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lunes, 1 de febrero de 2016

Deberes de invierno

Uno va aprendiendo rutinas.

Subir los limpiaparabrisas antes de la nevada y la helada, por ejemplo, para que no se queden adheridos al parabrisas.

O quitar de encima del carro la nieve, mientras está todavía fresca, fácil de mover. De dejarla, puede compactarse, aferrarse a la carrocería, y al tratar de desprenderla se puede dañar la pintura.

También hay que lavar el carro lo más pronto posible, y más de una vez: la sal que usan para derretir la nieve en las calles es corrosiva, y oxida el metal de la carrocería y el motor.

Hay quien disfruta lavar un carro. Yo no.

Una vez lo hice; lavé mi primer carro, una mañana de un sábado, o de un domingo; terminé sudado, la ropa mojada, y el auto ni siquiera se notaba muy diferente después del lavado: era un Ford Topaz, que había visto sus mejores momentos hacía diez o doce años atrás; la pintura ya estaba opaca, descascarada en algunos lugares, la tapicería desgarrada, y le faltaba la palanca de las luces direccionales.

Pero fue mi primer carrito, con el que aprendí a manejar, al que le reparé el motor un par de veces, en el que invertí casi lo mismo que me costó, y que vendí un año después por cién dólares menos del precio al que lo había comprado. El “síndrome del primer carro”, llamo a ese insensato afecto por ese el primer carro, que nos lleva a gastar dinero y esfuerzo en algo que no lo amerita. Quizás alguien sepa de lo que hablo.

Unos días después, para mi suerte, un conocido me ofreció, por una suma módica, lavar aquel deslucido Ford, y hasta encerarlo. Fue esa quizás una de mis primeras interacciones con la simpleza de “Usted vende-yo pago”, esa maravilla que hace funcionar el comercio, el mercado y el capitalismo. No a las gratuidades indebidas, decía el regalador en jefe, que nunca se aplicó la máxima a conciencia.

A partir de entonces, cuando encontré que alguien podía proveer el servicio que yo necesitaba, y que yo podía pagar por ese servicio -hace ya unos dieciocho años de ello- nunca más he lavado el carro de turno.

Como decía, uno va aprendiendo rutinas.

Ayer llevé entonces a lavar el carro de mi esposa, y hoy en la mañana llevé el mío.

La nevada, el deshielo, la sal, y el fango citadino los había cubierto con una capa de áspera suciedad que urgía eliminar. Y yo, animal de costumbre y conveniencias, siempre los llevo a lavar al mismo lugar, donde la gente me cae bien, el servicio es aceptablemente bueno, donde después de diez lavadas te regalan una, y donde dos grupos de hispanos, uno a la entrada del tándem de lavado, y otro a la salida, se encargan de secar, limpiar y dejar los carros en no impecable pero sí buena apariencia.

Trabajan esas personas bajo el calor agobiante de los mediodías de verano, y en el frío terrible de los días ventosos de invierno; sábados, domingos, desde que amanece hasta que oscurece, empapados, chapoteando en charcos oscuros, trapos mugrientos en las manos rojizas, irritadas por el agua helada y los productos de limpieza. Trabajan, supongo, por un salario fijo, mínimo; trabajan ahí porque, tal vez, no tienen otra posibilidad; pero sobre todo trabajan por la propina, que apenas compensa ese salario tan mínimo como insuficiente.

En eso pensaba -siempre lo pienso, cada vez que voy- mientras observaba a algunos clientes que también esperaban a que sus autos estuvieran limpios y flamantes. “Siempre parecen los mismos...”, me dije, esos que esperan: enfundados en ropas deportivas, espejuelos de sol que disimulan los párpados hinchados, gorras para cubrir el cabello desarreglado por la almohada, en la mano un vaso de Starbuck con alguno de esos menjunjes que apenas son café.

Alternan su atención entre sus teléfonos y los movimientos de la tribu que se arremolina dentro y fuera de sus autos. Nadie conversa. Solo esperan, con paciente impaciencia, la señal de partida. “¡Rédi!”, repite cada vez uno de los empleados, mientras señala hacia el carro en cuestión. La viveza del grupo de lavacarros contrasta con la abulia de los que los observamos. Hablan en español, con acentos de toda América -a bunch of spanish guys, sería la descripción equivalente que brindaría alguno de los otros clientes, que solo deben escuchar un parlotear del que no entienden ni una palabra.

Yo sí entiendo. Hablan sobre fútbol; sobre alguien que hizo algo que no alcanzo a saber si es bueno o malo; sobre otro que hoy no vino a trabajar. Conversan, sin alterar la coreografía que los lleva de un carro a otro. En el grupo hay tres mujeres. Dos son muy jóvenes, otra debe rebasar la treintena; secan los vidrios, enjuagan trapos, llevan y traen alfombrillas. En silencio. A veces una mirada a los que esperamos, furtiva, sin sonrisas. Indiferentes.

Los clientes se suben a sus autos (“¡Rédi!”) y se marchan. Una señora diminuta, que viste unos abigarrados pantalones de licra, muy ajustados, y que calza unas botas UGG con reborde de lana, deposita un par de dólares en un recipiente que allí tienen para las propinas. Su carro es un VW descapotable -carro poco práctico donde los haya, pero que al menos en verano debe ser divertido-

El señor “¡Rédi!” conversa con el dueño del lava-autos, y por eso olvida avisarme que mi carro está listo. Sé que es el dueño porque hemos hablado alguna vez; pero para cualquier otra persona puede pasar por un americano venido a menos, que necesita lavar carros para vivir -también los he visto por aquí.

El hombre viste jeans, zapatos impermeables, percudidos, parecidos a los que hoy uso, y un suéter con capucha. Lleva un trapo en cada mano, y va de auto en auto rectificando detalles que se le hayan podido escapar a sus empleados. No me saluda pues no mira en mi dirección, y yo no lo interrumpo; el día es frenético: muchos clientes hoy, cumpliendo uno de los deberes del invierno.

Nadie me presta atención. Antes de subirme a mi carro dejo caer unos billetes en el recipiente de las propinas. No es obligatorio hacerlo, claro. De hecho solo la señora diminuta del VW lo había hecho en el tiempo que llevo esperando por mi carro.

No es obligatorio.

Pero si no puedo dejar algo de propina, debo lavar yo mismo mi carro. Vamos, que hay deberes de invierno, como esto de evitar que el auto se dañe; hay otros, más simples, que no son de temporada.

martes, 17 de noviembre de 2015

Crisis cubana en Costa Rica

“Estoy triste porque mi mejor amigo decidió irse a Ecuador para tratar de llegar a los Estados Unidos”, me dice una de mis hijas, “Dejó todo: pidió la baja de la Universidad, dejó a la madre -es único hijo- y se lanzó a ese viaje: estaba desesperado...”, añadió mi niña, y guardó unos instantes de silencio, quizás enviando a su amigo todos sus buenos deseos y la mucha suerte, porque la va a necesitar.

La actual crisis de los emigrantes cubanos que fueron atacados por el gobierno nicaragüense y que ahora permanecen varados en Costa Rica tiene una dolorosa similitud con aquellos que, a raiz de los sucesos de la Embajada del Perú, salieron hacia ese país, y allí aun permanecen.

La ruta migratoria que han seguido esos, y otros miles de cubanos, comienza en Ecuador. Atraviesan entonces Colombia, toda Centroamérica y México, antes de poder llegar por fin a la frontera de los Estados Unidos.

Probablemente van guiados por traficantes de personas, que saben por dónde viajar y qué manos untar. Confían en la ruta tantas veces probada, que es aparentemente menos peligrosa que un viaje en balsa, pero dependen sobre todo de la vista gorda de cada país que recorren, cuyas autoridades saben que los cubanos son solo migrantes de paso, sin la menor intención de radicarse en esos territorios.

O al menos así era hasta hace poco.

Entonces, ¿por qué hasta ahora sí, pero ya no?

¿Qué ha sucedido para que el gobierno de Costa Rica decidiera retener a esos cubanos en la frontera?

¿A qué obedece la insensata crueldad de las autoridades nicaragüenses al atacar con gases lacrimógenos a esas personas, civiles entre los cuales abundan niños y hasta mujeres embarazadas?

Quizás una sugerencia del gobierno de los Estados Unidos al gobierno de Costa Rica para que intente impedir el paso de esa ola migratoria y disuadir a esos cubanos de continuar su viaje.

Tal vez una respuesta violenta de parte del gobierno nicaragüense, país que ha lidiado con la violencia extrema de la guerra civil y que no es ajeno a las soluciones brutales, queriendo cortar por lo sano un acto de violación de sus fronteras.

Ni siquiera hay que descartar la mano del gobierno cubano, cuyos motivos se me escapan de momento -al cabo esos migrantes dejan de ser una carga social en Cuba y van a formar parte de los emisores de remesas; un negocio redondo, sin costos, todo beneficio-; es difícil concebir que aun un desgobierno tan torpe como el cubano tratara de impedir el paso de esos emigrantes usando su influencia con el gobierno de Nicaragua.

Pero, en cualquier caso, parece que la viabilidad de esa ruta está llegando a su fin.

Mientras, la presión ante la inminencia de una posible derogación de la Ley de Ajuste impulsa a los cubanos que pueden hacerlo a abandonar el país. Ni reformas pasadas por agua, ni cambios insustanciales, ni el WiFi pedestre o las nuevas amistades del desgobierno han logrado detener el ansia de abandonar Cuba, lo cual sigue siendo la solución más expedita al drama cotidiano de los cubanos.

Hay en ello un pragmatismo poco usual en nuestra idiosincracia emocional, cuya consecuencia más trágica sea quizás el aumento de los balseros.

Mientras, el gobierno de Costa Rica, en un gesto de elemental humanitarismo, les ha concedido visa temporal y renovable a ese nutrido grupo de emigrantes cubanos que se vió obligado a regresar a territorio tico, lo cual es una buena noticia.

La otra noticia es que hay más cubanos en camino; seguirán llegando a Centroamérica mientras tengan el dinero para pagarse el pasaje a Quito y para pagar a los “coyotes” que los llevan de frontera a frontera.

De no lograr avanzar más allá de Costa Rica , o Nicaragua, se acumulará una masa crítica que va a desatar una crisis de cada vez mayores proporciones, que puede culminar en una deportación masiva de esas personas a Cuba, pues la posibilidad de que los Estados Unidos decida recibirlos al por mayor es muy remota, aun para un gobierno como el de Obama; sentaría un precedente que aumentaría el flujo de emigrantes cubanos por esa vía.

Es más probable la cancelación del acuerdo sobre visados con Ecuador, y que la muy mala suerte acose al amigo de mi hija.

Esta nueva crisis puede ser otro golpe al ya maltrecho prestigio de la Ley de Ajuste, y es en general una mala noticia para los cubanos que buscan la oportunidad de rehacer sus vidas fuera de Cuba. Vaya con ellos toda la suerte entonces, y esperemos que suceda lo mejor.

lunes, 19 de octubre de 2015

El Barrio en llamas

Periodismo de Barrio, el proyecto de la periodista y profesora cubana Elaine Díaz, está bajo fuego.

Y no es para menos: es un proyecto de periodismo que es independiente del gobierno cubano y sus instituciones, y cuya continuidad va a depender de financiamiento extranjero; su propósito es dar a conocer la situación de personas damnificadas por desastres naturales en Cuba, enfatizando la persistencia de ese estado de crisis y la posibilidad de que este empeore.

O sea, es un trabajo periodístico a profundidad -“periodismo lento”, al decir de la líder del proyecto- que debe aportar evidencia sólida para poner en tela de juicio la capacidad y/o voluntad para resolver los acuciantes problemas de los ciudadanos afectados.

O sea, va a documentar la incapacidad y/o falta de voluntad del gobierno cubano para resolver problemas de sus ciudadanos.

Y por eso está bajo fuego Periodismo de Barrio, porque pretende hacer, esta vez con el rigor y oficio de periodistas profesionales, lo que hacen grupos disidentes (“14 y Medio” de Yoani Sánchez es quizás el más conocido) que también informan sobre el acontecer nacional cubano.

El aparataje de “ideólogos” y esbirros que controla y garantiza la buena salud de la censura en Cuba está entonces en estado de alerta. Le han aflojado la correa a uno que otro de los perros de prensa, que han escrito en medios digitales cuestionando la naturaleza del proyecto y la pureza de los propósitos de Elaine Díaz -cuya fidelidad y compromiso con el oficialismo resulta difícil de impugnar-, deslizando insinuaciones y comparaciones con las que intentan colocar a Periodismo de Barrio bajo la misma sombra que cae sobre los grupos de disidencia política.

Al momento que escribo este texto todavía nadie le ha saltado abiertamente a la yugular a Elaine y a su proyecto; todo se ha limitado hasta ahora una conjugación en pasado del verbo decir -ella dijo/yo dije/aquel dijo- pero no dudo que, siguiendo a la publicación de los primeros artículos de PdB (http://periodismodebarrio.org/), el fuego arrecie tanto de forma privada como pública.

Pienso que son deseables iniciativas como las que promueve este proyecto, que parece querer ir más lejos y profundo que otros “independientes” de estos tiempos, como puede ser OnCuba, la mascota del adelantado Hugo Cancio.

Pero es un paso osado lanzar en Cuba una “agencia informativa” que no pertenece a la prensa oficial, ni es controlada por el aparato político gubernamental, ni tiene prebendas que prometer, ni dinero para untar. Y si bien se ha elegido como leit motiv del proyecto un tema humanitario -que puede parecer light dentro de rosario de calamidades de toda índole que asedian a la sociedad cubana desde hace más de medio siglo- es de todas maneras un asunto de sumo interés público: dado el estado de los inmuebles y la infraestructura de desagües y alcantarillados en Cuba, pasar a ser un damnificado es solo cuestión de tiempo y mala suerte.

Pero no hay manera posible de debatir un problema en Cuba y no hablar de la mala gestión del gobierno.

Es así que, a la (incierta) luz de los acontecimientos, la página web del proyecto, junto con los primeros trabajos periodísticos, publica una declaración titulada “¿Por qué hacer Periodismo de Barrio en Cuba hoy?”

Es lógico, y esperable, que Elaine Díaz proteja su creación. Sería tonto que no lo hiciera, y muestras de ese empeño la ha dado en días recientes al responder a textos publicados por castroblogueros sobre el tema de marras. Este nuevo “comunicado” va más allá de esas respuestas necesarias y tiene el claro propósito de hacer visible, para tirios y troyanos, el color político de Periodismo de Barrio.

Más que una declaración de principios, lo que se lee en ese texto es el final de una declaración; una que comienza diciendo que “el periodismo es una promesa implícita de cambio”, y que termina diciendo que el proyecto Periodismo de Barrio no aceptará “donaciones de ninguna institución que busque – o haya buscado – la subversión del sistema político cubano”.

Con ello Periodismo de Barrio se muerde la cola y abraza el absurdo más recurrente del pensamiento progre cubano: el del cambio sin cambio.

Es loable que el proyecto se enfoque en esa capa vulnerable que son los damnificados, donde el problema sigue siendo el drama no resuelto de esas personas; pero ese es un problema que no soluciona un gobierno que es inepto e ineficaz; gobierno que es a todas luces el problema en sí, porque esos desdichados ciudadanos no son víctimas de ciclones o inundaciones: lo son de la desidia de los des-gobernantes, de la obsolecencia del "proyecto" cubano, del desastre económico y sociopolítico que es la Cuba contemporánea.

Por tanto, si Periodismo de Barrio, por las razones que sean, elude explícitamente la confrontación política -a pesar de que no se declara neutral-, está evitando tomar al toro por los cuernos pero también está apoyando, igualmente de manera explícita, la continuidad de ese paleogobierno de generales y comisarios, que es el orígen primordial de las desgracias de los damnificados.

Nadie le puede pedir a Elaine Díaz y sus colaboradores que -tengan o no el propósito de hacerlo- se suiciden politicamente en un país que tritura a los que se oponen. Pero al trazar una línea que deja fuera de Periodismo de Barrio a quienes quieren ver en Cuba otro gobierno, otras oportunidades -”El periodismo es una promesa implícita de cambio”- el proyecto nace entonces atrapado en la paradoja de denunciar un mal cuyas causas al mismo tiempo protege.

Pero fuera de las sutilezas de las filias y la supervivencia, PdB es novedoso; no es un simple portal que reproduce noticias de agencias y uno que otro artículo de opinión. Es un periodismo que no se había hecho antes en Cuba, y eso es bueno. Muy bueno. Es además una excelente buena nueva y ejemplo para los profesionales de la prensa, pues puede ser un agente de cambio (ahora sí) para el periodismo cubano.

Sin embargo, no hay que esperar más que eso; PdB no es, para usar sus propias palabras, subversivo, ni tampoco es el empujón que necesita la mole desgubernamental para comenzar a moverse. Tanto lectores como censores deberían tomar nota de ello y dejar que la idea florezca en paz.

Le deseo suerte entonces a Periodismo de Barrio. Y léanlo, que vale la pena.



martes, 29 de septiembre de 2015

Más de lo mismo

El general heredero le ha entregado al mundo, a través de su discurso en la ONU, otra pieza (defectuosa) de la oratoria clásica castrista.

Podía haberse quedado en casa, la verdad; ahorrarse ese dinero que se ha gastado en mover y alimentar a sí mismo y sus chambelanes cheos en pulovitos a rayas (la comida en Nueva York es cara en serio) y depositar esos dólares en las cuentas familiares que reposan en algún banco europeo. Porque fue ese un discurso cuya principal cualidad es ser olvidable.

No voy a analizarlo en toda su extensión pues es más relleno que sustancia, pero hay que destacar un que otro de los desatinos que allí aparecen. Algunos rayan en el delirio, como pedir libertad para Puerto Rico (¿?), o compensación a los países caribeños por la esclavitud (¿?); otros son predecibles, como el alineamiento con Venezuela y Ecuador, o las Malvinas para Argentina. También le guiñó un ojito a Rusia-Putin, otro al ayatollah, y puso una cereza en su atolondrado pastel diciendo que espera que el pueblo sirio pueda resolver por sí mismo sus diferencias, sin injerencia externa. O sea, más o menos lo que está haciendo el ISIS.

Pero lo mejor del discurso es sin duda la lista de entuertos a desfacer por parte de alguna administración norteamericana (y parece que Obama está en buena disposición) para que se normalicen las relaciones -no entre el desgobierno y los desgobernados, porque se sabe que allá en Cuba son todos felices- sino entre Cuba y su enemigo imprescindible, los Estados Unidos.

Dice entonces el general heredero que “Ahora se inicia un largo y complejo proceso hacia la normalización de las relaciones que se alcanzará cuando se ponga fin al bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba; se devuelva a nuestro país el territorio ocupado ilegalmente por la Base Naval de Guantánamo; cesen las transmisiones radiales y televisivas y los programas de subversión y desestabilización contra Cuba, y se compense a nuestro pueblo por los daños humanos y económicos que aún sufre.”

Recuerda tanto este hombre y su cantinela a la fábula del rey que apila obstáculo tras obstáculo al pretendiente de su hija, sólo que el general no es un monarca pintoresco sino un viejo aburrido.

En la recta final del alegato, pues aparece la mención inevitable al hermano, seguida de la parte más graciosa de la intervención, cuando el hombrecillo ofrece sus buenos oficios y dice que “Podrá contar siempre la comunidad internacional con la sincera voz de Cuba frente a la injusticia, la desigualdad, el subdesarrollo, la discriminación y la manipulación; y por el establecimiento de un orden internacional más justo y equitativo, en cuyo centro se ubique, realmente, el ser humano, su dignidad y bienestar.”

Vamos, que hay que tener la cara dura en serio.

De todo ese bodrio lo que se puede sacar en claro es que la pausa es la vocación del desgobierno. A no ser que Obama decida unilateralmente terminar por obviar todo lo repudiable y despreciable que son ese hombre, su hermano, su familia, su dictadura y sus acólitos, y le cumpla entonces cada exigencia con la diligencia de amante desesperado, será más de lo mismo pues el general no va a ceder un ápice en aperturas políticas ni los cubanos tampoco harán nada para que esto suceda.

En fin, otro discurso inútil.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Papeles sucios

Conozco a alguien que es dueño de una compañía de limpieza.

Conoce bien su negocio porque, antes de ser el dueño, antes de graduarse como el webmaster de altos quilates que es hoy, pulió pisos, limpió baños y colectó basura para esa compañía. Es un hombre de hablar pausado, algo cansino, que le explica a sus empleados con paciencia y conocimiento de causa cómo se deja un urinario, amarillento y hediondo por la orina reseca, de nuevo reluciente, blanco y oloroso a desinfectantes; o que les enseña, habilidoso, qué hay que hacer para que ese piso del vestíbulo quede brillante, sin rayas ni mácula.

La cátedra la dicta en cualquier pasillo del lugar a limpiar, me dice, y la termina en un baño, donde, como al descuido, recoge del piso, a mano limpia, algún papel sanitario, manchado de mierda, y lo deposita en la basura, ante la mirada atenta de sus oyentes, a los que anima con ese ejemplo a entregarse al trabajo -como si esas personas necesitaran algún incentivo adicional a la desesperación que los lleva emplearse como personal de intendencia-. Personas que además puede que sientan que ese hombre, que maneja un BMW X5, y vive en una exclusiva zona de clase media alta, es uno de ellos.

El Papa hace algo parecido: lava y besa los pies de reclusos, abraza a enfermos terminales, les sirve cena a pordioseros y pide que el mundo cambie, que las desigualdades desaparezcan, que se reparta la riqueza. El hombre, Jorge Mario Bergoglio, es un buen hombre; se nota en su cara, bonachona, de sonrisa autentica, y ha dicho alguna que otra cosa digna de prestársele atención. Pero el Papa funcionario, el Papa símbolo, es solo como el dueño de una compañía de limpieza a la que debe hacer funcionar.

Y la hace funcionar, entre otros, hablando de los problemas ajenos con soltura y contundencia, pero con una selectividad pasmosa.

Un reciente editorial del Washington Post lleva por título “Pope Francis appeases the Castros in repressive Cuba”. La tercera acepción de la palabra appease es "to yield or concede to the belligerent demands of (a nation, group, person, etc.) in a conciliatory effort, sometimes at the expense of justice or other principles." O sea que el titular del editorial dice “El Papa Francisco dobla la cerviz ante una Cuba represiva”

Efectivamente, el Papa optó en Cuba por ignorar no solo a la disidencia, sino lo que es aún más decepcionante: soslayó el problema principal cubano -aunque debo admitir que a estas alturas tengo serias dudas acerca del orden de importancia de los problemas de Cuba- que es el desgobierno, ese ente tan inepto y obsoleto que está -de eso sí estoy seguro- en la raíz de todo el infortunio cubano. Una que otra parábola lanzó, pero con tan poca fuerza que ni siquiera rozó al tótem castrista.

Ya mencioné en otro lugar y ocasión que las soluciones a la cosa cubana no van a venir, como todo lo demás, “de afuera”. Yo no esperaba entonces que ni siquiera alguien tan enterado como el Papa Francisco trajera un milagro para el desastre cubano. Pero si se alza la voz y si se usa la oportunidad que ha tenido el Papa de erigirse como el guerrero contra las injusticias y lo incorrecto acá en los Estados Unidos, después del silencio cómplice que guardó en Cuba, su credibilidad como líder es al menos cuestionable.

“(…) it takes more fortitude to challenge a dictatorship than a democracy.”, requiere más coraje enfrentar a una dictadura que a una democracia, concluye de manera magistral el editorial del WP, y eso resume en buena medida cualquier otra cosa que se pueda decir al respecto.

Es simple hablar de la pobreza, de la desigualdad, del capitalismo, del cambio climático y las miserias humanas; es fácil para un Papa apabullar a gobernantes y oligarcas con la humildad y el populismo del discurso: todos esos temas son sitting ducks, que es la expresión que se utiliza en inglés para denominar a lo que en Cuba, sin saber inglés, llamamos puchinbá, punching bag para los entendidos.

Es fácil aguijonear a ese animal sin cuernos, humillarlo verónica tras verónica, para al final darle la vuelta al ruedo, luciendo gallardos y justicieros, ¡Ole, Iglesia!, iglesia tangencial que a la vez trata de minimizar a ese Miura que, fuera de control, corretea en la sala de su casa.

El Papa y la curia no tienen por qué salir del Vaticano a predicar selectivamente orden y justicia. Deben comenzar por enfrentar la pedofilia, el absurdo celibato, el machismo que impide que mujeres puedan ser ordenadas sacerdotes, la fabulosa riqueza de una institución que predica la humildad y la frugalidad -“Ama la pobreza como a una hermana”, dice este Papa-; la complicidad de los jerarcas eclesiásticos con regímenes dictatoriales, como es el cubano; replantearse el papel que está jugando la Iglesia y su fábula en un mundo nuevo y extraño, donde acechan por igual amenazas nuevas y males ancestrales.

Si se trata de papeles sucios, debería recoger propios y ajenos a la par este Papa selectivo y predecible; ocuparse en serio de su negocio, y quizás decir como mi amigo, “Nada, normal…”, cuando le pregunté si no teme ensuciarse las manos de mierda. “Hay que hacer lo que sea para que la empresa funcione, y funcione bien…”, remató mostrando las manos, separadas en apostólico gesto, mientras frente a nosotros, en el televisor, una multitud vitoreaba a Francisco y Obama, los amigos más recientes de los dictadores cubanos.

martes, 22 de septiembre de 2015

Ni peras al olmo, ni cubanía al Papa

Bueno, creo que ya de alguna forma lo he dicho, pero me voy a repetir con mucho gusto: no entiendo qué esperaban muchos de la visita de este Papa a Cuba.

Es ya el tercer Papa que va a la isla, arma su tinglado en la plaza, visita a la virgen, recita discursos, declama frases sonoras y sabias sentencias, que son tan similares que parece que las tres veces ha ido la misma persona. Por supuesto, porque es la iglesia católica la que ha hablado en cada ocasión, no los Papas.

Pero no hay que confundirse: ni este Papa, ni los que estuvieron antes que él, han traicionado a nadie. Ellos siguen simplemente la proyección que mantiene a la iglesia católica como la fuerza política y social de importancia que es: andarse por las ramas, no interferir, no enfrentarse; paz, sonrisas y bendiciones.

De tal manera, la disidencia fue ignorada por el Papa, porque de otra forma hubiera provocado una confrontación de la iglesia con el desgobierno cubano, y eso no es lo que hacen los Papas; resulta más fácil lanzar parábolas y perlas de sabiduría, consolidando la imagen paternal y conciliadora de la iglesia, a la vez que se reafirma la inutilidad política de la visita.

Pero no puedo menos que pensar en Karol Wojtyla, Juan Pablo II, el Papa con bonachón rostro de campesino.

Ese nunca perdió de vista qué era lo más importante para sus coterráneos y su país de origen; fue el Papa que impulsó y apoyó el pensamiento de inconformidad, que fomentó la unidad nacional ante el gobierno totalitario, hasta que Polonia por fin se quitó de encima a los comunistas, dando vítores a su polaco mayor.

Obviamente, no es este el caso.

Ni este Papa es Wojtyla, ni habrá un Papa cubano -ni siquiera un cardenal- con la sotana tan bien puesta que haga con Cuba lo que hizo Juan Pablo II con Polonia. Y lo más importante: los cubanos no son los polacos que para poder reconstruir su nación se deshicieron -curiosa coincidencia- de un general dictador y secretario de Partido Comunista como era Wojciech Jaruzelski.

Nadie va a venir de afuera a resolver el asunto cubano, sea un Papa, un Presidente o un capitalista. Hay que dejar de injuriar y culpar a un hombre que no es cubano, que habla a nombre de una institución anodina como es la iglesia católica y que, en última instancia, no tiene por qué hacer lo que le corresponde a los cubanos.

Lo que nos resta es admitir, efectivamente, que todo este asunto añade un poco más de vergüenza, pero no al Papa, que es lo que es, sino a los cubanos, que somos, desgraciadamente, lo que somos.

lunes, 21 de septiembre de 2015

La papa ayuda, el Papa no tanto

No puedo sustraerme a la idea de que nada ha funcionado para propiciar en Cuba el cambio que acá afuera se quiere que tenga lugar, ese cambio que los cubanos de adentro no tienen el menor interés en que suceda.

No ha funcionado ni el bloqueo/embargo, ni Obama, ni los numerosos gestos y acciones de acercamiento del gobierno de los Estados Unidos que, visto el caso, parecen más contoneo de trasero de hembra en celo que la proverbial mano extendida.

Nada, insisto, ha funcionado. Vamos, ni siquiera el retiro del tirano mayor, pues el sistema de poder hereditario y la gerontocracia se las han arreglado para mantener intactos el discurso y el método. También ha fracasado la Unión Europea y su errática política de ahora sí-ahora no; han fracasado igualmente el aislamiento y la inclusión; el hambre y la croquetada; la disidencia y el exilio.

Han embarrancado en La Habana incluso tres Papas, cuyas visitas y ameboides discursos solo han servido para un par de titulares en las agencias de noticias, para que sus seguidores caigan en éxtasis de fe, y para aligerar las cárceles cubanas de su carga de delincuentes comunes.

Ni agotamiento biológico, ni catástrofe económica, ni bloqueos, ni aperturas. Ninguna variante, entonces, funciona; y no funciona por una simple razón: el mal cubano tiene que curarse desde adentro. Si los cubanos siguen aceptando, y por tanto apoyando tácitamente, la porquería de vida que llevan, nada cambiará en un país que, en un lento tránsito hacia una cosa mixta entre capitalismo tímido y dictadura sesentera del siglo XXI, cada vez más se parece a las naciones arquetipos del fracaso social y económico.

Quizás la eliminación de la ley de Ajuste, posibilidad que ya asoma en el horizonte de acontecimientos cubano-americanos, cambie la perspectiva de los cubanos, que ya no contarían con ese potencial escape de su mediocre realidad.

En todo caso, continúa la represión, la arenga tonta, y la ineptitud oficial. Nada ha cambiado, a pesar de los ingenuos saltitos de entusiasmo que muchos pegan en ambos lados del Estrecho.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Motivos para una estampida

A ese hombre lo había visto un par de veces, de pasada, por cuestiones de trabajo. Tendría unos cincuenta años; de postura erguida, fornido, y de aspecto saludable para las condiciones de mediados de los 90 en Cuba.

Pasaron un par de meses y, cuando lo volví a ver, no lo reconocí. Era un anciano, de mirada opaca, demacrado, encorvado, de aspecto descuidado. “¿Cáncer?”, pregunté. “No”, me respondieron, “Sus tres hijos salieron en balsa hace un mes, y no llegaron… ”

No he visto las imágenes del cuerpo sin vida del niño migrante, que se ahogó tratando de llegar a Europa, ni los cuerpos putrefactos encerrados en una camioneta a la orilla de una autopista austriaca. No quiero verlos. Pero he visto la desesperación de los refugiados del Medio Oriente tratando de cruzar las fronteras en Grecia y Macedonia, de los desesperados estancados en la estación de trenes de Budapest; los vi en Cojímar, armando sus balsas en el 93, y en Chiapas, cruzando el rio Usumacinta, asediados por las Maras y la corrupción de los policías mexicanos.

También los veo por acá, podando jardines, en las cocinas de los restaurantes, en los estacionamientos de Home Depot, hacinados, tratando de ganar algo de dinero, malviviendo, a merced del oportunismo de un Trump o de la crueldad de la milicia de los rancheros de Arizona.

Todos han perdido algo: país, familia, la esposa, la infancia de sus hijos, un compañero de viaje. Huyen, sin distinción, en busca de mejores oportunidades. Huyen de sus políticos, de los fanáticos, de la miseria que los rodea. Algunos mueren bajo la cobertura de la gran prensa; otros, se ahogan a solas, o son enterrados en el desierto. Pero nada puede detener a los que huyen de males mayores.
Al hombre, entonces, ya no le quedan hijos, solo dolor. A otros, les quedan todos los motivos para seguir huyendo, y la esperanza de llegar a alguna parte.

Suerte para ellos.

viernes, 28 de agosto de 2015

La cosecha de la nostalgia

“Mire, quédese con él, si quiere, yo me compro otro…”, le ofrecí al señor que había ojeado, con un aire que me pareció de cierta indiferencia, el anuario de beisbol donde se relataban hechos y cifras de mis admirados peloteros de los años setenta y ochenta. “Sin pena”, rematé mi oferta, generoso, y lo observé pasar las páginas a las que no les prestaba mucha atención.

“Ná, gracias…”, me respondió al fin el señor, devolviéndome el librito, y reiniciando la conversación con otro tema que ya no recuerdo. Efectivamente, me dije, era indiferencia. Dos días después el hombre, tío de la que por entonces era mi esposa, regresó a Miami, donde vivía hacía ya veinte años, y yo hube de esperar otros tantos para entender cómo se llega a ser indiferente ante lo que a otros cubanos importa.

Me acordaba de ese breve episodio al leer que habían llegado a Miami cuatro comediantes cubanos, contemporáneos, a los que no conozco. Vienen siguiendo a su público emigrado, que sí los conoce; inmigrantes recientes, que quizás ya apenas recuerden que Boncó era un “pala” en el programa estelar de Carlos Otero en el canal 6, junto con Gustavito y Antolín, o que Hilda Rabilero, con aquella divina risa de depredadora, fue la reina de los anocheceres sabatinos en su programa “Contacto”. Definitivamente tampoco van a saber quiénes fueron Enrique Arredondo, María de los Ángeles Santana, o Germán Pinelli, como yo tampoco conocí, y por tanto no puedo recordar, a Trespatines o Cachucha y Ramón.

El exilio cubano, y sus memorias, es como esos estratos geológicos que cuentan nuestra historia, a la vez que dejan intactas cada una de sus etapas. Cada cierto tiempo entonces alguien viene a excavar en esas memorias, a cosechar la nostalgia; lo hace con presentaciones de Mirta Medina o Ania Linares, con shows de Gustavito y Ulises Toirac, o como ahora con estos comediantes -para mí- desconocidos. En los peores casos la recaudación incluye a politiqueros oficialistas como Buena Fé, o a reguetoneros menesterosos cuyo nombre ni vale la pena mencionar, que también han llegado en busca de su público emigrado, devenido ahora en cliente solvente en dólares contantes y sonantes.

Es la industria de la nostalgia, de la que se están sirviendo, con cuchara amplia y escasos escrúpulos, empresarios cubano-americanos harto conocidos en ambos lados del Estrecho de la Florida.

Es un signo de los tiempos -nada nuevo, por cierto- esto de ir adonde esté el dinero. Es lo que hacemos. Es lo que hacen artistas y músicos. Para algunos se ha convertido en algo lucrativo; para otros, en una pesadilla que los hace oscilar entre Miami, o Madrid, y La Habana, entre el fracaso y la consolación.

En cualquier caso están buscando, persiguiendo con tenacidad, luchando a brazo partido, su nicho de nostalgia. Son la montaña que vino a Mahoma, porque Mahoma es el que paga.

Que les vaya bien entonces a esos comediantes; es una oportunidad válida, y la deben aprovechar. Al cabo siempre habrá un nicho de mercado nostálgico esperando ser servido, aunque algunos ya digamos, “Ná, gracias…”, y pasemos la página, indiferentes.

martes, 25 de agosto de 2015

Siento un bombo, mamita, y no me están llamando

Parece que alguien los cría, e Internet los junta.

El Período Especial, que los acunó, y Fidel se lo cumplió.

Que dime a quién defiendes, y te diré quién eres.

Que Miami por momentos parece ser Cuba, y Cuba será lo que es hoy Miami. La misma gente, la misma cosa.

Que lo emigrado no quita nada: nada de nada.

Que dan pena los videos, los regetoneros, lo que pasa por cubanía, eso que acude cuando llama el bombo, y que acude como si saliera de alcantarilla.

Que da tremenda pena; una pena de pinga, vaya, para decirlo de manera que hasta ellos lo entiendan.

viernes, 21 de agosto de 2015

Fin de ira

Ando sin deseos de escribir sobre Cuba, o acerca de lo cubano, que es casi lo mismo. O será -me digo- que me he quedado sin nada que decir al respecto.

O, tal vez, simplemente ya no haya nada que decir. O sí, pero que ya no me interesa. No sé, no estoy seguro.

Unos dicen que al fin se dió un cambio. Que ya cambió algo. Que se pueden vender croquetas y pizzas, por ejemplo.

Otros afirman que no ha pasado nada. Que no pasa nada si no hay televisión por cable, ni acceso a Internet o telefonía celular que se pueda pagar con los salarios cotidianos. Que mientras haya que sufragar el teléfono con dinero de la familia emigrada, o con el efímero dinero de un ingreso fortuito y ajeno a la cosa mensual, nada ha cambiado.

Que son ahora los tiempos de convivencia, dicen. De embajadas y habanos, de discursos y represión, de más turistas y menos disidencia, que ya no parece estar de moda. Todo vale, parece, excepto disgustar al desgobierno. Banderas blancas, antesalas con el sombrero en la mano, sonrisas conciliadoras. Eso es lo de hoy, parece.

Parece, pues, que nada ha cambiado lo suficiente.

O es, simplemente, que lo importante no ha cambiado. Cuba y la cosa cubana siguen embarrancadas en los bajíos cenagosos de la ineptitud desgubernamental; la tierra sigue infertil, los mares vacíos, los animales estériles. El bloqueo, deber ser, que sigue bloqueando por igual a malangas, vacas y cubanos.

Se me acaba entonces la ira con el fin de la era. Me queda solo la sorpresa, la certeza de que también se me va a acabar mi tiempo sin enterarme del fin de la historia.

Y sobre todo está la tristeza de saber, además, que ya casi no me importa.

viernes, 7 de agosto de 2015

Día de jurar


Día de jurar

Mohamad Islam, que tiene un segundo nombre que no retengo, pelo y barba teñidos de anaranjado, con traje oscuro, camisa a cuadros, corbata negra, y penetrante hedor a aldehídos, se sienta a mi derecha.

Frente a mí, en la primera fila, están dos señoras, ancianas que se notan humildes y desamparadas.

El inglés, que las desampara. La humildad, que las distingue. Una es asiática, a la que la oficinista, algo obesa, interpela, “Do you speak English?” Y yo escucho -se escucha fuerte y claro- que la pregunta es retórica, pues los ancianos a los que sientan en primera fila son esos naturalizados por vía directa, porque son personas a las que resulta mezquino exponer a más batallas, a estas las horas de su crepúsculo. Por eso el gobierno de los Estados Unidos les suaviza el mal rato de entrevistas, trámites, preparaciones y, sobre todo, les perdona el inglés, les perdona el idioma, mientras esta oficinista algo obesa, de espesa pisada pronadora, gruesos zapatos ortopédicos y aire exasperado que apenas disimula, sin embargo le pregunta a la anciana, que sostiene una tarjeta de cartón con anotaciones en caracteres chinos, instrucciones quizás, que ha estado estudiando, leyendo, moviendo en silencio sus labios color púrpura, le pregunta si habla inglés.

“Somebody speaks Chinese, please?”, dice al fin, mirando a las ciento ochenta personas de cincuenta y un países que están sentadas, expectantes, en dos ordenados bloques de nueve filas de a diez sillas cada una, en esta hermosa sala de paredes de pulida madera (¿arce?), paredes cuya armonía solo interrumpe un majestuoso escudo de los Estados Unidos de América -E Pluribus Unum-, una vistosa bandera, de brillante tela satinada, y un cuadro de una mujer, rubia, sonriente, una jueza, cuadro retrato de pésimo gusto que desentona con el bello minimalismo del lugar.

La oficinista espera unos instantes, hasta que uno de los ya casi ciudadanos se levanta; una mujer, que le explica a la anciana lo que va a suceder; la empleada se mueve entonces un paso a la izquierda, y vuelve a preguntar, esta vez a la otra anciana, una mujer que pasaría inadvertida en calles y colas de Cuba, señora mestiza que viste sencillo, deslumbra su inconfundible nobleza de madre y abuela -las nuestras- y yo levanto la mano cuando la empleada, con aire aburrido, pregunta si alguien habla español.

Le explico a la señora entonces lo que va a suceder, con muchísimo gusto lo hago, y con una sonrisa -cosa rara en mí, que tiendo a lo ácido- y ella me agradece con dulce acento, colombiano quizás. La empleada se da por satisfecha al fin, sigue su periplo, y yo regreso a mi asiento, sintiéndome buena persona.

En la mañana el inmenso estacionamiento estaba vacío cuando llegamos. O casi. Otro auto, ocupado por un negro corpulento que con atención examinaba su teléfono, ya esperaba en el lugar. “¡Soy el segundo!”, pensé, y exclamé, alborozado. Vamos, hay que entender que para un cubano, que compraba juguetes el quinto día por la tarde, ser segundo en una cola es como ser el primero.

Al final fui el tercero, porque un muchacho bajito, de constitución delgada, vistiendo un traje y una pajarita con motivos de la bandera americana (lo cual le confería un equívoco aire de Tío Sam en su temprana juventud, pero latino), logró escurrirse antes que yo por el portón de cristales a prueba de balas y ocupar mi segundo lugar. Pero en una cola, lo sabemos, tercero es igual a segundo que es igual a primero.

“Creole, please, anyone?”, pregunta de nuevo la empleada, detenida ahora frente a una señora negra que luce un pañuelo rojo en la cabeza y viste una suerte de pollera. El afortunado primer lugar en la cola, que está sentado en el primer asiento de nuestra fila, y que no ha dejado de mover la pierna con nerviosa insistencia, levanta el brazo, se incorpora como un resorte, y asiste en ese nuevo desencuentro idiomático. Babel, pero con orden; americano, por supuesto.

“No english”, me dice de repente mi vecino de la izquierda, un señor entrado en años, con aspecto de blanco europeo, y que viste a la usanza del campo socialista. Me muestra un formulario que nos han entregado, para registrarnos como votantes. “No english”, me repite; sonríe, turbado, trato de explicarle, vote, voto, President, y me mira, perplejo. Se trabó el paraguas lingüístico, pienso, pero me las arreglo para preguntarle cuál es su idioma. “Albania”, responde. Ya tú sabes.

De repente, el hombre alza un dedo, “¿Hrvatski, Serbskij?”, dice esperanzado, y yo no puedo creer en nuestra suerte porque a eso ya me le puedo acercar, al Serbio Croata, y entonces echo mano de la reserva eslava. El anciano escucha mi atropellada explicación y sonríe, más tranquilo.

Un chillido electrónico, de feed back, me perfora el oído derecho. Viene de la oreja izquierda de Mohamed, donde observo lleva incrustado un micrófono para sordos. ¿O será un aparato para comunicarse con alguien allá afuera, que le dicta instrucciones? ¿O será que Mohamed es simplemente sordo, además de musulmán que se tiñe el pelo de anaranjado? Debo dejar los estereotipos a un lado, medito; puta madre, Islam, que susto me has dado.

“Así es”, regreso mi atención y le respondo al señor albanés, “hablo un par de idiomas eslavos, además del inglés y el español, por supuesto”, y siento que me siento ufano, qué poliglota soy, casi me digo. Yo hablo albanes -me dice entonces el señor, que según alcanzo a ver en sus documentos se llama Soleyman- que es mi lengua materna. Además hablo serbio croata, italiano, alemán, y turco. Entiendo armenio, polaco, ucraniano, ruso, checo y eslovaco y un poco de francés. Pero no hablo inglés…

Pero no habla inglés. Puta madre, Soleyman, pero tú eres un cabrón genio transbalcánico, quiero decirle, un poco avergonzado de mis tristes cuatro idiomas, pero solo atino a un Wow, medio bobo como suenan todos los wow, y el hombre, que habla más lenguas que un mercader medieval, pero que no entiende inglés, vuelve a sonreír con timidez.

Los neo ciudadanos van desfilando frente a mí, camino a entregar su tarjeta de residente, la mítica green card. Un empleado que tiene un notable parecido a George Constanza, el de “Seinfeld”, las toma, las perfora con una ponchadora, y las acomoda en bultitos que después ata con una liga de goma. A su lado la oficinista obesa revisa las cartas de citación a este evento, hace un par de preguntas de rigor, firma, y devuelve el documento.

“Albanian, really?”, dice cuando le toca el turno mi vecino hiperpolíglota. “I give up…”, alcanzo a escuchar que le comenta a George que, inexpresivo, reordena sus ordenados bultitos de green cards, toma agua de una enorme botella, y se coloca en modo standby. Al fin aparece la nuera del anciano, albanesa también -las albanesas, babe…- residente en Great Neck, allá cerca de donde vivía el Great Gatsby, y que es esposa del hijo cirujano de mi vecino albanes; aparece la muchacha, se hace cargo de las explicaciones y la cola fluye otra vez.

¿Dónde puede ver uno personas de medio centenar de naciones reunidas en un solo lugar? En el JFK, o en la ONU, o en Times Square, o en el Northern Boulevard de Queens, quizás. Siento sin embargo que esas multitudes no tienen este sabor, ni este olor, me digo, y miro de soslayo a Islam, que está llenando su formulario para registrarse como votante.

Aquí estamos entonces, tensos por la espera y la ocasión, aun atemorizados por la burocracia, por la gorda y exasperada oficinista, por los ujieres que apenas nos miran pero nos vigilan, aquí estamos, E Pluribus Unum, entrando con pie firme a los Estados Unidos de América, esa América que -al decir de una amiga- se cree blanca, pero que se diluye en sus migrantes. Veo pasar negros, indios, blancos, mestizos, eslavos, asiáticos, latinos, flamantes ciudadanos ahora, y pienso en Donald Trump y sus seguidores, blanquísimos, asustados, y me sonrío.

Con un apresurado Congratulations! terminó para mí la ceremonia; junto con ella una etapa -¿la vida hasta ahora?-, y tan solo puse un pie fuera de la hermosa sala de paredes tapizadas con madera -¿de arce?- comencé a pensar en la etapa que comienza. Puta madre, que no te das descanso, me dije, y me fui a tomar una foto con Obama, Biden, la bandera y el enorme escudo de los Estados Unidos de América, mientras los recién acuñados ciudadanos se apilaban en fila, esperando su turno para dejar constancia de este magnífico día de comienzos y juramentos.

E Pluribus Unum, nunca mejor dicho.

viernes, 24 de julio de 2015

Perplejidad

“Es que yo no sé lo que estoy viendo; no sé si es como rendirse después de 55 años, o qué. Uno no se mete tanto tiempo diciendo una cosa, armando todo aquello, para de pronto llegar y decir que ahora todo es lo contrario de lo que se decía…”

Es mi suegro, que está perplejo.

Desconcertado, con el asombro simple de un hombre bueno, testigo de sus tiempos y sus ideas -¡Pa´ lo que sea Fidel, pa´ lo que sea!-. Ideas adquiridas, como las de todos -¡Venceremos!-. Ideas cinceladas, a mazazos de doctrina, dogma y mentira. Ideas que eran asideros -¡Somos felices aquí!-, que le (nos) dijeron eran el principio -¡Señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo!- ; ideas que le (nos) dijeron eran el fin -¡Cuba sí, Yanquis no!-.

Mi suegro no lo dice, pero se siente desamparado -Fidel, Fidel, dinos que otra cosa debemos hacer-. Ha desaparecido de la noche a la mañana, de 17 a 18, el enemigo -al enemigo, ¡ni tantico así!-, y ahora está bien ondear su bandera -donde basta una, ¡la mía!-

Mi suegro no entiende nada.

Mi suegro no entiende qué es lo que ha terminado. O lo que es peor, no se explica qué es lo que ha comenzado.

Yo, que presto atención cuando no estoy ocupado haciendo las cosas importantes, me resisto a explicarle. No seré yo quien trate de borrarle las consignas, porque ni siquiera estoy seguro de haber eliminado las propias.

No puedo, ni quiero convencer a mi suegro, de que todo este asunto se parece a ese cliché de ese esposo y padre, abusador y déspota, que ahora parece buena persona porque decidió, a instancias de su vecino, asomarse la ventana y conversar. Y es que dice el vecino, ese hombre generoso, que la gente hablando se entiende.

La esposa del hombre está sentada en la semioscuridad de la sala; tiene la cara tumefacta, le sangran los labios. Los niños siguen encerrados en sus cuartos; tiemblan, se esperanzan, pero nunca le reclamarán nada al padre. Pero lo importante es hablar con el esposo, ¿sabe, suegro?, decirle que de repente ya no es tan miserable, que es humano aceptarlo como el hijo de puta que es, vamos, porque así es como hacemos las cosas en este lugar y en estos tiempos, porque por algo hay que empezar. Seguro ahora deja de maltratar a la mujer, de abusar de sus hijos, dice el vecino. Todo está bien ahora, dice el vecino. Y se saludan satisfechos.

Así de sencillo.

“Es un símil poco logrado, suegro”, le diría a ese hombre sencillo que, en ésta la postrimería de su vida, me observaría, lleno de dudas, su mente al garete, “pero hay quien piensa que eso es lo correcto. Lo ponen hasta por escrito: le echan canela, lo baten y hacen un flan. “¡Qué rico es todo ahora!”, dicen, y lo firman, y se lo comen. Ahora ya son felices aquí, y allá, ”¡Porque algo comenzó!”, dicen. Contemplad orgullosos al esposo de la mujer triste, asomado a la ventana enrejada, que morir por la Patria es vivir. ¡Qué hermoso¡”

“Dicen entonces, además, que la dictadura ya no es lo que era; toman en cuenta que hasta WiFi hay en las esquinas; que también hay croquetas; que los cubanos ya pueden viajar a donde los acepten -¡Bienvenido a los EEUU, suegro!-; que las golpizas son estadísticamente poco significativas, por no mencionar a los opositores -cuatro gatos financiados, dicen-; que no importa que no haya prensa, mientras que haya papel -¡Saludamos el N congreso de la UPEC!-; que cincuenta y seis años no es nada, que lo que importa es, por ejemplo, “la buena voluntá” -todos los niños del mundo, vamos una rueda a hacer…-; que ya no hay pausa -¡La Revolución avanza a pasos agigantados! -; que el futuro… Eso es. Que lo que importa, suegro, es el futuro -¡El futuro pertenece/por entero al socialismo!- “

Pero eso no va a suceder. Yo no le voy a decir nada de eso a mi suegro.

Mi suegro es un hombre bueno, que se merece otras cosas, no esa odiosa perplejidad que lo agobia, no que yo lo atormente con mis dudas.

Mi suegro es solo un hombre bueno, que no entiende nada.

Ni yo tampoco.

Alec Heny ©

miércoles, 22 de julio de 2015

Cincuenta y seis instantes de una decadencia

No hay quién se ponga de acuerdo en qué fue lo primero que sucedió.

La expropiación de los negocios privados, tal vez. La dictadura. El populismo. La ceguera. Fidel en sí mismo. El aborregamiento masivo. La Guerra Fría. De todo, se dice.

El regreso de las putas, digo yo, que fue el primer síntoma.

De los logros que se adjudica la involución, logros que fueron financiados durante tres décadas por los ex-socialistas (ex, delante de socialista, comunista, fidelista, u obeso, es sinónimo de afortunado), la eliminación de la prostitución fue el primero que colapsó.

Vamos, uno no puede ir contra natura. La gente siempre va a singar, de gratis o cobrando, bajo swastika, estrellas y barras, hoz y martillo, o en un matorral infectado de mosquitos; hay un mandato de supervivencia en nuestro genoma, apertrechado de hormonas y placeres, que es imposible soslayar. Por eso regresaron las putas, y con ese regreso se fue abajo uno de los logros de la sociedad de mujeres y hombres nuevos que no renunciaron a hábitos viejos.

Más tarde… Bueno, más tarde fue la debacle.

Los hospitales parecen terminales de ómnibus, las terminales de ómnibus parecen potreros y los potreros están vacíos. Los médicos pasaron de logro respetado a ser una penosa fuente de ingreso: el desgobierno proxeneta los envió de jornaleros a otros países, a ganar dinero, a cambio de que entreguen la mayor parte de sus ingresos a ese su desgobierno dueño, desgobierno que boquea y transita, como sus putas, de un mecenas a otro para poder sobrevivir en el final de esta era.

Mientras, de las escuelas cubanas desaparecieron los Maestros, y llegaron los maestros. Les siguieron unos televisores, y unas personas que necesitaban trabajar en algo y la escuela, pues era una opción.

Mientras, las putas y pingueros demostraron que también podían ser un sector rentable, atractivo para el turismo y se convirtieron además en una parte importante de la sociedad cubana emigrada en México, las Europas, pero no así en los Estados Unidos, donde la competencia, como en todo lo demás, es feroz (bendito capitalismo).

Pero, además, la prostitución -que no la putería- es ilegal en los Estados Unidos (si bien el porno no lo es, gracias a Baco), por lo que los mustios mexicanos, españoles o italianos, que van de putas a Cuba con cien dólares en el bolsillo en plan de magnates, no tienen la menor oportunidad aquende en el monstruo, donde un perro caliente cuesta cinco dólares y una puta, pues tendrían que pagarla entre cuatro.

En fin, la gente se fue. Los médicos, los ingenieros, los amigos, putas y obreros. Primero a cuentagotas; después, en hemorragia: por el Mariel, los balseros, o como se pudiera. Hasta que le llegó el turno al último logro, a los deportistas; “por fin, coño”, dijeron, y se fueron también. Así sucedió que desapareció la era dorada del voleibol; el beisbol cubano, pues está acá en las Grandes Ligas. Y los cubanos de adentro se volvieron fanáticos de la Liga española de fútbol.

A eta vsió. Ya no queda casi nada. Ya no queda ninguno. Ya no queda casi nadie. Solo las putas nuevas, heroicas sobrevivientes, siguen patrullando las sendas de los turistas.

Son estos los tiempos entonces en que Cuba gana un bronce en el beisbol panamericano (¡panamericano!) y se dice que es un triunfo; es la era de las embajadas, la hora de las dictaduras aceptables, y la plebe se alegra sin saber a ciencia cierta por qué; es, a estas alturas, que uno que otro idiota dice que Internet es algo nocivo para lo que queda de la nación cubana; y sucede que un cubano infeliz, enfundado en un traje color mierda, muestra un trapo rojinegro frente a la Casa Blanca, y se ufana de ello.

Quizás sean estos los nuevos logros y uno, maleducado por la lejanía, simplemente no los sabe apreciar en su justa magnitud. O tal vez estos sean solo más instantes de un desplome sin prisa páusico, que comenzó… bueno, ya lo había mencionado: no hay quién se ponga de acuerdo en qué fue lo primero que sucedió.

Pero lo que no hay dudas es que, sea eso lo que sea, todavía está ahí, desgranado instantes…

Cincuenta y seis más, tal vez.

Alec Heny ©

lunes, 20 de julio de 2015

Día de estreno

Tal pareciera que estos izamientos y arriamientos de banderas americanas y cubanas requieren días 20.

Pudieron haber escogido para inaugurar las embajadas el día 21, o el 22 de julio por ejemplo. No el 26, por razones obvias. Así que el 20, hoy, es el día.

Ya era fecha importante el 20 de mayo, ese día fulminado por la rescritura de la Historia en que se enfrascaron los que ganaron su guerrita en el año 1959. La contra a su vez adoptó el 20 de mayo como su día emblemático, para joder, en lo fundamental, pues a pesar de que ese día marca el nacimiento de una República, se sabe que fue ese un parto maltrecho, con una Constitución que hasta reconocía el derecho de intervención de los Estados Unidos en Cuba (Constitución que se aprobó un día 21, por cierto)

Hasta se cuenta que, nada menos que Máximo Gómez, le regaló la bandera cubana que se izó ese día al gobernador norteamericano Leonardo Wood.

No fue ese un buen 20, les dijera si me preguntaran mi opinión.

Sin embargo, todos recalamos en esos días de tanta ambigüedad política: tirios y troyanos, talibanes y gusanos, hombres nuevos y emigrados, todos los cubanos, y lo hacemos a pesar de tener esa otra fecha, tan neutra, unitalla y baja de sal, que es el 10 de octubre. Pero nadie se molesta en celebrar ese día.

No sé si ello se deba a que es la mitad de esos 20 que nos acosan, o simplemente porque es una efeméride anodina, sin fuegos artificiales ni petardos ni barbecues ni tequila. El 10 de octubre es apenas un día feriado: un día aburrido, con discursos amarillentos, viejos apergaminados, militarotes deslucidos, demasiada solemnidad y nada de alegría.

La buena noticia, sin embargo, es que faltan Días por llegar.

Serán muy necesarios, para cuando la última lluvia de una turbonada de una tarde feliz se lleve por fin al tragante los últimos vestigios del castrismo. Con ello se irán esas fechas designadas por los comisarios caribeños para celebrar sus muertos. Después, pues no más jornadas, no más trovadores rasgueando consignas, no más ciudades en 26 ni saludando asambleas de balance: bienvenido será enero, porque es el primer mes del año, y no otro aniversario del inicio de la paleoinvolución.

Pero mientras llegan esos Días nuevos, ahí están esos días 20, de mayo y julio. Y 17 de diciembre, para peregrinar a El Rincón, y para recordar a Obama (porque nadie se acordará del Castro menor, sentado en aquella oficina bunker, en traje militar, sin tricornio y sin bastón, y declamando bravatas)

Pero sobre todo, ahí está ese día en que nos estrenamos como emigrantes y todo cambió; fecha única para cada quien, ese día que nos fuimos a otra vida y dejamos detrás, junto con todo lo demás, todas las fechas prescindibles.

viernes, 17 de julio de 2015

Iran y Cuba: las ilusiones perdidas

El Presidente Obama es un hombre de buenas intenciones.

Vamos, Obama ha demostrado que es capaz de saltarse bardas, vadear zanjas y cruzar lodazales para estrechar la mano sucia del tipo que está del otro lado. Yo lo admiro por ello. Sobre todo porque la tentación de no hacerlo debe ser enorme.

Considérese que Barak Obama es el Presidente del país más poderoso y rico; es además el Comandante de la maquinaria militar más poderosa del planeta, y el líder de una nación con amplia tradición imperialista, experta en invasiones, que cuenta con el respaldo de la OTAN, Japón, Australia, Israel (a veces) y una miríada de países que dependen del comercio con los Estados Unidos.

Para un mandatario como es el Presidente de los Estados Unidos, negociar, en lugar de imponer, es sólo otra opción. La opción de Obama, en este caso. Pero las negociaciones no siempre son confiables, pues se trata de palabras, que, ya se sabe, se las lleva el viento.

De esa manera, uno sabe que ni la “apertura” hacia el desgobierno cubano, ni las negociaciones con los gobernantes iraníes, van a dar el resultado que se espera.

En el caso cubano, solo el fin biológico de la generación de ancianos que detenta el poder, encabezada por Raúl Castro, Machado Ventura y algunos militarotes, dará paso a otra era -no necesariamente mejor, pues ya se avizoran los delfines de la familia Castro haciendo pininos-, pero por algo se empieza. Por el momento, el general presidente, como buen menesteroso, toma lo que le dan, a la vez que, como buen marrullero, mantiene sus bravatas de esquina, suelta sus perros, y se burla de este nuevo momento que ha propiciado Obama.

Iran hace algo parecido, pero desde una posición de fuerza realmente preocupante, incomparable a la insignificancia regional, política y militar cubana. Los iraníes están a punto de construir armas nucleares. Nada de lo que han hecho americanos e israelíes, ni bloqueos, ni asesinatos, ni atentados, ha podido detener el proceso de desarrollo de la industria militar iraní, país que es una potencia petrolera y con una élite tecnológica e intelectual poderosa.

En este caso, Obama también ha optado por negociar y los iraníes, como el vejete Castro, toman lo que le dan, lanzan sus bravatas, y mienten.

Las soluciones a ambos casos parecen ser de otro tipo, diferente al que han imaginado el presidente americano y sus asesores.

Cuba, su régimen, su drama, no cambiará mientras los cubanos de adentro decidan cambiar. Y no parece que les interese hacerlo.

Iran, por su parte, no va dejar de intentar fabricar sus bombas atómicas.

En el caso cubano, quizás el tiempo sea la solución. En el otro, tal vez un masivo bombardeo quirúrgico. No lo sé. Pero lo que es seguro es que en ninguno de los casos la buena voluntad de la negociación va a llevar a buen fin los conflictos. Ni Cuba, ni Iran, van a hacer algo diferente a lo que han hecho hasta ahora.

El Presidente Obama es un hombre con buenas intenciones, yo lo admiro por ello. Pero me temo que sus ilusiones, al menos en esta ocasión, estén perdidas de antemano.

miércoles, 15 de julio de 2015

Hugo en la Habana

Hace apenas dos días alguien me comentaba, entusiasmado, que los chinos pretendían construir no sé si edificios, o campos de golf, u hoteles, o algo así, en Cuba.

No era importante lo que se construiría. Lo importante es quién lo haría. Y así lo hice saber, ¿Por qué entregarle la economía, la infraestructura cubana a extranjeros, en lugar de a cubanos?, intervine en la conversación. ¿Por qué no dejar que el empresariado cubano, nacional o emigrado, haga inversiones y mueva esa maquinaria mohosa e improductiva que es la economía cubana?

Eran un par de preguntas retóricas. Yo lo sabía, y lo sabían mis interlocutores. Todo lo que logré fue encerrar la conversación en un callejón sin salida y que, por lo tanto, se cambiara el tema.

Pero no me molesta seguir haciendo esas preguntas.

El miedo al empresariado cubano es parte de la misma pausa que mantiene inmóvil a todo lo demás. Es el miedo a Internet, a la información, a las libertades de prensa y expresión, a la alternancia política, a perder el poder. Porque mantener el poder, para conservar el cotidiano y aberrante estatus quo de la isleta, es el único fin de la clase desgobernante.

Por otra parte, abrir el país a inversionistas y empresarios cubanos emigrados sería admitir, tácitamente, que los cubanos exitosos viven fuera de Cuba, que tuvieron que abandonar el país para ser tales, y que a pesar de huevos, piedras, mítines de repudio y humillaciones, ahí están, listos para rescatar el país. Para rescatarlo de los mismos que lo hundieron, y que todavía están sentados en el pecho de la nación cubana como una mole antediluviana.

Abrir el país a empresarios cubanos emigrados implica que hay que irse para regresar como vencedores. Y por ello hay reticencia entonces a permitir que los cubanos hagan negocios en Cuba. Claro, a no ser que Usted se llame Hugo Cancio.

Quizás el señor Cancio, como el Cerro, tenga la llave, y tenga además la fórmula para poder invertir en Cuba, para poseer un apartamento en un edificio con vista al Malecón, un portal noticioso en el cual deja deslizar una que otra historia de crítica light impublicable por demás en la prensa nacional, y no perecer en el intento.

Pero no comparte la fórmula el señor Cancio; debe ser compleja esa solución pues, ¿cómo un marielito, empresario exitoso radicado en Miami, probablemente ciudadano americano, regresa a Cuba como Hugo por su casa, y se da la gran vida entre el jet set habanero, e invierte y posee y hace lo que los demás cubanos, empresarios o no, no pueden hacer?

Yo no lo sé.

Pero el señor Cancio deja pistas claras. Dice el señor Cancio que él es admirador de Obama y Fidel Castro; yo lo imagino en aquel año 80 agitando un pañuelito, a manera de despedida, a la imagen del dictador que les pusieron en el Mariel. Te admiro, pero voy echando. Te admiro, y estoy regresando, veinte años después, a lo mosquetero, la cabeza gacha, la billetera abierta, los oídos prestos, vengan proposiciones a cambio de poder ser Hugo en La Habana. Fidel, esta es tu empresa.

¿Será así?

Yo no lo sé.

Pero a pesar de ello yo quisiera que haya uno, dos, tres, muchos Hugos Cancios.

No porque yo me vaya a beneficiar por ello, ni mi familia, que no los necesita. Para decirlo a lo mexicano, me salen sobrando. Es solo mi maltrecho sentido de la justicia y la decencia el que me dice que debería ser así; que la gente cubana, aunque no les interese un cambio, aunque la apatía los mantenga postrados, merece otra vida, y que debe ser ese cambio un cambio gestionado por cubanos.

Es bueno ver entonces que haya cubanos de éxito; me jode la idea de chinos, rusos, mexicanos, españoles o americanos llevándose las piltrafas cubanas.

Por eso siento que mis preguntas siguen entonces siendo válidas. Las que ya hice más arriba, y esta que sigue.

Que por qué Cancio sí, y los otros no.

Yo no lo sé.

Pero lo que sí sé es que detrás de esa excepción debe haber una historia jugosa, que alguien escribirá un día, aunque, obviamente, no en OnCuba.

Alec Heny ©

viernes, 10 de julio de 2015

Prohibido prohibir, dijera, sino fuera porque prohibir está mal

Los Estados Unidos, a pesar del pragmatismo, es una nación mojigata.

No sé si tenga que ver con todo ese cristianismo ancestral en sus N variantes que impregna la sociedad de arriba abajo, o que simplemente los blancos son así y uno no los entiende.

Pero véase qué cosa: a pesar de la magnífica Constitución, y muy en contra del espíritu de esas poderosas Enmiendas, el afán de prohibir les palpita a los americanos bajo la piel.

La Prohibición, por ejemplo, esa Ley Seca que solo logró que se hicieran fortunas vendiendo whiskey ilegal, y que se dice perduran hasta hoy día; o la veda de las prostitución, el oficio más antiguo, y una de las expresiones más genuinas de la libertad que existe, pues uno debe tener derecho primordial sobre lo que hace con su cuerpo.

O tómese el McCartismo, esa cacería de brujas; o el puritanismo que hace que algunos comerciales europeos sean tratados como material porno. O lo políticamente correcto, tan de estos tiempos, que provoca, por ejemplo, que los negros se denominen afroamericanos, a pesar de ser estadounidenses de sexta o sétima generación (aunque, por otra parte, a los que hablamos español nos denominen hispanos o latinos, metiendo en una gran bolsa étnico-lingüística a más de treinta países que apenas tienen en común el idioma).

Así, de vez en vez, se desata una cacería de conceptos, como ésta más reciente, la campaña contra la bandera confederada, que ahora se está expandiendo a los símbolos confederados y que, de seguir por ese camino, amenaza con aniquilar definitivamente la parte perdedora de la Historia de los EEUU, y atenta de paso contra tradiciones que no necesariamente tienen que ver con el racismo o el secesionismo.

A los cubanos esto nos debe resultar muy familiar.

Provenimos de un país con un gobierno que se ocupó de rescribir la historia a su antojo, de repletar el calendario de sus aburridas efemérides, y de dar de baja a cuanto personaje o hecho histórico consideró no adecuado a la cosa involucionaría y sus propósitos doctrinarios.

Se prohibió música, literatura, el pensamiento y las libertades de todo tipo. Se reprimió a homosexuales y librepensadores. Lo que no era prohibido era obligatorio. Tal fue así que hoy los cubanos no tenemos un día patrio, supra-gubernamental, de cual estar orgullosos; entonces acá, los que andamos en las entrañas del monstruo, adoptamos alegrías e independencias ajenas a falta de las propias, lo cual está bien, por cierto, porque no se puede andar con las raíces expuestas al aire demasiado tiempo: se seca el alma.

Pero a lo que iba: está mal entonces prohibir. Debería ser ilegal, y la Primera Enmienda lo muestra con claridad. Educar, tal vez; hablar, enseñar, argumentar, debatir. Pero no prohibir.

Prohibir, además de no resolver nada, va en contra de nuestra esencia creativa y en contra de las libertades. Prohibir destruye.

miércoles, 8 de julio de 2015

La guerra que nunca ha sido

Norberto Fuentes escribe esta pieza, titulada “¿La guerra ha terminado?”, para La Repubblica, publicación otrora radical socialista, ahora de centro izquierda. Escribe entonces el periodista este texto “tailor-made” para la componente izquierdosista de La Repubblica, y se nota.

Es una loa, de nuevo, a su ídolo -y probablemente de sus lectores italianos, tan lejanos del Caribe cotidiano y tan cerca de jineteras y pingueros progresistas- y de paso un gritito nacionalista de paisito tercermundista que, según el autor, ganó la “guerra”, o sea, el diferendo Cuba-Estados Unidos.

Diferendo cuyo mantenimiento y continuidad, dice, “se le debe a la descomunal capacidad de resistencia que Fidel Castro le imprimió a ese proceso”

Yo tengo un par de parientes que están cementados en su ideología de la misma manera que Fuentes lo está a su admiración por Fidel. Mis parientes dicen que Fidel es un genio al que le salieron mal las cosas. Fuentes dice además que Fidel tiene un paquete testicular (sic) voluminoso, y al parecer está fascinado entonces por todas las circunstancias descomunales que encuentra en el ancianillo tiranuelo.

Yo entiendo que al escribir por encargo haya que ceñirse a lo que demanda la publicación y la audiencia. Pero, si yo fuera Fuentes, dejara que el periódico de marras publicara su artículo, en italiano, donde permanecería a salvo de escrutinio; cobraría mi dinero, y a otra cosa, mariposa. Al cabo, todo el mundo tiene que comer.

Pero él lo cuelga en su blog -que yo leo con placer, porque Fuentes escribe muy bien, y a veces dice cosas interesantes- dejando así otra huella de su nostalgia de escriba de la nomenclatura.

En fin, regresando al texto en cuestión: ni Fidel ni Raúl ni Cuba ganaron ninguna guerra porque no había tal cosa. Sólo ha sido un conflicto de baja intensidad -que aun continua, por cierto- que se ha arrastrado por más de medio siglo; mientras, los Estados Unidos han seguido creciendo y evolucionando como nación, y Cuba se ha ido desmoronando y desgañitándose en inútiles tribunas. Si fuera en realidad fin de guerra, pues el vencedor parece más que obvio.

Para concluir mi comentario, pues pienso que si a alguien deben darle gracias los que vean beneficio en esa distención del diferendo, es, Ah, my dear friend, al Presidente Obama, artífice de todo lo que estamos viendo, y no a los ancianos y a su caterva, que todo lo que atinan es a presumir de su sin prisa y a refocilarse en su eterna pausa.

Alec Heny ©

jueves, 2 de julio de 2015

Circo

“¡Pasen, señores, pasen…!”



La familia de donde provengo, ramificada, diversa, como toda familia cubana que tenga más de seis o siete generaciones de naufragio caribeño, ha visto llevar su apellido a un general del Ejército Libertador, a un gobernador de provincias, a un firmante de la Constitución del 40, y a unos primos cuatreros que -de dar crédito a lo que dicen- han hurtado y sacrificado tantas vacas como habitantes había en cierto pueblo perdido entre vegas de tabaco; allí, cada tarde se sentaba en los portales de una casa señorial el ultimo vástago de -si también he de creerle- el ex dueño de media provincia: un anciano cuidadosamente afeitado, en guayabera de hilo, pantalón de lino, sombrero alón, chancletas y un apestoso tabaco liado a mano, un viejecillo con voz meliflua que nunca me llamaba por mi nombre, sino por “Verraco”.

Hubo también por ahí guajiros obtusos, paupérrimos de nacimiento a muerte, hipnotizados por el humo grasiento de las chismosas de queroseno, y que nunca supieron que había más allá del mojón que marcaba el final de su poblado; otros, astutos, emprendedores, trabajadores como bestias, las articulaciones quebrantadas por el peso de las sacas de arroz, se enriquecieron y prosperaron, sembrando, cosechando y vendiendo el grano, regado con el agua turbia del Rio Hondo.

“Compañeros son los bueyes…”, me repetía un tío, una y otra vez, escupiendo saliva fangosa, mientras me escudriñaba con astutos ojillos azules; “El atentado de Boston es cosa de la CIA y los rusos para desestabilizar el Cáucaso…”, me comentó un pariente a raíz de las bombas que hicieron detonar los hermanos Tzarnaev, y lo dijo convencido de lo que decía; “¿Viste al Presidente (Raúl Castro)? Se puso el uniforme para responderle a Obama…”, me dijo emocionado otro portador de mi apellido, ex MININT, unos días después del 17D.

También tuve una tía abuela, “la mujer más hermosa de la familia”, que fue monja, y un primo maricón, ingeniero genial. Tengo además tres hijos maravillosos, uno de ellos ya profesora en una universidad, y unas primas que se dice fueron tremendas putas.

Hasta Manuel García, “El Rey de los Campos de Cuba”, se  cuenta andaba medio emparentado con nos. La familia de donde provengo -que no se escoge, ya se sabe- es, debo admitirlo, como cualquier otra familia, es un circo con actos memorables y otros lamentables.

De todos ellos, ancestros y contemporáneos, protagonistas y víctimas, me acordaba hoy al leer que Obama anunciaba la apertura de las embajadas en La Habana y Washington, y el restablecimiento con ello de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos de América y Cuba.

Puedo seguir escribiendo sobre este tema; pudiera quizás elaborar todo un análisis de esa situación, e intentar demostrar que, en realidad, tanto el 17D, como esta su consecuencia, ambas cosas son una porquería. Puede incluso que tuviera razón, y que hasta alguien coincidiera conmigo. Pero no voy a escribir nada de eso.

Solo quiero apuntar que mis amigos, y mi padre, y mis hermanos, mi familia, esos portadores de mi apellido, me dicen que todo sigue igual; que la gente no gana el dinero que necesita, que el país se derrumba, que apesta, que sigue sin haber prensa ni libertad de expresión o de asamblea, que sigue el miedo, que el discurso antinorteamericano continua siendo parte de retórica oficialista. “Que nadie se llame a engaño”, me dicen, “nada ha cambiado, porque la croqueta no es cambio”. Y yo, por supuesto, les creo.

Por eso no escuché hoy a Obama, anunciando el estreno de su nueva amistad, porque simplemente no me resultó interesante. Y no es interesante porque mi familia no va a vivir mejor porque haya embajadas. 

El país de donde provengo, el país de nacimiento -que no se escoge, ya se sabe- es, debo admitirlo, un circo con actos memorables y otros lamentables; como la alegría ingenua, como la perplejidad que deben sentir muchos al ver que el tradicional monstruo ahora es amigo por decreto: un circo, con una función que ya dura cincuenta y tantos años, y que no se sabe cuándo por fin termine.

Alec Heny ©