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martes, 7 de junio de 2016

Miami

Había cierta amargura cuando los que no teníamos remedio nos referíamos a la tercera opción.

Había también algo de envidia al mencionarla: tristeza, por supuesto; además, desesperanza, y una resignación que quemaba en la garganta como vómito de madrugada.

Luego estaban, están, las otras opciones, por supuesto. Dos más, más radicales: vivir en Cuba, la primera; marcharse para siempre, a cualquier otro lugar, la segunda. Y daba igual -sigue dando igual- cuál fuera el destino: de tal magnitud era -es- el desespero que Haiti, la tundra canadiense, o algún pueblo somnoliento de un desierto huérfano de mar se nos aparecían como sendas tierras, además de prometidas, anheladas.

La imaginación del que es paria en su país-páramo no conoce límites.

Pero la tercera, ¡ah, la tercera opción! Uno soñaba con ello: era la lotería, la alternativa carpe diem, la supervivencia a buches, diminuta hendija en el muro hediondo por la que se colaba, cuela, un hálito de aire fresco, frio, oloroso a suavizante de ropas y cosas nuevas: la tercera opción era, es, ir, regresar, ir, regresar, péndulo indolente, ciudadano insolvente, economía oscilante, pariente dependiente, funcionario viajante, misionero miserable, vaivén de animal doméstico, del redil al comedero, de La Habana a Moscú, Praga, Toronto, Madrid, Nueva York, DF, Caracas.

Miami, y de vuelta.

La tercera opción, dama impredecible, cínica pragmática huidiza meretriz que mide sus días en obesas maletas de peso ajustado con precisión de verdulero.

La tercera opción, a veces -tantas, que da nauseas- luciendo pegotes de colorete ideológico. Disfrazada de discurso y método para comer una hamburguesa, visitar un pulguero, tomarse una foto en el Versalles miamense y regresar presurosa a protestar fidelidades, a confirmar que vamos allá, sí, pero acá estamos, de vuelta, porque somos felices aquí, allí en Cuba.

La tercera opción, prima de la doble moral, esa hija pródiga de las tiranías totalitarias, nunca es tan rozagante como cuando se le fertiliza con dinero ajeno, pacotillas y aires de otras tierras, mientras más abundantes y lejanas, mejor.

***

Miami, tan cercana, es una Cuba imposible.

La cubanía pre-castrismo, por ejemplo, sobrevive, está a salvo, allá en Miami.

También lo está -conservada, corregida, aumentada- la gastronomía cubana. El Palacio de los Jugos es un santuario de manjares aniquilados por la barbarie insular; la “bakery”, cubanísima institución, alternativa a los deli y sus egg sandwiches, es un paraiso de hojaldre, manteca pastelera y azúcar; los cubanos exiliados, antes de aprender las nuevas manías del Primer Mundo, las obsesiones de la clase media con los gimnasios, jogging, dietas estrambóticas y ropa deportiva escandalosamente cara, engordamos en nombre de lo sabroso, brillamos de manteca, acariciamos panzas inflamadas de carbohidratos y televisión.

Cuba prospera en Miami. Las croquetas y las mediasnoches desplazaron a los bagels y al bacon, los pasteles derrotaron al apple pie, la colada a la borraja, y el regetón vocifera desaforado desde patios con césped cuidadosamente recortado donde bohíos hacen las de gazebos.

Los cubanos tomaron Miami y crearon una Cuba de fábula. Han hecho suya la ciudad, con la contundencia de la masa crítica, con la testarudez de la hiedra que trepa por paredes resecas, con la timidez del neonato que no quiere abandonar el útero.

Los cubanos, que poblaron Miami con mitos, nostalgias y guettos amables, con la vista tan puesta en el sur que casi olvidan que hay un país al norte de Miami Dade.

Los cubanos, los de la segunda opción, hemos aprendido tanto que ya sabemos vivir para el weekend; manejamos autos, bebemos cerveza, comemos tamales, vamos a la playa, trabajamos con la obsesión aprendida de los americanos, y alimentamos a la tercera opción para que Cuba exista.

Cuba la otra, porque la ficticia, la imposible, solo existe en Miami. La otra, sin Miami, vuelve a ser la cosa trémula, sola y oscura que apenas flota unos kilómetros al sur.

Miami, que es nuestro vino: la tercera opción por excelencia.


***

Pero seguimos siendo refugiados.

Rehenes, además, atrapados por tentáculos familiares, por cadenas de compasión, por ataduras de deberes filiales.

No así nuestros hijos. “Van a crecer con nuestras ventajas y sin nuestros traumas”, dijimos mientras mirábamos a los niños jugar en el patio caldeado por una tarde tan calurosa y húmeda que parecía cubana.

Van a crecer, pensé yo, sin la necesidad de hacer malabares con extrañas opciones para poder vadear un país imposible; sonrientes, perplejos con las ideas recurrentes que atormentan a sus padres, nunca van a saber que son esas opciones -primera, segunda, o tercera- de la desesperación.

Se ven felices.

Miami parece ser su país, aunque vivan en Nueva York.  

martes, 22 de septiembre de 2015

Ni peras al olmo, ni cubanía al Papa

Bueno, creo que ya de alguna forma lo he dicho, pero me voy a repetir con mucho gusto: no entiendo qué esperaban muchos de la visita de este Papa a Cuba.

Es ya el tercer Papa que va a la isla, arma su tinglado en la plaza, visita a la virgen, recita discursos, declama frases sonoras y sabias sentencias, que son tan similares que parece que las tres veces ha ido la misma persona. Por supuesto, porque es la iglesia católica la que ha hablado en cada ocasión, no los Papas.

Pero no hay que confundirse: ni este Papa, ni los que estuvieron antes que él, han traicionado a nadie. Ellos siguen simplemente la proyección que mantiene a la iglesia católica como la fuerza política y social de importancia que es: andarse por las ramas, no interferir, no enfrentarse; paz, sonrisas y bendiciones.

De tal manera, la disidencia fue ignorada por el Papa, porque de otra forma hubiera provocado una confrontación de la iglesia con el desgobierno cubano, y eso no es lo que hacen los Papas; resulta más fácil lanzar parábolas y perlas de sabiduría, consolidando la imagen paternal y conciliadora de la iglesia, a la vez que se reafirma la inutilidad política de la visita.

Pero no puedo menos que pensar en Karol Wojtyla, Juan Pablo II, el Papa con bonachón rostro de campesino.

Ese nunca perdió de vista qué era lo más importante para sus coterráneos y su país de origen; fue el Papa que impulsó y apoyó el pensamiento de inconformidad, que fomentó la unidad nacional ante el gobierno totalitario, hasta que Polonia por fin se quitó de encima a los comunistas, dando vítores a su polaco mayor.

Obviamente, no es este el caso.

Ni este Papa es Wojtyla, ni habrá un Papa cubano -ni siquiera un cardenal- con la sotana tan bien puesta que haga con Cuba lo que hizo Juan Pablo II con Polonia. Y lo más importante: los cubanos no son los polacos que para poder reconstruir su nación se deshicieron -curiosa coincidencia- de un general dictador y secretario de Partido Comunista como era Wojciech Jaruzelski.

Nadie va a venir de afuera a resolver el asunto cubano, sea un Papa, un Presidente o un capitalista. Hay que dejar de injuriar y culpar a un hombre que no es cubano, que habla a nombre de una institución anodina como es la iglesia católica y que, en última instancia, no tiene por qué hacer lo que le corresponde a los cubanos.

Lo que nos resta es admitir, efectivamente, que todo este asunto añade un poco más de vergüenza, pero no al Papa, que es lo que es, sino a los cubanos, que somos, desgraciadamente, lo que somos.

miércoles, 8 de abril de 2015

El aullido de la horda

Se escuchan improperios en Panamá.

En el foro de lo que llaman la sociedad civil los lacayos del desgobierno cubano -que para desgracia de nuestra nación, y de ellos mismos, también son cubanos- injurian a todo el que no se parezca a ellos, a cualquiera que no rinda culto a la bota que les pisa la cara, al que no bese la mano que les sobaja la mente como si fuera un firme culo apetitoso -que no lo es; si acaso, es hediondo y ajado-

Es un ingenuo, o un infame, el que diga que la era del palo y la cabilla, de la humillación y el huevazo en la fachada de la casa, de las pintas trazadas con vil chapapote y ortografía de galeote, había terminado. La canallada y la infamia son hereditarias entre los idólatras de los dictadores; separados por décadas, parecen los mismos, uniformes en su alarido, grises de tanta miserable doctrina de clarias dóciles.

No se puede decir ¡regresaron!, entonces, porque nunca se habían ido. Es de nuevo la Embajada del Peru, la Quinta Avenida, el Mariel, el mitín de repudio, la respuesta rápida, el tenebroso contingente Blas Roca y sus obreros paramilitares, mi vecino tuerto por el cabillazo de un anónimo hijo de puta.

“Pin pon fuera, abajo la gusanera””, se escucha en Panamá, para vergüenza de los cubanos que renunciamos a detentar una patria de mierda, a la pleitesía al amo abominable que se ceba en ella.

Presten atención entonces los que, en tibia mansedumbre, creen que les será perdonado alzar la mirada porque aseguran hacerlo en nombre de una “oposición leal”: la mano que intentan acariciar es un puño, aferrado a un garrote; es solo cuestión de oportunidad y tiempo antes que se los descargue en la espalda, vociferando que esa calle, ese país, las voces y los ojos, las letras y los sonidos, todo, cabrones, todo es de ellos, y no lo van a compartir con otros cubanos, gusanos de mierda, aunque sean leales.

El estado de las cosas cubanas es terminal; pero aun impera la hora del palo y la cabilla, de la injuria, del castigo, del no lo permitiremos, que nunca se habían ido.

Prepárense, entonces, que se escuchan improperios en Panamá: ahí está, marcando su territorio, el aullido de la horda de los infames.

lunes, 30 de marzo de 2015

El gatopardo maúlla en el Trópico

El oportunismo político fue descrito de manera sucinta y magistral en una deliciosa frase, incluida por Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su libro “El Gatopardo”, y que resume la esencia de toda una filosofía de endeble ética y lamentable eficiencia: "Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie"

Hay que admitirlo: es esa una declaración de gran contundencia; invita al regodeo intelectual, a un asombrado coro de ´¡Aaahhh!´, a la complicidad de un guiño de entendidos.

“Escuchadme entonces”, -y aclárese la garganta con un corto carraspeo que ayude a crear una cierta expectación- “si me permiten, les digo algo: si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. Y observe las expresiones de los que están a su alrededor.

Decir algo así en lugar y momento adecuado, ganará de inmediato la admiración de los que piensen que Usted ha tenido una epifanía, y que se le acaba de ocurrir ese sutil concepto; retorcerán sus mentes sus recién adquiridos admiradores, desdoblando la idea, descubriendo, asombrados, que en apenas una oración Usted ha diseccionado y expuesto el ancestral arte de ser un estratega de escasos escrúpulos; Qué hijo de puta más inteligente, se dirán, y estarán orgullosos de ser sus amigos.

Puede ser también que, entre los que le escuchen lanzar esa perla de sabiduría, haya quien ya la conociera –aun cuando no haya leído al desafortunado Lampedusa, que, por cierto nunca supo cuán famosa sería su obra, pues se la rechazaron en vida y se la publicaron tan solo postmortem-; esos enterados asentirán con gravedad, con sus mejores caras de por supuesto, evidenciando que, coño, claro que sí, gatopardismo, yo sé lo que es eso, y de esa manera treparán a la carroza de erudición en la que, Usted, que quizás sí se leyó el libro –o no, pero da igual-, pensaba que se iba a pasear solo y triunfal.

Es una idea esa –la del gatopardismo y, pensándolo bien, la del paseo en solitario también- que a un político, cuyo fin supremo fuera permanecer en el poder a como dé lugar, le debe parecer el resumen de sus anhelos.

Ahora imagine Usted -de nuevo, y si no le es molestia- que ha pasado medio siglo dictando su voluntad, haciendo (barbaridades) y deshaciendo (la nación), y que de repente el peso de tanta basura acumulada hace que su agrietada barca comience a hacer aguas –aguas caribeñas, en este caso-; que en ese momento aciago aparezca entonces un Lampedusa isleño –o exiliado en tierra firme; pululan- y que le coloque a Usted en la mano la hoja de ruta de una continuidad maquillada; que le diga, con aire docto y seriedad de circunstancia que, “Si queremos que todo siga como está, necesitamos oposición leal”

¿No sería Usted el dictador más feliz del mundo? Estoy seguro que sí lo estaría; más feliz que un tonto con un lapicero; más contento que un cerdo en un lodazal; ufano como un tirano al que sus víctimas le han extendido, sin que siquiera lo haya pedido, un certificado de legitimidad.

¡Qué regocijo, carajo! Y todo gracias a esos aspirantes a gatopardistas decimonónicos, trasplantados acá, al siglo de la conectividad, al entorno de aquella isla mustia, tan ajena a itálicas sutilezas de daga y ponzoña, y tan afín al machete y la mazmorra; país este donde, en realidad, para que nada permanezca igual, es necesario -imprescindible, impostergable, urgente, decente- que todo cambie.

La doctrina lampedusiana quizás se escuche inteligente en cátedras, cónclaves y tertulias; es posible incluso que funcione en lugares que ya funcionan, donde sea la máxima socorrida de asesores y estrategas de la infamia, la vedette que anime la petit politique y a sus practicantes. No lo dudo.

Pero esa frase vertebral del gatopardismo se quiebra, se derrumba, y fracasa, allí donde las cosas están tan graves que todo debe ser hecho otra vez; no funciona allá donde es imposible conservar el estatus quo porque, de hacerlo, eso sería miserable, injusto, amoral; más amoral aún que el gatopardismo per se.

Son dos soles que alumbran diferente, el de los olivares sicilianos y el de los campos de caña cubana. En la isla que zozobra, la paradoja tropicalizada de Lampedusa es lastre y no salvavidas. Allí, urge que todo cambie: la gente, las ideas, el intelecto, el músculo, el discurso, el método. Y después del cambio, nada debe quedar igual.

Hay que estar atentos entonces a los gatopardos; son fáciles de divisar, pues sus ronroneos y maullidos delatan sus andanzas de vasallaje. No es eso lo que se requiere en estos tiempos; Cuba necesita otra Cuba, y no reformistas, de medio pelo, jaspeado y lustroso, de leopardo sin dientes y amaestrado.

viernes, 27 de febrero de 2015

Declaración temprana de (por fin) viernes

Ahora que tiranos y cómplices se llaman "generación histórica", y que sus herederos se llaman "relevo", yo me cago en ellos y en los eufemismos.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Orquesta, coro, director, y la que se muere

Hace mucho tiempo, cuando yo todavía transpiraba sudores de la Habana, me fui al hospital Calixto García a ver a un pariente que allí estaba ingresado. En la mejor tradición de una buena parte de mi numerosa familia, que tiende a reunirse en esas ocasiones especiales a las que convocan un enfermo o un cadáver, me encontré allí con mis primos; los más queridos, mis amigos, mis cómplices de cabalgatas y cañadas húmedas.

Estaban entusiasmados, me contaron, pues habían sido testigos de una disertación que un cirujano hubo de brindarle a un grupo de colegas, pacientes y enfermeras, en la cual reveló que habían empleado un procedimiento novedoso, nunca antes usado en el resto del planeta, para una intervención de neurocirugía que precisó un señor al que le había caído una palma en la cabeza.

De inmediato me sumé al alborozo por ese logro de la ciencia médica cubana, qué maravilla para esa persona y su familia, dije, ojalá se recupere pronto, les comenté a mis primos.

“No”, me dijeron, “el hombre se murió… ¡Pero el procedimiento fue un éxito!”

“Ah…”, respondí, algo perplejo.

Algo perplejo también leía hoy una ponencia, llamada “Problemas de la democracia en Cuba”, que presentó el académico cubano Julio Cesar Guanche en un evento que se realizó en Washington DC los días 27 y 28 de enero, y al que concurrieron “emprendedores, blogueros, cineastas e intelectuales cubanos” (sic), y donde intercambiaron con “políticos, diplomáticos, empresarios, y académicos estadounidenses y cubanoamericanos” (sic otra vez), encuentro organizado por “Cuba Posible” y el Cuba Research Center.

Sépase que mi perplejidad no tiene que ver con la ponencia per se, ni con el evento; ni siquiera con lo variopinto e (palabreja de los buenos tiempos…) idoneidad de los asistentes de uno y otro lado. Al cabo, ¿qué se yo de esos asuntos?

Tampoco se origina mi asombro, debo decir, en la forma en que el autor alegremente disecciona la democracia; en como la lasquea, la separa en jugosas categorías, como si hubiera democracias malas, buenas, liberalistas, conservadoras y, válgame algún dios, hasta una cubana. Tal pareciera al leer tal cosa que votar con libertad, y elegir representantes y gobierno, demanda tantas sutilezas y filigranas como operar el cerebro de una persona agonizante por causa de un masivo derrame cerebral que le provocó un palmazo descomunal. Como si no hubiera sólo democracia y tiranía. Y punto.

Debo admitir, sin embargo, que casi me sorprendo cuando leí que hay, en Cuba, algo que es la “democracia en lo social” (sic, y van tres), de acuerdo a la cual se han cumplido objetivos, se han logrado índices que colocan a Cuba, nada menos que a Cuba, tal y como la conocemos, en el lugar 17 entre todos los países de la Tierra de acuerdo a uno de esos indicadores: el “Índice de Desarrollo Humano No Económico”. Y se pone mejor: me entero que la isla en peso es primus inter pares, es decir, la primerita, entre los países en desarrollo en dicho índice.

Claro, decía que casi me sorprende, o sea, que no me sorprende, y explico por qué.

Sólo en algo que lleva la coletilla de “No Económico”, y que se debe calcular de acuerdo a criterios probablemente tan fríos y manipulables como una bola de nieve, puede nuestro triste país ocupar lugares primero, segundo, decimoséptimo, o cualquiera igual de irrelevante para el bienestar real de los cubanos.

Pero continúo entonces, y no debo extenderme tanto en los comentarios, aunque pudiera. Sigo leyendo la ponencia -que por cierto, tiene el gran mérito de ser legible, y no como otras, que, ¡ay!, son pantano y enredadera- y me apabulla cuanta cosa buena ha sucedido en Cuba: en lo social, en lo político, en lo económico; los gays, por ejemplo, que se han empoderado, lo cual debe servir como modelo a ser aplicado a otros derechos civiles (casi sic). Alto ahí, que bueno es lo gay y no lo demasiado, que esto ya suena como disidencia, seguro diría la sexo-zarina Mariela Castro, de leer este texto.

El texto se impulsa, incluyente, y también menciona a la comunidad afrocubana, que al parecer sigue igual de jodida a pesar de medio siglo de emancipación; dice, además, que hay una renovación generacional del poder político (?), y que ha aumentado la desregulación de la economía de la croqueta.

Finaliza la ponencia con siete puntos hipotéticos que deberían tener lugar en una Cuba posible, y que hablan de mayores espacios, mayor peso, mayor acceso a la croqueta, más reclamos por la tolerancia, por el respeto, y así se va deslizando el alegato, pasando por desigualdad, injusticia, corrupción, ¡no al individualismo! (?), hasta llegar a ese tibio lugar común en que todos parecen estar de acuerdo desde el siglo XIX: que hay que defender la soberanía nacional y de los ciudadanos, cuidándose por supuesto, ¿de quién si no?: de los Estados Unidos.

Y aquí hay que recordar que precisamente los Estados Unidos de Norteamérica es el lugar donde se celebró este evento, amparado por el derroche de libertades que disfrutamos en este país, y que, de haberse celebrado dicho evento en Cuba -la real, no la posible- probablemente hubieran salido los asistentes cubanos defenestrados en dirección a Villa Marista, y los invitados extranjeros hacia el aeropuerto, en sumaria deportación.

Pero no hay que ser tan radical, vamos: yo entiendo que exista la necesidad de un aceitado debate intelectual, de sumergirse en la formulación de sabrosas hipótesis, del regodeo goloso en la teoría; creo en que hay que hablar, debatir y hacer eventos. Al cabo yo soy un científico, yo sé de eso.

Pero, aun cuando esas alturas son embriagantes, y hasta pudieran parecer la cosa en sí, no lo son; llega un momento en que imprescindible tomar tierra y caminar bajo el sol.

Cuando eso sucede, lo que se encuentra entonces es una enorme disonancia entre el tono de los ciudadanos de la orquesta, el de los académicos del coro, y el del director general-presidente y sus directores suplentes. Se escucha todo muy desafinado, la verdad, y le urge un arreglo mayor.

Cuba, que tiene el alma fracturada, no por el golpe de una palma fuera de control, sino por el peso de medio siglo de dictadura y desastre, no necesita procedimientos nuevos para ser curada de sus males, mucho menos de alguno que sea tan intrincado que requiera densas explicaciones para establecer lo que en realidad es simple.

Porque es simple lo que Cuba necesita: es democracia, así de sencilla, la única que existe, la de yo voto, yo elijo y el gobierno trabaja para mí; le urge, además inversión masiva, economía capitalista, y otro gobierno: moderno, joven, de cualquier tono, pero otro, por favor. Y, por supuesto, se precisan cubanos capaces, con feroz iniciativa individual, que le llamen a las cosas por su nombre, de una vez, y no se anden por las ramas.

De no hacerlo así, la alternativa es irnos de evento en evento, de blog en blog, de ponencia en ponencia, desperdiciando vida y oportunidades, tratando de convencer, de hacerle entender a quién esté interesado, que tenemos una excelente y novedosa idea para sanar a un paciente que, desgraciadamente, para entonces ya va a estar muerto.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Las caras de la moneda

No sería acertado decir que el Proyecto Cuba Posible, y CAFE, Cuban Americans for Engagement , estén en caras opuestas de una misma moneda.

Cuba Posible, iniciativa cubana, una suerte de think tank, impulsada fundamentalmente por Roberto Veiga, coordinador general de ese proyecto, y el licenciado Lenier González, su vice-coordinador general, y apoyada por un reducido grupo de intelectuales y académicos cubanos.

CAFE, organización esta cuyos miembros son, según su propia definición, “un grupo de cubano-americanos radicados en diferentes estados de la nación norteamericana, que intenta facilitar una nueva dinámica entre EEUU y Cuba"

Veamos:

Ambos grupos dicen abogar por el diálogo y el entendimiento en el conflicto, ya de muy baja intensidad por estas fechas, entre el gobierno de Cuba y el de los Estados Unidos. Y en ese afán, un grupo, Cuba Posible, entreteje en su discurso la intelectualidad, la fé católica, y un nacionalismo a ultranza; el otro grupo, CAFE, declara tener tres objetivos, y los tres son reclamos exclusivamente al gobierno de los Estados Unidos.

Ambas organizaciones, fueron fundadas por personas diferentes, apenas relacionadas entre sí; Cuba Posible radica en Cuba, mientras CAFE opera desde los Estados Unidos; una, con una base de intelectuales de renombre en sus círculos profesionales; la otra, compuesta por un grupo variable, variopinto y semi anónimo; una, que convoca a debate a la intelectualidad cubana; la otra, que cabildea y coquetea entre la Habana y la Oficina de Intereses Cubanos en Washington.

Son entonces dos grupos diferentes que, en realidad, comparten, armoniosamente, un lugar en una misma cara de la proverbial moneda; moneda que ha tenido, en una cara, a partidarios del gobierno cubano, y en la otra a los que se le oponen. Pero que, ya sea en una cara u otra, en ella vamos todos los cubanos.

Cuba Posible se define entonces, en primer lugar - y hay que decir que la definición se alcanza a entender después de abrirse camino a través de una retórica lo suficientemente densa como para llegar casi sofocado al otro lado-, como un espacio para conversar sobre Cuba y algunas de sus particularidades como nación.

En segundo lugar, que es sólo segundo en el orden que aquí se menciona, pues es de facto apostilla imprescindible al primero, este grupo declara de forma implícita que cualquier debate que auspicie Cuba Posible sobre una Cuba posible, aún no necesariamente diferente de la actual, debe ser modulado, en tono y tema, de manera que no moleste al gobierno del General Raúl Castro. Oposición leal, le llaman a esa su doctrina, que a muchos nos suena como lo que diría un esclavo con síndrome de Estocolmo.

CAFE, por su parte, es más explícito y claro en propósito e intenciones: ni siquiera menciona al gobierno cubano en su lista de entuertos a desfacer. Todos los males cubanos, según CAFE, nacen, se reproducen y prosperan fuera de Cuba, en los Estados Unidos, que es, según esta organización, quien debe cambiar, ceder, otorgar y evolucionar.

Cuba Posible es, entonces, el tipo de interlocutor que el gobierno cubano prefiere y tolera: el que lleva un monólogo inofensivo, y no demanda respuestas.

CAFE, por su parte, es simplemente un vocero light de la propaganda gubernamental cubana, con un discurso anti Estados Unidos y pro gobierno cubano, maquillado y entregado como una diatriba conciliatoria.

Así, sin resultados en su gestión que hayan hecho la menor mella en la situación cubana, o en la postura de los Estados Unidos, ambas organizaciones han ido moviéndose al ritmo que ha marcado o que les ha permitido el gobierno cubano. Y así hubieran continuado, sin penas ni glorias, si no fuera porque, para sorpresa de unos y otros, el miércoles 17 de diciembre de 2014, a las 12:01 del mediodía, el Presidente Barack Obama lanzó la moneda al aire.

Y mientras la moneda giraba, enloquecida, en solamente 15 minutos Obama, trazó una raya que marca el antes y el después de Cuba y los Estados Unidos.

Anunció, como plato fuerte, la intención de restablecer relaciones diplomáticas entre ambos gobiernos. Dió a conocer, además, el intercambio de prisioneros que incluyó la liberación de los últimos tres espías cubanos que permanecían en prisión en EEUU, y que durante 17 largos años fueron tema archirecurrente, omnipresente hasta la náusea, y bandera principal de la retórica antiestadounidense del gobierno cubano, junto con la demanda de la abolición del bloqueo económico y comercial a la isla.

Para cuando Obama terminó su alocución, la guerra fria había perdido uno de sus últimos vestigios, y el mundo de los cubanos ya no era el mismo. Y la moneda dejó de girar en el aire, cayó, dió una última vuelta, y se detuvo.

Y en ella se pudo ver que el drama cubano ha superado ampliamente la bidimensionalidad, y que dos lados son ridículamente insuficientes para contenernos a todos.

También sucedió ese miércoles de Historia que Obama, sin siquiera saberlo, le había dado un empujón a Cuba Posible para que se colocara justo en medio de lo más ardiente del debate nacional. Y que, también sin saberlo, había dejado políticamente desempleado a CAFE.

De la inmediata declaración que publicó Cuba Posible posterior a la electrizante intervención del Presidente Obama, y la aguada arenga de Raúl Castro, pues quiero pensar que ese no es el tono que va a marcar el futuro de ese grupo.

Tan sólo digamos que es notable que comience equiparando “la valentía y la altura política de los presidentes Barak Obama y Raúl Castro”, y que a renglón seguido destaque que hay temas importantes que quedan por discutir, nada menos que “bien sintetizados, con claridad y firmeza, por el general Raúl Castro: la soberanía nacional, los derechos humanos, la democracia y la política internacional”.

A pesar del ya mencionado tono de la declaración de Cuba Posible, de la absurda comparación entre la histórica declaración de Obama y la monserga raulcastrense, y del intencional o no sarcasmo ante una situación donde nada menos que el General Presidente estaría dispuesto a discutir derechos humanos y democracia, esta organización debe ser, puede ser, y ojalá sea, un interlocutor importante, osado y creativo en un posible proceso de transición cubano.

CAFE, por su parte, al momento de redactar este texto quizás no salía aún del estupor, y ni siquiera había publicado una declaración en su página web. Para colmo de sus males, su discurso es, a la fecha, obsoleto en la nueva realidad de la relación bilateral Cuba -EEUU.

Las exigencias de CAFE al gobierno de los Estados Unidos han sido mayormente satisfechas, y hasta superadas, por arte de las iniciativas del Presidente Obama, y el compás de espera ha pasado al terreno del gobierno cubano donde, además, es sabido que la crítica, sobre todo viniendo de un ente extranjero, no es bien recibida.

Sin embargo, a pesar de los pesares, hay enormes oportunidades y espacio suficiente en esta nueva era para un importante protagonismo de ambas organizaciones.

Hay mucho por hacer, por ejemplo, por el civismo, por el sentido común, y por el bien de una sociedad adormilada, cuyo lamentable gobierno, que aún permanece en el martes 16 de Diciembre del 2014, sólo atina a calificar las iniciativas del Presidente Obama de “victoria de nuestro pueblo heroico”

Hay un Golem sentado sobre el pecho de la nación cubana que necesita ser exorcisado. Hay que levantarlo, y definitivamente echarlo a un lado, para que los cubanos en la Isla puedan respirar los aires que recien les llegan.

Tanto Cuba Posible como CAFE pueden convertirse en agentes de cambio, en voces fuertes y claras, y ganar un lugar digno y relevante, si deciden convertirse en ese acicate urgente para el gobierno cubano, en la espuela insistente, en los arquitectos que sepan como echar abajo la anacrónica retórica en que están atrincherados el régimen y sus ideólogos.

Cuba Posible y CAFE pueden, en fin, ayudar a despejar los senderos, y ofrecer visión clara, y hombro firme, a una nación que balbucea futuro y que, de una vez, tiene que enfrentar sus problemas.

Porque los problemas de Cuba y los cubanos están, siempre han estado, dentro del país y no fuera, y solo asumiendo esa realidad y ayudando a los demás a hacerla suya, se puede dar el muy dificil primer paso de una transición por demasiado tiempo ignorada y estigmatizada.

Ubicarse en la cara correcta de la moneda, mirar a la cara al gobierno de Raúl Castro, con serenidad, sin miedos y con buenas ideas, es el reto para estos dos grupos, y para cualquier otro que quiera sumarse y contribuir, con responsabilidad, al aún por comenzar largo y tortuoso viaje cubano hacia el mundo contemporáneo.