lunes, 9 de diciembre de 2013

La intelectualidá es lo más sublime para el alma divertir

Inmediatamente después que la escritora cubana Wendy Guerra  dijo - no dijo que sólo los que viven en Cuba pueden escribir sobre la realidad cubana, o algo así, la intelectualidá cubana extramuros comenzó a subir por las paredes.


Por ahí se pueden entonces leer textos y numerosos posts en Féisbu, Tuiter y blogs, de todo, desde frases sueltas, más o menos ingeniosas, hasta francas perretas.

Yo no he tenido la oportunidad de leer nada que haya escrito WG. No sé entonces si es tan mala, como dicen sus enemigos (porque, por lo que se lee, ya pasaron de adversarios), o si es tan buena como para que la editorial Anagrama le publique libros.

No acabo de entender tampoco tanta inquietud. Si alguien dice que yo no puedo opinar, escribir, callar o llorar sobre Cuba, por la razón que sea, eso me resbala sin fricción. Es sólo otra opinión, y ya.

Pero ese soy yo.

La intelectualidá extramuros, sin embargo, es divertida, cosa que se agradece, por demás. Y ñoña. Y para decir que un escritor es malo, o para pretender que lo quieren ignorar, escriben tanto sobre él, o ella, como si fuera bueno.

En fin, que WG parece ser una gran animadora del sopor estival que se enseñorea en páginas y tomos. Que siga, entonces, el brete, questá bueno cantidá...

viernes, 6 de diciembre de 2013

Duda de viernes

¿Por qué siempre se espera a que la persona se muera para decir maravillas acerca de ella?

Culturales

El ex-director de la Escuela Internacional de Cine de La Habana dice que lo calumniaron y lo obligaron a renunciar.

Wendy Guerra dice que malanga pa tol mundo.

Medio mundillo intel cubano dice: ¡Ohhhh!

El otro medio mundillo dice: ¡Ahhhh!

Wendy Guerra dice que no, que no era malanga, que era boniato.

Medio mundillo intel cubano dice ¡Ummh!

El otro medio mundillo dice, otra vez, ¡Ahhhh!

Y en eso se muere Mandela.

Y es viernes, bendito viernes...

Noticias del día

En las tops news de US Google hoy:

La primera noticia de hoy, que Obama quizás atienda el funeral de Mandela.

La segunda, que las tropas francesas invaden la República Centroafricana para detener otro conflicto étnico en África.

La quinta, que AlQaeda asaltó el Ministerio de Defensa Yemení, 52 muertos.

Y que el Papa necesita una comisión que lo asesore en el tema del abuso sexual de los curas.



En las noticias de Google Cuba:


La primera, cómo los revolucionarios cubanos inspiraron a Mandela

La segunda, viaja a Cuba presidente de región española de Galicia


La tercera, abanderan delegación de Las Tunas a Congreso de Pedagogos



Y ese es Google. No quiero ni imaginar el Granma y NTV de hoy...

jueves, 5 de diciembre de 2013

Traumas

“Mi padre se niega a comprar el pan de molde, ese que dura una semana. A cambio, él va todos los días al supermercado, y compra pan fresco. Todos los días. Y tiene en el refrigerador tres o cuatro tipos de mantequilla (…)

Eso es lo que él disfruta, dice que para olvidar que toda la vida estuvo haciendo colas de siete horas para comprar comida, allá en Ucrania...”

Pa que los yumas vean que nojotro sí...

Havanero Jr...


miércoles, 4 de diciembre de 2013

Ecos

De la extraña nostalgia, que me hizo comprar un pan con jamón en un puestecito frente al Hospital Almejeiras, y me pasé el tiempo restante de mi visita con cólicos y diarreas.

De esos lugares, en la Habana Vieja, que hacen que el resto de La Habana duela mas...

De la infame y pretenciosa cafetería que está en la plaza de San Francisco de Asis, y que se llama Café Mercurio. Parados en la puerta 10 minutos, sin que nadie se dignara siquiera a mirar en nuestra dirección. Por puro aburrimiento miro la carta, y leo una oferta mediocre con precios de Nueva York. Salimos corriendo, de regreso a la tarde lluviosa.

De la increíble pizzería del Hotel Kohly, que es probablemente el negocio más consistente de La Habana.

De lo que se siente al rentar un carro en Cuba. Da la sensación de estar, de nuevo, “resolviendo”.

De la mirada ávida que te sigue cuando vas en un carro. Y de la bendita indiferencia, cuando vas a pie.

Del asombro por el absurdo: Iphones en La Habana...

De inmenso barracón donde se apiñan los vendedores de los cuadros más kitsch y cheos que ojos humanos hayan visto.

Del paseo a lo largo del canal de entrada a la bahía, donde, si le das la espalda a la ciudad, regresa la paz.

De la nueva amabilidad. “Gracias” y “por favor” rehabitan La Habana.

De la risa de mis niñas, de sus ojos oscuros e inteligentes.

Del aeropuerto de mierda, y todo otra vez. 

Revelación de miércoles, dia atravesado, y con Changó y Santa Bárbara cogidos de la mano

Sigan sin comprar libros, que en estos tiempos de hiperconectividad, basta con que se vaya la corriente y nos vamos directo a la Edad Media...  

martes, 3 de diciembre de 2013

¡Qué (le) devuelvan a Elian (el cerebro)!

Esto, inevitablemente, me recuerda a un amigo que, después de una visita que hizo a Corea del Norte, decía que los Norcoreanos, cuando se vienen, gritan: ¡Gracias Kim Il Sung!

En fin, Elian:

"Fidel Castro para mí es un padre. No profeso ninguna religión, pero de hacerlo, mi dios sería Fidel Castro (...) Fidel Castro lo es todo para Cuba, lo es todo para el mundo"

Síntomas de Navidad

Como toda mi generación, yo llegué tarde a la Navidad.

El único recuerdo que conservo de mi niñez, y que tenga que ver con la Navidad, es acerca de una desgastada caja de cartón, roja y decorada con estilizados copos de nieve, que mi madre conservaba entre sus cosas.

En la caja había unas bolas de cristal para el arbolito, que habían sobrevivido todos esos años de proscripción cuidadosamente envueltas en amarillentas motas de algodón. Y yo, con el martilleo de mi dedo de niño curioso, comprobé que todas aquellas bolas eran, además de bonitas, muy frágiles. “Mira esto, se rompieron todas las bolas...”, dijo mi mamá un día que abrió la caja roja, quién sabe si por rutina, o por pura nostalgia. Y echó la caja a la basura, con lo cuál se desvaneció definitivamente el único y tenue hilo que me conectaba con la Navidad.

Pasó el tiempo y pasó un avión por el Estrecho de Yucatán y el 24 de diciembre me tomó por asalto en México. “Oye, la Navidad es obviamente para gente rica...”, le dije asombrado, desde mi perspectiva cubana, a un amigo mexicano, que asintió con sonrisa triste. No estaba yo preparado para aquella histeria de compras, para toda la invasión de adornos, alegorías, comerciales, para la absurdamente opípara oferta de carnes, turrones, frutas y bebidas. Y tampoco estaba preparado, por supuesto, para los villancicos.

Los villancicos son, indiscutiblemente, el sonido de la Navidad. Son, además, melosos, tibios, arrulladores y empalagosos. Los villancicos son un gusto adquirido, como el queso azul, o la literatura barroca. No es cosa que pase fácil. Y pueden ser, ciertamente, muy raros, como aquel que dice:

Pero mira cómo beben los peces en el río
Pero mira cómo beben por ver al Dios nacido
Beben y beben y vuelven a beber
Los peces en el río por ver a Dios nacer

Eso es algo que parece producto de intoxicación con mescalina. Es como decir “Pero mira como respiran las vacas en el potrero, mira, es azul, y rosado...” Pero las personas que tuvieron Navidades toda su vida se enternecen con eso, porque crecieron imaginando pececitos que bebían agua y miraban, tiernos y morbosos, a María pariendo. En el desierto. Donde el agua más cercana sería el Mar Muerto, donde no hay peces.

La alternativa anglosajona de los villancicos no es mucho mejor, la verdad. El Jingle Bell Rock, y Nat King Cole, Broadway en pleno, y todas las divas de R&B desgañitándose en canciones rebosantes de campanitas y azúcar. Y, por supuesto, Feliciano deseando Feliz Navidad aiuanauichuamerricrisma.

Pero yo todavía no sabía nada de eso en aquella Navidad cuando vi, asombrado, desde la altura del Periférico, aquel inmenso y familiar parqueo, donde siempre había muchos espacios disponibles, pero que hoy estaba totalmente repleto de autos y de personas que caminaban de un lado a otro, nerviosas, cargadas de paquetes.

Y mucho menos podía imaginar que allí, dentro de aquella megatienda, en medio de aquella orgía católico-capitalista, me esperaría el tan bien conocido espectro del racionamiento cubano. Estaba allí, parado junto al cartel que decía “ Sólo dos baguettes por persona”, o sentado en la tarima vacía, donde no quedaba ni una triste naranja. O en la voz amable y cansada de la empleada que me dijo, “Se acabaron, señor, lo siento...” Porque en Navidad sucede lo impensable: las cosas, efectivamente, pueden acabarse. Sólo por unas horas, es cierto, pero se acaban.

Los mexicanos son buenos para el tequila, y para la buena comida. Y para conquistar a las mujeres. Saben de eso, del efecto devastador de mariachis, serenatas, regalos, flores y amabilidad absoluta. Uno aprende cosas con los mexicanos. Pero, sobre todo, son buenos para el melodrama; son matadores que van directo al punto blando.

Y eso es lo que me esperaba a la salida de la tienda: los niños de hospicio, de todas las edades, vestidos en ropas baratas y opacas, organizados en el coro más triste del mundo, cantando villancicos, por supuesto. Y uno de ellos, de cuatro o cinco años de edad, con un gorro de lana demasiado grande, y que me mostró un caldero donde debía yo depositar algo de dinero, pero resulta que entonces uno quiere dejar allí todo lo que tiene, el dinero, y lo que compró, y salir corriendo y esconderse a llorar en otro lugar donde no tenga que ver las sonrisas navideñas de niños abandonados. Pinches mexicanos.

Después de algo así, los del Ejército de Salvación que tañen campanitas a la salida de los supermercados aquí en EEUU parecen cheerleaders.

Y ayer, en la cola para pagar mi compra, la señora que me precedía me regaló un pie de manzana, "Pero...”, intenté decir que, muchas gracias, pero... “Tómelo, señor, están al dos por uno, y a mí con uno me es más que suficiente...”, me dijo. “Pero...”, intenté de nuevo, pero... “Mire, tómelo, ¡y Feliz Navidad!”, remató sonriente, y ya no pude decirle que a mi no me gusta el pie de manzana.

Así es la Navidad. Saca a flote, aunque sea sólo por unos días, lo mejor de la gente. Breve época de amabilidad, generosidad y solidaridad humana. Y recogimiento, intimidad familiar, amor y paz.

Pero, como toda mi generación, yo llegué tarde a la Navidad.

Y aparte de la monserga de armar el arbolito, y el montón de dinero invertido en regalos que quién sabe si gusten o no, la Navidad es para mí una extraña nostalgia por algo que nunca he sabido que es.

Muy a tono entonces con lo relativo de la duración de estas festividades, ya les voy deseando feliz Navidad a todos los que por aquí pasen. Y que les sea leve.