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miércoles, 20 de julio de 2016

Con tu escasa palidez

“Let me tell you something: I thought I was white until I got here...”, decía en la televisión un reportero. Reía, divertido, por el casi absoluto predominio de la raza blanca en la Convención Republicana.

Eso fue hace cuatro años, durante la nominación de Mitt Romney.

Hoy de nuevo se habla y escribe sobre el tema. Como si no se cansaran de asombrarse porque el Partido Republicano es un partido de blancos. Y mientras más blanco, mejor. Un partido donde los escasos negros son mostrados como trofeos; un partido donde, de verse a un hispano, hay muy altas probabilidades que sea en calidad de jardinero o nana.

Claro, a no ser que sean cubanos.

No digo nada nuevo si menciono que el sur de la Florida y sus cubanos eran un bastión republicano. Parece que un sector de los cubanos exiliados en los Estados Unidos se arrimaron al ideario republicano por ser este de línea dura con el desgobierno cubano.

Insisto: era un bastión republicano.

Ahora, con la disminución de la proporción de los cubanos “radicales”, diluidos con la arribazón de la generación de la Y y el regetón, el balance se inclina hacia el antirepublicanismo.

Otra vez, responde esa nueva tendencia a los intereses de los cubanos y su peculiar relación con Cuba.

En una época donde la distensión y la apertura propiciadas por el gobierno americano, y con la promulgación de las “medidas” que el desgobierno cubano, que en sus estertores finales -y prolongados- decidió, entre otros, permitirle viajar y regresar a sus ciudadanos para que fluyera una bocanada de divisas, el republicanismo cubano está a la baja, y así debe continuar.

Y pienso que no hay nada malo en ello; más bien, lo contrario.

En términos generales, no encuentro mucho sentido en apoyar un partido político que rechaza a los emigrantes. Que propugna la supremacía americana -con todo lo que en realidad implica el eufemismo. Que extiende un manto oscurantista sobre fenómenos climáticos globales, para favorecer a la gran industria. Que es antidarwinista, mojigato, beato, que quiere armas para todos, no porque exista una enmienda constitucional obsoleta, escrita en 1791, sino porque uno de sus mecenas, la industria armamentista, y su profeta, la NRA, quieren que el negocio de matar prospere.

No hay mucho sentido en un partido que rechaza a las minorías, que tiene a los Rush Limbaugh y Hannities repartiendo odio y pananoia a voleas sobre un sector de la población desinformado y obtuso. No hay mucho sentido en un partido que, con tal de tener una oportunidad de hacerse con el poder, acepta a un megalómano, ricacho aburrido y egocéntrico, que ha exacerbado el racismo y la crispación nacional, como su candidato presidencial.

No entiendo entonces qué buscan los latinos que apoyan a ese partido. Y no entiendo, por supuesto, a qué aspiran todavía los cubanos que prefieren y defienden el republicanismo.

No hay nada para ellos allí. No hay nada para nosotros. No hay nada para mí.

Y no se trata el asunto de ser demócrata a cambio -que yo no lo soy-: tiene que ver con ser consecuente, tiene que ver con identidad, con sentido común. ¿Que aún no lo entiende? Pues más sencillo:

Tiene que ver con que Usted, mi amigo, mi amiga, no está lo suficientemente pálido para ser republicano.

miércoles, 10 de febrero de 2016

¿Quo Vadis, América?

Después de las primarias de New Hampshire, Donald Trump es el favorito de los republicanos, para espanto del Partido Republicano, y Bernie Sanders el de los demócratas, para estupor de los capitalistas.

El magnate Trump tomó por asalto un partido fragmentado, monótono. Con agresiva retórica compulsiva, hurgando con oportunismo y sentido de la oportunidad en las llagas supurantes del chovinismo y el miedo de los blancos de clase media, se abrió paso a codazos, echó a un lado a una docena de candidatos de reconocido pedigree conservador, e izó su bandera de estrella de reality show.

En el camino minimizó a Jeb Bush, que parecía el hombre razonable de los irrazonables; ha mantenido en jaque a Ted Cruz, canadiense-tejano-cubano con una base electoral que debe ser más fuerte en el Bible Belt, entre los evangélicos a los que les encantaría ver en la presidencia de los Estados Unidos -sobre todo después de haber tenido que sufrir a un negro liberal como Presidente- a un hijo de predicador, que predica política e invoca a Dios con frecuencia tal que recuerda a los fieles que se arrodillan de cabeza a La Meca.

También ha superado Trump a Marco Rubio, al cual gobernador Chris Christie, con brutalidad de clase obrera (Christie no deja de recordarme a un orador de sindicato) ha dejado en evidencia, como a un niño azorado al que atrapan con las manos pegajosas de caramelo. O en este caso, con las respuestas precocidas, anotadas en los brazos. Marco Rubio, cuya aparente solidez ahora tiene grietas enormes que le va a costar mucho reparar.

En el otro costado de espectro político Bernie Sanders es el consuelo que les queda a muchos votantes demócratas ante una Hillary Clinton cuya credibilidad y competencia se estremecen bajo el embate del E-mailgate.

Y si bien el fenómeno Trump no es del todo sorprendente -al cabo se sabe que el racismo, la xenofobia y el nacionalismo estadounidenses están justo bajo el milimétrico maquillaje de lo politicamente correcto- la preferencia de una parte del electorado demócrata por un candidato de corte cuasisocialista como Sanders, en este el bastión del capitalismo planetario, es desconcertante.

Donald Trump y Bernie Sanders son los favoritos del día por razones que pueden parecer diferentes en cada caso pero que son, en su conjunto, un síntoma unificado de descontento con el estatus quo. El electorado -o la estadística que aportan Iowa y New Hampshire- de alguna manera está dejando sentir que se rebela ante lo “tradicional” y se lanza a una búsqueda -hay algo de desesperación en ello- de opciones que se apartan del clásico binomio demócrata-republicano.

De acuerdo a ello las preferencias por Trump y Bernie parecen, más que entusiasmo genuino por esos candidatos, un voto de castigo para un republicanismo aguado y para demócratas desabridos.

Se pudiera dar el caso entonces de que lleguemos ante una urna electoral a votar por el menor de los males. Eso es una mala noticia.

Mala noticia para la nación americana, también fragmentada, necesitada de aire fresco en un mundo que se reparte de nueva cuenta entre potencias de nuevo tipo, con Europa retorciéndose bajo la presión de la diversidad étnica y la ola migratoria que la invade, con el planeta bajo el asedio del terrorismo global como nunca antes en la Historia. Los Estados Unidos, por momentos, parecen haber perdido el control del juego mundial, y hay un sentido de urgencia porque lo recupere.

Y lo peor, pienso, no es siquiera la posibilidad -cada vez más real- de ese voto insulso en las elecciones presidenciales: aun si cambiaran las preferencias actuales, y no llegaran Trump y Sanders a las boletas, la incertidumbre acerca del quo vadis de la sociedad y la nación americana seguiría vigente.

Por lo que observo, estamos viviendo una crónica de un proceso electoral que -quisiera equivocarme- no parece llevar a ningún lugar mejor del que ahora estamos.

sábado, 21 de noviembre de 2015

La hipótesis de Borondongo

Leo, una y otra vez, ese argumento trasnochado de que Francia, y todo Occidente, son en última instancia los artífices de las atrocidades que los radicales musulmanes cometen allá y acullá; que todo se origina -lean los libros, dicen- en la rapiña petrolera y la geopolítica del siglo XX, cuando los poderosos europeos, con la anuencia del ultra maloso Estados Unidos, dividieron, crearon y manipularon el Medio Oriente a su antojo. Y la Guerra Fría. Y las Potencias forcejeando. Y que todo eso llevó a esos muertos en Paris, y antes en Madrid, y en Londres, y Nueva York.

Que es solo la ira reprimida- explican-, el desahogo inevitable, ya se sabe, los pobres de la tierra; la tercera ley de Newton aplicada a las -supongo que suponen- de otra manera pacíficas y prósperas sociedades musulmanas.

Trato de evitar aplicarle una lógica estricta a este asunto; un carácter transitivo de esos que dicen “si esto es así, pues lo otro también”, porque siento que de hacerlo me trasnocho de igual manera. Pero uno es humano, y sucumbe a las tentaciones.

Así que, veamos:

De seguir por ese camino de fatalismo histórico, se arriba con facilidad a la conclusión de que sería justificable que los africanos asesinaran -bundunga pero primero bundanga, anticipa un chiste macabro y jodedor- a cuanto europeo se encuentre en sus ciudades y junglas; por supuesto, sería entendible también que los indoamericanos de toda la América Suya les abrieran el pecho a los blancos, con obsidiana o cuchillos Made in China, y ofrendaran corazones y entrañas a sus dioses ancestrales en pirámides para turistas.

¿Y qué decir de Asia? Ni pensar en lo que los chinos le harían a los japoneses, o los japoneses a los Estados Unidos, o India a Inglaterra, o a Pakistán, al que rociaría con misiles nucleares, y viceversa.

O que las tribus de por acá decidieran dejar sus casinos y desenterrar los tomahawk. O los AR-15, que al cabo estamos en el siglo XXI bajo el amparo de la Segunda Enmienda.

Por supuesto, los portorriqueños del Bronx deberían también rebelarse y caer con esa fuerza más sobre sus vecinos de Manhattan, esos americanos invasores y adinerados; y los cubanos, para no ser menos, aprovechando tanto nieto avecindado en las Españas, deberíamos cargar al machete otra vez y decapitar peninsulares al grito de “¡No a la Reconcentración!”

Y ya entrados en revanchas, pues españoles e italianos deberían invadir el norte de África y desatar una degollina de tres pares de cojones in memoriam de tanto cristiano desollado y empalado; Grecia y Bulgaria debería atacar Turquía, Rusia y China a Mongolia, España a Francia, los escandinavos renovar sus guerras, Inglaterra arrasar a los ex-vikingos, y Europa en pleno aniquilar a Alemania e Italia.

O sea, que hay suficiente antecedente para que pasemos lo que nos queda de vida matándonos mutuamente; al cabo la Historia, siguiendo la lógica de esos analistas de las causas y consecuencias, nos absolverá a todos; son solo traumas históricos -afirman- esos los que impulsan a los terroristas musulmanes a volarse en pedazos. Eso, y la motivadora promesa de las huríes, setenta y dos de ellas: blancas, verdes, amarillas y rojas, con abundante tetamenta y cuerpos de azafrán almizcle, ámbar e incienso.

En fin, regresando a lo simple, hay que decir que esa hipótesis del terrorista traumatizado no funciona.

No funciona, porque el éxito -escaso o cuantioso- que hayan tenido esos países de Arabia y Medio Oriente se lo deben a la existencia de Occidente y a su relación con el mismo.

Sin Occidente estuvieran hoy peor de lo que están. Véase que, a pesar de que casi todos son países petroleros, ninguno ha sido capaz de aportar prácticamente nada más a nuestro mundo; por el contario, todo lo que tienen, y disfrutan, se lo deben a Occidente: de no existir ese petróleo, de no ser por la influencia de Occidente, la zona en pleno sería un páramo tribal, ignorado, olvidado, empobrecido, ahora sí sin nada en lo absoluto que ofrecer.

Pero sería un páramo inofensivo, si no fuera por el islam; sin el petróleo, sin las fronteras impuestas, sin la injerencia occidental, pero bajo la influencia de la religión musulmana, con toda probabilidad enfrentaríamos también hoy una situación parecida a la que tenemos.

La combinación de la obtusa filosofía de odio al Occidente que promueve la religión musulmana -y es necesario recordar que eso es así desde hace siglos-, el fanatismo de sus seguidores, los conflictos entre los grupos que interpretan su credo de maneras diferentes, y la incapacidad de los gobiernos -por lo general tiránicos- de esos países para fomentar el funcionamiento armónico de esas sociedades, todo ello, y no las fronteras arbitrarias trazadas por Occidente, es lo que ha traído estos lodos en los que hoy chapoteamos.

Por demás, si bien el desastre se había venido amasando durante centenares de años, el detonador de la situación aparentemente incontrolable que hoy sucede tiene orígenes mucho más recientes que el reparto del mundo de la postguerra.

El terrorismo llegó en gran escala con el 9/11, pero fue la torpe política de los gobiernos de los Estados Unidos -particularmente el de Bush- la que acabó por desestabilizar una zona de por sí convulsa. Con el pretexto de la venganza, y de llevar la democracia a países que no la necesitan, los Estados Unidos y sus aliados se dieron a la tarea de derrocar tiranos no afines a los Estados Unidos para sustituirlos con otros gobernantes, pro occidentales.

Pero resulta que esos tiranos eran los diques que mantenían contenidos a los imanes radicales, a sus seguidores, y en general a sociedades propensas al tribalismo y la anarquía. Al desaparecer el Iraq de Sadam Hussein, al aumentar el apoyo de EEUU a los rebeldes anti Assad -el error cometido con los mujaidines afganos, otra vez-, al expandirse el caos provocado por el vacío de poder que aun hoy persiste en la zona, se dieron las condiciones para que surgiera el ISIS, y se fortalecieran otras organizaciones terroristas.

Ninguna de esas organizaciones siquiera menciona que Occidente es responsable del origen de la geografía del Medio Oriente, y que esa es la causa de todos sus males; en su lugar, su ideario es fundamentalista, medieval, y está centrado en un solo objetivo: expandir el domino del islam, aniquilando en el proceso a Occidente, y a cualquier otro punto cardinal que se le ponga por delante.

Y todo ello, por una sola razón: en nombre de Allah, el misericordioso.

No es entonces que Songo le dio a Borondongo, y que Borondongo le devolvió la bofetada; no es entonces tan solo que Occidente haya sido el malo de la película, el imperialista rapaz que ahora recibe una respuesta en consecuencia: es que hay un monstruo que creció inexorable, y ahora está fuera de control -ya estaba ahí cuando los europeos llegaron, solo que no lo sabían- ; un monstruo que está golpeando con insistencia -derribando- nuestra puerta, y que hay que hacer algo al respecto.

Ojalá -esa nuestra expresión prestada precisamente del árabe musulmán- que estemos a tiempo para decapitar a la bestia, y ayudar a que el orden natural -probablemente ese de los dictadores diques- retorne al Medio Oriente, a la Gran Arabia y el Magreb.

Ojalá, para dejar entonces que sean ellos los que resuelvan los problemas a su modo, y no que Estados Unidos y Europa sigan hurgando e intentando reparar algo que, aunque cueste trabajo creerlo, no está roto, sino que es solo otra cosa: algo que siempre estuvo ahí y que ni siquiera entendemos bien cómo funciona.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Papeles sucios

Conozco a alguien que es dueño de una compañía de limpieza.

Conoce bien su negocio porque, antes de ser el dueño, antes de graduarse como el webmaster de altos quilates que es hoy, pulió pisos, limpió baños y colectó basura para esa compañía. Es un hombre de hablar pausado, algo cansino, que le explica a sus empleados con paciencia y conocimiento de causa cómo se deja un urinario, amarillento y hediondo por la orina reseca, de nuevo reluciente, blanco y oloroso a desinfectantes; o que les enseña, habilidoso, qué hay que hacer para que ese piso del vestíbulo quede brillante, sin rayas ni mácula.

La cátedra la dicta en cualquier pasillo del lugar a limpiar, me dice, y la termina en un baño, donde, como al descuido, recoge del piso, a mano limpia, algún papel sanitario, manchado de mierda, y lo deposita en la basura, ante la mirada atenta de sus oyentes, a los que anima con ese ejemplo a entregarse al trabajo -como si esas personas necesitaran algún incentivo adicional a la desesperación que los lleva emplearse como personal de intendencia-. Personas que además puede que sientan que ese hombre, que maneja un BMW X5, y vive en una exclusiva zona de clase media alta, es uno de ellos.

El Papa hace algo parecido: lava y besa los pies de reclusos, abraza a enfermos terminales, les sirve cena a pordioseros y pide que el mundo cambie, que las desigualdades desaparezcan, que se reparta la riqueza. El hombre, Jorge Mario Bergoglio, es un buen hombre; se nota en su cara, bonachona, de sonrisa autentica, y ha dicho alguna que otra cosa digna de prestársele atención. Pero el Papa funcionario, el Papa símbolo, es solo como el dueño de una compañía de limpieza a la que debe hacer funcionar.

Y la hace funcionar, entre otros, hablando de los problemas ajenos con soltura y contundencia, pero con una selectividad pasmosa.

Un reciente editorial del Washington Post lleva por título “Pope Francis appeases the Castros in repressive Cuba”. La tercera acepción de la palabra appease es "to yield or concede to the belligerent demands of (a nation, group, person, etc.) in a conciliatory effort, sometimes at the expense of justice or other principles." O sea que el titular del editorial dice “El Papa Francisco dobla la cerviz ante una Cuba represiva”

Efectivamente, el Papa optó en Cuba por ignorar no solo a la disidencia, sino lo que es aún más decepcionante: soslayó el problema principal cubano -aunque debo admitir que a estas alturas tengo serias dudas acerca del orden de importancia de los problemas de Cuba- que es el desgobierno, ese ente tan inepto y obsoleto que está -de eso sí estoy seguro- en la raíz de todo el infortunio cubano. Una que otra parábola lanzó, pero con tan poca fuerza que ni siquiera rozó al tótem castrista.

Ya mencioné en otro lugar y ocasión que las soluciones a la cosa cubana no van a venir, como todo lo demás, “de afuera”. Yo no esperaba entonces que ni siquiera alguien tan enterado como el Papa Francisco trajera un milagro para el desastre cubano. Pero si se alza la voz y si se usa la oportunidad que ha tenido el Papa de erigirse como el guerrero contra las injusticias y lo incorrecto acá en los Estados Unidos, después del silencio cómplice que guardó en Cuba, su credibilidad como líder es al menos cuestionable.

“(…) it takes more fortitude to challenge a dictatorship than a democracy.”, requiere más coraje enfrentar a una dictadura que a una democracia, concluye de manera magistral el editorial del WP, y eso resume en buena medida cualquier otra cosa que se pueda decir al respecto.

Es simple hablar de la pobreza, de la desigualdad, del capitalismo, del cambio climático y las miserias humanas; es fácil para un Papa apabullar a gobernantes y oligarcas con la humildad y el populismo del discurso: todos esos temas son sitting ducks, que es la expresión que se utiliza en inglés para denominar a lo que en Cuba, sin saber inglés, llamamos puchinbá, punching bag para los entendidos.

Es fácil aguijonear a ese animal sin cuernos, humillarlo verónica tras verónica, para al final darle la vuelta al ruedo, luciendo gallardos y justicieros, ¡Ole, Iglesia!, iglesia tangencial que a la vez trata de minimizar a ese Miura que, fuera de control, corretea en la sala de su casa.

El Papa y la curia no tienen por qué salir del Vaticano a predicar selectivamente orden y justicia. Deben comenzar por enfrentar la pedofilia, el absurdo celibato, el machismo que impide que mujeres puedan ser ordenadas sacerdotes, la fabulosa riqueza de una institución que predica la humildad y la frugalidad -“Ama la pobreza como a una hermana”, dice este Papa-; la complicidad de los jerarcas eclesiásticos con regímenes dictatoriales, como es el cubano; replantearse el papel que está jugando la Iglesia y su fábula en un mundo nuevo y extraño, donde acechan por igual amenazas nuevas y males ancestrales.

Si se trata de papeles sucios, debería recoger propios y ajenos a la par este Papa selectivo y predecible; ocuparse en serio de su negocio, y quizás decir como mi amigo, “Nada, normal…”, cuando le pregunté si no teme ensuciarse las manos de mierda. “Hay que hacer lo que sea para que la empresa funcione, y funcione bien…”, remató mostrando las manos, separadas en apostólico gesto, mientras frente a nosotros, en el televisor, una multitud vitoreaba a Francisco y Obama, los amigos más recientes de los dictadores cubanos.

martes, 22 de septiembre de 2015

Ni peras al olmo, ni cubanía al Papa

Bueno, creo que ya de alguna forma lo he dicho, pero me voy a repetir con mucho gusto: no entiendo qué esperaban muchos de la visita de este Papa a Cuba.

Es ya el tercer Papa que va a la isla, arma su tinglado en la plaza, visita a la virgen, recita discursos, declama frases sonoras y sabias sentencias, que son tan similares que parece que las tres veces ha ido la misma persona. Por supuesto, porque es la iglesia católica la que ha hablado en cada ocasión, no los Papas.

Pero no hay que confundirse: ni este Papa, ni los que estuvieron antes que él, han traicionado a nadie. Ellos siguen simplemente la proyección que mantiene a la iglesia católica como la fuerza política y social de importancia que es: andarse por las ramas, no interferir, no enfrentarse; paz, sonrisas y bendiciones.

De tal manera, la disidencia fue ignorada por el Papa, porque de otra forma hubiera provocado una confrontación de la iglesia con el desgobierno cubano, y eso no es lo que hacen los Papas; resulta más fácil lanzar parábolas y perlas de sabiduría, consolidando la imagen paternal y conciliadora de la iglesia, a la vez que se reafirma la inutilidad política de la visita.

Pero no puedo menos que pensar en Karol Wojtyla, Juan Pablo II, el Papa con bonachón rostro de campesino.

Ese nunca perdió de vista qué era lo más importante para sus coterráneos y su país de origen; fue el Papa que impulsó y apoyó el pensamiento de inconformidad, que fomentó la unidad nacional ante el gobierno totalitario, hasta que Polonia por fin se quitó de encima a los comunistas, dando vítores a su polaco mayor.

Obviamente, no es este el caso.

Ni este Papa es Wojtyla, ni habrá un Papa cubano -ni siquiera un cardenal- con la sotana tan bien puesta que haga con Cuba lo que hizo Juan Pablo II con Polonia. Y lo más importante: los cubanos no son los polacos que para poder reconstruir su nación se deshicieron -curiosa coincidencia- de un general dictador y secretario de Partido Comunista como era Wojciech Jaruzelski.

Nadie va a venir de afuera a resolver el asunto cubano, sea un Papa, un Presidente o un capitalista. Hay que dejar de injuriar y culpar a un hombre que no es cubano, que habla a nombre de una institución anodina como es la iglesia católica y que, en última instancia, no tiene por qué hacer lo que le corresponde a los cubanos.

Lo que nos resta es admitir, efectivamente, que todo este asunto añade un poco más de vergüenza, pero no al Papa, que es lo que es, sino a los cubanos, que somos, desgraciadamente, lo que somos.

lunes, 21 de septiembre de 2015

La papa ayuda, el Papa no tanto

No puedo sustraerme a la idea de que nada ha funcionado para propiciar en Cuba el cambio que acá afuera se quiere que tenga lugar, ese cambio que los cubanos de adentro no tienen el menor interés en que suceda.

No ha funcionado ni el bloqueo/embargo, ni Obama, ni los numerosos gestos y acciones de acercamiento del gobierno de los Estados Unidos que, visto el caso, parecen más contoneo de trasero de hembra en celo que la proverbial mano extendida.

Nada, insisto, ha funcionado. Vamos, ni siquiera el retiro del tirano mayor, pues el sistema de poder hereditario y la gerontocracia se las han arreglado para mantener intactos el discurso y el método. También ha fracasado la Unión Europea y su errática política de ahora sí-ahora no; han fracasado igualmente el aislamiento y la inclusión; el hambre y la croquetada; la disidencia y el exilio.

Han embarrancado en La Habana incluso tres Papas, cuyas visitas y ameboides discursos solo han servido para un par de titulares en las agencias de noticias, para que sus seguidores caigan en éxtasis de fe, y para aligerar las cárceles cubanas de su carga de delincuentes comunes.

Ni agotamiento biológico, ni catástrofe económica, ni bloqueos, ni aperturas. Ninguna variante, entonces, funciona; y no funciona por una simple razón: el mal cubano tiene que curarse desde adentro. Si los cubanos siguen aceptando, y por tanto apoyando tácitamente, la porquería de vida que llevan, nada cambiará en un país que, en un lento tránsito hacia una cosa mixta entre capitalismo tímido y dictadura sesentera del siglo XXI, cada vez más se parece a las naciones arquetipos del fracaso social y económico.

Quizás la eliminación de la ley de Ajuste, posibilidad que ya asoma en el horizonte de acontecimientos cubano-americanos, cambie la perspectiva de los cubanos, que ya no contarían con ese potencial escape de su mediocre realidad.

En todo caso, continúa la represión, la arenga tonta, y la ineptitud oficial. Nada ha cambiado, a pesar de los ingenuos saltitos de entusiasmo que muchos pegan en ambos lados del Estrecho.

jueves, 10 de septiembre de 2015

La excepcionalidad y el dictador

"It would not be impossible to prove with sufficient repetition and psychological understanding of the people concerned that a square is in fact a circle. They are mere words, and words can be molded until they clothe ideas in disguise”

Joseph Goebbels, empleado de un dictador que se tomó la excepcionalidad muy a pecho



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“Oye, que ese es el Caballo… ¡El Caballón!”, escuché -escuchamos, los cubanos- con tal frecuencia que nos acostumbramos a pensar que, efectivamente, tener un dictador equiparable a un equino era la gran cosa; equino en jefe, venerado con mansedumbre de yegua dominada -Caballo, esta es tu anca-. Caballo, que significa que es, además, excepcional porque, ¿qué fuera del dictador o dictadura que no se autoproclamara excepcional?

O, ya que se menciona, ¿qué fuera de un grupo que no se crea tanto de sí mismo y no se dijera excepcional?
Véase, digamos, Europa.

Cada nación europea se ha sentido en algún momento mejor que las demás, y lo ha manifestado sin dejar lugar a dudas, por lo general invadiendo algún país vecino, fundando imperios, destruyendo civilizaciones, protagonizando guerras mundiales, o declarándose meca de la gastronomía.

No importa que en algún momento otros iluminados, como Gengis Khan, o los otomanos, cimbraran la autoestima europea con tanto esfuerzo construida: la excepcionalidad -o la ilusión de poseerla- es, más que una cualidad, un credo. Y como tal, imbatible. Credo que, por cierto, ha fomentado naciones de éxito, como los hebreos, o que está recreando el medioevo en pleno siglo XXI, como eso de los musulmanes.

El pasado sábado, sabath, veía pasar a judías empelucadas, con sombreros de atrezzo, dos pasos por detrás de sus judíos -ceñudos tras sus barbas, enfundados en negros trajes- tocados a su vez con sombreros alones y kippah, en camino a la sinagoga, a adorar a su Caballo, que los hace sentir excepcionales. Porque hay cierta excepcionalidad en los judíos, que no tienen dictadores, pero tienen su religión -y la sopa matzo, que es una mierda, pero que a mí me queda muy buena-. La religión, que es quizá la única forma de dictadura que trasciende. Esa su filosofía étnico-religiosa, para variar, funciona: véase el distrito de los joyeros en Manhattan, los barrios judíos de Long Island, el personal de los hospitales y clínicas -mi hijo se atiende en el Long Island Jewish, formidable sistema hospitalario de Nueva York-, o échesele una ojeada a los laureados con el Premio Nobel.

Ese mismo sábado, un poco más tarde -sábado que por cierto exhibió excepcional calor y humedad para esta bendecida latitud-, observaba en el Brooklyn Bridge Park, en un parque infantil repleto de familias y niños, a una señora musulmana, ataviada con esa enorme vestimenta de intenso color negro -la tela de notable calidad, orlada de brocados también oscuros-, la cabeza cubierta, la cara embozada, apenas mostrando los ojos, casi invisibles en la sombra del rebozo. Atendía a dos niños, que en nada se distinguían de los demás, y era a su vez cuidada por un hombre, nada excepcional, vestido a la occidental, que buscaba los ojos de los que -era inevitable- los examinaban con curiosidad, y hasta con un poco de aprensión; el hombre miraba entonces con fiera fijeza, hasta lograr que la otra persona desviara la mirada, desactivando así la impertinente curiosidad.

Me resultó imposible evitar el cliché prejuicioso pues a su espalda, del otro lado del East River, se perfilaba Manhattan, y la Liberty Tower, esa pieza postiza que infructuosamente intenta llenar el espacio que ocupara la majestuosidad excepcional de las Torres Gemelas.

Les funciona entonces, eso de ser nación con cinco milenios de edad y una religión estricta, a los judíos.

A los musulmanes contemporáneos, estancados en el tribalismo y el fanatismo, ya no les funciona.

Resulta imposible asociar a Abu Ali al-Husayn ibn Abd Allah ibn Al-Hasan ibn Ali ibn Sina, el ilustre Avicena, eminente pensador de la época dorada del islamismo, o a al-Khwaarizmi (guarismos, babe, guarismos…) y Omar Khayyam, genios excepcionales que desarrollaron el álgebra en la Edad Media, con el Ejército Islámico que, mientras escribo, está asesinando civiles y destruyendo reliquias de la civilización asiria en Iraq.

En qué momento el islamismo perdió el rumbo y embarrancó en lo que es hoy, no lo sé. Quiero pensar que esa pérdida de la excepcionalidad tiene que ver con que es el Islam la más joven de las religiones abrahámicas pero a la vez quiere ser, como todas las religiones, la única verdadera, y en ese afán recurre a la violencia y el oscurantismo.

Religión joven entonces, pero con algún aspecto atractivo que se me escapa, pues tiene muchos seguidores, aunque su número sea todavía menor que el de los cristianos, gracias a la labor tenaz de los Cruzados, Fray Tomás de Torquemada, Roma, España y Portugal (el caldo verde portugués es una sopa con salchichas excepcionalmente buena); los musulmanes, infelices, no comen caldo verde ni salchichas de cerdo pero, decía, son numerosos: de todas las razas, diseminados por todo el planeta, hablan los más disímiles lenguajes, rezan azuzados por sus muecines, disfrutan de fabulosas riquezas por casualidad y no por su talento, y forman parte ahora de un enorme problema que por su inmediatez empequeñece incluso la amenaza del cambio climático.


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Se ha demostrado también que los musulmanes necesitan a sus dictadores; esos Caballos briosos, ex caciques tribales que se encabritan y hacen bramar de orgullo a sus adoradores, que los obedecerán sin chistar.

Los Estados Unidos, paladín de la libertad, bastión del american exceptionalism, la nación más exitosa, la mano que sostiene el poder, que lo tiene todo, todas las libertades, todas las posibilidades, todo el sentido común, una Constitución de primera, y una pésima tradición gastronómica, en los últimos veinticinco años desató un par de guerras inútiles y se encargó de derribar a varios de esos dictadores que constituían el dique entre la excepcionalidad occidental y la decadencia islámica; con ello desestabilizó, probablemente para siempre, a la zona más volátil del planeta, con consecuencias cuya gravedad aún está por verse.

Hay naciones entonces que necesitan tanto de su religión como de dictadores para mantener lo que entienden por excepcionalidad.

Cuba, y los cubanos, parecieran necesitar dictadores; o más libertades, se escucha con frecuencia. Veamos esa hipótesis.

Muchos cubanos pertenecemos al par de generaciones que se educó bajo el embate de la megalomanía de Fidel Castro, y hemos logrado alcanzar niveles educacionales y académicos excepcionales si se comparan, en época, ocasión, y proporción, con el resto del Tercer Mundo.

Disfrutamos de esa ventaja, y aun volamos con esas alas prestadas; alas que en última instancia se le deben al derroche de recursos con que la ex Unión Soviética et al. financiaron el izamiento de las banderas de la educación, la salud pública y el deporte en Cuba, estandartes de la ficticia excepcionalidad isleña. Las putas, cuya supuesta supresión en algún momento fue incluida en las estadísticas de Cuba la Exitosa, regresaron por sí solas al oficio y fueron desechadas como argumento, si bien se dijo entonces que al menos eran putas muy educadas.

Los soviéticos, por cierto, por arte de Gorbachov devenidos en rusos, y un rosario adicional de naciones y etnias, se ufanan de ser excepcionales también, pero a escala global. Cuentan incluso con un equivalente ruso-soviético para cada invención o logro científico de Occidente: la ciencia y la tecnología parecen haberse inventado dos veces, una acá, y otra en una suerte de mundo paralelo que, de dársele crédito a los rusos, ha tenido lugar allá en la Trans Europa, donde las alfombras se cuelgan en las paredes.

Hay quien le adiciona a la excepcionalidad ruso-soviética la capacidad de esos eslavos norteños para trasegar litros de vodka -no solo el caviar, sino el arenque ruso es muy bueno también; ni se diga del esturión ahumado-, y su resistencia para soportar un frío de espanto; yo pienso que tiene mucho que ver con esa inusual transición de un feudalismo tardío a país socialista y de ahí a nación capitalista de medio pelo, con zares, dictadores y tiranuelos para cada etapa.

Tal vez ese andar atropellado -y el alma rusa, esa russkaya dusha que evoca a un tipo nostálgico, en suéter cuello-de-tortuga, cantando una melancólica balada mientras rasga una tosca guitarra en un bosque de abedules- sea el que ha dejado a Rusia atorada en ese limbo que llaman BRIC (Brasil-Rusia-India-China), grupo de naciones que también pudiera denominarse Sí-Pero-No; un grupo cuya excepcionalidad parece radicar en estar parcheados por igual de tecnología, finanzas, riqueza, pobreza, e inestabilidad.

Los problemas de los cubanos son diferentes.

A pesar de aquel impulso CAME que duró unas tres décadas, tan desproporcionado a las posibilidades reales que representaban azúcar, tabaco, concentrado níquel-cobalto y naranjas, los cubanos hoy no tenemos -no tienen- ni tecnología, ni finanzas, ni ciencia, ni religiones a las qué aferrarse; no hay ninguno de los nuestros en las listas de Premios Nobel, el deporte cubano se ha desmoronado, la salud pública colapsa y la educación escasamente produce profesionales tercermundistamente competitivos.

Lo que resta (además de nuestra crujiente dieta de grasas y almidones) son unos políticos cubano-americanos acá, en los Estados Unidos, cuyo discurso a veces huele a polvo de lugares abandonados; allá, en Cuba, una familia de dictadores ineptos, administradores miserables, y viceversa; y en todas partes, donde haya cubanos, la idea fija de que somos excepcionales.

Qué debería ocurrir para que la realidad nos acabe de caer como un mazazo de gracia que deshaga tanto delirio y nos eche a andar, la verdad no lo sé. Quizás otro dictador deba aguijonear con púa fresca allá en la isla las fantasías nacionales, a ver si la creatividad y el talento por fin se imponen y vencen la abulia nacional, visto que las libertades -estas ajenas que aquí en EEUU tan orondos disfrutamos- tampoco han hecho de la nación emigrada nada excepcional.

A los cubanos entonces -a esa no-nación dispersa por naturaleza- parece que no nos salvan ni las dictaduras ni las libertades, con lo que la hipótesis queda rechazada.


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Puede resultar difícil descifrar cómo se erige un dictador; cómo millones de personas se vuelven primero crédulas, después adictas y finalmente obtusas: habría que preguntar mucho, detenerse en cada encrucijada, desandar años de camino para poder, quizás, encontrar una respuesta.

Pero más desconcertante resulta el indagar en los porqués de la ilusión de la excepcionalidad; es como abrir un arca donde se dice había un tesoro, y encontrarla vacía.

“Oye, que ese es el Caballo…¡El Caballón!”, y “¡Es que nosotros los cubanos somos de pinga!” son entonces dos de los pilares que sostienen el absurdo de la cubanidad contemporánea -cubaneo cotidiano, parece más apropiado-; mientras sigan en su lugar, apuntalando la cobija del bohío nacional, los cubanos seguiremos siendo solo lo que hoy somos: una nación ilusa y sumisa que danza, alucinada, alrededor de un plato con chicharrones.

lunes, 20 de abril de 2015

Política 3D

Señores y vasallos, nobles y siervos. Entonces, todo era sencillo.

Después, los plebeyos se sublevaron y radicalizaron; levógiros a la izquierda; dextrógiros, a la derecha, y las cosas se complicaron.

Como las células, y la religión, la política se fragmentó; dividió los todos, ramificó lo unido, agrupó facciones, multiplicó mentirosos; los acomodó a todos en dendritas cada vez más complejas, y así la política se convirtió en razón de ser de legiones de periodistas y académicos.

Alguien le llamó entonces espectro a la variedad; el término sin embargo es insuficiente, pues el espectro es apenas bidimensional. Izquierda, derecha, demócrata, republicano, socialista, fascista, son sólo opciones puntuales en un universo de ideologías; la complejidad que ha alcanzado el pensamiento político es tal que tan sólo la tridimensionalidad logra describirla. ¿Evolución? Así parece. ¿Deseable? Por supuesto. ¿Necesario? Totalmente; en la variedad está la supervivencia.

Tal es así, que el retroceso, a señores y vasallos, a dirigentes y dirigidos, la reducción de la riqueza política al monopartidismo -tan aberrante como lo sería el regreso de los vertebrados a la protocélula-, ha condenado a todos los regímenes totalitarios a la extinción temprana; en el mundo 3D de la política contemporánea, los arquetipos de lo obsoleto -el socialismo y el comunismo- ya son dos líneas espectrales que dejaran de brillar a corto plazo; coordenadas x,y,z que no llevarán -ni han llevado- a ningún lugar que valga la pena.

Cuba, a la cabeza de las involuciones, tiene el ridículo discurso que se han inventado los mandarines cubanos para maquillar su fracaso: la engañifa acerca de los “tipos de democracia”, con la apostilla de que -horror- lo que tienen en la isla es una “variante válida”, y no una dictadura sin futuro. Pero es sólo un desvarío -comparable a la astrología y el creacionismo-, antesala de la desaparición de esa singularidad.

Por otra parte, aun en plena democracia, aferrarse a la rígida coordenada que establece una ideología, es perderse la riqueza de la libertad de acción y pensamiento.

Quizás el próximo paso evolutivo sea entonces la prevalencia del pensamiento libre e incluyente; la práctica de la política con sentido común, de lo que se debe hacer, y no las camisas de fuerza de las fidelidades partidistas. 

Sería entonces la era de la política de los no-partidos, la hora de los individuos: el mundo infinito 3D, el de la diversidad total, donde todos tendríamos algo que decir y, con suerte, que alguien nos escuche.

lunes, 21 de abril de 2014

Conversación en víspera de Pascua a la vera de un sillón de barbería

“Anoche me quedé viendo una película hasta bien tarde...”

“Uhmmm... ¿´taba buena?”

“Era sobre el niño Jesú, ya tú sabe, él siempre gana, porque él le ve la maldá a la gente en losojo...”

“Uhmmm... ¿Y era americana?”

“Era como en el Medio Oriente...”

“Uhmmm... Pero, ¿americana?”

“Pué era en el desielto...”

“Uhmmm... ¿Cuanto te debo?”

viernes, 20 de septiembre de 2013

Emergencia en la sukkah

“Carajo...”, voy y abro la puerta ante el insistente toque.

“Hola, perdona, pero tenemos un foco parpadeando en la sukkah, ¿puedes ayudarme con eso?”

No faltaba más, y ahí voy al rescate de mis estimadísimos vecinos judíos, que están celebrendo el primer día del Sukkot en su cabaña improvisada, ocho personas paradas alrededor de una mesa ataviada con manteles, servilletas y vajilla, y un foco de luz fría, justo encima de la mesa, y que parpadea rabiosamente, interesante claro-oscuro en los rostros impacientes y consternados de mis vecinos y sus invitados.

“Cabrón foco”, pienso después de un minuto de infructuoso esfuerzo, y ya empezando a sudar, acabado de bañar, coño, pero el foco está bien asentado en sus conexiones, no quiere girar y la precaria lámpara se bambolea. “And, turn it, that´s correct, go, go, OK...”, escucho las valiosas instrucciones del hijo de mi vecina, que carga un rollizo niño, mientras sigo en mi tarea de shabbat goy, sudando y resoplando quedamente, ocho judíos observándome, inmóviles, y mi vecina de pronto se adelanta y hace un ademán para sostener la escurridiza lámpara.

“¡No la toques!”, dice un señor bajito que está a mi izquierda. “Sí la puede tocar”, dice el hijo sabichoso, “es flourescente...”.

“¿Y me puedes decir cuál sería la diferencia entre el incandescente y el flourescente?”, replica con tono pedante y algo de sorna otro señor, éste a mi derecha. “Este foco no tiene llama, es sólo gas...”, responde el hijo sabichoso.

“Pero...”

Pero antes de que pasen a explicar la dispersión inelástica, la excitación de los electrones, el efecto Raman, y lo kosher que esto resulta al compararse con un vulgar alambre de wolframio calentado a un par de miles de grados centígrados, la lámpara se viene abajo, el jodido foco salta de sus sujeciones y yo, por puro milagro de celebración judía, alcanzo a agarrar una con una mano, y al foco con la otra.

Suspiros aliviados, mientras le entrego lámpara y foco a mi vecina, y me voy raudo, sudoroso y sonriente, no sin antes desearles a todos un feliz Sukkot, a lo que nadie me responde, y yo me pregunto si cometí alguna indiscreción, pues nunca se sabe con estas religiones complejas.


“Pero...”, es lo último que alcanzo a escuchar mientras me alejo, en el debate sobre focos que aun mantienen aquellos dos, que, si no fueran judíos, pudieran ser bizantinos.

jueves, 16 de mayo de 2013

La magia es el opio de los hobbits...


Leía esta entrevista a George R.R Martin, autor de The Song of Ice and Fire (Games of Thrones) y me llamó la atención lo que dice acerca de la religión y El Señor de los Anillos:

“That’s what Tolkien left out (religion) — there’s no priesthood, there’s no temples; nobody is worshiping anything in The Lord of the Rings. “

¿Y quién, le preguntara yo al señor Martin, quién necesita la religión, si hay magia? 

La religión es un pobre sucedáneo para la magia, prueba de ello son los tiempos que vivimos.

jueves, 14 de marzo de 2013

¿Quo Vadis, che?


En dias anteriores a la elección del nuevo Papa leí un artículo en CNN acerca de los 10 cardenales “papables”. Jorge Mario Bergoglio no estaba en la lista.

Y aunque no estoy al tanto de lo que se habla en los corrillos en el mundo católico, no creo que muchos hayan esperado el nombramiento de este argentino como Papa.

Pero, indudablemente, sería muy interesante saber porqué fue electo ese Papa, del mundo hispanoamericano, de 76 años, y no otro.

¿Cuál es la intención detrás de esa elección? ¿Preservar el conservadurismo a ultranza?, ¿Promover un reformismo tibio, o por el contrario, un reformismo a rajatabla? ¿O sólo se trata de un Papa de transición?

Es sabido que la Iglesia católica se toma su tiempo para tomar decisiones, valga la redundancia. Tan sólo el último Concilio duró, desde su anuncio a su clausura, 6 años, y lo comenzó un Papa y otro lo terminó.

Pero el tiempo apremia. Numerosos son los problemas y anacronismos que hay por resolver en la iglesia católica. Y, desde mi roca de escepticismo, pero como hijo de devotos católicos, y proviniendo de una cultura impregnada por esa religión, espero que Francisco logre hacer algo por la cada vez más deteriorada imagen de la iglesia.

Les urge hacer, al menos, un gesto honesto: sacar de sus filas a sacerdotes pederastras y ponerlos a disposición de la justicia. Eso es lo primero.

Sin embargo, mi optimismo tiene lógicos límites. No es razonable esperar que la Iglesia llegue por fin al siglo XXI de golpe y porrazo. Es una institución que es conocida por su hermetismo, dogmatismo,  por favorecer las ideas conservadoras y, en muchos casos, por estar detrás de causas y conceptos retrógrados. El modernismo no es lo suyo. Las pugnas internas y los juegos de poder tampoco ayudarían en una cruzada renovadora.

Pienso que el Papa Francisco tiene la oportunidad de ser un Papa que marque un hito en la historia del cristianismo. Pero, si tiene la voluntad de hacerlo, o que se lo permitan, eso, es otro asunto.