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miércoles, 31 de diciembre de 2014

La Plaza es ara, y no pedestal

La Plaza es el Ágora, el lugar de la asamblea; es el Speakers´ Corner, la Maidan, el Zócalo; es pública, es Cívica. Es lugar de ciudadanos, el de llevar a mi hijo a que vea y escuche a gente libre.

Pero, si no es nada de eso, entonces es plaza menor, y ni siquiera es plaza; es verdulera, es la plaza de Kim Il-sung, es Tiananmen: es un lugar oscuro.

Es el sitio donde tiene su tribuna el tirano, es el corral de los vasallos, es el lugar de la ignominia, plaza de la involución.

La plaza, si es algo, tiene que ser Plaza, lugar de apoteósis ciudadana. 

Y tiene que ser de todos.

martes, 25 de noviembre de 2014

La turba incolora

Desde el incidente de Ferguson, donde un policía blanco mató a balazos a un negro, y antes de Ferguson, han muerto decenas, centenares de personas, de todo color, de cualquier edad, hasta niños, baleadas en escuelas, decapitadas, estranguladas, y hasta arrojadas delante de un tren en el Subway. Esta última víctima, por cierto, un asiático de 61 años; el victimario, un negro.

Ferguson entonces no es el resultado de un blanco matando a un negro.

Es el resultado de un pésimo manejo del problema, de la falta de transparencia, de no hablar y explicar oportunamente. A estas alturas, yo no sé que pasó en realidad, pues la información es fragmentada, contradictoria, y deja lugar a dudas.

Pero como mismo no hay una multitud de asiáticos macheteando negros e incendiando Harlem, o una horda de hispanos cazando rancheros racistas en Arizona y destruyendo sus propiedades, no hay razón para los disturbios y la violencia en Ferguson, tengan o no razón los que protestan.

Lo que sucede en Ferguson es oportunismo bestial, incivilizado, que merece una respuesta contundente y apropiada.

La turba es la salvajada, da igual el color que tenga. 

viernes, 21 de junio de 2013

El poder gris

Tiene la turba esa espantosa dualidad que, lo mismo hace caer La Bastilla, que agrede y humilla a un hombre, su esposa y sus hijos sólo porque piensan diferente.

La turba tiene tantas caras como personas que se arremolinan en su vientre. Es impredecible, cruel y simple, como lo es un niño. La turba puede dar vivas o puede llamar a muerte; la turba puede exigir, gritar, marchar o puede apedrear, incendiar y linchar. La turba reclama derechos, derriba gobiernos, quema herejes, viola mujeres y hace piras con libros. 

La turba es una bestia informe; es una sola, y es anónima.

Yo conocí temprano a las turbamultas, marchas combatientes las llamaban en Cuba. Turbas domesticadas, mansas, uniformes, monótonas, se enteraban de que eran una turba porque se les decía que lo eran. Y se les decía, además, donde y cuando comenzar, por donde caminar, qué gritar, y donde y cuando terminar. Ajenas a lo espontáneo, ridículamente coreográficas, comparsas más que marchas, rebaños más que turbas, pero en ese entonces parecían vox populi.

Debo quizá exagerar y parafrasear, y decir que quien de jóven no estuvo en una turba, no tuvo corazón; quién de adulto se va a la turba, no tiene cerebro. O quizá ahora soy más conservador, si bien el mismo tonto de siempre.

El hecho es que no creo en las turbas sin causa y, además, hace tiempo que decidí no pertenecer a ninguna. Ni a las que marchan, ni a las que gritan, ni a las que leen o escriben o dicen. No hay nada para mí en el molote, en la homogeneidad, en la cosa gris. Si tengo algo que hacer o decir, lo hago y lo haré, pero no será en una turba.

No creo entonces ni en los indignados de Nueva York, ni en el mar de gente en Brasil. Creo que unos y otros solamente disfrutan del intoxicante poder de la masa anónima, de la convocatoria incendiaria de la red social, de lo contestatario per se, de la no-causa, y que hacen lo que hacen por una sola razón: porque se puede.

Es un nuevo fenómeno, es la gente jugando a insubordinarse.

Sin embargo, hay que admitirlo, algo bueno tienen estas turbas contemporáneas, y es que les recuerdan a los gobiernos, tan alérgicos a la anarquía y la protesta, que hay allá afuera un Younger Brother, aburrido y observando, uno que sólo necesita un tweet que se convierta en avalancha, y entonces todo se va a la mierda.

Tan sólo por eso, digo entonces, que se haga la turba.

Aunque no me guste.

jueves, 17 de noviembre de 2011

La mala opción

Hace unos días veía un programa conducido por Andres Oppenheimer acerca de el movimiento de los indignados en Wall Street y otros lugares.

Tipo agudo, alertaba sobre dos asuntos: no es suficiente con quejarse del problema, hay que proponer soluciones y hasta ahora no había ninguna propuesta en concreto por parte de los indignados. El segundo, que corrían el peligro de que el movimiento fuera secuestrado por la extrema izquierda o la violencia insensata.

Hoy, que se prepara "un día de acción" en la City, ojala no estemos en el umbral de ese escenario.