Los Estados Unidos, a pesar del pragmatismo, es una nación mojigata.
No sé si tenga que ver con todo ese cristianismo ancestral en sus N variantes que impregna la sociedad de arriba abajo, o que simplemente los blancos son así y uno no los entiende.
Pero véase qué cosa: a pesar de la magnífica Constitución, y muy en contra del espíritu de esas poderosas Enmiendas, el afán de prohibir les palpita a los americanos bajo la piel.
La Prohibición, por ejemplo, esa Ley Seca que solo logró que se hicieran fortunas vendiendo whiskey ilegal, y que se dice perduran hasta hoy día; o la veda de las prostitución, el oficio más antiguo, y una de las expresiones más genuinas de la libertad que existe, pues uno debe tener derecho primordial sobre lo que hace con su cuerpo.
O tómese el McCartismo, esa cacería de brujas; o el puritanismo que hace que algunos comerciales europeos sean tratados como material porno. O lo políticamente correcto, tan de estos tiempos, que provoca, por ejemplo, que los negros se denominen afroamericanos, a pesar de ser estadounidenses de sexta o sétima generación (aunque, por otra parte, a los que hablamos español nos denominen hispanos o latinos, metiendo en una gran bolsa étnico-lingüística a más de treinta países que apenas tienen en común el idioma).
Así, de vez en vez, se desata una cacería de conceptos, como ésta más reciente, la campaña contra la bandera confederada, que ahora se está expandiendo a los símbolos confederados y que, de seguir por ese camino, amenaza con aniquilar definitivamente la parte perdedora de la Historia de los EEUU, y atenta de paso contra tradiciones que no necesariamente tienen que ver con el racismo o el secesionismo.
A los cubanos esto nos debe resultar muy familiar.
Provenimos de un país con un gobierno que se ocupó de rescribir la historia a su antojo, de repletar el calendario de sus aburridas efemérides, y de dar de baja a cuanto personaje o hecho histórico consideró no adecuado a la cosa involucionaría y sus propósitos doctrinarios.
Se prohibió música, literatura, el pensamiento y las libertades de todo tipo. Se reprimió a homosexuales y librepensadores. Lo que no era prohibido era obligatorio. Tal fue así que hoy los cubanos no tenemos un día patrio, supra-gubernamental, de cual estar orgullosos; entonces acá, los que andamos en las entrañas del monstruo, adoptamos alegrías e independencias ajenas a falta de las propias, lo cual está bien, por cierto, porque no se puede andar con las raíces expuestas al aire demasiado tiempo: se seca el alma.
Pero a lo que iba: está mal entonces prohibir. Debería ser ilegal, y la Primera Enmienda lo muestra con claridad. Educar, tal vez; hablar, enseñar, argumentar, debatir. Pero no prohibir.
Prohibir, además de no resolver nada, va en contra de nuestra esencia creativa y en contra de las libertades. Prohibir destruye.
viernes, 10 de julio de 2015
miércoles, 8 de julio de 2015
La guerra que nunca ha sido
Norberto Fuentes escribe esta pieza, titulada “¿La guerra ha terminado?”, para La Repubblica, publicación otrora radical socialista, ahora de centro izquierda. Escribe entonces el periodista este texto “tailor-made” para la componente izquierdosista de La Repubblica, y se nota.
Es una loa, de nuevo, a su ídolo -y probablemente de sus lectores italianos, tan lejanos del Caribe cotidiano y tan cerca de jineteras y pingueros progresistas- y de paso un gritito nacionalista de paisito tercermundista que, según el autor, ganó la “guerra”, o sea, el diferendo Cuba-Estados Unidos.
Diferendo cuyo mantenimiento y continuidad, dice, “se le debe a la descomunal capacidad de resistencia que Fidel Castro le imprimió a ese proceso”
Yo tengo un par de parientes que están cementados en su ideología de la misma manera que Fuentes lo está a su admiración por Fidel. Mis parientes dicen que Fidel es un genio al que le salieron mal las cosas. Fuentes dice además que Fidel tiene un paquete testicular (sic) voluminoso, y al parecer está fascinado entonces por todas las circunstancias descomunales que encuentra en el ancianillo tiranuelo.
Yo entiendo que al escribir por encargo haya que ceñirse a lo que demanda la publicación y la audiencia. Pero, si yo fuera Fuentes, dejara que el periódico de marras publicara su artículo, en italiano, donde permanecería a salvo de escrutinio; cobraría mi dinero, y a otra cosa, mariposa. Al cabo, todo el mundo tiene que comer.
Pero él lo cuelga en su blog -que yo leo con placer, porque Fuentes escribe muy bien, y a veces dice cosas interesantes- dejando así otra huella de su nostalgia de escriba de la nomenclatura.
En fin, regresando al texto en cuestión: ni Fidel ni Raúl ni Cuba ganaron ninguna guerra porque no había tal cosa. Sólo ha sido un conflicto de baja intensidad -que aun continua, por cierto- que se ha arrastrado por más de medio siglo; mientras, los Estados Unidos han seguido creciendo y evolucionando como nación, y Cuba se ha ido desmoronando y desgañitándose en inútiles tribunas. Si fuera en realidad fin de guerra, pues el vencedor parece más que obvio.
Es una loa, de nuevo, a su ídolo -y probablemente de sus lectores italianos, tan lejanos del Caribe cotidiano y tan cerca de jineteras y pingueros progresistas- y de paso un gritito nacionalista de paisito tercermundista que, según el autor, ganó la “guerra”, o sea, el diferendo Cuba-Estados Unidos.
Diferendo cuyo mantenimiento y continuidad, dice, “se le debe a la descomunal capacidad de resistencia que Fidel Castro le imprimió a ese proceso”
Yo tengo un par de parientes que están cementados en su ideología de la misma manera que Fuentes lo está a su admiración por Fidel. Mis parientes dicen que Fidel es un genio al que le salieron mal las cosas. Fuentes dice además que Fidel tiene un paquete testicular (sic) voluminoso, y al parecer está fascinado entonces por todas las circunstancias descomunales que encuentra en el ancianillo tiranuelo.
Yo entiendo que al escribir por encargo haya que ceñirse a lo que demanda la publicación y la audiencia. Pero, si yo fuera Fuentes, dejara que el periódico de marras publicara su artículo, en italiano, donde permanecería a salvo de escrutinio; cobraría mi dinero, y a otra cosa, mariposa. Al cabo, todo el mundo tiene que comer.
Pero él lo cuelga en su blog -que yo leo con placer, porque Fuentes escribe muy bien, y a veces dice cosas interesantes- dejando así otra huella de su nostalgia de escriba de la nomenclatura.
En fin, regresando al texto en cuestión: ni Fidel ni Raúl ni Cuba ganaron ninguna guerra porque no había tal cosa. Sólo ha sido un conflicto de baja intensidad -que aun continua, por cierto- que se ha arrastrado por más de medio siglo; mientras, los Estados Unidos han seguido creciendo y evolucionando como nación, y Cuba se ha ido desmoronando y desgañitándose en inútiles tribunas. Si fuera en realidad fin de guerra, pues el vencedor parece más que obvio.
Para concluir mi comentario, pues pienso que si a alguien deben darle gracias los que vean beneficio en esa distención del diferendo, es, Ah, my dear friend, al Presidente Obama, artífice de todo lo que estamos viendo, y no a los ancianos y a su caterva, que todo lo que atinan es a presumir de su sin prisa y a refocilarse en su eterna pausa.
Alec Heny ©
viernes, 3 de julio de 2015
Di por qué, dime Obamita…
Más allá de la euforia por el acercamiento que el Presidente Obama ha decretado y logrado con el desgobierno de Cuba, coronado hace un par de días con el anuncio de la reapertura de embajadas en La Habana y Washington; más allá de estupor y el inmovilismo mental que ha demostrado dicho desgobierno ante la avalancha que ha desatado ese deshielo (para tener una idea sobre la jalea mental de los vejetes, léase la declaración del desgobierno sobre la apertura de las embajadas); más allá de la rabia de los fundamentalistas de cada lado, de la ingenuidad, del optimismo, de la alegría de tantos, pienso que todavía queda una pregunta fundamental por responder:
¿Por qué?
¿Es en realidad Obama esa persona de mente abierta, un conciliador per se, que ha logrado hacer ver a Washington que no vale la pena persistir en el diferendo Cuba-Estados Unidos, y que decidió liberar tensiones así, porque sí, porque así es más bonito, más Nobel de la Paz?
Si ahora ya se sabe que Cuba, a pesar de que todo allí está por hacer o reconstruir, no es en realidad un negocio tan grande como se pensaba, entonces, ¿el motivo no es principalmente económico?
Si el desgobierno cubano ha dejado claro, por escrito, en cada oportunidad, que persiste en la anacrónica y absurda idea de “seguir construyendo un socialismo próspero y sostenible”, si continúa reprimiendo a los opositores, si se niega a dar libertades de información, expresión, reunión, de prensa, a permitir el pluripartidismo, entonces, ¿ya no importan la ideología y las libertades?
Si la retórica del desgobierno sigue anclada en que la raíz de todos sus males son los Estados Unidos, y no desperdicia ocasión para denostar al gobierno y sociedad estadounidense, entonces, ¿tampoco cuenta ya la política?
¿O quiere el gobierno de EEUU evitar a toda costa una cabeza de playa rusa o china a noventa millas de sus costas?
O tal vez el gobierno y las instituciones de EEUU han estado prestando atención a lo que sucede en el Sur de la Florida, a la llegada masiva de inmigrantes cubanos nada o escasamente calificados en su mayoría, que poco tienen para aportar a la dinámica de la economía, la academia o la calidad de la sociedad en general, y quieren frenar ese influjo de potenciales clientes de la seguridad social.
Puede ser incluso que el gobierno americano esté atrapado en su propia legislación y no pueda derogar una ley de ajuste sin antes intentar al menos eliminar los motivos que la sustentan.
O quizás haya una explicación más simple y tenga que ver con que, efectivamente, Cuba y su tragedia nacional es insignificante para la política estadounidense y que resulta más barato y razonable hacer las paces, como se ha hecho con China o Viet Nam, que seguir en un conflicto que ha demostrado no conducir a ninguna parte.
Yo no sé cuál es la respuesta. Pero de algo estoy convencido: el gobierno americano es una entidad pragmática, supra-presidencial y de luz larga, que no hace nada por gusto.
Por tanto, sigo con mi pregunta:
¿Por qué?
¿Es en realidad Obama esa persona de mente abierta, un conciliador per se, que ha logrado hacer ver a Washington que no vale la pena persistir en el diferendo Cuba-Estados Unidos, y que decidió liberar tensiones así, porque sí, porque así es más bonito, más Nobel de la Paz?
Si ahora ya se sabe que Cuba, a pesar de que todo allí está por hacer o reconstruir, no es en realidad un negocio tan grande como se pensaba, entonces, ¿el motivo no es principalmente económico?
Si el desgobierno cubano ha dejado claro, por escrito, en cada oportunidad, que persiste en la anacrónica y absurda idea de “seguir construyendo un socialismo próspero y sostenible”, si continúa reprimiendo a los opositores, si se niega a dar libertades de información, expresión, reunión, de prensa, a permitir el pluripartidismo, entonces, ¿ya no importan la ideología y las libertades?
Si la retórica del desgobierno sigue anclada en que la raíz de todos sus males son los Estados Unidos, y no desperdicia ocasión para denostar al gobierno y sociedad estadounidense, entonces, ¿tampoco cuenta ya la política?
¿O quiere el gobierno de EEUU evitar a toda costa una cabeza de playa rusa o china a noventa millas de sus costas?
O tal vez el gobierno y las instituciones de EEUU han estado prestando atención a lo que sucede en el Sur de la Florida, a la llegada masiva de inmigrantes cubanos nada o escasamente calificados en su mayoría, que poco tienen para aportar a la dinámica de la economía, la academia o la calidad de la sociedad en general, y quieren frenar ese influjo de potenciales clientes de la seguridad social.
Puede ser incluso que el gobierno americano esté atrapado en su propia legislación y no pueda derogar una ley de ajuste sin antes intentar al menos eliminar los motivos que la sustentan.
O quizás haya una explicación más simple y tenga que ver con que, efectivamente, Cuba y su tragedia nacional es insignificante para la política estadounidense y que resulta más barato y razonable hacer las paces, como se ha hecho con China o Viet Nam, que seguir en un conflicto que ha demostrado no conducir a ninguna parte.
Yo no sé cuál es la respuesta. Pero de algo estoy convencido: el gobierno americano es una entidad pragmática, supra-presidencial y de luz larga, que no hace nada por gusto.
Por tanto, sigo con mi pregunta:
¿Por qué?
Alec Heny ©
jueves, 2 de julio de 2015
Circo
“¡Pasen, señores, pasen…!”
La familia de donde provengo, ramificada, diversa, como toda familia cubana que tenga más de seis o siete generaciones de naufragio caribeño, ha visto llevar su apellido a un general del Ejército Libertador, a un gobernador de provincias, a un firmante de la Constitución del 40, y a unos primos cuatreros que -de dar crédito a lo que dicen- han hurtado y sacrificado tantas vacas como habitantes había en cierto pueblo perdido entre vegas de tabaco; allí, cada tarde se sentaba en los portales de una casa señorial el ultimo vástago de -si también he de creerle- el ex dueño de media provincia: un anciano cuidadosamente afeitado, en guayabera de hilo, pantalón de lino, sombrero alón, chancletas y un apestoso tabaco liado a mano, un viejecillo con voz meliflua que nunca me llamaba por mi nombre, sino por “Verraco”.
Hubo también por ahí guajiros obtusos, paupérrimos de nacimiento a muerte, hipnotizados por el humo grasiento de las chismosas de queroseno, y que nunca supieron que había más allá del mojón que marcaba el final de su poblado; otros, astutos, emprendedores, trabajadores como bestias, las articulaciones quebrantadas por el peso de las sacas de arroz, se enriquecieron y prosperaron, sembrando, cosechando y vendiendo el grano, regado con el agua turbia del Rio Hondo.
“Compañeros son los bueyes…”, me repetía un tío, una y otra vez, escupiendo saliva fangosa, mientras me escudriñaba con astutos ojillos azules; “El atentado de Boston es cosa de la CIA y los rusos para desestabilizar el Cáucaso…”, me comentó un pariente a raíz de las bombas que hicieron detonar los hermanos Tzarnaev, y lo dijo convencido de lo que decía; “¿Viste al Presidente (Raúl Castro)? Se puso el uniforme para responderle a Obama…”, me dijo emocionado otro portador de mi apellido, ex MININT, unos días después del 17D.
También tuve una tía abuela, “la mujer más hermosa de la familia”, que fue monja, y un primo maricón, ingeniero genial. Tengo además tres hijos maravillosos, uno de ellos ya profesora en una universidad, y unas primas que se dice fueron tremendas putas.
Hasta Manuel García, “El Rey de los Campos de Cuba”, se cuenta andaba medio emparentado con nos. La familia de donde provengo -que no se escoge, ya se sabe- es, debo admitirlo, como cualquier otra familia, es un circo con actos memorables y otros lamentables.
De todos ellos, ancestros y contemporáneos, protagonistas y víctimas, me acordaba hoy al leer que Obama anunciaba la apertura de las embajadas en La Habana y Washington, y el restablecimiento con ello de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos de América y Cuba.
Puedo seguir escribiendo sobre este tema; pudiera quizás elaborar todo un análisis de esa situación, e intentar demostrar que, en realidad, tanto el 17D, como esta su consecuencia, ambas cosas son una porquería. Puede incluso que tuviera razón, y que hasta alguien coincidiera conmigo. Pero no voy a escribir nada de eso.
Solo quiero apuntar que mis amigos, y mi padre, y mis hermanos, mi familia, esos portadores de mi apellido, me dicen que todo sigue igual; que la gente no gana el dinero que necesita, que el país se derrumba, que apesta, que sigue sin haber prensa ni libertad de expresión o de asamblea, que sigue el miedo, que el discurso antinorteamericano continua siendo parte de retórica oficialista. “Que nadie se llame a engaño”, me dicen, “nada ha cambiado, porque la croqueta no es cambio”. Y yo, por supuesto, les creo.
Por eso no escuché hoy a Obama, anunciando el estreno de su nueva amistad, porque simplemente no me resultó interesante. Y no es interesante porque mi familia no va a vivir mejor porque haya embajadas.
De todos ellos, ancestros y contemporáneos, protagonistas y víctimas, me acordaba hoy al leer que Obama anunciaba la apertura de las embajadas en La Habana y Washington, y el restablecimiento con ello de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos de América y Cuba.
Puedo seguir escribiendo sobre este tema; pudiera quizás elaborar todo un análisis de esa situación, e intentar demostrar que, en realidad, tanto el 17D, como esta su consecuencia, ambas cosas son una porquería. Puede incluso que tuviera razón, y que hasta alguien coincidiera conmigo. Pero no voy a escribir nada de eso.
Solo quiero apuntar que mis amigos, y mi padre, y mis hermanos, mi familia, esos portadores de mi apellido, me dicen que todo sigue igual; que la gente no gana el dinero que necesita, que el país se derrumba, que apesta, que sigue sin haber prensa ni libertad de expresión o de asamblea, que sigue el miedo, que el discurso antinorteamericano continua siendo parte de retórica oficialista. “Que nadie se llame a engaño”, me dicen, “nada ha cambiado, porque la croqueta no es cambio”. Y yo, por supuesto, les creo.
Por eso no escuché hoy a Obama, anunciando el estreno de su nueva amistad, porque simplemente no me resultó interesante. Y no es interesante porque mi familia no va a vivir mejor porque haya embajadas.
El país de donde provengo, el país de nacimiento -que no se escoge, ya se sabe- es, debo admitirlo, un circo con actos memorables y otros lamentables; como la alegría ingenua, como la perplejidad que deben sentir muchos al ver que el tradicional monstruo ahora es amigo por decreto: un circo, con una función que ya dura cincuenta y tantos años, y que no se sabe cuándo por fin termine.
Alec Heny ©
jueves, 25 de junio de 2015
Otra bandera, el mismo barco
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| Caricatura por Garrincha, para Yahoo News |
Esa es más o menos la idea que asocio al asunto de la bandera confederada, ese símbolo multifacético que puede representar orgullo sureño, sedición, traición, racismo, supremacía blanca: depende quién la ondee, y quién la mire ondear. En todo caso, fue el emblema de un ejército que perdió una guerra por una mala causa: seis estados (once, para cuando la guerra terminó) pretendían separarse de la Unión Americana y mantener la esclavitud, base de su economía algodonera.
Abraham Lincoln, presidente republicano, racista y antiesclavista, derrotó a esa confederación, firmó el Acta de Emancipación y abolió de manera oficial la esclavitud en los Estados Unidos. Sin embargo, cien años más tarde, en los años 60 del siglo XX, todavía fue necesario regresar al racismo omnipresente y tratar de enmendarlo: fue la lucha por los derechos civiles y el final -de nuevo oficial- de la segregación de los negros en el Sur.
Hoy, a ciento cincuenta años de Lincoln y Appomattox, a cincuenta del asesinato de Martin Luther King, sigue intacto el odio racial, el atrincheramiento étnico en barrios y guetos, el auge de los grupos de supremacía blanca, la cultura excluyente y violenta del rap, los asesinatos raciales. Si se presta atención - no requiere un gran esfuerzo- todo indica que la Guerra Civil aún no ha terminado.
Hay un DeBlasio que quiere sustituir retratos de blancos por retratos de negros; hay supremacistas blancos; hay un Caucus Negro en el Congreso; hay KKK; hay Al Sharpton, Rush Limbaugh, Ann Coulter; hay un Donald Trump que dice que la violencia llega acá con los emigrantes; hay asesinos que balean congregaciones religiosas negras; hay policías racistas; hay negros que se amotinan y destruyen sus ciudades; hay quien cree que, por arriar una bandera, por limitar su uso en placas de autos, porque Walmart, Sears, Ebay y Amazon han dejado de vender esos símbolos de la Confederación, la Guerra Civil va a terminar y los Derechos civiles van a imperar en la Unión Americana.
“I will say then that I am not, nor ever have been, in favor of bringing about in any way the social and political equality of the white and black race”, declaró Abraham Lincoln, políticamente incorrecto de acuerdo a la usanza del siglo XXI, durante un debate por un puesto en el Senado unos años antes del comienzo de la Guerra Civil.
Hace unos días un joven sureño en Carolina del Sur asesinó a nueve personas de raza negra que estudiaban la Biblia en una iglesia. En esencia, sus argumentos de racista y supremacista blanco son esos mismos de Lincoln, de hace más de ciento cincuenta años. Argumentos que están, palabras más, palabras menos, intrincadamente tejidos en nutridos y oscuros estratos de la sociedad norteamericana.
A raíz de la masacre en Carolina del Sur se ha hablado de nuevo de control de armas, y ahora se ha adicionado ese debate acerca de la prohibición de la bandera confederada. Como si las armas se dispararan por sí mismas, como si la sociedad fragmentada en etnias y odios fuera a sanar sólo porque la bandera confederada no será izada en lugares públicos.
Si todo fuera tan simple, la proscripción de la cruz gamada resolvería el neonacismo, la defenestración de la K eliminaría el KKK, quemar el Corán desmantelaría el terrorismo, o prohibir tatuarse la cara controlaría a la MaraSalvatrucha.
Los símbolos son importantes. Hay miles de millones de personas venerando cruces y la media luna; hace apenas unos años buena parte del mundo marchaba tras la hoz y el martillo. Los símbolos surgen, cambian, desaparecen; pero al final es la gente lo que en realidad cuenta. Una bandera más o menos no va a detener la Guerra Civil del racismo en los Estados Unidos. Si acaso, la proscripción de ese símbolo va a exacerbar una radicalización en ese conflicto eterno en el que pelean fundamentalistas, víctimas y victimarios de cualquier color.
Arriar la bandera entonces es como esconder la basura debajo de la alfombra: el problema sigue ahí; al final de la jornada, lo único que se va a lograr con esa prohibición es que aumente el precio de la bandera confederada en los comercios minoristas.
martes, 23 de junio de 2015
La marcha - Tramo cero
El día 15 de junio del 2015, día en que tuve la entrevista para obtener la ciudadanía estadounidense, hube de manejar un par de horas.
Llovía esa mañana; lluvia intensa, tráfico lento. En el camino de regreso a la casa, después de la entrevista, relajado, contento, como corresponde a una ocasión tan significativa, me acordaba de esto y aquello. En algún momento, entre pausa y avance por la autopista repleta de autos, marchando lentos, torpes, me dije, filosofando en baja, “Como una cabrona marcha, esto de la vida…”. Cuando llegué a casa ese día, comencé entonces a escribir algo que he llamado “La marcha”.
Y como toda marcha que se respete, tiene tramos. No sé cuántos más escriba. Ni siquiera sé si escriba alguno más: depende de cómo esté el nivel de la vagancia y la disponibilidad de tiempo. Pero, por el momento, aquí dejo el Tramo Cero…
…………………………………………………………………………………………………………
Tramo cero
Las cosas no tenían sentido.
Alrededor, eran cinturas, cintos, bolsillos. Arriba, un trozo de cielo azul gris, un sol intruso, demasiado sol, que parecía estar en todos lados. Debajo, asfalto; ardiente, blando, pegajoso, moteado de colillas, sucio. El resto eran los olores -uno solo en realidad, como supe tiempo después-; olores que no entendía: rancios, fermentados, recalentados por la caminata, pastosos, asfixiantes, aderezados por el mediodía. Me llevaría tiempo descifrarlos, cuando aprendiera a enlazar olores imágenes ideas: café-mañana, chocolate-papá, ajo-mamá, agua de colonia-barbero, cebolla-sudor, agua de mar-bollo húmedo. Pero eso sería después, mucho después de la marcha.
Ahora era mediodía. Ahora solo era marchar. Caminar. Personas acaloradas, transpirando, estirando los cuellos, mirando ansiosas por encima de las cabezas de los demás, avizorando nada; avanzar, avanzar, eso era todo, porque nada más pasa en una marcha política que no sea avanzar, gritar y apestar; “¡Nixon no tiene madre porque lo parió una mona!”, marcaban la conga con palmadas en claves 2-3 los de mejor oído; los peores, en 3-2; los demás, avanzaban.
Olor a quemado, también; incineraban una bandera americana; desgarraban la bandera, antes de quemarla; decapitaban una efigie caricaturizada de Richard Nixon: una descomunal nariz roja, un diminuto cuerpo simiesco, el pelo engominado, bien peinado estaba Nixon hasta en el dibujo; un círculo se improvisaba en la turba, caen al piso los jirones de tela, los trozos de cartón -¡qué buenos están para dibujar!, ¿dónde se podrá conseguir ese cartón?-; los pisoteaban, los pisoteaba, yo, mis hermanas, que reían de algo, sin soltarme de la mano, mano sudada, cálida, pastosa, como el bolloque aún no conocía, respirando el hedor que adornaba mi mediodía habanero de caminata grito histeria sin que yo supiera por qué, qué pasa, por qué esa mujer gritaba, posesa, ¡son unos singaos!, ¡ahhh!, ¡Nixon, singao, el coñotumadre, maricoooón!, dos hombres la sostienen arrastran se la llevaron a un costado, el cabello en desorden los ojos desorbitados la blusa desabotonada sostén blanco el lomo reluciente de las tetas desbordadas, la sientan en el contén de la acera, la observan, lascivos, la abanican, le va dar una cosa, la gente se mira, de pasada, con aire de no si yo te digo a ti, combatividad, entrega, Revolución, casi se quema la compañera, ¿viste eso?, aplastando los trozos de tela y pancarta, el fuego subiéndole por las pantorrillas, frenética, tú, aire gris de humo blanquecino, entretejido en la luz blancamarilla del sol habanero, ¡singaos, singaos!, vocifera otra vez, los brazos alzados los sobacos embarrados de una pasta blanca desodorante inerme ante el embate de la canícula y el amasijo de los cuerpos sudados, mujer danzando un ritual de revolucionario arrebato, esa mujer está loca, susurra alguien; ¿Quién es Nixon?, El presidente americano, Alex, la multitud avanza a pasito de lo parió una mona, ¡viva!, ¡muera!, ya no se miran entre sí las personas; insensatas, se empinan siguen tratando de ver algo, ¿qué miran, qué hay?, no sé; le dan agua a beber a la mujer, ¿de dónde salió el agua?, ¡quiero agua!, tienes que esperar llegar a la casa, ¿cuándo?, después que hable Fidel, ¿Cuándo va a hablar Fidel?, en un rato, ya,´tate quieto, mediodía, quema, apesta, suda, vámonos ya, nada tiene sentido; sólo hay vientres, nalgas, calle sucia, cielo feo, trozos informes a medio calcinar; humo grisblanco, poco aire, todos sudan, peste espesa. Fidel, habla ya, que me quiero ir a mi casa.
Nada tenía sentido.
…………..
Pero no pudiera decir que las cosas para mí comenzaron allí.
¿El recuerdo más remoto? Quizás el de un televisor, en blanco y negro, búlgaro, de marca Cristal.
Se lo ganó mi padre, cortando caña y siendo un tipo callado que no se metía en problemas. Es más: ni siquiera recuerdo cuando no hubo televisor en mi casa. Tal vez porque televisor para mí siempre fue el sonido que entraba por la ventana de la sala, que se abría justo frente a otra ventana, hermanas promiscuas, que se intercambiaban la privacidad de dos familias; de allá al lado, de casa del vecino, llegaban las voces enlatadas de locutores actores: en algún momento llegué a pensar que los programas de televisión comenzaban a diferentes horas en cada casa, ¡qué maravilla!, ver mis muñequitos dos veces, aquí, y en casa del vecino después, o viceversa, no seas comemierda, no es así, me respondieron al descuido cuando pregunté curioso, y a otra cosa, que estamos apurados.
Las ventanas eran un televisor; dejaban pasar risas, gritos airados de discusiones, la voz metálica y disonante de un hijo que era medio sordo; los estertores de su hermano epiléptico, a duras penas resistiendo el asedio de los ataques: un berrido ominoso que me quitaba el apetito, mis manos apretadas sobre los oídos para no escuchar, el estrépito de las sillas apartadas con premura para asistir al enfermo, colocarle un trozo de madera entre los dientes, que no se mordiera la lengua, no toques ese palo, que es para los ataques de Tony; Tony me sonríe, extiende el brazo esquelético, de un blanco malsano, cubierto de vellos muy largos, muy negros, Alex, ¿cómo te va en la escuela?, apenas articula, pero sonríe; yo me atiborro de boniatillo, miro el televisor de los vecinos, aparato presidente desde su rincón de la sala, justo enfrente de la poltrona donde el muchacho epiléptico se consume en la furia de su mal; ¡Qué niño tan alegre era!, Mamá se enjuaga una lágrima. Bien, Tony, bien, respondo con la boca llena. Apenas puede sostener la cabeza, pero asiente, sonríe.
Sin embargo, yo no me acuerdo del televisor del vecino, no puedo decir nada de su marca de su aspecto; sólo recuerdo el nuestro, mi enclenque televisor búlgaro, que se estremecía si se le rozaba, no toques el televisor, que se va a caer, coño, equilibrista tembloroso venido de Europa del Este -casi Asia-; mole balcánica vibrando sobre cuatro patas frágiles, delgadas, cónicas; el televisor era otra ventana, barnizada, socialista, proletaria, ganada con el sudor y la mansedumbre del viejo, que por entonces era un joven; joven que trajo truculentas historias de Quiebra Hacha -además del bono que le permitiría comprar el televisor Marca Cristal reservado para los vanguardias en el corte de caña- y una barba enorme, tupida, negrísima, y un sombrero de yarey, descomunal también; parecía un rebelde, con tanta barba y gallardía; iba -regresaba- orgulloso mi padre luciendo su bono para el televisor, vistiendo un pulóver de color naranja que proclamaba en letras negras su pertenencia a la brigada “Jesús Suárez Gayol”; yo no sabía -no sé- quien fue Jesús Suárez Gayol, pero sí sabía que ese hombre muerto era el medio para que mi viejo, la piel enferma por picadas de mosquitos y jejenes -había tantos mosquitos que mataron a un caballo; los relinchos esa noche fueron un horror- pudiera adquirir esa pantalla-ventana oscura, maravilla CAME, que se asomaba al mundo fantástico gris blanco negro del Capitán Tormenta, donde no había berridos de epiléptico.
En los tiempos de la Revolución uno no iba a cortar caña de azúcar por necesidad, como quizás lo hiciera algún antepasado jornalero; vamos, ese campesino iba al corte en son de supervivencia: llega, corta, cobra y a casa, descojonado, deshidratado, apestoso a campo abierto y monte y, al día siguiente, lo mismo. Pero no era así en esta época; esta era la nueva Era, nueva a trompicones; triunfante, aleccionaban; construyendo el futuro, luminoso, decían, de gloria, insistían; pertenece por entero al Socialismo, coreábamos; era la Era dorada -de calamina, sería más apropiado, pues el oro es un rezago pequeñoburgués- en la que los obreros de la Revolución apagaban maquinarias, abandonaban las fábricas, dejaban de producir, y se agrupaban en brigadas que llevaban el nombre de un héroe desconocido -había muchos héroes disponibles, héroes por decreto, convenientemente muertos; larga lista de nombres donde echar mano y denominar calles, plazas, Comités de Defensa de la Revolución, escuelas, policlínicos y brigadas de corte de caña-. Fue la Era del rebautizo del país, Era de la bonanza de héroes con bigotito a lo Jorge Negrete y gruesos espejuelos de pasta: la Era cuyo logro más memorable fue la creación de los Van Van.
Se iba entonces la masa acarreada a vivir unos meses en campamentos de miseria, sin luz eléctrica ni agua corriente, en medio de la nada, a tumbar cañaverales en nombre de la Revolución local, continental, mundial, mira, las manos hechas mierda, desfiguradas con llagas abiertas cerradas vueltas a abrir selladas por el mango áspero de la mocha, mira, el país paralizado, convulsionando al ritmo del delirio fideliano, cacique tropical de la islita y sus náufragos, mira, ¡el coñotumadre, maricoooón, singao, singao, Nixon es un singao!, adelante cubanos, que es tiempo de cortar caña, azúcar para crecer, toneladas y más toneladas de azúcar para endulzarle el té a alguien en Europa del Este; mira, la economía socialista disfuncional, en su apogeo; la “Jesús Suarez Gayol”, brigada millonaria, cortaron un millón de arrobas de caña, decían, ¿cuánto es una arroba de caña?, no sé mijo, pero un millón de cualquier cosa es mucho, nada es más importante que cortar caña, lo dijo Fidel, que lo sabe todo.
Entonces, Papá, ¡qué televisor más lindo, Papá!, mira a Pinelli, como bailotea en la Ciudad Deportiva, calmando al público enardecido, lo abuchean, porque no gustó la Estrella del Carnaval que eligieron este año, ¡qué mujeres más lindas!, peinados atroces, vestidos cortos, ciñendo el borde de muslos poderosos, apenas resistiendo la rotundez de las nalgas, ¿qué pasó, por qué gritan?, nada, que yo no sé porque sacaron como Reina a esa gorda, con esa carona, Pinelli parece un títere con ese bailoteo, se ve mejor en San Nicolás del Peladero, ¿o tendrían peste a bollo la Reina Gorda y sus Estrellas del carnaval habanero?
El televisor.
Una figura de cerámica encima, un gato hiperrealista -¿o era un florero, erizado de flores plásticas?-; un trapo cubre el aparato, televisor orisha búlgaro, la luz le hace daño a la pantalla, bulto informe, premio en especie a cambio de unos meses de la vida de mi padre, que ya había regresado a la fábrica, barba y sombrero desechados, manos desechas, obrero ex-machetero orgulloso propietario de un aparato ultramoderno, el primero que vi, en el liceo de mi pueblo, era una caja con una pantalla redonda, verde; mi hermano decía que eso no era verdad, que esa gente estaba ahí, dentro de la caja, de alguna manera, que él no sabía, pero que así era, el pobre, no le daba para más, se tocaba la sien mi padre con el dedo grueso de obrero-; machetero ex-obrero, admirando el blancogris del televisor Cristal; lo había ubicado frente a la mesa, en la sala comedor, habitación que era cúbica y no un paralelepípedo -pero eso lo supe después, mucho después de saber por qué sentía ese cosquilleo en las ingles cuando les miraba el culo a las Estrellas y sus Luceros-; habitación de puntal alto alivio contra el calor brutal a falta de la misericordia del aire acondicionado, televisor en posición estratégica para ver las Aventuras el noticiero el parte del tiempo mientras se cenaba arroz frijoles viandas ensalada carne escasa sentados a la mesa; mesa para escoger arroz desayunar almorzar comer jugar parchís con mis amigos, y Esperanza, precoz, procaz, bajo la mesa, zafando botones, bajando zippers, mamando pingas, Tony aúlla tras la ventana, no lo escucho, nadie lo escucha; cuatro niños azorados sin atinar a lanzar los dados, solo esperando a que Esperanza, ficha fundamental, avanzara al siguiente jugador, en el sentido de las manecillas del reloj, avanza, dale, Esperanza, de casilla en casilla, diez segundos de boca ansiosa abrasadora lengua inquieta, la angustia de la espera de la siguiente ronda, la maldición socialista de las colas y los turnos; Esperanza, en el oscuro recodo de la escalera de casa de los gallegos, tetas duras como pelotas de goma, aliento de dientes cariados, dedos delgados que desabotonaban, nerviosos, tócame aquí, falda enrollada en la cintura, blúmer desgastado amarillento a medio muslo, miasma que nos envuelve mientras le muerdo los pezones: es el olor de la multitud, rancia, fermentada, desaseada, recalentada por la caminata, aderezada por el mediodía; pastoso, húmedo, asfixiante.
Las cosas, dada la ocasión, de repente toman sentido: he llegado a creer entonces que los recuerdos remotos, los que valieron la pena, deben haber comenzado ese día, en el rellano de unas escaleras, probablemente un verano; un día cualquiera, día sin nombre, en que al fin comprendí que las marchas, esencialmente, hieden a bollo sucio.
Llovía esa mañana; lluvia intensa, tráfico lento. En el camino de regreso a la casa, después de la entrevista, relajado, contento, como corresponde a una ocasión tan significativa, me acordaba de esto y aquello. En algún momento, entre pausa y avance por la autopista repleta de autos, marchando lentos, torpes, me dije, filosofando en baja, “Como una cabrona marcha, esto de la vida…”. Cuando llegué a casa ese día, comencé entonces a escribir algo que he llamado “La marcha”.
Y como toda marcha que se respete, tiene tramos. No sé cuántos más escriba. Ni siquiera sé si escriba alguno más: depende de cómo esté el nivel de la vagancia y la disponibilidad de tiempo. Pero, por el momento, aquí dejo el Tramo Cero…
…………………………………………………………………………………………………………
La marcha
“Marchando, vamos hacia un ideal…”
Himno del 26 de Julio
Tramo cero
Las cosas no tenían sentido.
Alrededor, eran cinturas, cintos, bolsillos. Arriba, un trozo de cielo azul gris, un sol intruso, demasiado sol, que parecía estar en todos lados. Debajo, asfalto; ardiente, blando, pegajoso, moteado de colillas, sucio. El resto eran los olores -uno solo en realidad, como supe tiempo después-; olores que no entendía: rancios, fermentados, recalentados por la caminata, pastosos, asfixiantes, aderezados por el mediodía. Me llevaría tiempo descifrarlos, cuando aprendiera a enlazar olores imágenes ideas: café-mañana, chocolate-papá, ajo-mamá, agua de colonia-barbero, cebolla-sudor, agua de mar-bollo húmedo. Pero eso sería después, mucho después de la marcha.
Ahora era mediodía. Ahora solo era marchar. Caminar. Personas acaloradas, transpirando, estirando los cuellos, mirando ansiosas por encima de las cabezas de los demás, avizorando nada; avanzar, avanzar, eso era todo, porque nada más pasa en una marcha política que no sea avanzar, gritar y apestar; “¡Nixon no tiene madre porque lo parió una mona!”, marcaban la conga con palmadas en claves 2-3 los de mejor oído; los peores, en 3-2; los demás, avanzaban.
Olor a quemado, también; incineraban una bandera americana; desgarraban la bandera, antes de quemarla; decapitaban una efigie caricaturizada de Richard Nixon: una descomunal nariz roja, un diminuto cuerpo simiesco, el pelo engominado, bien peinado estaba Nixon hasta en el dibujo; un círculo se improvisaba en la turba, caen al piso los jirones de tela, los trozos de cartón -¡qué buenos están para dibujar!, ¿dónde se podrá conseguir ese cartón?-; los pisoteaban, los pisoteaba, yo, mis hermanas, que reían de algo, sin soltarme de la mano, mano sudada, cálida, pastosa, como el bolloque aún no conocía, respirando el hedor que adornaba mi mediodía habanero de caminata grito histeria sin que yo supiera por qué, qué pasa, por qué esa mujer gritaba, posesa, ¡son unos singaos!, ¡ahhh!, ¡Nixon, singao, el coñotumadre, maricoooón!, dos hombres la sostienen arrastran se la llevaron a un costado, el cabello en desorden los ojos desorbitados la blusa desabotonada sostén blanco el lomo reluciente de las tetas desbordadas, la sientan en el contén de la acera, la observan, lascivos, la abanican, le va dar una cosa, la gente se mira, de pasada, con aire de no si yo te digo a ti, combatividad, entrega, Revolución, casi se quema la compañera, ¿viste eso?, aplastando los trozos de tela y pancarta, el fuego subiéndole por las pantorrillas, frenética, tú, aire gris de humo blanquecino, entretejido en la luz blancamarilla del sol habanero, ¡singaos, singaos!, vocifera otra vez, los brazos alzados los sobacos embarrados de una pasta blanca desodorante inerme ante el embate de la canícula y el amasijo de los cuerpos sudados, mujer danzando un ritual de revolucionario arrebato, esa mujer está loca, susurra alguien; ¿Quién es Nixon?, El presidente americano, Alex, la multitud avanza a pasito de lo parió una mona, ¡viva!, ¡muera!, ya no se miran entre sí las personas; insensatas, se empinan siguen tratando de ver algo, ¿qué miran, qué hay?, no sé; le dan agua a beber a la mujer, ¿de dónde salió el agua?, ¡quiero agua!, tienes que esperar llegar a la casa, ¿cuándo?, después que hable Fidel, ¿Cuándo va a hablar Fidel?, en un rato, ya,´tate quieto, mediodía, quema, apesta, suda, vámonos ya, nada tiene sentido; sólo hay vientres, nalgas, calle sucia, cielo feo, trozos informes a medio calcinar; humo grisblanco, poco aire, todos sudan, peste espesa. Fidel, habla ya, que me quiero ir a mi casa.
Nada tenía sentido.
…………..
Pero no pudiera decir que las cosas para mí comenzaron allí.
¿El recuerdo más remoto? Quizás el de un televisor, en blanco y negro, búlgaro, de marca Cristal.
Se lo ganó mi padre, cortando caña y siendo un tipo callado que no se metía en problemas. Es más: ni siquiera recuerdo cuando no hubo televisor en mi casa. Tal vez porque televisor para mí siempre fue el sonido que entraba por la ventana de la sala, que se abría justo frente a otra ventana, hermanas promiscuas, que se intercambiaban la privacidad de dos familias; de allá al lado, de casa del vecino, llegaban las voces enlatadas de locutores actores: en algún momento llegué a pensar que los programas de televisión comenzaban a diferentes horas en cada casa, ¡qué maravilla!, ver mis muñequitos dos veces, aquí, y en casa del vecino después, o viceversa, no seas comemierda, no es así, me respondieron al descuido cuando pregunté curioso, y a otra cosa, que estamos apurados.
Las ventanas eran un televisor; dejaban pasar risas, gritos airados de discusiones, la voz metálica y disonante de un hijo que era medio sordo; los estertores de su hermano epiléptico, a duras penas resistiendo el asedio de los ataques: un berrido ominoso que me quitaba el apetito, mis manos apretadas sobre los oídos para no escuchar, el estrépito de las sillas apartadas con premura para asistir al enfermo, colocarle un trozo de madera entre los dientes, que no se mordiera la lengua, no toques ese palo, que es para los ataques de Tony; Tony me sonríe, extiende el brazo esquelético, de un blanco malsano, cubierto de vellos muy largos, muy negros, Alex, ¿cómo te va en la escuela?, apenas articula, pero sonríe; yo me atiborro de boniatillo, miro el televisor de los vecinos, aparato presidente desde su rincón de la sala, justo enfrente de la poltrona donde el muchacho epiléptico se consume en la furia de su mal; ¡Qué niño tan alegre era!, Mamá se enjuaga una lágrima. Bien, Tony, bien, respondo con la boca llena. Apenas puede sostener la cabeza, pero asiente, sonríe.
Sin embargo, yo no me acuerdo del televisor del vecino, no puedo decir nada de su marca de su aspecto; sólo recuerdo el nuestro, mi enclenque televisor búlgaro, que se estremecía si se le rozaba, no toques el televisor, que se va a caer, coño, equilibrista tembloroso venido de Europa del Este -casi Asia-; mole balcánica vibrando sobre cuatro patas frágiles, delgadas, cónicas; el televisor era otra ventana, barnizada, socialista, proletaria, ganada con el sudor y la mansedumbre del viejo, que por entonces era un joven; joven que trajo truculentas historias de Quiebra Hacha -además del bono que le permitiría comprar el televisor Marca Cristal reservado para los vanguardias en el corte de caña- y una barba enorme, tupida, negrísima, y un sombrero de yarey, descomunal también; parecía un rebelde, con tanta barba y gallardía; iba -regresaba- orgulloso mi padre luciendo su bono para el televisor, vistiendo un pulóver de color naranja que proclamaba en letras negras su pertenencia a la brigada “Jesús Suárez Gayol”; yo no sabía -no sé- quien fue Jesús Suárez Gayol, pero sí sabía que ese hombre muerto era el medio para que mi viejo, la piel enferma por picadas de mosquitos y jejenes -había tantos mosquitos que mataron a un caballo; los relinchos esa noche fueron un horror- pudiera adquirir esa pantalla-ventana oscura, maravilla CAME, que se asomaba al mundo fantástico gris blanco negro del Capitán Tormenta, donde no había berridos de epiléptico.
En los tiempos de la Revolución uno no iba a cortar caña de azúcar por necesidad, como quizás lo hiciera algún antepasado jornalero; vamos, ese campesino iba al corte en son de supervivencia: llega, corta, cobra y a casa, descojonado, deshidratado, apestoso a campo abierto y monte y, al día siguiente, lo mismo. Pero no era así en esta época; esta era la nueva Era, nueva a trompicones; triunfante, aleccionaban; construyendo el futuro, luminoso, decían, de gloria, insistían; pertenece por entero al Socialismo, coreábamos; era la Era dorada -de calamina, sería más apropiado, pues el oro es un rezago pequeñoburgués- en la que los obreros de la Revolución apagaban maquinarias, abandonaban las fábricas, dejaban de producir, y se agrupaban en brigadas que llevaban el nombre de un héroe desconocido -había muchos héroes disponibles, héroes por decreto, convenientemente muertos; larga lista de nombres donde echar mano y denominar calles, plazas, Comités de Defensa de la Revolución, escuelas, policlínicos y brigadas de corte de caña-. Fue la Era del rebautizo del país, Era de la bonanza de héroes con bigotito a lo Jorge Negrete y gruesos espejuelos de pasta: la Era cuyo logro más memorable fue la creación de los Van Van.
Se iba entonces la masa acarreada a vivir unos meses en campamentos de miseria, sin luz eléctrica ni agua corriente, en medio de la nada, a tumbar cañaverales en nombre de la Revolución local, continental, mundial, mira, las manos hechas mierda, desfiguradas con llagas abiertas cerradas vueltas a abrir selladas por el mango áspero de la mocha, mira, el país paralizado, convulsionando al ritmo del delirio fideliano, cacique tropical de la islita y sus náufragos, mira, ¡el coñotumadre, maricoooón, singao, singao, Nixon es un singao!, adelante cubanos, que es tiempo de cortar caña, azúcar para crecer, toneladas y más toneladas de azúcar para endulzarle el té a alguien en Europa del Este; mira, la economía socialista disfuncional, en su apogeo; la “Jesús Suarez Gayol”, brigada millonaria, cortaron un millón de arrobas de caña, decían, ¿cuánto es una arroba de caña?, no sé mijo, pero un millón de cualquier cosa es mucho, nada es más importante que cortar caña, lo dijo Fidel, que lo sabe todo.
Entonces, Papá, ¡qué televisor más lindo, Papá!, mira a Pinelli, como bailotea en la Ciudad Deportiva, calmando al público enardecido, lo abuchean, porque no gustó la Estrella del Carnaval que eligieron este año, ¡qué mujeres más lindas!, peinados atroces, vestidos cortos, ciñendo el borde de muslos poderosos, apenas resistiendo la rotundez de las nalgas, ¿qué pasó, por qué gritan?, nada, que yo no sé porque sacaron como Reina a esa gorda, con esa carona, Pinelli parece un títere con ese bailoteo, se ve mejor en San Nicolás del Peladero, ¿o tendrían peste a bollo la Reina Gorda y sus Estrellas del carnaval habanero?
El televisor.
Una figura de cerámica encima, un gato hiperrealista -¿o era un florero, erizado de flores plásticas?-; un trapo cubre el aparato, televisor orisha búlgaro, la luz le hace daño a la pantalla, bulto informe, premio en especie a cambio de unos meses de la vida de mi padre, que ya había regresado a la fábrica, barba y sombrero desechados, manos desechas, obrero ex-machetero orgulloso propietario de un aparato ultramoderno, el primero que vi, en el liceo de mi pueblo, era una caja con una pantalla redonda, verde; mi hermano decía que eso no era verdad, que esa gente estaba ahí, dentro de la caja, de alguna manera, que él no sabía, pero que así era, el pobre, no le daba para más, se tocaba la sien mi padre con el dedo grueso de obrero-; machetero ex-obrero, admirando el blancogris del televisor Cristal; lo había ubicado frente a la mesa, en la sala comedor, habitación que era cúbica y no un paralelepípedo -pero eso lo supe después, mucho después de saber por qué sentía ese cosquilleo en las ingles cuando les miraba el culo a las Estrellas y sus Luceros-; habitación de puntal alto alivio contra el calor brutal a falta de la misericordia del aire acondicionado, televisor en posición estratégica para ver las Aventuras el noticiero el parte del tiempo mientras se cenaba arroz frijoles viandas ensalada carne escasa sentados a la mesa; mesa para escoger arroz desayunar almorzar comer jugar parchís con mis amigos, y Esperanza, precoz, procaz, bajo la mesa, zafando botones, bajando zippers, mamando pingas, Tony aúlla tras la ventana, no lo escucho, nadie lo escucha; cuatro niños azorados sin atinar a lanzar los dados, solo esperando a que Esperanza, ficha fundamental, avanzara al siguiente jugador, en el sentido de las manecillas del reloj, avanza, dale, Esperanza, de casilla en casilla, diez segundos de boca ansiosa abrasadora lengua inquieta, la angustia de la espera de la siguiente ronda, la maldición socialista de las colas y los turnos; Esperanza, en el oscuro recodo de la escalera de casa de los gallegos, tetas duras como pelotas de goma, aliento de dientes cariados, dedos delgados que desabotonaban, nerviosos, tócame aquí, falda enrollada en la cintura, blúmer desgastado amarillento a medio muslo, miasma que nos envuelve mientras le muerdo los pezones: es el olor de la multitud, rancia, fermentada, desaseada, recalentada por la caminata, aderezada por el mediodía; pastoso, húmedo, asfixiante.
Las cosas, dada la ocasión, de repente toman sentido: he llegado a creer entonces que los recuerdos remotos, los que valieron la pena, deben haber comenzado ese día, en el rellano de unas escaleras, probablemente un verano; un día cualquiera, día sin nombre, en que al fin comprendí que las marchas, esencialmente, hieden a bollo sucio.
Alec Heny ©
lunes, 15 de junio de 2015
Coincidencias
Siete años se cumplen hoy -porque este tipo de cosas suceden de siete en siete o no suceden- que cerré por última vez la puerta de la oficina, me subí a mi auto, le entregué mi pase electrónico al hombre uniformado que custodiaba en la garita de entrada -de salida, esta vez-, y oprimí el botón de "reset".Fue mi último día de trabajo en México, hace siete años.
Siete años después, voy en camino a mi entrevista de ciudadanía aquí en EEUU y, para cuando este post salga publicado, será mi primer día como ciudadano de los Estados Unidos de América.
Siete años depués, mi año cero, que voy a celebrar con un whiskey escoces, single malt, de doce años.
Porque estas cosas suceden de siete en siete, o no suceden...
martes, 9 de junio de 2015
Había una vez trece millones de Cubas…
Y había una vez trece millones de cubanos. Había también patriotismo, que es el primo mencionable del patrioterismo, y que es una idea obsoleta.
Patriotismo, que es ejercer la condición de patriota. Y para ser patriota, hay que tener Patria. Yo no tengo Patria. No soy patriota. No creo en el patriotismo. Mucho menos en el patrioterismo.
Tengo país de origen. Eso sí. Soy cubano, habanero, hasta la médula. Ni siquiera en mis momentos de mayor desapego he considerado que haber nacido otra cosa que no fuera cubano hubiera sido mejor para mí. Pero eso no me hace patriota. El lugar donde nací no es patria: es tierra y yerba. Porque patria es donde uno es feliz.
Martí, que debe haber pensado mucho sobre el asunto, decidió escribir “Abdala”; lo puso a decir, al nubio Abdala, que el amor a la Patria no es amor a la tierra ni las plantas, sino a quien la agrede. Después de eso, todos hemos repetido el mantra martiano; algunos, hasta se lo creyeron. Otros -ya se sabe quiénes- clonaron la idea, y sintetizaron aquello de Por la Patria La Revolución el Socialismo, la Patria Muerte, las cosas tintas en sangre y todo ese apocalipsis vinculado a una idea pésima y fracasada; no la de la Patria, sino la del socialismo: la patria al cabo, según Abdala y Martí no es un sufrido pedazo de tierra y yerba, que según ellos no hay que amar, sino otra cosa, que a mí no me interesa; a mí, tiempo ha, me gustaban mi tierra y mi yerba. Allá Martí, Abdala, y su abstracción.
Es difícil, imagino entonces, el oficio del nostálgico patriota; el amor a la Patria, madre, no es otra cosa que la cahnepuerco, la chusmería y sudar como un animal, diría Abdala XXI. El oficio de patriota nostálgico, ingrato oficio, recuerda la ansiedad de la piel que le sonríe al latigazo, el alborozo del rostro que se alegra del gargajo que le corre por la mejilla; es creer, a pies juntillas, que la mierda de perro pegada a la suela del zapato es buena suerte, si es mierda de allá. Es añorar agua con gusarapos, las paredes carcomidas, la patada por el culo. Es extraño ese oficio, además de difícil: es extraño extrañar a la patria.
Martí, por razones obvias, no pudo concebir que el patriotismo cubano pudiera tener vertientes más pedestres, otras que no fueran sacrificarse por una Causa. Imposible que pensara que patriota pudiera ser nostalgia por la suciedad, la arenga tres veces al día, una botella de ron tibio en el Malecón y las noches de regetón, por ejemplo; una suerte de patriotismo a posteriori pasado por agua de un aguacero vespertino.
En todo caso, de haberse centrado en el patriotismo light, quizás hubiera escrito Martí algo así como que cada cubano debe saber bailar danzón, y bailarlo bien. ¿O sería contradanza? No sé: el Apóstol nunca me ha dado la impresión de que fuera del tipo bailador, y eso que era bien cubano y se sabe que todo cubano debe saber bailar, y bailar bien; regetón, no contradanza: arriba, patriotas, que la nostalgia se baila en un ladrillo -roto y sucio-. La verdad -diría quizás Martí-, el patriotismo ya no es lo que era.
Entonces sucede que cada cual elabora su idea de patriotismo y cubanía. Muy respetable. Yo, por ejemplo, decía que soy cubano y no patriota porque, ¿qué tipo de patriota sería yo, si en cuanto tuve la oportunidad salí huyendo de la patria, ese ridículo pedazo de tierra y yerba -conmigo no, con Martí-, dejándola en manos de unos que, por lo que se ve, la odian, la oprimen, la atacan y en ese afán, hasta la han hecho mierda? Es decir, martianamente, Usted, si es patriota, debe por carácter transitivo odiar al gobierno cubano; por ende, debió quedarse por allá a liberar a Nubia de sus opresores, y no estar acá afuera rumiando patológicas añoranzas. Lo que digo, yo no soy patriota, pero sí soy consecuente.
Que vuestro cuerpo abandone entonces la isla desidiosa -patria, para algunos; calvario para otros; una mierda para los conocedores- y que vuestra mente se quede rondando las noches de abulia en el barrio -el cerebro empapado en sudor, con peste a ropa mal secada- es poco recomendable. No estoy seguro del nombre clínico para eso; la palabra dicotomía, tan griega, me viene a los dedos; esquizofrenia big time, tal vez; mala idea, de seguro; tan mala como el socialismo, eso de llevar la nostalgia como bandera y confundirla con patriotismo, que tiende patológicamente al patrioterismo, y termina empantanado en un limbo que, como las rondas, da pena.
Porque Patria, para el que esté prestando atención a lo que le sucede a su vida, es en realidad donde uno se siente bien, y es feliz: Patria, porque es Pater, Mater, protección, amabilidad, cuidado, guía y refugio. Si no fuera así, entonces no es Patria; es si acaso Madrastra, de las malas, de las de Cenicienta. Tierra árida y yerba seca.
En lo personal, recuerdo el tiempo cuando yo lo fui, feliz: las cosas eran simples; yo era tan feliz que ni siquiera sabía que estaba jodido, muy jodido. Que todo estaba jodido. Áspera la yerba, estéril la tierra, la Patria boqueando, Martí prostituido por los demagogos; no me percataba -no podía- saber que la mierda de perro, las moscas y los discursos mesiánicos no eran parte intrínseca de la vida del patriota cotidiano que yo pensaba que era. Extraño esa época de inocencia, ese lugar que ya no existe; regalo entonces, a quien le interese, la Patria contemporánea: Padre-Madre espurio desnaturalizado, que de mí, al menos, no se ocupó. Disfruten el regalo: yo, aun cuando no los comparta, respeto los gustos ajenos.
Patria entonces -lo que queda de ella- es, en todo caso, mi familia y mis amigos. El resto, es otro pedazo de tierra y yerba, diferente, al que ya no pertenezco. No soy patriota. Cubano soy; habanero, por supuesto. Y orgulloso de serlo. Pero eso es todo.
Y de eso escribo aquí, de mi cubanía; de mi percepción de Cuba como cubano, de Cuba país, no de Cuba patria, porque ya no hay tal cosa para mí.
De eso escribo aquí: de Cuba, a secas; de la mía, una de trece millones.
Patriotismo, que es ejercer la condición de patriota. Y para ser patriota, hay que tener Patria. Yo no tengo Patria. No soy patriota. No creo en el patriotismo. Mucho menos en el patrioterismo.
Tengo país de origen. Eso sí. Soy cubano, habanero, hasta la médula. Ni siquiera en mis momentos de mayor desapego he considerado que haber nacido otra cosa que no fuera cubano hubiera sido mejor para mí. Pero eso no me hace patriota. El lugar donde nací no es patria: es tierra y yerba. Porque patria es donde uno es feliz.
Martí, que debe haber pensado mucho sobre el asunto, decidió escribir “Abdala”; lo puso a decir, al nubio Abdala, que el amor a la Patria no es amor a la tierra ni las plantas, sino a quien la agrede. Después de eso, todos hemos repetido el mantra martiano; algunos, hasta se lo creyeron. Otros -ya se sabe quiénes- clonaron la idea, y sintetizaron aquello de Por la Patria La Revolución el Socialismo, la Patria Muerte, las cosas tintas en sangre y todo ese apocalipsis vinculado a una idea pésima y fracasada; no la de la Patria, sino la del socialismo: la patria al cabo, según Abdala y Martí no es un sufrido pedazo de tierra y yerba, que según ellos no hay que amar, sino otra cosa, que a mí no me interesa; a mí, tiempo ha, me gustaban mi tierra y mi yerba. Allá Martí, Abdala, y su abstracción.
Es difícil, imagino entonces, el oficio del nostálgico patriota; el amor a la Patria, madre, no es otra cosa que la cahnepuerco, la chusmería y sudar como un animal, diría Abdala XXI. El oficio de patriota nostálgico, ingrato oficio, recuerda la ansiedad de la piel que le sonríe al latigazo, el alborozo del rostro que se alegra del gargajo que le corre por la mejilla; es creer, a pies juntillas, que la mierda de perro pegada a la suela del zapato es buena suerte, si es mierda de allá. Es añorar agua con gusarapos, las paredes carcomidas, la patada por el culo. Es extraño ese oficio, además de difícil: es extraño extrañar a la patria.
Martí, por razones obvias, no pudo concebir que el patriotismo cubano pudiera tener vertientes más pedestres, otras que no fueran sacrificarse por una Causa. Imposible que pensara que patriota pudiera ser nostalgia por la suciedad, la arenga tres veces al día, una botella de ron tibio en el Malecón y las noches de regetón, por ejemplo; una suerte de patriotismo a posteriori pasado por agua de un aguacero vespertino.
En todo caso, de haberse centrado en el patriotismo light, quizás hubiera escrito Martí algo así como que cada cubano debe saber bailar danzón, y bailarlo bien. ¿O sería contradanza? No sé: el Apóstol nunca me ha dado la impresión de que fuera del tipo bailador, y eso que era bien cubano y se sabe que todo cubano debe saber bailar, y bailar bien; regetón, no contradanza: arriba, patriotas, que la nostalgia se baila en un ladrillo -roto y sucio-. La verdad -diría quizás Martí-, el patriotismo ya no es lo que era.
Entonces sucede que cada cual elabora su idea de patriotismo y cubanía. Muy respetable. Yo, por ejemplo, decía que soy cubano y no patriota porque, ¿qué tipo de patriota sería yo, si en cuanto tuve la oportunidad salí huyendo de la patria, ese ridículo pedazo de tierra y yerba -conmigo no, con Martí-, dejándola en manos de unos que, por lo que se ve, la odian, la oprimen, la atacan y en ese afán, hasta la han hecho mierda? Es decir, martianamente, Usted, si es patriota, debe por carácter transitivo odiar al gobierno cubano; por ende, debió quedarse por allá a liberar a Nubia de sus opresores, y no estar acá afuera rumiando patológicas añoranzas. Lo que digo, yo no soy patriota, pero sí soy consecuente.
Que vuestro cuerpo abandone entonces la isla desidiosa -patria, para algunos; calvario para otros; una mierda para los conocedores- y que vuestra mente se quede rondando las noches de abulia en el barrio -el cerebro empapado en sudor, con peste a ropa mal secada- es poco recomendable. No estoy seguro del nombre clínico para eso; la palabra dicotomía, tan griega, me viene a los dedos; esquizofrenia big time, tal vez; mala idea, de seguro; tan mala como el socialismo, eso de llevar la nostalgia como bandera y confundirla con patriotismo, que tiende patológicamente al patrioterismo, y termina empantanado en un limbo que, como las rondas, da pena.
Porque Patria, para el que esté prestando atención a lo que le sucede a su vida, es en realidad donde uno se siente bien, y es feliz: Patria, porque es Pater, Mater, protección, amabilidad, cuidado, guía y refugio. Si no fuera así, entonces no es Patria; es si acaso Madrastra, de las malas, de las de Cenicienta. Tierra árida y yerba seca.
En lo personal, recuerdo el tiempo cuando yo lo fui, feliz: las cosas eran simples; yo era tan feliz que ni siquiera sabía que estaba jodido, muy jodido. Que todo estaba jodido. Áspera la yerba, estéril la tierra, la Patria boqueando, Martí prostituido por los demagogos; no me percataba -no podía- saber que la mierda de perro, las moscas y los discursos mesiánicos no eran parte intrínseca de la vida del patriota cotidiano que yo pensaba que era. Extraño esa época de inocencia, ese lugar que ya no existe; regalo entonces, a quien le interese, la Patria contemporánea: Padre-Madre espurio desnaturalizado, que de mí, al menos, no se ocupó. Disfruten el regalo: yo, aun cuando no los comparta, respeto los gustos ajenos.
Patria entonces -lo que queda de ella- es, en todo caso, mi familia y mis amigos. El resto, es otro pedazo de tierra y yerba, diferente, al que ya no pertenezco. No soy patriota. Cubano soy; habanero, por supuesto. Y orgulloso de serlo. Pero eso es todo.
Y de eso escribo aquí, de mi cubanía; de mi percepción de Cuba como cubano, de Cuba país, no de Cuba patria, porque ya no hay tal cosa para mí.
De eso escribo aquí: de Cuba, a secas; de la mía, una de trece millones.
Alec Heny ©
domingo, 7 de junio de 2015
De la no música
Escuchaba la
canción que hicieron Marc Anthony y Gente de Zona y que se llama La Gozadera.
In a nutshell, regetón
con pase de lista; un ostinato de cuatro notas, creo, unos coritos mezclados en
estudio, y algo que dice Marc Anthony. Tres minutos y pico.
Formula que
funciona, por cierto.
Por arribita
recuerdo seis o siete canciones con pase de lista de países, provincias, o
ciudades. Muchas más con obstinatos; el Canon de Pachebel, o Sweet Home
Alabama, por ejemplo. Eso funciona. Es marqueting intravenoso. Es como los pase
de lista de escritores muertos en la literatura. Rellenan.
En fin, no lo
parece, pero va y pega ese clon aburrido que quizás hasta Grammy Latino no pare.
Un signo de los tiempos...
Alec Heny ©
sábado, 6 de junio de 2015
Mattina
Ese mercado italiano es pequeño. Compacto, repleto, que no cabe más nada en la estantería, donde todo lo que se exhibe es importado de Italia.
A esta hora de la mañana hay sólo un par de parroquianos. Nunca hay muchos; en las veces que visito el lugar para hacer alguna compra, que por lo general es trascendental, he visto multitudes de cinco o seis personas: no más que eso.
Tras el mostrador, se escucha hablar italiano, español, y alguna frase complementaria en inglés. Sobre el mostrador, hay bandejas con muestras de sabrosuras locales: guisos de berenjenas, en cuatro variantes; picante, agridulce, dolce-amaro, me explica el cariredondo sonriente amabilísimo dependiente -Pietro, se presenta-, prueba esta, me dice, receta de la nonna, remata con mirada de gordo pícaro.
A un costado brillan, en brillantes tonos de rojo y rosa, bocados de sopresatta, salami, mortadella, acompañados por cremosas rebanadas de provolone Auricchio. Unos enigmáticos trozos de algo empanizado están algo más atrás.
“Eso”, me cuenta Pietro, “es brioche, tostado, dos rebanadas, rellenas con mozzarella y ricotta, empanizadas, y fritas…” Me ofrece uno de los pedazos y sonríe otra vez, satisfecho con mi expresión de deleite-sorpresa cuando degusto esa delicia. “Como mejor se come es con dos pastillas de Lipitor, para que sepa mejor…” Y nos reímos a carcajadas, cómplices en la gula y la consecuencia.
Salgo entonces de regreso a la mañana, huyendo despavorido de ese lugar, adonde siempre acudo por las cosas buenas, y donde gratis recibo amabilidad y buen sentido del humor, que se agradecen a cualquier hora del día…
Alec Heny ©
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