Mostrando entradas con la etiqueta La Habana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Habana. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de enero de 2017

El Malecón apacible

En los últimos cincuenta y ocho años solo en una ocasión tuvo lugar una protesta espontánea en Cuba como resultado del crónico e imparable declive socioeconómico de la involución cubana.

Fue en Agosto de 1994, un par de meses antes del nacimiento de mi hija menor que ahora, mientras escribo este texto, revisa en su teléfono su correo electrónico, sentada en el sofá al alcance de mi mano, a dos mil kilómetros y veintidós años de distancia del Malecón inquieto y de la isla náufraga que hace apenas unos días se ha quedado sin salidas de emergencia.

Era, por aquel entonces, la sazón del desastre bautizado, por Ustedes saben quién, con el más cínico eufemismo: Período Especial.

Período, que de cierta forma ya nunca se superó ni ha terminado, que de especial no ha tenido nada, y sí mucho de calamitoso; crisis galopante que el desmorone del Segundo Mundo y su socialismo de consignas y banderola dejó tras de sí y, mientras el Malecón ardía en aquel Agosto, yo regresaba de Pinar del Río, donde había pasado una quincena buscando un tesoro extraviado y comiendo una pasta rosásea, nauseabunda, mechada con tramos de venas inmasticables, trozos de cartílagos, y pingajos de blanquecinos pellejos de indescriptible orígen.

Era la época todavía de Ustedes saben quién, que en paz no descanse, y de sus muchos delirios, y a mi regreso allí lo ví, en la televisión, arropado por sus manadas de cuadrúmanos del Contingente Blas Roca, paseándose con un insoportable aire triunfal por las calles despejadas a golpes de cabilla y garrote, vacías ya de aquellos habaneros que habían gritado, por primera y única vez, tras decenas de años de silencio, su desespero.

Unos días después Cuba reventaba de nuevo como una pústula infectada, yo perdía amigos que nunca más he visto, y comenzaba el tercer y penúltimo éxodo cubano del siglo XX, el de los balseros.

***

La apuesta más recurrente de estrategas foráneos, opositores de dentro y fuera, anexionistas, independendistas, patriotas y patrioteros, ha sido, siempre fue, que, si se atenazaba a Cuba con firmeza, si se sofocaba a los cubanos con tenaz agarre, la presión resultante quebrantaría el status quo, haría estallar el país, precipitaría un cambio definitivo y sería el comienzo del fin de lo que hay ahora y la iniciación de la nación cubana como país tercermundista capitalista; o sea, de un desastre diferente.

Para soportar esa apuesta durante años se colocó en la mesa de juego del conflicto entre los gobiernos de los Estados Unidos y Cuba el bloqueo comercial, el aislamiento político, presiones, leyes, disposiciones, forcejeos y desencuentros de todo tipo.

Eventualmente, quedó demostrada la inutilidad de estrangulamientos económicos y acogotamientos comerciales: nada sucedió. Tampoco dió resultado lo contrario, la política de terciopelo de Obama.

El gobierno cubano, ni bajo la hostilidad de diez Presidentes americanos, ni ante la política aperturista de “mano tendida“ del Presidente Obama, se ha siquiera tambaleado. La pretendida presión escapó en barcos, se asiló en embajadas, huyó en balsas, en aviones, viajó de la mano de coyotes a través de selvas, de Centroamérica, de las Antillas o aterrizó blandamente, hija, nieta de español, en el aeropuerto de Miami.

Los analistas tratan de endilgar esa pertinaz supervivencia del desgobierno cubano precisamente a esas huídas recurrentes de los cubanos, partiendo de la premisa de que, los que huyen, son los más decididos y aventureros, los que pudieran rebelarse en una contra-involución y terminar con castrismos, Castros y secuaces.

Insisten en que, por culpa precisamente de los Estados Unidos, se han dado esos salideros que no dejan aumentar la presión, gracias a la Ley de Ajuste, y la recién abolida disposición presidencial llamada Pies Secos/Pies mojados (PSPM).

Quieren creer que los héroes cubanos están en la nación exiliada, y en la que quisiera exiliarse, y que solo el taponeo de la frontera -no de la cubana, sino de la estadounidense- traerá el cambio a Cuba.

Esa es la teoría.

***


Unas personas son entrevistadas en La Habana. Les invita el periodista -de un medio digital, no oficial- a que opinen sobre la derogación de la política de PSPM.

“Yo creo que es bueno para los cubanos que eso pase...”, dice uno. “Yo no sé, ¿qué tú crees?”, replica otra. “No es conveniente que la gente se ahogue tratando de llegar a los Estados Unidos...”, comenta un tercero. Otros responden con frases más o menos trilladas, absurdas, casi ininteligibles. Uno incluso menciona una victoria de la Revolución.

“La gente en Cuba no tiene cabeza para otra cosa que no sea la comida y la supervivencia”, me dice mi hija, que a mi lado observa el video, “Para colmo, cuando tienen que hablar de un tema importante que se sale de la cosa cotidiana, adoptan automáticamente el lenguaje del Noticiero”, acota. “Ya ni siquiera saben pensar o hablar por sí mismos...”, concluye, y la tristeza le empapa la voz.
Esa es la práctica.

El fundamento de la permanencia de los Castros en el poder radica en el apoyo de los cubanos de adentro; ya sea por inercia, convicción, adoctrinamiento, temor, o simplemente por supina ignorancia de las circunstancias en que viven y del mundo exterior sobre el que les escamotean información, presentándoles una realidad adulterada e inquietante.

El resultado es que la mayoría de la población cubana, cliente además del abrevadero igualitario de la educación y la salud, nunca se opondría abiertamente al gobierno.

No creo entonces que el cierre de las vías de escape, cegadas sorpresivamente por Obama justo antes que terminara su Presidencia, vaya a crear ese esperado malestar, la gran desesperación, la definitiva frustración en esos que no pudieron escapar a tiempo, y que veamos otro Maleconazo.

La apuesta entonces sigue intacta, y con las mismas posibilidades de ganarse, o sea, casi nulas. Para colmo el 2017 no es, ni remotamente, 1994.

Pero, además del miedo y la desidia, conspira en contra de esa apuesta uno de los aspectos más característicos de los cubanos contemporáneos: el individualismo. Los cubanos no forman comunidad, ni dentro ni fuera de Cuba, y sus planes y prioridades están exclusivamente enfocados al mejoramiento de su estado material personal. No de su cuadra, de su ciudad, de su pueblo, de su país: solo de sí mismos.

Compulsados a sobrevivir durante décadas de estrecheces de materiales e intelectuales, la idea -tantas veces mezclada y confundida con el chovinismo más pedestre- de Nación Cubana, ese ente supragubernamental, orgulloso, contestatario y progresista que propiciaría los cambios, no existe: ha sido sustituida por el “conmigo o contra mí”, por el “Por la Patria, la Revolución, el Socialismo”, por el absurdo convencimiento de que los males cubanos vienen del extranjero, desde ese mismo lugar donde están las soluciones para esa masa menor, apolítica, pragmática, oportunista, que solo quería huir, y no pelear.

***

Cuba, para desgracia de los que allí viven, seguirá siendo el lugar donde naufragan los cubanos. El futuro, ese que se decía tenía una salida de fin biológico, con la muerte de Fidel y Raúl, ya es casi pasado, y se muestra más difuso que nunca.

El Malecón, frontera habanera, ahora solo es un paseo apacible para turistas de medio pelo, sitio obligado de reunión para jóvenes que se evaden en las madrugadas, a falta de un lugar para donde huir, bebiendo ron tibio de cajas de cartón.

viernes, 20 de mayo de 2016

La Habana 2016

Leo, leo, y leo opiniones que tienen que ver con que Cuba -La Habana, para ser más preciso- está de moda, y que la moda, esa dama vaporosa, prescindible y rentable, está, entre otros, atrayendo a productoras del norte revuelto y brutal para filmar fragmentos de series o películas usando el escenario, hasta ahora prohibido, ahora exótico, de mi ciudad carcomida.

Se ha escrito mucho al respecto, y se va a escribir más, mientras dure la racha. Pero junto con el simple asombro ante lo inusual, se leen también palabros como “dignidad nacional”, “valores culturales”, “rescate”, “moral” e incluso “ignominia”.

La señora Graciela Pogolotti, por ejemplo, escribió algo al respecto de la indignidad que implica la filmación de películas jolivudenses, o de que venga Chanel a la tierra del olvido, y que por ello se interrumpan las rutinas físicas y morales de los atareados cubanos que construyen el socialismo. Dice la señora:

“(...) irrumpe de manera violenta en el vivir habanero”

“Perturbó las comunicaciones en las áreas centrales, afectó a estudiantes y trabajadores.”

“Añadió tensiones al difícil vivir cotidiano, impuso prohibiciones inaceptables a los pobladores de algunas zonas”

“(...) las muchachas portaban un brevísimo vestuario hecho con la bandera nacional”

No termina uno por enterarse si la doctora está describiendo la llegada de un ciclón, el arribo al poder de los comunistas, o una crónica social de una noche de putas.

Pero lo cierto es que el mundo exterior se ha comenzado a colar por las hendijas que ha abierto el Presidente Obama; y esa luz, de neón y plató, asusta-deslumbra-desconcierta, al parecer, no tanto a los ciudadanos como a los guardianes de las ruinas.

La mole malicienta del castrismo se ha movido unos milímetros y la costra que la cubre comienza a resquebrajarse. El crujido, o el hedor, hace que algunos reaccionen como la señora Pogolotti, y desaten un postrero revuelo nacional-ideológico-fundamentalista de somos-felices-aquí-yankees-go-home-no-los-queremos-no-los-necesitamos, sin detenerse a pensar que es el mundo del siglo XXI el que llega por fin, que todo pasa, y que esa fiebre de temporada también cederá.

Al cabo, eso es lo que hace Hollywood: busca escenarios exóticos para el recalentado de sus guiones, para insuflarle “frescura” a ideas que parecen agotadas. Así, Moscú fue escenario de “Duro de Matar”, la mafia rusa y chechena ocupa el lugar de los tradicionales italianos, y los terroristas de cualquier tipo han sustituido a nazis, agentes de la KGB y la Stasi.

Cuba-La Habana es entonces solo otro escenario emergente, para tranquilidad de la señora Pogolotti y otros escribas menores.

Y así será por un tiempo; al menos, mientras el ambiente surrealista de La Habana bipolar, con el imbatible Malecón y la Habana Vieja -tan nueva- por un lado, y el resto de la ciudad boqueando de miseria por el otro, siga resultando novedoso para los consumidores -y los costos se mantengan bajos y atractivos-; veremos más capítulos, más peliculas, más celebridades paseándose en “almendrones” y tomándose fotos en sombríos zaguanes destruidos.

Se me ocurre entonces que es buena idea, ahora que el periodismo alternativo cubano también está de moda que, en lugar de escribir textos barrocos e ininteligibles, de andar construyendo comparaciones ociosas entre los “valores” de las megaproducciones jolivudenses y las esporádicas, repetitivas y deprimentes peliculas cubanas, se me ocurre, decía, que, por ejemplo, se pudiera indagar en las rutas de la negociación de esas filmaciones, en quiénes son los funcionarios que deciden que venga Chanel, Vin Diesel, que haya carreras de lanchas rápidas entre La Florida y La Habana, o que se convoquen a los almendrones a desfilar.

O mejor aun, show me the money:

¿Cuánto se está pagando por esos derechos de filmación, a qué cuenta se va ese dinero, quién lo administra, en qué se va a usar?

Porque no hay nada malo en hacer negocios; en que La Habana o la isla en peso se convierta en otro estudio para la mega industria del entretenimiento estadounidense -posiblemente haya más dinero ahí que en la asmática zona libre del Mariel-; pero toda vez que la Patria es de todos, que el pueblo es el dueño de los medios de producción -marxistas, no de Hollywood-, que el socialismo es cosa social, que hay que rendir cuentas, y toda esa monserga tradicional, le toca el turno a la información.

Una dosis de sana transparencia, una mirada fiscalizadora en los quién, cómo y cuánto, le vendría como anillo al dedo al desmantelamiento del secretismo oficial

lunes, 21 de marzo de 2016

Obama por su casa

La visita más importante que haya recibido Cuba -después de Cristobal Colón- está en curso. El visitante más importante que haya pisado la isla camina las calles de La Habana. Y de qué manera.

Claro, Usted puede pensar que, ey, espera: que han venido primeros ministros, Presidentes, que dos Papas, que Chávez con su petróleo, que Putin con su chequera, que primeros secretarios soviéticos a instalar un suero de vida en la vena escuálida de un país en coma.

Pero no, créame -y me disculpa lo tajante-: El Presidente Barack Obama es el visitante más ilustre, su visita la más relevante que haya recibido Cuba. Y el general se lo está perdiendo.

No sé cuál consideración diplomática determinó que el general recibiera al Papa sí, al Presidente de los Estados Unidos no. Quién sabe que se decidió en una sobremesa familar, o en una reunión con los solemnes mandarines subtropicales que desbarran sobre los destinos de Cuba y los cubanos. Pero ni siquiera es importante.

El Presidente Obama ha tomado La Habana sin disparar un tiro, y la gente lo aclama. Se pasea por el Malecón, a pie o en imponente comitiva, desanda las calles, cena en una paladar; desafía la lluvia que ahuyentó a los curiosos y que dejó el escenario inmaculado para el drama, como diseñado por Stanley Kubrick.

Camina La Habana entonces el Presidente, como Obama por su casa, mientras el dueño del inmueble se encierra en el último cuarto, bajo la cama, en perreta de estado. Obama saluda, sonríe a cubanos afortunados de poder verlo de cerca; otros cubanos, con menos fortuna, son reprimidos, golpeados, arrastrados a mazmorras solo por pedir que un general miserable y su séquito de inútiles salgan de una buena vez ese cuarto, de esa casa; que se marchen, por favor, que ya no regresen.

Si yo aun viviera en Santos Suárez, adonde Obama no irá -¡y con tanta falta que le hace a esas calles bombardeadas!-, sintiera vergüenza. O más vergüenza. Por la obvia pequeñez de los desgobernantes cubanos. Por los que reciben una bofetada en mi nombre. Por la lluvia impertinente. Por la ciudad destruida.

Pero mi pena es a distancia. Lejos de los portales mugrientos, el Malecón desierto, y mi Presidente de turno.

Mi pena, Cuba, que no tiene remedio.  

viernes, 19 de febrero de 2016

La visita

Siempre pensé que Obama iría a Cuba. En su momento, a posteriori: Barack Obama, el ciudadano.

Pero parece que va el Presidente, en Marzo de este año 2016: la segunda visita de un Presidente estadounidense en activo a un dictador cubano.

….....

La primera, y única visita hasta ahora, había sido la del Presidente Calvin Coolidge, que arribó a La Habana en el USS Texas en Enero de 1928. “(...) big guns boomed salutes and a multitude of people cheered with the enthusiasm born of an intensive Latin nature”, describió el recibimiento una nota del New York Times del 16 de enero de 1928.

El visitado en aquella ocasión fue el Presidente Gerardo Machado, que por esa época estaba determinado a convertir a Cuba en la Suiza de América, y construyó la Carretera Central, el Capitolio, el Hotel Nacional, el Centro Asturiano (actual Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana), el Hotel Presidente, y hasta amplió la Universidad, la cuál cerró posteriormente en medio de la crisis de su segundo mandato.

Machado, General del Ejército Libertador, presidente prolífico, “agua, caminos y escuelas”, asesino de estudiantes, empresario y político que derivó en corrupto y represor, el Asno con Garras de Martinez-Villena.

En 1933, cinco años después de la visita de Coolidge, Machado fue derrocado en un golpe de estado auspiciado por el embajador de los Estados Unidos de América, Sumner Welles. Escapó el General rumbo norte, y terminó sus días en Miami Beach.

Todos los caminos cubanos siempre han parecido conducir a Miami.

….............

El Presidente Barack Obama visita entonces Cuba, de nuevo a un dictador.

Esta vez, un dictador heredero, menor, improductivo, ineficaz, inepto para cualquier cosa que no sea mantener el poder. Un tipo diferente de dictador del que fue Machado, que solo logró nueve años en la presidencia. Un tipo diferente de dictador, este también general, benjamín de familia de dictadores, familia de gente fea, extraña, tan mediocres que les ha tomado cincuenta y siete años demoler un país, y todavía no terminan.

Pero los Castros le pudieran dar lecciones de supervivencia a Machado. Lecciones de cómo tener suerte y saberla aprovechar. De cómo ser sanguijuela, látigo y tirano. De cómo lograr que el Presidente de los Estados Unidos, resultado de la democracia y el voto de hombres libres, les visite a ellos, dictadores vitalicios, dignificándolos con su presencia. Sufre, Machado constructor, aprendiz de dictador.

Y Obama, pues va a Cuba.

Por lo pronto ya le cantan, desafiantes, los estribillos de la timba: “¡Obama, Obama, vuélvete loco, y ven pa´ la´bana!”. La gente se bambolea, ríe. El timbero suelta una parrafada, “¡´Ta bueno de abuso: cincuenta años jamando soga...!” El timbero se percata de que la frase le salió ambigua, peligrosa, que necesita inmediata enmienda. “¡Abajo el bloqueo!”, remata, prudente, y entra el coro en mi cabeza, “Obama, cojoneeee, dile a Raúl que convoque a eleccioneeee!”

Porque algo así dirá Obama en La Habana. Lo mismo que ha dicho en otros lugares, y que muchos antes que él; que se requiere un cambio en la isla, pluripartidismo, democracia, apertura, respeto a los derechos humanos.

Lo dirá, y va a ser escuchado con amabilidad, e ignorado a conciencia.

Le van a estrechar la mano, le van a mostrar la ridícula Asamblea Nacional, le van a traer un coro de pioneros -quizas hasta le hagan escuchar al timbero cordero- y lo van a pasear por la Habana Vieja. Mientras, lo van a cocer en esas herviduras de hombre nuevo, esas que hablan, escriben y gritan sus ¡viva!, con intensive Latin nature: “¡Obama, Obama, deja esa muela y disfruta la ´bana!”, será el mensaje. Después, un abrazo, le palmearan la espalda y lo enviarán de regreso a la Casa Blanca; perplejo tal vez, burlado de seguro.

…......

La verdad, no tiene sentido práctico esa visita de Obama a Cuba.

El bloqueo, más simbolo que instrumento, es interpuesto por el desgobierno cubano en cada conversación. Eso, a pesar de que ninguna de las partes quiere que desaparezca: es la última pieza que le queda al gobierno americano en su cruzada pro democracia para intercambiar por una hipotética apertura en la isla, y es la última excusa del desgobierno cubano ante su parálisis incurable.

Por su parte el general heredero no va a ceder un ápice de poder, y la razón es simple: no tiene ningún motivo para hacerlo. Al cabo, si han mantenido las riendas por cincuenta y siete años, pues por una simple visita de un Presidente de los Estados Unidos no van a renunciar a gobernar hasta que se culmine el traspaso del gobierno a sus descendientes.

¿Que Obama va a hacer en La Habana un llamado al cambio y al respeto a los derechos humanos? Eso es seguro.

¿Que su discurso va a ser trasmitido en vivo y sin posible censura para los cubanos de la isla? También es una certeza.

¿Que va a ser interpretado, explicado e inculcado como un acto de ingerencia en los asuntos internos cubanos? Es un hecho: pura rutina de mesa redonda y NTV.

La visita fuera relevante si ya hubiera caído -como eventualmente sucederá- el gobierno de Nicolás Maduro, y con ello hubiera desaparecido el petróleo chavista. La mesa de negociaciones tuviera en ese caso otra temperatura, el desgobierno cubano estaría contra la pared, sin opciones.

Pero no es el caso. Todavía.

Por eso la visita es simbólica: un cierre de proyecto, una visita de campo al deshielo que comenzó el Presidente americano, que quiere ver de cerca el agua oscura del totalitarismo y el fracaso. Es algo, si acaso, personal.

…...........

El Presidente Calvin Coolidge visitó a una Cuba atada por la Enmienda Platt, cuya política y economía estaban bajo el control de los Estados Unidos. Casi noventa años después el Presidente Obama visita a una Cuba sin economía, con una política totalitaria y represiva, asfixiada por el control de una familia de tiranos a la cual todavía subsidia Venezuela.

A no ser que la visita de Obama sea para ratificar alguna propuesta de las que se han negociado en la sombra, todo se reducirá al momento histórico, las fotos de rigor, y la comidilla noticiosa que durará un par de días en las primeras planas, y un poco más en las redes sociales de cubanos.

De cualquier manera, pues que le vaya bien en su visita a Barack Obama, el Presidente benefactor; la verdad, ha hecho mucho por terminar el estupido conflicto entre los dos países y, si hay algo que se puede afirmar sin temor a equivocación, es que los cubanos de la isla lo van a extrañar. 

Pero no cuando se marche, dejando a La Habana mareada de euforia, sino cuando ya no esté en la Casa Blanca, y ya no haya quien haga algo por Cuba.

viernes, 29 de enero de 2016

De cómo se come un pollo

Un pollo rostizado, ensartado en un espetón; vueltas y vueltas hasta que la carne delicada, fragante, se desprenda del hueso; el color dorado, el sabor delicioso: un pollo asado al pincho es maravilla simple que conocí, y probé, por primera vez en México. Tenía treinta y tres años de edad, la que se dice tenía Cristo cuando lo ensartaron en la cruz.

“Vamos a comprar unos pollos...”, me invitaron. Apenas acababa de llegar al DF; apenas acomodaba el asombro; apenas avivaba un tímido rescoldo de esperanza, que ya iluminaba, a duras penas. Me invitaron entonces, a mí, famélico y suertudo, recién escapado del Período Especial, y cualquier invitación me resultaba buena.

Visitar el Zócalo, caminar Lagunilla y Tepito, el metro descomunal, comer empanadas uruguayas en Coyoacán, beber un refrescante clericot en la Condesa, a un Sanborns a tomar sopa azteca, o a escuchar a nostálgicos guitarristas, cantando/declamando trova en un café atestado de gente vestida de oscuro.

Insisto, todo me venía bien.

Porque en México, entérese, se puede comer pollo rostizado, queso fundido con chorizo y tomar una michelada a la vez que se escucha a un cabrón que parecía sacado de “Apocalypto”, que blande una guitarra acústica en lugar de una macana de obsidiana, desgañitándose con “Ojalá”, mientras el de la mesa de al lado daba vivas al Subcomandante Marcos, y tus anfitriones te observaban a ver qué te parecía el lugar, la comida, el zapatista y el sombrío cantante que, entre pieza y pieza, dejaba caer discursillos pro indigenistas, anti gobierno, inconforme con todo al parecer; alegatos tan parecidos a las arengas que acababa de dejar detrás, declaraciones contestatarias que, la verdad, no entendía bien -al cabo, ¿de qué coño se queja esta gente?-

Pero a mí, de nuevo, aquello me venía de perillas.

Porque yo, y eso nadie se lo imaginaba, era el único en aquel lugar, que hedía a cerveza, cigarrillos y maíz, que sabía cómo se come un pollo.

Un pollo se hierve. Se hace una sopa. Se demembra en nueve piezas -dos muslos, dos contramuslos, dos mitades de pechuga, dos alas, un carapacho- que quizás se coman tal y como están, o tal vez se retiren de la sopa y se frían, así, sin empanizar, con un poco de ajo, limón y sal. Se acompaña con arroz blanco, ensalada y, claro, la sopa.

De todo ello lo único que disfrutaba era la sopa. Nunca me gustó ese pollo hervido y frito, pollo multioficio del que había que aprovechar hasta la última hilacha. “Ustedes no saben comer pollo...”, era el comentario invariable de mi madre, guajira impenitente, cada vez que nos veía dejar huesos sin haberles arrancado y masticado el cartílago, o a los que no se le había mordisqueado el tuétano.

En mi egoista ingenuidad llegué a pensar que mi madre siempre decía tal cosa porque le gustaban las alas y el carapacho: al cabo era lo que siempre se servía, dejando la carne para los demás. Mondaba aquellos huesos a la perfección, sin dejar en ellos una brizna comestible.

“Déme cinco pollos, por favor...”, pidió entonces mi acompañante.

El lugar era un pulcro establecimiento, que dominaba la esquina entre una calle vecinal y una avenida, orlada de amarillos pasquines electorales, por donde fluía un veloz río de autos. “Nunca había visto tantos carros en mi vida...”, le había confesado a mi anfitrión, un risueño, regordete e inteligente muchacho, aprendiz de abogado, y deféño -chilango, y a mucha honra- hasta la médula. “Pos ya tendrás el tuyo, ya verás...”, me respondió sonriendo a mi que, asustado de todo, no concebía la idea de poseer un auto. Vamos, ni siquiera sabía manejar.

Aunque no le dije al casi abogado, tampoco había visto tantos pollos asados.

Se alineaban, cinco o seis por fila, una fila sobre la otra, diez o doce hileras, todas girando enfrente de las llamas azules de unas hornillas verticales, goteando grasa, esparciendo olores y luciendo colores que iban desde la lividez cadavérica de un pollo desplumado hasta el ámbar dorado de la carne suculenta. “Vieja, como hay alas aquí”, me hubiera gustado decirle a la mejor comedora de huesos de mi isla, sólo para escucharla reir.

Pero me pareció exhorbitante que mi amigo pidiera cinco pollos.

No jodas, cinco pollos eran dos o tres meses de sopas y carne frita con sabor a ajo quemado; al cabo yo era el experto, el que sabía que un solo pollo, bien aprovechado, alimenta a una familia de seis. Me asombré otra vez -no salía del asombro en esos días-, le pregunté, “¿Para qué tantos?”.

“Ah, pues un par para nosotros, para la comida”, me respondió amable, “Y los otros tres para los perros, ya sabes: allá en la casa no les dan otra cosa...”

martes, 12 de enero de 2016

Guión

Las productoras norteamericanas de cine y televisión miran hacia la Cuba semipermeable.

El escenario de una isla, hasta hace poco poco más que hermética, inaccesible al diálogo, al negocio, a la bonanza, desfasada con este siglo que ya es todo un adolescente, se les antoja exótico. O, al menos, eso pretenden hacer creer a los consumidores norteamericanos. Tienen por delante, sin embargo, una tarea difícil.

Los americanos están familiarizados con el estereotipo de pays terrible -México- que les presentan en películas y series, y con el arquetipo de pobreza de los arrabales latinoamericanos que ven en noticieros, y en más peliculas, y en más series.

Se van entonces a decepcionar cuando vean que la tal Cuba exótica es apenas otro desastre más de allende el sur de la frontera, con la sola diferencia de que por las calles deslucidas, en lugar de autos del 2016, circulan nostálgicos carros americanos de los años cincuenta, acicalados como veteranas putas venidas a menos.

Pero la idea de los astutos y siempre oportuno-oportunistas empresarios americanos no es que perdure la novedad, sino precisamente aprovecharla mientras dure. Capitalismo 101.

Ya se vio algo parecido cuando se desplomó el campo socialista e hicieron su entrada los mafiosos rusos y albaneses en televisores y cines. Entre otras cosas, porque eran quizás el producto exportable más interesante de esos países para el consumidor americano de películas de bajo presupuesto, y porque al final resultaron ser algo real: eventualmente llegaron y se establecieron en los Estados Unidos, haciéndose de una cuota del inagotable mercado de ilegalidad de este país.

Lo de Cuba es diferente.

El americano promedio conoce sobre Cuba que es un país comunista que está cerca de Miami, del que la gente huye en balsas, de donde vienen los habanos (Or is Dominican Republic the place the come from...? Not sure now), y donde vive Fidel (The Cuban President is his brother or cousin, or something, right?)

Para colmo, ni siquiera la delincuencia cubana tiene el retorcido glamur de los hampones rusos, chechenos o italianos, legendarios, hiperviolentos y eficientes.

Los delincuentes, que están en Cuba, no son tampoco esos narcotraficantes tercermundistas con fastuosas propiedades e increíbles historias para contar; a su vez, los que están en Estados Unidos son estafadores o traficantes de poca monta, que el FBI atrapa como moscas atontadas por la mierda de un perro, y cuya mayor incursión en la fama han sido sendos editoriales publicados en el Sun Sentinel donde, como si no bastara con nuestro mediocre desempeño como inmigrantes, se ha enturbiado aun más la imagen de la comunidad cubana en el Sur de la Florida.

Cuba, entonces, es escasamente noticia.

O lo era hasta ahora, que se hace notoria bajo los empujones de este deshielo a regañadientes. Y, como decía, aprovechando esos tortuosos senderos que van apareciendo, están llegando las productoras en busca de un mojito frío, tras la saga de Hemingway, el americano más famoso que haya pisado Cuba después de Theodore Roosevelt; quieren el siguiente capítulo de alguna serie y confían en encontrar, con suerte, un par de villanos novedosos.

Vienen buscando un guión.

Sin embargo, hay que pulirla para sorprender a la audiencia de los Estados Unidos, donde lo grotesco es el pan de cada día en noticieros y shows televisivos. Nadie se va a impresionar particularmente por la Habana demolida, por los sexo-turistas mexicanos y europeos, o por niños semidesnudos correteando en barrios insalubres. La televisión y el cine americano están saturados de cosas como esas.

Y toda vez que es probable que a los americanos tampoco les interesen las historias de jineteras y pingueros que en algunos países de Europa han tenido cierta resonancia, pienso que vienen en camino programas cargados de jolivudesco kitsch tropical, carros estridentes, y vociferantes cubanos cargados de cadenas y collares de santería.

Me pregunto si de veras es necesario ir hasta La Habana para tener esos escenarios. Miami está, obviamente, underrated.

Pero no hay que llamarse a engaño: en Cuba hay muy buenas historias, con ramificaciones en toda Latinoamérica, España y, por supuesto, en los Estados Unidos.

Los lazos entre narcos y y el Departamento MC; las andanzas del Departamento América por todo el subcontinente, fomentando guerrillas y organizando secuestros; las guerritas privadas de Fidel Castro por toda África; las estaciones de espionaje en el DF y Madrid, los agentes cubanos en EEUU; la conexión nicaragüense, Venezuela, Montoneros, Tupamaros, ETA, la guerrilla colombiana:

Vamos, que en Cuba hay material de primera para armar un buen guión para una serie original de Netflix.

Y si acaso no fuera suficiente con todo ello, pues aun están por contar las venturas y vida de los nuevos ricos, de la familia gobernante, de sus vástagos y sus pininos de jet set de guardarraya -que se pinta solo para un reality show, “Los Castros en su finca”-; o sobre el destino del dinero que recauda el gobierno, o de la terra incognita post Raúl Castro, o acerca de tanto desalmado viviendo en los Estados Unidos o turisteando en Miami y Nueva York después que la ubre, de la que mamaban en sus usurpadas casas del Vedado, Miramar y Nuevo Vedado, se secó.

Pero nada de eso, me temo, va a suceder.

Nadie va escribir sobre esos temas; al cabo, si no lo hacen los de adentro, ¿qué esperar de los de afuera? De nuevo, al consumidor norteamericano no le interesan esos detalles que ni siquiera entiende bien, o que simplemente le van a parecer iguales a los de tantas otras historias que ya le han contado. A los televidentes norteamericanos les interesa el morbo, pero no la sustancia de un drama lejano y ajeno.

Para que se venda el guión, tiene que ser cosa light, de utilería, como los programas de Anthony Bourdain tomando caldosa con un variopinto grupo, donde cuesta separar a los miembros de UNEAC de los compañeros de la Seguridad del Estado. Y de nuevo: eso el televidente americano no lo sabe, ni le interesa; al cabo, what the fuck is UNEAC?

Quizás veremos entonces algún capítulo de alguna serie donde un prófugo de la justicia americana deambula por las calles eusebioleálicas de la Habana, Vieja con colorete, hasta que un comando del FBI lo atrape, justo antes de que entre en San Isidro y se les joda el escenario; o tal vez será un CSI Habana cooperando con un CSI Miami, identificando a emigrantes masacrados por los traficantes de personas en la casi extinta ruta Ecuador-Miami.

En cualquier caso, profusión de carros viejos, el Malecón, gente bebiendo ron de cajitas de cartón, tabaqueros liando habanos y, sin que quede lugar para sorpresa, Hugo Cancio en un cameo de empresario binacional. Algo así será el guión que se prepara.

Guión que ansían esas aves de paso de Hollywood y Nueva York, que van a mi país como se va a un zoológico.

Después, todo se olvidará de prisa. Los focos se apagarán, y al día siguiente nadie recordará lo que vió en la televisión. Los herederos del poder en la isla lo agradecerán; así podrán seguir su carnaval privado en la paz, sin un Sun Sentinel que los exponga, ni un Oliver Stone (sí cómo no...) que se vista de largo y haga una buena película con ese guión de ignominia que lleva décadas escribiéndose.

Cuba dejará entonces de ser novedad y noticia, otra vez; el color terrible de las sociedades en bancarrota, que decora las ruinas de La Habana, no mantendrá vivo por mucho tiempo el interés de las productoras, que seguirán viaje en su eterna búsqueda de algo nuevo que vender.

La van a volver a olvidar, a Cuba la triste y, me temo, esta vez, se quedará sin guión para siempre.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Political correctness en tiempos de cólera

Hace un par de años y más, durante mi última visita a mi familia en Cuba, le compré a un artesano de la Feria que está en la Avenida del Puerto en La Habana, por módicos veinticinco CUC, una pistola de madera, magnífico modelo de aquellas con fulminante de pedernal que usaban Emilio de Roccanera, señor de Ventimiglia, también conocido por el Corsario Negro, por los tres mosqueteros y por el Conde de Montecristo.

Bien hecha, con buen gusto, hasta las diminutas tuercas eran de madera, la compro, me dije, para adornar mi nostalgia por historias que ya no leo.

Pero es frágil, me advirtió el vendedor; la rodeó entonces con un cartón, envolvió el paquete con una cinta adhesiva, tomó su dinero, muchas gracias, y la coloqué en mi equipaje de mano para que no se me estropeara en el viaje de regreso.

En el aeropuerto de Miami, cuando pasaba por los controles de seguridad para abordar mi avión a Nueva York, me ordenaron salir de la fila y hacerme a un lado; llegó entonces Homeland Security, cuatro guardias sacados de su aburrimiento por la novedad, comandados por un viejo idiota que sentía que había detenido al Unabomber, abrieron mi equipaje, sacaron la pistola de palo de su envoltorio, y llamaron al Miami Police Department, dos oficiales que me observaban con más curiosidad que sospecha, que me interrogaron y solicitaron mi background por radio.

Después de 45 angustiosos minutos, finalmente me dejaron pasar; “Que lindo está este adorno, tú...”, dijo con acento habanero una de las oficiales de Homeland Security; “Really, a gun replica at the airport? It was really stupid...”, sentenció la oficial del MPD, mirándome con sorna.

Me decomisaron la pistola de piratas, y yo tuve que correr como un demente, arrastrando a mi esposa que estaba al borde de un ataque de histeria, y a mi hijo que no entendía qué sucedía, para alcanzar a abordar el avión que ya casi se nos iba.

Un par de meses después me llegó una multa por intento de entrada a la cabina de un avión con una replica de arma de fuego; tuve que contratar un abogado, pagar la multa y asegurarme de que eso no quedara en mis antecedentes.

Todo ello por una pistola de madera, modelo siglo XVII, y por mi mala idea de llevarla en el equipaje de mano.

Hoy leo que el FBI “está considerando” tratar la masacre de San Bernardino como un “posible”, solo posible, caso de terrorismo...

lunes, 11 de mayo de 2015

La Odisea de contar la historia del miedo con miedo

No me gustó “Regreso a Ítaca”.

No me gustó, porque es una de esas cosas que suceden cuando los artistas escriben, en esencia, sobre sí mismos, y no sobre las cosas en sí.

La película, de principio a fin, me pareció una narración atropellada; parches zurcidos al descuido sobre un tapete muy deteriorado; diálogo a machetazos, que avanza a saltos a veces incongruentes: por momentos -casi todos- más teatro (y no bueno) que cine (malo).

“Regreso a Ítaca” es, sobra decirlo, un discurso de decepción. Pero no fluye: da la impresión que el escritor -tengo entendido que es Leonardo Padura- fue anotando sus ideas tristes, una hoy, otra mañana, hasta que sintió que había cubierto los tópicos del desencanto generacional y nacional; entonces, los alineó en una narración, pero con el solo propósito de declamarlos, de una vez, y no de que fueran una historia coherente. La brusquedad de las transiciones en la conversación es tal que me recordó aquellas películas de Bruce Lee donde la idea central era caerse a patadas lo más pronto posible.

Por ello la película es un relato a trompicones; frases, apiladas con torpeza en los parlamentos de los personajes, que las más veces resultan acartonados, mostrando escasos destellos de credibilidad; se notan, con frecuencia dolorosa -porque están ahí al menos cuatro actores que he visto en mejores momentos- totalmente ajenos a cómo yo hablaría las mismas cosas con tres socios, muriéndome de calor en la terraza de mi casa en La Habana.

Es cierto que la película es un discurso osado para las condiciones de la mordaza cubana; a mí me resulta fácil imaginar al escritor con taquicardia al amontonar reflexión tras reflexión y pensar que las iba a hacer públicas en algún momento.

Pero, por otra parte, no me asombra nada de lo que ahí se dice, simplemente porque nada es nuevo; porque todo eso lo he estado leyendo, escuchando -inclusive escribiendo- de una forma u otra, desde hace uno, cinco, quince o veinte años; porque por esas razones que ahí enumeran, algunas apenas esbozadas, y otras que ni siquiera se mencionan, yo emigré hace casi tanto tiempo como el triste Amadeo. Ese regreso-visita a los orígenes del desencanto, pienso entonces, llega con retraso y, para colmo, incompleto.

“Nos hicieron creer, nos dijeron, nos robaron la vida”, es el argumento que revuelven una y otra vez como un potaje frío. “Ellos”, el sujeto-villano omitido, viene a ser un cauto eufemismo que designa a un ente maligno, atemporal y omnipresente, que le ha jodido la vida a cinco histéricos; “Ellos”, que es el gobierno cubano -sus funcionarios, su máquina represiva, su incapacidad para generar riqueza, para administrarla, su vocación para el desastre- y que nunca es mencionado de forma explícita.

Si un no-cubano, ajeno a esas penurias, tuviera la oportunidad -y paciencia- de ver la película, probablemente pensaría que el problema cubano es bad karma, mala suerte, osorbo, salación, y no la permanencia perniciosa de un desgobierno de mierda que ya rebasa el medio siglo en el poder.

Los actores, por otra parte, no logran salvar la historia; no hay manera de que lo puedan hacer, y se hunden con ella bajo el peso de tanto cliché.

Un pintor, ya sin talento, alcohólico, histérico en su ostracismo.

Un potencial “mejor de todos nosotros” escritor, devenido dirigente oportunista, corrupto “enriquecido”, castigado por el autor a ser histérico porque va a ser castigado.

Otro escritor, también mediocre, también frustrado, ya estéril, emigrado, chivato, que quiere, nada menos, que regresar a vivir a Cuba después de 16 años de exilio, a escribir, dice, que allá afuera no puede escribir, se queja, desplegando una ingenuidad tan irreal que resulta ridícula; histérico porque, según explica, se quedó en España para no chivatear a su amigo, cuando en realidad lo hizo para que no lo metieran preso por poseer divisa ilegal.

La mujer, médico, profesional que sobrevive a pesar de su salario, a la que -casi- todos masacotean a lo largo de la tarde-noche-mañana en la azotea devenida sofá de sicoanalista; madre, ataviada con pulsera de cuentas que no le abre caminos, embarcada porque no la reclaman sus hijos que se fueron a Miami,  histérica en términos generales -sigue siendo buena actriz Isabel Santos, pero…-

Y el negro, ingeniero, profesional, fracasado, viviendo de la ilegalidad, bovino, pero histéricamente fiel. Y el peor actor.

Hasta ahí, 60% UNEAC, 20% FMC, y 20% la etnia.

El resto del desfile, pues la madre cubano-tierno-estereotipo; un adolescente, sin esperanza ni rumbo, cuya única aspiración es irse del país; su novia, una muchacha dark, maleducada, evadida, ansiosa por comer y beber, por las cosas, olfateando el aroma del suavizante en un pulóver importado y, para colmo, muda.

Hasta ahí, la intectualidá marchita; el presente-futuro, que se desmorona entre los dedos; la tradición como bastión -arroz, frijoles-, y el absurdo –arróconfrijole y, ¿Rioja?-. Hasta ahí, la historia.

Dentro de los lugares comunes que la película despliega está, por supuesto, el escenario, tan manido como las catarsis de los personajes: una azotea que, de un lado, mira al cascarón cariado de La Habana; tan cerca del Latino que se escucha el clamor del público y, a la vez, junto a la costa -todavía ando tratando de ubicar el edificio, que desconcierta al habanero que llevo conmigo-; azotea atalaya para divisar matanza de barrio y chusmería de puerco; del otro lado entonces, una magnífica vista turística del aliciente del mar, malecón y Morro incluidos.

Tampoco podía faltar el inevitable apagón, simbólico estereotipo de la mala vida cubana. La burda intencionalidad es subrayar la cosa mala per se; que no falte un ingrediente, que se puede poner aun peor: entiéndase, es el desamparo el que los asedia, el que los hace hablar, al autor, a los locuaces amigos refugiados en la azotea, la sensación de decadencia a la que contribuye en no poca medida, con intención o sin ella, el rostro deformado por el labio inflamado, y la voz lamentablemente corroída -¿cigarro…?- de Isabel Santos.

Como si no bastara con todo ello, con el título rimbombante, con el recreo en la erudición -inútil- de los personajes, pues ahí nos va de ñapa una cita de Vargas Llosa, su pregunta acerca de cuándo se le perdió el Perú; referencia tan ociosa, pues los cubanos no necesitamos de tal pregunta: sabemos de memoria cuándo, cómo y dónde se nos perdió Cuba.

No hay mucho optimismo entonces en este regreso, y precisamente ese sentimiento es uno de los pocos asideros que encontré en la historia.

También hay un aspecto cronológico que no me cuadra en la narración: los personajes evocan música y época de personas que deberían tener más de 60 años para poder haber ido como jóvenes al legendario concierto de Serrat en el Parque Lenin, para que “California Dreaming” y “Eva María” les resultaran nostálgicas, o para haber peleado en la guerra de Angola. Sin embargo, lo que veo son personas contemporáneas conmigo, que era un niño cuando Serrat todavía era amiguito de la cosa cubana, y casi un bebé cuando el Summer of Love hervía en los Estados Unidos.

En fin, ya lo dije, no me gustó la película.

La película, que navega bajo el amparo de la bandera francesa -de repente parece que el mensaje a los censores es “¡Oe, conmigo no, con los franceses!”- se queda en eso: en queja sosa, en un rumiar que no llega siquiera a la osadía de inconformarse de veras; de decir, aprovechando el tono escatológico de la hora y media de conversación, que esto, eso -el país, el gobierno, la sociedad- es una reverenda pinga, y que hay que cercenarla de una vez.

Pero no sucede.

Lo que veo entonces, si es que debo nombrarlo, es un regreso fallido a lo mismo, a la charla en la esquina; a algo que le hace un escaso favor al magnífico poema homónimo, cuyo título, la verdad, le queda inmenso a una buena historia, tan mal contada.

Alec Heny ©

lunes, 27 de abril de 2015

La Habana, a cada rato

“Sábanas blancas, cagadas, en los balcones…”

Perdón, Gerardo Alfonso


No es algo que yo me proponga, este asunto de La Habana; ella sigue aquí, enredada entre mis cosas, porque así es, así de simple: ni yo la retengo, ni ella se entromete.

No la invito, no me acosa: pero va conmigo a todas partes.

Decido consultar con otro habanero, uno experto en nostalgias; jalo una silla, y me siento frente a Martí: José -le explico, a trompicones- en esencia, estamos de acuerdo; que mi asunto con La Habana no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; que en el denso núcleo urbano donde nací, crecí, y comencé a reproducirme, la tierra era escasa: apenas había unos manchones, confinados en descuidados canteros; que era más probable pisar mierda de perro que yerba; que la yerba era para limpiar mis suelas de la mierda; que yerba le decían a la marihuana; que la Patria te la han hecho mierda; que decían que él, José, lo había prometido; que Fidel la había hecho mierda; Fidel, que es una mierda de gobernante, tan pegajosa que no se cae de las plantas de los pies frotando con la yerba; que él, Fidel, sí se cayó: se hizo mierda una rodilla; que ya no procesa los alimentos; que de hablar tanta mierda sus tripas se confundieron para siempre, que perdieron el norte y sur, que ahora van de este a oeste: tiene un ano lateral; que ya no se sabe si habla o caga; que no hay forma, entonces, que me olvide de que la Habana está hecha mierda, llena de mierda de perro, que

Han hecho mal en dejar
los mojones en la acera;
Porque así, llena de mierda artera,
No sé, yo no la quiero pisar

decía, lo cumplió él, Fidel, siguiendo la idea que le achacó a él, a José; que se dice que lo hizo por su condición de biranés, guajirito acomplejado; nunca le gustó habana ni habaneros; que el arique y acento se le vinieron quitar en los 80; que se la está llevando, a La Habana, con él, a la tumba; sin prisa, sin pausa, pero seguro; que en un acto de justicia necesaria lo van a enterrar lejos de la Ciudad; allá, contigo, a tu lado, Maestro José…

Se levantó, pensativo; se marchó, en silencio; levantó un brazo, a manera de despedida, y extendió el dedo de medio. “Eh, conmigo no…”, comencé a decirle, pero se desvaneció, fosca, en una fosa desbordada, el alma trémula y sola.

Me percaté entonces que, al final, ni siquiera le había hecho mi pregunta. No alcancé a contarle tampoco que, para colmo, la Habana que yo extraño, ni siquiera existe; que los que la compartían conmigo también se fueron; que los flacos desgarbados ahora son gordos con calva incipiente y mal aliento a los que no interesa lo que digo; que algunos, inclusive, han muerto; que otros ya no son ellos; que La Habana es un recuerdo que me frustra tanto como no tener dieciocho años de nuevo para esta vez hacerlo todo mejor; para mejor pedir asilo en Gander esta vez; no subir al avión de Cubana, dejarlo que partiera sin mí, que no me llevara de regreso a un rodeo de trece años, una pausa de once más, para al final venir a recalar aquí, a un tiro de piedra de donde todo debió comenzar hace tanto tiempo, tanto, que aun no había celulares, ni Internet; difícil de imaginar, yo sé; difícil de imaginar que, teniendo aquella oportunidad de oro, la cambiara por una de mierda de perro, y hasta pagara por la diferencia.

Difícil, además, de asimilar, yo sé, que, para colmo, después de tanto rodeo, pausas, y atajos mal tomados, venga a estar añorando una ciudad en harapos; tan sucia, tan codiciosa, que se quedó con mi infancia -las cosas sencillas-; y todas las novias, cinco asquerosas posadas de desespero, dos litros de semen, y un malecón; pero no ese -el que vi de madrugada, desde la burbuja fría de un autito alquilado; un muro infeliz, hirviendo, asediado por una horda oscura de mejillones sin esperanzas, buscando el fresco sobre la piedra triste; bebiendo ron, gritándose, simiescos-; es otro malecón el que buscaba, y resulta que ese tampoco existe.

Yo la amputé entonces a La Habana. Me amputé yo. Aun está ahí, sin embargo; ella, que ya es otra, doliendo como un fantasma -¡tan absurdo!-; yo, que tampoco soy el mismo, ando trazando añoranzas con la vehemencia de un rabo de lagartija cercenado.

Como decía: no es algo que yo me proponga, este asunto de La Habana; ella sigue aquí, enredada entre mis cosas, porque así es, así de simple: ni yo la retengo, ni ella se entromete. 

No la invito, decía, no me acosa: pero va conmigo a todas partes.

Alec Heny ©