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miércoles, 15 de marzo de 2017

Trump 1 - Maddow 0

De todo este fiasco que protagonizó anoche Rachel Maddow en su show homónimo, en MSNBC, hay un par de asuntos que vale la pena considerar:

La negativa de Trump a mostrar su declaración de impuestos, si bien está dentro de sus derechos, despierta atención generalizada porque, en primer lugar, quién nada oculta, nada teme, y en segundo lugar porque los funcionarios públicos, entre los que se encuentra el cargo de Presidente, deben ofrecer toda la transparencia posible ante la ciudadanía, y Trump se ha negado a tal procedimiemto.

El presidente de los Estados Unidos se ha negado a tal procedimiento. Piensen en eso.

Es de esperar entonces que una noticia sobre dichos impuestos sea algo de máximo interés, y es por ello que Maddow, al parecer sucumbiendo a la tentación del “palo periodístico” y el rating, creó en la tarde-noche de ayer un furor de expectativas para al final reportar... nada.

Que haya sido eso una trampa que le tendieron y en la que cayó mansamente, no lo creo ni por un segundo; no es ella nada tonta: más bien es partícipe de esa histeria anti-Trump, cada vez más hueca y mas nociva a la causa del liberalismo y los demócratas.

Pero, más interesante que el papelazo de Maddow, es saber quién filtró la información.

¿Alguien que simplemente se tropezó con la W-4 de Trump del 2005 y, sin leerla tal vez, o leyéndola y no entendiendo, decidió que aquella era la información esclarecedora que todos quieren ver?

¿O fue el equipo de Trump el que decidió filtrar intencionalmente esa declaración de impuestos del año 2005, a sabiendas de que nada reprobable habría ahí?

Y si este fuera el caso, ¿por qué lo harían?

La única razón que se me ocurre es que lo hayan hecho como un intento pueril de desvirtuar las sospechas sobre los impuestos de Trump (2005, really?), o que lo hicieran para que precisamente la prensa liberal, con ridícula saña, se lanzara sobre un señuelo, o sea, lo que hizo Rachel Maddow, y darle así pie al presidente a escribir otro tweet gritando “Fake news!”, lo cual es uno de sus pasatiempos favoritos.

Ambas razones, sin embargo, me parecen poco probables, aunque dada la irrascibilidad y temperamento patológicamente vengativo de Trump, nunca se sabe, pues parece niñato que a todo el que se le opone, sea el New York Times, o un rapero intoxicado, lo tilda de “fracasado”, en el más clásico estilo de una riña por unas canicas.

Tampoco me parece plausible, como lo plantean algunos medios, que todo ha sido una cortina de humo para ahuyentar de las primeras planas al fantasma de los rusos en la administración Trump. Vamos: el presidente tiene tanto material polémico para las primeras planas que necesitaría algo mucho más sustancioso que una anodina declaración de impuestos.

Dejando entonces a un lado los motivos por el momento, lo que me resulta interesante es que, de haber sido el equipo de Trump el responsable de la filtración, por qué no publicaría alguna otra declaración de impuestos, más reciente.

¿Estarán entre esas las que Trump no quiere mostrar, por ocultas razones que a todos nos interesan?

¿Sería entonces Trump el que autorizó personalmente la “filtración”?

¿Estaría entonces el presidente tratando de ocultar a la opinión pública algo fiscalmente impugnable?

¿Se puede confiar en este hombre, que además de arrojar dudas sobre su honestidad financiera, lanza acusaciones de extrema gravedad y sin sustento, mostrando un escasísimo sentido común, por no mencionar el daño que causa a la imprescindible dignidad del cargo de Presidente que representa a los Estados Unidos de América y sus ciudadanos?

De ese tipo de preguntas se deben ocupar los Maddows de este mundo, y no del sensacionalismo que le ha ganado a NBC, merecidamente, la mofa de uno y otro lado del debate político.  

jueves, 12 de enero de 2017

La hora buena

Los demócratas siguen sangrando. Se flagelan, arañan las paredes, se desangran. Y lo que es peor: tanto disfrutan el desangramiento que han perdido clase, oportunidad y, de seguir por ese camino, perderán también credibilidad.

Donald Trump ganó la presidencia de los Estados Unidos y eso es, ya se sabe, lamentable, absurdo, pero sobre todo es irreversible, al menos por cuatro años. Es entonces momento, ya ha sido momento desde hace un par de meses, de detener los plañidos, dejar a un lado las pataletas, y reinventarse con urgencia pues, lo que estaba inventado, obviamente, ya no funciona.

Los demócratas perdieron. La Era Clinton terminó. Y, al decir anglo, deal with it.

Me parece de muy poco oficio y raciocinio lo que ha estado sucediendo, esa absurda insistencia en atacar a Trump a sabiendas de que nada va a cambiar por ello. Curiosamente, lo mismo le hicieron a Obama, y el único resultado fue mostrar a los republicanos, en particular a los antiobamistas, en la peor luz -sombra, debiera escribir- posible: la de la intransigencia, el atrincheramiento partidista y el fanatismo ridículo.

Hay que detener esa tendencia. Hay que deshacerse de esas actitud de mal perdedor. Hay que dejar de leer el Huffington Post, que ya es tan libelo como Breitbart News o RT. Tampoco vale la pena que los presentadores de los sempiternos “late night shows” se desgasten noche tras noche tratando de encontrar frases ingeniosas para ridiculizar a Trump y sus circunstancias. Vamos, ni siquiera hay mérito en ello; Trump, y no pierde oportunidad para confirmarlo, ¡es tan fácil de criticar!

Su falta de planes para sus ideas -y viceversa-; su discurso, tan básico, tan de adjetivos, donde todo es tan “terrific, tremendous, magnificent” que tal parecen instrucciones para decorar con más dorados, brillos y luces su entorno a la Liberace; su falta de medida y astucia, su calidad de advenedizo que se solaza en su boconería, colegial presto a enzarzarse en escaramuzas verbales a la menor provocación, venga de una actriz militante, un comediante mordaz, o un jefe de Estado; el soberbio que no admite crítica ni oposición; el autoritario que llama a cerrar espacios de prensa; el marrullero que se niega a mostrar sus impuestos; el ignorante que, a falta de soluciones, anuncia demoliciones.

Ese hombre es el presidente que viene, que ya está aquí.

Controlar ese ego inflamado, narcisista, y tan poco “presidencial”, es un reto enorme para el equipo de trabajo de Trump y yo espero, por el bien de todos, que sus asesores tengan éxito al menos moderado en ese empeño. Cerrar su cuenta de Twitter sería un magnífico comienzo, por ejemplo.

Pero, en todo caso, nada de eso es tarea de los demócratas.

Los demócratas ahora son oposición. Tienen que mirarse en el espejo con luz abundante y ojo crítico. Perdieron el poder porque perdieron el rumbo, porque su discurso fue autocomplaciente, porque se concentraron en las diferencias y no en lo común, porque su candidata era pésima; porque el poder -que, ya se sabe, corrompe- encandila, aturde y embota el filo.

Y deben hacer todo ello sin quitar el dedo del renglón. Ahora menos que nunca.

Trump necesita oposición, chequeo, contrapeso en serio en el pugilato político, y no brete ni ataques más amarillistas que sustanciosos. Se requiere a la prensa más que nunca -más objetiva y minuciosa que nunca, puntualizo. Hay demanda por senadores y representantes menos de su partido y más de su profesión. La sociedad, en estado de alerta, y no divertida con el showman que es Trump; los norteamericanos, enterados de que a los Estados Unidos desde ya les urge un Presidente, con dignidad, mérito y mayúscula.

No solo el Partido Demócrata y sus afiliados tienen por delante ese camino cuesta arriba; también lo tienen los Republicanos con el raciocinio suficiente para ver en qué ha terminado la institución presidencial en nombre de su partido.

Y, en última instancia, lo tenemos todos los ciudadanos de los Estados Unidos, que estamos a la merced de un payaso narcisista.

Hay entonces que dejar a un lado rencor, lamento y grandilocuencia: ya es la hora buena y el reto, para toda la clase política, para la sociedad norteamericana, es buscar cómo contener a Trump, y eventualmente encontrar el remplazo urgente para ese error que, ya a punto de comenzar su reality show, nos muestra los dientes, amarillos de arrogancia, en la pantalla de la televisión.

jueves, 10 de noviembre de 2016

The Trumpvolution

La democracia, ese lujo griego, ha propiciado el surgimiento y perdurabilidad de las sociedades más pujantes y exitosas del planeta. Bajo su cobijo florecieron la tecnología moderna, la ciencia, los más impresionantes inventos y descubrimientos; la esperanza de vida de los humanos se duplicó, las libertades proliferaron, leemos menos, comemos más e Internet nos esclavizó.

La democracia, esa dama juguetona de ojos vendados, también ha engendrado otros asuntos, menos elegantes: nacionalsocialismo, chavismo, orteguismo, tiranuelos, sátrapas, dictadores, abortos de toda laya. Porque la democracia, tantas veces sobrestimada, es solo un vehículo.

Vehículo imprescindible, impredecible, que nos acaba de regalar, además, a Donald Trump.

Todo lo que necesitó Trump para ser electo fue un ejército de “bernibros” renegados que se negó a votar por su rival, Hillary Clinton, y otro, mucho más numeroso e importante, la clase media trabajadora, blanca, mayormente rural, que salió el martes en masa a elegir al Presidente que les había estado prometiendo otro país, donde ya no van a vivir tan asustados, tan acosados por recien llegados; un país protegido por muros y nacionalismo a ultranza; uno que, les dijo, va a ser “grande otra vez”.

“Make America great again”, les dijo, y la América blanca, la profunda, la del maíz, la papa, Mac-and-cheesse y pastel de manzana, salió a rescatar a ese hombre que los convenció de que la America beige es una abominación; que les prometió que él, el Presidente Donald Trump, les va a construir una cerca para proteger sus jardines y su barbecue.

Y les gustó lo que escucharon.

***

El día después de las elecciones mis colegas, todos republicanos, de suburbio, de medianas calificaciones y aun más mediano dicernimiento, se alegraban de que, por fin, van a meter en cintura a ese problema migratorio, causa de todos los males, ese que, a decir del flamante presidente, ha minado la grandeza del país.

“No es tu caso”, me dijo presuroso uno de ellos, en tonillo conciliatorio, “Ustedes (los cubanos) llegan aquí por vias legales...”

Sin ánimo de antagonismo le expliqué brevemente que no es así.

Que también cruzamos fronteras y e intentamos entrar a los Estados Unidos de manera ilegal. Que solo la política de confrontación entre Cuba y Estados Unidos, y su consecuencia, la admisión casi incondicional como refugiados, y la Ley de Ajuste Cubano, nos convierte en inmigrantes “legales”.

Que es un proceso que no discrimina; que hay entre los cubanos inmigrados, le comenté, gente valiosa, pero que también hay mucha morralla. Que, esencialmente, no somos en nada diferentes del resto de los emigrantes.

Y que, además, por razones totalmente ajenas al discurso trumpista, por motivos estrictamente relacionados al diferendo Cuba-Estados Unidos, una parte de los cubanos vota por los republicanos. (¡Bien por ellos!, dijo una muchacha)

Seguidamente comenté que Trump hereda dos o tres guerras, la Rusia de Putin, el terrorismo Islámico, una China cada vez más poderosa. Que ni una sola vez había mencionado el ahora presidente un plan, una idea, de cómo llevar a los Estados Unidos a ser, en política exterior y a nivel mundial, “great again”.

Y que, en mi opinión, es un inepto.

Me observaron unos instantes, indiferentes, como si les hablara de alguna oscura teoría, compleja y árida, y la conversación derivó hacia otros tópicos.

***

La carrera presidencial de este año de gracia 2016 no fue sobre cómo abordar y resolver problemas tanto internos como externos: terminó siendo un asunto de odios, razas, étnias, sinrazones y el chovinismo más elemental.

Consecuentemente, los que eligieron al presidente, esperan el cumplimiento de las más frecuentes letanías electoreras que fueron dictadas en los infinitos mitines políticos una y otra vez, y donde tres de los cinco puntos fundamentales de la promesa trumpista tienen que ver con una postura fundamentalmente nacionalista:

- El muro entre México y Estados Unidos.
- La prohibición de inmigración musulmana.
- La revisión a fondo del Tratado de Libre Comercio de Norteamerica y del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica.

Los otros dos, enjuiciamiento y cárcel para Hillary Clinton y el desmontaje del Obamacare, tampoco se relacionan con el ideario republicano, sino con una doctrina de confrontación, “anti-demócrata or burst”.

No hay mucho más de lo que haya hablado Trump, mucho menos de cómo va gobernar el país, o mantenerlo en el papel de preponderancia internacional que necesita. No en balde Vladimir Putin se ha mostrado tan regocijado por el resultado electoral.

¿Pueden entonces más de 59 millones de personas estar equivocadas?

Sí. Ya ha sucedido antes.

El catolicismo medieval y su Inquisición, la Revolución de Octubre, el Tercer Reich, el maoismo y su Revolución Cultural, George W. Bush, el Islam radical: siempre hubo, hay, y habrá, millones de personas listas para equivocarse en nombre de las ideas que, en su momento, les parecen las correctas. O que les hacen creer que lo son.

El vehículo para instaurarse en un error histórico pueden ser la violencia y las revoluciones; en otras ocasiones, la democracia. Porque la democracia, sépase, es tan deseable como falible, como todo lo humano.

El resultado de todo ello es que Donald Trump, electo por el sistema del que dijo hace apenas unos días que estaba amañado, es el nuestro y agrio presidente.

Inquietante como es en su ineptitud, pero, si le va bien, nos va bien, y por ello le deseo mucho éxito. Vamos, no es cuestión de pasarse los siguientes cuatro -¿ocho?- años, muy al estilo de los anti-Obamistas furibundos, culpando a Trump por la economía, el clima y la eyaculación precoz, sino deseando que todo salga bien.

Que salga bien, entonces, es todo lo que queremos.

Pero, si así no fuera, tampoco hay que desesperar; en el peor de los casos sería solo “The Trumvolution”: ocho largas temporadas de un vergonzoso reality show.

jueves, 17 de marzo de 2016

Nocturno de suburbio

En elecciones -como si fuera béisbol- nada acaba hasta que se acaba pero se amanece hoy -y ya desde hace un buen tiempo- con la certeza de que la nominación de Donald Trump a candidato presidencial republicano ha pasado de ser imposible a muy probable.

Donald Trump está ganando el favor de una buena parte del electorado republicano; un 40%, por lo que se observa en las votaciones. Lo está ganando por la misma razón que Bernie Sanders se ha convertido en un adversario de consideración para Hillary Clinton:

Tanto Trump como Bernie son diferentes al resto de los políticos que se lanzaron en esta ocasión a la carrera presidencial. Su discurso es otro, su estrategia es más efectiva. O, como gustan decir de sí mismos, no son parte del establishment.

Hace unos meses Sanders ni pintaba ni daba color. Era solo un señor de avanzada edad, flamante senador independiente, por Vermont, con escasa presencia en la acción política en Washington. Hoy es la voz de la utopía.

Trump no pasaba de ser un ególatra -aun no pasa- con aspiraciones que resultaban y siguen pareciendo absurdas; al inicio su principal y único reclamo era la ciudadanía del Obama. Hoy ha ampliado su repertorio, y ha devenido en el estandarte del conservadurismo más pedestre.

Si se consideran las características de ambos contendientes, se pudiera pensar que los cubanos nunca votarían por ninguno de ellos. ¿Cómo sería de otra manera, si uno desprecia a los migrantes, y el otro es nada menos que socialista?

Pero la realidad -esa nuestra realidad cubana, tan real como poco maravillosa- es diferente.


***


Las fotos nocturnas son abstracciones de la realidad; paradoja óptica, reto, pequeño milagro que revela lo que siempre ha estado ahí y nunca vemos.

Me empeñé en sacarle información a la noche. Salí a la acera, desplegué el trípode, ajusté aberturas, velocidades, secuestré sombras, a las que les tomó treinta segundos pasar del anonimato al asombro.

“Not my bussines, what I wonder what´re you doin´?”. La voz salió de la cabina umbrosa de un auto que se detuvo justo frente a mi casa, a pocos metros de donde yo manipulaba la cámara. “Just taking some photos...”, le respondí, con una sonrisa, a la opaca silueta de una mujer que me observaba -supongo- desde la oscuridad. “Ok...”, respondió con brusquedad, aceleró y desapareció, sin tan siquiera un “Have a good night!”. Gente chismosa, pensé. Pero no era tan simple; nada lo es en una noche en los suburbios. Es cierto que la mujer no se despidió con un “Fuck you and your camara!”, pero algo ya no estaba bien.

“Está sobreexpuesta...”, murmuré, y cerré un poco el obturador. Nada que la post producción no pueda resolver pero, si está bien desde el inicio, mejor. Más elegante. Como si uno la dibujara a mano, a la noche, y no con estos amasijos de electrónica y lentes.

Pasaron algunos autos; alcanzaron a dejar trazos rojos, centellas amarillas, garabatos de luz que atravesaron el aire y terminaron enredados en los arbustos. Tres, cuatro fotos son suficientes; basta por hoy.

“Do you need some help?” Esta vez eran dos figuras, detenidas en la acera, casi en el mismo lugar donde había yo estado hasta hacía unos momentos. Me miraban, atentos, mientras yo desarmaba el esqueleto del trípode junto a la puerta de mi casa; “No, thank you, I´m fine...”, sonreí a los dos muchachos, vestidos en trajes negros y con sombreros alones. Estudiantes de una yeshiva cercana.

“But... what are you doing?” Antes de volver a pensar que algo definitivamente ya no estaba bien, respondí por segunda vez en esa noche que, estoy tomando fotos, algo sorprendido, porque, ¿qué cojones voy a estar haciendo con una cámara fotográfica y un trípode que no sea tomando fotos? Pero yo soy una persona amable. Animal de suburbio.

“But... Why?”, insistió el muchacho. La pregunta acabó por desconcentarme; ya no por la genuina perplejidad que pudiera haber traido -y no había ni una pizca de ello- sino por retórica, por su tono de introducción a algo más importante. Con pesar me percaté de que comenzaba a irritarme; además, se me estaban pasando los deseos de responder preguntas esa noche.

Pero hice un último esfuerzo; me gusta tomar fotos de la noche, le dije.

Y entonces llegó la pregunta que había estado agazapada detrás de todas las demás, desde el momento en que el bulto informe de una mujer, vigilante, detuvo su auto para preguntarme qué hacía yo, tomando fotos a oscuras, en su vecindario -y mio también-, hasta este otro momento, cuando estos dos jóvenes judíos decidieron que yo parecía sospechoso por estar, bajo la luz de un foco blanquecino, desarmando un misterioso aparato.

“Do you live here? Never seen you before...”, dijo finalmente el interrogador, revolviendo con manifiesto aspaviento el teléfono que llevaba en la mano.

Pude haber tomado el incidente a la ligera. Si yo no fuera un latino viviendo en un vecindario de judíos e irlandeses, pudiera haberlo hecho. Pudiera haber sonreido, otra vez, haber comentado algo simple, conciliador. “Hey, good job boys, keep that neighboodhood watch going!”. Algo así hubiera respondido.

Pero, como decía, nada es simple, y esa noche ya yo había perdido los deseos de responder preguntas.


***

Es cierto que Trump es un candidato diferente, pero ninguna de esas diferencias me incluye dentro de su electorado ni me hace su simpatizante; en cualquier caso, todo lo contrario.

La razón es sencilla: Trump me identifica -y nótese que no digo “me discrimina”- como un individuo a observar.

Para su filosofía -es un decir- y la de los indignados que lo siguen, yo y los míos somos gorgojo en el arroz, mosca en la leche, un tizne beige en un fulgurante muro encalado. Trump, tal como lo hiciera una mujer desde su carro, unos muchachos judíos desde la acera justo frente a mi casa, Trump me señala; me señalan, zurcen a mi solapa un emblema de color café con leche. Keep an eye on that guy.

Pero, ¡qué bueno! -me comenta mi esposa-; es el neighboorhood watch, están cuidando el barrio, nos cuidan.

Lo dice, mi esposa, porque quiere, por mi bien, que yo no me lo tome en serio. Que no los tome en serio. A la mujer, a los judíos -lo de Trump ya no tiene remedio-. Vamos, no es racismo, me dice. No es tan grave, insiste, al menos no tanto como la historia que le ha contado un primo, que visitó una discoteca privada en La Habana, donde “...solo dejan entrar extranjeros, blancos con dinero, y putas. Nada de negros. Pa que sepas.”


***

Los cubanos blancos, desde nuestro mestizaje ibérico, ibero-africano y caribeño, nos creemos -se creen- blancos; vivimos -viven- en un delirio racial quizá solo comparable a la sicosis de los argentinos, que se sienten europeos varados en Sudamérica. También nos creemos -se creen- que Trump, la mujer, los judíos, los consideran blancos, kosher, parte de America The-Will-be-Great-Again.

***

La enajenación, que parece ser el estigma nacional, aun -sobre todo- en el exilio.

Cubanos, damnificados del socialismo, refugiados en los Estados Unidos, que votan por un precandidato socialista.

Cubanos inmigrados que, con entusiasmo, sin restricciones, dan su apoyo a un showman -yo no puedo llamar a Trump político por razones de decencia- que dice no gustar de los inmigrantes, que promueve el nacionalismo más burdo, y cuya base electoral se compone de blancos indignados y “caucásicos” -tengo que entrecomillar, porque pienso Cáucaso, y vienen a mi mente Chechenos, Armenios, Ingusetios y toda clase de caucásicos que tienen escasamente que ver con el físico de simio albino de Donald Trump-; blancos, decía, que no ven cómo un latino o un negro pueden encajar en el plan maestro de Make America great again; los cubanos, que no son la excepción, por mucho que crean lo contrario.

***

La próxima vez que salga a fotografiar la noche pudiera llevar en el cogote una yarmulke. O un sombrero de lepricorn. 

Tal vez eso me ponga a salvo de señoras ceñudas y concienzudos estudiantes de yeshiva. Quizás entonces asientan con aprobación, creyendo ver a un buen ciudadano, one of us, que juega con su cámara a la hora que casi todos duermen. No problem there. Una yarmulke, para cambiar de minoría menor, que se cree grande, a una mayor que se piensa inmensa. Un sombrero, para dar buen tono a la piel oscura.

Camuflarme -o no- en la noche del suburbio pero, sépase, no voy a renunciar a hurgar en las sombras.

Tengo, además, que esperar hasta el 8 de Noviembre del corriente para poder, por fin, hacer oficial lo que pienso sobre los candidatos. Voy a ser consecuente, lo digo, me digo de antemano. Voy a tomar una instantánea de mí mismo, latino-hispano-cubano-inmigrante-que-huyó-del-socialismo-y-vive-en-gheto-de-blancos, y dejarla caer en la urna.

Nadie me hará preguntas, aunque voy a ir sin yarmulke ni nada de color verde botella -será de día-; seré solo el ejemplar ciudadano beige ferviente creyente en el poder de los granos de arena, que va a seguir paseando las noches del suburbio.

***

“Never seen me before? Well, better get use to it: I live here...
”

Y cerré la puerta a mis espaldas.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Trump y Bernie: la roca y la pared

“Escila vivía en los acantilados y Caribdis era un peligroso remolino. Ninguno de los destinos era más atractivo (que el otro) ya que ambos eran difíciles de superar”

  Escueta descripción de Wikipedia en español acerca del ilustre antecesor de las frases “estar entre la espada y la pared” o, para este caso, “between a rock and a hard place” 

Trump

Donald Trump ha devenido el campeón de un grupo que prefiere pensar que los males de los Estados Unidos vienen de afuera.

Según ellos, la maldición para los estadounidenses llega entonces con la inmigración, con los ilegales, arriba propiciada por la vecindad con México, o por la competencia china. Los trumpistas son también un grupo de ciudadanos para los cuales los otros males, los internos, comienzan con, y solo con, el Presidente Obama.

Trump, hombre de soluciones sencillas, ha propuesto dos remedios simples a todos esos males: construir un muro -eso sí, con costos bajos y gran eficiencia- en la frontera con México, a la vez que se deporte masivamente a los ilegales, y que lo elijan Presidente de los Estados Unidos; que confíen en él, dice; que si él logra hacer buenos negocios, también puede dirigir el país y lidiar con el resto del mundo, afirma. Eso es, en esencia, lo que propone Donald Trump para Presidente.

El resto de su inexistente programa de gobierno pues es bravata, hipercriticismo y boca floja. O sea, populismo. Y a bajo costo, por supuesto.

La clientela del populismo de Trump es entonces muy específica. Es ese sector de la población irritado por el mestizaje galopante de la sociedad americana; son los que se sienten inseguros por la impunidad con que entran inmigrantes ilegales y permanecen en territorio americano; son los que probablemente creen a pies juntillas que sin México al lado no habría la bestial demanda por drogas de todo tipo que existe en los Estados Unidos. Son los que, además de vitorear a Donald Trump, leen a Ann Coulter.

Son también los que sin embargo no se atreven -como tampoco se atreve Trump- a hablar de la marginalidad y violencia extendida entre los negros norteamericanos, y de sus causas; no miran un mapa de la distribución racial en los Estados Unidos para preguntarse porque el melting pot ya no funciona, y se horrorizan del monstruo que la codicia y rapacidad capitalista han creado en China -el abastecedor de todas las baratijas- adonde esos mismos capitalistas que asienten cuando Trump tuerce la boca, enseña los dientes de abajo y parlotea, se han llevado los puestos de trabajo que los Estados Unidos necesita.

Donald Trump y sus asesores saben bien lo que hacen al hurgar en las llagas de los ultraconservadores; conocen de lo efectivo que resulta agitarle espantajos en el rostro a gente ya de por sí asustada por un país que cada vez es más diverso y que, de manera inobjetable, ya no tiene la hegemonía e influencia global de otros tiempos.

Tal es la eficacia de esa arenga que ni siquiera les importa a los seguidores de Donald Trump que el reciente debate presidencial republicano haya puesto en evidencia la incapacidad de ese señor para opinar, de manera coherente, creíble y adecuada a un aspirante a la presidencia del país más poderoso del mundo, acerca de una solución a conflictos, digamos, como el de Siria. Con Trump todo se reduce a muros, deportaciones, y vagas promesas de que todo, de alguna manera, será mejor.

El alegato populista se nutre de eso. Existe una necesidad de amplios sectores de la población de cualquier nación de tener una voz que los represente y desbarre en su nombre, que diga lo que ellos quieren escuchar, aunque sea una idiotez, ya sea “Everything is going to be better!” -sin siquiera decir cómo lo va a hacer- o “Patria o Muerte”, esas míseras opciones del tirano miserable.

De la misma manera que, ante la tibieza y grisura del resto de los políticos republicanos, el discurso encendido y alarmista de Donald Trump resulta irresistible para sus seguidores, Bernie Sanders, el senador cuasi-socialista, hace algo parecido con otra parte del electorado, esos a los que el ex-presidente mexicano Vicente Fox, otro populista mediocre, llamó en su momento “los jodidos”.


Bernie

Y es difícil no estar de acuerdo con lo que dice el senador Bernie Sanders.

A diferencia de Donald Trump, el senador Bernie Sanders parece tener un extenso y elaborado plan; ha listado los problemas, sus causas, dice que las va a combatir, y hasta esboza una estrategia de ataque. En su sitio web, bajo el título “Issues”, el senador Sanders describe entonces lo que considera que está mal en los Estados Unidos. Apila cifras, gráficas sencillas y contundentes pero, sobre todo, hace algo tan irresistible como el chocolate: bajo el subtítulo “Como Presidente, el senador Sanders reducirá la desigualdad en los ingresos y la riqueza haciendo lo siguiente:”, Bernie Sanders se va entonces con todo contra el enemigo favorito de los pobres de la tierra: el sistema, el capital, los poderosos, el 1%.

Y a alguien como yo, que ya ha visto la película, le parece estar escuchando de nuevo a aquel tipo en la Plaza de la Revolución, guajiro apocalíptico, blandiendo su antorcha redentora y descojonando un país.

El señor Sanders, entonces, no deja cabos sueltos. Raza, pobreza, igualdad de género, Irán, inmigración, clima global, y una versión en español de su programa político. Tiene (casi) todo cubierto.

Cita al Papa. Incluye reivindicaciones para las mujeres, para los discapacitados y para Joe Six Pack; se declara amigo de los sindicatos, quiere incrementar el salario mínimo al doble, revisar los impuestos de las grandes corporaciones, promete luchar por mejores condiciones para los retirados, incrementar las oportunidades para los jóvenes, y se decanta por universidades públicas gratis.

Aboga además por un sistema de salud social, a la europea; para los proletarios, dos semanas de vacaciones, doce semanas de licencia médica o familiar y siete días de licencia médica con sueldo. Defiende también la idea de educación universal de pre-K y kindergarten disponible para todos los niños; quiere además revisar los tratados que, entre otros, han hecho que la competencia china deprima la economía estadounidense, y propone desmembrar las grandes corporaciones para evitar su inmunidad ante las crisis financieras. Bernie quiere en serio reformar política, economía y sociedad.

Yo votaría por Bernie. Vamos, ¿quién no quisiera una sociedad exitosa, reforzada con todas esas mejoras de todo tipo? Hay que ser o muy rico o muy tonto para no desear algo así. Además, se evidencia que donde Trump es alarido vacío, Bernie es un hombre con un extenso plan de acción, bien fundamentado.

Sólo me gustaría saber cómo el Presidente Bernie Sanders piensa lograr todo eso sin desarticular a la economía más pujante del planeta, sin disminuir la creatividad de la industria privada, sin deprimir a la industria farmacéutica, sin detener el tremendo motor económico que es el sistema industrial militar, sin que se pierda la noción primordial de que the business of America is business.

Yo, y muchos más, votaríamos por Bernie para Presidente, si no fuera porque la idea de un Presidente que parece estar más cercano al socialismo que al capitalismo, que es lo que ha hecho grande a este país es, cuando menos, inquietante.


La roca y la pared


El populismo carece de color político. Es, en todo caso, rojo incandescente a la hora de encender los ánimos; o rosado como las mejillas de un infante, en el momento de describir el nuevo amanecer, ese futuro luminoso que nosotros, los que aplaudimos, eternos consumidores de promesas, creemos tener en el orador oportunista que nos echa arena en los ojos para obtener un voto -de confianza o electoral- y poder seguir adelante con su carrera de mesiánico, político o mentiroso.

Tanto Donald Trump como Bernie Sanders son populistas; ambos saben qué cuerdas tocar para lograr enardecer a su audiencia. Ambos se nutren de la oportunidad que representa el descontento. Ambos dicen lo que muchos quieren escuchar. Ambos son vendedores hábiles de un producto popular.

Trump tiene una proyección conservadora, nacionalista, que juguetea con la xenofobia, la supremacía, e insiste con la equívoca idea de que tener mucho dinero es tener mucho éxito; se presenta a sí mismo con harta seguridad y estudiada soberbia, sin que tenga la menor idea de cómo ser Presidente.

Bernie, por su parte, tiene una plataforma que va más allá de lo que en los Estados Unidos de América se entiende por liberal, y se mete de lleno en una socialdemocracia rayana con el socialismo. Sus intenciones parecen buenas, sus ideas numerosas, interesantes y justas; pero al senador Sanders le falta mucho en su discurso para poder convencer de que él no es el anecdótico elefante furioso suelto en una cristalería.

Ambos candidatos representan los dos extremos de las opciones posibles para el 2016. Acotan, con sus posturas radicales, al resto de la masa presidenciable, y quizás su mayor aporte a la incipiente campaña es hacer que destaque la gris homogeneidad de los otros candidatos de uno u otro partido. Pero no por ello constituyen necesariamente una opción viable. Votar por la roca o la pared es una apuesta de alto riesgo para quienes deseamos un país sólido -si bien imperfecto- con un gobierno aceptablemente confiable.

Para mantener el liderazgo y el status quo de una nación que aun con todos sus problemas por resolver sigue siendo la mejor del planeta, la masa gris votará gris.

Lejos de la roca y de la pared.

viernes, 7 de agosto de 2015

Día de jurar


Día de jurar

Mohamad Islam, que tiene un segundo nombre que no retengo, pelo y barba teñidos de anaranjado, con traje oscuro, camisa a cuadros, corbata negra, y penetrante hedor a aldehídos, se sienta a mi derecha.

Frente a mí, en la primera fila, están dos señoras, ancianas que se notan humildes y desamparadas.

El inglés, que las desampara. La humildad, que las distingue. Una es asiática, a la que la oficinista, algo obesa, interpela, “Do you speak English?” Y yo escucho -se escucha fuerte y claro- que la pregunta es retórica, pues los ancianos a los que sientan en primera fila son esos naturalizados por vía directa, porque son personas a las que resulta mezquino exponer a más batallas, a estas las horas de su crepúsculo. Por eso el gobierno de los Estados Unidos les suaviza el mal rato de entrevistas, trámites, preparaciones y, sobre todo, les perdona el inglés, les perdona el idioma, mientras esta oficinista algo obesa, de espesa pisada pronadora, gruesos zapatos ortopédicos y aire exasperado que apenas disimula, sin embargo le pregunta a la anciana, que sostiene una tarjeta de cartón con anotaciones en caracteres chinos, instrucciones quizás, que ha estado estudiando, leyendo, moviendo en silencio sus labios color púrpura, le pregunta si habla inglés.

“Somebody speaks Chinese, please?”, dice al fin, mirando a las ciento ochenta personas de cincuenta y un países que están sentadas, expectantes, en dos ordenados bloques de nueve filas de a diez sillas cada una, en esta hermosa sala de paredes de pulida madera (¿arce?), paredes cuya armonía solo interrumpe un majestuoso escudo de los Estados Unidos de América -E Pluribus Unum-, una vistosa bandera, de brillante tela satinada, y un cuadro de una mujer, rubia, sonriente, una jueza, cuadro retrato de pésimo gusto que desentona con el bello minimalismo del lugar.

La oficinista espera unos instantes, hasta que uno de los ya casi ciudadanos se levanta; una mujer, que le explica a la anciana lo que va a suceder; la empleada se mueve entonces un paso a la izquierda, y vuelve a preguntar, esta vez a la otra anciana, una mujer que pasaría inadvertida en calles y colas de Cuba, señora mestiza que viste sencillo, deslumbra su inconfundible nobleza de madre y abuela -las nuestras- y yo levanto la mano cuando la empleada, con aire aburrido, pregunta si alguien habla español.

Le explico a la señora entonces lo que va a suceder, con muchísimo gusto lo hago, y con una sonrisa -cosa rara en mí, que tiendo a lo ácido- y ella me agradece con dulce acento, colombiano quizás. La empleada se da por satisfecha al fin, sigue su periplo, y yo regreso a mi asiento, sintiéndome buena persona.

En la mañana el inmenso estacionamiento estaba vacío cuando llegamos. O casi. Otro auto, ocupado por un negro corpulento que con atención examinaba su teléfono, ya esperaba en el lugar. “¡Soy el segundo!”, pensé, y exclamé, alborozado. Vamos, hay que entender que para un cubano, que compraba juguetes el quinto día por la tarde, ser segundo en una cola es como ser el primero.

Al final fui el tercero, porque un muchacho bajito, de constitución delgada, vistiendo un traje y una pajarita con motivos de la bandera americana (lo cual le confería un equívoco aire de Tío Sam en su temprana juventud, pero latino), logró escurrirse antes que yo por el portón de cristales a prueba de balas y ocupar mi segundo lugar. Pero en una cola, lo sabemos, tercero es igual a segundo que es igual a primero.

“Creole, please, anyone?”, pregunta de nuevo la empleada, detenida ahora frente a una señora negra que luce un pañuelo rojo en la cabeza y viste una suerte de pollera. El afortunado primer lugar en la cola, que está sentado en el primer asiento de nuestra fila, y que no ha dejado de mover la pierna con nerviosa insistencia, levanta el brazo, se incorpora como un resorte, y asiste en ese nuevo desencuentro idiomático. Babel, pero con orden; americano, por supuesto.

“No english”, me dice de repente mi vecino de la izquierda, un señor entrado en años, con aspecto de blanco europeo, y que viste a la usanza del campo socialista. Me muestra un formulario que nos han entregado, para registrarnos como votantes. “No english”, me repite; sonríe, turbado, trato de explicarle, vote, voto, President, y me mira, perplejo. Se trabó el paraguas lingüístico, pienso, pero me las arreglo para preguntarle cuál es su idioma. “Albania”, responde. Ya tú sabes.

De repente, el hombre alza un dedo, “¿Hrvatski, Serbskij?”, dice esperanzado, y yo no puedo creer en nuestra suerte porque a eso ya me le puedo acercar, al Serbio Croata, y entonces echo mano de la reserva eslava. El anciano escucha mi atropellada explicación y sonríe, más tranquilo.

Un chillido electrónico, de feed back, me perfora el oído derecho. Viene de la oreja izquierda de Mohamed, donde observo lleva incrustado un micrófono para sordos. ¿O será un aparato para comunicarse con alguien allá afuera, que le dicta instrucciones? ¿O será que Mohamed es simplemente sordo, además de musulmán que se tiñe el pelo de anaranjado? Debo dejar los estereotipos a un lado, medito; puta madre, Islam, que susto me has dado.

“Así es”, regreso mi atención y le respondo al señor albanés, “hablo un par de idiomas eslavos, además del inglés y el español, por supuesto”, y siento que me siento ufano, qué poliglota soy, casi me digo. Yo hablo albanes -me dice entonces el señor, que según alcanzo a ver en sus documentos se llama Soleyman- que es mi lengua materna. Además hablo serbio croata, italiano, alemán, y turco. Entiendo armenio, polaco, ucraniano, ruso, checo y eslovaco y un poco de francés. Pero no hablo inglés…

Pero no habla inglés. Puta madre, Soleyman, pero tú eres un cabrón genio transbalcánico, quiero decirle, un poco avergonzado de mis tristes cuatro idiomas, pero solo atino a un Wow, medio bobo como suenan todos los wow, y el hombre, que habla más lenguas que un mercader medieval, pero que no entiende inglés, vuelve a sonreír con timidez.

Los neo ciudadanos van desfilando frente a mí, camino a entregar su tarjeta de residente, la mítica green card. Un empleado que tiene un notable parecido a George Constanza, el de “Seinfeld”, las toma, las perfora con una ponchadora, y las acomoda en bultitos que después ata con una liga de goma. A su lado la oficinista obesa revisa las cartas de citación a este evento, hace un par de preguntas de rigor, firma, y devuelve el documento.

“Albanian, really?”, dice cuando le toca el turno mi vecino hiperpolíglota. “I give up…”, alcanzo a escuchar que le comenta a George que, inexpresivo, reordena sus ordenados bultitos de green cards, toma agua de una enorme botella, y se coloca en modo standby. Al fin aparece la nuera del anciano, albanesa también -las albanesas, babe…- residente en Great Neck, allá cerca de donde vivía el Great Gatsby, y que es esposa del hijo cirujano de mi vecino albanes; aparece la muchacha, se hace cargo de las explicaciones y la cola fluye otra vez.

¿Dónde puede ver uno personas de medio centenar de naciones reunidas en un solo lugar? En el JFK, o en la ONU, o en Times Square, o en el Northern Boulevard de Queens, quizás. Siento sin embargo que esas multitudes no tienen este sabor, ni este olor, me digo, y miro de soslayo a Islam, que está llenando su formulario para registrarse como votante.

Aquí estamos entonces, tensos por la espera y la ocasión, aun atemorizados por la burocracia, por la gorda y exasperada oficinista, por los ujieres que apenas nos miran pero nos vigilan, aquí estamos, E Pluribus Unum, entrando con pie firme a los Estados Unidos de América, esa América que -al decir de una amiga- se cree blanca, pero que se diluye en sus migrantes. Veo pasar negros, indios, blancos, mestizos, eslavos, asiáticos, latinos, flamantes ciudadanos ahora, y pienso en Donald Trump y sus seguidores, blanquísimos, asustados, y me sonrío.

Con un apresurado Congratulations! terminó para mí la ceremonia; junto con ella una etapa -¿la vida hasta ahora?-, y tan solo puse un pie fuera de la hermosa sala de paredes tapizadas con madera -¿de arce?- comencé a pensar en la etapa que comienza. Puta madre, que no te das descanso, me dije, y me fui a tomar una foto con Obama, Biden, la bandera y el enorme escudo de los Estados Unidos de América, mientras los recién acuñados ciudadanos se apilaban en fila, esperando su turno para dejar constancia de este magnífico día de comienzos y juramentos.

E Pluribus Unum, nunca mejor dicho.

jueves, 6 de agosto de 2015

Citizen

Hoy me abraza la generosidad de un país que me aceptó sin siquiera preguntarme qué haría de bueno para que aquí todo fuera mejor.

Tan generoso, que hoy ni siquiera cambio de colores; solo los reordeno.

Ahora quedo esperando por el martes 8 de Noviembre del 2016, para votar por primera vez en mi vida en elecciones presidenciales, en plena libertad.


Sabroso.

martes, 23 de junio de 2015

La marcha - Tramo cero

El día 15 de junio del 2015, día en que tuve la entrevista para obtener la ciudadanía estadounidense, hube de manejar un par de horas.

Llovía esa mañana; lluvia intensa, tráfico lento. En el camino de regreso a la casa, después de la entrevista, relajado, contento, como corresponde a una ocasión tan significativa, me acordaba de esto y aquello. En algún momento, entre pausa y avance por la autopista repleta de autos, marchando lentos, torpes, me dije, filosofando en baja, “Como una cabrona marcha, esto de la vida…”. Cuando llegué a casa ese día, comencé entonces a escribir algo que he llamado “La marcha”.

Y como toda marcha que se respete, tiene tramos. No sé cuántos más escriba. Ni siquiera sé si escriba alguno más: depende de cómo esté el nivel de la vagancia y la disponibilidad de tiempo. Pero, por el momento, aquí dejo el Tramo Cero…


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La marcha


“Marchando, vamos hacia un ideal…”
Himno del 26 de Julio

Tramo cero



Las cosas no tenían sentido.

Alrededor, eran cinturas, cintos, bolsillos. Arriba, un trozo de cielo azul gris, un sol intruso, demasiado sol, que parecía estar en todos lados. Debajo, asfalto; ardiente, blando, pegajoso, moteado de colillas, sucio. El resto eran los olores -uno solo en realidad, como supe tiempo después-; olores que no entendía: rancios, fermentados, recalentados por la caminata, pastosos, asfixiantes, aderezados por el mediodía. Me llevaría tiempo descifrarlos, cuando aprendiera a enlazar olores imágenes ideas: café-mañana, chocolate-papá, ajo-mamá, agua de colonia-barbero, cebolla-sudor, agua de mar-bollo húmedo. Pero eso sería después, mucho después de la marcha.

Ahora era mediodía. Ahora solo era marchar. Caminar. Personas acaloradas, transpirando, estirando los cuellos, mirando ansiosas por encima de las cabezas de los demás, avizorando nada; avanzar, avanzar, eso era todo, porque nada más pasa en una marcha política que no sea avanzar, gritar y apestar; “¡Nixon no tiene madre porque lo parió una mona!”, marcaban la conga con palmadas en claves 2-3 los de mejor oído; los peores, en 3-2; los demás, avanzaban.

Olor a quemado, también; incineraban una bandera americana; desgarraban la bandera, antes de quemarla; decapitaban una efigie caricaturizada de Richard Nixon: una descomunal nariz roja, un diminuto cuerpo simiesco, el pelo engominado, bien peinado estaba Nixon hasta en el dibujo; un círculo se improvisaba en la turba, caen al piso los jirones de tela, los trozos de cartón -¡qué buenos están para dibujar!, ¿dónde se podrá conseguir ese cartón?-; los pisoteaban, los pisoteaba, yo, mis hermanas, que reían de algo, sin soltarme de la mano, mano sudada, cálida, pastosa, como el bolloque aún no conocía, respirando el hedor que adornaba mi mediodía habanero de caminata grito histeria sin que yo supiera por qué, qué pasa, por qué esa mujer gritaba, posesa, ¡son unos singaos!, ¡ahhh!, ¡Nixon, singao, el coñotumadre, maricoooón!, dos hombres la sostienen arrastran se la llevaron a un costado, el cabello en desorden los ojos desorbitados la blusa desabotonada sostén blanco el lomo reluciente de las tetas desbordadas, la sientan en el contén de la acera, la observan, lascivos, la abanican, le va dar una cosa, la gente se mira, de pasada, con aire de no si yo te digo a ti, combatividad, entrega, Revolución, casi se quema la compañera, ¿viste eso?, aplastando los trozos de tela y pancarta, el fuego subiéndole por las pantorrillas, frenética, tú, aire gris de humo blanquecino, entretejido en la luz blancamarilla del sol habanero, ¡singaos, singaos!, vocifera otra vez, los brazos alzados los sobacos embarrados de una pasta blanca desodorante inerme ante el embate de la canícula y el amasijo de los cuerpos sudados, mujer danzando un ritual de revolucionario arrebato, esa mujer está loca, susurra alguien; ¿Quién es Nixon?, El presidente americano, Alex, la multitud avanza a pasito de lo parió una mona, ¡viva!, ¡muera!, ya no se miran entre sí las personas; insensatas, se empinan siguen tratando de ver algo, ¿qué miran, qué hay?, no sé; le dan agua a beber a la mujer, ¿de dónde salió el agua?, ¡quiero agua!, tienes que esperar llegar a la casa, ¿cuándo?, después que hable Fidel, ¿Cuándo va a hablar Fidel?, en un rato, ya,´tate quieto, mediodía, quema, apesta, suda, vámonos ya, nada tiene sentido; sólo hay vientres, nalgas, calle sucia, cielo feo, trozos informes a medio calcinar; humo grisblanco, poco aire, todos sudan, peste espesa. Fidel, habla ya, que me quiero ir a mi casa.

Nada tenía sentido.

…………..

Pero no pudiera decir que las cosas para mí comenzaron allí.

¿El recuerdo más remoto? Quizás el de un televisor, en blanco y negro, búlgaro, de marca Cristal.

Se lo ganó mi padre, cortando caña y siendo un tipo callado que no se metía en problemas. Es más: ni siquiera recuerdo cuando no hubo televisor en mi casa. Tal vez porque televisor para mí siempre fue el sonido que entraba por la ventana de la sala, que se abría justo frente a otra ventana, hermanas promiscuas, que se intercambiaban la privacidad de dos familias; de allá al lado, de casa del vecino, llegaban las voces enlatadas de locutores actores: en algún momento llegué a pensar que los programas de televisión comenzaban a diferentes horas en cada casa, ¡qué maravilla!, ver mis muñequitos dos veces, aquí, y en casa del vecino después, o viceversa, no seas comemierda, no es así, me respondieron al descuido cuando pregunté curioso, y a otra cosa, que estamos apurados.

Las ventanas eran un televisor; dejaban pasar risas, gritos airados de discusiones, la voz metálica y disonante de un hijo que era medio sordo; los estertores de su hermano epiléptico, a duras penas resistiendo el asedio de los ataques: un berrido ominoso que me quitaba el apetito, mis manos apretadas sobre los oídos para no escuchar, el estrépito de las sillas apartadas con premura para asistir al enfermo, colocarle un trozo de madera entre los dientes, que no se mordiera la lengua, no toques ese palo, que es para los ataques de Tony; Tony me sonríe, extiende el brazo esquelético, de un blanco malsano, cubierto de vellos muy largos, muy negros, Alex, ¿cómo te va en la escuela?, apenas articula, pero sonríe; yo me atiborro de boniatillo, miro el televisor de los vecinos, aparato presidente desde su rincón de la sala, justo enfrente de la poltrona donde el muchacho epiléptico se consume en la furia de su mal; ¡Qué niño tan alegre era!, Mamá se enjuaga una lágrima. Bien, Tony, bien, respondo con la boca llena. Apenas puede sostener la cabeza, pero asiente, sonríe.

Sin embargo, yo no me acuerdo del televisor del vecino, no puedo decir nada de su marca de su aspecto; sólo recuerdo el nuestro, mi enclenque televisor búlgaro, que se estremecía si se le rozaba, no toques el televisor, que se va a caer, coño, equilibrista tembloroso venido de Europa del Este -casi Asia-; mole balcánica vibrando sobre cuatro patas frágiles, delgadas, cónicas; el televisor era otra ventana, barnizada, socialista, proletaria, ganada con el sudor y la mansedumbre del viejo, que por entonces era un joven; joven que trajo truculentas historias de Quiebra Hacha -además del bono que le permitiría comprar el televisor Marca Cristal reservado para los vanguardias en el corte de caña- y una barba enorme, tupida, negrísima, y un sombrero de yarey, descomunal también; parecía un rebelde, con tanta barba y gallardía; iba -regresaba- orgulloso mi padre luciendo su bono para el televisor, vistiendo un pulóver de color naranja que proclamaba en letras negras su pertenencia a la brigada “Jesús Suárez Gayol”; yo no sabía -no sé- quien fue Jesús Suárez Gayol, pero sí sabía que ese hombre muerto era el medio para que mi viejo, la piel enferma por picadas de mosquitos y jejenes -había tantos mosquitos que mataron a un caballo; los relinchos esa noche fueron un horror- pudiera adquirir esa pantalla-ventana oscura, maravilla CAME, que se asomaba al mundo fantástico gris blanco negro del Capitán Tormenta, donde no había berridos de epiléptico.

En los tiempos de la Revolución uno no iba a cortar caña de azúcar por necesidad, como quizás lo hiciera algún antepasado jornalero; vamos, ese campesino iba al corte en son de supervivencia: llega, corta, cobra y a casa, descojonado, deshidratado, apestoso a campo abierto y monte y, al día siguiente, lo mismo. Pero no era así en esta época; esta era la nueva Era, nueva a trompicones; triunfante, aleccionaban; construyendo el futuro, luminoso, decían, de gloria, insistían; pertenece por entero al Socialismo, coreábamos; era la Era dorada -de calamina, sería más apropiado, pues el oro es un rezago pequeñoburgués- en la que los obreros de la Revolución apagaban maquinarias, abandonaban las fábricas, dejaban de producir, y se agrupaban en brigadas que llevaban el nombre de un héroe desconocido -había muchos héroes disponibles, héroes por decreto, convenientemente muertos; larga lista de nombres donde echar mano y denominar calles, plazas, Comités de Defensa de la Revolución, escuelas, policlínicos y brigadas de corte de caña-. Fue la Era del rebautizo del país, Era de la bonanza de héroes con bigotito a lo Jorge Negrete y gruesos espejuelos de pasta: la Era cuyo logro más memorable fue la creación de los Van Van.

Se iba entonces la masa acarreada a vivir unos meses en campamentos de miseria, sin luz eléctrica ni agua corriente, en medio de la nada, a tumbar cañaverales en nombre de la Revolución local, continental, mundial, mira, las manos hechas mierda, desfiguradas con llagas abiertas cerradas vueltas a abrir selladas por el mango áspero de la mocha, mira, el país paralizado, convulsionando al ritmo del delirio fideliano, cacique tropical de la islita y sus náufragos, mira, ¡el coñotumadre, maricoooón, singao, singao, Nixon es un singao!, adelante cubanos, que es tiempo de cortar caña, azúcar para crecer, toneladas y más toneladas de azúcar para endulzarle el té a alguien en Europa del Este; mira, la economía socialista disfuncional, en su apogeo; la “Jesús Suarez Gayol”, brigada millonaria, cortaron un millón de arrobas de caña, decían, ¿cuánto es una arroba de caña?, no sé mijo, pero un millón de cualquier cosa es mucho, nada es más importante que cortar caña, lo dijo Fidel, que lo sabe todo.

Entonces, Papá, ¡qué televisor más lindo, Papá!, mira a Pinelli, como bailotea en la Ciudad Deportiva, calmando al público enardecido, lo abuchean, porque no gustó la Estrella del Carnaval que eligieron este año, ¡qué mujeres más lindas!, peinados atroces, vestidos cortos, ciñendo el borde de muslos poderosos, apenas resistiendo la rotundez de las nalgas, ¿qué pasó, por qué gritan?, nada, que yo no sé porque sacaron como Reina a esa gorda, con esa carona, Pinelli parece un títere con ese bailoteo, se ve mejor en San Nicolás del Peladero, ¿o tendrían peste a bollo la Reina Gorda y sus Estrellas del carnaval habanero?

El televisor.

Una figura de cerámica encima, un gato hiperrealista -¿o era un florero, erizado de flores plásticas?-; un trapo cubre el aparato, televisor orisha búlgaro, la luz le hace daño a la pantalla, bulto informe, premio en especie a cambio de unos meses de la vida de mi padre, que ya había regresado a la fábrica, barba y sombrero desechados, manos desechas, obrero ex-machetero orgulloso propietario de un aparato ultramoderno, el primero que vi, en el liceo de mi pueblo, era una caja con una pantalla redonda, verde; mi hermano decía que eso no era verdad, que esa gente estaba ahí, dentro de la caja, de alguna manera, que él no sabía, pero que así era, el pobre, no le daba para más, se tocaba la sien mi padre con el dedo grueso de obrero-; machetero ex-obrero, admirando el blancogris del televisor Cristal; lo había ubicado frente a la mesa, en la sala comedor, habitación que era cúbica y no un paralelepípedo -pero eso lo supe después, mucho después de saber por qué sentía ese cosquilleo en las ingles cuando les miraba el culo a las Estrellas y sus Luceros-; habitación de puntal alto alivio contra el calor brutal a falta de la misericordia del aire acondicionado, televisor en posición estratégica para ver las Aventuras el noticiero el parte del tiempo mientras se cenaba arroz frijoles viandas ensalada carne escasa sentados a la mesa; mesa para escoger arroz desayunar almorzar comer jugar parchís con mis amigos, y Esperanza, precoz, procaz, bajo la mesa, zafando botones, bajando zippers, mamando pingas, Tony aúlla tras la ventana, no lo escucho, nadie lo escucha; cuatro niños azorados sin atinar a lanzar los dados, solo esperando a que Esperanza, ficha fundamental, avanzara al siguiente jugador, en el sentido de las manecillas del reloj, avanza, dale, Esperanza, de casilla en casilla, diez segundos de boca ansiosa abrasadora lengua inquieta, la angustia de la espera de la siguiente ronda, la maldición socialista de las colas y los turnos; Esperanza, en el oscuro recodo de la escalera de casa de los gallegos, tetas duras como pelotas de goma, aliento de dientes cariados, dedos delgados que desabotonaban, nerviosos, tócame aquí, falda enrollada en la cintura, blúmer desgastado amarillento a medio muslo, miasma que nos envuelve mientras le muerdo los pezones: es el olor de la multitud, rancia, fermentada, desaseada, recalentada por la caminata, aderezada por el mediodía; pastoso, húmedo, asfixiante.

Las cosas, dada la ocasión, de repente toman sentido: he llegado a creer entonces que los recuerdos remotos, los que valieron la pena, deben haber comenzado ese día, en el rellano de unas escaleras, probablemente un verano; un día cualquiera, día sin nombre, en que al fin comprendí que las marchas, esencialmente, hieden a bollo sucio.

Alec Heny ©

lunes, 15 de junio de 2015

Coincidencias

Siete años se cumplen hoy -porque este tipo de cosas suceden de siete en siete o no suceden- que cerré por última vez la puerta de la oficina, me subí a mi auto, le entregué mi pase electrónico al hombre uniformado que custodiaba en la garita de entrada -de salida, esta vez-, y oprimí el botón de "reset".

Fue mi último día de trabajo en México, hace siete años.

Siete años después, voy en camino a mi entrevista de ciudadanía aquí en EEUU y, para cuando este post salga publicado, será mi primer día como ciudadano de los Estados Unidos de América.

Siete años depués, mi año cero, que voy a celebrar con un whiskey escoces, single malt, de doce años.

Porque estas cosas suceden de siete en siete, o no suceden...