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martes, 15 de diciembre de 2015

17D: sin prisa, en pausa, y en crisis

La prisa


“(…) después que se pasa esta breve vida esperando que un día comience un deshielo, que aparezca la primera grieta, hasta un lunes sería un día feliz. Pero resultó miércoles el día en que el Presidente Obama decidió anunciar (...) la normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos”

“Maravilloso miércoles de milagro, miércoles que antecede a un jueves, en el que Cuba y Estados Unidos sueltan las muletas y, quizás, por fin, echan a andar”


Eso lo escribí el 18 de diciembre del 2014.

Fue el día siguiente al 17D, el diesisiete, que ahora comparten Babalú Aye y Barack Obama; día de esperanzas para devotos de los milagros y crédulos de la política. Me entusiasmé hace un año, lo admito, como pocas veces antes. Me creí la historia a pies juntillas, y le di la bienvenida a lo que decían era un cambio; escribí cosas por entonces, conversé, y grité vivas mentales a la nueva Era.

Un año más tarde, pues vuelvo a escribir. Nada de eso queda: de mi optimismo, quiero decir, pero tampoco Cuba está igual que antes del 17D; en realidad, está peor.

A un año, se sabe que la arrancada no fue tal; se sabe ahora que no fue un comienzo de Era, ni siquiera de era. El 17D resultó ser solo otro punto y seguido, un ahora-es-por-aquí en la continuidad de la dictadura, un más-de-lo-mismo amparado por ese golpe de timón del Presidente Barack Obama, que junto con su equipo asesor pensó, pensaron, y llegaron a la conclusión que a la décima va la vencida; lo que no lograron las nueve administraciones anteriores a las malas, se dijeron, lo lograría este Presidente a las buenas, concluyeron; dame la mano y cantaremos, en paz queremos crecer, propusieron.

Y le tomaron la mano, la palabra, y le cogieron... el ritmo.

Ni el zombie fundador, ni el general heredero, mucho menos sus mediocres descendientes ni sus arrimados; ni los generales campesinos avecindados en Nuevo Vedado, ni sus familias, sus amantes, amigos y cortesanos; nadie, de los que a alguna teta, escualida o rolliza, se aferran con dientes de miserables, ninguno de ellos quiere, ni necesita, un cambio en Cuba.

¿Cambiar qué, para qué, por qué?

“Pregúntenle al pueblo”, o algo así, responderían a un hipotético cuestionamiento de un aun más hipotético periodista cubano de la prensa nacional. “Pregúntele a ellos, a nuestro heróico pueblo”, insistirían, con voz tonante y sin sonrojarse, dejándole a los voceros y escribas el sucio trabajo de apilar otra vez los argumentos falaces y repetir frases huecas que apestan a medio siglo de obsolescencia.

Pero el Archienemigo, amable, sonreía aquel 17D con dientes de júbilo, y había que decir algo. Algo sentencioso, inapelable, tan retorcido como “Por la Patria, la Revolución, el Socialismo”, o tan absurdo como “¡Seremos como el Ché!”.

“Lo que sea”, se burló entonces el general heredero, “lo haremos sin prisa, pero sin pausa”. Y ni siquiera le tembló la voz rasposa, cincelada por el aguardiente, engolada en una viril marcialidad -demasiada voz para tan escasa prestancia-, ante tanta falsedad. Se mofó de todos el hombrecillo, con eso de no tener prisa, como si fuera un adolescente y no un anciano al que se le acaba el tiempo. Se burló, decía, con lo de la sin-prisa, pero el irrespeto, la bofetada en el rostro, fue la sin-pausa.


La pausa

Pausa implica que algo en movimiento se detiene; por un instante, un día, un año, unas décadas. El socialismo, por ejemplo, pausa desastrosa entre capitalismos: sesenta y nueve años de pausa en la ex Unión Soviética, cincuenta y siete años de pausa en Cuba. Eso es una pausa.

Y Cuba está en pausa; dejó de moverse hace mucho, después que la revolución desarticulara a la nación y se postrara en la tiranía. Un amigo me escribe; “Se mueve, pero como una barcaza a la deriva”, comenta preocupado. “De locura en locura, en batallas de ideas”, concluye perplejo.

Lo cierto es que nada ha mejorado en Cuba. En cambio, a lo largo de este año, el desgobierno cubano se ha dedicado a arrojarle tierra en los ojos a ajenos, y migajas a los propios. Luego, con total desfachatez, ha dejado que sus portavoces se desgañiten anunciando que eso es cambio. Y algunos se lo creen.

“Pero este país no es el mismo”, tercia mi amigo, aleccionador.

Es cierto. Hay permiso para viajar -que en realidad es una desesperada movida en busca de una entrada de efectivo fresco, y sin costo-; hay acceso a una anémica WiFi -lo que entusiasma a los disidentes de la conectividad-; los que se pliegan en eso de la “oposición leal” pueden publicar su discurso cubista y desabrido sin que les derriben la puerta en la madrugada -al cabo son inofensivos-; hay una embajada más. Y todo es una palmada en la nuca a un cachorro dócil: el desgobierno cubano sabe lo que hace.

Los cambios son de utilería, cosméticos, y no de fondo.

Si bien hace unos años era impensable la existencia de 14 y Medio, de grupos opositores en activo, marchas semanales de Damas de Blanco, negocios privados, “magnates” tropicales con intereses en ambos lados del Estrecho, o un jet set de nuevos ricos ajeno a la nomenclatura que transita las noches habaneras, alguien se percató que nada de eso afecta el control absoluto que requieren los gobernantes para obtener lo unico que quieren: mantener el poder a como de lugar.

Mientras, el país, la nación, están detenidos; enterrados hasta los hombros en un lodazal pseudo ideológico, feudal, a la espera -la espera, que es el nombre de la esperanza en Cuba- de un cambio necesario; de mentalidad, de método, que urge y ahora más, cuando varias circunstancias confluyen para una tormenta, sino perfecta, por lo menos destructiva.

La crisis

No todos creen, mucho menos confían, en las secuelas gloriosas del 17D.

Los rumores acerca de una posible, quizás inminente, desaparición de la Ley de Ajuste, y con ello la desaparición del estatus de excepción del que gozan (gozamos) los cubanos, ha desatado una (otra) estampida que ha degenerado en crisis migratoria.

El drama de los cubanos varados a lo largo de la ruta terrestre, que comienza en Ecuador y termina en los Estados Unidos, es solo una pieza -si bien importante- del mosaico de la fuga cubana. La situación se ha agravado con la nueva exigencia de visas por parte del gobierno ecuatoriano y el aparente consenso de los países centroamericanos para el cierre de esta vía de escape de la migración cubana hacia los Estados Unidos.

La consecuencia más probable e inmediata será el incremento de los balseros, y del escape de la isla en manos de las redes de traficantes de personas, que no van a renunciar a los jugosos ingresos que obtienen por esos “servicios”.

Por otra parte, la derrota del chavismo en las elecciones parlamentarias en Venezuela anuncia que a corto o mediano plazo, habrá consecuencias funestas para la población cubana. El día de la “opción cero”, la hora del cierre de esa transfusión petrolera que ha mantenido funcionando a la isla, es solo cuestión de -poco- tiempo; el fantasma de un segundo Período Especial, de otro desplome de la mal apuntalada economía cubana, está asomando en el horizonte, sin que se avizore otro mecenas dispuesto a echarse encima el fardo amorfo de un país disfuncional.

17D

Raúl Castro está terminando su interinato como una mutación esmirriada y anémica de la apertura chino-vietnamita, con todos sus rezagos y ninguno de sus beneficios. Su discurso es la bravata; su método -quizás lo reitere este 17D- es el culto a la sin prisa y la continuidad de la pausa.

Sin prisa, pero sin pausa, es la consigna optimista para los ingenuos.

Sin pausa, pero sin prisa, es el hueso que le arroja el tirano al apuro reformista.

A un año del 17D, un país inmóvil, una crisis galopante, para el que esté prestando atención.

jueves, 26 de noviembre de 2015

La nación que huye

“Toma tu mula, tu hembra y tu arreo…”

La presión para que regresara a Cuba comenzó semanas antes de que por fin despegara el avión de Mexicana de Aviación que me llevó al DF y en el que sufrí el segundo ataque de ansiedad de toda mi vida.

La primera de esas ansiedades amplificadas había tenido lugar muchos años atrás, un par de meses justo antes de graduarme de ingeniero; nada que hacer ahí: soy aprensivo, algo con lo que (casi) he aprendido a convivir.

Pero en aquel avión mi inquietud no tuvo que ver con la zozobra de la espera ni con el viaje en sí; fue el terror a la bancarrota de un proyecto de vida, el miedo a fallar estando tan cerca; tan cerca de tocar por fin tierra firme, pues sucedió que cuando las ruedas del Boeing 727 casi rozaban el concreto de la pista del aeropuerto Benito Juárez, la aeronave tomó velocidad otra vez, remontó vuelo, y comenzó a sobrevolar el Distrito Federal y aledaños en lentos círculos.

Fijé la vista en la pequeña bocina que estaba sobre mi cabeza, junto con las toberas de aire, las lámparas de lectura, y los lumínicos No Smoking y Fasten your seatbealt. Pero ni un miserable chasquido se escuchó durante veinte o treinta angustiosos minutos: ni el capitán de la nave ni ninguno de sus subordinados se dignó en informarnos a los pasajeros qué sucedía; hasta el día de hoy no sé qué espantó a ese avión, qué lo hizo regresar a surcar por otra media hora la sempiterna capa de amarillo smog que cubre a la capital mexicana, y me temo que ya nunca lo sabré.

Y mientras mi amable vecino de asiento, un médico mexicano aplatanado en Cuba y residente en San Agustín, allá en los bordes de La Lisa, me aseguraba que no pasaba nada, que eso era normal, que quizás una turbulencia o sepa la chingada, yo solo pensaba en esa agotadora cuesta que había comenzado hacía tantos años sin que siquiera me percatara de ello; cuesta que ahora casi terminaba para mí, después de tanto plan, de tanto obstáculo salvado, de tanta feliz casualidad; cuesta que me abrió camino para finalmente llegar a México y pensaba entonces en que puta suerte sería la mía que mi avión se fuera a desplomar sobre esta descomunal ciudad, precisamente antes de, mecagoendios, llegar yo al brocal del pozo y salir a la luz.

Fue entonces cuando comenzó ese segundo ataque de ansiedad: taquicardia, sudor frío, una piedra que se detuvo entre pecho y garganta. Dejé de escuchar a mi compañero de viaje, que entusiasmado me anticipaba la maravilla de Coyoacán y la majestuosidad del Zócalo, y me dediqué a rumiar la absurda idea de una muerte inminente.

Después, pues tocamos tierra. Siguió la aduana -y uno que otro pormenor-, el ardor en los ojos por los NOx y el ozono, el omnipresente aroma a tortilla de maíz -de eso sólo se percata un extranjero- y una bolsa de bolillos que devoré ante la mirada atónita de unos anfitriones.

Después, pues todo fue miel sobre hojuelas; y queso fundido, con chorizo, y tacos al pastor, y burritos, y un plan de trabajo intenso y eficaz con el que me anclé a ese puerto que, y eso lo sabía meses antes de que comenzara la presión para el regreso, ya no iba a dejar.

El día que la presión llegó al tope, no hubo ansiedades. Al cabo la esperaba, y estaba preparado para ella. Un correo electrónico me conminaba a concluir mis proyectos y regresar, pues “acá te necesitamos”.

“Pues de que te contrate otro, te contrato yo”, me dijo con su suave voz de anciano cuarentón el director del instituto para el cuál trabajaba en México. Le había mostrado el ukase que había recibido, y le había dicho a continuación que yo no iba a regresar a Cuba, pero que si eso representaba algún problema para él o el instituto, pues que ponía mi permanencia en el mismo a su consideración. Pero tuve, como decía, un aterrizaje suave y seguro.

“Mira,”, prosiguió entonces el señor, después de encender uno de los cuarenta Marlboros que se fumaba a diario, “que los cubanos se vayan de Cuba no es problema mío, ni del instituto, ni del gobierno mexicano: es problema del gobierno cubano, que no les crea a Ustedes las condiciones para que allá tengan una vida mejor...”

….........

Recordé -era inevitable- este afortunado y definitorio episodio de mi vida, leyendo y escuchando los pormenores de la crisis migratoria de los migrantes cubanos varados en Costa Rica.

Crisis migratoria que asciende, peldaño a peldaño, hacia un estado que se va a tornar más inmanejable con cada cubano que arriba a ese país -ya son, según la última cifra que he visto, casi cuatro mil-; lo he estado recordando desde hace días, mi arribo y mi mudada de país, y sigo manoseando el recuerdo, mientras leo y escucho que los cancilleres centroamericanos, y el de Cuba, se han reunido a ver qué se puede hacer, algo que parece sencillo de hacer, pues los Estados Unidos ya han dicho, como si se tratara de meta de un videojuego, que aceptarán al que llegue a sus fronteras.

Parece simple, insisto, si tan solo la miserable actitud -¿inexplicable? Habría que preguntarle al desgobierno cubano- del gobierno neo-sandinista de Daniel Ortega, mascota fidelista, se flexibilizara y dejara pasar por territorio nicaragüense al tropel de cubanos que se acumula en Costa Rica.

Sería sencillo, si los gobiernos de Honduras y Guatemala hicieran una excepción y también les permitieran a esos cubanos atravesar esos países; increíble resultaría además que lograran atravesar México sin verse coaccionados, extorsionados, atrapados entre los coyotes, que probablemente quieran mantener el trato acordado o renegociar los términos -se dice que los Zetas están involucrados en ese tráfico de personas-, y unas “autoridades” venales que pueden ser tan peligrosas como los humano-traficantes.

Visto así, desde lejos y con optimismo, parece posible que todo salga bien. Visto así, desde lejos y con pesimismo, puede que no, y entonces, como decía, la crisis va a empeorar.

Pero lo que no parece sencillo ni posible, ni visto de lejos, ni visto de cerca, es que esa fuga masiva de cubanos se detenga a corto o mediano plazo.

…........

Por una parte, Cuba se sigue desmoronando de prisa y sin pausa.

Por otra, la posibilidad excepcional que le abre la Ley de Ajuste a los cubanos es un estímulo adicional y poderoso que hace que no haya selva tan peligrosa ni Corriente del Golfo tan traicionera que detenga a los que pueden y quieren abandonar la desesperanza de sus vidas cotidianas en Cuba.

Pero la idea central, por cuyo lado algunos -demasiados- pasan en puntillas, y a la que otros -insuficientes- toman como bandera, idea que ha sido mencionada con escasa contundencia a lo largo de este conflicto cubano-centroamericano, es que la razón principal del éxodo cubano ha sido, y es, el desastre social y económico que ha creado el desgobierno en la isla de Cuba.

¿Que hay mayor cantidad de cubanos emigrando porque la Ley de Ajuste los ampara? Es cierto.

¿Que van a dejar de emigrar los cubanos si desaparece la Ley de Ajuste? Es falso.

Los cubanos, en primer lugar, no emigran: los cubanos huyen.

Se van de Cuba, como quien escapa de un callejón hediondo y sin salida. Se van a España, Escandinavia, Ucrania, Rusia y Kazajstán; andan por toda Europa, por África, en Ghana, Namibia, Angola y Sudáfrica. Se van a toda América, al cono sur americano, a México, a Ecuador, a Panamá, a las Antillas; se van a la Polinesia, a países en guerra, a países congelados, a países musulmanes, a lugares sin nombre; “si se cae el avión, donde se caiga me quedo”, dice un oscuro chiste. Se van entonces, y se van, por supuesto a los Estados Unidos.

Y así lo seguirán haciendo, con o sin Ley de Ajuste, pues la isla no mejora; a cambio, ha enfilado hacia un tercermundismo de siglo XX, envuelto en la bruma de los permisos para salir a pasear y ganar unos dólares con que vadear unos meses más; marasmo enmascarado en la posibilidad de irse, quedarse, regresar, de que haya una población flotante -viajante- que trae dinero, pacotilla de mal gusto y bocanadas de esperanza para gobierno y gobernados.

La crisis en Costa Rica es solo otro capítulo, menor, en la historia del éxodo de una nación. Ya fuera Camarioca, Mariel, el 93, los balseros, o vía Moscú, Quito, de carambola desde España, los cubanos se van a cuentagotas o en estampida, pero se van.

Es el signo de los tiempos, la consecuencia del medio siglo de apatía e ineptitud, el legado de un hatajo de malos cubanos que convirtieron el país en finca estéril. Son, somos los cubanos: la nación que huye y “…eso no se va a detener mientras el gobierno cubano, sea el que sea, no cree las condiciones para que allá tengan una vida mejor...”, diría aquel mexicano pequeñajo y astuto, mi director, mi amigo, apagando la enésima colilla del día.

miércoles, 22 de julio de 2015

Cincuenta y seis instantes de una decadencia

No hay quién se ponga de acuerdo en qué fue lo primero que sucedió.

La expropiación de los negocios privados, tal vez. La dictadura. El populismo. La ceguera. Fidel en sí mismo. El aborregamiento masivo. La Guerra Fría. De todo, se dice.

El regreso de las putas, digo yo, que fue el primer síntoma.

De los logros que se adjudica la involución, logros que fueron financiados durante tres décadas por los ex-socialistas (ex, delante de socialista, comunista, fidelista, u obeso, es sinónimo de afortunado), la eliminación de la prostitución fue el primero que colapsó.

Vamos, uno no puede ir contra natura. La gente siempre va a singar, de gratis o cobrando, bajo swastika, estrellas y barras, hoz y martillo, o en un matorral infectado de mosquitos; hay un mandato de supervivencia en nuestro genoma, apertrechado de hormonas y placeres, que es imposible soslayar. Por eso regresaron las putas, y con ese regreso se fue abajo uno de los logros de la sociedad de mujeres y hombres nuevos que no renunciaron a hábitos viejos.

Más tarde… Bueno, más tarde fue la debacle.

Los hospitales parecen terminales de ómnibus, las terminales de ómnibus parecen potreros y los potreros están vacíos. Los médicos pasaron de logro respetado a ser una penosa fuente de ingreso: el desgobierno proxeneta los envió de jornaleros a otros países, a ganar dinero, a cambio de que entreguen la mayor parte de sus ingresos a ese su desgobierno dueño, desgobierno que boquea y transita, como sus putas, de un mecenas a otro para poder sobrevivir en el final de esta era.

Mientras, de las escuelas cubanas desaparecieron los Maestros, y llegaron los maestros. Les siguieron unos televisores, y unas personas que necesitaban trabajar en algo y la escuela, pues era una opción.

Mientras, las putas y pingueros demostraron que también podían ser un sector rentable, atractivo para el turismo y se convirtieron además en una parte importante de la sociedad cubana emigrada en México, las Europas, pero no así en los Estados Unidos, donde la competencia, como en todo lo demás, es feroz (bendito capitalismo).

Pero, además, la prostitución -que no la putería- es ilegal en los Estados Unidos (si bien el porno no lo es, gracias a Baco), por lo que los mustios mexicanos, españoles o italianos, que van de putas a Cuba con cien dólares en el bolsillo en plan de magnates, no tienen la menor oportunidad aquende en el monstruo, donde un perro caliente cuesta cinco dólares y una puta, pues tendrían que pagarla entre cuatro.

En fin, la gente se fue. Los médicos, los ingenieros, los amigos, putas y obreros. Primero a cuentagotas; después, en hemorragia: por el Mariel, los balseros, o como se pudiera. Hasta que le llegó el turno al último logro, a los deportistas; “por fin, coño”, dijeron, y se fueron también. Así sucedió que desapareció la era dorada del voleibol; el beisbol cubano, pues está acá en las Grandes Ligas. Y los cubanos de adentro se volvieron fanáticos de la Liga española de fútbol.

A eta vsió. Ya no queda casi nada. Ya no queda ninguno. Ya no queda casi nadie. Solo las putas nuevas, heroicas sobrevivientes, siguen patrullando las sendas de los turistas.

Son estos los tiempos entonces en que Cuba gana un bronce en el beisbol panamericano (¡panamericano!) y se dice que es un triunfo; es la era de las embajadas, la hora de las dictaduras aceptables, y la plebe se alegra sin saber a ciencia cierta por qué; es, a estas alturas, que uno que otro idiota dice que Internet es algo nocivo para lo que queda de la nación cubana; y sucede que un cubano infeliz, enfundado en un traje color mierda, muestra un trapo rojinegro frente a la Casa Blanca, y se ufana de ello.

Quizás sean estos los nuevos logros y uno, maleducado por la lejanía, simplemente no los sabe apreciar en su justa magnitud. O tal vez estos sean solo más instantes de un desplome sin prisa páusico, que comenzó… bueno, ya lo había mencionado: no hay quién se ponga de acuerdo en qué fue lo primero que sucedió.

Pero lo que no hay dudas es que, sea eso lo que sea, todavía está ahí, desgranado instantes…

Cincuenta y seis más, tal vez.

Alec Heny ©

jueves, 14 de mayo de 2015

Los políticos dicen, pío, pío, pío

Raúl Castro dice que va a rezar.

Dice, además, que el Papa argentino es un tipo macanudo; encojonado, vaya. Dice que, visto el caso, consideraría hasta regresar al catolicismo, y remata diciendo que no lo dice en broma. Y lo que dijo es noticia; se asombran las personas: mira lo que dijo, dicen.

Los políticos dicen cosas. Eso es lo que hacen, decir, hablar; un político que no habla, desaparece, como el proverbial merengue a la puerta del colegio, o en el suelo de una estación del metro, o en una acera de Times Square. Esa es la idea general. Se espera que un político diga cosas. Cualquier cosa.

Dicen ellos entonces lo que creen o, más bien, lo que consideran adecuado decir en el lugar y momento que protagonizan. Después, apoltronados en la soledad de sus oficinas, o mientras cagan, se sonríen, astutos, desalmados, satisfechos con su intelecto y sistema digestivo; probablemente, todavía hasta se asombren de cuán ingenua puede ser la masa gris que los aplaude.

Sin embargo, a estas alturas, da igual que Raúl Castro le hable a un trozo de madera o que le coloque un ebbo a un pedazo de tela.

Yo lo he visto (leído, que verlo me da cólicos) decir otras cosas, como que el Presidente de los Estados Unidos de América es un tipo honesto, o prometer algo sobre un vaso de leche para niños cubanos. Yo lo he visto (ídem) enviar a una horda de borregos histéricos a una cumbre continental, a que manifiesten revolucionariamente la incapacidad de diálogo y pensamiento de la sociedad cubana, y después, como si nada, lo he visto (esta vez sí lo vi) sonreír con Obama, y decir más cosas insulsas. Después, tomé Peptobismol.

Pero, de nuevo, no sé por qué se asombran. El hermano (el de Raúl, no el de Obama), en su momento, dijo cosas peores.

Ese dijo que los soviéticos eran nuestros hermanos; que los americanos eran unos asesinos; que Cuba iba a producir diez millones de toneladas de azúcar; que, además, el país era una potencia médica, y que ya no había putas (erradicamos la prostitución, creo que dijo); que las guaguas Ikarus, heroico transporte que movilizaba a La Habana, eran una mierda -con otras palabras, pero eso-; que los cubanos emigrados eran gusanos, vendepatrias, escoria despreciable; “no los queremos, que se vayan”, dijo antes de que, por arte precisamente de lo que dicen los políticos, se convirtieran primero en emigrados económicos y después en una de las principales fuentes de ingresos de divisas del país; que socialismo o muerte; que venceremos, dijo. Dijo tanto, que se mide en días, no en horas, todo lo que dijo ese demente.

Efectivamente, cosas escucháres, porque los políticos dicen cosas.

También dijo el mencionado gran hermano, a un grupo de sonrientes empresarios y colegas políticos españoles, que ellos, o más bien sus ancestros, no habían exterminado a los taínos, siboneyes y guanahatabeyes; que, benevolentes como habían sido las huestes conquistadoras del Adelantado Diego Velázquez, primer oriental de la isla de Cuba, se habían mezclado con ellos, con los indios, que no los habían maltratado -en serio, dijo eso, yo lo vi, en los 90: el video debe estar archivado en alguna parte; lo vi, y tomé bicarbonato-. Que no los habían arrasado, dijo el orate, a los indios -obliterate, es la palabra que me viene a la mente, porque obliterar suena muy blanda-; que no los habían aniquilado pues, a fuer de trabajos forzados y viruela.

Mira que decir tal cosa, tamaña imprecisión histórica y antropológica en un tipo tan letrado, siendo que la mezcolanza sí que se dio, pero fue posterior, con los negros esclavos a falta de indios, dando como resultado el vainilla-chocolate de nuestra isleña nación. Pero esas son las cosas que dicen los políticos. Los políticos hablan mucha mierda. Y no es algo que les preocupe, por cierto.

Hay que tratar entonces de ser comprensivo: de alguna manera, además de deformación profesional, parece ser mal de familia la verborrea. Conviene recordar que Raúl Castro es un político mediocre; que, en realidad, es solo un dictador interino, un anciano que sostiene el desgastado batón percudido que le pasó el hermano mayor, y que él a su vez piensa entregarle al hijo norcoreano que gasta gafitas y barba de menchevique: ese, que lleva a pasear a reuniones con jefes de estado -quizás porque no lo llevaba a montar columpio en su momento; está compensando-. La verdad, pienso, no hay que hacerle mucho caso. Ni al hermano, ni al hijo, ni a él.

Tampoco hay que asombrarse, os digo: para el discurso y la charlatanería cada cual tiene sus motivos, misteriosos, como los caminos, propósitos y métodos del Señor.

Raúl Castro, que desgobierna con arrugada y moteada mano de hierro a ese país como si fuera la finca biranense del gallego de su padre, que controla todo/todos, que no-hace y deshace a su antojo, que detenta un poder insularmente infinito, no ha logrado, sin embargo, ni aun contando con ukases y el EJT, que las vacas se multipliquen, engorden, y produzcan leche, para poder por fin limpiarse el pecho y entregarle un prometido vaso del líquido a cada niño cubano menor de siete años. No hay que asombrarse entonces de que la única opción que le queda a Raúl Castro es rezar.

El problema cubano parece estar ya en camino de resolverse: todo está en que el general presidente los incluya en sus plegarias; recen entonces, y que el Dios de Raúl Castro los agarre confesados.

Alec Heny ©

miércoles, 25 de febrero de 2015

Orquesta, coro, director, y la que se muere

Hace mucho tiempo, cuando yo todavía transpiraba sudores de la Habana, me fui al hospital Calixto García a ver a un pariente que allí estaba ingresado. En la mejor tradición de una buena parte de mi numerosa familia, que tiende a reunirse en esas ocasiones especiales a las que convocan un enfermo o un cadáver, me encontré allí con mis primos; los más queridos, mis amigos, mis cómplices de cabalgatas y cañadas húmedas.

Estaban entusiasmados, me contaron, pues habían sido testigos de una disertación que un cirujano hubo de brindarle a un grupo de colegas, pacientes y enfermeras, en la cual reveló que habían empleado un procedimiento novedoso, nunca antes usado en el resto del planeta, para una intervención de neurocirugía que precisó un señor al que le había caído una palma en la cabeza.

De inmediato me sumé al alborozo por ese logro de la ciencia médica cubana, qué maravilla para esa persona y su familia, dije, ojalá se recupere pronto, les comenté a mis primos.

“No”, me dijeron, “el hombre se murió… ¡Pero el procedimiento fue un éxito!”

“Ah…”, respondí, algo perplejo.

Algo perplejo también leía hoy una ponencia, llamada “Problemas de la democracia en Cuba”, que presentó el académico cubano Julio Cesar Guanche en un evento que se realizó en Washington DC los días 27 y 28 de enero, y al que concurrieron “emprendedores, blogueros, cineastas e intelectuales cubanos” (sic), y donde intercambiaron con “políticos, diplomáticos, empresarios, y académicos estadounidenses y cubanoamericanos” (sic otra vez), encuentro organizado por “Cuba Posible” y el Cuba Research Center.

Sépase que mi perplejidad no tiene que ver con la ponencia per se, ni con el evento; ni siquiera con lo variopinto e (palabreja de los buenos tiempos…) idoneidad de los asistentes de uno y otro lado. Al cabo, ¿qué se yo de esos asuntos?

Tampoco se origina mi asombro, debo decir, en la forma en que el autor alegremente disecciona la democracia; en como la lasquea, la separa en jugosas categorías, como si hubiera democracias malas, buenas, liberalistas, conservadoras y, válgame algún dios, hasta una cubana. Tal pareciera al leer tal cosa que votar con libertad, y elegir representantes y gobierno, demanda tantas sutilezas y filigranas como operar el cerebro de una persona agonizante por causa de un masivo derrame cerebral que le provocó un palmazo descomunal. Como si no hubiera sólo democracia y tiranía. Y punto.

Debo admitir, sin embargo, que casi me sorprendo cuando leí que hay, en Cuba, algo que es la “democracia en lo social” (sic, y van tres), de acuerdo a la cual se han cumplido objetivos, se han logrado índices que colocan a Cuba, nada menos que a Cuba, tal y como la conocemos, en el lugar 17 entre todos los países de la Tierra de acuerdo a uno de esos indicadores: el “Índice de Desarrollo Humano No Económico”. Y se pone mejor: me entero que la isla en peso es primus inter pares, es decir, la primerita, entre los países en desarrollo en dicho índice.

Claro, decía que casi me sorprende, o sea, que no me sorprende, y explico por qué.

Sólo en algo que lleva la coletilla de “No Económico”, y que se debe calcular de acuerdo a criterios probablemente tan fríos y manipulables como una bola de nieve, puede nuestro triste país ocupar lugares primero, segundo, decimoséptimo, o cualquiera igual de irrelevante para el bienestar real de los cubanos.

Pero continúo entonces, y no debo extenderme tanto en los comentarios, aunque pudiera. Sigo leyendo la ponencia -que por cierto, tiene el gran mérito de ser legible, y no como otras, que, ¡ay!, son pantano y enredadera- y me apabulla cuanta cosa buena ha sucedido en Cuba: en lo social, en lo político, en lo económico; los gays, por ejemplo, que se han empoderado, lo cual debe servir como modelo a ser aplicado a otros derechos civiles (casi sic). Alto ahí, que bueno es lo gay y no lo demasiado, que esto ya suena como disidencia, seguro diría la sexo-zarina Mariela Castro, de leer este texto.

El texto se impulsa, incluyente, y también menciona a la comunidad afrocubana, que al parecer sigue igual de jodida a pesar de medio siglo de emancipación; dice, además, que hay una renovación generacional del poder político (?), y que ha aumentado la desregulación de la economía de la croqueta.

Finaliza la ponencia con siete puntos hipotéticos que deberían tener lugar en una Cuba posible, y que hablan de mayores espacios, mayor peso, mayor acceso a la croqueta, más reclamos por la tolerancia, por el respeto, y así se va deslizando el alegato, pasando por desigualdad, injusticia, corrupción, ¡no al individualismo! (?), hasta llegar a ese tibio lugar común en que todos parecen estar de acuerdo desde el siglo XIX: que hay que defender la soberanía nacional y de los ciudadanos, cuidándose por supuesto, ¿de quién si no?: de los Estados Unidos.

Y aquí hay que recordar que precisamente los Estados Unidos de Norteamérica es el lugar donde se celebró este evento, amparado por el derroche de libertades que disfrutamos en este país, y que, de haberse celebrado dicho evento en Cuba -la real, no la posible- probablemente hubieran salido los asistentes cubanos defenestrados en dirección a Villa Marista, y los invitados extranjeros hacia el aeropuerto, en sumaria deportación.

Pero no hay que ser tan radical, vamos: yo entiendo que exista la necesidad de un aceitado debate intelectual, de sumergirse en la formulación de sabrosas hipótesis, del regodeo goloso en la teoría; creo en que hay que hablar, debatir y hacer eventos. Al cabo yo soy un científico, yo sé de eso.

Pero, aun cuando esas alturas son embriagantes, y hasta pudieran parecer la cosa en sí, no lo son; llega un momento en que imprescindible tomar tierra y caminar bajo el sol.

Cuando eso sucede, lo que se encuentra entonces es una enorme disonancia entre el tono de los ciudadanos de la orquesta, el de los académicos del coro, y el del director general-presidente y sus directores suplentes. Se escucha todo muy desafinado, la verdad, y le urge un arreglo mayor.

Cuba, que tiene el alma fracturada, no por el golpe de una palma fuera de control, sino por el peso de medio siglo de dictadura y desastre, no necesita procedimientos nuevos para ser curada de sus males, mucho menos de alguno que sea tan intrincado que requiera densas explicaciones para establecer lo que en realidad es simple.

Porque es simple lo que Cuba necesita: es democracia, así de sencilla, la única que existe, la de yo voto, yo elijo y el gobierno trabaja para mí; le urge, además inversión masiva, economía capitalista, y otro gobierno: moderno, joven, de cualquier tono, pero otro, por favor. Y, por supuesto, se precisan cubanos capaces, con feroz iniciativa individual, que le llamen a las cosas por su nombre, de una vez, y no se anden por las ramas.

De no hacerlo así, la alternativa es irnos de evento en evento, de blog en blog, de ponencia en ponencia, desperdiciando vida y oportunidades, tratando de convencer, de hacerle entender a quién esté interesado, que tenemos una excelente y novedosa idea para sanar a un paciente que, desgraciadamente, para entonces ya va a estar muerto.

martes, 24 de febrero de 2015

Autopsia de un delfín que chilla

Deténganse, por favor, y presten atención un momento. Hay algo que creo es necesario ver y escuchar.

No es una tarea fácil, ni agradable, advierto. Tampoco es amena, ni visualmente placentera; es, en todo caso, agobiante; apesta, además, a lugar en ruinas, habitado por polvo viejo, orinado por gatos, cagado por perros. Pero no hay que desanimarse, insisto: es necesario que se vea y escuche al delfín cubano, a Alejandro Castro Espín.

Hay que hacerlo, y no porque lo que dice el delfín valga la pena. De hecho, es como escuchar a un guapo de barrio detenido en una esquina tratando de convencer a los transeúntes que su guapería es universal, y no de poca monta.

Si quisiera resumir mi impresión, al verlo/escucharlo en la entrevista que le realiza el periodista Iazonas Pipinis Velasco nada menos que al pie del Parthenon, en Grecia, diría que el delfín es un angustioso deja vu.

Habla, habla, habla. Compulsivo, invasivo. Enronquece mientras inunda al infeliz que lo escucha –que, como yo, no tiene la maravillosa posibilidad de pulsar la pausa, de prisa, y tomar un respiro–, lo inunda, decía, con una verborrea de medio siglo de espesor; histérica, fluida, inflamada de dogmas, apuntalada por falacias enclenques, salpicada con citas, nombres, cifras, personajes, clichés, como moteado está un esputo con mala sangre.

Los ojos del delfín no se ven: están ocultos tras oscuros cristales polarizados de espejuelos que recuerdan a los de su padre; su nariz es roma, corta, mientras el bigotillo y la rala perilla le confieren un nostálgico aire de decimonónico revolucionario ruso, o de izquierdista trasnochado, de esos de la América de ellos. La boca, entreabierta entre frase y frase, es clara en su intención, que no se admiten interrupciones: “Aquí el que habla soy yo”, es el mensaje y la idea tras el gesto. O, como le dice en algún momento al pobre periodista, “pérate, déjame terminar, que es una idea importante”, y sigue hablando mierda. A borbotones.

El delfín se deleita escuchándose y haciéndose escuchar. Se siente político, historiador, experto. Desbarra en un español de acento gutural, barriobajero, ceceante por momentos. No responde, divaga en grande. Chapotea, más bien, con la elocuencia y argumentos de instructor de marxismo para adolescentes; la verdad, hasta parece estar convencido de la porquería que dice.

De repente se hace evidente que su tío, el mesiánico, está a su lado, detrás, dentro de él. Lo posee. El discurso es tan manido, tan agotado, tan anacrónico, tan absurdo, que por momentos pareciera que el anciano, como a un mal actor, le estuviera dictando al oído el parlamento.

Imperio, imperialista, enemigo, Estados Unidos, capitalismo, capital, gran capital, despiadado, brutal, nuestros logros, nuestra determinación, el pueblo, campesino, obrero, el pueblo que sabe, que conoce, que sufre, que ha sufrido, que no volverá a sufrir, nosotros, los pobres, los valientes, democracia representativa burguesa, democracia participativa, ¡la buena, la democrática, la cubana, cógela aquí!, y el imperio, más imperio, elite de poder imperial, la cámara de los lores británicos representa a la nobleza, la crisis, la de allá afuera, y nosotros ahí seguimos, sin problemas, solidaridad, y el pueblo, otra vez. O todavía. Esa es su arenga. Eso es lo que hay. Delfín chillón, muelero y hablador de cáscara.

El delfín Castro es el heraldo de su mediocre dinastía de guajiros biranenses devenidos dictadores; es su Hombre Nuevo. Ha sido encargado de vigilar a todos menos a su padre, y de llevar en brazos el cadáver de la Involución; de tal manera, los ayudó, al padre y al cadáver, a vadear el 17D, y los está depositando, hediendo e intactos, un día más allá, dejando claro al que esté prestando atención que no valen ni Obama, ni conversaciones, ni buenas voluntades: que allí, y que se entienda de una vez, no ha pasado nada.

El delfín es entonces otro Castro, la continuidad de la dictadura, la misma cosa. Es, aun siendo notoriamente mediocre, el heredero.

Hay días, los mejores, en que el destino de la nación cubana parece no poder empeorar. En otros, los días peores, pues aparece gente oscura. Como este neo Castro, o sus amanuenses, que por ahí andan, recordatorios todos de que, si bien se puede ser optimista con el futuro de Cuba, la realidad no tiene nada que ver con el optimismo.

La realidad, que es este legado del general presidente: el delfín, y la neurosis de sus chillidos.

lunes, 19 de enero de 2015

Recomendación

Ayer hablaba con alguien que conoce muy bien la Cuba contemporánea, sus diarreas y estreñimientos, y sobre todo, a los dinosaurios. Y conoce todo eso mucho mejor que yo. Por eso lo escuché con atención, y me decía, sorprendido por mi entusiasmo, que por qué yo pensaba que el gobierno de Cuba iba a hacer alguna concesión política importante, como permitir pluripartidismo, por ejemplo. Que le dijera una sola razón, una sola.

Que si no la había hecho, la concesión, el gobierno de Cuba, en las pasadas décadas, cuando esa gente -palabras de él- tenía margen y posibilidades amplias de ganar hasta una elección libre, ¿por qué pinga la iban a hacer ahora, al final de la carrera biológica, que por cierto, ya ganaron?

¿Ahora, inclusive, que hasta los Estados Unidos le está aflojando la mano?

Mira, que a no ser que en las negociaciones se pactaran cosas aún secretas, tremebundas, y poco probables, como una transición blanda, o un golpe de estado de terciopelo, o algo así, no iba a pasar ni cojones.

Más o menos así fueron sus palabras. Y hay que disculparlo, pues es muy florido en su lenguaje.

Y hago el cuento para que se pongan a trabajar, a ganar dinero, a pagar sus deudas, a disfrutar a su familia y sus fines de semanas, que es a todo lo que más o menos podemos aspirar en nuestra vida biológica...

En serio.

sábado, 17 de enero de 2015

El águila y la babosa

La agilidad con que el gobierno del Presidente Obama ha ido desbrozando su tramo a recorrer para normalizar las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba, haciendo gala del eficiente pragmatismo norteamericano, ha provocado una fiesta de esperanzas, en su mayor parte, y un aquelarre de odios, por suerte ya casi insignificantes.

Pero sobretodo ha puesto en evidencia, además, el pasmoso inmovilismo del gobierno cubano, el enanismo de sus voceros, y el hecho de que, en realidad, ni Raúl Castro, ni sus aborregados adalides, estaban preparados para ese empellón renovador, ni para la pérdida, fatal para su arenga, de su enemigo y su argumento favoritos.

La presteza con que los Estados Unidos están asumiendo su papel, que cada vez parece más unilateral en esta nueva etapa, ha dejado boqueando a la nomenclatura, que sólo atina a repetir absurdamente que todo esto es una victoria de la revolución, y que, sobre todas las cosas, hay que ir sin prisa, pero sin pausa.

Sin prisa, pero sin pausa. Exactamente con el estilo de una babosa que cruza una autopista en hora pico. Y, tristemente, con las posibles consecuencias que eso conlleva.

martes, 6 de enero de 2015

La no muerte de un moribundo

“Y yo muriendo, y yo muriendo...”
Nicolás/Pablo

“Enterradme, no importa, la Historia me absolverá”
Anónimo

“¡Patria o Muerte, Socialismo o Muerte!”
Fidel Castro, y otros que también casi se mueren ya


Tantas veces tentando a la Muerte, que se quedó sin opciones.

Tantas veces dado por muerto, que ya nos acostumbramos a que siga vivo.

Tan de su legado, que se muere, sí, claro que se muere, pero a su manera:

Sin prisa, pero sin pausa.

viernes, 2 de enero de 2015

El susurro de los corderos

Ya disipados los vapores de las libaciones, las risas de los amigos, y las llenuras de pingües comilonas, y ya aburrido de esperar a que la intelectualidá cubana, la neoizquierda amaestrada, los trabajadores de la información, y sus representantes en el exilio geográfico y el insilio mental, los gays contestatarios exclusivamente para temas gays, los que aún no secan sus lágrimas de emoción por el regreso de los rollizos espías, digo entonces, me he cansado de esperar a que todos ellos, o tan siquiera uno, tuviera la decencia de decir o escribir que la represión a quién piensa diferente no tiene cabida en la Cuba post 17D.

Tania Bruguera así lo creyó, y quiso poner un micrófono en la plaza de la involución para que, libremente, el que quisiera hacerlo, dijera lo que se le antojara. Y ya. Así de simple. Creo que era un minuto, o quince, o algo así, pues no era un discurso de Fidel, sino un performance artístico.

Y en esa Cuba post 17D, donde aún hay quien no quiere prisa y adora la pausa, tan sólo por la intención, Bruguera fue advertida, amenazada, arrestada y, por supuesto, no hubo micrófono. Ni siquiera logró salir de su casa. Lo que sí hubo fue más arrestos: a los disidentes que se proponían llegar hasta la amenazadora tribuna ciudadana, para decir lo que dicen todos los días.

Por otra parte, hubo quien se apresuró a decir que TB es una artista mediocre; que eso de los performances, en lo general y lo particular, no es arte sino una payasada; que si ella es hija de un diplomático; que si vive entre dos aguas; que si el arte per se, o el arte politico, o la artistosidad, que si la ciencia, que si el arte, que si los galgos o los podencos.

En realidad, da igual.

Da igual que TB sea hija de un banquero de bolita de La Lisa, o que viva acá o acullá, o que sea performance o denuncia explícita. Yo, por ejemplo, ni siquiera sabía a derechas quién era ella o qué hacía, y mi apreciación del arte, pues es, digamos, conservadora.

Lo que importa, lo triste, lo realmente valioso, es que su valiente y necesario intento de susurro ha sido un alarido de advertencia, una sonora denuncia, que pone de nuevo en evidencia al represivo y mohoso desgobierno de ese país tan gris; a la practicamente inexistente conciencia ciudadana de los cubanos, sean plebeyos, funcionarios o intelectual(oides)es, y a la urgente necesidad de periodismo comprometido, ético, profesional y kamikase.

Feliz 2015, entonces, a valientes y corderos, y a Tania Bruguera la mejor de las suertes en esa Cuba que se quedó en el 16D.

martes, 16 de diciembre de 2014

Sin prisa pero sin pausa (I)

Me dicen que el bistec de carne de cerdo en Cuba ya se vende a 45 pesos la libra, el doble del precio hace un tiempo atrás.

En los lugares normales, eso se llama 100% de inflación. Pero como en Cuba no hay capitalismo, debe ser el bloqueo...