte cubano.

Vamos: que parece que, a la par de la extinción de la "potencia deportiva" , se le está secando la ubre a la vaca deportiva cubana...

lunes, 21 de marzo de 2016

Obama por su casa

La visita más importante que haya recibido Cuba -después de Cristobal Colón- está en curso. El visitante más importante que haya pisado la isla camina las calles de La Habana. Y de qué manera.

Claro, Usted puede pensar que, ey, espera: que han venido primeros ministros, Presidentes, que dos Papas, que Chávez con su petróleo, que Putin con su chequera, que primeros secretarios soviéticos a instalar un suero de vida en la vena escuálida de un país en coma.

Pero no, créame -y me disculpa lo tajante-: El Presidente Barack Obama es el visitante más ilustre, su visita la más relevante que haya recibido Cuba. Y el general se lo está perdiendo.

No sé cuál consideración diplomática determinó que el general recibiera al Papa sí, al Presidente de los Estados Unidos no. Quién sabe que se decidió en una sobremesa familar, o en una reunión con los solemnes mandarines subtropicales que desbarran sobre los destinos de Cuba y los cubanos. Pero ni siquiera es importante.

El Presidente Obama ha tomado La Habana sin disparar un tiro, y la gente lo aclama. Se pasea por el Malecón, a pie o en imponente comitiva, desanda las calles, cena en una paladar; desafía la lluvia que ahuyentó a los curiosos y que dejó el escenario inmaculado para el drama, como diseñado por Stanley Kubrick.

Camina La Habana entonces el Presidente, como Obama por su casa, mientras el dueño del inmueble se encierra en el último cuarto, bajo la cama, en perreta de estado. Obama saluda, sonríe a cubanos afortunados de poder verlo de cerca; otros cubanos, con menos fortuna, son reprimidos, golpeados, arrastrados a mazmorras solo por pedir que un general miserable y su séquito de inútiles salgan de una buena vez ese cuarto, de esa casa; que se marchen, por favor, que ya no regresen.

Si yo aun viviera en Santos Suárez, adonde Obama no irá -¡y con tanta falta que le hace a esas calles bombardeadas!-, sintiera vergüenza. O más vergüenza. Por la obvia pequeñez de los desgobernantes cubanos. Por los que reciben una bofetada en mi nombre. Por la lluvia impertinente. Por la ciudad destruida.

Pero mi pena es a distancia. Lejos de los portales mugrientos, el Malecón desierto, y mi Presidente de turno.

Mi pena, Cuba, que no tiene remedio.  

martes, 29 de septiembre de 2015

Más de lo mismo

El general heredero le ha entregado al mundo, a través de su discurso en la ONU, otra pieza (defectuosa) de la oratoria clásica castrista.

Podía haberse quedado en casa, la verdad; ahorrarse ese dinero que se ha gastado en mover y alimentar a sí mismo y sus chambelanes cheos en pulovitos a rayas (la comida en Nueva York es cara en serio) y depositar esos dólares en las cuentas familiares que reposan en algún banco europeo. Porque fue ese un discurso cuya principal cualidad es ser olvidable.

No voy a analizarlo en toda su extensión pues es más relleno que sustancia, pero hay que destacar un que otro de los desatinos que allí aparecen. Algunos rayan en el delirio, como pedir libertad para Puerto Rico (¿?), o compensación a los países caribeños por la esclavitud (¿?); otros son predecibles, como el alineamiento con Venezuela y Ecuador, o las Malvinas para Argentina. También le guiñó un ojito a Rusia-Putin, otro al ayatollah, y puso una cereza en su atolondrado pastel diciendo que espera que el pueblo sirio pueda resolver por sí mismo sus diferencias, sin injerencia externa. O sea, más o menos lo que está haciendo el ISIS.

Pero lo mejor del discurso es sin duda la lista de entuertos a desfacer por parte de alguna administración norteamericana (y parece que Obama está en buena disposición) para que se normalicen las relaciones -no entre el desgobierno y los desgobernados, porque se sabe que allá en Cuba son todos felices- sino entre Cuba y su enemigo imprescindible, los Estados Unidos.

Dice entonces el general heredero que “Ahora se inicia un largo y complejo proceso hacia la normalización de las relaciones que se alcanzará cuando se ponga fin al bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba; se devuelva a nuestro país el territorio ocupado ilegalmente por la Base Naval de Guantánamo; cesen las transmisiones radiales y televisivas y los programas de subversión y desestabilización contra Cuba, y se compense a nuestro pueblo por los daños humanos y económicos que aún sufre.”

Recuerda tanto este hombre y su cantinela a la fábula del rey que apila obstáculo tras obstáculo al pretendiente de su hija, sólo que el general no es un monarca pintoresco sino un viejo aburrido.

En la recta final del alegato, pues aparece la mención inevitable al hermano, seguida de la parte más graciosa de la intervención, cuando el hombrecillo ofrece sus buenos oficios y dice que “Podrá contar siempre la comunidad internacional con la sincera voz de Cuba frente a la injusticia, la desigualdad, el subdesarrollo, la discriminación y la manipulación; y por el establecimiento de un orden internacional más justo y equitativo, en cuyo centro se ubique, realmente, el ser humano, su dignidad y bienestar.”

Vamos, que hay que tener la cara dura en serio.

De todo ese bodrio lo que se puede sacar en claro es que la pausa es la vocación del desgobierno. A no ser que Obama decida unilateralmente terminar por obviar todo lo repudiable y despreciable que son ese hombre, su hermano, su familia, su dictadura y sus acólitos, y le cumpla entonces cada exigencia con la diligencia de amante desesperado, será más de lo mismo pues el general no va a ceder un ápice en aperturas políticas ni los cubanos tampoco harán nada para que esto suceda.

En fin, otro discurso inútil.

martes, 22 de septiembre de 2015

Ni peras al olmo, ni cubanía al Papa

Bueno, creo que ya de alguna forma lo he dicho, pero me voy a repetir con mucho gusto: no entiendo qué esperaban muchos de la visita de este Papa a Cuba.

Es ya el tercer Papa que va a la isla, arma su tinglado en la plaza, visita a la virgen, recita discursos, declama frases sonoras y sabias sentencias, que son tan similares que parece que las tres veces ha ido la misma persona. Por supuesto, porque es la iglesia católica la que ha hablado en cada ocasión, no los Papas.

Pero no hay que confundirse: ni este Papa, ni los que estuvieron antes que él, han traicionado a nadie. Ellos siguen simplemente la proyección que mantiene a la iglesia católica como la fuerza política y social de importancia que es: andarse por las ramas, no interferir, no enfrentarse; paz, sonrisas y bendiciones.

De tal manera, la disidencia fue ignorada por el Papa, porque de otra forma hubiera provocado una confrontación de la iglesia con el desgobierno cubano, y eso no es lo que hacen los Papas; resulta más fácil lanzar parábolas y perlas de sabiduría, consolidando la imagen paternal y conciliadora de la iglesia, a la vez que se reafirma la inutilidad política de la visita.

Pero no puedo menos que pensar en Karol Wojtyla, Juan Pablo II, el Papa con bonachón rostro de campesino.

Ese nunca perdió de vista qué era lo más importante para sus coterráneos y su país de origen; fue el Papa que impulsó y apoyó el pensamiento de inconformidad, que fomentó la unidad nacional ante el gobierno totalitario, hasta que Polonia por fin se quitó de encima a los comunistas, dando vítores a su polaco mayor.

Obviamente, no es este el caso.

Ni este Papa es Wojtyla, ni habrá un Papa cubano -ni siquiera un cardenal- con la sotana tan bien puesta que haga con Cuba lo que hizo Juan Pablo II con Polonia. Y lo más importante: los cubanos no son los polacos que para poder reconstruir su nación se deshicieron -curiosa coincidencia- de un general dictador y secretario de Partido Comunista como era Wojciech Jaruzelski.

Nadie va a venir de afuera a resolver el asunto cubano, sea un Papa, un Presidente o un capitalista. Hay que dejar de injuriar y culpar a un hombre que no es cubano, que habla a nombre de una institución anodina como es la iglesia católica y que, en última instancia, no tiene por qué hacer lo que le corresponde a los cubanos.

Lo que nos resta es admitir, efectivamente, que todo este asunto añade un poco más de vergüenza, pero no al Papa, que es lo que es, sino a los cubanos, que somos, desgraciadamente, lo que somos.

martes, 25 de agosto de 2015

Siento un bombo, mamita, y no me están llamando

Parece que alguien los cría, e Internet los junta.

El Período Especial, que los acunó, y Fidel se lo cumplió.

Que dime a quién defiendes, y te diré quién eres.

Que Miami por momentos parece ser Cuba, y Cuba será lo que es hoy Miami. La misma gente, la misma cosa.

Que lo emigrado no quita nada: nada de nada.

Que dan pena los videos, los regetoneros, lo que pasa por cubanía, eso que acude cuando llama el bombo, y que acude como si saliera de alcantarilla.

Que da tremenda pena; una pena de pinga, vaya, para decirlo de manera que hasta ellos lo entiendan.

jueves, 13 de agosto de 2015

La puerta trasera

Kerry va a La Habana a celebrar con las nuevas amistades.

Vamos, que hay que hacerse un montón de preguntas cuando uno decide iniciar -o lo que es peor, reanudar- una amistad, sobre todo si ese nuevo amigo es un ex enemigo. O un adversario. O una tiranía.

Hay que hacer, además, un montón de concesiones; a sí mismo, en primer lugar. Entre ellas hay que convencerse que uno no es lo que es por con quién anda, sino por lo que piensa.

Porque piensa, por ejemplo, que la bronquita con el desgobierno de Cuba perdió vigencia -que no importancia, porque nunca la tuvo-; que, al decir del cantante, ya lo pasado, pasado; que lo de hoy es la distensión, limar asperezas, borrón y cuenta nueva, si te he visto no me acuerdo. Que mi mojito en La Habana y mi whiskey a las rocas en Washington.

Porque se ha arribado al fin a la conclusión de que el bloqueo no funcionó; que el experimento de más de medio siglo de duración -hay uno más largo, que observa la viscosidad y la formación de una gota de alquitrán, que cae cada sesenta y nueve años- arrojó como resultado que es más negocio, nunca mejor dicho, amigarse que seguir en el forcejeo.

Porque el negocio de los Estados Unidos es el negocio, y entonces Kerry va a La Habana a celebrar la nueva era que está naciendo sin corazón, ya que la anterior está al caer, como gota de pestilente alquitrán, porque ya Fidel está lo suficientemente muerto para que eso suceda; porque los herederos quieren dinero, mucho dinero, para su subsistencia; porque los lobistas en Washington presionan; porque Demócratas y Republicanos se han puesto de acuerdo por fin en algo: en que el desgobierno es perdonable; que ya no hay nada más que hacer.

O sí:  que hay, entonces, que celebrar, y que la disidencia cubana no vale la pena y por tanto no está invitada a la fiesta.

Y que entonces, como los empleados, deben usar la puerta trasera.




miércoles, 15 de julio de 2015

Hugo en la Habana

Hace apenas dos días alguien me comentaba, entusiasmado, que los chinos pretendían construir no sé si edificios, o campos de golf, u hoteles, o algo así, en Cuba.

No era importante lo que se construiría. Lo importante es quién lo haría. Y así lo hice saber, ¿Por qué entregarle la economía, la infraestructura cubana a extranjeros, en lugar de a cubanos?, intervine en la conversación. ¿Por qué no dejar que el empresariado cubano, nacional o emigrado, haga inversiones y mueva esa maquinaria mohosa e improductiva que es la economía cubana?

Eran un par de preguntas retóricas. Yo lo sabía, y lo sabían mis interlocutores. Todo lo que logré fue encerrar la conversación en un callejón sin salida y que, por lo tanto, se cambiara el tema.

Pero no me molesta seguir haciendo esas preguntas.

El miedo al empresariado cubano es parte de la misma pausa que mantiene inmóvil a todo lo demás. Es el miedo a Internet, a la información, a las libertades de prensa y expresión, a la alternancia política, a perder el poder. Porque mantener el poder, para conservar el cotidiano y aberrante estatus quo de la isleta, es el único fin de la clase desgobernante.

Por otra parte, abrir el país a inversionistas y empresarios cubanos emigrados sería admitir, tácitamente, que los cubanos exitosos viven fuera de Cuba, que tuvieron que abandonar el país para ser tales, y que a pesar de huevos, piedras, mítines de repudio y humillaciones, ahí están, listos para rescatar el país. Para rescatarlo de los mismos que lo hundieron, y que todavía están sentados en el pecho de la nación cubana como una mole antediluviana.

Abrir el país a empresarios cubanos emigrados implica que hay que irse para regresar como vencedores. Y por ello hay reticencia entonces a permitir que los cubanos hagan negocios en Cuba. Claro, a no ser que Usted se llame Hugo Cancio.

Quizás el señor Cancio, como el Cerro, tenga la llave, y tenga además la fórmula para poder invertir en Cuba, para poseer un apartamento en un edificio con vista al Malecón, un portal noticioso en el cual deja deslizar una que otra historia de crítica light impublicable por demás en la prensa nacional, y no perecer en el intento.

Pero no comparte la fórmula el señor Cancio; debe ser compleja esa solución pues, ¿cómo un marielito, empresario exitoso radicado en Miami, probablemente ciudadano americano, regresa a Cuba como Hugo por su casa, y se da la gran vida entre el jet set habanero, e invierte y posee y hace lo que los demás cubanos, empresarios o no, no pueden hacer?

Yo no lo sé.

Pero el señor Cancio deja pistas claras. Dice el señor Cancio que él es admirador de Obama y Fidel Castro; yo lo imagino en aquel año 80 agitando un pañuelito, a manera de despedida, a la imagen del dictador que les pusieron en el Mariel. Te admiro, pero voy echando. Te admiro, y estoy regresando, veinte años después, a lo mosquetero, la cabeza gacha, la billetera abierta, los oídos prestos, vengan proposiciones a cambio de poder ser Hugo en La Habana. Fidel, esta es tu empresa.

¿Será así?

Yo no lo sé.

Pero a pesar de ello yo quisiera que haya uno, dos, tres, muchos Hugos Cancios.

No porque yo me vaya a beneficiar por ello, ni mi familia, que no los necesita. Para decirlo a lo mexicano, me salen sobrando. Es solo mi maltrecho sentido de la justicia y la decencia el que me dice que debería ser así; que la gente cubana, aunque no les interese un cambio, aunque la apatía los mantenga postrados, merece otra vida, y que debe ser ese cambio un cambio gestionado por cubanos.

Es bueno ver entonces que haya cubanos de éxito; me jode la idea de chinos, rusos, mexicanos, españoles o americanos llevándose las piltrafas cubanas.

Por eso siento que mis preguntas siguen entonces siendo válidas. Las que ya hice más arriba, y esta que sigue.

Que por qué Cancio sí, y los otros no.

Yo no lo sé.

Pero lo que sí sé es que detrás de esa excepción debe haber una historia jugosa, que alguien escribirá un día, aunque, obviamente, no en OnCuba.

Alec Heny ©

jueves, 25 de junio de 2015

Otra bandera, el mismo barco

Caricatura por Garrincha, para Yahoo News
Arriar una bandera no cambia nada.

Esa es más o menos la idea que asocio al asunto de la bandera confederada, ese símbolo multifacético que puede representar orgullo sureño, sedición, traición, racismo, supremacía blanca: depende quién la ondee, y quién la mire ondear. En todo caso, fue el emblema de un ejército que perdió una guerra por una mala causa: seis estados (once, para cuando la guerra terminó) pretendían separarse de la Unión Americana y mantener la esclavitud, base de su economía algodonera.

Abraham Lincoln, presidente republicano, racista y antiesclavista, derrotó a esa confederación, firmó el Acta de Emancipación y abolió de manera oficial la esclavitud en los Estados Unidos. Sin embargo, cien años más tarde, en los años 60 del siglo XX, todavía fue necesario regresar al racismo omnipresente y tratar de enmendarlo: fue la lucha por los derechos civiles y el final -de nuevo oficial- de la segregación de los negros en el Sur.

Hoy, a ciento cincuenta años de Lincoln y Appomattox, a cincuenta del asesinato de Martin Luther King, sigue intacto el odio racial, el atrincheramiento étnico en barrios y guetos, el auge de los grupos de supremacía blanca, la cultura excluyente y violenta del rap, los asesinatos raciales. Si se presta atención - no requiere un gran esfuerzo- todo indica que la Guerra Civil aún no ha terminado.

Hay un DeBlasio que quiere sustituir retratos de blancos por retratos de negros; hay supremacistas blancos; hay un Caucus Negro en el Congreso; hay KKK; hay Al Sharpton, Rush Limbaugh, Ann Coulter; hay un Donald Trump que dice que la violencia llega acá con los emigrantes; hay asesinos que balean congregaciones religiosas negras; hay policías racistas; hay negros que se amotinan y destruyen sus ciudades; hay quien cree que, por arriar una bandera, por limitar su uso en placas de autos, porque Walmart, Sears, Ebay y Amazon han dejado de vender esos símbolos de la Confederación, la Guerra Civil va a terminar y los Derechos civiles van a imperar en la Unión Americana.

“I will say then that I am not, nor ever have been, in favor of bringing about in any way the social and political equality of the white and black race”, declaró Abraham Lincoln, políticamente incorrecto de acuerdo a la usanza del siglo XXI, durante un debate por un puesto en el Senado unos años antes del comienzo de la Guerra Civil.

Hace unos días un joven sureño en Carolina del Sur asesinó a nueve personas de raza negra que estudiaban la Biblia en una iglesia. En esencia, sus argumentos de racista y supremacista blanco son esos mismos de Lincoln, de hace más de ciento cincuenta años. Argumentos que están, palabras más, palabras menos, intrincadamente tejidos en nutridos y oscuros estratos de la sociedad norteamericana.

A raíz de la masacre en Carolina del Sur se ha hablado de nuevo de control de armas, y ahora se ha adicionado ese debate acerca de la prohibición de la bandera confederada. Como si las armas se dispararan por sí mismas, como si la sociedad fragmentada en etnias y odios fuera a sanar sólo porque la bandera confederada no será izada en lugares públicos.

Si todo fuera tan simple, la proscripción de la cruz gamada resolvería el neonacismo, la defenestración de la K eliminaría el KKK, quemar el Corán desmantelaría el terrorismo, o prohibir tatuarse la cara controlaría a la MaraSalvatrucha.

Los símbolos son importantes. Hay miles de millones de personas venerando cruces y la media luna; hace apenas unos años buena parte del mundo marchaba tras la hoz y el martillo. Los símbolos surgen, cambian, desaparecen; pero al final es la gente lo que en realidad cuenta. Una bandera más o menos no va a detener la Guerra Civil del racismo en los Estados Unidos. Si acaso, la proscripción de ese símbolo va a exacerbar una radicalización en ese conflicto eterno en el que pelean fundamentalistas, víctimas y victimarios de cualquier color.

Arriar la bandera entonces es como esconder la basura debajo de la alfombra: el problema sigue ahí; al final de la jornada, lo único que se va a lograr con esa prohibición es que aumente el precio de la bandera confederada en los comercios minoristas.

sábado, 25 de abril de 2015

Epifanía de fin de la Era parida, después de medio siglo

“La ciudad se derrumba…” 
Y él ahora ya lo sabe… 


Años antes de pasear -aburrido- por Praga, de disfrutar -ansioso- la novedad y el desenfado del DF, de andar el Ámsterdam fugaz, de tocar apenas Frankfurt; antes de sudar en el Azúcar, y singar en las arenas de Cancún, -y otra vez, y otra vez-; tiempo antes de atorarme con el polvo del desierto de Samalayuca, de caminar -como un demente- Madrid; antes de remontar la madrugada en Acapulco, de buscar desayuno a las tres de la mañana en Alicante, y sólo encontrar una congolesa ávida de sexo de la que -confieso sin pena- tuve que huir; antes de Nueva York y Miami, antes de deshidratarme en Chitchen Itza y congelarme en los Tatra, antes del frío y lo limpio, antes de lo gourmet y lo sano, ya la mierda inundaba La Habana, y yo la vadeaba.

Cincuenta años antes de que Silvio decidiera cantarle a la gente correcta, medio siglo antes de ver el documental de sus conciertos en los barrios bajos de mi Habana, yo sabía de qué se trataba, porque yo, insisto, ya estaba allí.

Yo no sé qué ven otros en ese documental.

Quizás vean la poética, el lirismo -¡ah, qué maravilla el lirismo!-, el compromiso de Silvio Rodríguez con las masas, su poder de convocatoria, de cómo logró sumar a la comparsa a Frank Fernández, a los Papines, al inevitable Feliú (el muerto y el vivo, que no es lo mismo, pero es igual); a Amaury el-de-la-voz-temblorosa, y a Rodríguez Rivera (que sigue pegándole la gorra también en el blog, por cierto)

Consideran tal vez interesante ver a Silvio, héroe urbano, empapado de masas peligrosas -lo que se encargan de remarcar una y otra vez en el documental, que hay riesgo ocupacional, que esos barrios son de pinga, oye, reportando desde el Kalahari, subidos a una mata; con el agua al pecho en el Indico sudafricano, tiburones blancos por tos laos…-. Mientras, Silvio, el misericorde, contemplando la miseria inherente a la gestión de sus desgobernantes: Silvio, asombrado de que haya gente, de que esté la gente, tan pero tan jodida.

Yo, bueno, yo tengo quizás cortedad de vista: no me emociona Silvio, ni su gira, ni su asombro a destiempo, ni su compasión; lo que yo veo es un tipo que dice que hay que hacer cambios, así, en general; quizás cambiar el cauce del río de aguas albañales aquí, o el material del techo que no protege de la lluvia, allá. Cambio, dice.

Pero Silvio quiere que si desvían ese desborde de fosa, y si por fin le ponen teja de fribrocemento al techo, que le dejen por favor el machete de Maceo, y sus razones -las de Maceo-; que quiere todo eso, para hacer no sé qué cojones, y entonces el que se asombra soy yo, porque resulta que el machete, las razones, las causas y la mierda de país ya estaban -siempre habían estado allí- cuando él armó su primera tarima de concierto. Ya estaban, inclusive, mucho antes, cuando él era diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, y le cantaba las mismas cancioncillas épicas a su comandante, en un pulcro e iluminado teatro rebosante de lacayos enguayaberados.

El mea culpa del documental es sua culpa, y también sobre la culpa nostrum; pero, en realidad, de pura casualidad incluye a Silvio, porque es, ante todo, sobre la miseria total de los cubanos; es también sobre el quemante remordimiento que llega con la tercera edad, con el “¿Qué hice, cojones?”, sobre lo que ya estaba antes que “Ojalá”, antes de la flauta, el chelo, la guitarra, la poesía y los poetas. Pero el que espere indignación en los que intervienen, es un iluso; hay sólo resignación, y eso sí, musiquita.

Siempre -desde siempre, para siempre- han existido en La Habana los barrios marginales, las fosas desbordadas, la desesperación nuestra de cada día, el desamparo, el aturdimiento; Silvio, sin embargo, que sólo había atinado a amenazar a aquel que le echó basura imperialista en su verde jardín, exuberante de tanta ideología y panfleto, apenas se espanta -canta- con la noticia de la basura que sus ídolos han dejado acumular durante décadas y que, para colmos, no piensan limpiar.

Es, la verdad, indignante. Pero yo, a pesar de todo, no culpo a Silvio.

(Todavía le preguntaría, sin embargo, qué le parece, a posteriori, la idea de haber arengado a argentinos, chilenos y mexicanos, durante décadas; qué opina de haber estado promoviendo revolución cubana por toda América Latina; si valió la pena estar defendiendo esa cosa que, mientras el cantaba y cantaba, demolía el país y la Ciudad. Todavía le preguntaría, además, cuán necia le parece la idea de ser necio; lo convidaría, incluso, a la mierda correcta. Pero pienso que perdería mí tiempo si lo hiciera)

No lo culpo, insisto entonces, porque dentro del cinismo del lirismo, tiene buenas intenciones; no lo culpo entonces por tener remordimiento.

A Silvio, a todos, se nos derrumbó la ciudad -el país-; mientras los escombros iban cayendo, en silencio, ignorados por la complicidad de un desgobierno que es -hoy ya lo sabemos- lo peor que le ha pasado a la nación cubana, algunos cantaban -cantar draga el alma-; otros, nos íbamos, para no tener que palear más mierda de puerco -la mierda tupe los tragantes-, para no seguir llenando tanques de agua a cubetazos -que eso jode la espalda-

Ver de nuevo lo mismo que vi en La Habana hace un par de décadas, y ver que el desastre es, ya no igual, si no peor, es aplastante. El documental tiene ese mérito: no el relato del safari de Silvio y sus amigos, sino el traer la crónica de La Habana triste, tan lejana del Casco Histórico y el Festival del Habano, como lo está un futuro digno para esa toda gente que vive en el desamparo.

Hay uno que dice que espera que el futuro sea mejor. Hay otro que dice que a él se le acabó el futuro. Hay una joven que ya no dice porque el sollozo la ahoga. Otros –su dios los ampare- dicen que eso, aquello, es lo que quieren. Algunos, le agradecen, coño, gracias por cantarnos. Los más, callan, ríen y hasta gozan; “es que los cubanos somos así, alegres…”, se escucha de repente. Y yo me consumo de tristeza.

La Habana entonces todavía me hace escribir cosas. No lo puedo evitar: ahí está, derrumbándose un poco todos los días; como los sueños de la gente jodida, que Silvio descubrió en su epifanía de fin de Era ya sin el corazón; se desmorona la Ciudad, como lo hacen las cosas abandonadas; se va consumiendo, como mi vieja, cuando iba cediendo ante el Parkinson implacable.

La Habana se muere entonces, y ya no hay nada que yo pueda hacer por ella; La Habana, carajo, mi querida ciudad astrosa, que todavía me hace llorar.

Alec Heny ©

martes, 21 de abril de 2015

Ni pinga, luego existo

De nuevo regresa la idea de que el papelazo de los cubanos en Panamá era revolucionariamente necesario.

Regresa, esta vez, de la mano de un muchacho indignado.

Ni pinga, escribe el exaltado joven cubano en su blog: se quita entonces el solapín de reportero, columnista, o lo que sea que haga, y se presenta mejor como hijo de su madre comunista. Explica, de seguido, que renuncia en esa ocasión a escribir como periodista, y que prefiere gritar, como en una mesa de dominó.

Introduce así -y ni siquiera se percata- la idea clave de toda la idea: hay cosas que no requieren mayor intelecto: sobra con grito y chusmería. Cosa nostra, de comunistas, parece decir -yo creo que de verdad se le escapó ese detalle-, y a continuación inclusive ofrece una disculpa por la gritería.

Expone entonces que, de haber estado allí, en Panamá, con la hueste de la pseudosociedad pseudocivil cubana, le hubiera sido también difícil (qué digo –qué dice- difícil, ¡imposible!) contenerse, y no vociferar junto al resto de los energúmenos -que no lo eran, explica él: que son gente de valía y cacumen, no eran idiotas, dice, que él los conoce, y da fe-

Le hubiera encantado, sigue explicando, estar allá, y gritar, no “¡Me pegué, pinga!”, sino “Pin pon fuera, abajo la gusanera”, y abajo Ustedes, y viva a nosotros (es decir, a ellos, a los de la turba)

Que le hubiera encantado además negar a algunos que por allá en Panamá andaban, dice. Ni pinga tú. Ni tú. Ni tú. Nojotronamá. Esa parece ser la idea de ese muchacho -que escribe a nombre de los ideales maternos- de cómo se deben no compartir los espacios públicos.

La rabia que lo inunda -abunda- es porque por allá, en el istmo, andaban Posada Carriles, el terrorista de origen cubano, y Felix Rodríguez, otro cubano, (el que mató a Ernesto Guevara o, más bien, el que le disparó, o que estaba allí cuando le dispararon: Guevara en realidad ya estaba muerto el día que decidió que su destino de aventurero global lo debía llevar a Bolivia, otro país ajeno, a fomentar un conflicto armado y propiciar una guerra civil)

Hasta Berta Soler, que no ha matado nadie, lo irrita al muchacho; que ella es pro bloqueo (Berta, Berta, cará…). Pinga pa Berta también, dice el chama, que ella le pidió a Obama que hiciera pasar más hambre a la gente de Cuba. Del hambre anterior a Berta y Obama no hace mención el escritor, por cierto. Ni pinga dice; por pudor, quizás.

Avanza combativo entonces, y solicita también pinga para el Departamento de Estado, que es el que concede las visas para que se pueda visitar este -ay, pinga- brutal país, (yo creo que se le fue ese detalle también), y para el Departamento del Tesoro, y para la CIA. Y, por supuesto, para los que mataron a Manuel Ascunce. Pinga pa tol mundo. (Y para el Department of Motor Vehicles as well, nota mía)

Yo creo que si hubiera dicho “pinga pal Gobierno de los Estados Unidos”, pues hubiera terminado más rápido, pero ya se sabe que eso no es políticamente correcto en estos tiempos, mucho menos con el general heredero y el Presidente Obama negociando la continuidad del régimen por otros cincuenta años.

Más adelante, pues el muchacho ya declina y se enreda: trae a la mesa a sus cinco héroes; habla de epidemias, plagas, muertos, y hasta de un hipotético presidente chino de los Estados Unidos; bueno, ya ahí dejé de entender de qué se trataba.

Pero lo que sí entiendo es la indignación primaria que va en el texto: Berta Soler no sabe bien lo que dice, Félix Rodríguez mató al ídolo de los pioneros, y Posada Carriles es un tipo repugnante por sus métodos.

No menos despreciable, por cierto, que el que decidió hundir un remolcador frente a la bahía de La Habana, sin importarle que se ahogaran hombres, mujeres y niños.O que el que ordenó a cazas de guerra cubanos derribar avionetas civiles; con toda probabilidad, fueron el general heredero o su esperpéntico hermano. O no menos abominable que los espías que propiciaron el derribo de esa avioneta.

Posada Carriles y Felix Rodríguez fueron llevados, o fueron por sí mismos -no lo sé- a Panamá; en cualquier caso es obvio que su presencia fue concebida como una provocación. Sin embargo, guste o no, también tenían el derecho de estar allí; parecido sucede con los disidentes cubanos: pero en ese caso el desgobierno sabía que iban a estar -ellos, en primer lugar, no se ocultaron para anunciar su asistencia- Por lo tanto, si hubo provocación pensada, y avisada, la chusmería fue entonces descarada y tontamente preconcebida.

No sé qué extraña idea ha hecho que haya disidentes que comulguen con Posada Carriles; eso merece desprecio. Felix Rodríguez, por su parte, también merecía una rociada de la justa ira: el hombre ha sido cómplice de que cada sapingo del planeta tenga un pulóver con la foto de Ernesto Guevara.

Pero lo realmente preocupante aquí es, sin embargo, que les parezca más sencillo a los jóvenes cubanos, que les parezca incluso más adecuado, decir ¡ni pinga!, que ser ciudadanos de estos tiempos.

La turba y la guapería van en la cosa cubana-involucionaria: -¡aquí no se rinde nadie, cojones! (¿o fue pinga?) Esos ¿valores? están bordados en el tejido de saco de yute de la ideología guarachera, como lo están el regetón o el racionamiento (no hay ni pinga, acere…)

La idea de convivir con lo diferente es entonces totalmente ajena a los cubanos -de adentro y de afuera, vale decirlo-; inclusive a esos más jóvenes, a los que parecieran tener algo de intelecto, y que uno quisiera imaginar ya post castros y post la bobería, como pudiera ser ese muchacho que escribió ese desafortunado alegato. Sin embargo, son más de lo mismo.

¿Es su culpa? No del todo: los ideólogos del desastre cubano enseñan, en primer lugar, desde el primer momento, y en cada oportunidad, a encuevarse. Para colmo, la idea, esa que desde el fondo de la caverna martiana ha sustituido cualquier otra cosa, desde democracia hasta economía, es mala, mala, mala.

Maligna, sería más apropiado decir; porque es tumor que se implanta temprano para que haga metástasis y convierta a muchachos que, bajo otras circunstancias, pudieran ser relevo aventajado de los ancianos que han destrozado el país, en zombificados portadores de, precisamente, la mala idea.

La Cuba que viene -ya no sé cuándo llegue, por cierto- requiere de cubanos que se olviden de las banderitas y los lemas; que sean capaces de dialogar, de mirar de frente a un tipo como Posada Carriles, por ejemplo, y decirle -o no- lo que piensan. Pero que lo sepan hacer como ciudadanos, sin vociferar.

Y hay que hacerlo así porque cualquiera dice Patria o Muerte y juega al dominó, pero la nación cubana necesita en realidad a quien diga Patria, y juegue ajedrez.

viernes, 17 de abril de 2015

Los soldados de la involución

En cierta ocasión, por aquella época en que de repente comencé a pensar y hacía pininos con los ¿por qué?, un grupo de profesores de la CUJAE escribió un documento, o se manifestó, ya no recuerdo bien (alguien tiene que acordarse de eso, que por aquí hay harta cantidad de tembas…), en franco desalineamiento con la cosa cotidiana.

Vino al caso en una conversación, y pregunté por qué algo así no se podía informar, ventilar, debatir, en el Granma -el periódico, no el yate de la urna de cristal-

“Porque hay muy poco espacio en el periódico para informar sobre cosas realmente importantes; no se le puede dedicar atención a cosas como esas…” , atajó alguien a quien considero –en serio- muy inteligente, pero que es incondicional y monolítico a la hora de tomar partidos.

En otra ocasión, otra persona, en las postrimerías de copiosas libaciones de vodka y cervezas, me ofreció, con voz farragosa, volarme la cabeza de un disparo de su Makarov si yo traicionaba la Revolución. “Pa´ que no comas pinga”, remató su oferta.

Es por eso que no me asombran la autofinanciada sicóloga viajera, ni el vocinglero hombre nuevo bonzai, ni otros que aparecen en sendos videos que dejan constancia de la combatividad desplegada en la Cumbre de Panamá.

Esa tara se renueva en cada generación, como la diabetes o el cromosoma adicional en el par 21. Siempre han estado esa gente, siempre estarán.

La involución cuenta con ello.

domingo, 12 de abril de 2015

Cubanos P.a.n.a.m.a.

Guillén, ¡ay Guillén!, tú no sabías nada....

Cubagritones del Mar Caribe
Bestias de uña y alquitrán
Como en los tiempos de Fidel y el Blas Roca
Negro estandarte hacen flotar

Pájaros grises los acompañan
Cuando en la turba van a gritar
Como en los tiempos de Fidel y el Blas Roca
Van con el hierro de golpear

Llevan sus banderitas, sus lemas
Para poderlos agitar
Como en los tiempos de Fidel y el Blas Roca
Van con la mano de pegar

Cuba levanta su estrella enclenque
Llama a sus peores a marchar
Como en los tiempos de Fidel y el Blas Roca
A reprimir los lacayos van