"Un carro es para que te mueva de un lugar a otro y, mientras esté funcionando, no veo la necesidad de andar cambiando de carro cada tres o cuatro años...."
"Es como con los zapatos..."
"¿Qué?"
"Los zapatos, lo mismo sucede con los zapatos..."
"Eso es muy diferente..."
domingo, 10 de noviembre de 2013
viernes, 8 de noviembre de 2013
La Ciudad Oscura
La primera vez que visité Cuba, después de haber emigrado, el impacto fue tal que casi me deprimí.
Al regreso de la visita, pues esta fue la primera vez que me senté a escribir, pues de alguna manera tenía que hacer catarsis, y hablar no me bastaba. Fue antes del blog, antes de Facebook, de Twitter; los blogs ni siquieran eran relevantes por esa época, o no existían, no sé. Debe haber sido por el año 2001.
En fin, esto fue lo que escribí:
Baño tibio, y esa comida de sabor tan especial, y entonces mi hermano me pregunta, mirándome fijamente: “Oye, ¿tú no sientes la sensación esa de los cubanos que viven en el extranjero y vienen de visita, de que están locos por volverse a ir…?” Suspiro disimuladamente, y lo miro a los ojos mientras le digo, intentando una sonrisa: “No brother, aquí está mi familia, esta es mi casa…”
Al regreso de la visita, pues esta fue la primera vez que me senté a escribir, pues de alguna manera tenía que hacer catarsis, y hablar no me bastaba. Fue antes del blog, antes de Facebook, de Twitter; los blogs ni siquieran eran relevantes por esa época, o no existían, no sé. Debe haber sido por el año 2001.
En fin, esto fue lo que escribí:
...........................................................................................
Bienvenido,
entonces, a la Ciudad Oscura.
Lóbrega y opresiva
de noche, deprimente en el día.
El auto que manejo,
a escasos 40 km/hora, se sacude y hace sonar todas sus junturas y
tornillos que se van aflojando al son de los baches. Hay muchos
baches en la Ciudad Oscura. Tantos, que no entiendo porque tanta
insistencia en regular la velocidad del tránsito; los baches se
encargan de ello con amplia ventaja sobre los numerosos policías. Y
hay muchos policías, pero hay más baches, y algunos merecen nombre,
los baches, quiero decir. Este, seco,
parece un cráter, mientras que el que sigue, inundado de agua,
semeja una laguna en la cual se podría perder un estrambótico Fiat
Polaco.
Bordeo entonces las
traicioneras fosas, subiendo el carro a la acera, entre las protestas
de la torturada suspensión y las increpaciones de unos adolescentes
que ven interrumpido su juego con trompos. Lo que me gritan es casi
ininteligible, un argot contemporáneo pronunciado con el acento de
un español habanero que involuciona inexorablemente, pero puedo
inferir de que se trata. Los saludo con un apresurado ademán,
mientras regreso el auto a la maltrecha calle, con el cuidado de un
anciano que baja una escalera. Al pasar por encima del contén
escucho un chirrido metálico. Un pequeño tributo que le cobra al
chasis del auto la Ciudad Oscura por andar esquivando sus baches.
Hay humo, mucho humo
en las calles. Me sigo moviendo, casi a trompicones, cuando de pronto
el frente del carro estalla en luz. Está cayendo el sol, con ese
amarillo quemante de la tarde del trópico. Y entre el humo, y el sol
en los ojos, adivino la calle que no veo
para no terminar empotrado en un portal de alguna
ya de por sí ruinosa casa.
Y hoy, además,
es día de elecciones de diputados a la Asamblea Nacional.
Del radio salen
constantemente reportes acerca de lo exitoso del proceso electoral,
porcentajes de asistencia por encima del 99% , masividad,
el pueblo en pleno, qué entusiasmo. Los reportajes son
interrumpidos a ratos por spots alegóricos, instando a votar
temprano. Uno de ellos llama particularmente mi atención.
Un locutor de Radio
Rebelde, con una voz exaltada, pero que guarda un toque de
solemnidad, declama sobre un fondo de música triunfalista: “Todos
a votar por el futuro de la Patria y de la Humanidad”.
Inevitablemente
pienso, por vez enésima, que los cubanos
somos geocéntricos desde nuestras más remotas raíces. Basta
con, digamos, Martí. “Un error en Cuba, un error en
América, es un error en la Humanidad entera”. Pero a Martí se le
perdona. Martí, además de tremendista y
dramático, era romántico y valiente. Pero
la frase del locutor de Radio Rebelde hace que, perplejo,
mientras sorteo bicicletas, baches y transeúntes,
me rasque la frente.
Porque,
si bien me queda claro que el futuro de la Patria se vislumbra
desastroso, me resulta difícil imaginar a una
Humanidad que, aguantando la respiración,
emocionada, espere el ridículamente
predecible resultado de la votación en Cuba.
De
repente, una musiquita trepidante se
deja escuchar en el radio. “Allá va eso, la Mesa Redonda…”,
dice mi acompañante. De eso había
oído hablar, pero aun no me
había tocado en vivo y en directo. Sin
embargo, inmediatamente, con facilidad, se le toma el pulso al
programa.
El tema del
programa no es lo fundamental, sino el tono: aleccionador,
seguro, definitivo.
La conversación, que por momentos parece monólogo, está salpicada de términos de moda, probablemente enigmáticos para el cubano de a pie: neoliberalismo, globalización, FMI, Banco Mundial.
La conversación, que por momentos parece monólogo, está salpicada de términos de moda, probablemente enigmáticos para el cubano de a pie: neoliberalismo, globalización, FMI, Banco Mundial.
Llueven los
razonamientos sólidos, las frases precisas y conocedoras. De pronto,
me percato de que
esta gente parece tener diagnosticados todos los problemas, y
elaboradas las correspondientes soluciones. Parecería
que entonces el meollo del asunto sólo está
en aplicar esas soluciones, una vez estén dadas las condiciones
objetivas, y bajo control las subjetivas, para
finalmente entonces convertir a Cuba, de una vez y por todas,
en el país más próspero del planeta que haya existido desde el
inicio de los tiempos, por siempre y para siempre. Como
no.
El Noticiero
Nacional de Televisión me sorprende en
medio de mi visita a unos amigos. Me
sorprende más que los anfitriones revisan de reojo, de soslayo, lo
que sucede en el televisor, y eso me hace
sentir un poco incómodo, inoportuno. Para
atenuar el impacto, decido entonces
sumarme a la contemplación del NTV.
Este es sencillo.
Fidel, en no sé que
acto político, y la verborrea de turno, lo cual me
hace cerrar los ojos con resignación y suspirar discretamente. Le
sigue un fragmento de un discurso de Hugo Chávez al final del cual
el locutor del noticiero nos comunica con entusiasmo que el discurso
completo del Presidente de la República
Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, será trasmitido a las seis
de la tarde al día siguiente. A estas alturas ya
tengo los ojos abiertos como platos y, con cierta
incredulidad, señalando hacia el televisor, le pregunto
al anfitrión: “Oye, ¿ese hombre dijo que van a poner el discurso
de Chávez?... “, “Ah, sí… a cada rato ponen uno…”, me
responden y en ese momento, sin que me de tiempo
para decir lo que se me agolpa en la
garganta, aparece el tercer tema de esa noche en el NTV: Lula en no
se qué evento izquierdista en Brasil; unos cubanos despotricando
acerca de la globalización en el mismo evento, y le siguen las
noticias internacionales: revueltas, protestas, catástrofes sociales
y hecatombes económicas en todo el mundo, que evidentemente está
jodidísimo, coño, que suerte la de vivir
en Cuba, parece ser el mensaje explícito.
Misericordiosamente,
aparece finalmente el reporte sobre el estado del tiempo el
cual, como es sabido, es tema de
preocupación nacional. Y en eso se acabó
el noticiero. Me despido,
me subo al carro
y empiezo a hablar sólo, ahuyentando
el mal sabor con elaboradas imprecaciones y malas palabras que
se me han ido acumulando.
Ya cayó la noche y
los portales, desdibujados, sólo se adivinan. Sombras en ellos,
gente que va a quién sabe adonde. La
desesperanza se puede agarrar con la mano. El Parque de la
Fraternidad me recibe con más tinieblas de
las que una ciudad debe soportar. En medio de esa oscuridad, casi
sólida, se mueven autos, cocotaxis, almendrones, y hasta
algún que otro ciclista suicida. Sigue
la Calzada de Monte, un túnel de miserias, de paredes
tristes, grises, negras, heridas por guardavecinos herrumbrosos y
precarios balcones en ruinas.
Belascoaín, es una
ruta tortuosa y maltrecha.
Iluminado apenas por
la luz malicienta de un esporádico farol, un anciano camina por la
acera que bordea el Mercado de Cuatro Caminos. Viste una camisa de
color indefinible y unos pantalones beige, en los que destaca un
remiendo oscuro en el muslo. Los pantalones
apenas le llegan al tobillo, dejándo
ver la delgada pierna. Sin medias, calza unos tenis remendados y
manchados. De su mano derecha cuelga una jaba, de nailon tejido y con
asas de una tela a cuadros.
Avanza despacio,
abandonando por momentos la seguridad de la acera que, en ese lugar,
además de ser muy estrecha, se
ve interrumpida por un poste de
electricidad. El anciano baja a la calle con descuido, no
parece importarle la amenaza de un auto o bicicleta. Arrastra
ligeramente los pies y su mirada, a tono con su
espalda encorvada, mira hacia el suelo un par de metros por
delante. Después de avanzar un corto tramo regresa a la acera, y
entonces es casi derribado por dos hombres que vienen conversando a
gritos, interrumpiéndose mutuamente, gesticulando con amplios
ademanes.
Uno de ellos
tropieza con el frágil cuerpo,
percatándose apenas de la presencia del
anciano, al que mira de lado, burlón, mientras le grita, “Oye
puro, mire por donde camina, consorte…”,
y se apresura a alcanzar a su compañero,
retomando la gritería casi sin pausas. El anciano
sigue su camino, arrastrando los pies, en silencio.
De nuevo llego
a otra encrucijada de tinieblas, Vía Blanca y 10 de Octubre.
La mortecina luz
roja del semáforo me detiene. Alguien en
la mañana (tan lejana parece a esta hora de desolación) me
comentó que habían cambiado las bombillas de
los semáforos por otras de menor potencia.
Para ahorrar energía, me dijo. El
resultado es una señal lumínica
agonizante que en la noche trata de abrirse paso entre toda
esa oscuridad oscuridad y que, por
el día, simplemente no se ve. Tremenda mierda.
Sigo
a lo largo de Vía Blanca, sorteando en la oscuridad los
mismos baches, humeantes camiones y asmáticos carros rusos,
cuando me sorprende un manchón de luz a mi
izquierda. Atisbo a
duras penas, en el borde del oasis de luz, un letrero que
anuncia un Rápido, y una tienda Panamericana. “Coño, tengo que
comprar cigarros…”, me acuerdo
en ese momento, y me permito
una infracción que a nadie molesta en la calle
semidesierta. Doy vuelta en U, y
entro a una
cochambrosa calle lateral que da acceso al lugar.
Parqueo
el carro al lado de unos maltrechos y hediondos tanques de
basura. A mi izquierda, ya afuera del
alcance de la luz, vociferan unos muchachos, casi todos en shorts,
camisetas y descomunales zapatos deportivos de pésimo gusto. Un par
de hombres, recostados en la cerca de mallas que circunda el lugar,
beben cervezas y me observan con
indiferencia. Otros, mas allá, me
miran, me valoran, aquilatando a ese tipo
blancuzo, que a las diez de la noche anda por la Ciudad Oscura, en
bermudas de mezclilla, un par de tenis “que-se-ve-que-son-de-afuera”,
como dijera una vecina, y con una discreta
pero brillante cadena de oro y en fin, con tipo-de-yuma (la vecina de
nuevo), manejando un carrito de turistas, y
que se baja en aquel tugurio, ubicado en el borde del otrora bello y
ahora demacrado barrio de Santos Suárez.
Una edificación de
planchas metálicas da cobijo a una especie de cafetería de estos
tiempos. Una sudorosa mujer, embutida en una blusa
blanca con sobacos amarillentos, se ve atareada detrás de un
estrecho mostrador. A su espalda un refrigerador deja
ver a través de la puerta transparente cervezas y refrescos
de un par de marcas nacionales.
Hay unas seis o
siete mesas, con cuatro sillas cada una, de plástico blanco,
manchadas por el uso y el maltrato. Algunas están ocupadas; una
pareja de ojos cansados, tres hombres que conversan en inusual voz
baja, y que beben cerveza con manos que brillan por la grasa de los
pollos fritos.
En
una mesa más alejada se sienta un
hombre de mediana edad, apoltronado en su silla, y con aspecto de
estar muy satisfecho de sí mismo. Hace unas señas
a un muchacho, que es a todas luces
retrasado mental, y le entrega dinero para
que le traiga una cerveza. La encargada del lugar levanta la vista
brevemente, inquisitiva, en dirección al hombre satisfecho. Este le
responde con un gesto que pretende ser
magnánimo, y la mujer le entrega al muchacho una cerveza Cristal sin
darle el vuelto.
El muchacho corre
torpemente hacia la mesa del hombre satisfecho, y le
coloca la cerveza enfrente. El hombre satisfecho le da un
billete de un dólar, y el muchacho mira el dinero con la boca
entreabierta, mientras esboza un rictus que quiere ser una sonrisa,
y una espesa gota de saliva le asoma a la comisura de los labios.
Entonces el hombre
satisfecho hace girar la lata de cerveza entre sus dedos, sin
levantarla de la mesa, en gesto maquinal, y pasea la mirada por el
lugar, como buscando el eco de
la impresión que su proceder generoso
debió dejar en los demás
parroquianos. Pero nadie le está prestando atención.
El lugar está
iluminado por unas cuantas lámparas de luz fría. La más alejada
del mostrador, defectuosa, parpadea con
regularidad.
Todas las lámparas
tienen algo en común: están cubiertas por moscas, que a esas horas
de la noche están ahítas. En los espacios que no ocupan las moscas
se advierten las numerosas cagadas con que han tapizado los focos,
antes blancos y transparentes, y que nadie se ha preocupado en
limpiar, quizás nunca. La luz que se logra
filtrar a través de toda esa mugre ilumina
un piso de cemento sin pulir, cubierto de colillas de cigarros,
papeles, bandejas y cubiertos de plástico y algún que otro vaso.
Todo ello pisoteado y amalgamado con el polvo gris plomo
de la Ciudad Oscura.
La encargada del
lugar termina de atender a la persona que había llegado antes que
yo. Me aproximo
para realizar mi pedido, cuando el muchacho
retrasado irrumpe por mi lado, mientras se
limpia la baba que le corre por el mentón con el dorso de la mano
derecha. Al bajar el brazo, con un movimiento brusco, hace que su
húmeda mano pase rozando la mía, muy cerca. O al
menos lo suficientemente cerca como para dejar un frío y
viscoso hilo de saliva enredado en los vellos de mi
brazo. Mientras que aguanto la
respiración y miro con cierta incredulidad
el trazo brilloso que ahora ostento, el
muchacho deja caer los brazos en el mostrador, la boca entreabierta y
la cabeza balanceándose con cierta cadencia. Pide con frases
entrecortadas algo de tomar y comer, mientras yo
pregunto por un baño. La mujer, sin
pronunciar palabra, me señala con
un movimiento del mentón hacia algún lugar a su izquierda.
Lo encuentro
en la penumbra, adonde me conduce el
inconfundible hedor amoniacal. Como puedo
me limpio el brazo, y regreso
al mostrador. Pido los cigarros, y unas
maltas. La mujer escucha sin levantar la vista de un dinero que está
contando.
De pronto, alarga la
mano, toma una caja de cigarros, la tira en el mostrador con gesto
habitual y, mientras me las ingenio
para interceptarla en su trayectoria y evitar que siga resbalando y
caiga al piso, me dice: ” ¿Cuantas
maltas, mijito? , “Seis, por favor…”. La mujer abre una de las
neveras, saca las maltas y las coloca delante de mi.
Entonces, apoyando
ambas manos en el borde del mostrador, me
dice el precio. Le doy el dinero, y le
pregunto que si por favor no tendrá una
bolsa de plástico para meter las maltas. Ella, que ya
de nuevo está manipulando el dinero, levanta la vista
brevemente y dice “Una qué..?”, y por su expresión parecería
que le pedí los aretes que le faltan a la
Luna. “Una jabita…”, le digo, y ella
mete la mano debajo del mostrador, y saca una caja
de cartón y la pone junto a las
maltas.
Acomodo
las latas en la caja, tomo
el vuelto, agradezco con una sonrisa, y
camino hacia la salida. Lo último que veo
es la mesa del hombre satisfecho, al cual en el ínterín
se unió un tipo de ojos enrojecidos, que viste un short sucio, un
pulóver con algún letrero en ingles, y unas chancletas plásticas,
de las que asoman unos dedos percudidos.
En la mesa aledaña,
el muchacho retrasado devora un perro caliente, que acompaña con un
refresco. Fragmentos informes de comida
masticada escapan de su boca, mientras ríe desaforadamente de los
comentarios de contenido sexual que hacen el hombre satisfecho y el
de los ojos rojos.
Noche
ésta de un día largo. Cansado, transito
lentamente por calles que parecen acabadas
de bombardear. Llego a mi casa y,
mientras cierro el carro, veo
por el rabillo del ojo una figura que sale furtivamente de un zaguán
en penumbras. El hombre trae la mano derecha oculta
bajo la chaqueta gris que viste, y con la mano izquierda
aparta la solapa con sigilo: ”Dime Flaco, carne de res, a dos
dólares la libra…”, dice mientras me
muestra lo que trae bajo la chaqueta: una pieza de carne colgada de
un gancho.
“Cojones
compadre, no hagas más eso, que me va a dar un infarto…”, le
digo aliviado a este
amigo con el que jugaba en mi infancia, y
que ahora trabaja en un frigorífico, “Entra pa´la casa, a ver
como es la cosa”. Termino la transacción,
despido al amigo que de niño traficaba
bolas de vidrio y que ahora lo hace con
carne robada, me dejo
caer en una butaca, y logro sonreí a mis
padres, que han observado en silencio todo ese
tiempo.
Baño tibio, y esa comida de sabor tan especial, y entonces mi hermano me pregunta, mirándome fijamente: “Oye, ¿tú no sientes la sensación esa de los cubanos que viven en el extranjero y vienen de visita, de que están locos por volverse a ir…?” Suspiro disimuladamente, y lo miro a los ojos mientras le digo, intentando una sonrisa: “No brother, aquí está mi familia, esta es mi casa…”
Enciendo
un cigarro, mientras cambio la vista y miro
más allá de la terraza, hacia la Ciudad Oscura y, sintiéndome
culpable por mentirle a mi hermano, cuento
mentalmente cuantos días me faltan para
regresar a la Luz.
Barrios y otros lugares
Hubo un intercambio de disparos, y
alguien resultó herido.
Sucedió el sábado,
en mi pequeña ciudad.
Sucedió justo junto
a un parque infantil, al cual algunas veces hemos llevado a mi hijo a
que juegue, mientras nosotros aprovechamos para disfrutar de la vista del mar y la bahía.
A un lado de ese
parque comienza además un paseo que se extiende a lo largo de un
buen tramo de la costa, con atracaderos privados que pertenecen a los
que viven en las casas magníficas que bordean la pintoresca calle,
con terrazas y jardines que se abren al mar.
Al otro lado del
parque infantil, a un par de cuadras de las casas magníficas, hay un conjunto de edificaciones de diseño monótono
y poco atractivo, pequeños apartamentos y casitas amontonadas,
flanqueadas por una línea de tren y un templo bautista. Es lo que
llaman public housing, o también Section 8: las viviendas que el
gobierno le proporciona a las familias de bajos ingresos, con rentas
subsidiadas, sin gravámenes de ningún tipo.
De ese lado tuvo lugar el
tiroteo.
Esas cosas no
suceden en mi ciudad, han dicho indignados vecinos, qué está haciendo
la policía, por qué no patrullan en ese lugar, what the fuck is
going on, no debería haber public housing en nuestra ciudad, fuck
the goverment, y se detienen justo antes de decir algo políticamente
incorrecto acerca de los que habitan en el plan 8, que son mayormente negros e hispanos.
Cuando nosotros
llegamos a EEUU nos resultó curiosa esa alternancia de barrio bajo y
barrio residencial que se puede encontrar por todos estos lados.
Zonas con casas que
valen un buen millón de dólares colindan con barrios en donde
predominan inmigrantes, o con guettos, o con secciones 8. Quizás el
megaejemplo, extremo, sería Manhattan, con Harlem y el Bronx justo
en la zona norte del Central Park, o los “projects” de Brooklyn a
un tiro de piedra, cruzando el East River. Rough neighborhoods, me
decía un amigo que vivía por la zona.
Y, al parecer, es
obligatorio para ciudades, villas y villorios incluir una zona de
public housing en su territorio. Véase qué dice el estado de Nueva York sobre este plan:
Es decir, dicho en
cubano contemporáneo, coge tu pobre aquí. Y parece ser una
buena intención.
Desde el punto de
vista de la administración pública, es perfectamente entendible que
se quieran desconcentrar a las familias de bajos ingresos, repartirlas equitativamente entre todos los barrios y ciudades. Es razonable, piensa el gobierno, y parece haber mucho sentido
común en ello.
Pareciera, además,
que haya al menos dos propósitos en esa repartición: tratar de “diluir” un
modus vivendi inherente a muchas de las familias y personas de “bajos
ingresos”, al ponerlas en contacto con otro tipo de comunidad y,
por otro lado, disminuir la carga financiera y social que
representaría administrar una comunidad compuesta solamente por personas pobres. Detroit es quizás el más drástico ejemplo.
Sólo hay que imaginar que
sucedería, en una comunidad de ese tipo, con el distrito escolar, el
hospital local, la policía, los negocios locales, el transporte
público o el valor de los bienes raíces. O con la tasa de criminalidad.
Sin embargo, para
los residentes de clase media, que han escogido vivir en una
comunidad por la calidad de vida que ello representa para su familia,
no hay mucho sentido común en convivir con un plan 8, ni es muy
deseable que algo así suceda.
Estas personas de
clase media se establecen en una comunidad porque hay allí un buen
distrito escolar, porque no hay necesidad de enrejar las ventanas,
porque es seguro salir a caminar y disfrutar el fresco de la noche, porque sus casas valen cientos de miles de dólares, y es
preciso que ese valor se mantenga, o crezca, y porque el parque infantil es el lugar seguro y adecuado para sus hijos.
Estas personas de
clase media no son ni remotamente ricas: dependen de un salario, o de
pequeños negocios, y tienen que trabajar para mantener su estatus,
nadie les regala nada. Y, en última instancia, es con sus impuestos
con los que se pagan los public housing. La clase media, entonces, si
bien entiende que haya personas de “bajos ingresos”, no concibe
por qué esos “pobres” no hacen algo para mejorar sus vidas, y
dejar de depender del gobierno. Y de los impuestos. Y que puedan,
consecuentemente, hacerse cargo entonces de sus propias comunidades.
Es en este marco
donde ha aparecido, sutilmente, adornado, azucarado,
blandiendo banderitas de progreso y real estate, lo que han dado en
llamar proceso de “gentrification”.
Y abunda el
Merriam-Webster acerca de eso:
Gentrification, que
viene de gentry (burgués, gentilhombre, noble o aristócrata), que
es el antónimo de proletario.
La gentrification entonces no es más que el “saneamiento” de los barrios, usando
para ello el aumento de las rentas y los precios, lo que hace que las
personas de bajos ingresos se desplacen a comunidades más baratas,
desocupando las casas y edificios que ocupaban en la comunidad "gentrificada". Una vez eso sucede, en el barrio, ya
libre de pobres, se construyen condominios y centros comerciales
destinados a la clase media, que se apresura a mudarse a estos supuestos nichos de bienestar.
Hasta que de nuevo
el gobierno dice “proletarios de todos los barrios, uníos”, y
llega el plan 8, y hay un tiroteo un sábado por la noche.
Pero este asunto no
es ni remotamente exclusivo de cerdos capitalistas. De hecho, conozco
un caso que me da más pena. Por supuesto, mi Habana.
En mi Habana hubo, y
hay, una marcada segregación entre los que pueden y los que no
pueden.
En La Habana hay
comunidades exclusivas y barrios populares. La Lisa y San Agustín
colindan con Siboney, La Corbata se llama Polo científico del Oeste,
y Buenavista acordona a Miramar.
Por otra parte
Santos Suárez, la Víbora, el Casino, pasaron de ser tranquilos
barrios de familias de clase media a lo que hoy parecen: barrios
postapocalípticos.
Y no hay
gentrification que funcione en ese caso, entre otras cosas, quizás,
porque andamos escasos de gentilhombres.
Pero tenemos, por
supuesto, el otro lado de la historia también. Nuevo Vedado, Siboney
y Miramar, que fueron construidos por y para la clase media y alta,
fueron confiscados por los que poseen Cuba.
Para esos
usurpadores, nuestros provincianos y socialistas aristócratas, no hay plan 8,
vade retro. Impensable un edificio de microbrigadas lleno de negros en la desembocadura del Almendares. Sólo les bastó con bautizar a esos sus
lugares, en su momento, con el refrescante nombre de “zonas congeladas”. Los
demás, proletarios, partidarios, opositores, negros o blancos, que se vayan a la mierda con el resto de la isla.
Sencillo.
jueves, 7 de noviembre de 2013
Anomalías
Según el señor
(compañero, para sus allegados) que responde en esta entrevista, los
cubanos en Cuba gastan entre el 70 y 90% del salario en alimentos.
Por otro lado, en EEUU, o en
México, se supone que no se debe gastar más del 30% de los ingresos
en renta o se cae en crisis financiera personal.
Veamos, sin embargo,
esta tabla, donde se describen a grandes rasgos los gastos en EEUU,
agrupados, pero por supuesto, por razas y etnias:
Shares of average annual expenditures on selected major components by ethnicity and race, 2012 _____________________________________________________________________________ Hispanic Black or White and all Item or African-American, other races, Latino non-Hispanic non-Hispanic ----------------------------------------------------------------------------- Housing 35.6 37.3 32.0 Transportation 19.7 17.5 17.2 Food 15.5 12.1 12.6 Health care 4.5 5.2 7.4 Entertainment 3.8 4.0 5.4 Cash contributions 1.9 3.5 4.0 _____________________________________________________________________________
Asombra ver entonces
que a estas alturas el alimento siga siendo, pero por mucho, el principal
problema de la familia cubana.
Y asusta pensar que
el inmovilismo, el cinismo, la ineficiencia, y la total falta de
responsabilidad y previsión del gobierno cubano, no haya preparado en
lo absoluto a los cubanos para la Cuba que viene, donde las
responsabiliaddes financieras de las familias cubanas van a ser diferentes, pero también acuciantes.
LQQD
En el aula de mi hijo hay colgado
en la pared un mapamundi “cabeza abajo”, y
si alguien pregunta por qué, le responden: ¿por qué no?
La idea tras tal
ingenioso reto es que hay lastres implícitos en los conceptos
convencionales, y que hay que desprenderse de ellos.
No cuesta mucho
trabajo intelectual percatarse de que norte o sur, arriba o abajo,
son sólo cómodos referentes que los humanos usamos para encontrar
nuestro camino en un universo fundamentalmente caótico. Todos dicen
que la Luna está allá arriba, cuando simplemente está ahí.
Es maravilloso que
la escuela se haya percatado de la importancia de lo que algunos
llaman pensamiento lateral (lateral thinking), como antítesis del
pensamiento dogmático y convencional, y yo me siento muy satisfecho
con ello.
Y escribo este texto
motivado no tanto por esta imágen de Cuba “cabeza abajo” que ha colgado (je, je) Rolando Pulido en FB, donde comenté algo parecido a
lo que aquí escribo, sino por un par de comentarios que allí
aparecen, y aquí reproduzco:
........................“ Porque el norte esta para arriba por lo tanto tienes que poner el mapa con el norte para arriba esto no es Fisica que los objetos se ven segun el lugar que ocupan en el espacio esto es Geografia por lo tanto este mapa esta mal puesto”
“Si yo entro al aula de mi hijo y veo un mapa colgado al revés, busco una buena explicación sobre eso porque yo no mando a mi hijo a la escuela para que camine con la cabeza, yo lo mando para que se mantenga caminando con los pies y use la cabeza para pensar y aprender. Pulido puso el mapa al revés, pero él es adulto y no se va a confundir, pero los niños y jóvenes, sí. “
..........................
Ergo, LQQD.
Esto te pone la cabeza mala
“Tú eres
cubano...”
“!!!”
“A mí me gusta la
timba...”
“¡?”
“De Perú, soy de
Perú...”
“!!!???”
“Pues allá eso es
lo que se oye, más que la salsa. La Charanga Habanera, Mayimbe, toda
esa gente... Los grupos de timba cubana van, y muchos músicos se
quedan, y han formado grupos, tocan en clubes y en los barrios...”
“¿?”
“Aquí yo voy a
bailar timba a New Jersey, Mayimbe toca allí a cada rato... Y quiero
ir a Cuba, o a Miami, quiero casarme con una cubana. ¿Cuanto
costaría un mes de vacaciones en Cuba?...”
“...”
“Carajo... Pues
entonces Miami, algun día...”
“¿?”
“...¿Médico de
la Salsa? No, no lo conozco... Pero conozco a Michel Maza, que es
hijo de una cantante cubana, y que estuvo preso en Perú por
mariguanero, era cantante de La Charanga, chamaco de barrio, siempre
parado en la esquina, y después empezó a fumar pasta, eso es mas
serio, y se metió en problemas, y ….”
….................
Y mientras el peruano timbero proseguía entusiasmado con el parte
farandulero, yo pensaba, asombrado, cómo fue que Manolín se las arregló para no tener éxito fuera de Cuba....
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Religión
“Yo quiero ir a jugar a
ese parque...”
“No puedes, mi amor,
porque ese es un parque privado de la sinagoga, y sólo los niños
judíos pueden usar el parque”
“¿Qué es la sinagoga?”
“Es un templo, como una
iglesia, donde los judíos practican su religión”
“¿Qué es religión?”
“Es algo que muchas
personas utilizan para explicar lo que no entienden”
“Yo quiero ser judío...”
martes, 5 de noviembre de 2013
Aliosha y sus demonios
Hoy amanecí con la noticia de que
una buena amiga de la universidad ha muerto.
¿Cómo Aliosha, la alegre, la muchacha que sonreía mientras apartaba el empecinado mechón de pelo que insistía en cubrirle los ojos, se convirtió en una alcóholica suicida?
¿Qué encrucijadas son esas, de donde salen esos demonios que te llevan suave e inexorablemente de la mano?
Se fue, entonces, mi amiga. Se murió una desconocida. Se quedan los buenos recuerdos.
Un beso para ella. En los labios.
Nazdar, Aliosha.
Aliosha, la muchacha esbelta, alta, de pelo oscuro y
abundantes labios sensuales, casi groseros, pero que adornaban su sonrisa, su risa fácil, y su palabra amable, ha muerto.
“Vraj sa upila k smrti...”, dicen que bebió hasta morirse, me escribe su mejor amiga.
“Vraj sa upila k smrti...”, dicen que bebió hasta morirse, me escribe su mejor amiga.
¿Cómo Aliosha, la alegre, la muchacha que sonreía mientras apartaba el empecinado mechón de pelo que insistía en cubrirle los ojos, se convirtió en una alcóholica suicida?
¿Qué encrucijadas son esas, de donde salen esos demonios que te llevan suave e inexorablemente de la mano?
Se fue, entonces, mi amiga. Se murió una desconocida. Se quedan los buenos recuerdos.
Un beso para ella. En los labios.
Nazdar, Aliosha.
lunes, 4 de noviembre de 2013
El hombre tibio
Después que
Sabina, la cordura, y el necesario pragmatismo
fueran dejando a Silvio Rodríguez sentado en una de las sillas que éste encontró en el camino, me quedaron sólo un par de sus canciones, y
una decepción de espanto.
Y es que tuve yo la aburrida
oportunidad de ver como se iba difuminando su halo de esperanza,
cuando más lo necesitábamos.
Hasta que se apagó.
El hombre fue
perdiendo colores, y cada día se fue volviendo más gris,
fundiéndose con esos que antes apenas lo toleraban, y que, al final,
acabaron por asimilarlo.
Así, de poeta a
vocero, de trovador a personero, ahora es alguien al que no vale la
pena escuchar cuando tiene algo que decir. Quizás cuando canta, por
pura nostalgia, pero eso, tristemente, es todo.
Y, si alguien no lo
creyera, léase pues esta última entrevista que ha publicado OnCuba, donde las preguntas son excelentes, y las respuestas dan
pena...
sábado, 2 de noviembre de 2013
2D
Resulta difícil saber quién, o quienes, son las
personas, tan grises, y definitivamente tan prescindibles, que toman
las más raras e inexplicables decisiones en Cuba.
Cosas tan absurdamente extrañas, como llamarle
cuentapropismo a la iniciativa privada, o asombrosamente ridículas,
como declarar privatizable el uso de baños públicos, y valga la
paradoja, o francamente enigmáticas, como prohibir (ah, les encanta
prohibir) el cuentapropismo (je, je) usando juegos de video, o
proyectando películas 3D.
Es entonces el regreso, por decreto, al 2D. Es la voz
de mando que ordena abandonar lo tridimensional y volver a lo básico,
a lo plano.
Plano, como la mente de esa gente gris.
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