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domingo, 31 de diciembre de 2017

Cuando se acaba el café


Se nos acabó el café. Desgracia.

No cualquier café, les digo. Es un café que cuesta, y vale, trece dólares la libra. De la isla de Sulawesi, en Sumatra. Tueste oscuro, sabor profundo, achocolatado, terroso, de baja acidez, con el grano molido fino, para cafetera expreso. No cualquier café, insisto, que nosotros somos quisquillosos para un par de frivolidades, y el café es una de ellas.

Se nos acabó entonces el café. No me percaté de que el tarro de porcelana donde lo almacenamos ya estaba vacío.

Tienen ese café, por sacos, en Fairway. De hecho, tienen cincuenta tipos de cafés. Por sacos. Y trescientos tipos de quesos. Treinta variedades de aceitunas. Decenas de marcas de aceites de oliva. Bacalao seco, noruego. Carne añeja, a veintiocho dólares la libra. Tienen de todo tipo de frivolidades, por decenas, a escoger. No se andan con chiquitas en Fairway con nosotros, los frívolos.

Pero hay que manejar media hora para llegar a ese paraíso de las cosas buenas. El día y el ánimo no ayudan tampoco. Hay nueve grados centígrados bajo cero. Hay viento. La sensación térmica es de dieciocho grados centígrados bajo cero. Las calles están razonablemente limpias, pero hay orillas y rincones arteros, con hielo de la nevada de ayer. Es, además, el último día de este año. Habrá hordas de compradores de delicias, alineados en interminable espera, esperando para pagar su compra.

Suficientes razones para ir a Starbucks entonces.

Está a escasas cuatro cuadras de mi casa. Me tomo un capuchino pequeño, con tres tazas de café expreso. Compro una libra del café que ellos usan. Allí lo muelen también. Tenemos molinillo en casa, pero es día de ocio. Si ya hacemos una concesión al café, la hacemos a su frescura.  

En el mezzanini hay un grupo de muchachos que estudian química y algo de ciencias sociales. Gente de college, quizás. Bulliciosos. Una señora en atuendo de estar en la sala de su casa ocupa una de las mesas grandes. Consulta algo en su computadora. Mueve de un lugar a otro unos papeles. Hay dibujos infantiles en ellos. Unos ancianos conversan. Una dama extraña, siempre la veo allí, cabecea, los pies descalzos sobre el rellano del hogar donde un fuego amable calienta, discreto.

En el rincón más lejano, junto a un ventanal que deja ver el costado del edificio aledaño, arrellanado en un butacón, dormita el hombre.

Por fin lo encuentro.

Lo había estado buscando desde comienzos del verano. La última vez que lo vi patrullaba su soledad, cabizbajo, de una esquina a otra, en la calle lateral de mi casa. Entonces solo vestía unas bermudas oscuras. Descamisado, descalzo.  

Hace mucho lo encontraba con más frecuencia. Hasta fotos le tomé, hace un par de años, en la playa. Ese de la foto es él. Alguna vez lo vi alguna vez trabajando en Stop and Shop, el centro comercial local, pero por poco tiempo. Alguien me dijo que despide un fuerte hedor. Que es inofensivo. Apenas habla. Solo deambula por el centro de mi ciudad, de la estación de tren al mercado, del mercado a la playa, de la playa a la calle principal. Siempre camina lento, mirando al suelo.

Aquella tarde de verano regresé a mi casa y en una mochila coloqué algunos pulóvers, calcetines, un par de tenis, unas bermudas. Le dije a mi hijo. Vamos a ayudar a alguien, le dije. Salimos. El vagabundo ya no estaba.

Subimos al auto. Recorrimos calles y lugares por más de media hora. Le pregunté a un policía si lo había visto. Me observó, la mirada cristalizada de tanta paranoia. No tenía la menor idea de a quién me refería. Que probara mi suerte, me dijo, en el refugio de la ciudad. Un edificio de color ferroso, de un solo piso, que colinda con la línea del tren, en el sector de la ciudad donde viven los negros, los latinos y algún que otro musulmán. Las rentas son bajas allí. Bajas como en algún pueblo adormilado de Kentucky o Arkansas. Renta de flyover country. Casi de gueto. De gueto, pues, en Nueva York.

No encontramos al hombre. Ni ese día, ni los meses que siguieron. La mochila se quedó todo ese tiempo en el asiento trasero de mi carro. No me gustaba la idea de depositarla en un contenedor para ropa usada. Y nunca perdí la esperanza de volver a tropezarme con nuestro vagabundo.

Mientras bebía el café con leche, de cinco dólares, en la mesa la bolsa de papel con el paquete de café para expreso, recién molido, fragante, trece dólares la libra, me alegré de ver al hombre que dormía en el butacón. La barba hirsuta, vestía un suéter ligero y un chubasquero de color verde olivo. La temperatura en el Starbucks era agradable, tibia. El hombre se acomodó entre sueño, y estiró las piernas. Calzaba unas chancletas playeras, sin calcetines.

Me fui sin terminar mi café. Cerré mi abrigo, me coloqué el gorro, me puse los guantes y salí a la calle. Entrecerré los ojos para evitar el zarpazo del viento, gélido, que hoy sube desde el Atlántico.

Un par de minutos más tarde dejé el paquete de café –no es Sulawesi, pero algo es algo- en la meseta de la cocina de mi casa. Le expliqué a mi esposa. En una bolsa de Ikea –lo mejor que hay para ir de mandados- coloqué dos suéteres, ropa interior térmica, calcetines gruesos –Dickies-, un gorro de punto. De mi closet tomé un abrigo Free Country que compré a principios de otoño, 3-in-1, pesado, sólido, casi una parka.

El hombre aún dormía en su butacón cuando entre de nuevo a Starbucks, cargando con la mochila, la bolsa Ikea, y el abrigo.

Un señor levantó la vista de su periódico al verme pasar. Sentí algo de pena -tengo pánico escénico. Alguien que entra con paquetes en Nueva York a un lugar público es objeto de escrutinio. Una pareja detuvo su conversación cuando caminé por su lado. Ahora también me observaban, en momentáneo silencio, los muchachos del college. La señora que organizaba dibujos me sonrió y regresó a sus papeles. 

Me sorprendió sentir también un poco de temor. No me gusta el protagonismo. Yo soy el que se recuesta a una pared, un vaso con agua en la mano, a mirar a los que bailan y conversan.

´Señor..´, dije en la voz más queda posible, mientras le tocaba la rodilla con un dedo enguantado. El hombre abrió los ojos, un tanto alerta –quién no lo estuviera- y me miró, inmóvil.

´Eso es suyo´. Coloqué la mochila y la bolsa de Ikea frente sus pies desnudos, y el abrigo sobre la mesa que flanqueaba el butacón.

´Thank you!´, me respondió, sorprendido, creo. ´You are welcome´, repliqué en voz más baja aún. Salí aprisa del lugar, colocándome el gorro como si me escondiera en él.

Fue así que se nos acabó el café en el último día del año.

Vienen unos días cuando se romperán records de temperatura invernal. El café nos durará a lo sumo una semana. No está mal. Mi esposa hizo una colada y no está mal. Pero no es Sulawesi, y uno es esclavo de sus frivolidades, no lo niego.

Pero ha sido un buen día. De esos en que, a falta de lo frívolo, uno se tropieza con las cosas buenas.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Resumiendo...

Este año 2017 no fue un mal año.

Yo los he tenido peores, la verdad. Cualquiera de los primeros de los 90, o el 2008. Pero este no. Este fue de cambios, reciclaje, borrones, cuentas nuevas, mis hijos en ascenso.

Viajamos. Conocimos un par de países. Es un decir: nadie conoce un país en cinco días, ni siquiera uno que tenga poco que contar.

También fui a La Habana, vi a la familia.

Cambié de médico de cabecera, de medicamento. Yo, que dejé de fumar sin titubeos hace quince años, no logro hacer ejercicios. Lo detesto. Tampoco logro la dieta que necesito. Un día me voy a joder por ello y por otras cosas que no vienen al caso. Pero ya no en el 2017. Espero que tampoco en el 2018, pues tengo un montón de cosas interesantes por hacer.

Porque, debo decirlo, mi vida, si bien por momentos es monótona, es entretenida. El hedonista, escritor y fallecido Charles Bukowski parece que leía sobre mi hombro cuando escribió “I've never been bothered with the need to rush out into the night. (…) That's all. Sorry for all the millions, but I've never been lonely. I like myself. I'm the best form of entertainment I have.“

Creo que algo así es lo mejor que le puede pasar a cualquiera.

Claro, tengo mi familia, mi esposa, hijos, y amigos, pocos, pero irremplazables. Pero también tengo un Kindle que me habla y un teclado que me escucha. Y Amazon. Y un Iphone, pero ese me aburre.

¿Propósitos? Bueno, pues no hacer tonterías. Que los míos sean felices. A ver si compramos una casa. Leer un montón de libros que pacientemente esperan por mí. Mantener abierta la válvula de seguridad y escribir algo de vez en vez. Comer más sano. Hacer ejercicios. Perder barriga. Encontrar cómo comer pan, jamón crudo y quesos sin perecer en el intento.

Cosas simples.

Les comparto entonces mi optimismo. El 2018 es el bueno. Ni se les ocurra mirar por encima del hombro a ver qué dejaron detrás. No lamenten. Jamás comiencen una idea con “Si yo hubiera…“. Recuerden que no tienen todo el tiempo de mundo. Coman sabroso. Sano, si pueden. Ámense a sí mismos y a los suyos.

Sean felices.


Y que tengan un excelente 2018.