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miércoles, 28 de diciembre de 2016

Caída libre

“Porque si veo capitalismo, no sé, no puedo entrar...”


Desde que tengo uso de razón -o memoria, que es más adecuado- eso de “no regresaremos al capitalismo” o que el capitalismo es malo, muy malo, ha sido el mantra de una y otra vez de los fideles, raúles y sus cachanchanes.

Esta vez, leo, tampoco se hizo la excepción y el impresentable general-presidente, ya respirando aliviado porque Obama, el que le tomó La Habana sin disparar un tiro, se va; contento el hombrecillo además porque con Trump le regresa el imprescindible enemigo, dice entonces el anciano, lamentable sobreviviente de la furia asesina de este agonizante 2016, que “no vamos ni iremos hacia el capitalismo”.

Las razones lógicas de tal rotunda negativa, pues no las conozco.

Al cabo, esa gente son de izquierda y la izquierda, como todo lo demás, solo sobrevive en el capitalismo; sonaría como suicidio, si no fuera por el depravado cinismo que transpira tal declaración. Quedan entonces solamente las sinrazones, pataletas ideológicas de un grupo de ineptos, desfasados en tiempo, Historia y vida.

O sea, Cuba se hunde, y a ellos no le interesa.

“Ni nos ha interesado ni nos interesará”, pudiera bien decir el tiranuelo de turno y seguir, por supuesto, cómo de otra manera, seguir disfrutando de cuanta cosa capitalista existe y tiene a la mano. Desde la ropa que viste, los teléfonos que usa, los relojes que consulta, hasta los carromatos rusos que reservan para entierros y papelazos, “Сделано в России“, la del capitalismo putiniano porque, de la URSS, ni los mapas quedan.

Al absurdo entonces se suma la burla.

Vamos, el otro país socialista que queda en el planeta es Corea del Norte (porque, convengamos, ni China ni ningún otro país, con economía próspera, engrasada por el lubricante capitalista, es socialista). Y Cuba comparte con Norcorea, además del dogmatismo de la clase gobernante, de la docilidad de los ciudadanos, de la represión, de los métodos dictatoriales, un absoluto desastre de la economía.

Rechazar a estas alturas el capitalismo, tan solo por razones de inexplicable y trasnochada ideología, es el colmo del absurdo. Basta con mirar a esa Corea bipolar: el mismo país, la misma cultura, el mismo idioma, siglos de historia, nación dividida por una artificial frontera rectilínea, residuo de las guerras anticomunistas del siglo XX; el Sur próspero, hipertecnológico y capitalista, y el Norte del siglo XIX, agrario, desolado, donde las hambrunas cíclicas y la pésima calidad de vida hace que, entre otras nefastas consecuencias, los norcoreanos socialistas tengan incluso menor estatura y corpulencia que los sudcoreanos capitalistas.

Si hay una muestra de que eso que llaman socialismo no funciona, son esas dos Coreas; o, dicho de otra manera, de que el capitalismo funciona.

Pero el Castro de turno no quiere capitalismo.

El drama cubano, se decía, comenzaría a terminar con el “fin biológico”, la muerte de Fidel Castro. Pero todo indica que solo se ha pospuesto. “En Cuba las cosas empeoraron después de la visita de Obama”, me cuenta mi padre, “El bombardeo con consignas antiamericanas, la vieja retórica de ´Cuba sí Yankis no´, es a todas horas, por todos lados”.

El desgobierno cubano ha invertido todos sus recursos de propaganda y manipulación tratando de enmendar el desmentido brutal que Obama puso sobre la mesa, el de que el problema no es, ni remotamente, los Estados Unidos, el bloqueo o cualquier otra cosa en el extranjero; que el problema, todos los problemas, están adentro del país.

Que el problema es el fantoche que dice no al capitalismo, que advierte sobre más crisis por venir, que anticipa más restricciones, que no tiene soluciones para el país y sus males crónicos porque ni el socialismo, y mucho menos ese gobierno disfuncional, ofrecen ninguna.

El capitalismo terminará por llegar a Cuba.

No el de la croqueta y el “cuentapropismo”, por supuesto, sino el de la libre empresa, mercado, crédito, competencia, oferta y demanda. No llegará, sin embargo, como un agua mansa, sino como torrente de lodos y rocas, liberado por un dique que revienta. Torrente que va a arrasar con un pueblo que no está preparado para navegar esas aguas, que no tiene idea de cómo se sobrevive y vive sin remesas; que, a fuerza de igualitarismo, es débil y desconoce.

La responsabilidad de la calamidad que viene a sumarse a la ya existente, pues es de ese hombrecillo de expresión dispéptica, menguada estatura -norcoreano honorario- y voz engolada, de su difunto hermano, y de los que lo apoyan y aplauden; de todos, cómplices, los que están acompañando al país en su desplome en caída libre.

Feliz 2017 entonces, y que el viaje les sea leve.

martes, 15 de diciembre de 2015

17D: sin prisa, en pausa, y en crisis

La prisa


“(…) después que se pasa esta breve vida esperando que un día comience un deshielo, que aparezca la primera grieta, hasta un lunes sería un día feliz. Pero resultó miércoles el día en que el Presidente Obama decidió anunciar (...) la normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos”

“Maravilloso miércoles de milagro, miércoles que antecede a un jueves, en el que Cuba y Estados Unidos sueltan las muletas y, quizás, por fin, echan a andar”


Eso lo escribí el 18 de diciembre del 2014.

Fue el día siguiente al 17D, el diesisiete, que ahora comparten Babalú Aye y Barack Obama; día de esperanzas para devotos de los milagros y crédulos de la política. Me entusiasmé hace un año, lo admito, como pocas veces antes. Me creí la historia a pies juntillas, y le di la bienvenida a lo que decían era un cambio; escribí cosas por entonces, conversé, y grité vivas mentales a la nueva Era.

Un año más tarde, pues vuelvo a escribir. Nada de eso queda: de mi optimismo, quiero decir, pero tampoco Cuba está igual que antes del 17D; en realidad, está peor.

A un año, se sabe que la arrancada no fue tal; se sabe ahora que no fue un comienzo de Era, ni siquiera de era. El 17D resultó ser solo otro punto y seguido, un ahora-es-por-aquí en la continuidad de la dictadura, un más-de-lo-mismo amparado por ese golpe de timón del Presidente Barack Obama, que junto con su equipo asesor pensó, pensaron, y llegaron a la conclusión que a la décima va la vencida; lo que no lograron las nueve administraciones anteriores a las malas, se dijeron, lo lograría este Presidente a las buenas, concluyeron; dame la mano y cantaremos, en paz queremos crecer, propusieron.

Y le tomaron la mano, la palabra, y le cogieron... el ritmo.

Ni el zombie fundador, ni el general heredero, mucho menos sus mediocres descendientes ni sus arrimados; ni los generales campesinos avecindados en Nuevo Vedado, ni sus familias, sus amantes, amigos y cortesanos; nadie, de los que a alguna teta, escualida o rolliza, se aferran con dientes de miserables, ninguno de ellos quiere, ni necesita, un cambio en Cuba.

¿Cambiar qué, para qué, por qué?

“Pregúntenle al pueblo”, o algo así, responderían a un hipotético cuestionamiento de un aun más hipotético periodista cubano de la prensa nacional. “Pregúntele a ellos, a nuestro heróico pueblo”, insistirían, con voz tonante y sin sonrojarse, dejándole a los voceros y escribas el sucio trabajo de apilar otra vez los argumentos falaces y repetir frases huecas que apestan a medio siglo de obsolescencia.

Pero el Archienemigo, amable, sonreía aquel 17D con dientes de júbilo, y había que decir algo. Algo sentencioso, inapelable, tan retorcido como “Por la Patria, la Revolución, el Socialismo”, o tan absurdo como “¡Seremos como el Ché!”.

“Lo que sea”, se burló entonces el general heredero, “lo haremos sin prisa, pero sin pausa”. Y ni siquiera le tembló la voz rasposa, cincelada por el aguardiente, engolada en una viril marcialidad -demasiada voz para tan escasa prestancia-, ante tanta falsedad. Se mofó de todos el hombrecillo, con eso de no tener prisa, como si fuera un adolescente y no un anciano al que se le acaba el tiempo. Se burló, decía, con lo de la sin-prisa, pero el irrespeto, la bofetada en el rostro, fue la sin-pausa.


La pausa

Pausa implica que algo en movimiento se detiene; por un instante, un día, un año, unas décadas. El socialismo, por ejemplo, pausa desastrosa entre capitalismos: sesenta y nueve años de pausa en la ex Unión Soviética, cincuenta y siete años de pausa en Cuba. Eso es una pausa.

Y Cuba está en pausa; dejó de moverse hace mucho, después que la revolución desarticulara a la nación y se postrara en la tiranía. Un amigo me escribe; “Se mueve, pero como una barcaza a la deriva”, comenta preocupado. “De locura en locura, en batallas de ideas”, concluye perplejo.

Lo cierto es que nada ha mejorado en Cuba. En cambio, a lo largo de este año, el desgobierno cubano se ha dedicado a arrojarle tierra en los ojos a ajenos, y migajas a los propios. Luego, con total desfachatez, ha dejado que sus portavoces se desgañiten anunciando que eso es cambio. Y algunos se lo creen.

“Pero este país no es el mismo”, tercia mi amigo, aleccionador.

Es cierto. Hay permiso para viajar -que en realidad es una desesperada movida en busca de una entrada de efectivo fresco, y sin costo-; hay acceso a una anémica WiFi -lo que entusiasma a los disidentes de la conectividad-; los que se pliegan en eso de la “oposición leal” pueden publicar su discurso cubista y desabrido sin que les derriben la puerta en la madrugada -al cabo son inofensivos-; hay una embajada más. Y todo es una palmada en la nuca a un cachorro dócil: el desgobierno cubano sabe lo que hace.

Los cambios son de utilería, cosméticos, y no de fondo.

Si bien hace unos años era impensable la existencia de 14 y Medio, de grupos opositores en activo, marchas semanales de Damas de Blanco, negocios privados, “magnates” tropicales con intereses en ambos lados del Estrecho, o un jet set de nuevos ricos ajeno a la nomenclatura que transita las noches habaneras, alguien se percató que nada de eso afecta el control absoluto que requieren los gobernantes para obtener lo unico que quieren: mantener el poder a como de lugar.

Mientras, el país, la nación, están detenidos; enterrados hasta los hombros en un lodazal pseudo ideológico, feudal, a la espera -la espera, que es el nombre de la esperanza en Cuba- de un cambio necesario; de mentalidad, de método, que urge y ahora más, cuando varias circunstancias confluyen para una tormenta, sino perfecta, por lo menos destructiva.

La crisis

No todos creen, mucho menos confían, en las secuelas gloriosas del 17D.

Los rumores acerca de una posible, quizás inminente, desaparición de la Ley de Ajuste, y con ello la desaparición del estatus de excepción del que gozan (gozamos) los cubanos, ha desatado una (otra) estampida que ha degenerado en crisis migratoria.

El drama de los cubanos varados a lo largo de la ruta terrestre, que comienza en Ecuador y termina en los Estados Unidos, es solo una pieza -si bien importante- del mosaico de la fuga cubana. La situación se ha agravado con la nueva exigencia de visas por parte del gobierno ecuatoriano y el aparente consenso de los países centroamericanos para el cierre de esta vía de escape de la migración cubana hacia los Estados Unidos.

La consecuencia más probable e inmediata será el incremento de los balseros, y del escape de la isla en manos de las redes de traficantes de personas, que no van a renunciar a los jugosos ingresos que obtienen por esos “servicios”.

Por otra parte, la derrota del chavismo en las elecciones parlamentarias en Venezuela anuncia que a corto o mediano plazo, habrá consecuencias funestas para la población cubana. El día de la “opción cero”, la hora del cierre de esa transfusión petrolera que ha mantenido funcionando a la isla, es solo cuestión de -poco- tiempo; el fantasma de un segundo Período Especial, de otro desplome de la mal apuntalada economía cubana, está asomando en el horizonte, sin que se avizore otro mecenas dispuesto a echarse encima el fardo amorfo de un país disfuncional.

17D

Raúl Castro está terminando su interinato como una mutación esmirriada y anémica de la apertura chino-vietnamita, con todos sus rezagos y ninguno de sus beneficios. Su discurso es la bravata; su método -quizás lo reitere este 17D- es el culto a la sin prisa y la continuidad de la pausa.

Sin prisa, pero sin pausa, es la consigna optimista para los ingenuos.

Sin pausa, pero sin prisa, es el hueso que le arroja el tirano al apuro reformista.

A un año del 17D, un país inmóvil, una crisis galopante, para el que esté prestando atención.

viernes, 24 de julio de 2015

Perplejidad

“Es que yo no sé lo que estoy viendo; no sé si es como rendirse después de 55 años, o qué. Uno no se mete tanto tiempo diciendo una cosa, armando todo aquello, para de pronto llegar y decir que ahora todo es lo contrario de lo que se decía…”

Es mi suegro, que está perplejo.

Desconcertado, con el asombro simple de un hombre bueno, testigo de sus tiempos y sus ideas -¡Pa´ lo que sea Fidel, pa´ lo que sea!-. Ideas adquiridas, como las de todos -¡Venceremos!-. Ideas cinceladas, a mazazos de doctrina, dogma y mentira. Ideas que eran asideros -¡Somos felices aquí!-, que le (nos) dijeron eran el principio -¡Señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo!- ; ideas que le (nos) dijeron eran el fin -¡Cuba sí, Yanquis no!-.

Mi suegro no lo dice, pero se siente desamparado -Fidel, Fidel, dinos que otra cosa debemos hacer-. Ha desaparecido de la noche a la mañana, de 17 a 18, el enemigo -al enemigo, ¡ni tantico así!-, y ahora está bien ondear su bandera -donde basta una, ¡la mía!-

Mi suegro no entiende nada.

Mi suegro no entiende qué es lo que ha terminado. O lo que es peor, no se explica qué es lo que ha comenzado.

Yo, que presto atención cuando no estoy ocupado haciendo las cosas importantes, me resisto a explicarle. No seré yo quien trate de borrarle las consignas, porque ni siquiera estoy seguro de haber eliminado las propias.

No puedo, ni quiero convencer a mi suegro, de que todo este asunto se parece a ese cliché de ese esposo y padre, abusador y déspota, que ahora parece buena persona porque decidió, a instancias de su vecino, asomarse la ventana y conversar. Y es que dice el vecino, ese hombre generoso, que la gente hablando se entiende.

La esposa del hombre está sentada en la semioscuridad de la sala; tiene la cara tumefacta, le sangran los labios. Los niños siguen encerrados en sus cuartos; tiemblan, se esperanzan, pero nunca le reclamarán nada al padre. Pero lo importante es hablar con el esposo, ¿sabe, suegro?, decirle que de repente ya no es tan miserable, que es humano aceptarlo como el hijo de puta que es, vamos, porque así es como hacemos las cosas en este lugar y en estos tiempos, porque por algo hay que empezar. Seguro ahora deja de maltratar a la mujer, de abusar de sus hijos, dice el vecino. Todo está bien ahora, dice el vecino. Y se saludan satisfechos.

Así de sencillo.

“Es un símil poco logrado, suegro”, le diría a ese hombre sencillo que, en ésta la postrimería de su vida, me observaría, lleno de dudas, su mente al garete, “pero hay quien piensa que eso es lo correcto. Lo ponen hasta por escrito: le echan canela, lo baten y hacen un flan. “¡Qué rico es todo ahora!”, dicen, y lo firman, y se lo comen. Ahora ya son felices aquí, y allá, ”¡Porque algo comenzó!”, dicen. Contemplad orgullosos al esposo de la mujer triste, asomado a la ventana enrejada, que morir por la Patria es vivir. ¡Qué hermoso¡”

“Dicen entonces, además, que la dictadura ya no es lo que era; toman en cuenta que hasta WiFi hay en las esquinas; que también hay croquetas; que los cubanos ya pueden viajar a donde los acepten -¡Bienvenido a los EEUU, suegro!-; que las golpizas son estadísticamente poco significativas, por no mencionar a los opositores -cuatro gatos financiados, dicen-; que no importa que no haya prensa, mientras que haya papel -¡Saludamos el N congreso de la UPEC!-; que cincuenta y seis años no es nada, que lo que importa es, por ejemplo, “la buena voluntá” -todos los niños del mundo, vamos una rueda a hacer…-; que ya no hay pausa -¡La Revolución avanza a pasos agigantados! -; que el futuro… Eso es. Que lo que importa, suegro, es el futuro -¡El futuro pertenece/por entero al socialismo!- “

Pero eso no va a suceder. Yo no le voy a decir nada de eso a mi suegro.

Mi suegro es un hombre bueno, que se merece otras cosas, no esa odiosa perplejidad que lo agobia, no que yo lo atormente con mis dudas.

Mi suegro es solo un hombre bueno, que no entiende nada.

Ni yo tampoco.

Alec Heny ©

lunes, 20 de julio de 2015

Día de estreno

Tal pareciera que estos izamientos y arriamientos de banderas americanas y cubanas requieren días 20.

Pudieron haber escogido para inaugurar las embajadas el día 21, o el 22 de julio por ejemplo. No el 26, por razones obvias. Así que el 20, hoy, es el día.

Ya era fecha importante el 20 de mayo, ese día fulminado por la rescritura de la Historia en que se enfrascaron los que ganaron su guerrita en el año 1959. La contra a su vez adoptó el 20 de mayo como su día emblemático, para joder, en lo fundamental, pues a pesar de que ese día marca el nacimiento de una República, se sabe que fue ese un parto maltrecho, con una Constitución que hasta reconocía el derecho de intervención de los Estados Unidos en Cuba (Constitución que se aprobó un día 21, por cierto)

Hasta se cuenta que, nada menos que Máximo Gómez, le regaló la bandera cubana que se izó ese día al gobernador norteamericano Leonardo Wood.

No fue ese un buen 20, les dijera si me preguntaran mi opinión.

Sin embargo, todos recalamos en esos días de tanta ambigüedad política: tirios y troyanos, talibanes y gusanos, hombres nuevos y emigrados, todos los cubanos, y lo hacemos a pesar de tener esa otra fecha, tan neutra, unitalla y baja de sal, que es el 10 de octubre. Pero nadie se molesta en celebrar ese día.

No sé si ello se deba a que es la mitad de esos 20 que nos acosan, o simplemente porque es una efeméride anodina, sin fuegos artificiales ni petardos ni barbecues ni tequila. El 10 de octubre es apenas un día feriado: un día aburrido, con discursos amarillentos, viejos apergaminados, militarotes deslucidos, demasiada solemnidad y nada de alegría.

La buena noticia, sin embargo, es que faltan Días por llegar.

Serán muy necesarios, para cuando la última lluvia de una turbonada de una tarde feliz se lleve por fin al tragante los últimos vestigios del castrismo. Con ello se irán esas fechas designadas por los comisarios caribeños para celebrar sus muertos. Después, pues no más jornadas, no más trovadores rasgueando consignas, no más ciudades en 26 ni saludando asambleas de balance: bienvenido será enero, porque es el primer mes del año, y no otro aniversario del inicio de la paleoinvolución.

Pero mientras llegan esos Días nuevos, ahí están esos días 20, de mayo y julio. Y 17 de diciembre, para peregrinar a El Rincón, y para recordar a Obama (porque nadie se acordará del Castro menor, sentado en aquella oficina bunker, en traje militar, sin tricornio y sin bastón, y declamando bravatas)

Pero sobre todo, ahí está ese día en que nos estrenamos como emigrantes y todo cambió; fecha única para cada quien, ese día que nos fuimos a otra vida y dejamos detrás, junto con todo lo demás, todas las fechas prescindibles.

viernes, 17 de julio de 2015

Iran y Cuba: las ilusiones perdidas

El Presidente Obama es un hombre de buenas intenciones.

Vamos, Obama ha demostrado que es capaz de saltarse bardas, vadear zanjas y cruzar lodazales para estrechar la mano sucia del tipo que está del otro lado. Yo lo admiro por ello. Sobre todo porque la tentación de no hacerlo debe ser enorme.

Considérese que Barak Obama es el Presidente del país más poderoso y rico; es además el Comandante de la maquinaria militar más poderosa del planeta, y el líder de una nación con amplia tradición imperialista, experta en invasiones, que cuenta con el respaldo de la OTAN, Japón, Australia, Israel (a veces) y una miríada de países que dependen del comercio con los Estados Unidos.

Para un mandatario como es el Presidente de los Estados Unidos, negociar, en lugar de imponer, es sólo otra opción. La opción de Obama, en este caso. Pero las negociaciones no siempre son confiables, pues se trata de palabras, que, ya se sabe, se las lleva el viento.

De esa manera, uno sabe que ni la “apertura” hacia el desgobierno cubano, ni las negociaciones con los gobernantes iraníes, van a dar el resultado que se espera.

En el caso cubano, solo el fin biológico de la generación de ancianos que detenta el poder, encabezada por Raúl Castro, Machado Ventura y algunos militarotes, dará paso a otra era -no necesariamente mejor, pues ya se avizoran los delfines de la familia Castro haciendo pininos-, pero por algo se empieza. Por el momento, el general presidente, como buen menesteroso, toma lo que le dan, a la vez que, como buen marrullero, mantiene sus bravatas de esquina, suelta sus perros, y se burla de este nuevo momento que ha propiciado Obama.

Iran hace algo parecido, pero desde una posición de fuerza realmente preocupante, incomparable a la insignificancia regional, política y militar cubana. Los iraníes están a punto de construir armas nucleares. Nada de lo que han hecho americanos e israelíes, ni bloqueos, ni asesinatos, ni atentados, ha podido detener el proceso de desarrollo de la industria militar iraní, país que es una potencia petrolera y con una élite tecnológica e intelectual poderosa.

En este caso, Obama también ha optado por negociar y los iraníes, como el vejete Castro, toman lo que le dan, lanzan sus bravatas, y mienten.

Las soluciones a ambos casos parecen ser de otro tipo, diferente al que han imaginado el presidente americano y sus asesores.

Cuba, su régimen, su drama, no cambiará mientras los cubanos de adentro decidan cambiar. Y no parece que les interese hacerlo.

Iran, por su parte, no va dejar de intentar fabricar sus bombas atómicas.

En el caso cubano, quizás el tiempo sea la solución. En el otro, tal vez un masivo bombardeo quirúrgico. No lo sé. Pero lo que es seguro es que en ninguno de los casos la buena voluntad de la negociación va a llevar a buen fin los conflictos. Ni Cuba, ni Iran, van a hacer algo diferente a lo que han hecho hasta ahora.

El Presidente Obama es un hombre con buenas intenciones, yo lo admiro por ello. Pero me temo que sus ilusiones, al menos en esta ocasión, estén perdidas de antemano.

jueves, 2 de julio de 2015

Circo

“¡Pasen, señores, pasen…!”



La familia de donde provengo, ramificada, diversa, como toda familia cubana que tenga más de seis o siete generaciones de naufragio caribeño, ha visto llevar su apellido a un general del Ejército Libertador, a un gobernador de provincias, a un firmante de la Constitución del 40, y a unos primos cuatreros que -de dar crédito a lo que dicen- han hurtado y sacrificado tantas vacas como habitantes había en cierto pueblo perdido entre vegas de tabaco; allí, cada tarde se sentaba en los portales de una casa señorial el ultimo vástago de -si también he de creerle- el ex dueño de media provincia: un anciano cuidadosamente afeitado, en guayabera de hilo, pantalón de lino, sombrero alón, chancletas y un apestoso tabaco liado a mano, un viejecillo con voz meliflua que nunca me llamaba por mi nombre, sino por “Verraco”.

Hubo también por ahí guajiros obtusos, paupérrimos de nacimiento a muerte, hipnotizados por el humo grasiento de las chismosas de queroseno, y que nunca supieron que había más allá del mojón que marcaba el final de su poblado; otros, astutos, emprendedores, trabajadores como bestias, las articulaciones quebrantadas por el peso de las sacas de arroz, se enriquecieron y prosperaron, sembrando, cosechando y vendiendo el grano, regado con el agua turbia del Rio Hondo.

“Compañeros son los bueyes…”, me repetía un tío, una y otra vez, escupiendo saliva fangosa, mientras me escudriñaba con astutos ojillos azules; “El atentado de Boston es cosa de la CIA y los rusos para desestabilizar el Cáucaso…”, me comentó un pariente a raíz de las bombas que hicieron detonar los hermanos Tzarnaev, y lo dijo convencido de lo que decía; “¿Viste al Presidente (Raúl Castro)? Se puso el uniforme para responderle a Obama…”, me dijo emocionado otro portador de mi apellido, ex MININT, unos días después del 17D.

También tuve una tía abuela, “la mujer más hermosa de la familia”, que fue monja, y un primo maricón, ingeniero genial. Tengo además tres hijos maravillosos, uno de ellos ya profesora en una universidad, y unas primas que se dice fueron tremendas putas.

Hasta Manuel García, “El Rey de los Campos de Cuba”, se  cuenta andaba medio emparentado con nos. La familia de donde provengo -que no se escoge, ya se sabe- es, debo admitirlo, como cualquier otra familia, es un circo con actos memorables y otros lamentables.

De todos ellos, ancestros y contemporáneos, protagonistas y víctimas, me acordaba hoy al leer que Obama anunciaba la apertura de las embajadas en La Habana y Washington, y el restablecimiento con ello de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos de América y Cuba.

Puedo seguir escribiendo sobre este tema; pudiera quizás elaborar todo un análisis de esa situación, e intentar demostrar que, en realidad, tanto el 17D, como esta su consecuencia, ambas cosas son una porquería. Puede incluso que tuviera razón, y que hasta alguien coincidiera conmigo. Pero no voy a escribir nada de eso.

Solo quiero apuntar que mis amigos, y mi padre, y mis hermanos, mi familia, esos portadores de mi apellido, me dicen que todo sigue igual; que la gente no gana el dinero que necesita, que el país se derrumba, que apesta, que sigue sin haber prensa ni libertad de expresión o de asamblea, que sigue el miedo, que el discurso antinorteamericano continua siendo parte de retórica oficialista. “Que nadie se llame a engaño”, me dicen, “nada ha cambiado, porque la croqueta no es cambio”. Y yo, por supuesto, les creo.

Por eso no escuché hoy a Obama, anunciando el estreno de su nueva amistad, porque simplemente no me resultó interesante. Y no es interesante porque mi familia no va a vivir mejor porque haya embajadas. 

El país de donde provengo, el país de nacimiento -que no se escoge, ya se sabe- es, debo admitirlo, un circo con actos memorables y otros lamentables; como la alegría ingenua, como la perplejidad que deben sentir muchos al ver que el tradicional monstruo ahora es amigo por decreto: un circo, con una función que ya dura cincuenta y tantos años, y que no se sabe cuándo por fin termine.

Alec Heny ©

miércoles, 8 de abril de 2015

Fábula de Roberta la Encantada, Josefina la Pescadora, y de su Amo ladino

“¡A tu rincón, imbécil, a tu rincón! (…) ¡A tu casuca, con el morral vacío!”

Dice un camarón, de malhumor, en un cuento popular estonio, que el galo Edouard René Lefebvre de Laboulaye fabuló en francés, del cual lo tradujo al español José Martí.. 


No debe ser fácil -parodiando al Presidente Obama- eso de parlamentar a nombre de dictadores.

Las instrucciones del enviado deben ser pocas: unos gritos de guerra y un par de consignas, a lo sumo. A su vez, el margen de negociación que se le permite debe ser tan estrecho como aquel ojo de aguja por el cual se dice no pasará un camello, a no ser que lo hayan convertido en hebra para suéteres de petimetre. 

Me pregunto, además, cómo esos diplomáticos insulares logran manejar la vergüenza. 

Porque, convengamos: tiene que ser vergonzante sentarse a una mesa -con cara de circunstancias, flanqueado por ceñudos asistentes, luciendo ropita de medio pelo- a decir en tono de ocasión que Cuba -el desgobierno, pues- está preocupada por la situación de los derechos humanos en los Estados Unidos; o, para el caso, en cualquier otro lugar del planeta. 
 
Hablar a nombre de una tiranía, y hacerlo convencido que se tiene la razón -o haciéndolo parecer-, requiere, o un adoctrinamiento que va mas allá de lo que logro imaginar, o una cara dura que rebasa los límites de la decencia.

Roberta la Encantada debe estar harta entonces de las peticiones de Josefina la Pescadora de Concesiones y de regresar a cada ronda de conversaciones a escuchar el santo y seña de la negociación: Americanito duro, sácame del apuro.

“¿Y qué quiere ahora Josefina la Pescadora?”, diría Roberta, sacando la cabeza de entre los papeles.

“No soy yo, Róbe”, respondería Josefina, “¿qué voy a pedir yo para mí? Es mi Amo…”
“¿Y qué quiere ahora tu Amo el general heredero?”, replicaría Roberta la Encantada, aburrida y molesta.

“Que todo permanezca como está“, explicaría entonces Josefina, “que hagan negocios donde solo él gane. Que le den petróleo. Que le agiten banderitas. Que le perdonen lo robado, que le levanten el bloqueo -y que le den dinero encima-. Que lo dejen tranquilo. Y no entregar nada. Y que le den todo. Todo. Quiere todo mi amo”, concluirá, sonriendo, que para eso es diplomática.

Roberta, en su paciencia infinita, escuchará, asentirá y concederá; Josefina, los brazos cargados de regalos, regresará entonces a por más ladridos y bravatas, para llevar el próximo encuentro.

Y así seguirá la historia, hasta el día en que Roberta la Encantada diga con voz tonante que ni cojones, que fuera prebendas, fuera concesiones; ni negocios, ni oportunidades, ni embajada, vete con tu amo, Josefina, dirá, y ya no vuelvas aquí; y se levante Roberta, recoja sus papeles y se marche para no volver.

Entonces Josefina la Pescadora regresará a casa, con las manos vacías, sin una miserable concesión que poner sobre la mesa de su dueño.

El General Masicas, sin embargo, le echará el brazo sobre los hombros; le dirá, sonriente, que por fin, Jóse, que ESE era el regalo que él esperaba desde el fatídico 17D: que le había traído al enemigo de vuelta, y que eso, Josefina la Pescadora, eso, era todo lo que él necesitaba.