Mostrando entradas con la etiqueta Siria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Siria. Mostrar todas las entradas

sábado, 21 de noviembre de 2015

La hipótesis de Borondongo

Leo, una y otra vez, ese argumento trasnochado de que Francia, y todo Occidente, son en última instancia los artífices de las atrocidades que los radicales musulmanes cometen allá y acullá; que todo se origina -lean los libros, dicen- en la rapiña petrolera y la geopolítica del siglo XX, cuando los poderosos europeos, con la anuencia del ultra maloso Estados Unidos, dividieron, crearon y manipularon el Medio Oriente a su antojo. Y la Guerra Fría. Y las Potencias forcejeando. Y que todo eso llevó a esos muertos en Paris, y antes en Madrid, y en Londres, y Nueva York.

Que es solo la ira reprimida- explican-, el desahogo inevitable, ya se sabe, los pobres de la tierra; la tercera ley de Newton aplicada a las -supongo que suponen- de otra manera pacíficas y prósperas sociedades musulmanas.

Trato de evitar aplicarle una lógica estricta a este asunto; un carácter transitivo de esos que dicen “si esto es así, pues lo otro también”, porque siento que de hacerlo me trasnocho de igual manera. Pero uno es humano, y sucumbe a las tentaciones.

Así que, veamos:

De seguir por ese camino de fatalismo histórico, se arriba con facilidad a la conclusión de que sería justificable que los africanos asesinaran -bundunga pero primero bundanga, anticipa un chiste macabro y jodedor- a cuanto europeo se encuentre en sus ciudades y junglas; por supuesto, sería entendible también que los indoamericanos de toda la América Suya les abrieran el pecho a los blancos, con obsidiana o cuchillos Made in China, y ofrendaran corazones y entrañas a sus dioses ancestrales en pirámides para turistas.

¿Y qué decir de Asia? Ni pensar en lo que los chinos le harían a los japoneses, o los japoneses a los Estados Unidos, o India a Inglaterra, o a Pakistán, al que rociaría con misiles nucleares, y viceversa.

O que las tribus de por acá decidieran dejar sus casinos y desenterrar los tomahawk. O los AR-15, que al cabo estamos en el siglo XXI bajo el amparo de la Segunda Enmienda.

Por supuesto, los portorriqueños del Bronx deberían también rebelarse y caer con esa fuerza más sobre sus vecinos de Manhattan, esos americanos invasores y adinerados; y los cubanos, para no ser menos, aprovechando tanto nieto avecindado en las Españas, deberíamos cargar al machete otra vez y decapitar peninsulares al grito de “¡No a la Reconcentración!”

Y ya entrados en revanchas, pues españoles e italianos deberían invadir el norte de África y desatar una degollina de tres pares de cojones in memoriam de tanto cristiano desollado y empalado; Grecia y Bulgaria debería atacar Turquía, Rusia y China a Mongolia, España a Francia, los escandinavos renovar sus guerras, Inglaterra arrasar a los ex-vikingos, y Europa en pleno aniquilar a Alemania e Italia.

O sea, que hay suficiente antecedente para que pasemos lo que nos queda de vida matándonos mutuamente; al cabo la Historia, siguiendo la lógica de esos analistas de las causas y consecuencias, nos absolverá a todos; son solo traumas históricos -afirman- esos los que impulsan a los terroristas musulmanes a volarse en pedazos. Eso, y la motivadora promesa de las huríes, setenta y dos de ellas: blancas, verdes, amarillas y rojas, con abundante tetamenta y cuerpos de azafrán almizcle, ámbar e incienso.

En fin, regresando a lo simple, hay que decir que esa hipótesis del terrorista traumatizado no funciona.

No funciona, porque el éxito -escaso o cuantioso- que hayan tenido esos países de Arabia y Medio Oriente se lo deben a la existencia de Occidente y a su relación con el mismo.

Sin Occidente estuvieran hoy peor de lo que están. Véase que, a pesar de que casi todos son países petroleros, ninguno ha sido capaz de aportar prácticamente nada más a nuestro mundo; por el contario, todo lo que tienen, y disfrutan, se lo deben a Occidente: de no existir ese petróleo, de no ser por la influencia de Occidente, la zona en pleno sería un páramo tribal, ignorado, olvidado, empobrecido, ahora sí sin nada en lo absoluto que ofrecer.

Pero sería un páramo inofensivo, si no fuera por el islam; sin el petróleo, sin las fronteras impuestas, sin la injerencia occidental, pero bajo la influencia de la religión musulmana, con toda probabilidad enfrentaríamos también hoy una situación parecida a la que tenemos.

La combinación de la obtusa filosofía de odio al Occidente que promueve la religión musulmana -y es necesario recordar que eso es así desde hace siglos-, el fanatismo de sus seguidores, los conflictos entre los grupos que interpretan su credo de maneras diferentes, y la incapacidad de los gobiernos -por lo general tiránicos- de esos países para fomentar el funcionamiento armónico de esas sociedades, todo ello, y no las fronteras arbitrarias trazadas por Occidente, es lo que ha traído estos lodos en los que hoy chapoteamos.

Por demás, si bien el desastre se había venido amasando durante centenares de años, el detonador de la situación aparentemente incontrolable que hoy sucede tiene orígenes mucho más recientes que el reparto del mundo de la postguerra.

El terrorismo llegó en gran escala con el 9/11, pero fue la torpe política de los gobiernos de los Estados Unidos -particularmente el de Bush- la que acabó por desestabilizar una zona de por sí convulsa. Con el pretexto de la venganza, y de llevar la democracia a países que no la necesitan, los Estados Unidos y sus aliados se dieron a la tarea de derrocar tiranos no afines a los Estados Unidos para sustituirlos con otros gobernantes, pro occidentales.

Pero resulta que esos tiranos eran los diques que mantenían contenidos a los imanes radicales, a sus seguidores, y en general a sociedades propensas al tribalismo y la anarquía. Al desaparecer el Iraq de Sadam Hussein, al aumentar el apoyo de EEUU a los rebeldes anti Assad -el error cometido con los mujaidines afganos, otra vez-, al expandirse el caos provocado por el vacío de poder que aun hoy persiste en la zona, se dieron las condiciones para que surgiera el ISIS, y se fortalecieran otras organizaciones terroristas.

Ninguna de esas organizaciones siquiera menciona que Occidente es responsable del origen de la geografía del Medio Oriente, y que esa es la causa de todos sus males; en su lugar, su ideario es fundamentalista, medieval, y está centrado en un solo objetivo: expandir el domino del islam, aniquilando en el proceso a Occidente, y a cualquier otro punto cardinal que se le ponga por delante.

Y todo ello, por una sola razón: en nombre de Allah, el misericordioso.

No es entonces que Songo le dio a Borondongo, y que Borondongo le devolvió la bofetada; no es entonces tan solo que Occidente haya sido el malo de la película, el imperialista rapaz que ahora recibe una respuesta en consecuencia: es que hay un monstruo que creció inexorable, y ahora está fuera de control -ya estaba ahí cuando los europeos llegaron, solo que no lo sabían- ; un monstruo que está golpeando con insistencia -derribando- nuestra puerta, y que hay que hacer algo al respecto.

Ojalá -esa nuestra expresión prestada precisamente del árabe musulmán- que estemos a tiempo para decapitar a la bestia, y ayudar a que el orden natural -probablemente ese de los dictadores diques- retorne al Medio Oriente, a la Gran Arabia y el Magreb.

Ojalá, para dejar entonces que sean ellos los que resuelvan los problemas a su modo, y no que Estados Unidos y Europa sigan hurgando e intentando reparar algo que, aunque cueste trabajo creerlo, no está roto, sino que es solo otra cosa: algo que siempre estuvo ahí y que ni siquiera entendemos bien cómo funciona.

lunes, 21 de septiembre de 2015

El olor de la marea

“No me gustan los mexicanos”, me dijo cierta vez un colega, americano, mientras hurgaba con su cuchara en una sopa con exceso de apio. “Es que hay demasiados…”, añadió y apartó el plato de sí.

Su idea me sorprendió un poco; no por la fobia explícita, sino por el motivo. “Son demasiados…”. Pero lo entendí: a nadie le gustan los inmigrantes.

El emigrante es, por excelencia, competencia; es también amenaza, diferencia; marea que llega, sube, crece, invade; es un animal que huye, espantado por la hostilidad de su lugar de origen; busca un destino apostándole todo a la suerte, confiando en que mejores oportunidades lo aguardan allí: tierras fértiles, climas benignos, tesoros para saquear, mujeres para violar, ganado para hurtar, hacienda que fundar, un trabajo, casa para la familia, mejor vida. El inmigrante es, en esencia, un animal impredecible.

Quizás el principal dilema de la inmigración sea entonces la utilidad de los inmigrantes para el lugar que los recibe y sus habitantes.

El imperio británico, en su proceso de expansión, invadió y conquistó territorios que hoy son naciones independientes e importantes; los Estados Unidos de América, Canadá, Australia y Nueva Zelanda son los ejemplos más relevantes. Para ello Gran Bretaña tuvo que combatir, diezmar y someter a la población nativa. Lo mismo que hizo España, por cierto, a la que sin embargo no se le logró ninguna nación primermundista y a cambio resultó nuestro continente, tan poco diverso, tan monótono, que predomina una sola lengua, que apenas sirve para entenderse, mucho menos para unir.

Hay entonces dos historias a escuchar, la de los invasores y la de los invadidos; la de los que ya estaban y la de los que llegaron. Lo que cuenten españoles y aztecas, nativos americanos y europeos, europeos y mongoles, mongoles y chinos, chinos y japoneses, son dos versiones muy diferentes acerca del drama de la migración, que es el nombre amable de la invasión.

Dicho de manera contemporánea, la diversidad, resultado de la inmigración/invasión es, cuando menos, cuestionable.

“No veo que la diversidad sea beneficiosa para los Estados Unidos”, me comentó otro colega, americano también, descendiente de judíos e ingleses, y yo no insistí en que me explicara ese pensamiento que despertó mi curiosidad, pues la diversidad es, por ejemplo, el remedio a las secuelas de la endogamia que se observan en judíos, o gentiles como los menonitas y amish, cuyo síntoma de involución biológica más notable es que la generalidad de los integrantes de esos grupos necesita usar espejuelos. Supongo entonces que mi colega se refería a las consecuencias que trae la inmigración indiscriminada, con lo cual estoy de acuerdo.

La diversidad tiene aspectos positivos; creo que hay beneficios para la sociedad norteamericana en, por ejemplo, la inmigración asiática: esta aporta empuje en el comercio, en la academia, en la industria, si bien su refractaria cultura solo se mezcla de manera marginal con su entorno, y eso a través de los omnipresentes negocios de baratijas y comida grasosa.

Incluso la inmigración latinoamericana, tan controversial, compuesta en su mayoría de los menos privilegiados -cantera natural de la migración- representa un aporte socioeconómico de importancia considerable; eso, a pesar de que es cierto que son los menos educados, con escasa incidencia en la academia, la banca, los negocios, la ciencia o en trabajos de alta calificación en general -hay un susurro eugénesico que menciona una supuesta inferioridad intelectual de los latinos; quizás eso puede explicar por qué los americanos adoptan a sus chinitos-mascotas, pero no a un niño latino-

Los latinos son entonces, en lo fundamental, mano de obra, cuya participación como elemento de diversidad que impulse el desarrollo de esta sociedad moderna es desproporcionadamente bajo con respecto al  número de latinoamericanos en los Estados Unidos -“Son demasiados…”, decía aquel colega americano, hijo de padre inmigrante checo y madre cachorra de irlandés niuyorkino-. Pero los latinos también son, en su inmensa mayoría, gente de paz; trabajan, producen, ¡y votan!, por lo cual, Descartes cuasi dixit, existen.

Así, la relevancia de los inmigrantes varía, y es deseable que eso se reflejara en las prioridades que les confiere el gobierno a la hora de aceptarlos, porque hay naciones a las que -nosotros los cubanos lo sabemos bien- les urge un filtro migratorio. A los musulmanes, por ejemplo.

Yo tengo un amigo musulmán.

Es africano, de Camerún, y es inmigrante en los Estados Unidos, igual que yo. Su único nombre es Hamadama, que significa “Hijo de Adán” y es de la etnia Fulani. Es un hombre decente, trabajador, padre de familia, que habla seis lenguas, y tiene un gran sentido del humor. Sólo come comida halal, hace ayuno en el Ramadán, y está orgulloso de su religión, que es su herencia cultural. Nadie sabe que es musulmán a no ser que él lo diga. No lo oculta, pero no lo ostenta, y jamás deja que la religión interfiera en su vida, la de su familia o en su entorno. Es la religión de sus padres, y así lo asume. Hamadama es un buen hombre.

Debe haber muchos como él entre los casi 1600 millones de musulmanes en el planeta. Es más, me atrevería afirmar que la mayoría deben ser personas de bien, y para los Hamadamas siempre habrá un lugar entre nosotros. Pero el Islam ha sido secuestrado por la parte más oscura de esa religión.

La lectura literal de sus textos sagrados, el culto irracional a versículos escritos en épocas remotas, por personas aisladas de su entorno y del resto del mundo, ha llevado a muchos a una radicalización de pensamiento y acción que nada tiene que ver con la simple creencia filosófica en un ser supremo, que es la piedra angular de todas las religiones.

De esa manera, el aporte de los islamistas al crisol humano de nuestra sociedad es la intolerancia y atrincheramiento en un dogma obtuso. Alahu Akbar tiene en estos tiempos una connotación medieval de la que, aunque cueste creerlo, ya carece el “Alabado sea Dios” de las evangelizadas ex-colonias de la casta España, acá en Latinoamérica.

La filosofía que sostiene a ese Islam sombrío, la de la intolerancia y la violencia, la misoginia y el odio, la Jihad y la Sharia, es ajena al pensamiento y estilo contemporáneo de vida occidental. Es posible afirmar entonces sin riesgo a equivocación -y sin temor a que parezca islamofobia, pues al cabo amor al Islam no profeso- que no hay nada positivo que pueda aportar el islamismo en esta época a nuestras sociedades.

Las invasiones mongolas sólo trajeron terror a Europa; si hubo algún legado positivo, se ha desvanecido en el tiempo, opacado por las cenizas de la crueldad y la destrucción insensata, pues las naciones de odio no dejan nada detrás que no sea calamidad y muerte; en ese sentido, los islamistas son los nuevos mongoles. Su interpretación literal del texto que soporta su fe, su manera retrograda de profesar su creencia, los convierten en una inmigración-invasión indeseable, y a su lugar de destino, en un sitio desafortunado condenado a la inquietud.

Los inmigrantes, como la marea, pueden oler a mar fresco, a vida nueva, o pueden sólo traer desechos con hedor a podrido que de lejos advierte, al que esté prestando atención, que lo que viene no es cosa buena.

En Europa, y en el resto de Occidente, está subiendo la marea.  

jueves, 11 de septiembre de 2014

Dudas de jueves

Duda 1:

Dice Obama que el plan es entrenar a combatentes sirios e iraquíes para que combatan al ISIS.

Pero esos combatientes ya están entrenados, sólo que ya fueron derrotados en su momento por el ISIS. ¿Serán entrenados sicológicamente en asimilar las derrotas con dignidad?

Duda 2:

¿Cuanto tiempo pasará, despues de un supuesto aniquilamiento del ISIS, para que haya ISIS de nuevo?

Duda 3:

Si no hubieran decapitado a los dos periodistas occidentales, ¿se hubiera decidido Obama a hacer algo?

Duda 4:

¿Es realmente el ISIS impopular en las regiones que controla?

Duda 5:

EEUU quería bombardear a Assad hace un año, hoy quiere bombardear a sus enemigos. Mañana... ¿amiguitos de Iran?

Yo extraño la guerra fria...

viernes, 13 de septiembre de 2013

Y Putin pierde...

Soy de los que pienso, y escribí sobre eso el otro día, que Putin está capitalizando el asunto de Siria a su favor, y que por momentos Obama parece haber quedado en ridículo.

Pero hay que admitir que, sin la amenaza de Obama de bombardear Siria, la Rusia de Putin no se hubiera visto obligada a salir por fin a a la palestra, y se hubiera quedado agazapada, como hasta ahora lo había hecho.

Por tanto, la solución a lo de armas químicas no sale de Rusia, sale de la posición de los EEUU.

Jaque a Obama, sí, pero pierden las blancas. Pierde Putin.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Jaque a Obama, mate a los sirios

Rusia está de regreso a los predios de la URSS.

En un derroche de cinismo y prepotencia, Rusia está mostrando que tiene, y siempre ha tenido, el juego de Siria bajo la manga.

Como suministrador de la tecnología y la materia prima para la producción de las armas químicas que tiene su cliente, es obvio que Rusia sabe donde están y cuántas son, teniendo en cuenta, además, que es muy posible que haya más de un agente ruso bien informado tanto en el ejército como en el gobierno sirio.

Sin embargo, hasta ahora Putin sólo se limitó a callar y otorgar, mientras la guerra civil asolaba Siria.

Sólo cuando el bombardeo de Obama fue inminente, Rusia mostró una de sus cartas, y eso, porque después de los misiles el gran riesgo era que quedara un país totalmente fuera de control, y Rusia no quiere que su base militar esté en un lugar así.

Prefiere pactar con los vencedores, pero permanecer en control. Sobre todo, de las armas químicas. Y de un lucrativo mercado.

Nunca se ha tratado entonces acerca de asuntos humanitarios, de detener la matanza de sirios. El asunto siempre ha sido como mantener el poder, la hegemonía y, por supuesto, el motivo más ancestral y vil: dinero.

Obama, que salió ingenua, quijotesca e inoportunamente a proponer bombardeos que no hubieran resuelto nada, sino todo lo contrario, se ha quedado a merced del maquiavelismo de Putin, que debe estar disfrutando sus 15 minutos de superpotencia.

El resultado es que ahora se pretenden controlar las armas químicas, para que no vuelvan a ser usadas por Assad, ni por los rebeldes, pero sobre todo por los terroristas.

Y que Rusia, además de mantener el poder en la región, adquiere prestigio como conjurador de bombardeos.

Y que, quien sea que gane en Siria, siga siendo un buen cliente.

Y que Obama da la impresión de haber hecho el ridículo.

Ah, claro, y que los sirios se sigan masacrando pero, esta vez, dentro de los límites que establecen las convenciones.