domingo, 10 de noviembre de 2013

Puntos de vista

"Un carro es para que te mueva de un lugar a otro y, mientras esté funcionando, no veo la necesidad de andar cambiando de carro cada tres o cuatro años...."

"Es como con los zapatos..."

"¿Qué?"

"Los zapatos, lo mismo sucede con los zapatos..."

"Eso es muy diferente..."

viernes, 8 de noviembre de 2013

La Ciudad Oscura

La primera vez que visité Cuba, después de haber emigrado, el impacto fue tal que casi me deprimí.

Al regreso de la visita, pues esta fue la primera vez que me senté a escribir, pues de alguna manera tenía que hacer catarsis, y hablar no me bastaba. Fue antes del blog, antes de Facebook, de Twitter; los blogs ni siquieran eran relevantes por esa época, o no existían, no sé. Debe haber sido por el año 2001.

En fin, esto fue lo que escribí:

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Bienvenido, entonces, a la Ciudad Oscura.

Lóbrega y opresiva de noche, deprimente en el día.

El auto que manejo, a escasos 40 km/hora, se sacude y hace sonar todas sus junturas y tornillos que se van aflojando al son de los baches. Hay muchos baches en la Ciudad Oscura. Tantos, que no entiendo porque tanta insistencia en regular la velocidad del tránsito; los baches se encargan de ello con amplia ventaja sobre los numerosos policías. Y hay muchos policías, pero hay más baches, y algunos merecen nombre, los baches, quiero decir. Este, seco,  parece un cráter, mientras que el que sigue, inundado de agua, semeja una laguna en la cual se podría perder un estrambótico Fiat Polaco.

Bordeo entonces las traicioneras fosas, subiendo el carro a la acera, entre las protestas de la torturada suspensión y las increpaciones de unos adolescentes que ven interrumpido su juego con trompos. Lo que me gritan es casi ininteligible, un argot contemporáneo pronunciado con el acento de un español habanero que involuciona inexorablemente, pero puedo inferir de que se trata. Los saludo con un apresurado ademán, mientras regreso el auto a la maltrecha calle, con el cuidado de un anciano que baja una escalera. Al pasar por encima del contén escucho un chirrido metálico. Un pequeño tributo que le cobra al chasis del auto la Ciudad Oscura por andar esquivando sus  baches.

Hay humo, mucho humo en las calles. Me sigo moviendo, casi a trompicones, cuando de pronto el frente del carro estalla en luz. Está cayendo el sol, con ese amarillo quemante de la tarde del trópico. Y entre el humo, y el sol en los ojos, adivino la calle que no veo para no terminar empotrado en un portal de alguna ya de por sí ruinosa casa.

Y hoy, además, es día de elecciones de diputados a la Asamblea Nacional.

Del radio salen constantemente reportes acerca de lo exitoso del proceso electoral, porcentajes de asistencia por encima del 99% , masividad, el pueblo en pleno, qué entusiasmo. Los reportajes son interrumpidos a ratos por spots alegóricos, instando a votar temprano. Uno de ellos llama particularmente mi atención.

Un locutor de Radio Rebelde, con una voz exaltada, pero que guarda un toque de solemnidad, declama sobre un fondo de música triunfalista: “Todos a votar por el futuro de la Patria y de la Humanidad”.

Inevitablemente pienso, por vez enésima, que los cubanos somos geocéntricos desde nuestras más remotas raíces. Basta con, digamos, Martí. “Un error en Cuba, un error en América, es un error en la Humanidad entera”. Pero a Martí se le perdona. Martí, además de tremendista y dramático, era romántico y valiente. Pero la frase del locutor de Radio Rebelde hace que, perplejo, mientras sorteo bicicletas, baches y transeúntes, me rasque la frente.

Porque, si bien me queda claro que el futuro de la Patria se vislumbra desastroso, me resulta difícil imaginar a una Humanidad que, aguantando la respiración, emocionada, espere el ridículamente predecible resultado de la votación en Cuba.

De repente, una musiquita trepidante se deja escuchar en el radio. “Allá va eso, la Mesa Redonda…”, dice mi acompañante. De eso había oído hablar, pero aun no me había tocado en vivo y en directo. Sin embargo, inmediatamente, con facilidad, se le toma el pulso al programa.

El tema del programa no es lo fundamental, sino el tono: aleccionador, seguro, definitivo.
La conversación, que por momentos parece monólogo, está salpicada de términos de moda, probablemente enigmáticos para el cubano de a pie: neoliberalismo, globalización, FMI, Banco Mundial.

Llueven los razonamientos sólidos, las frases precisas y conocedoras. De pronto, me percato de que esta gente parece tener diagnosticados todos los problemas, y elaboradas las correspondientes soluciones. Parecería que entonces el meollo del asunto sólo está en aplicar esas soluciones, una vez estén dadas las condiciones objetivas, y bajo control las subjetivas, para finalmente entonces convertir a Cuba, de una vez y por todas, en el país más próspero del planeta que haya existido desde el inicio de los tiempos, por siempre y para siempre. Como no.

El Noticiero Nacional de Televisión me sorprende en medio de mi visita a unos amigos. Me sorprende más que los anfitriones revisan de reojo, de soslayo, lo que sucede en el televisor, y eso me hace sentir un poco incómodo, inoportuno. Para atenuar el impacto, decido entonces sumarme a la contemplación  del NTV.

Este es sencillo.

Fidel, en no sé que acto político, y la verborrea de turno, lo cual me hace cerrar los ojos con resignación y suspirar discretamente. Le sigue un fragmento de un discurso de Hugo Chávez al final del cual el locutor del noticiero nos comunica con entusiasmo que el discurso completo del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, será trasmitido a las seis de la tarde al día siguiente. A estas alturas ya tengo los ojos abiertos como platos y, con cierta incredulidad, señalando hacia el televisor, le pregunto al anfitrión: “Oye, ¿ese hombre dijo que van a poner el discurso de Chávez?... “, “Ah, sí… a cada rato ponen uno…”, me responden y en ese momento, sin que me de tiempo para decir lo que se me agolpa en la garganta, aparece el tercer tema de esa noche en el NTV: Lula en no se qué evento izquierdista en Brasil; unos cubanos despotricando acerca de la globalización en el mismo evento, y le siguen las noticias internacionales: revueltas, protestas, catástrofes sociales y hecatombes económicas en todo el mundo, que evidentemente está jodidísimo, coño, que suerte la de vivir en Cuba, parece ser el mensaje explícito.

Misericordiosamente, aparece finalmente el reporte sobre el estado del tiempo el cual, como es sabido, es tema de preocupación nacional. Y en eso se acabó el noticiero. Me despido, me subo al carro y empiezo a hablar sólo, ahuyentando el mal sabor con elaboradas imprecaciones y malas palabras que se me han ido acumulando.

Ya cayó la noche y los portales, desdibujados, sólo se adivinan. Sombras en ellos, gente que va a quién sabe adonde. La desesperanza se puede agarrar con la mano. El Parque de la Fraternidad me recibe con más tinieblas de las que una ciudad debe soportar. En medio de esa oscuridad, casi sólida, se mueven autos, cocotaxis, almendrones, y hasta algún que otro ciclista suicida. Sigue la Calzada de Monte, un túnel de miserias, de paredes tristes, grises, negras, heridas por guardavecinos herrumbrosos y precarios balcones en ruinas.

Belascoaín, es una ruta tortuosa y maltrecha.

Iluminado apenas por la luz malicienta de un esporádico farol, un anciano camina por la acera que bordea el Mercado de Cuatro Caminos. Viste una camisa de color indefinible y unos pantalones beige, en los que destaca un remiendo oscuro en el muslo. Los pantalones  apenas le llegan al tobillo, dejándo ver la delgada pierna. Sin medias, calza unos tenis remendados y manchados. De su mano derecha cuelga una jaba, de nailon tejido y con asas de una tela a cuadros.

Avanza despacio, abandonando por momentos la seguridad de la acera que, en ese lugar, además de ser muy estrecha, se ve interrumpida por un poste de electricidad. El anciano baja a la calle con descuido, no parece importarle la amenaza de un auto o bicicleta. Arrastra ligeramente los pies y su mirada, a tono con su espalda encorvada, mira hacia el suelo un par de metros por delante. Después de avanzar un corto tramo regresa a la acera, y entonces es casi derribado por dos hombres que vienen conversando a gritos, interrumpiéndose mutuamente, gesticulando con amplios ademanes.

Uno de ellos tropieza con el frágil cuerpo, percatándose apenas de la presencia del anciano, al que mira de lado, burlón, mientras le grita, “Oye puro, mire por donde camina, consorte…”, y se apresura a alcanzar a su compañero, retomando la gritería casi sin pausas. El anciano sigue su camino, arrastrando los pies, en silencio.

De nuevo llego a otra encrucijada de tinieblas, Vía Blanca y 10 de Octubre.

La mortecina luz roja del semáforo me detiene. Alguien en la mañana (tan lejana parece a esta hora de desolación) me comentó que habían cambiado las bombillas de los semáforos por otras de menor potencia. Para ahorrar energía, me dijo. El resultado es una señal lumínica agonizante que en la noche trata de abrirse paso entre toda esa oscuridad oscuridad y que, por el día, simplemente no se ve. Tremenda mierda.

Sigo a lo largo de Vía Blanca, sorteando en la oscuridad los mismos baches, humeantes camiones y asmáticos carros rusos, cuando me sorprende un manchón de luz a mi izquierda. Atisbo a duras penas, en el borde del oasis de luz, un letrero que anuncia un Rápido, y una tienda Panamericana. “Coño, tengo que comprar cigarros…”, me acuerdo en ese momento, y me permito una infracción que a nadie molesta en la calle semidesierta. Doy vuelta en U, y entro a una cochambrosa calle lateral que da acceso al lugar.

Parqueo el carro al lado de unos maltrechos y hediondos tanques de basura. A mi izquierda, ya afuera del alcance de la luz, vociferan unos muchachos, casi todos en shorts, camisetas y descomunales zapatos deportivos de pésimo gusto. Un par de hombres, recostados en la cerca de mallas que circunda el lugar, beben cervezas y me observan con indiferencia. Otros, mas allá, me miran, me valoran, aquilatando a ese tipo blancuzo, que a las diez de la noche anda por la Ciudad Oscura, en bermudas de mezclilla, un par de tenis “que-se-ve-que-son-de-afuera”, como dijera una vecina, y con una discreta pero brillante cadena de oro y en fin, con tipo-de-yuma (la vecina de nuevo), manejando un carrito de turistas, y que se baja en aquel tugurio, ubicado en el borde del otrora bello y ahora demacrado barrio de Santos Suárez.

Una edificación de planchas metálicas da cobijo a una especie de cafetería de estos tiempos. Una sudorosa mujer, embutida en una blusa blanca con sobacos amarillentos, se ve atareada detrás de un estrecho mostrador. A su espalda un refrigerador deja ver a través de la puerta transparente cervezas y refrescos de un par de marcas nacionales.

Hay unas seis o siete mesas, con cuatro sillas cada una, de plástico blanco, manchadas por el uso y el maltrato. Algunas están ocupadas; una pareja de ojos cansados, tres hombres que conversan en inusual voz baja, y que beben cerveza con manos que brillan por la grasa de los pollos fritos.

En una mesa más alejada se sienta un hombre de mediana edad, apoltronado en su silla, y con aspecto de estar muy satisfecho de sí mismo. Hace unas señas a un muchacho, que es a todas luces retrasado mental, y le entrega dinero para que le traiga una cerveza. La encargada del lugar levanta la vista brevemente, inquisitiva, en dirección al hombre satisfecho. Este le responde con un gesto que pretende ser magnánimo, y la mujer le entrega al muchacho una cerveza Cristal sin darle el vuelto.

El muchacho corre torpemente hacia la mesa del hombre satisfecho, y le coloca la cerveza enfrente. El hombre satisfecho le da un billete de un dólar, y el muchacho mira el dinero con la boca entreabierta, mientras esboza un rictus que quiere ser una sonrisa, y una espesa gota de saliva le asoma a la comisura de los labios.

Entonces el hombre satisfecho hace girar la lata de cerveza entre sus dedos, sin levantarla de la mesa, en gesto maquinal, y pasea la mirada por el lugar, como buscando el eco de la impresión que su proceder generoso debió dejar en los demás parroquianos. Pero nadie le está prestando atención.

El lugar está iluminado por unas cuantas lámparas de luz fría. La más alejada del mostrador, defectuosa, parpadea con regularidad.

Todas las lámparas tienen algo en común: están cubiertas por moscas, que a esas horas de la noche están ahítas. En los espacios que no ocupan las moscas se advierten las numerosas cagadas con que han tapizado los focos, antes blancos y transparentes, y que nadie se ha preocupado en limpiar, quizás nunca. La luz que se logra filtrar a través de toda esa mugre ilumina un piso de cemento sin pulir, cubierto de colillas de cigarros, papeles, bandejas y cubiertos de plástico y algún que otro vaso. Todo ello pisoteado y amalgamado con el polvo gris plomo de la Ciudad Oscura.

La encargada del lugar termina de atender a la persona que había llegado antes que yo. Me aproximo para realizar mi pedido, cuando el muchacho retrasado irrumpe por mi lado, mientras se limpia la baba que le corre por el mentón con el dorso de la mano derecha. Al bajar el brazo, con un movimiento brusco, hace que su húmeda mano pase rozando la mía, muy cerca. O al menos lo suficientemente cerca como para dejar un frío y viscoso hilo de saliva enredado en los vellos de mi brazo. Mientras que aguanto la respiración y miro con cierta incredulidad el trazo brilloso que ahora ostento, el muchacho deja caer los brazos en el mostrador, la boca entreabierta y la cabeza balanceándose con cierta cadencia. Pide con frases entrecortadas algo de tomar y comer, mientras yo pregunto por un baño. La mujer, sin pronunciar palabra, me señala con un movimiento del mentón hacia algún lugar a su izquierda.

Lo encuentro en la penumbra, adonde me conduce el inconfundible hedor amoniacal. Como puedo me limpio el brazo, y regreso al mostrador. Pido los cigarros, y unas maltas. La mujer escucha sin levantar la vista de un dinero que está contando.

De pronto, alarga la mano, toma una caja de cigarros, la tira en el mostrador con gesto habitual y, mientras me las ingenio para interceptarla en su trayectoria y evitar que siga resbalando y caiga al piso, me dice: ” ¿Cuantas maltas, mijito? , “Seis, por favor…”. La mujer abre una de las neveras, saca las maltas y las coloca delante de mi.

Entonces, apoyando ambas manos en el borde del mostrador, me dice el precio. Le doy el dinero, y le pregunto que si por favor no tendrá una bolsa de plástico para meter las maltas. Ella, que ya de nuevo está manipulando el dinero, levanta la vista brevemente y dice “Una qué..?”, y por su expresión parecería que le pedí los aretes que le faltan a la Luna. “Una jabita…”, le digo, y ella mete la mano debajo del mostrador, y saca una caja de cartón y la pone junto a las maltas.

Acomodo las latas en la caja, tomo el vuelto, agradezco con una sonrisa, y camino hacia la salida. Lo último que veo es la mesa del hombre satisfecho, al cual en el ínterín se unió un tipo de ojos enrojecidos, que viste un short sucio, un pulóver con algún letrero en ingles, y unas chancletas plásticas, de las que asoman unos dedos percudidos.

En la mesa aledaña, el muchacho retrasado devora un perro caliente, que acompaña con un refresco. Fragmentos informes de comida masticada escapan de su boca, mientras ríe desaforadamente de los comentarios de contenido sexual que hacen el hombre satisfecho y el de los ojos rojos.

Noche ésta de un día largo. Cansado, transito lentamente por calles que parecen acabadas de bombardear. Llego a mi casa y, mientras cierro el carro, veo por el rabillo del ojo una figura que sale furtivamente de un zaguán en penumbras. El hombre trae la mano derecha oculta bajo la chaqueta gris que viste, y con la mano izquierda aparta la solapa con sigilo: ”Dime Flaco, carne de res, a dos dólares la libra…”, dice mientras me muestra lo que trae bajo la chaqueta: una pieza de carne colgada de un gancho.

“Cojones compadre, no hagas más eso, que me va a dar un infarto…”, le digo aliviado a este amigo con el que jugaba en mi infancia, y que ahora trabaja en un frigorífico, “Entra pa´la casa, a ver como es la cosa”. Termino la transacción, despido al amigo que de niño traficaba bolas de vidrio y que ahora lo hace con carne robada, me dejo caer en una butaca, y logro sonreí a mis padres, que han observado en silencio todo ese tiempo.

Baño tibio, y esa comida de sabor tan especial, y entonces mi hermano me pregunta, mirándome fijamente: “Oye, ¿tú no sientes la sensación esa de los cubanos que viven en el extranjero y vienen de visita, de que están locos por volverse a ir…?” Suspiro disimuladamente, y lo miro a los ojos mientras le digo, intentando una sonrisa: “No brother, aquí está mi familia, esta es mi casa…”


Enciendo un cigarro, mientras cambio la vista y miro más allá de la terraza, hacia la Ciudad Oscura y, sintiéndome culpable por mentirle a mi hermano, cuento mentalmente cuantos días me faltan para regresar a la Luz.  

Barrios y otros lugares

Hubo un intercambio de disparos, y alguien resultó herido.

Sucedió el sábado, en mi pequeña ciudad.

Sucedió justo junto a un parque infantil, al cual algunas veces hemos llevado a mi hijo a que juegue, mientras nosotros aprovechamos para disfrutar de la vista del mar y la bahía.

A un lado de ese parque comienza además un paseo que se extiende a lo largo de un buen tramo de la costa, con atracaderos privados que pertenecen a los que viven en las casas magníficas que bordean la pintoresca calle, con terrazas y jardines que se abren al mar.

Al otro lado del parque infantil, a un par de cuadras de las casas magníficas, hay un conjunto de edificaciones de diseño monótono y poco atractivo, pequeños apartamentos y casitas amontonadas, flanqueadas por una línea de tren y un templo bautista. Es lo que llaman public housing, o también Section 8: las viviendas que el gobierno le proporciona a las familias de bajos ingresos, con rentas subsidiadas, sin gravámenes de ningún tipo.

De ese lado tuvo lugar el tiroteo.

Esas cosas no suceden en mi ciudad, han dicho indignados vecinos, qué está haciendo la policía, por qué no patrullan en ese lugar, what the fuck is going on, no debería haber public housing en nuestra ciudad, fuck the goverment, y se detienen justo antes de decir algo políticamente incorrecto acerca de los que habitan en el plan 8, que son mayormente negros e hispanos.

Cuando nosotros llegamos a EEUU nos resultó curiosa esa alternancia de barrio bajo y barrio residencial que se puede encontrar por todos estos lados.

Zonas con casas que valen un buen millón de dólares colindan con barrios en donde predominan inmigrantes, o con guettos, o con secciones 8. Quizás el megaejemplo, extremo, sería Manhattan, con Harlem y el Bronx justo en la zona norte del Central Park, o los “projects” de Brooklyn a un tiro de piedra, cruzando el East River. Rough neighborhoods, me decía un amigo que vivía por la zona.

Y, al parecer, es obligatorio para ciudades, villas y villorios incluir una zona de public housing en su territorio. Véase qué dice el estado de Nueva York sobre este plan:

"Section 8, also known as the Housing Choice Voucher Program, provides funding for rent subsidies for eligible low-income families for decent, safe, and affordable housing. Families can select housing within a neighborhood of their choice."

Es decir, dicho en cubano contemporáneo, coge tu pobre aquí. Y parece ser una buena intención.

Desde el punto de vista de la administración pública, es perfectamente entendible que se quieran desconcentrar a las familias de bajos ingresos,  repartirlas equitativamente entre todos los barrios y ciudades. Es razonable, piensa el gobierno, y parece haber mucho sentido común en ello.

Pareciera, además, que haya al menos dos propósitos en esa repartición: tratar de “diluir” un modus vivendi inherente a muchas de las familias y personas de “bajos ingresos”, al ponerlas en contacto con otro tipo de comunidad y, por otro lado, disminuir la carga financiera y social que representaría administrar una comunidad compuesta solamente por personas pobres. Detroit es quizás el más drástico ejemplo.

Sólo hay que imaginar que sucedería, en una comunidad de ese tipo, con el distrito escolar, el hospital local, la policía, los negocios locales, el transporte público o el valor de los bienes raíces. O con la tasa de criminalidad.

Sin embargo, para los residentes de clase media, que han escogido vivir en una comunidad por la calidad de vida que ello representa para su familia, no hay mucho sentido común en convivir con un plan 8, ni es muy deseable que algo así suceda.

Estas personas de clase media se establecen en una comunidad porque hay allí un buen distrito escolar, porque no hay necesidad de enrejar las ventanas, porque es seguro salir a caminar y disfrutar el fresco de la noche, porque sus casas valen cientos de miles de dólares, y es preciso que ese valor se mantenga, o crezca, y porque el parque infantil es el lugar seguro y adecuado para sus hijos.

Estas personas de clase media no son ni remotamente ricas: dependen de un salario, o de pequeños negocios, y tienen que trabajar para mantener su estatus, nadie les regala nada. Y, en última instancia, es con sus impuestos con los que se pagan los public housing. La clase media, entonces, si bien entiende que haya personas de “bajos ingresos”, no concibe por qué esos “pobres” no hacen algo para mejorar sus vidas, y dejar de depender del gobierno. Y de los impuestos. Y que puedan, consecuentemente, hacerse cargo entonces de sus propias comunidades.

Es en este marco donde ha aparecido, sutilmente, adornado, azucarado, blandiendo banderitas de progreso y real estate, lo que han dado en llamar proceso de “gentrification”. 

Y abunda el Merriam-Webster acerca de eso:

"(gentrification is) the process of renewal and rebuilding accompanying the influx of middle-class or affluent people into deteriorating areas that often displaces poorer residents"

Gentrification, que viene de gentry (burgués, gentilhombre, noble o aristócrata), que es el antónimo de proletario.

La gentrification entonces no es más que el “saneamiento” de los barrios, usando para ello el aumento de las rentas y los precios, lo que hace que las personas de bajos ingresos se desplacen a comunidades más baratas, desocupando las casas y edificios que ocupaban en la comunidad "gentrificada". Una vez eso sucede, en el barrio, ya libre de pobres, se construyen condominios y centros comerciales destinados a la clase media, que se apresura a mudarse a estos supuestos nichos de bienestar.

Hasta que de nuevo el gobierno dice “proletarios de todos los barrios, uníos”, y llega el plan 8, y hay un tiroteo un sábado por la noche.

Pero este asunto no es ni remotamente exclusivo de cerdos capitalistas. De hecho, conozco un caso que me da más pena. Por supuesto, mi Habana.

En mi Habana hubo, y hay, una marcada segregación entre los que pueden y los que no pueden.

En La Habana hay comunidades exclusivas y barrios populares. La Lisa y San Agustín colindan con Siboney, La Corbata se llama Polo científico del Oeste, y Buenavista acordona a Miramar.

Por otra parte Santos Suárez, la Víbora, el Casino, pasaron de ser tranquilos barrios de familias de clase media a lo que hoy parecen: barrios postapocalípticos.

Y no hay gentrification que funcione en ese caso, entre otras cosas, quizás, porque andamos escasos de gentilhombres.

Pero tenemos, por supuesto, el otro lado de la historia también. Nuevo Vedado, Siboney y Miramar, que fueron construidos por y para la clase media y alta, fueron confiscados por los que poseen Cuba.

Para esos usurpadores, nuestros provincianos y socialistas aristócratas, no hay plan 8, vade retro. Impensable un edificio de microbrigadas lleno de negros en la desembocadura del Almendares. Sólo les bastó con bautizar a esos sus lugares, en su momento, con el refrescante nombre de “zonas congeladas”. Los demás, proletarios, partidarios, opositores, negros o blancos, que se vayan a la mierda con el resto de la isla. 

Sencillo.

Y en fin, que ya no voy a volver a llevar a mi hijo a ese parque...

jueves, 7 de noviembre de 2013

Anomalías

Según el señor (compañero, para sus allegados) que responde en esta entrevista, los cubanos en Cuba gastan entre el 70 y 90% del salario en alimentos.

Por otro lado, en EEUU, o en México, se supone que no se debe gastar más del 30% de los ingresos en renta o se cae en crisis financiera personal.

Veamos, sin embargo, esta tabla, donde se describen a grandes rasgos los gastos en EEUU, agrupados, pero por supuesto, por razas y etnias:

Shares of average annual expenditures on selected major components by
ethnicity and race, 2012
_____________________________________________________________________________
                               Hispanic        Black or        White and all
 Item                             or      African-American,    other races,
                               Latino       non-Hispanic       non-Hispanic
-----------------------------------------------------------------------------
Housing                          35.6               37.3               32.0
Transportation                   19.7               17.5               17.2
Food                             15.5               12.1               12.6
Health care                       4.5                5.2                7.4
Entertainment                     3.8                4.0                5.4
Cash contributions                1.9                3.5                4.0
_____________________________________________________________________________ 

Asombra ver entonces que a estas alturas el alimento siga siendo, pero por mucho, el principal problema de la familia cubana.

Y asusta pensar que el inmovilismo, el cinismo, la ineficiencia, y la total falta de responsabilidad y previsión del gobierno cubano, no haya preparado en lo absoluto a los cubanos para la Cuba que viene, donde las responsabiliaddes financieras de las familias cubanas van a ser diferentes, pero también acuciantes.

LQQD

En el aula de mi hijo hay colgado en la pared un mapamundi “cabeza abajo”, y si alguien pregunta por qué, le responden: ¿por qué no?

La idea tras tal ingenioso reto es que hay lastres implícitos en los conceptos convencionales, y que hay que desprenderse de ellos.

No cuesta mucho trabajo intelectual percatarse de que norte o sur, arriba o abajo, son sólo cómodos referentes que los humanos usamos para encontrar nuestro camino en un universo fundamentalmente caótico. Todos dicen que la Luna está allá arriba, cuando simplemente está ahí.

Es maravilloso que la escuela se haya percatado de la importancia de lo que algunos llaman pensamiento lateral (lateral thinking), como antítesis del pensamiento dogmático y convencional, y yo me siento muy satisfecho con ello.

Y escribo este texto motivado no tanto por esta imágen de Cuba “cabeza abajo” que ha colgado (je, je) Rolando Pulido en FB, donde comenté algo parecido a lo que aquí escribo, sino por un par de comentarios que allí aparecen, y aquí reproduzco:
........................

“ Porque el norte esta para arriba por lo tanto tienes que poner el mapa con el norte para arriba esto no es Fisica que los objetos se ven segun el lugar que ocupan en el espacio esto es Geografia por lo tanto este mapa esta mal puesto”

“Si yo entro al aula de mi hijo y veo un mapa colgado al revés, busco una buena explicación sobre eso porque yo no mando a mi hijo a la escuela para que camine con la cabeza, yo lo mando para que se mantenga caminando con los pies y use la cabeza para pensar y aprender. Pulido puso el mapa al revés, pero él es adulto y no se va a confundir, pero los niños y jóvenes, sí. “


..........................

Ergo, LQQD.

Esto te pone la cabeza mala

“Tú eres cubano...”

“!!!”

“A mí me gusta la timba...”

“¡?”

“De Perú, soy de Perú...”

“!!!???”

“Pues allá eso es lo que se oye, más que la salsa. La Charanga Habanera, Mayimbe, toda esa gente... Los grupos de timba cubana van, y muchos músicos se quedan, y han formado grupos, tocan en clubes y en los barrios...”

“¿?”

“Aquí yo voy a bailar timba a New Jersey, Mayimbe toca allí a cada rato... Y quiero ir a Cuba, o a Miami, quiero casarme con una cubana. ¿Cuanto costaría un mes de vacaciones en Cuba?...”

“...”

“Carajo... Pues entonces Miami, algun día...”

“¿?”

“...¿Médico de la Salsa? No, no lo conozco... Pero conozco a Michel Maza, que es hijo de una cantante cubana, y que estuvo preso en Perú por mariguanero, era cantante de La Charanga, chamaco de barrio, siempre parado en la esquina, y después empezó a fumar pasta, eso es mas serio, y se metió en problemas, y ….”

….................

Y mientras el peruano timbero proseguía entusiasmado con el parte farandulero, yo pensaba, asombrado, cómo fue que Manolín se las arregló para no tener éxito fuera de Cuba....

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Religión

“Yo quiero ir a jugar a ese parque...”

“No puedes, mi amor, porque ese es un parque privado de la sinagoga, y sólo los niños judíos pueden usar el parque”

“¿Qué es la sinagoga?”

“Es un templo, como una iglesia, donde los judíos practican su religión”

“¿Qué es religión?”

“Es algo que muchas personas utilizan para explicar lo que no entienden”

“Yo quiero ser judío...”

martes, 5 de noviembre de 2013

Aliosha y sus demonios

Hoy amanecí con la noticia de que una buena amiga de la universidad ha muerto.

Aliosha, la muchacha esbelta, alta, de pelo oscuro y abundantes labios sensuales, casi groseros, pero que adornaban su sonrisa, su risa fácil, y su palabra amable, ha muerto.

“Vraj sa upila k smrti...”, dicen que bebió hasta morirse, me escribe su mejor amiga.

¿Cómo Aliosha, la alegre, la muchacha que sonreía mientras apartaba el empecinado mechón de pelo que insistía en cubrirle los ojos, se convirtió en una alcóholica suicida?

¿Qué encrucijadas son esas, de donde salen esos demonios que te llevan suave e inexorablemente de la mano?

Se fue, entonces, mi amiga. Se murió una desconocida. Se quedan los buenos recuerdos.

Un beso para ella. En los labios.

Nazdar, Aliosha.

lunes, 4 de noviembre de 2013

El hombre tibio

Después que Sabina, la cordura, y el necesario pragmatismo fueran dejando a Silvio Rodríguez sentado en una de las sillas que éste encontró en el camino, me quedaron sólo un par de sus canciones, y una decepción de espanto.

Y es que tuve yo la aburrida oportunidad de ver como se iba difuminando su halo de esperanza, cuando más lo necesitábamos.

Hasta que se apagó.

El hombre fue perdiendo colores, y cada día se fue volviendo más gris, fundiéndose con esos que antes apenas lo toleraban, y que, al final, acabaron por asimilarlo.

Así, de poeta a vocero, de trovador a personero, ahora es alguien al que no vale la pena escuchar cuando tiene algo que decir. Quizás cuando canta, por pura nostalgia, pero eso, tristemente, es todo.

Y, si alguien no lo creyera, léase pues esta última entrevista que ha publicado OnCuba, donde las preguntas son excelentes, y las respuestas dan pena...

sábado, 2 de noviembre de 2013

2D

Resulta difícil saber quién, o quienes, son las personas, tan grises, y definitivamente tan prescindibles, que toman las más raras e inexplicables decisiones en Cuba.

Cosas tan absurdamente extrañas, como llamarle cuentapropismo a la iniciativa privada, o asombrosamente ridículas, como declarar privatizable el uso de baños públicos, y valga la paradoja, o francamente enigmáticas, como prohibir (ah, les encanta prohibir) el cuentapropismo (je, je) usando juegos de video, o proyectando películas 3D.

Es entonces el regreso, por decreto, al 2D. Es la voz de mando que ordena abandonar lo tridimensional y volver a lo básico, a lo plano.


Plano, como la mente de esa gente gris.