sábado, 21 de abril de 2018

Miguel Díaz-Canel: el hombre en la encrucijada.


Bururú, barará, ¿adónde va Miguel?



Me tomó tres intentos, hasta que por fin escribí este texto. 

Lo comencé cuando todavía era presidente Raúl Castro, y lo termino ahora que sigue siendo el presidente desde la sombra escarlata del Partido Comunista de Cuba.

Mientras, Miguel Díaz-Canel fue ungido como presidente nominal de la República de Cuba. Y me decidí a escribir porque me sedujo especular sobre el enigma que este flamante presidente presenta en el futuro mediato. 

Al menos dos particularidades distinguen a este funcionario. La primera, pues es protagonista de un indiscutible hecho histórico: alguien que no tiene el apellido Castro es presidente de Cuba después de más de medio siglo de dictadura familiar. 

Por mucho que ese título de presidente sea hereditario, y no democráticamente constituido, esta ocasión es un jalón que debe marcar un antes y después; un mojón que indica que, después de sesenta años, por fin, quizás, comenzó el tiempo de comenzar a olvidar a los nefastos hermanos que desbarataron la isla y deshicieron la nación.

Raúl Castro y sus acólitos creen saber quién es y hacia dónde va Díaz-Canel. Por eso lo hicieron uno de los suyos, y le legaron la presidencia; el general le alzó el brazo en victorioso gesto, tomándolo por el antebrazo y no por la muñeca, como tradicionalmente se hace, pues Raúl Castro, visto está, es de escasa estatura. Nada que hacer ahí.

Sin embargo, y a pesar de su lamentable discurso inaugural, donde no dijo nada interesante ni nuevo ni que valiera la pena, y en el cual lo más relevante fue su humillante juramento de vasallaje a su mentor, aún así, digo, yo no estoy seguro de quién es, o más bien, quién será Miguel Díaz-Canel.

El segundo asunto que me llama la atención es que, después de tantos años de verde olivo, y más recientemente de guayabera blanca -eso sí no se los perdono, pues ahora no puede uno vestir una guayabera blanca sin parecer uno de esos mamertos-, es, insisto, después de toda esa eternidad, interesante ver que el nuevo presidente cubano viste vaqueros y calza zapatos deportivos.

Casi que uno siente que el hombre es one of us. Pero, advierto a los optimistas, solo casi.

Ese desenfado al vestir no parece por el momento extenderse a su manera de pensar. Al contrario, todo lo que he escuchado y leído que el nuevo presidente haya dicho, incluyendo el ya mencionado discurso, está en perfecta alineación con el castrismo más rancio. 

Y, como si no bastara con la arenga vacía y con tufo a lo mismo, la palabra socialismo, que había perdido peso debido al coqueteo con martianismo y fidelismo como doctrinas más ad hoc con lo que ha estado sucediendo en Cuba en los últimos sesenta años, ha regresado al discurso oficial, haciéndolo, cuando ya no parecía posible, más absurdo aún.


***

La pregunta que muchos se hacen entonces, unos esperanzados, otros escépticos, los de más allá por puro morbo forense, es si este hombre, que era un bebé de apenas un año cuando Fidel Castro declaró el carácter socialista de la revolución cubana, será un reformador o un continuador del castrismo.

Los defensores de la esperanza lo equiparan a Mijail Gorbachov. 

Recuerdan que este llegó al poder también por la vía biológica, tras la muerte en serie de los tres ancianos que le precedían en la fila para convertirse en el hombre más poderoso de la antigua Unión Soviética, el Primer Secretario del PCUS. Argumentan, además, que Gorbachov nunca habló de perestroika mientras fue un funcionario de tercera. Que, con eslava calma, esperó su turno y cambió la historia del planeta.

De ser la comparación certera, Miguel Díaz-Canel sería entonces alguien que ha estado aguardando su oportunidad, con sagacidad y paciencia, para desencadenar la reforma necesaria que sacaría a Cuba del atasco fidelo-raulista, que la traería por fin al siglo XXI y a la prosperidad que los cubanos, por muy sumisos y atontados que estén, merecen.

¿Será en realidad un reformista agazapado, esperando a que desaparezca el puñado de ancianos radicales que velan porque no se desplome el esqueleto de su estancada revolución, o será alguien adoctrinado, tan increíblemente adoctrinado a pesar de su apariencia y relativa juventud, que no moverá un dedo por nada que huela a cambio? 

Lo cierto es que no es un Castro. Eso ya marca una enorme diferencia. Es, además, un sobreviviente, y eso dice mucho, o bien de su astucia, o bien de una sumisión tan absoluta que ni siquiera necesita de ese apellido para darle continuidad al desastre cubano. 

Pero si inquietante es la idea de un presidente anodino, plegado, sumiso e insignificante, un vistazo a su equipo de gobierno, al Consejo de Estado, es aun más sobrecogedor: es un grupo de aparatchiks - en el mejor de los casos - que se abrió camino en la burocracia comunista, promovidos por su fidelidad, ortodoxia y melanina o género, rara vez por el talento, notables por su mediocridad. 

Aún permanecen en la nómina gubernamental personajes como Ramiro Valdés y Guillermo García, ancianísimos comandantes de la moribunda involución. Ataduras al poder tradicional, se desempeñan como temblorosos pilares del estatus quo. Pero, de la mano de próstatas inflamadas y arterias endurecidas, esos últimos vestigios del reino de los comandantes deben desaparecer a corto plazo.

Lo que queda, sin embargo, no es mejor. Un grupo de improvisados, sin particular inteligencia ni habilidades, soldados en butacas de generales, ineptos dando tumbos en un país al que le urge pragmatismo, inversión, legislación, una Constitución, mercado, libertades, democracia, vivienda, infraestructura, educación - ¡y cuanta! -, un programa de gobierno que reconstruya sobre el ruinoso legado de los Castros.

En pocas palabras, una profunda reforma socioeconómica, urgente y radical.


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Miguel Díaz-Canel, de rostro tosco e inexpresivo, con un cierto aire ochentero, carece del gravitas y aura intelectual de un Carlos Lage, que en su momento se perfilaba como el ganador de la carrera post castrista. Tampoco tiene la frescura de Robertico Robaina, otro guajiro que llegó a oscilar entre el tercero y cuarto lugar en la línea de sucesión. De escaso carisma, no parece ser un orador excepcional, ni despierta particular empatía, lo cual en un político es la mitad de la pelea ganada. 

En su gestión va a ser observado, fiscalizado y manipulado por los mandarines del PCC, encabezados por Raúl Castro y el abominable Machado Ventura, a los que se apresuró a jurar fidelidad.

Por otra parte, es difícil aquilatar su nivel de popularidad entre militares, dirigentes del partido comunista, intelectuales, o simplemente entre los cubanos, lo cual calificaría su efectividad como futuro líder, ya que no como gobernante de atrezo.

Su actitud ante la disidencia o pensamiento alternativo parece coincidir con la de sus antecesores, que durante 60 años alimentaron la fobia y la intransigencia ante cualquier oposición política lo cual, más recientemente, ha llegado al punto de enviar chusmas de fanáticos al extranjero para intentar acallar las voces cubanas que se levantan a favor de la democracia y el cambio. 

Sin embargo, y a pesar de lo anterior, guste o no, Díaz-Canel es la nueva, única por el momento, esperanza cubana. Sea títere o astuto político, reformador o senescal, el nuevo presidente tiene ante sí además la excepcional oportunidad de hacer Historia.

La respuesta al enigma Díaz-Canel va a depender entonces del camino que tome su gobierno en esta encrucijada a la que han arribado, después de más de medio siglo de inmovilismo, Cuba y los cubanos.

Ya veremos.

domingo, 25 de marzo de 2018

Se llama Emma González

Y es todo lo que alguien de ideas conservadoras aborrece.

Es latina, bisexual, post-millenial, elocuente, bella, anti sistema, joven, osada, y viste como si de nuevo fuera 1968.

Además, aboga por el control de armas -que no es lo mismo que ir en contra de la Segunda Enmienda- y con un discurso directo y apasionado ha tomado por asalto los primeros planos del acontecer nacional estadounidense.

Ema es una de las principales portavoces de la generación nacida en los albores del siglo XXI que ha decidido oponerse, y de qué manera, a la complicidad repugnante e impune de políticos y mercaderes de armamento con las ya cotidianas masacres de civiles en los Estados Unidos.

Civiles, maldita e insuficiente manera de llamar a niños y adolescentes asesinados por orates armados con fusiles de guerra.

Emma Gonzalez, que es muestra de los jóvenes que ya están llegando a la edad de votar, y botar, a los políticos de turno. Y eso les preocupa a los conservadores, bestias que abrevan en las aguas estancadas del statu quo.

El excandidato republicano a representante en el estado de Maine, Leslie Gibson, la describió como una ‘skinhead lesbian’; machorra, retoma la idea y la califica Zoe Valdes que, a pesar de sus desvaídas glorias y holgada vida parisina, no logra escapar de la malsana influencia del verdulerismo que se impregna con los aires hediondos de los barrios bajos de La Habana; comunista, la llama uno que otro imbécil, cubano por supuesto, conservador por demás.

Miedo, lo que sienten todos.

Miedo a lo que no entienden, a la generación que está arribando. Miedo a un numeroso, y cada vez más poderoso grupo urbano que ya que no cree en la monserga de segundas enmiendas ni supuestas libertades coartadas.

Miedo a ser desplazados por esos mocosos intrépidos que son lo que nunca fueron aquellos que solo quieren ver en Emma a una loquita que se dice media lesbiana, a una jovenzuela que apenas tiene licencia de conducir, que viste chaquetas verdeolivo demasiado guevaristas, dicen esos, por suerte no tan abundantes, cubanos de escaso alcance y aún menos luces.  

Por otra parte, Emma González, junto con los otros muchachos que en un par de semanas han iniciado y desarrollado una tempestad social de rechazo a la violencia, se pintan solos para que los desangelados demócratas -o peor aún, su ala izquierdista- vean en ellos la voz e imagen que les falta a ese partido para llegar a los abúlicos independientes, hartos del discurso insulso del bipartidismo americano.

Es posible que intenten, y que tengan éxito, en secuestrar la imagen de la muchacha de minorías, de apellido latinísimo, inteligente, carismática, valiente, estandarte de diversidad étnica y sexual. Es posible que logren usarla para sus propios fines electoreros.

Ojalá que el escepticismo proteja a esos muchachos y su bocanada de frescura y no se dejen atrapar por los oportunismos políticos. Ojalá que su poderosa imagen y mensaje simple los lleve más allá del pantano conservador que mantiene cautiva a una buena parte del sentido común de la sociedad americana.

En cualquier caso, ahí va mi respeto a Emma, neo-cubanita que trascendió el regetón y la mahomía cubana, de allá y acá.


sábado, 27 de enero de 2018

En tres y dos

No hace tanto tiempo que a los espías se les ejecutaba sumariamente, o eran asesinados discretamente por el contraespionaje. Aún sucede en ciertas zonas del planeta que se llaman shitholes.

Acá en los países occidentales, con la llegada de lo humanitario, en lugar de ahorcamientos y picotas públicas, los espías comenzaron a ser encarcelados, las penas más severas reservadas para los traidores.

Pero, en cualquier caso, las naciones cuyos espías son capturados, guardan prudente silencio. Se trata de no admitir abiertamente la humillación de hacer sido sorprendidos con el ojo en la cerradura y aceptar que estaban robando secretos, en no pocas veces de un amigo.

Tómese el caso de Jonathan Jay Pollard, analista de inteligencia para el gobierno de los Estados Unidos, que cumplió 29 años de cárcel por espiar para Israel. O de Ana Montes.

Los cinco espías cubanos liberados por el gobierno del presidente Obama no disfrutaron de ese manto de pudor que los gobiernos tienden sobre sus deslices. Saltaron de la oscuridad de su profesión a la fama, arrastrados por el torbellino de la megalomanía de Fidel Castro en su cruzada personal contra los Estados Unidos de América.

Los cubanos sufrieron años de agobio por la que parecía una interminable campaña que exigía la liberación de los cinco espías. Ad nauseam se machacaron en el ya de por sí absurdo cotidiano de los cubanos los nombres, biografías, fotos familiares, lacrimógenas anécdotas, estoicos gestos, imágenes espartanas de las esposas -una de ellas preñada por correo.

De tal manera, los millennials cubanos son incapaces de nombrar un firmante de la Constitución de 1902, pero conocen de memoria y para siempre los rostros, nombres y apellidos de los cinco fracasados.

Tal fue el hastío por la perenne propaganda que hubo quien comenzó a extrañar la brutal eficacia con que el medioevo se ocupaba del espionaje y sus protagonistas.

Ese proyecto mascota de Fidel Castro, Los Cinco Héroes, magnificó e idealizó a los espías. Para muchos fue entonces decepcionante observarlos en libertad, en vivo, en Cuba. Se percataron los perspicaces de que los míticos héroes eran unos simples -algunos de ellos simplones- soldados que, ya despojados del aura de la lejanía y la propaganda, nada tenían que ver con el David de “En silencio ha tenido que ser”.

Pero casi todos en Cuba coincidieron en que había que recompensar a esos hombres por los años pasados en la cárcel.

Consecuentemente, en la mejor tradición involucinaria, que premia la fidelidad ideológica, la mano alzada y el alarido, y nunca el talento, después de infinitas comparecencias en televisión, radio y actos políticos, los ex espías recibieron nombramientos en vicepresidencias y directorados en lo que, en los términos cubanos, es justicia, pues en la cosa cubana se confunde con pasmosa frecuencia lo justo y lo correcto.

Para entonces los ya mencionados más avispados respiraron aliviados, por fin, por el fin de la campaña que parecía no tener fin, y se dispusieron a olvidar.

Pero Fidel, promotor y alma del proyecto Cinco Héroes, ya no está. Por fin. Se llevó con él, a su piedra de mal gusto, su furia obsesiva. Y, si bien la confrontación no ha terminado -que ya recuperó a su enemigo favorito esa gente- al morir Fidel Castro los ex espías no solo perdieron a su protector: también perdieron el valor de uso.

Durante casi veinte años esos cinco hombres y sus circunstancias fueron símbolos cuidadosamente construidos y usados para alimentar el antagonismo Cuba -EEUU. Hasta la izquierdosidad mundial, manipulada por el aparato de inteligencia cubano, se hizo eco de la interminable campaña “por la liberación de Los Cinco”.

Pero ya la importancia de los cinco ex espías ha disminuido. Y eventualmente va a desaparecer. ¿Cuántos lectores recuerdan a aquel soldado cubano con sonrisa de orate que fue liberado por el ejército sudafricano en las postrimerías de la guerra cubana en Angola? ¿Alguien se acuerda de su nombre?

El asunto es que los símbolos tienen fecha de caducidad. Para colmo, se acerca la hora de la redistribución del menguado jamón. Para unos fieles, pero mediocres soldados, no quedará ni el hueso mondo.

Los ex espías cumplieron su función. Su misión, dirían los puristas de la involución. A cambio recibieron loas, algunas prebendas, y ahora todo va regresando a la normalidad post fidelista. A la normalidad de los sucesores, que quieren su herencia que no van a compartir, mucho menos con figuras de ornato.

De tal guisa, la red social que se interesa por lo que acontece -o no acontece- en Cuba cobró vida la pasada semana tras la noticia de que la esposa de uno de los cinco ex-espías escribió una carta protestando porque a su esposo, y a otros dos de los cinco, los habían dejado fuera de las nominaciones para diputados a la farsa parlamentaria cubana.

Que se merecen la nominación, escribió airada la dama, que están más probados que el chocolate esos ex espías, añadió en golosa alegoría, como si ser legislador en un parlamento, aún en uno tan espurio como el cubano, se tratara de una casa en la playa o un televisor chino.

No le basta a la dama con la “botella” de la que disfruta junto con el esposo; al parecer quiere también ringorrango, jet set proletario, alcurnia política. Le va el estatus en ello, a ella, a ellos, porque se empieza por ser ignorado para diputado, y se termina como el soldado de la sonrisa alucinada.


¿Fin de temporada?

Es cierto. Es el fin de la temporada fidelista. Pero no pienso que el asunto de los tres defenestrados sea parte de una purga.

Ser diputado a la Asamblea Nacional en Cuba, se sabe, está lejos de ser algo realmente relevante. De esos diputados se espera aplauso, unanimidad y un par de reuniones anuales. Una tarea que no demanda particular talento. Además, el parlamento -debería llamarse acatamiento- cubano es el lugar ideal para lucir en vitrina a figurines que tampoco aportan nada pero que adornan a su manera ese ejercicio de sumisión.

Por tanto la exclusión de tres de los cinco espías en el proceso de nominación para diputados quizá sea, como apuntó el compañero Esteban Morales en lastimera misiva, dirigida al lastimoso ex diputado Silvio Rodríguez, un error burocrático. Un engranaje en la maquinaria que acuña nombramientos y sella candidaturas, que se salió de quicio y eliminó de un plumazo al 60% de los héroes de atrezo. Eso con Fidel no pasaba, le faltó mencionar al contrito señor Morales.

Entonces, de todo este asunto, desatado por la protesta de la esposa del ex espía, lo más relevante: descarnada evidencia de la falsedad del proceso electoral y de la seudo-democracia cubana. Un embarazoso quítate-tú-pa-ponerme-yo. O pa-ponerlos-a-ellos, dado el caso.

¿Los electores? Pues queda también expuesta, en no menor medida, la extraordinaria mansedumbre de los cubanos y su bovina adhesión a la doctrina involucionaría. Basta leer lo que se ha comentado al respecto en sitios pro gobierno cubano para salir corriendo de allí, escandalizado por la estulticia.

Para finalizar, lo más terrible: queda de nuevo en tres y dos, y valga la redundancia, la salud política de la sociedad cubana. 

Y no hay nadie en el círculo de espera.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Cuando se acaba el café


Se nos acabó el café. Desgracia.

No cualquier café, les digo. Es un café que cuesta, y vale, trece dólares la libra. De la isla de Sulawesi, en Sumatra. Tueste oscuro, sabor profundo, achocolatado, terroso, de baja acidez, con el grano molido fino, para cafetera expreso. No cualquier café, insisto, que nosotros somos quisquillosos para un par de frivolidades, y el café es una de ellas.

Se nos acabó entonces el café. No me percaté de que el tarro de porcelana donde lo almacenamos ya estaba vacío.

Tienen ese café, por sacos, en Fairway. De hecho, tienen cincuenta tipos de cafés. Por sacos. Y trescientos tipos de quesos. Treinta variedades de aceitunas. Decenas de marcas de aceites de oliva. Bacalao seco, noruego. Carne añeja, a veintiocho dólares la libra. Tienen de todo tipo de frivolidades, por decenas, a escoger. No se andan con chiquitas en Fairway con nosotros, los frívolos.

Pero hay que manejar media hora para llegar a ese paraíso de las cosas buenas. El día y el ánimo no ayudan tampoco. Hay nueve grados centígrados bajo cero. Hay viento. La sensación térmica es de dieciocho grados centígrados bajo cero. Las calles están razonablemente limpias, pero hay orillas y rincones arteros, con hielo de la nevada de ayer. Es, además, el último día de este año. Habrá hordas de compradores de delicias, alineados en interminable espera, esperando para pagar su compra.

Suficientes razones para ir a Starbucks entonces.

Está a escasas cuatro cuadras de mi casa. Me tomo un capuchino pequeño, con tres tazas de café expreso. Compro una libra del café que ellos usan. Allí lo muelen también. Tenemos molinillo en casa, pero es día de ocio. Si ya hacemos una concesión al café, la hacemos a su frescura.  

En el mezzanini hay un grupo de muchachos que estudian química y algo de ciencias sociales. Gente de college, quizás. Bulliciosos. Una señora en atuendo de estar en la sala de su casa ocupa una de las mesas grandes. Consulta algo en su computadora. Mueve de un lugar a otro unos papeles. Hay dibujos infantiles en ellos. Unos ancianos conversan. Una dama extraña, siempre la veo allí, cabecea, los pies descalzos sobre el rellano del hogar donde un fuego amable calienta, discreto.

En el rincón más lejano, junto a un ventanal que deja ver el costado del edificio aledaño, arrellanado en un butacón, dormita el hombre.

Por fin lo encuentro.

Lo había estado buscando desde comienzos del verano. La última vez que lo vi patrullaba su soledad, cabizbajo, de una esquina a otra, en la calle lateral de mi casa. Entonces solo vestía unas bermudas oscuras. Descamisado, descalzo.  

Hace mucho lo encontraba con más frecuencia. Hasta fotos le tomé, hace un par de años, en la playa. Ese de la foto es él. Alguna vez lo vi alguna vez trabajando en Stop and Shop, el centro comercial local, pero por poco tiempo. Alguien me dijo que despide un fuerte hedor. Que es inofensivo. Apenas habla. Solo deambula por el centro de mi ciudad, de la estación de tren al mercado, del mercado a la playa, de la playa a la calle principal. Siempre camina lento, mirando al suelo.

Aquella tarde de verano regresé a mi casa y en una mochila coloqué algunos pulóvers, calcetines, un par de tenis, unas bermudas. Le dije a mi hijo. Vamos a ayudar a alguien, le dije. Salimos. El vagabundo ya no estaba.

Subimos al auto. Recorrimos calles y lugares por más de media hora. Le pregunté a un policía si lo había visto. Me observó, la mirada cristalizada de tanta paranoia. No tenía la menor idea de a quién me refería. Que probara mi suerte, me dijo, en el refugio de la ciudad. Un edificio de color ferroso, de un solo piso, que colinda con la línea del tren, en el sector de la ciudad donde viven los negros, los latinos y algún que otro musulmán. Las rentas son bajas allí. Bajas como en algún pueblo adormilado de Kentucky o Arkansas. Renta de flyover country. Casi de gueto. De gueto, pues, en Nueva York.

No encontramos al hombre. Ni ese día, ni los meses que siguieron. La mochila se quedó todo ese tiempo en el asiento trasero de mi carro. No me gustaba la idea de depositarla en un contenedor para ropa usada. Y nunca perdí la esperanza de volver a tropezarme con nuestro vagabundo.

Mientras bebía el café con leche, de cinco dólares, en la mesa la bolsa de papel con el paquete de café para expreso, recién molido, fragante, trece dólares la libra, me alegré de ver al hombre que dormía en el butacón. La barba hirsuta, vestía un suéter ligero y un chubasquero de color verde olivo. La temperatura en el Starbucks era agradable, tibia. El hombre se acomodó entre sueño, y estiró las piernas. Calzaba unas chancletas playeras, sin calcetines.

Me fui sin terminar mi café. Cerré mi abrigo, me coloqué el gorro, me puse los guantes y salí a la calle. Entrecerré los ojos para evitar el zarpazo del viento, gélido, que hoy sube desde el Atlántico.

Un par de minutos más tarde dejé el paquete de café –no es Sulawesi, pero algo es algo- en la meseta de la cocina de mi casa. Le expliqué a mi esposa. En una bolsa de Ikea –lo mejor que hay para ir de mandados- coloqué dos suéteres, ropa interior térmica, calcetines gruesos –Dickies-, un gorro de punto. De mi closet tomé un abrigo Free Country que compré a principios de otoño, 3-in-1, pesado, sólido, casi una parka.

El hombre aún dormía en su butacón cuando entre de nuevo a Starbucks, cargando con la mochila, la bolsa Ikea, y el abrigo.

Un señor levantó la vista de su periódico al verme pasar. Sentí algo de pena -tengo pánico escénico. Alguien que entra con paquetes en Nueva York a un lugar público es objeto de escrutinio. Una pareja detuvo su conversación cuando caminé por su lado. Ahora también me observaban, en momentáneo silencio, los muchachos del college. La señora que organizaba dibujos me sonrió y regresó a sus papeles. 

Me sorprendió sentir también un poco de temor. No me gusta el protagonismo. Yo soy el que se recuesta a una pared, un vaso con agua en la mano, a mirar a los que bailan y conversan.

´Señor..´, dije en la voz más queda posible, mientras le tocaba la rodilla con un dedo enguantado. El hombre abrió los ojos, un tanto alerta –quién no lo estuviera- y me miró, inmóvil.

´Eso es suyo´. Coloqué la mochila y la bolsa de Ikea frente sus pies desnudos, y el abrigo sobre la mesa que flanqueaba el butacón.

´Thank you!´, me respondió, sorprendido, creo. ´You are welcome´, repliqué en voz más baja aún. Salí aprisa del lugar, colocándome el gorro como si me escondiera en él.

Fue así que se nos acabó el café en el último día del año.

Vienen unos días cuando se romperán records de temperatura invernal. El café nos durará a lo sumo una semana. No está mal. Mi esposa hizo una colada y no está mal. Pero no es Sulawesi, y uno es esclavo de sus frivolidades, no lo niego.

Pero ha sido un buen día. De esos en que, a falta de lo frívolo, uno se tropieza con las cosas buenas.