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domingo, 22 de julio de 2018

El fantasma del socialismo recorre el Partido Demócrata

Pienso que Donald Trump es culpa de Hillary Clinton, de la política del Partido Demócrata en la administración de Obama, y de Obama.

Toda aquella retórica y reclamo acerca de las minorías, los derechos de las minorías, la existencia de las minorías, asunto del que el 73% de la población de los Estados Unidos, los blancos no hispanos, era sistemáticamente excluido, entre otras cosas le abrió el camino a la presidencia a Donald Trump.

Uno pensaría que los demócratas han tenido tiempo de rumiar su derrota, que se auto diagnosticaron, y que vendrían con algo fresco, inteligente, ganador. Pero, para mi sorpresa y decepción, ese mismo discurso sigue siendo uno de los pilares del Partido Demócrata (PD), inflamado aun más ahora por la política anti migración del presidente Trump.

Eso por si solo sería alarmante, pero ni remotamente es lo más grave dentro de lo que presenta el PD a la sociedad americana: como si fuera poco su desconecte con la mitad de los americanos, ahora hay una corriente francamente de izquierda ganando fuerza dentro de las filas de ese partido.

Izquierda que dice que la dirigencia del Partido Demócrata debe despertar y prestar atención a lo que realmente quiere el pueblo. Ese tipo de cosas dice. Y yo sé adónde se va a parar cuando alguien piensa que sabe “lo que quiere el pueblo”; sobre todo cuando se trata, en el mejor de los casos, de un puñado de pueblo. Ni siquiera de la mitad, la que vota demócrata.

Izquierda que, además, a estas alturas, en los Estados Unidos de América, se confiesa socialista.

Son gente joven. Nacida cuando aun no se enfriaba el cuerpo insepulto del campo socialista. Gente que nunca conoció el desastre de la utopía comunista, para la cual la guerra fría es un acontecimiento con misiles y uno de los Kennedy, perdido en la bruma del siglo XX; gente para la que Cuba es un destino turístico exótico, una suerte de museo del automovilismo americano, donde hay salud gratis y las personas son aceptablemente felices gracias al socialismo, y no un país bajo una dictadura que ya tiene la misma edad que los padres de estos neo izquierdistas.

Gente a la que solo le quedaría como referencia de lo que es el socialismo esa propia Cuba, Corea del Norte, la izquierdosidad latinoamericana y lo que les cuente Bernie Sanders.

Gente que, al hablar de socialismo, no tiene la menor idea de lo que habla.

Pero, mire Usted, les doy el beneficio de la duda. Quizás se estén refiriendo cuando hablan de socialismo a los estados de bienestar que existen en Europa, particularmente en Escandinavia, o al sistema de salud pública canadiense. Bienestar que incluiría también educación superior pagable, incluso gratis, y otras reformas sociales que harían menos agobiante el rat race americano.

La idea no suena mal, ¿verdad? Al cabo, ¿quién no quisiera tener atención médica de primera y gratuita, o poder enviar a un hijo, o tres, a una prestigiosa universidad sin tener que dejar empeñados los riñones en un banco?

Pero las cosas, déjeme le digo, no son tan simples. Nunca lo son.

Pues ante tanta iniciativa se impone una pregunta: quién va a pagar, y, sobre todo, ¿cómo se va a pagar la cuenta del proyecto de los neo socialistas?

Veamos.

***


Para mantener a los Estados Unidos como ese rompehielos que abre camino en la industria farmacéutica, biotecnológica, de salud, en la academia, la investigación, la innovación tecnológica constante, entre otras tantas, se necesita dinero. Muchísimo dinero.

Tenemos por ejemplo la industria del seguro médico, que es uno de los financiadores de esa maravilla que llamamos quality of life. La cuenta es simple: el que desarrolló el medicamento que le controla a Usted el colesterol, la diabetes, la taquicardia, o la hemofilia, le pone un precio a su producto. El que le de la gana. Y lo hace así el productor porque tiene que cubrir lo que invirtió en investigación, pruebas clínicas, científicos, abogados, publicidad, los costos en general, y tener además una ganancia.

Cuando un especialista, doctor en medicina, que pagó (y probablemente aún está pagando) el medio millón de dólares que le costó la carrera, le prescribe a Usted ese eficaz medicamento de última generación, Usted le pasa esa cuenta al seguro médico.

También lo hace el doctor, que tiene que cobrar por sus servicios, cubrir sus costos, tener una ganancia, y pagarle a las universidades y hospitales donde estudió que a su vez tienen costos que cubrir, los salarios de los académicos, los administrativos, etc., y también tener ganancia.

Y el seguro médico cubre esos costos.

Lo hace porque Usted le paga a su vez al seguro médico una prima mensual con dinero de su salario. Así, el doctor, el hospital, la clínica, los académicos, los laboratorios, los investigadores farmacéuticos pueden seguir haciendo lo que mejor saben hacer: aumentándole a Usted la calidad y expectativa de vida mientras Usted sigue comiendo verduras pensando que eso es lo que lo va a hacer vivir 90 años, y no la medicina moderna que ha sustituido a la selección natural.

Y entonces, en medio de todo eso, llegan los demócratas con esas ideas de socialismo tardío. Quieren, en primer lugar, gratuidades. Nada de seguros médicos, por ejemplo. OK. Yo también quiero cosas “gratis”.

Pero alguien tiene que pagar. Alguien tiene que cubrir los costos del bienestar o nuestra intención de vivir hasta los 90 se va a bolina. Y si no son las relaciones de mercado, las instituciones financieras, el mercado feroz y eficiente los que paguen esas cuentas, entonces tendría que ser el gobierno.


El gobierno, que a todos los niveles -federal, estatal- se haría cargo de sufragar esos enormes gastos. Y son realmente astronómicos esos números. Pero el dinero del gobierno sale de los impuestos. De los impuestos que Usted paga.

O sea que, para disfrutar de un estado de bienestar donde Usted no dependa de un seguro médico, pero donde le destupan las arterias, le controlen la glucosa, reparen sus caderas, le prescriban medicamentos de ultima generación y pueda Usted retirarse a tiempo para vivir con vida prestada hasta los 90 años, pues Usted tendría que pagar más impuestos. Muchísimo, pero muchísimo más de los que paga ahora.

Y si Usted paga esos impuestos, digamos el 60 o 70% de sus ingresos, para sufragar el estado de bienestar, ¿cómo va Usted a comprar esa casa de $400,000, y esos carros, y tomar vacaciones, con el dinero que le va a quedar disponible? Ni mencionar por supuesto la posibilidad de ahorrar algo.

¿A qué nivel se iría entonces el proverbial consumismo americano, que mantiene vital y vibrante al mercado? ¿Qué sucedería con las tiendas departamentales, la industria automotriz, los mercados abarrotados de comida y bienes de todo tipo? ¿Qué ocurriría con el mercado de bienes raíces, de la construcción, de los proveedores de todo tipo de materiales?

¿Qué pasaría con este capitalismo feroz, eficiente y creador de todo lo que disfrutamos?

Esas, y otras que sería muy extenso de exponer aquí, serían mis preguntas para los neo socialistas que, tradicionalmente, son muy, pero que muy malos para la economía. Digo más: jamás ponga la economía en manos de un socialista. Porque el socialismo, y la izquierda en general, y está más que comprobado, solo sobreviven en la sociedad capitalista manejada por capitalistas.

Y es que el socialismo, Ustedes lo saben, es muy caro.

***

Decía entonces que Trump es culpa de los demócratas. A su vez, pienso que esa radicalización política e ideológica hacia la izquierda que se está viendo en el Partido Demócrata es culpa de Trump. Es la ancestral acción y reacción funcionando a todo tren.

En ese contexto la idea de un capitalismo a la europea ni remotamente va a fructificar en los Estados Unidos. Vamos, a la primera mención de algo parecido quizás una parte de los millenials va a danzar al son de la música demócrata, pero el resto de la sociedad le va a dar la espalda y va a buscar a un candidato conservador que preserve el estatus quo de la sociedad americana. De nuevo la acción-reacción, tratando de encontrar la justa medida.

Si los demócratas se dejan conquistar por esa facción socialista que está asomando aquí y allá, creo que van camino de otra derrota electoral, y esta vez no por estrecho margen.



jueves, 10 de noviembre de 2016

The Trumpvolution

La democracia, ese lujo griego, ha propiciado el surgimiento y perdurabilidad de las sociedades más pujantes y exitosas del planeta. Bajo su cobijo florecieron la tecnología moderna, la ciencia, los más impresionantes inventos y descubrimientos; la esperanza de vida de los humanos se duplicó, las libertades proliferaron, leemos menos, comemos más e Internet nos esclavizó.

La democracia, esa dama juguetona de ojos vendados, también ha engendrado otros asuntos, menos elegantes: nacionalsocialismo, chavismo, orteguismo, tiranuelos, sátrapas, dictadores, abortos de toda laya. Porque la democracia, tantas veces sobrestimada, es solo un vehículo.

Vehículo imprescindible, impredecible, que nos acaba de regalar, además, a Donald Trump.

Todo lo que necesitó Trump para ser electo fue un ejército de “bernibros” renegados que se negó a votar por su rival, Hillary Clinton, y otro, mucho más numeroso e importante, la clase media trabajadora, blanca, mayormente rural, que salió el martes en masa a elegir al Presidente que les había estado prometiendo otro país, donde ya no van a vivir tan asustados, tan acosados por recien llegados; un país protegido por muros y nacionalismo a ultranza; uno que, les dijo, va a ser “grande otra vez”.

“Make America great again”, les dijo, y la América blanca, la profunda, la del maíz, la papa, Mac-and-cheesse y pastel de manzana, salió a rescatar a ese hombre que los convenció de que la America beige es una abominación; que les prometió que él, el Presidente Donald Trump, les va a construir una cerca para proteger sus jardines y su barbecue.

Y les gustó lo que escucharon.

***

El día después de las elecciones mis colegas, todos republicanos, de suburbio, de medianas calificaciones y aun más mediano dicernimiento, se alegraban de que, por fin, van a meter en cintura a ese problema migratorio, causa de todos los males, ese que, a decir del flamante presidente, ha minado la grandeza del país.

“No es tu caso”, me dijo presuroso uno de ellos, en tonillo conciliatorio, “Ustedes (los cubanos) llegan aquí por vias legales...”

Sin ánimo de antagonismo le expliqué brevemente que no es así.

Que también cruzamos fronteras y e intentamos entrar a los Estados Unidos de manera ilegal. Que solo la política de confrontación entre Cuba y Estados Unidos, y su consecuencia, la admisión casi incondicional como refugiados, y la Ley de Ajuste Cubano, nos convierte en inmigrantes “legales”.

Que es un proceso que no discrimina; que hay entre los cubanos inmigrados, le comenté, gente valiosa, pero que también hay mucha morralla. Que, esencialmente, no somos en nada diferentes del resto de los emigrantes.

Y que, además, por razones totalmente ajenas al discurso trumpista, por motivos estrictamente relacionados al diferendo Cuba-Estados Unidos, una parte de los cubanos vota por los republicanos. (¡Bien por ellos!, dijo una muchacha)

Seguidamente comenté que Trump hereda dos o tres guerras, la Rusia de Putin, el terrorismo Islámico, una China cada vez más poderosa. Que ni una sola vez había mencionado el ahora presidente un plan, una idea, de cómo llevar a los Estados Unidos a ser, en política exterior y a nivel mundial, “great again”.

Y que, en mi opinión, es un inepto.

Me observaron unos instantes, indiferentes, como si les hablara de alguna oscura teoría, compleja y árida, y la conversación derivó hacia otros tópicos.

***

La carrera presidencial de este año de gracia 2016 no fue sobre cómo abordar y resolver problemas tanto internos como externos: terminó siendo un asunto de odios, razas, étnias, sinrazones y el chovinismo más elemental.

Consecuentemente, los que eligieron al presidente, esperan el cumplimiento de las más frecuentes letanías electoreras que fueron dictadas en los infinitos mitines políticos una y otra vez, y donde tres de los cinco puntos fundamentales de la promesa trumpista tienen que ver con una postura fundamentalmente nacionalista:

- El muro entre México y Estados Unidos.
- La prohibición de inmigración musulmana.
- La revisión a fondo del Tratado de Libre Comercio de Norteamerica y del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica.

Los otros dos, enjuiciamiento y cárcel para Hillary Clinton y el desmontaje del Obamacare, tampoco se relacionan con el ideario republicano, sino con una doctrina de confrontación, “anti-demócrata or burst”.

No hay mucho más de lo que haya hablado Trump, mucho menos de cómo va gobernar el país, o mantenerlo en el papel de preponderancia internacional que necesita. No en balde Vladimir Putin se ha mostrado tan regocijado por el resultado electoral.

¿Pueden entonces más de 59 millones de personas estar equivocadas?

Sí. Ya ha sucedido antes.

El catolicismo medieval y su Inquisición, la Revolución de Octubre, el Tercer Reich, el maoismo y su Revolución Cultural, George W. Bush, el Islam radical: siempre hubo, hay, y habrá, millones de personas listas para equivocarse en nombre de las ideas que, en su momento, les parecen las correctas. O que les hacen creer que lo son.

El vehículo para instaurarse en un error histórico pueden ser la violencia y las revoluciones; en otras ocasiones, la democracia. Porque la democracia, sépase, es tan deseable como falible, como todo lo humano.

El resultado de todo ello es que Donald Trump, electo por el sistema del que dijo hace apenas unos días que estaba amañado, es el nuestro y agrio presidente.

Inquietante como es en su ineptitud, pero, si le va bien, nos va bien, y por ello le deseo mucho éxito. Vamos, no es cuestión de pasarse los siguientes cuatro -¿ocho?- años, muy al estilo de los anti-Obamistas furibundos, culpando a Trump por la economía, el clima y la eyaculación precoz, sino deseando que todo salga bien.

Que salga bien, entonces, es todo lo que queremos.

Pero, si así no fuera, tampoco hay que desesperar; en el peor de los casos sería solo “The Trumvolution”: ocho largas temporadas de un vergonzoso reality show.

martes, 27 de septiembre de 2016

Votando en gris

Después de la prolongada, y ciertamente agobiante, campaña electoral para la presidencia de los Estados Unidos, quedaron tendidos en el camino más de una docena de anodinos candidatos republicanos en una rebatiña tan atestada como aburrida, mientras que, por su parte, el proceso electoral demócrata estuvo tan desangelado que incluyó a un desconocido, y hasta a un socialista.

Nos ha dejado, entonces, la campaña electoral, con lo que se supone es la crema y nata de las opciones presidenciales del país: Donald Trump (R) y Hillary Clinton (D).

Trump, el candidato imposible, que se abrió espacio a codazos con una retórica agresiva, brutal por momentos, agitando espantajos. Como el beodo soez que grita medias verdades en la penumbra de una cantina, divirtiendo a los parroquianos, Donald Trump se ha dedicado a despotricar, a decir lo que una parte del asustado electorado conservador gusta escuchar.

En un país donde el racismo está a flor de piel, donde la violencia y las masacres insensatas son lo de cada día, donde los dementes armados causan más daño que los terroristas islámicos; donde la brutalidad policial, sazonada con el prejuicio racial, asesina negros de manera preventiva; en un país donde el costo de la vivienda es absurdo, donde el precio de la atención médica es astronómico, donde estudiar una carrera universitaria es una inversión comparable al absurdo de la vivienda, en este país, a esa gente, Donald Trump le balbucea al oido que los inmigrantes tienen la culpa de todos los males, que él sabe arreglar -sin que todavía le haya dicho a nadie cómo piensa hacerlo- economía, política internacional, energía, sociedad, America y el resto del planeta; que él, por cierto, va a hacer a America great again, sin explicar qué es great, por qué no es great, o cuándo dejó serlo, según su visión; todo expuesto con abundancia de histrionismo, bravuconería, con derroche de incoherencia, y sus seguidores le creen a pies juntillas.

Un charlatán, un oportunista, ególatra autoritario con sentido del espectáculo: esa es una de nuestras opciones presidenciales.

Hillary Clinton, la candidata del sistema, es la otra.

Pero Hillary miente.

Nada es tan importante, ni el espectro de Benghazi, ni la rémora de malas decisiones en las que la Secretaria de Estado Clinton estuvo involucrada -al cabo, errare humanum est (…); ni siquiera el asunto del mal uso de servers privados para correos electrónicos confidenciales es fundamental: nada es tan importante, insisto, como mentir.

Sobre todo, porque aun no se sabe a ciencia cierta por qué miente Hillary, qué se oculta detrás de tanta obstinación en no abordar, de una sola vez y por todas, con imprescindible transparencia, lo que estuvo mal en el manejo de los correos electrónicos, y cuál ha sido, o pudo ser, el alcance de tal negligencia. Y, como si no bastara con tanta incertidumbre, Hillary Clinton ha evitado ofrecer conferencias de prensa en los últimos meses.

¿A qué le temen Clinton y su equipo de campaña?

Recientemente un juez federal ordenó que la mayoría de los correos electrónicos no fuera hecha pública hasta después del día de las elecciones presidenciales. ¿Coincidencia? No lo sé. Pero de no serlo, ¿por qué?: ¿qué se está tratando de ocultar?, ¿qué verdad es esa que necesitaría una demora para que no interfiriera en la posible elección de Hillary Clinton?

(…) sed in errare perseverare diabolicum, “pero perseverar en el error es diabólico”, es la segunda parte del latinajo que habla acerca de que es humano cometer errores. Y Clinton y sus asesores perseveran.

Hillary Clinton está blindada por el poderoso establishment demócrata, como se demostró durante la Convención de ese partido: mientras Trump entró a la Convención Republicana aclamado como un mesías, Clinton necesitó prácticamente tres días de discursos, arengas y performances de artistas, personalidades y políticos, incluyendo al presidente Obama, para exorcisar obstáculos, para silenciar a la disidencia de izquierda, para confirmar una nominación que, si bien era lo que se esperaba, estaba amenazada por la acometida de Bernie Sanders y sus Berniebros, y, en no menor medida, por la propia antipatía que acompaña a Hillary como un mal olor.

Ayer en la noche entonces, al fin, tras todos estos meses electoreros, se vieron las caras Trump y Clinton en el primer debate presidencial.

Casi todo lo que he leído esta mañana -incluyendo medios conservadores- dan por ganadora del debate a Hillary Clinton. Yo no esperaba menos: aun sin tomar en cuenta la obvia ineptitud de Trump para el oficio presidencial, sus “propuestas” se basan en wishful thinking; promete fabricar el perpetuum mobile, pero no dice cómo lo va a hacer. Todo lo que necesita Clinton entonces es atenerse al sentido común, a propuestas concretas, a un plan de acción presidencial realizable.

Y así, hasta el día de las elecciones.

Ese día pienso usar mi voto como diminuto ladrillo en el dique de contención que debe contener a un mal mayor.

Ese día, por cierto, yo no voy votar por Hillary Clinton. El 8 de Noviembre yo voy a votar en gris, en contra de Donald Trump.

La elección presidencial, mi primer Presidente en los Estados Unidos: una elección que nos deja el sabor terrible de una nación condenada a malas opciones.

miércoles, 27 de julio de 2016

Putin Berniebro-ich

El hackeo de los correos electrónicos del Comité Nacional Democráta (CND), que al cabo no resultaron ni tan dañinos, ni siquiera escandalosos -hay sendos textos en el The Washington Post y en The New Yorker que colocan el asunto en su justa medida- pone en evidencia las ansias hegemónicas del presidente ruso Vladimir Putin.

No es Trump el preferido del zarevich ruso: es Sanders.

Mientras de Hillary Clinton se puede esperar una política exterior semejante a la del Presidente Obama -pienso que, incluso, más agresiva-, y para el caso particular de Rusia quizás toda una estrategia que aplaque los pininos imperialistas de Putin; mientras que de un Trump-presidente es difícil saber que resultaría en términos de política exterior, toda vez que sus declaraciones al respecto han sido compulsivas, incoherentes, y eso a pesar de haber dicho que Putin le simpatiza, Sanders por su parte hubiera sido el presidente americano más blando de la Historia de este país, y los rusos lo saben.

Y les gustaba la idea, esa de un Presidente Kumbaya, cuasi-socialista, anti-capital, anti-capitalista, tan parecido a aquellos izquierdistas sesenteros que la URSS alentaba y apoyaba. Tan quintacolumnista, el Bernie, que Putin decidió echarle una última tabla de salvación a ver qué pasaba.

Y no pasó nada.

La correos electrónicos sólo provocaron la renuncia de la presidenta del CND, que, a diferencia de Bernie y sus Berniebros, entendió que había que hacerle paso a Hillary en pro de una victoria de los demócratas en Noviembre. Y de inmediato se quitó del camino.

La noticia de los emails está a punto de ser olvidada. Solo el FBI y otras agencias seguirán el rastro de los hackers hasta la dasha de Putin, y ahí acabará la historia.

Pero quede el suceso como un recordatorio de un mal conjurado a tiempo: el de Bernie Sanders, su promesa de revolución, y sus revolucionarios de Starbucks, academia y “We shall overcome!”, o sea, “Venceremos!”.

Quede además como una confirmación de aquello de “dime con quién andas...”, y como una prueba más de que Bernie era, es, mala idea para los Estados Unidos, y que Putin, tiranuelo boreal, antiamericano, su Berniebro, también lo sabía.


jueves, 19 de mayo de 2016

Salvando a la candidata Clinton

No recuerdo qué día, qué mes, dejó de gustarme la candidata Hillary Clinton; sucedió no hace mucho, un par de meses atrás quizás.

Pero sé con exactitud el momento en que comenzó mi desapego.

Fue un discurso de esos celebratorios de algún triunfo. En la televisión, algo decía HC sobre algo, y el público, enardecido, comenzó a vitorear en pleno acuerdo con lo dicho; la candidata respondió con un repetitivo movimiento de la cabeza, y fue entonces que comenzó mi cuesta abajo.

Movía la cabeza y giraba en el escenario, cubriendo a toda la audiencia. Era un movimiento que quería decir “Yeap, yeap, yeap...”, con fruncimiento característico de la boca, el pecho algo sacado, la cabeza algo metida entre los hombros, asintiendo con un balanceo al estilo de esos figurines “bubble head”.

“Falso”, fue la palabra que acudió sin ser llamada a mi mente.

Después, la candidata sonrió. La cámara hizo un acercamiento cruel en alta definición: brillaban opacos los dientes, amarillentos, en franca contradicción con los ojos serios, duros, como piedras azules, la cara rota por mil arrugas, las mejillas flaccidas, colgantes.

“Muy falso”, llegó de nuevo la palabra, esta vez con refuerzo, y ya nunca recuperé a la candidata por la que, antes de ese evento, hubiera votado convencido, y a la que hoy votaría, excéptico, como el menor de los males.

Hillary Clinton es un producto mal vendido.

Es su culpa, y la del grupo que la asesora. Alguien debe decirle que deje de tratar de ser graciosa, que deje de sonreir -nunca se ve tan mal como cuando sonríe-, que le iría mejor un aura de “Dama de Hierro”, a lo Thatcher, que ese aire abuelo-maternal que debe reservar para sus nietos.

Bernie Sanders es un anciano malhumorado, de voz cascada y con la brusquedad característica de su etnia y credo político. Usa ese marco para entregar su discurso cuasi-socialista, para alentar las esperanzas de los sectores más a la izquierda del partido Demócrata y de los independientes.

Pero es genuino: Bernie Sanders vende chatarra política, populista e impracticable, pero la vende sin poses, con la autenticidad del poseso, y se la están comprando porque la está vendiendo bien.

Ni siquiera me voy a detener a detallar el caso de Trump; al cabo queda muy poco por decir ya.

Pero la candidata Clinton tiene un mundo que aprender de la estrategia trumpista: de la bravata barata, de los golpes de pecho de un Tarzán-Superman redentor, de la fuerza del discurso agresivo que apela a lo más básico de la gente básica, que son al cabo la mayoría de los ciudadanos con derecho al voto, de la mayoría de los humanos.

Hillary Clinton, si quiere ganar, necesita reinventarse a la carrera, tiene que dejar de sonreir, le urge ser brutal, regresar al mercado electoral con una nueva imagen de mujer dura, despiadada -y los errores de Libia pueden ser, irónicamente, su rampa de lanzamiento: en última instancia ni fueron suyos los errores exclusivamente, ni fueron mayores que los de Bush en Iraq; puede comenzar por decir, OK, me disculpo por las malas decisiones, pero no le temo a tomarlas.

La imagen de la candidata Hillary Clinton no será entonces menos falsa, pero, aunque se note, a pocos les va a interesar; estará bien vendida, eso es lo que importa y puede que la salve de un desastre electoral.

Al cabo, la política es eso también: mercado, marqueting, y consumidores.

jueves, 17 de marzo de 2016

Nocturno de suburbio

En elecciones -como si fuera béisbol- nada acaba hasta que se acaba pero se amanece hoy -y ya desde hace un buen tiempo- con la certeza de que la nominación de Donald Trump a candidato presidencial republicano ha pasado de ser imposible a muy probable.

Donald Trump está ganando el favor de una buena parte del electorado republicano; un 40%, por lo que se observa en las votaciones. Lo está ganando por la misma razón que Bernie Sanders se ha convertido en un adversario de consideración para Hillary Clinton:

Tanto Trump como Bernie son diferentes al resto de los políticos que se lanzaron en esta ocasión a la carrera presidencial. Su discurso es otro, su estrategia es más efectiva. O, como gustan decir de sí mismos, no son parte del establishment.

Hace unos meses Sanders ni pintaba ni daba color. Era solo un señor de avanzada edad, flamante senador independiente, por Vermont, con escasa presencia en la acción política en Washington. Hoy es la voz de la utopía.

Trump no pasaba de ser un ególatra -aun no pasa- con aspiraciones que resultaban y siguen pareciendo absurdas; al inicio su principal y único reclamo era la ciudadanía del Obama. Hoy ha ampliado su repertorio, y ha devenido en el estandarte del conservadurismo más pedestre.

Si se consideran las características de ambos contendientes, se pudiera pensar que los cubanos nunca votarían por ninguno de ellos. ¿Cómo sería de otra manera, si uno desprecia a los migrantes, y el otro es nada menos que socialista?

Pero la realidad -esa nuestra realidad cubana, tan real como poco maravillosa- es diferente.


***


Las fotos nocturnas son abstracciones de la realidad; paradoja óptica, reto, pequeño milagro que revela lo que siempre ha estado ahí y nunca vemos.

Me empeñé en sacarle información a la noche. Salí a la acera, desplegué el trípode, ajusté aberturas, velocidades, secuestré sombras, a las que les tomó treinta segundos pasar del anonimato al asombro.

“Not my bussines, what I wonder what´re you doin´?”. La voz salió de la cabina umbrosa de un auto que se detuvo justo frente a mi casa, a pocos metros de donde yo manipulaba la cámara. “Just taking some photos...”, le respondí, con una sonrisa, a la opaca silueta de una mujer que me observaba -supongo- desde la oscuridad. “Ok...”, respondió con brusquedad, aceleró y desapareció, sin tan siquiera un “Have a good night!”. Gente chismosa, pensé. Pero no era tan simple; nada lo es en una noche en los suburbios. Es cierto que la mujer no se despidió con un “Fuck you and your camara!”, pero algo ya no estaba bien.

“Está sobreexpuesta...”, murmuré, y cerré un poco el obturador. Nada que la post producción no pueda resolver pero, si está bien desde el inicio, mejor. Más elegante. Como si uno la dibujara a mano, a la noche, y no con estos amasijos de electrónica y lentes.

Pasaron algunos autos; alcanzaron a dejar trazos rojos, centellas amarillas, garabatos de luz que atravesaron el aire y terminaron enredados en los arbustos. Tres, cuatro fotos son suficientes; basta por hoy.

“Do you need some help?” Esta vez eran dos figuras, detenidas en la acera, casi en el mismo lugar donde había yo estado hasta hacía unos momentos. Me miraban, atentos, mientras yo desarmaba el esqueleto del trípode junto a la puerta de mi casa; “No, thank you, I´m fine...”, sonreí a los dos muchachos, vestidos en trajes negros y con sombreros alones. Estudiantes de una yeshiva cercana.

“But... what are you doing?” Antes de volver a pensar que algo definitivamente ya no estaba bien, respondí por segunda vez en esa noche que, estoy tomando fotos, algo sorprendido, porque, ¿qué cojones voy a estar haciendo con una cámara fotográfica y un trípode que no sea tomando fotos? Pero yo soy una persona amable. Animal de suburbio.

“But... Why?”, insistió el muchacho. La pregunta acabó por desconcentarme; ya no por la genuina perplejidad que pudiera haber traido -y no había ni una pizca de ello- sino por retórica, por su tono de introducción a algo más importante. Con pesar me percaté de que comenzaba a irritarme; además, se me estaban pasando los deseos de responder preguntas esa noche.

Pero hice un último esfuerzo; me gusta tomar fotos de la noche, le dije.

Y entonces llegó la pregunta que había estado agazapada detrás de todas las demás, desde el momento en que el bulto informe de una mujer, vigilante, detuvo su auto para preguntarme qué hacía yo, tomando fotos a oscuras, en su vecindario -y mio también-, hasta este otro momento, cuando estos dos jóvenes judíos decidieron que yo parecía sospechoso por estar, bajo la luz de un foco blanquecino, desarmando un misterioso aparato.

“Do you live here? Never seen you before...”, dijo finalmente el interrogador, revolviendo con manifiesto aspaviento el teléfono que llevaba en la mano.

Pude haber tomado el incidente a la ligera. Si yo no fuera un latino viviendo en un vecindario de judíos e irlandeses, pudiera haberlo hecho. Pudiera haber sonreido, otra vez, haber comentado algo simple, conciliador. “Hey, good job boys, keep that neighboodhood watch going!”. Algo así hubiera respondido.

Pero, como decía, nada es simple, y esa noche ya yo había perdido los deseos de responder preguntas.


***

Es cierto que Trump es un candidato diferente, pero ninguna de esas diferencias me incluye dentro de su electorado ni me hace su simpatizante; en cualquier caso, todo lo contrario.

La razón es sencilla: Trump me identifica -y nótese que no digo “me discrimina”- como un individuo a observar.

Para su filosofía -es un decir- y la de los indignados que lo siguen, yo y los míos somos gorgojo en el arroz, mosca en la leche, un tizne beige en un fulgurante muro encalado. Trump, tal como lo hiciera una mujer desde su carro, unos muchachos judíos desde la acera justo frente a mi casa, Trump me señala; me señalan, zurcen a mi solapa un emblema de color café con leche. Keep an eye on that guy.

Pero, ¡qué bueno! -me comenta mi esposa-; es el neighboorhood watch, están cuidando el barrio, nos cuidan.

Lo dice, mi esposa, porque quiere, por mi bien, que yo no me lo tome en serio. Que no los tome en serio. A la mujer, a los judíos -lo de Trump ya no tiene remedio-. Vamos, no es racismo, me dice. No es tan grave, insiste, al menos no tanto como la historia que le ha contado un primo, que visitó una discoteca privada en La Habana, donde “...solo dejan entrar extranjeros, blancos con dinero, y putas. Nada de negros. Pa que sepas.”


***

Los cubanos blancos, desde nuestro mestizaje ibérico, ibero-africano y caribeño, nos creemos -se creen- blancos; vivimos -viven- en un delirio racial quizá solo comparable a la sicosis de los argentinos, que se sienten europeos varados en Sudamérica. También nos creemos -se creen- que Trump, la mujer, los judíos, los consideran blancos, kosher, parte de America The-Will-be-Great-Again.

***

La enajenación, que parece ser el estigma nacional, aun -sobre todo- en el exilio.

Cubanos, damnificados del socialismo, refugiados en los Estados Unidos, que votan por un precandidato socialista.

Cubanos inmigrados que, con entusiasmo, sin restricciones, dan su apoyo a un showman -yo no puedo llamar a Trump político por razones de decencia- que dice no gustar de los inmigrantes, que promueve el nacionalismo más burdo, y cuya base electoral se compone de blancos indignados y “caucásicos” -tengo que entrecomillar, porque pienso Cáucaso, y vienen a mi mente Chechenos, Armenios, Ingusetios y toda clase de caucásicos que tienen escasamente que ver con el físico de simio albino de Donald Trump-; blancos, decía, que no ven cómo un latino o un negro pueden encajar en el plan maestro de Make America great again; los cubanos, que no son la excepción, por mucho que crean lo contrario.

***

La próxima vez que salga a fotografiar la noche pudiera llevar en el cogote una yarmulke. O un sombrero de lepricorn. 

Tal vez eso me ponga a salvo de señoras ceñudas y concienzudos estudiantes de yeshiva. Quizás entonces asientan con aprobación, creyendo ver a un buen ciudadano, one of us, que juega con su cámara a la hora que casi todos duermen. No problem there. Una yarmulke, para cambiar de minoría menor, que se cree grande, a una mayor que se piensa inmensa. Un sombrero, para dar buen tono a la piel oscura.

Camuflarme -o no- en la noche del suburbio pero, sépase, no voy a renunciar a hurgar en las sombras.

Tengo, además, que esperar hasta el 8 de Noviembre del corriente para poder, por fin, hacer oficial lo que pienso sobre los candidatos. Voy a ser consecuente, lo digo, me digo de antemano. Voy a tomar una instantánea de mí mismo, latino-hispano-cubano-inmigrante-que-huyó-del-socialismo-y-vive-en-gheto-de-blancos, y dejarla caer en la urna.

Nadie me hará preguntas, aunque voy a ir sin yarmulke ni nada de color verde botella -será de día-; seré solo el ejemplar ciudadano beige ferviente creyente en el poder de los granos de arena, que va a seguir paseando las noches del suburbio.

***

“Never seen me before? Well, better get use to it: I live here...
”

Y cerré la puerta a mis espaldas.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Trump y Bernie: la roca y la pared

“Escila vivía en los acantilados y Caribdis era un peligroso remolino. Ninguno de los destinos era más atractivo (que el otro) ya que ambos eran difíciles de superar”

  Escueta descripción de Wikipedia en español acerca del ilustre antecesor de las frases “estar entre la espada y la pared” o, para este caso, “between a rock and a hard place” 

Trump

Donald Trump ha devenido el campeón de un grupo que prefiere pensar que los males de los Estados Unidos vienen de afuera.

Según ellos, la maldición para los estadounidenses llega entonces con la inmigración, con los ilegales, arriba propiciada por la vecindad con México, o por la competencia china. Los trumpistas son también un grupo de ciudadanos para los cuales los otros males, los internos, comienzan con, y solo con, el Presidente Obama.

Trump, hombre de soluciones sencillas, ha propuesto dos remedios simples a todos esos males: construir un muro -eso sí, con costos bajos y gran eficiencia- en la frontera con México, a la vez que se deporte masivamente a los ilegales, y que lo elijan Presidente de los Estados Unidos; que confíen en él, dice; que si él logra hacer buenos negocios, también puede dirigir el país y lidiar con el resto del mundo, afirma. Eso es, en esencia, lo que propone Donald Trump para Presidente.

El resto de su inexistente programa de gobierno pues es bravata, hipercriticismo y boca floja. O sea, populismo. Y a bajo costo, por supuesto.

La clientela del populismo de Trump es entonces muy específica. Es ese sector de la población irritado por el mestizaje galopante de la sociedad americana; son los que se sienten inseguros por la impunidad con que entran inmigrantes ilegales y permanecen en territorio americano; son los que probablemente creen a pies juntillas que sin México al lado no habría la bestial demanda por drogas de todo tipo que existe en los Estados Unidos. Son los que, además de vitorear a Donald Trump, leen a Ann Coulter.

Son también los que sin embargo no se atreven -como tampoco se atreve Trump- a hablar de la marginalidad y violencia extendida entre los negros norteamericanos, y de sus causas; no miran un mapa de la distribución racial en los Estados Unidos para preguntarse porque el melting pot ya no funciona, y se horrorizan del monstruo que la codicia y rapacidad capitalista han creado en China -el abastecedor de todas las baratijas- adonde esos mismos capitalistas que asienten cuando Trump tuerce la boca, enseña los dientes de abajo y parlotea, se han llevado los puestos de trabajo que los Estados Unidos necesita.

Donald Trump y sus asesores saben bien lo que hacen al hurgar en las llagas de los ultraconservadores; conocen de lo efectivo que resulta agitarle espantajos en el rostro a gente ya de por sí asustada por un país que cada vez es más diverso y que, de manera inobjetable, ya no tiene la hegemonía e influencia global de otros tiempos.

Tal es la eficacia de esa arenga que ni siquiera les importa a los seguidores de Donald Trump que el reciente debate presidencial republicano haya puesto en evidencia la incapacidad de ese señor para opinar, de manera coherente, creíble y adecuada a un aspirante a la presidencia del país más poderoso del mundo, acerca de una solución a conflictos, digamos, como el de Siria. Con Trump todo se reduce a muros, deportaciones, y vagas promesas de que todo, de alguna manera, será mejor.

El alegato populista se nutre de eso. Existe una necesidad de amplios sectores de la población de cualquier nación de tener una voz que los represente y desbarre en su nombre, que diga lo que ellos quieren escuchar, aunque sea una idiotez, ya sea “Everything is going to be better!” -sin siquiera decir cómo lo va a hacer- o “Patria o Muerte”, esas míseras opciones del tirano miserable.

De la misma manera que, ante la tibieza y grisura del resto de los políticos republicanos, el discurso encendido y alarmista de Donald Trump resulta irresistible para sus seguidores, Bernie Sanders, el senador cuasi-socialista, hace algo parecido con otra parte del electorado, esos a los que el ex-presidente mexicano Vicente Fox, otro populista mediocre, llamó en su momento “los jodidos”.


Bernie

Y es difícil no estar de acuerdo con lo que dice el senador Bernie Sanders.

A diferencia de Donald Trump, el senador Bernie Sanders parece tener un extenso y elaborado plan; ha listado los problemas, sus causas, dice que las va a combatir, y hasta esboza una estrategia de ataque. En su sitio web, bajo el título “Issues”, el senador Sanders describe entonces lo que considera que está mal en los Estados Unidos. Apila cifras, gráficas sencillas y contundentes pero, sobre todo, hace algo tan irresistible como el chocolate: bajo el subtítulo “Como Presidente, el senador Sanders reducirá la desigualdad en los ingresos y la riqueza haciendo lo siguiente:”, Bernie Sanders se va entonces con todo contra el enemigo favorito de los pobres de la tierra: el sistema, el capital, los poderosos, el 1%.

Y a alguien como yo, que ya ha visto la película, le parece estar escuchando de nuevo a aquel tipo en la Plaza de la Revolución, guajiro apocalíptico, blandiendo su antorcha redentora y descojonando un país.

El señor Sanders, entonces, no deja cabos sueltos. Raza, pobreza, igualdad de género, Irán, inmigración, clima global, y una versión en español de su programa político. Tiene (casi) todo cubierto.

Cita al Papa. Incluye reivindicaciones para las mujeres, para los discapacitados y para Joe Six Pack; se declara amigo de los sindicatos, quiere incrementar el salario mínimo al doble, revisar los impuestos de las grandes corporaciones, promete luchar por mejores condiciones para los retirados, incrementar las oportunidades para los jóvenes, y se decanta por universidades públicas gratis.

Aboga además por un sistema de salud social, a la europea; para los proletarios, dos semanas de vacaciones, doce semanas de licencia médica o familiar y siete días de licencia médica con sueldo. Defiende también la idea de educación universal de pre-K y kindergarten disponible para todos los niños; quiere además revisar los tratados que, entre otros, han hecho que la competencia china deprima la economía estadounidense, y propone desmembrar las grandes corporaciones para evitar su inmunidad ante las crisis financieras. Bernie quiere en serio reformar política, economía y sociedad.

Yo votaría por Bernie. Vamos, ¿quién no quisiera una sociedad exitosa, reforzada con todas esas mejoras de todo tipo? Hay que ser o muy rico o muy tonto para no desear algo así. Además, se evidencia que donde Trump es alarido vacío, Bernie es un hombre con un extenso plan de acción, bien fundamentado.

Sólo me gustaría saber cómo el Presidente Bernie Sanders piensa lograr todo eso sin desarticular a la economía más pujante del planeta, sin disminuir la creatividad de la industria privada, sin deprimir a la industria farmacéutica, sin detener el tremendo motor económico que es el sistema industrial militar, sin que se pierda la noción primordial de que the business of America is business.

Yo, y muchos más, votaríamos por Bernie para Presidente, si no fuera porque la idea de un Presidente que parece estar más cercano al socialismo que al capitalismo, que es lo que ha hecho grande a este país es, cuando menos, inquietante.


La roca y la pared


El populismo carece de color político. Es, en todo caso, rojo incandescente a la hora de encender los ánimos; o rosado como las mejillas de un infante, en el momento de describir el nuevo amanecer, ese futuro luminoso que nosotros, los que aplaudimos, eternos consumidores de promesas, creemos tener en el orador oportunista que nos echa arena en los ojos para obtener un voto -de confianza o electoral- y poder seguir adelante con su carrera de mesiánico, político o mentiroso.

Tanto Donald Trump como Bernie Sanders son populistas; ambos saben qué cuerdas tocar para lograr enardecer a su audiencia. Ambos se nutren de la oportunidad que representa el descontento. Ambos dicen lo que muchos quieren escuchar. Ambos son vendedores hábiles de un producto popular.

Trump tiene una proyección conservadora, nacionalista, que juguetea con la xenofobia, la supremacía, e insiste con la equívoca idea de que tener mucho dinero es tener mucho éxito; se presenta a sí mismo con harta seguridad y estudiada soberbia, sin que tenga la menor idea de cómo ser Presidente.

Bernie, por su parte, tiene una plataforma que va más allá de lo que en los Estados Unidos de América se entiende por liberal, y se mete de lleno en una socialdemocracia rayana con el socialismo. Sus intenciones parecen buenas, sus ideas numerosas, interesantes y justas; pero al senador Sanders le falta mucho en su discurso para poder convencer de que él no es el anecdótico elefante furioso suelto en una cristalería.

Ambos candidatos representan los dos extremos de las opciones posibles para el 2016. Acotan, con sus posturas radicales, al resto de la masa presidenciable, y quizás su mayor aporte a la incipiente campaña es hacer que destaque la gris homogeneidad de los otros candidatos de uno u otro partido. Pero no por ello constituyen necesariamente una opción viable. Votar por la roca o la pared es una apuesta de alto riesgo para quienes deseamos un país sólido -si bien imperfecto- con un gobierno aceptablemente confiable.

Para mantener el liderazgo y el status quo de una nación que aun con todos sus problemas por resolver sigue siendo la mejor del planeta, la masa gris votará gris.

Lejos de la roca y de la pared.