viernes, 26 de agosto de 2011

Y se formó...

Bueno, lo había visto antes, pero no de esta magnitud: las compras de pánico.

Y la verdad que no me extraña, pues si uno se pone a seguir en la TV las noticias sobre el huracán, le va entrando una inquietud y unas ganas de salir corriendo del carajo. Ayer en la tarde pasé por una tienda mayorista llamada  BJ´s. Si hay algo en USA que represente la abundancia, esas tiendas son el estandarte. Alli todo es en grande, por cajas, por megapaquetes, por sacos, la carne por trozos. Y ayer, en medio de una multitud frenética que llevaba cantidades de comida suficiente para meses, vi lo impensable: estantes vacíos. Se lo llevaron todo.

Y en mi trabajo tapiaron las ventanas con tablas por lo que tengo una sensación creciente de claustrofobia.

Segun mi esposa, todos estos asuntos tienen que ver con la poca familiaridad de la población local con los huracanes. Ella predice ademas que lo que va a llegar aqui es una tormenta, con mucha lluvia y algo de viento, pero nada parecido a un huracán de los de verdad. Por mi parte, lo que encuentro preocupante es una penetración del mar porque vivo a un par de cuadras de la playa, asi que estamos listos para evacuar, o sea para salir echando en cuanto vea la primera olita mojando la calle.

En cualquier caso, noto que el pánico a los desastres naturales es un impulso tremendo a la economía. Ya había compras de pánico tras el terremoto de mediados de semana y ahora éstas... Vaya, que dos huracanes más y salimos de la crisis.

martes, 23 de agosto de 2011

Una huella menos...

Me acaba de enviar una foto un amigo. Mi naranjo ya no está, sólo quedan unos manojos de yerba en el lugar donde lo sembré. Dice mi amigo que las heladas del último invierno lo mataron. Yo digo que lo mató la desidia de los que no cuidaron del parque, típico de los nativos del lugar...


Acaba de temblar la tierra...

Aqui en mi barrio. Pal carajo, mi primera vez en un terremoto... y todo bien.

lunes, 22 de agosto de 2011

Bañarse está en chino...




Tremenda cochiná, digo yo...

Hollando


Es que todos tenemos necesidad de dejar una huella, dice mi amiga Charlene. Y tiene razón. Cada persona quiere crear algo muy suyo: una pintura, un libro o una pirámide. En última instancia, nadie quiere ser olvidado, pero pocos logran perdurar. Si se pregunta por el pintor, escritor o científico más famoso, las respuestas más inmediatas y comunes quizás sean Da Vinci, Shakespeare y Einstein. Si se pregunta por el segundo hombre en volar al espacio, hay que ir a Wikipedia. Y si se pregunta por el arquitecto que diseñó la piramide, pues ni siquiera eso.

Hay otras huellas, que no buscan la eternidad y pueden por tanto parecer efímeras: un graffiti, una foto, una flor que se regala. Y sin embargo algunas perduran, como los dibujos del artista paleolítico que decoró las cuevas de Altamira.

Hace unos cuantos años tuve la oportunidad de compartir con un grupo de personas, estadounidenses, que visitaban la planta de níquel de Moa. En el grupo estaban ingenieros, ya casi ancianos, que habían participado hacía décadas en la construcción y puesta en marcha de la planta. De repente uno de ellos le pidó a un obrero que subiera a una estructura y buscara detrás de una viga, a unos 10 metros del suelo. El obrero subió, tanteó detras de la viga y sacó una tuerca oxidada, cubierta de polvo mineral endurecido por el tiempo. El señor la tomó con manos temblorosas y, apenas conteniendo las lágrimas, explicó: él la había colocado allí hacía 40 años. Esa era su huella.

Yo tengo a mis hijos, algunos artículos de mi otra época, 452 entradas en la Web y un árbol. Y a éste último lo extraño. Es un naranjo que sembré cuando supe que mi hijo venía en camino. Está en la esquina de un parque, en el desierto del norte de México, expuesto a heladas y calores extremos, incongruente en esa tierra de mezquites y correcaminos. Pero sigue creciendo, junto con mi hijo, y un día espero que lo veamos juntos.

Y tengo el blog. Alguna vez dejaré de escribir, pero él ahí se va a quedar, espero, mientras haya Web.

viernes, 19 de agosto de 2011

Posadeando

Hacía tiempo que no pensaba en las posadas, y no precisamente en las de aquel cuento donde en una asesinaban al viajero, en la otra cocinaban una esquisita sopa de cadáver y en la tercera tallaban sus huesos en caprichosas figuras. 

Leyendo ese cuento fue la primera vez que leí la palabra posada, en su estricto sentido de lugar para hospedarse y alojarse, diferente a la connotación que en Cuba tiene la palabra. En Cuba posada es sinónimo de sexo, aun lo és. Sexo sin opciones, sexo desesperado.Y es que no había un lugar más desesperado que una posada.

Quizás lo primero que alguien recuerde de una posada sea el hedor característico de aquellos cuartuchos, hedor que se fabricaba al mezclar humedad, sudor, humo de cigarrillos, cucarachas, semen y baños desaseados: el olor de las posadas. El escenario era siempre muy parecido: paredes despintadas, manchadas, cubiertas de inscripciones al estilo de “Aqui estuvo el Chichi” o “Te amo, fulana”, los colchones desvencijados, las sábanas percudidas, las ventanas tapiadas, alumbrado todo por un triste foco amarillo y con un baño que, en el mejor de los casos, tendría un hilillo de agua corriente y un pedazo de toalla, áspera esta como una lija, endurecida por el detergente industrial y los malos enjuagues. El piso siempre estaba astroso, cuando no asqueroso, pero allí había una cama, La Cama, por Dios, una cama al fin, después de horas de espera, el premio final de una noche que ya casi se acababa, una cama para el goze, para sudar y revolcarse, eso sí, con cuidado de no arrollar la sábana para no terminar yaciendo sobre un colchón de pesadillas, cubierto de manchas y húmedo de sudores ajenos. Y después, en el breve respiro, escuchar los quejidos y gritos que venían de otros cuartos y, a veces, las maldiciones e insultos mezclados con el rudio de la huída de los recabuchadores.

Las Casitas de Ayestarán (mi primera vez), Cerro y Boyeros, las de Vento, donde unos patanes que pasaron en un tren nos gritaron tantos insultos que casi malogran la ocasión; la Monumental, reservada para quien tuviera auto, 11 y 24, 2 y 31, otra particularmente infame y cuyo nombre no recuerdo, cerca del Coney Island, donde tuve mi peor desempeño. Todas igual de inhóspitas y codiciadas, el ultimo refugio de la noche del sábado.

Después se fueron acabando y la gente se fue a los matorrales, a los portales oscuros, a los zaguanes, a donde la urgencia y la bicicleta los llevara. Cierta vez, no sé ni cómo y ni siquiera recuerdo el lugar, llegué a una azotea oscura, llena de escombros y alambres y allí, parados entre dos inmensos tanques de agua, nos desfogamos con tanto ímpetu que me quedé trabado entre los dos tanques y costó buen rato y esfuerzo salir de allí.

Después, a veces, la casa de un amigo o de un amigo de ella, o un cuarto en casa de unos desconocidos, por 3 ó 5 dólares, reservación previa, por favor. Y después me fuí.

Años después he pasado frente a las Casitas o Vento o por Cerro y Boyeros y veo que las posadas son de nuevo lo que, según la Real Academia Española, siempre debieron ser, lugares para alojarse. Allí viven familias que habrán pasado horrores para deshacerse de la pátina de mugre de años de amores urgentes. Habrán raspado paredes, fregado mil veces los pisos, colocado flores en las ventanas y purificado los baños en inumerables enjuagues de desinfectantes y detergentes.

Pero nada podrá exorcizar los espíritus de los amantes desesperados, la lujuria que impregna el lugar: tanto sexo deja huella y quizás los nuevos inquilinos se asombran de sus pasiones reencontradas, de la extraña sensación de amor furtivo que los acompaña en su cama y a lo mejor, en las mejores noches, los despierte el dulce quejido de una mujer que se arquea y se deshace en balbuceos que sólo su amante comprende.


Nada, que unas amigas mencionaron el tema y recordé alguna que otra cosa.

jueves, 18 de agosto de 2011

Las tribulaciones de Rivera

¿Por qué emigran las personas? Pues en busca de oportunidades que no encuentran en su país de orígen, pero, sobre todo, porque buscan ser felices. Tienen otra cosa en común todos los emigrantes del mundo: todos son emigrantes por razones políticas, pues lo bueno y lo malo en cada país se deriva de la buena o mala política del gobierno de turno.

Claro, la felicidad no es completa si no se comparte con la familia y ese es uno de los grandes dilemas del emigrante. Los cubanos no son una excepción y, hayan emigrado hacia Estados Unidos o Uzbekistán, inmediatamente tratan de visitar a los suyos.

Estas son verdades obvias para cualquiera excepto para los de la extrema izquierda derecha cubano-americana. Ellos quieren que los emigrantes cubanos sean de pura cepa política, que hagan sacrificios , inmolaciones, que renuncien a la familia, que abominen de Cuba. Llegan incluso a declarar que los emigrantes cubanos que viajan a visitar a su familia no son perseguidos políticos y que simplemente se están acogiendo a una serie de ventajas y beneficios.

Y a mí, emigrante cubano por razones socio-político-económicas, se me ocurren algunas preguntas:

Si para ser un perseguido político pura cepa hay que renunciar a ventajas y beneficios y meterse en una cueva rodeado de ideales y luchar y eso, entonces:

¿Por qué no se asilan los de la extrema derecha en, digamos, Haiti o Pakistán, y allí despliegan su espíritu de sacrificio?

¿Por qué David Rivera, que ni siquiera es cubano, quiere limitar la felicidad de los emigrantes cubanos?

¿Por qué no renuncian todos ellos s sus “ventajas y beneficios” y se van todos al mismísimo carajo y dejan a la gente vivir en paz?


PD:

Ahora sí me convenció de que es un idiota.