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jueves, 10 de noviembre de 2016

The Trumpvolution

La democracia, ese lujo griego, ha propiciado el surgimiento y perdurabilidad de las sociedades más pujantes y exitosas del planeta. Bajo su cobijo florecieron la tecnología moderna, la ciencia, los más impresionantes inventos y descubrimientos; la esperanza de vida de los humanos se duplicó, las libertades proliferaron, leemos menos, comemos más e Internet nos esclavizó.

La democracia, esa dama juguetona de ojos vendados, también ha engendrado otros asuntos, menos elegantes: nacionalsocialismo, chavismo, orteguismo, tiranuelos, sátrapas, dictadores, abortos de toda laya. Porque la democracia, tantas veces sobrestimada, es solo un vehículo.

Vehículo imprescindible, impredecible, que nos acaba de regalar, además, a Donald Trump.

Todo lo que necesitó Trump para ser electo fue un ejército de “bernibros” renegados que se negó a votar por su rival, Hillary Clinton, y otro, mucho más numeroso e importante, la clase media trabajadora, blanca, mayormente rural, que salió el martes en masa a elegir al Presidente que les había estado prometiendo otro país, donde ya no van a vivir tan asustados, tan acosados por recien llegados; un país protegido por muros y nacionalismo a ultranza; uno que, les dijo, va a ser “grande otra vez”.

“Make America great again”, les dijo, y la América blanca, la profunda, la del maíz, la papa, Mac-and-cheesse y pastel de manzana, salió a rescatar a ese hombre que los convenció de que la America beige es una abominación; que les prometió que él, el Presidente Donald Trump, les va a construir una cerca para proteger sus jardines y su barbecue.

Y les gustó lo que escucharon.

***

El día después de las elecciones mis colegas, todos republicanos, de suburbio, de medianas calificaciones y aun más mediano dicernimiento, se alegraban de que, por fin, van a meter en cintura a ese problema migratorio, causa de todos los males, ese que, a decir del flamante presidente, ha minado la grandeza del país.

“No es tu caso”, me dijo presuroso uno de ellos, en tonillo conciliatorio, “Ustedes (los cubanos) llegan aquí por vias legales...”

Sin ánimo de antagonismo le expliqué brevemente que no es así.

Que también cruzamos fronteras y e intentamos entrar a los Estados Unidos de manera ilegal. Que solo la política de confrontación entre Cuba y Estados Unidos, y su consecuencia, la admisión casi incondicional como refugiados, y la Ley de Ajuste Cubano, nos convierte en inmigrantes “legales”.

Que es un proceso que no discrimina; que hay entre los cubanos inmigrados, le comenté, gente valiosa, pero que también hay mucha morralla. Que, esencialmente, no somos en nada diferentes del resto de los emigrantes.

Y que, además, por razones totalmente ajenas al discurso trumpista, por motivos estrictamente relacionados al diferendo Cuba-Estados Unidos, una parte de los cubanos vota por los republicanos. (¡Bien por ellos!, dijo una muchacha)

Seguidamente comenté que Trump hereda dos o tres guerras, la Rusia de Putin, el terrorismo Islámico, una China cada vez más poderosa. Que ni una sola vez había mencionado el ahora presidente un plan, una idea, de cómo llevar a los Estados Unidos a ser, en política exterior y a nivel mundial, “great again”.

Y que, en mi opinión, es un inepto.

Me observaron unos instantes, indiferentes, como si les hablara de alguna oscura teoría, compleja y árida, y la conversación derivó hacia otros tópicos.

***

La carrera presidencial de este año de gracia 2016 no fue sobre cómo abordar y resolver problemas tanto internos como externos: terminó siendo un asunto de odios, razas, étnias, sinrazones y el chovinismo más elemental.

Consecuentemente, los que eligieron al presidente, esperan el cumplimiento de las más frecuentes letanías electoreras que fueron dictadas en los infinitos mitines políticos una y otra vez, y donde tres de los cinco puntos fundamentales de la promesa trumpista tienen que ver con una postura fundamentalmente nacionalista:

- El muro entre México y Estados Unidos.
- La prohibición de inmigración musulmana.
- La revisión a fondo del Tratado de Libre Comercio de Norteamerica y del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica.

Los otros dos, enjuiciamiento y cárcel para Hillary Clinton y el desmontaje del Obamacare, tampoco se relacionan con el ideario republicano, sino con una doctrina de confrontación, “anti-demócrata or burst”.

No hay mucho más de lo que haya hablado Trump, mucho menos de cómo va gobernar el país, o mantenerlo en el papel de preponderancia internacional que necesita. No en balde Vladimir Putin se ha mostrado tan regocijado por el resultado electoral.

¿Pueden entonces más de 59 millones de personas estar equivocadas?

Sí. Ya ha sucedido antes.

El catolicismo medieval y su Inquisición, la Revolución de Octubre, el Tercer Reich, el maoismo y su Revolución Cultural, George W. Bush, el Islam radical: siempre hubo, hay, y habrá, millones de personas listas para equivocarse en nombre de las ideas que, en su momento, les parecen las correctas. O que les hacen creer que lo son.

El vehículo para instaurarse en un error histórico pueden ser la violencia y las revoluciones; en otras ocasiones, la democracia. Porque la democracia, sépase, es tan deseable como falible, como todo lo humano.

El resultado de todo ello es que Donald Trump, electo por el sistema del que dijo hace apenas unos días que estaba amañado, es el nuestro y agrio presidente.

Inquietante como es en su ineptitud, pero, si le va bien, nos va bien, y por ello le deseo mucho éxito. Vamos, no es cuestión de pasarse los siguientes cuatro -¿ocho?- años, muy al estilo de los anti-Obamistas furibundos, culpando a Trump por la economía, el clima y la eyaculación precoz, sino deseando que todo salga bien.

Que salga bien, entonces, es todo lo que queremos.

Pero, si así no fuera, tampoco hay que desesperar; en el peor de los casos sería solo “The Trumvolution”: ocho largas temporadas de un vergonzoso reality show.

miércoles, 27 de julio de 2016

Putin Berniebro-ich

El hackeo de los correos electrónicos del Comité Nacional Democráta (CND), que al cabo no resultaron ni tan dañinos, ni siquiera escandalosos -hay sendos textos en el The Washington Post y en The New Yorker que colocan el asunto en su justa medida- pone en evidencia las ansias hegemónicas del presidente ruso Vladimir Putin.

No es Trump el preferido del zarevich ruso: es Sanders.

Mientras de Hillary Clinton se puede esperar una política exterior semejante a la del Presidente Obama -pienso que, incluso, más agresiva-, y para el caso particular de Rusia quizás toda una estrategia que aplaque los pininos imperialistas de Putin; mientras que de un Trump-presidente es difícil saber que resultaría en términos de política exterior, toda vez que sus declaraciones al respecto han sido compulsivas, incoherentes, y eso a pesar de haber dicho que Putin le simpatiza, Sanders por su parte hubiera sido el presidente americano más blando de la Historia de este país, y los rusos lo saben.

Y les gustaba la idea, esa de un Presidente Kumbaya, cuasi-socialista, anti-capital, anti-capitalista, tan parecido a aquellos izquierdistas sesenteros que la URSS alentaba y apoyaba. Tan quintacolumnista, el Bernie, que Putin decidió echarle una última tabla de salvación a ver qué pasaba.

Y no pasó nada.

La correos electrónicos sólo provocaron la renuncia de la presidenta del CND, que, a diferencia de Bernie y sus Berniebros, entendió que había que hacerle paso a Hillary en pro de una victoria de los demócratas en Noviembre. Y de inmediato se quitó del camino.

La noticia de los emails está a punto de ser olvidada. Solo el FBI y otras agencias seguirán el rastro de los hackers hasta la dasha de Putin, y ahí acabará la historia.

Pero quede el suceso como un recordatorio de un mal conjurado a tiempo: el de Bernie Sanders, su promesa de revolución, y sus revolucionarios de Starbucks, academia y “We shall overcome!”, o sea, “Venceremos!”.

Quede además como una confirmación de aquello de “dime con quién andas...”, y como una prueba más de que Bernie era, es, mala idea para los Estados Unidos, y que Putin, tiranuelo boreal, antiamericano, su Berniebro, también lo sabía.


viernes, 1 de abril de 2016

Verruga

El salón, caldeado por el sol de la tarde, brillaba furioso; la luz, amarilla, sucia, atravesaba los herméticos ventanales y quedaba atrapada, rebotando en muebles, paredes, sin saber como regresar a la ancha avenida de allá afuera, a calcinar ciclistas, transeúntes y a algún que otro esporádico auto.

Un ventilador zumbaba en una esquina, cercano a la cabecera de la mesa. Giraba -ciento veinte grados de circunferencia, calculé a ojo de buen ingeniero- y en cada centésimo vigésimo grado algo se trababa en su mecanismo; luego, tras un angustioso carraspeo, un chasquido desataba el entuerto, anunciando el comienzo del siguiente giro.

Desde el otro extremo de la mesa, hediendo a envidia y sudores sobre sudores, yo luchaba contra los deseos de medir cuánto duraba el recorrido del ventilador por el arco de cuerda que abarcaba apenas la presidencia de la mesa y a sus dos acólitos más inmediatos; evité mirar el reloj y contar los segundos: podía malinterpretarse. En cambio, me dediqué a observar los papeles que tenía ante sí el hombre que dirigía el curso y destino de la reunión; temblorosos, alzaban una esquina, en tímida solicitud de atención, empujados por la brisa tibia que les llegaba desde el polvoriento aparato, y de la que nada llegaba a mi rostro acalorado.

El hombre de los papeles, a pesar del espeso calor, vestía una deslucida chaqueta de mezclilla, sobre una camisa a cuadros. “No sé cómo puede aguantar...”, pensé, mientras de manera maquinal e infructuosa traté de abrir aun más el cuello de mi pulover; con los nudillos rocé mi garganta, áspera por la sal que había dejado el sudor del día.

El hombre dijo algo que no alcancé a escuchar. Los demás rieron, con la risa forzada y servil de la circunstancia. “Tengo que prestar atención...”, me dije, y dejé de mirar los trémulos papeles para concentrarme en lo que decía Pedro Miret, el hombre de la chaqueta.


***

“ (…) hay continuidades, valores, que han sustentado el proyecto revolucionario en el ámbito social, que deben seguir formando parte, pienso, de ese socialismo que necesitamos o queremos; que no debemos renunciar a ellos, aunque puedan formar parte de nuestra utopía.”

Tuve que detenerme. A cavilar, por unos instantes, cuando leí esta frase. Me detuve, además, para comprobar la extensión de esta entrevista, respondida por un académico cubano, llamado Narciso Cobo, que se publica en la revista “Temas”. Mi temor, bien fundado, era que fuera demasiado larga, y que fuera más de lo mismo.

“Narciso Cobo: El socialismo es esencialmente un ejercicio de participación”, es el título que escogieron los autores -o los redactores- y es eso precisamente lo que me motivó a tratar de abrirme paso entre la decena de cuartillas, casi cinco mil palabras, de ese artículo.

Eso, y la perplejidad.

Y no es para menos. La frase de marras describe el estado mental de rehén voluntario de los que aun creen en el socialismo, en general; en el cubano, en lo particular. A estas alturas -después de la desaparición del campo socialista, después de más de medio siglo de marasmo cubano- es algo para asombrarse.

El cliché en la frase es tan manido que casi dejo de leer. “Valores”, “continuidades”, los logros-de-la-revolución que hace mucho ya no es tal y que involuciona en caída libre; valores, a saber, la salud ruinosa, la educación mediocre; del deporte, que mejor ya no se habla, como en algun momento también, ante la arribazón irrefrenable de putas, se dejó de mencionar la erradicación de prostitución.

Resulta difícil comprender cómo discurre el pensamiento de estos intelectuales, cómo pueden abandonar la contundencia de los hechos, aferrarse al delirio, y exponerlo con tamaña tranquilidad.

Después de casi un siglo de, al decir de los entrevistadores, la “puesta en práctica del socialismo” (y siendo que -para sonar a la par- la práctica es el criterio de la verdad) cuesta entender a los teóricos y las teorías. Vamos: ha quedado demostrado, más allá de cualquier duda, que el socialismo -sea el tradicional o ese “nuevo socialismo” que aparece en el encabezamiento del texto, sea eso lo que sea- como sistema socioeconómico alternativo al capitalismo, no sobrevive por sí mismo.

No puede.

Se asfixia, se desarticula, desemboca en absurdos y dictaduras; se descalabra, como el wishful thinking de los entrevistadores, y del señor Cobo, al que le endilgaron un titular que sugiere que el socialismo cubano comenzaría a funcionar, después de más de cincuenta y siete años de calamidad, si hubiera participación.

Si hubiera -eufemismos aparte- democracia, presuponen todos.


***

La reunión estaba -y cuál no lo está- aburrida.

Ni siquiera los chascarrillos mustios del señor de la chaqueta lograban que me sintiera animado, muchos menos los monólogos mascullados por el tipo rollizo que se sentaba a su derecha, justo en el borde donde el ventilador chasqueaba y regresaba a su vaivén de galeote lisiado.

El tipo rollizo vestía una camisa de seda, de color oscuro y abigarrado diseño, unos Dockers beige, y mocasines con campanitas en las puntas de los cordones. Hablaba a través de una media sonrisa, que pretendía ser astuta pero que le salía desdeñosa. Resollaba con cada frase, dejando escapar una risilla sofocada que, de reirse los curieles, así sería.

Pero eran sus ojos lo que más llamaba mi atención: inexpresivos, casi cubiertos por párpados pesados, caídos. La mirada, a tono con la sonrisa. Y, para colmo, con un sonsonete adormecedor en la voz que ya vencía mi capacidad para permanecer despierto.

De repente irrumpió en el salón un hombre pequeño, pelado a lo militar, de ojeras como bolsas y camisa de obrero.

Hicimos ademán de incorporarnos en nuestras sillas, pero fuimos contenidos por el brazo extendido, por la palma de la mano del hombre; “¡Siéntense, siéntense!”, dijo y, sin más preámbulo, con estilo ejecutivo, motivador, se lanzó a una arenga acerca de la importancia de lo que se hablaba en la reunión. Acerca de cómo enfrentar y resolver un problema que -yo sabía de antemano, desde que venía en mi bicicleta sudando los restos del almuerzo- no tenía solución. No podía tenerla. No en este pais. No en el socialismo.

“...y aquí, compañeros, lo que hay es que trabajar, ponerse para las cosas, ¿verdad José Raúl?”, remató al fin, palmeándole el adiposo lomo al tipo rollizo que mascullaba monólogos, “Y si hay que hablar con los capitalistas, se habla, ¿verdad?: ellos ponen el whiskey, nosotros los camarones; eh, Miré, ¿qué tú crees?” Y sacudió el hombro del hombre de la chaqueta, que asintió, con un esbozo de sonrisa de quien ha escuchado el mismo chiste demasiadas veces; en silencio, se entretenía en acomodar los inquietos papeles que tenía ante sí.

Yo no alcancé a sonreir a tono con las risas cortesanas de mis acompañantes en la reunión, porque la palabra “camarones” me provocó un súbito calambre en el estómago; todo lo que logré fue una mueca. “Es que son las seis de la tarde, ¿tú sabes?; seis horas pasadas después de algo que llamaron almuerzo; me espera además un viaje de dos horas en bicicleta por la penumbra de la tarde-noche habanera, antes de que pueda comerme un plato de arroz y frijoles. Y tú, tan orondo, hablando de camarones: no me jodas...”, le respondo a la supuesta pregunta que quizás me hubiera hecho el orador, de haber visto mi rostro amargado.

Pero ni siquiera lo notó. El orador estaba sumergido en sí mismo, desbarrando con la elocuencia de los posesos, argumentando con la fatua contundencia de los fanáticos. “Porque aquí”, decía, “lo que no hay que olvidarse, compañeros, es que estamos construyendo el socialismo: un socialismo moderno, eficiente, competitivo; que el Comandante nos está pidiendo eso, nos pide resultados, y que nosotros estamos to-tal-men-te comprometidos con esa idea, ¿´ta claro eso?”, concluyó al fin, una mano apoyada en la camisa de seda, la otra en la chaqueta de mezclilla.

“¡Saludos, entonces, y sigan ahí!”, remató uniendo las manos ante sí, la cabeza ladeada, en una suerte de bendición fraterna, arriba los reunidos del mundo.

Y salió del asfixiante salón como una tromba de un metro sesenta de estatura -estimé a ojo de buen agrimensor. Todos hicimos de nuevo el ademán de incorporarnos en nuestras sillas, contenidos otra vez por el brazo extendido, por la palma de la mano del hombre pelado a lo militar, de ojeras como bolsas y camisa de obrero, y la boca arqueada como si tuviera dispepsia: Marcos Portales, super ministro y pariente político de Fidel Castro; “¡Descansen!”, decía el gesto, y nos dejamos caer en nuestros asientos. Solo el hombre de la chaqueta, y el tipo rollizo con camisa de seda y que mascullaba monólogos, Fidel Castro Díaz-Balart, permanecieron inmóviles en sus lugares. Descansando.


***


“Nuestro ideal de una sociedad lo más justa e igualitaria posible está entre esos valores (...)”


Hay, es necesario admitirlo, un mal de fondo implícito en la idea socialista. Helo ahí, explícito: sociedad igualitaria.

De una manera inexplicable, no entienden teóricos, practicantes, adeptos -no se diga de la masa- que una sociedad no puede ser igualitaria porque no somos iguales.

Puede intentar una sociedad, en todo caso, ser justa, inclusiva, pero no se puede pretender que un cirujano o un científico sean iguales a un comerciante o a un policía. Mucho menos, cuando la diferencia se basa en que el cirujano tiene que botear en su carro para poder ganar el dinero necesario, mientras un comerciante prospera vendiendo croquetas.

Esa idea del igualitarismo es, además, la piedra angular del discurso demagógico socialista. Pero eso no es lo peor, y el señor Cobo nos lo recuerda:

“¿Qué hace que nuestro sistema no tenga la credibilidad que quisiéramos que tuviera? Creo que atribuir este fenómeno solo a los problemas económicos que confrontamos sería una simplificación.”

Los chinos y vietnamitas, hace ya un buen tiempo, entendieron la falsedad de una afirmación como esa y pusieron en práctica la mencionada simplificación: comprendieron que es imposible construir -joder con la palabreja- una sociedad pujante, un país exitoso donde haya esperanza, sobre la premisa de una economía desastrosa. Parafraseando al empresario y político mexicano Carlos Hank González, un país pobre es un pobre país.

Si bien al socialismo no lo salva la democracia, ni puede fomentar una economía que lo nutra, esa idea chino-vietnamita es una regla de validez general que no es posible violar sin consecuencias graves: Rusia, heredera de la mayoría de la Unión Soviética, sigue siendo un país rico en potencia, una potencia en potencia, y una nación pobre en su desempeño. No hubo bonanza en la etapa socialista, ni la hay en esta capitalista.

O sea: sin economía, sin el talento para hacerla funcionar, producir, florecer, no hay nación que valga la pena. Y no pierdo mi tiempo, ni el del amable lector, en citar cientos de ejemplos de países en harapos en los cinco continentes, sin importar que sean capitalistas. Mucho menos, socialistas. Y todo por no tener el talento para implementar esa simplificación imprescindible: economía.

En Cuba, el socialismo arribó por decreto castrista; en Venezuela, el chavismo llegó al poder a través de las urnas. Bajo el manto de la izquierdosidad -porque hay izquierda, e izquierdosismo, que rima con socialismo- más trasnochada, la latinoamericana, también se asomó el socialismo -aun se asoma- a la vida política en Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Chile, Argentina y Brasil.

Alguien, con mucho tino, dijo que el socialismo es el camino más largo entre capitalismos. Asi fue para todos los países del bloque socialista de Europa del Este, así debe ser para Venezuela a mediano plazo; en el resto de América Latina, para su suerte, es solo política, sin intentar tocar la economía; hasta en Cuba ya hay signos de que la bestia capitalista se pasea entre cedeérres y escombros.

La idea entonces de mejorar el socialismo con tan solo hacerlo participativo, con introducir un proceso democrático, es un callejón sin salida, y Venezuela nos dicta una cátedra acerca de ello. Si a ello se une una no-economía, tenemos de nuevo el descalabro socialista en las puertas.

Es por ello que dan grima los intentos de rebautizar, tan solo por intentar hacer ver que es viable, lo que fue un importante sistema sociopolítico en el siglo XX -gracias al socialismo podemos llamar a los ricos Primer Mundo, y a los pobres, Tercero-, pero que es un anacronismo fatal en pleno siglo XXI.

No voy a reseñar lo que logré leer del artículo de “Temas”. Tampoco es mi intención analizarlo en detalle, ni rebatir idea por idea. Es, en esencia, la socialistofilia intelectual que muchos, dentro y fuera de Cuba, detentan. Nada nuevo en realidad.

Y ni siquiera es privativa del señor Cobo, que es solo un entrevistado circunstancial; los autores advierten que este artículo es parte de una “(...) serie de entrevistas se dirige a indagar las concepciones de un orden socialista renovado, y a contribuir modestamente a su debate crítico”; debate sobre una utopía que no se sostiene por sí misma y se desmorona, párrafo a párrafo, antes de llegar al final del texto. Y de la serie.


***


Pedro Miret, hombre de chaqueta deslucida, falleció en fecha reciente; el tipo bajitón pelado a lo militar, de ojeras como bolsas, camisa de obrero y rictus dispépsico, Marcos Portales, que en su momento era considerado un dirigente de ideas renovadoras, fue defenestrado años ha, y ni siquiera su afiliación familiar lo salvó de la hecatombe; Fidel Castro Díaz-Balart, el hombre rollizo y aburrido que masculla monólogos, sigue siendo una figura decorativa, que aparece en degustaciones de habanos, en selfies con Paris Hilton, o dictando una charla -Dios me libre de tal oportunidad- en los Estados Unidos, nada menos que sobre física nuclear, biotecnología y nanotecnología. Todo junto. Al tres por uno. Para que lleven carta.

De alguna manera, ellos son el socialismo. Muertos, desechados, obsoletos. Fantasmas irrelevantes debatiendo sobre asuntos sin solución. Verrugas, en el tejido de una época.

Y eso es el socialismo; a todas luces, una protuberancia recurrente que le crece al capitalismo de cuando en cuando; tan solo de esa manera parasitaria, alimentándose del metabolismo de un organismo mayor y funcional, llega el socialismo a nuestros tiempos, sobreviviente a su propia inopia.

El caso cubano es todavía más grave: es todo verruga.

No hay nada en el substrato; ni “continuidades”, ni “valores”, ni “logros”. La lista de fracasos del socialismo cubano -del socialismo en general- es tan extensa como inexistente la de sus aportes. Y no: no hay que confundir la socialdemocracia escandinava con socialismo, ni a los escandinavos con los alucinados que aun dan vivas a su involución.

Cuba es -hay que enfrentarlo con lucidez o resignarse a otro medio siglo de parálisis- un país en bancarrota, necesitado de cirugía mayor; le urge que lo curen, que lo extirpen de sí mismo. Hay que empezar de nuevo, por el lugar donde se abandonó el futuro de la nación y, por favor, hay que comenzar por dejar de camuflar con nombres nuevos a fracasos viejos.

Hay que, de una buena vez, dejar de ser verruga.

martes, 12 de enero de 2016

Guión

Las productoras norteamericanas de cine y televisión miran hacia la Cuba semipermeable.

El escenario de una isla, hasta hace poco poco más que hermética, inaccesible al diálogo, al negocio, a la bonanza, desfasada con este siglo que ya es todo un adolescente, se les antoja exótico. O, al menos, eso pretenden hacer creer a los consumidores norteamericanos. Tienen por delante, sin embargo, una tarea difícil.

Los americanos están familiarizados con el estereotipo de pays terrible -México- que les presentan en películas y series, y con el arquetipo de pobreza de los arrabales latinoamericanos que ven en noticieros, y en más peliculas, y en más series.

Se van entonces a decepcionar cuando vean que la tal Cuba exótica es apenas otro desastre más de allende el sur de la frontera, con la sola diferencia de que por las calles deslucidas, en lugar de autos del 2016, circulan nostálgicos carros americanos de los años cincuenta, acicalados como veteranas putas venidas a menos.

Pero la idea de los astutos y siempre oportuno-oportunistas empresarios americanos no es que perdure la novedad, sino precisamente aprovecharla mientras dure. Capitalismo 101.

Ya se vio algo parecido cuando se desplomó el campo socialista e hicieron su entrada los mafiosos rusos y albaneses en televisores y cines. Entre otras cosas, porque eran quizás el producto exportable más interesante de esos países para el consumidor americano de películas de bajo presupuesto, y porque al final resultaron ser algo real: eventualmente llegaron y se establecieron en los Estados Unidos, haciéndose de una cuota del inagotable mercado de ilegalidad de este país.

Lo de Cuba es diferente.

El americano promedio conoce sobre Cuba que es un país comunista que está cerca de Miami, del que la gente huye en balsas, de donde vienen los habanos (Or is Dominican Republic the place the come from...? Not sure now), y donde vive Fidel (The Cuban President is his brother or cousin, or something, right?)

Para colmo, ni siquiera la delincuencia cubana tiene el retorcido glamur de los hampones rusos, chechenos o italianos, legendarios, hiperviolentos y eficientes.

Los delincuentes, que están en Cuba, no son tampoco esos narcotraficantes tercermundistas con fastuosas propiedades e increíbles historias para contar; a su vez, los que están en Estados Unidos son estafadores o traficantes de poca monta, que el FBI atrapa como moscas atontadas por la mierda de un perro, y cuya mayor incursión en la fama han sido sendos editoriales publicados en el Sun Sentinel donde, como si no bastara con nuestro mediocre desempeño como inmigrantes, se ha enturbiado aun más la imagen de la comunidad cubana en el Sur de la Florida.

Cuba, entonces, es escasamente noticia.

O lo era hasta ahora, que se hace notoria bajo los empujones de este deshielo a regañadientes. Y, como decía, aprovechando esos tortuosos senderos que van apareciendo, están llegando las productoras en busca de un mojito frío, tras la saga de Hemingway, el americano más famoso que haya pisado Cuba después de Theodore Roosevelt; quieren el siguiente capítulo de alguna serie y confían en encontrar, con suerte, un par de villanos novedosos.

Vienen buscando un guión.

Sin embargo, hay que pulirla para sorprender a la audiencia de los Estados Unidos, donde lo grotesco es el pan de cada día en noticieros y shows televisivos. Nadie se va a impresionar particularmente por la Habana demolida, por los sexo-turistas mexicanos y europeos, o por niños semidesnudos correteando en barrios insalubres. La televisión y el cine americano están saturados de cosas como esas.

Y toda vez que es probable que a los americanos tampoco les interesen las historias de jineteras y pingueros que en algunos países de Europa han tenido cierta resonancia, pienso que vienen en camino programas cargados de jolivudesco kitsch tropical, carros estridentes, y vociferantes cubanos cargados de cadenas y collares de santería.

Me pregunto si de veras es necesario ir hasta La Habana para tener esos escenarios. Miami está, obviamente, underrated.

Pero no hay que llamarse a engaño: en Cuba hay muy buenas historias, con ramificaciones en toda Latinoamérica, España y, por supuesto, en los Estados Unidos.

Los lazos entre narcos y y el Departamento MC; las andanzas del Departamento América por todo el subcontinente, fomentando guerrillas y organizando secuestros; las guerritas privadas de Fidel Castro por toda África; las estaciones de espionaje en el DF y Madrid, los agentes cubanos en EEUU; la conexión nicaragüense, Venezuela, Montoneros, Tupamaros, ETA, la guerrilla colombiana:

Vamos, que en Cuba hay material de primera para armar un buen guión para una serie original de Netflix.

Y si acaso no fuera suficiente con todo ello, pues aun están por contar las venturas y vida de los nuevos ricos, de la familia gobernante, de sus vástagos y sus pininos de jet set de guardarraya -que se pinta solo para un reality show, “Los Castros en su finca”-; o sobre el destino del dinero que recauda el gobierno, o de la terra incognita post Raúl Castro, o acerca de tanto desalmado viviendo en los Estados Unidos o turisteando en Miami y Nueva York después que la ubre, de la que mamaban en sus usurpadas casas del Vedado, Miramar y Nuevo Vedado, se secó.

Pero nada de eso, me temo, va a suceder.

Nadie va escribir sobre esos temas; al cabo, si no lo hacen los de adentro, ¿qué esperar de los de afuera? De nuevo, al consumidor norteamericano no le interesan esos detalles que ni siquiera entiende bien, o que simplemente le van a parecer iguales a los de tantas otras historias que ya le han contado. A los televidentes norteamericanos les interesa el morbo, pero no la sustancia de un drama lejano y ajeno.

Para que se venda el guión, tiene que ser cosa light, de utilería, como los programas de Anthony Bourdain tomando caldosa con un variopinto grupo, donde cuesta separar a los miembros de UNEAC de los compañeros de la Seguridad del Estado. Y de nuevo: eso el televidente americano no lo sabe, ni le interesa; al cabo, what the fuck is UNEAC?

Quizás veremos entonces algún capítulo de alguna serie donde un prófugo de la justicia americana deambula por las calles eusebioleálicas de la Habana, Vieja con colorete, hasta que un comando del FBI lo atrape, justo antes de que entre en San Isidro y se les joda el escenario; o tal vez será un CSI Habana cooperando con un CSI Miami, identificando a emigrantes masacrados por los traficantes de personas en la casi extinta ruta Ecuador-Miami.

En cualquier caso, profusión de carros viejos, el Malecón, gente bebiendo ron de cajitas de cartón, tabaqueros liando habanos y, sin que quede lugar para sorpresa, Hugo Cancio en un cameo de empresario binacional. Algo así será el guión que se prepara.

Guión que ansían esas aves de paso de Hollywood y Nueva York, que van a mi país como se va a un zoológico.

Después, todo se olvidará de prisa. Los focos se apagarán, y al día siguiente nadie recordará lo que vió en la televisión. Los herederos del poder en la isla lo agradecerán; así podrán seguir su carnaval privado en la paz, sin un Sun Sentinel que los exponga, ni un Oliver Stone (sí cómo no...) que se vista de largo y haga una buena película con ese guión de ignominia que lleva décadas escribiéndose.

Cuba dejará entonces de ser novedad y noticia, otra vez; el color terrible de las sociedades en bancarrota, que decora las ruinas de La Habana, no mantendrá vivo por mucho tiempo el interés de las productoras, que seguirán viaje en su eterna búsqueda de algo nuevo que vender.

La van a volver a olvidar, a Cuba la triste y, me temo, esta vez, se quedará sin guión para siempre.

martes, 17 de noviembre de 2015

Enter the bear

Putin ha ordenado a sus militares coordinarse con Francia para atacar al ISIS, además de ofrecer 50 millones por la captura de los que perpetraron el atentado al avión ruso en el Sinai.

Lo que no logró ni la diplomacia ni (la falta de) empuje del gobierno de los Estados Unidos, lo logró el ISIS con dos atentados criminales. O tres, pues hasta Hezbollah, también objeto de un sangriento atentado, y arrimando brasa a su sardina, ha condenado los ataques que tuvieron lugar en Paris.

El ISIS, por una parte, parece ser una organización lo bastante estructurada como para mantenerse activa, beligerante, y hasta con suficiencia financiera.

Por otra parte, se las arregla para atraer sobre sí la ira indiscriminada de por el momento dos potencias y, si Obama se sacude la modorra, de una tercera.

Puede ser que los atentados hayan sido concebidos por el ISIS, pero también puede ser que hayan sido pensados y ejecutados por free lancers dentro del complejo organismo del fundamentalismo islámico, sin la venia explícita de la dirección del ISIS.

Si es el primer caso, pues son más tontos de lo que se aprecia.

Si es el segundo, pues no tienen el control que les supone sobre la miríada de fanáticos que los rodean.

En cualquier caso, ya con la brutalidad rusa involucrada, hay esperanza de que este sea el comienzo del fin del ISIS.

jueves, 10 de septiembre de 2015

La excepcionalidad y el dictador

"It would not be impossible to prove with sufficient repetition and psychological understanding of the people concerned that a square is in fact a circle. They are mere words, and words can be molded until they clothe ideas in disguise”

Joseph Goebbels, empleado de un dictador que se tomó la excepcionalidad muy a pecho



1


“Oye, que ese es el Caballo… ¡El Caballón!”, escuché -escuchamos, los cubanos- con tal frecuencia que nos acostumbramos a pensar que, efectivamente, tener un dictador equiparable a un equino era la gran cosa; equino en jefe, venerado con mansedumbre de yegua dominada -Caballo, esta es tu anca-. Caballo, que significa que es, además, excepcional porque, ¿qué fuera del dictador o dictadura que no se autoproclamara excepcional?

O, ya que se menciona, ¿qué fuera de un grupo que no se crea tanto de sí mismo y no se dijera excepcional?
Véase, digamos, Europa.

Cada nación europea se ha sentido en algún momento mejor que las demás, y lo ha manifestado sin dejar lugar a dudas, por lo general invadiendo algún país vecino, fundando imperios, destruyendo civilizaciones, protagonizando guerras mundiales, o declarándose meca de la gastronomía.

No importa que en algún momento otros iluminados, como Gengis Khan, o los otomanos, cimbraran la autoestima europea con tanto esfuerzo construida: la excepcionalidad -o la ilusión de poseerla- es, más que una cualidad, un credo. Y como tal, imbatible. Credo que, por cierto, ha fomentado naciones de éxito, como los hebreos, o que está recreando el medioevo en pleno siglo XXI, como eso de los musulmanes.

El pasado sábado, sabath, veía pasar a judías empelucadas, con sombreros de atrezzo, dos pasos por detrás de sus judíos -ceñudos tras sus barbas, enfundados en negros trajes- tocados a su vez con sombreros alones y kippah, en camino a la sinagoga, a adorar a su Caballo, que los hace sentir excepcionales. Porque hay cierta excepcionalidad en los judíos, que no tienen dictadores, pero tienen su religión -y la sopa matzo, que es una mierda, pero que a mí me queda muy buena-. La religión, que es quizá la única forma de dictadura que trasciende. Esa su filosofía étnico-religiosa, para variar, funciona: véase el distrito de los joyeros en Manhattan, los barrios judíos de Long Island, el personal de los hospitales y clínicas -mi hijo se atiende en el Long Island Jewish, formidable sistema hospitalario de Nueva York-, o échesele una ojeada a los laureados con el Premio Nobel.

Ese mismo sábado, un poco más tarde -sábado que por cierto exhibió excepcional calor y humedad para esta bendecida latitud-, observaba en el Brooklyn Bridge Park, en un parque infantil repleto de familias y niños, a una señora musulmana, ataviada con esa enorme vestimenta de intenso color negro -la tela de notable calidad, orlada de brocados también oscuros-, la cabeza cubierta, la cara embozada, apenas mostrando los ojos, casi invisibles en la sombra del rebozo. Atendía a dos niños, que en nada se distinguían de los demás, y era a su vez cuidada por un hombre, nada excepcional, vestido a la occidental, que buscaba los ojos de los que -era inevitable- los examinaban con curiosidad, y hasta con un poco de aprensión; el hombre miraba entonces con fiera fijeza, hasta lograr que la otra persona desviara la mirada, desactivando así la impertinente curiosidad.

Me resultó imposible evitar el cliché prejuicioso pues a su espalda, del otro lado del East River, se perfilaba Manhattan, y la Liberty Tower, esa pieza postiza que infructuosamente intenta llenar el espacio que ocupara la majestuosidad excepcional de las Torres Gemelas.

Les funciona entonces, eso de ser nación con cinco milenios de edad y una religión estricta, a los judíos.

A los musulmanes contemporáneos, estancados en el tribalismo y el fanatismo, ya no les funciona.

Resulta imposible asociar a Abu Ali al-Husayn ibn Abd Allah ibn Al-Hasan ibn Ali ibn Sina, el ilustre Avicena, eminente pensador de la época dorada del islamismo, o a al-Khwaarizmi (guarismos, babe, guarismos…) y Omar Khayyam, genios excepcionales que desarrollaron el álgebra en la Edad Media, con el Ejército Islámico que, mientras escribo, está asesinando civiles y destruyendo reliquias de la civilización asiria en Iraq.

En qué momento el islamismo perdió el rumbo y embarrancó en lo que es hoy, no lo sé. Quiero pensar que esa pérdida de la excepcionalidad tiene que ver con que es el Islam la más joven de las religiones abrahámicas pero a la vez quiere ser, como todas las religiones, la única verdadera, y en ese afán recurre a la violencia y el oscurantismo.

Religión joven entonces, pero con algún aspecto atractivo que se me escapa, pues tiene muchos seguidores, aunque su número sea todavía menor que el de los cristianos, gracias a la labor tenaz de los Cruzados, Fray Tomás de Torquemada, Roma, España y Portugal (el caldo verde portugués es una sopa con salchichas excepcionalmente buena); los musulmanes, infelices, no comen caldo verde ni salchichas de cerdo pero, decía, son numerosos: de todas las razas, diseminados por todo el planeta, hablan los más disímiles lenguajes, rezan azuzados por sus muecines, disfrutan de fabulosas riquezas por casualidad y no por su talento, y forman parte ahora de un enorme problema que por su inmediatez empequeñece incluso la amenaza del cambio climático.


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Se ha demostrado también que los musulmanes necesitan a sus dictadores; esos Caballos briosos, ex caciques tribales que se encabritan y hacen bramar de orgullo a sus adoradores, que los obedecerán sin chistar.

Los Estados Unidos, paladín de la libertad, bastión del american exceptionalism, la nación más exitosa, la mano que sostiene el poder, que lo tiene todo, todas las libertades, todas las posibilidades, todo el sentido común, una Constitución de primera, y una pésima tradición gastronómica, en los últimos veinticinco años desató un par de guerras inútiles y se encargó de derribar a varios de esos dictadores que constituían el dique entre la excepcionalidad occidental y la decadencia islámica; con ello desestabilizó, probablemente para siempre, a la zona más volátil del planeta, con consecuencias cuya gravedad aún está por verse.

Hay naciones entonces que necesitan tanto de su religión como de dictadores para mantener lo que entienden por excepcionalidad.

Cuba, y los cubanos, parecieran necesitar dictadores; o más libertades, se escucha con frecuencia. Veamos esa hipótesis.

Muchos cubanos pertenecemos al par de generaciones que se educó bajo el embate de la megalomanía de Fidel Castro, y hemos logrado alcanzar niveles educacionales y académicos excepcionales si se comparan, en época, ocasión, y proporción, con el resto del Tercer Mundo.

Disfrutamos de esa ventaja, y aun volamos con esas alas prestadas; alas que en última instancia se le deben al derroche de recursos con que la ex Unión Soviética et al. financiaron el izamiento de las banderas de la educación, la salud pública y el deporte en Cuba, estandartes de la ficticia excepcionalidad isleña. Las putas, cuya supuesta supresión en algún momento fue incluida en las estadísticas de Cuba la Exitosa, regresaron por sí solas al oficio y fueron desechadas como argumento, si bien se dijo entonces que al menos eran putas muy educadas.

Los soviéticos, por cierto, por arte de Gorbachov devenidos en rusos, y un rosario adicional de naciones y etnias, se ufanan de ser excepcionales también, pero a escala global. Cuentan incluso con un equivalente ruso-soviético para cada invención o logro científico de Occidente: la ciencia y la tecnología parecen haberse inventado dos veces, una acá, y otra en una suerte de mundo paralelo que, de dársele crédito a los rusos, ha tenido lugar allá en la Trans Europa, donde las alfombras se cuelgan en las paredes.

Hay quien le adiciona a la excepcionalidad ruso-soviética la capacidad de esos eslavos norteños para trasegar litros de vodka -no solo el caviar, sino el arenque ruso es muy bueno también; ni se diga del esturión ahumado-, y su resistencia para soportar un frío de espanto; yo pienso que tiene mucho que ver con esa inusual transición de un feudalismo tardío a país socialista y de ahí a nación capitalista de medio pelo, con zares, dictadores y tiranuelos para cada etapa.

Tal vez ese andar atropellado -y el alma rusa, esa russkaya dusha que evoca a un tipo nostálgico, en suéter cuello-de-tortuga, cantando una melancólica balada mientras rasga una tosca guitarra en un bosque de abedules- sea el que ha dejado a Rusia atorada en ese limbo que llaman BRIC (Brasil-Rusia-India-China), grupo de naciones que también pudiera denominarse Sí-Pero-No; un grupo cuya excepcionalidad parece radicar en estar parcheados por igual de tecnología, finanzas, riqueza, pobreza, e inestabilidad.

Los problemas de los cubanos son diferentes.

A pesar de aquel impulso CAME que duró unas tres décadas, tan desproporcionado a las posibilidades reales que representaban azúcar, tabaco, concentrado níquel-cobalto y naranjas, los cubanos hoy no tenemos -no tienen- ni tecnología, ni finanzas, ni ciencia, ni religiones a las qué aferrarse; no hay ninguno de los nuestros en las listas de Premios Nobel, el deporte cubano se ha desmoronado, la salud pública colapsa y la educación escasamente produce profesionales tercermundistamente competitivos.

Lo que resta (además de nuestra crujiente dieta de grasas y almidones) son unos políticos cubano-americanos acá, en los Estados Unidos, cuyo discurso a veces huele a polvo de lugares abandonados; allá, en Cuba, una familia de dictadores ineptos, administradores miserables, y viceversa; y en todas partes, donde haya cubanos, la idea fija de que somos excepcionales.

Qué debería ocurrir para que la realidad nos acabe de caer como un mazazo de gracia que deshaga tanto delirio y nos eche a andar, la verdad no lo sé. Quizás otro dictador deba aguijonear con púa fresca allá en la isla las fantasías nacionales, a ver si la creatividad y el talento por fin se imponen y vencen la abulia nacional, visto que las libertades -estas ajenas que aquí en EEUU tan orondos disfrutamos- tampoco han hecho de la nación emigrada nada excepcional.

A los cubanos entonces -a esa no-nación dispersa por naturaleza- parece que no nos salvan ni las dictaduras ni las libertades, con lo que la hipótesis queda rechazada.


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Puede resultar difícil descifrar cómo se erige un dictador; cómo millones de personas se vuelven primero crédulas, después adictas y finalmente obtusas: habría que preguntar mucho, detenerse en cada encrucijada, desandar años de camino para poder, quizás, encontrar una respuesta.

Pero más desconcertante resulta el indagar en los porqués de la ilusión de la excepcionalidad; es como abrir un arca donde se dice había un tesoro, y encontrarla vacía.

“Oye, que ese es el Caballo…¡El Caballón!”, y “¡Es que nosotros los cubanos somos de pinga!” son entonces dos de los pilares que sostienen el absurdo de la cubanidad contemporánea -cubaneo cotidiano, parece más apropiado-; mientras sigan en su lugar, apuntalando la cobija del bohío nacional, los cubanos seguiremos siendo solo lo que hoy somos: una nación ilusa y sumisa que danza, alucinada, alrededor de un plato con chicharrones.

jueves, 16 de abril de 2015

El tirano obvio y el Presidente astuto

Los porqués, y no las consecuencias, en esta nueva etapa de las relaciones Cuba-Estados Unidos, son, como siempre, lo más interesante.

¿Por qué accedió el desgobierno de Cuba a negociar?

En primer lugar, para recuperar sus espías. Quizás, se pudiera decir ´en único lugar´, si no fuera por la necesidad endémica de mecenazgo de la que padece el régimen cubano. La supervivencia del desgobierno, que garantizó durante 30 años la extinta URSS, y cuya responsabilidad heredó la Venezuela de Chávez-Maduro, está en grave riesgo.

Hay que conceder que el generalazgo ha tenido la visión de predecir el declive y pronta desaparición de Maduro y el chavismo (aunque tampoco había que ser un genio para llegar a esa conclusión); el total fracaso de la diplomacia venezolana en Panamá no fue más que otro síntoma -grave- de ese proceso; otra advertencia de que la válvula que controla el flujo de petróleo hacia Cuba puede empezar a cerrarse en cualquier momento, y desatar otra crisis de esas que los dictadores llaman especiales.

Entonces, a pesar del deseo de los castroancianos de que todo permanezca igual, del apoyo aborregado de los adoctrinados, y del apaño vergonzante de miembros y sectores del intelectualismo -dentro y fuera de Cuba-, la era de la bravata y la arenga -aunque resulte difícil de creer, visto el fatigante e insulso alegato del general heredero en Panamá- tiene que dejar paso a un enfoque de renovador pragmatismo, so pena de desaparecer.

El acceso potencial a capital americano, al vigor de su empresariado, inclusive al mercado americano (aunque esta es una posibilidad remota, pues Cuba, fuera de los habanos, no tiene casi nada más que ofrecer a ese mercado), así como el arribo de inversionistas, tecnología, servicios e infraestructura, representarían una imprescindible bocanada de vida para el desarticulado desgobierno cubano.

La generosidad del Presidente Obama les ha venido entonces como anillo al dedo para esos propósitos de desesperada supervivencia.

Pero, ¿es generosidad en estado puro la del presidente americano?

Leía ayer un extenso artículo donde se explicaba con minuciosidad que la principal motivación del gobierno de los Estados Unidos sería una reparación de su deteriorada imagen en América Latina, un acercamiento de casi borrón y cuenta nueva, de joséjosésico ya lo pasado pasado. Bueno, quizás en un mundo en movimiento rectilíneo uniforme, en un sistema aislado, homogéneo, isotrópico y académico, eso sería estrictamente cierto. Pero, como sabemos, este es el mundo real, donde están los Estados Unidos, que son larger than Obama. Y Obama trabaja para los Estados Unidos.

Cuba es el pretexto de turno para que se abran las puertas, y se restablezca la confianza que los Estados Unidos necesitan para reafirmar su hegemonía en el continente y así poder mantener a raya a China y Rusia en la disputa por la influencia global. No hay que asombrarse entonces del apoyo tácito que los republicanos
le están ofreciendo a esas iniciativas presidenciales.

Los países de la América de Ellos, por su parte, están más que dispuestos a optar por su principal socio comercial de siempre, por el líder mundial en todo, en lugar de por unos advenedizos a los que entienden menos aun que a los americanos; aceptan entonces la mano que se tiende, y hacen de la vista gorda de los que salen jodidos: los cubanos.

Cuba es un peón, al que juegan en esta megapartida, y su desgobierno todavía tiene la impudicia de jactarse de su permanencia en el juego. Los cubanos, pues ni siquiera saben que ese juego está en curso, si bien quizás intuyen que su futuro depende totalmente de estos amagos de amistades nuevas.

Obama, el astuto, a nombre de la perdurabilidad de la hegemonía americana, le ha hecho sentir al general y a su islapais que realmente importan; mientras, ha condenado a los cubanos a seguir en su marasmo, eliminando la posibilidad de un cambio, a corto o mediano plazo, por asfixia del régimen.

Y lo pudo hacer así porque los dictadores son predecibles, obvios, fáciles de contentar; todo lo necesitan es permanecer, y eso precisamente es lo que ganó Raúl Castro: tiempo.

viernes, 20 de marzo de 2015

El cubanísimo oficio de irse alguna vez

Harto ya de estar harto…

Serrat


Mi amigo es una roca en los rápidos de aguas blancas.

Tiene esa excepcional ecuanimidad, el común y buen sentido, tan difíciles, se sabe, de encontrar en calles y redes. Para colmo, él hace que parezca fácil ser de esa manera. Se le dan esas cosas, a mi amigo, de manera natural: siempre tuvo, ya de adolescente, la mejor idea; dueño, además, del nato ojo certero para reconocer hideputas, y del eficiente y oportuno puñetazo para acabar con rapidez conflictos y maledicencias. Mala comida tu socio, decía mi hermano sonriente.

Amigo a ultranza, de esos que, si se tiene una suerte de fábula, llegan a ser dos o tres, a lo sumo; de los que escucho caminar aquí, a mi lado, a 2500 kilómetros de distancia. Y hoy, él me escribe.

Me cuenta de la muerte de la madre; ocho años apagándose la callada señora que nos servía el peor café del mundo mientras jugábamos dominó en el portal de una casa minúscula en una calle moribunda en las Alturas de La Lisa. Me habla del hijo, que casi se gradúa; de la esposa, ansiosa, dispuesta a otros aires. De la inminencia de la partida –ya casi brother, ya casi-, de la hermana queridísima que, al final de la larga batalla perdida de antemano, cerró los ojos de la madre, y que ahora se va, también, a reunirse con el hijo exiliado.

Me habla de otros amigos, de los que se habían marchado antes, que se han divorciado, que se casaron, de nuevo; que se eclipsaron y se disolvieron en la abulia de lo cotidiano, más nunca me ha escrito el muy singao, me cuenta contrito mi amigo.

Recuerda, y yo sonrío, que todos se fueron, y yo me quedé, tú sabes, tú me conoces; yo te conozco, claro que te conozco: lo serio que te pusiste cuando hablábamos de que todo era, ya sin que cupiera la menor duda, una tremenda mierda, y para colmo llovía, como llueve allá, un mar de lluvia, empapado en el sidecar de la estrepitosa moto rusadelcoñoesumadre, volando por la carretera, a Baracoa, y de vuelta, y me voy, brother, me voy, sin juzgar a nadie, porque se quede, o porque se vaya, sin retorno concebido, amén; así éramos, así somos, mi hermano, carajo, mi socio del alma.

Y así resulta, entonces, que ya, casi al final, nos hemos ido casi todos.

Antes, más tarde, después; ya no importa. Nos fuimos desprendiendo, como frutos asustados, de un árbol que se ha ido pudriendo, aprisa y sin pausa, cayendo lejos a veces, otras casi a su sombra. Tundra, desierto, la pampa, el pantano, la playa, Moscú y Cancún, insisto, da igual. Nos fuimos, bro, por suerte, para nuestra tristeza perenne, pero, la verdad, tampoco importa: había que irse.

Mi amigo es entonces una roca que al fin se salió de su nicho, y se va a dejar arrastrar por la turbulencia de la corriente, hasta que encuentre otro asidero.

Le llegó su momento, porque son estos los tiempos cubanos que aún no se acaban, los que llevan ese signo, la marca inevitable, la de nuestro arte mayor: el definitivo oficio de irse, por fin, de una vez, y sin mirar atrás.

lunes, 2 de marzo de 2015

Un anciano que me mira desde una foto

No logro, por más que quisiera, mofarme y cubrir de escarnio a ese anciano de la foto.

No puedo hacerlo; además, no me molesta que así sea. Resulta que ese de la foto no es el hombre que merece mi burla.

Me cago en el otro, en el que ya no está. Ni en la foto ni fuera de ella. Me molesta aquel, como mismo me duele Cuba, la que ya no existe, la que me sé de memoria, la que pudiera dibujar, y hasta cantarle su canción, si yo supiera cantar, si yo supiera cuál canción.

Estos de ahora, anciano y país, son otra cosa: aquí, en la foto, un viejecillo desvalido, viviendo en los vapores de su gloria, ex-comandante tolerado por la misericordia de los que lo han sobrevivido; allá, un país que ya no conozco, que me cuentan, que supongo, que me cuesta trabajo imaginar, que ya ni siquiera es el mío.

Al tipo que recuerdo es al guapetón del discurso; el que dijo que ya el mundo no era lo que fue, que ya no teníamos amigos -ni subsidios masivos para seguir dilapidando, que no lo dijo, pero estaba implícito-, que ya no más Unión Soviética, ni guaguas Ikarus, ni latas de carne rusa, ni rusos; que ya no quedaba nadie allá afuera, que éramos nosotros allí adentro, solos, es decir, él solo, contra su Imperio favorito. Era el año 1990, y fueron tres horas más de bravatas, insultos, golpes de pecho, sin que nadie sospechara que ya el país iba en picada hacia el abismo por el que hoy todavía deambula.

Este senil señor de ojos de niño asustado, que en la foto mira a algo que está lejos -si acaso está-, no tiene nada que ver con el hombre que le dijo a una legión de voraces empresarios, allá en la Madre Patria, sin que la voz le temblara, con la mirada chispeante y, para colmo, sonriendo, que los españoles no habían maltratado a los indios, no señor: que se habían mezclado con ellos, les dijo sin sonrojarse. Que bienvenidos entonces, a invertir en Cuba, hermosa tierra para saquear otra vez, ofrecida al mejor postor a cambio de que se insuflara un hálito de supervivencia a su moribunda Involución de mierda.

Al que yo desprecio, insisto, es al sujeto que tuvo la impudicia de decir que Cuba exportaba alimentos para 50 millones de personas; al guajiro acomplejado que dejó que La Habana, mi Habana, se desmoronara en la desidia y el abandono de medio siglo; al que quebrantó a la nación, fragmentó a las familias, lanzó anatemas que aún se leen en las pancartas de mi ciudad; el que primero gusanizó a los exiliados, para después recaudar su dinero con descarada avaricia. Ese tipo fue el que manipuló, mintió, decomisó, desmontó la economía del país en un frenesí de locura mesiánica; el que condenó a niños a hacer trabajo de adultos, en nombre de una oscura frase de Martí, ese que de tanto usarlo se ha vuelto yeso y hojarasca. De ese es sobre el que a veces escribo.

Sin embargo, no es ese el pobre hombre que, en la foto, rodeado de sus espías regordetes y mal vestidos, parece mirar con asombro pueril al proverbial pajarito. Este está lejos de ser aquel que nos dijo, cada vez que tuvo oportunidad, que lo que había, en primer lugar, era la Patria, o la Muerte; que las demás opciones eran, de nuevo, patria, pero esta vez con revolución, socialismo y, por supuesto, más muerte; fue el mismo tipo que desfachatadamente nos remachó en la frente que venceríamos en sus guerras particulares, sin que sepamos a ciencia cierta, hasta el día de hoy, cuáles eran, o son, las sacrosantas y puñeteras causas en nombre de las cuales valió la pena que esa nación disfuncional y anacrónica sólo haya conocido de penurias, desastre y convocatorias apocalípticas -ya se sabe- a la muerte.

Decía, entonces, que es difícil volver a escribir sobre él; me resulta imposible decir que es un viejo infame, cagalitroso, que ni siquiera tiene la decencia de morirse para que podamos comenzar a olvidarlo de una vez. No puedo ya reírme de él, ni de sus desvaríos de moringa y catastrofismo. Ya está a salvo de mí.

Se lo debe, y nunca lo sabrá, a la que, cuando de pasada lo veía en la pantalla del televisor, extendía su brazo en un ingenuo detente, y cubría la imagen con la palma de la mano, para no verlo. “Ah, no lo soporto…”, decía la vieja, y seguía su camino.

Mi madre, como el resto de la Era, como Cuba toda, murió, mientras el viejito de la foto aún vive. El mal de Parkinson la desgastó, la fue apagando, hasta que sólo quedó la suavidad de sus manos tibias y la inocencia en sus ojos azules.

Por eso no quiero ver a Fidel en la foto. Como me jode, cojones, pero tengo que admitir que tienen la misma mirada. Mi madre. Y ese anciano, Fidel, que, en un postrero acto de hijo de puta redomado, parece haber aprendido a mirar como lo hacen los viejos niños que ya van a morir.

Está, entonces, lo reafirmo, a salvo de mí; no logro mofarme, me niego a cubrir de escarnio a ese viejito de la foto, que hoy es pálida sombra del otro, que ya murió.

No voy, entonces, a seguir escribiendo sobre este anciano, ni sobre sus invitados, ni sobre su mujer que se posa como un rebullón sobre el hombro de un espía que sonríe.

No lo haré más; o al menos, no mientras ese anciano me mire de esa manera.

miércoles, 14 de enero de 2015

Cubano bueno, cubano malo

Este trabajo del Sentinel Sun, llamado “Plundering America: the Cuban criminal pipeline”, trata sobre la delincuencia cubana en los Estados Unidos, su interacción con Cuba, y los beneficios que como inmigrantes reciben los cubanos. El texto, pues vincula las tres cosas: las mezcla, lo recalca, lo repite, una y otra vez, en tono de reproche, algo que suena así como “mira que buenos somos, y que malos Ustedes”

Y eso que nada dice de que en Miami es posible instalar TV por cable, Internet, eludir el pago de la electricidad, comprar gomas para carro o pasar inspecciones del Departamento de Vivienda, y todo “por la izquierda”. Y que los clientes de esos “servicios” son cubanos, que no son delincuentes, pero que mantienen la atrofiada mentalidad insular de que hay que “resolver” para salir adelante en el día a día.

El Sun Sentinel pudiera haber escrito algo similar sobre los rusos y su mafia omnipresente, o sobre los albaneses y su mafia hermética, o sobre las bandas centroamericanas, o sobre la silenciosa invasión china, encabezada por hijos de aparatchikis y el capital que han amasado.

Pero escribió sobre los estafadores y los ladrones cubanos en el exilio. Y estas cosas, por muy bien escritas que estén, siempre dejan mal gusto. Reflejan una realidad, pero son inevitablemente sesgadas. Hablan de una pequeña fracción de porciento de una comunidad, pero la contaminan completa.

Sin embargo, está bien que se diga.

La nación cubana en el exilio tiene una tarea pendiente en reconstruirse como grupo exitoso y deseable. Hoy, estamos lejos de serlo. Lo que publica el Sentinel Sun nos lo recuerda de cierta forma.

A la salida del edificio de Inmigración, donde nos retuvieron por unas horas cuando pedimos asilo en la frontera de los Estados Unidos, y mientras esperábamos un taxi, le dije a mi esposa: “Y ni siquiera nos preguntaron qué hacíamos, que haremos, si somos obreros o científicos, o qué pensamos hacer por el bien de este país. Sólo nos dijeron bienvenidos a los Estados Unidos, y buena suerte”

Así es de enorme el privilegio que tenemos los cubanos. Y esa generosidad merece algo mejor de lo que hoy, como nación exiliada, entregamos.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Lo que dejó la marea (electoral)

He aquí que el descontento o, en mi opinión, el miedo, le pasó la cuenta a Obama y los demócratas.

A estas alturas nadie recuerda que la administración demócrata de Obama sacó al país de la recesión ni que mató, por fin, a Bin Laden. No es la hora de las cosas buenas.

Lo que cuenta ahora, pienso, es el desastre de Iraq, que pende como una sombra vergonzosa sobre no sólo esta, sino sobre varias administraciones norteamericanas. La inganable, tácitamente perdida guerra en Afganistán. La tibia respuesta al ISIS y al terrorismo internacional. La pasión por lo politicamente correcto, que hace ver al país vulnerable ante el Ébola. Putin que por comparación, con sus delirios de neo zar postcomunista, hace ver a Obama como un presidente indeciso y errático en su política de Presidente de la primera (¿por cuanto tiempo aún?) potencia mundial.

A eso se le une el Obamacare, que parece socialista, y que a muchos no gusta. Y está, por supuesto, la cuestión de la inmigración ilegal, aún por resolver. En resumen, hastío por ocho años de Obamismo.

Entonces, pues aquí están los republicanos, dueños del poder legislativo, y listos para hacer que la última etapa de Obama sea un infierno.

Y si hay que dar crédito a que estas elecciones son un termómetro de la elección presidencial, pues tendremos Presidente republicano.

Esa es la maravilla de la alternancia en la política: no me gusta tu gestión, pues te vas, y que venga otro. Dialéctico hasta la médula.

Sin embargo, creo que es ingenuo pensar que con los demócratas se van todos los problemas, y que a cambio aparecen entonces todas las soluciones, en este caso republicanas. No hay que olvidar, por ejemplo, que el actual desastre en el Medio Oriente, con sus repercusiones a nivel regional y global, lo originaron precisamente administraciones republicanas.

Bienvenida entonces la nueva etapa, que la renovación siempre es buena.

Y no le hagan mucho caso, sobre todo los hispanos que hoy celebran el triunfo del GOP, a ese republicano que a través de la ventana mira a su jardinero inmigrante, y agita el dedo diciendo “Vas a ver...” Eso, pues es sólo parte del paquete.

martes, 22 de julio de 2014

Duda de martes largo

¿Alguien en su sano juicio piensa realmente que imperialismo chino, o ruso, sería una mejor alternativa que el imperialismo estadounidense?

viernes, 18 de julio de 2014

Verborrea no insólita

La verborrea asociada al mesianismo es una condición que se parece a homosexualidad: al parecer, no es opcional.

Y he aquí al vejete, que nos lo muestra en una insólitamente breve, y conclusiva intervención:

¿El gobierno de Ucrania? Gobierno antirruso, antiucraniano y proimperialista.

¿Israel, EEUU? Criminales repugnantes.

¿Yo, dictador honorario? Me las sé todas.

Y pinga para el resto.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Daraguí druzia, voy para allá...

Hay que admitir que el pensamiento estratégico es cosa de pocos pues, a corto plazo, a los demás, suele resultar inexplicable.

Por ejemplo, por qué se mantuvo vigente la OTAN, aun después del final de la Guerra Fría.

O por qué la mayoría de los ex-socialistas se apresuraron a unirse a dicha organización.

Lo vieron venir, al Neo Imperio Ruso...

martes, 4 de marzo de 2014

Revelación de martes, con frío siberiano

El asunto no es que Putin-Rusia, como imperio wannabe, esté al cabo haciendo lo mismo que los otros dos, el chino y el americano, es decir, asegurando su tajada de pastel.

El asunto es que Putin cae mal.

lunes, 3 de marzo de 2014

Dis-Similitudes de lunes

El tema de la migración de orientales hacia La Habana en la película “Conducta” está tratado de una manera superficial, manipuladora y melodramática.

La migración desde provincias a las capitales, o desde el campo a las ciudades, es un generalizado fenómeno tercermundista. Y se debe, simplemente, a la búsqueda urgente de mejores oportunidades.

En el caso de Cuba, el gobierno inepto e ineficiente nunca ha sido capaz de crear oportunidades para nadie, mucho menos para los ciudadanos de provincia. Ergo, estos migran hacia La Habana, la cual, a su vez, tiene un endémico problema de vivienda, que el dicho gobierno inepto e ineficiente tampoco ha sido capaz de resolver.

Entonces los inmigrantes, con ese agudizado sentido de la supervivencia del que a veces carecen los locales, ahora ocupan muchas de las nuevas y escasas viviendas que se han construido en La Habana. Y siguen llegando.

Y la solución del ya dos veces mencionado gobierno inepto e ineficiente, no es crear las oportunidades necesarias en los lugares de origen de los migrantes, o construir más viviendas: es deportar.

Hay casas en La Habana donde se apilan 4 generaciones. En la población de La Habana, el 16% son orientales.

En Crimea el 58% de la población es Rusa, 24% ucranianos y 12% tártaros de Crimea.

Crimea, al menos estadísticamente, parece rusa.

Hay dos asuntos por resolver ahí: las oportunidades para los orientales, y las casas para los habaneros.

Porque, a los rusos, no hay quién los saque de Crimea.

Got neo-imperialismo?

Rusia hace pininos imperiales. En Chechenia, en Siria, en Ucrania, en Crimea. Se dice que, próximamente, en Venezuela, Cuba y Nicaragua.

China las mata callando. Quiere Taiwan, el Tibet, todo el mar de China Meridional, islas incluídas, la hegemonía en Asia, y la primacía en los negocios y el comercio mundial.

Estados Unidos... Pues Estados Unidos quiere todo.

Y uno aquí, como siempre, ingenuamente escandalizado, esta vez porque Rusia, Estados Unidos y la OTAN se están ripiando Crimea y Ucrania.

Mejor hablamos de comida. Ayer hice sushi otra vez. Muy bueno. El sushi bien vale un imperio.