jueves, 21 de noviembre de 2013

Pregunta

Ni por un segundo relaja el entrecejo. Ni cesa de gesticular con vehemencia. 

Ni deja de decir, “Tú estás equivocado...”, “Es que tú no entiendes...”, “Nosotros...Ustedes...”

Lo escucho, sin embargo, con atención. Es un tipo listo, aunque eso no cambie nada. Sobre todo, porque no logra responder mi pregunta, la pregunta que le repito pacientemente al terminar cada curva, al fnal de cada declaración de principios, en la pausa entre los discursos enlatados. 

“Pero, dime, por favor: ¿qué es lo que defiendes?”

Y de nuevo, “Tú estás equivocado...”, “Es que tú no entiendes...”, “Nosotros...Ustedes... Nosotros... Ustedes...”

Revelación de jueves

El problema de las malas causas no está en que las apoyen hombres malos.

Está en que las apoyen hombres buenos.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Mesiánico, apocalíptico e hijo de puta

Fidel Castro tenía el gatillo alegre.

Quería que corriera la sangre, ajena sobre todo. Quería, como todos los dictadores, tener un enemigo grande, y mientras más grande, mejor.

Quería jugar a ser David, y meterle una pedrada en la frente al otro; meterle dos o seis misiles nucleares al
territorio de los Estados Unidos, matar uno, dos, tres millones de americanos. Eso, muertos, muchos americanos muertos.

Y que comenzara con ello una guerra nuclear global. Y si Cuba se convertía en un desierto contaminado, y todos los cubanos desaparecían del planeta, vaporizados a golpe de ojivas nucleares, ¿qué importa? No iba a quedar nadie para contar la historia que lo absolvería.

Pero, cuando 50 años después el periodista Jeffrey Goldberg en esta entrevista le dice:

“At a certain point it seemed logical for you to recommend that the Soviets bomb the U.S. Does what you recommended still seem logical now?"

Él, sabio anciano en camisita a cuadros, responde:

"After I've seen what I've seen, and knowing what I know now, it wasn't worth it all.”

Qué clase de demente, neurótico, maniático hijo de puta.

Debería vivir para siempre para que viera todo lo que viene, y se retorciera en la impotencia y la rabia de los olvidados.

Los atoros de la nostalgia

“¡Ay, esa es mi Cuba!”

Buena Vista Social Club, por supuesto. Y la trova, en pleno. En casos críticos, Alfredito Rodríguez y Annia Linares.

“El ajo no sabe igual”

Y además, es más grande. De hecho aquí un diente de ajo alcanza el tamaño de una ciruela. Pero el sabor de aquellos ajos, del tamaño de una semilla de naranja, a los que había que dedicarles 30 minutos pelándolos para poder hacer un sofrito, ah, ese sí era sabor...

“La carnepuehco es desabrida”

Así es. El puerco cuando se cría con sancocho, enriquecido con zeolita en polvo y cabezas de pescado, adquiere un sabor peculiar, a berrenchín...

“Ay, caminar la Habana, que maravilla, el Malecón, el atardecer...”

Las adicciones son ciertamente enigmáticas. Ir sorteando mierda de perro, respirando humo de diesel mal quemado, y sudar como un galeote, por ejemplo.

“¡¡¡Loh cubanoh jí que sabennn divehtihse!!!”

Es cierto. La cubanía. Se aprende desde pequeño que el sumum de la diversión es ron, cerveza, gritería, dominó, y después, irse a templar. Yo no soy tomador pero, aun así, no tengo mucho que objetar.

“Es que allá es todo es tan diferente...”

Cada vez que escucho algo así, pienso que Perogrullo debió ser cubano. O santiaguero...

“¡¡¡Eh que el cubano eh de pinga, siempre a la viva!!!...”

Si, por eso es que Cuba es un paraíso de bienestar y civilidad, paradigma del éxito y la brillantez, con sucursales en Mayami, Uropa y el planeta Tierra.

“Pohque nojotro si que...”

Y entonces tiemblo, porque una nueva leyenda está por nacer...

“A mi familia le quitaron...”

El nuevo reto de historiadores, geógrafos y geólogos está en identificar como Cuba perdió el segundo piso, donde seguramente estaban todas las haciendas, inmuebles y propiedades de todos los cubanos conocidos.

“Eh nivel de la educación en Cuba y loh profesionaleh cubano...”


“Yo voy a regresar, yonoaguantoehtoaqui...”

Así es, es muy difícil. Esto de tener que pagar por la casa, la gasolina, por seguros, celulares, televisión por cable, Internet, la comida, mi laptop, mi ipad, las cuentas en los restaurantes, los viajes a Cuba, la pacotilla, la electricidad, el gas, un crucero de cuando en vez, dieta macrobiótica, barbecue los domingos, y los sábados también, la mensualidad del carro mío, y el de la esposa, y los juguetes de los chamas, y encima de todo eso, trabajar, y ganar el dinero para poder asumir todas esos terribles gastos, que nadie te regale nada, eso es, sencillamente, insoportable.

“¡¡¡El sol, el sol, la humedá, que rico!!!”

Bueno, cada loco con su tema, pero todo tiene un límite, digo yo...

martes, 19 de noviembre de 2013

Queens state of mind

Entro a la carnicería más pequeña del mundo.

El espacio para los clientes es una estrecha franja, de apenas 6 metros de largo por 2 de ancho. Justo al lado de la puerta, que se abre directamente a la acera, hay tres hombres y una mujer. Estimo que todos están por encima de los 6 pies de estatura, buen indicio, que habla acerca de los beneficios de la carne de cerdo. Conversan en voz demasiado alta, en algo que puede ser croata, o algún otro dialecto eslavo. De vez en vez, una palabra salpica, y la entiendo.

Uno de ellos me mira y me dice, en esa bendita lengua cargada de acentos y entonaciones exóticas, donde las palabras se dicen como se leen, sin el tedioso tono nasal ni los confusos blendings, y que es el inglés de los que no hablan inglés, y que tan bien se entiende, me dice, adelante, sigue, y cuando griten, tú gritas, y entonces te atienden, así es aquí, y todos ríen con desenfado de pueblo pequeño.

Adelante entonces, adonde otras seis o siete personas esperan su turno. Aquí no cabe más nadie, pienso, y entran entonces dos personas más. Ahora todos estamos muy cerca unos de otros, a una distancia no americana, sólo que aquí no hay americanos. Me coloco justo detrás de una muchacha diminuta que habla por teléfono, en rumano, y a un lado de una mujer a la que acompañan dos niños. Uno de ellos llora de manera intermitente, y la señora le dice ¿Chto, Chto?, pero no suena a ruso. Aquí no hay rusos, que andan por Brighton Beach, al suroeste, justo al lado de Coney Island.

A mis espaldas, unos estantes que cubren toda la pared y donde hay pan fresco, sazones, patés, salsas, y otros que no logro identificar.

A mi otro lado se coloca otra señora, de baja estatura, pelo negro, y con ese tipo de facciones que yo sé que no voy a reconocer si la veo de nuevo. Aprieta contra su pecho una bolsa con una hogaza de pan, y en la otra mano sostiene un frasco con lo que parece ser harina de maíz. Me observa, lenta y cuidadosamente, con desfachatada curiosidad,  de abajo hacia arriba, tratando de ubicarme, quizás, en este barrio multiétnico. Cuando su mirada llega por fin a mi cara le digo, “Hello...” , y ella, sin responder, cambia la vista y mira al mostrador.

El inmenso mostrador es el límite y la meta. Está cubierto, lleno y rodeado por carne de cerdo y cordero, en todas las variaciones de jamones, embutidos y ahumados. Hay salamis, salchichones, tocinos, salchichas, klobasa, kalbasá, o kielbasa, y como sea que lo pronuncian los húngaros, en su delicioso lenguaje repleto de vocales impronunciables. Las carnes están sobre el mostrador, en el mostrador, en las vitrinas, colgadas del techo, apiladas, mostradas en un exquisito alarde de abundancia y variedad casi obsceno. Nombres exóticos, que van desde el búlgaro hasta el albanés.

Unos platos, colocados justo en el borde del mostrador, como ofrenda a los clientes, con una muestra de algunas de esas cosas repletas de grasa, ajo, pimentones, sal y nitritos, sabores y texturas que hacen que las omnipresentes salchichas italianas de Nueva York parezcan envoltorios de aserrín con sabor a hinojo. 

Es el colesterol en su expresión mas deliciosa, la apoteosis de lo tóxico y, si uno se va a joder, al menos debe hacerlo con clase, me digo mientras tomo una delicada lasca de un tocino que se llama tocino de Istra, según me dice uno de los ágiles y amables carniceros, pero también we have tarska, slanina, pancetta, rolled bacon of the garlic and paprika varieties, paprika bacon, chicken bacon, and garlic bacon, mangalitsa style, hace un gesto de chuparse los dedos, y sonríe. 

Salgo con dos klobasas húngaras, libra y media tocino “for cooking”, una libra de tocino curado con ajo y paprika, para comer crudo, dos libras de salchichón “neparovaná”, y un cartuchito con chicharrones, para el camino.

“Menos mal que vivimos lejos de aquí...”, me dice mi esposa, filosófica y meditabunda, mientras navegamos por las atestadas calles, buscando un parkway. 

Y comiendo, por supuesto, chicharrones.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Ah, nuestros expertos...


“El día que cedan (el gobierno cubano), saben que se los comen vivos (los Estados Unidos) y sin tan siquiera echarles una pizca de sal”

Esa frase, que dicha en primera persona del plural pudiera ser una de las clásicas de los dinosaurios, viene a ser una suerte de resumen de la comedera de mierda nacional de los últimos 50 años.

Y yo, por pura inercia, pregunto:

¿De veras este hombre cree que los EEUU necesitan otro país tercermundista generador de emigrantes pobres y desesperados?

¿De veras él no ha pensado en qué tal le asentarían a la derruida economía cubana inversionistas y mercado estadounidenses?

¿De verdad este hombre todavía cree que estamos en la época de la “fruta madura”?

¿O, para el caso, de verdad él cree que Cuba es una fruta madura, o una fruta, o algo que los EEUU necesiten para seguir siendo el país más poderoso y rico del planeta?

Y entonces, después de ver la histórica dependencia de alguien, de la URSS y sus satélites, de Venezuela, y con un estancamiento crónico, pregunto:

¿Quién, entonces, necesita comer, con sal o desabrido?

Debe estar jodiendo nuestro experto, sin lugar a dudas.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Hoy, como ayer, yo me sigo frustrando, mi bien...

Es frustrante, entonces, entre otros:

Ese vino cubano, que parece debe ser agrio para ser nuestro.
El agudo despiste de algunos opositores.
El miedo, ese viejo amigo.
La prensa cubana que, cuando por fin decida hablar, probablemente sea tan a destiempo que ya no va a tener importancia.
Que haya regetón.
Que haya sol siempre.
Y, por supuesto, las ingenierías.

Los ingenieros fueron héroes indiscutibles y conocidos desde que Julio Verne los colocó en el centro de sus historias. Antes de eso, eran sólo artesanos.

La sola mención de la palabra ingeniería, que viene de ingenio, y no azucarero, sino humano, sugiere tecnología, avance, progreso, modernidad, cosas buenas. Y allende en Cuba tenía, además, tremendo swing ser ingeniero; sabido es, por demás, que las facultades de ingeniería tienen un queseyó de lo cual las demas carecen. Es más, las jevitas ingenieras son sexys. Y tan rotundo suena ingeniero como aguado licenciado. Es un hecho, todo eso se sabía ya entonces.

Ya entonces, cuando, además de estudiar ingeniería, esto fuera en el extranjero, era doble swing. “¡Es que estudió en la Unión Soviética!”, y ya estaba todo dicho. Capicúa. Jonrón con bases llenas. El guajirito hablando ruso, cará. Pero no es el caso de Tamayo: yo creo que Tamayo ni es ingeniero ni habla ruso. Ni nunca tuvo swing.

Y así, de pronto, en medio de la marea de progreso y desenvolvimiento que proporcionaba la ayuda solidaria y desinteresada de bolos y satélites, un amigo se fue a ultramar nada menos que a estudiar Ingeniería en Explotación del Metro. El Metro, porque en La´bana, si alguien aun no lo sabe, iba a haber un Metro.

A su regreso, pues encontró unas enigmáticas oficinas, que había de ellas varias sucursales, y que se llamaban, creo, Oficina del Metro de La Habana, y que tenían hasta logotipo, una M probablemente.

No sé adonde fue a parar toda esa generación de ingenieros hiperespecializados en explotación del transporte metropolitano. Pero, por azar de los tiempos les tocó vivir aquella época de frenesí en la construcción de túneles populares (no existen túneles impopulares en Cuba), cuando era inminente, como lo ha sido siempre, que el Imperio hiciera llover misiles y bombas sobre la patria entera embravecida y, bueno, eso, túneles.

Probablemente entonces les tocó dar su opinión sobre como cablear esos refugios, donde poner una toma de aire, o dar pico y pala como unos dementes.

Después, pues llegaron las imágenes de los bombardeos en Iraq, donde se apreciaba como el enemigo honorario colocaba misiles con absoluta precisión en los portones y respiraderos en refugios y túneles en Bagdad. Entonces como que la idea de quedar sepultado en un túnel, aunque fuera popular y estuviera en mi amada Habana, perdió popularidad, estos se convirtieron en impopulares, y se olvidaron.

En fin, frustración sobre frustración.

En las ingenierías, como en todo en esta nuestra vida, hay élites. Hay superingenierías. Solamente los nombres tumban de culo a cualquiera. Ingeniería Nuclear con Especialidad en Tratamiento de Elementos Pesados, por ejemplo.

Para escribir una frase de tamaña longitud, y que sea legible, se requiere un diploma que sea al menos tres veces mas ancho que alto. Pero bolos et al resolvieron el problema de esos títulos que presumen letras góticas en formato A3: lograron acomodar toda la información en un librito, apenas mas grande que un pasaporte, y que es el título de los ingenieros que estudiaron allende en el frío. Cosa que se agradece, además, porque cirílico, mas gótico, suena medieval. Y probablemente ininteligible.

O, como pudiera haber dicho alguien, todos los títulos del mundo caben en una hojita de un librito.

Los que estudiaron ingenierías con especialización en asuntos nucleares venían de lugares selectos. El preuniversitario de Ciencias Exactas, por ejemplo, donde vestían un uniforme azul de becados, pero con un logotipo rojo que se colocaba en la manga de la camisa y que tenía, claro, un átomo con tres o cuatro electrones en órbita.

Este pre de Ciencias Exactas quedaba por Siboney, entre la Novia del Mediodía y la Muñeca, en La Coronela, no era la Lenin, que por entonces sólo se apellidaba Vocacional, y no llegaba a ese grado de excelencia.

Los que allí estudiaban, además de ser muy inteligentes, con un extra en su preparación académica, tenían que someterse a tests de aptitud y personalidad, y tenían, además, que mostrar, al menos mostrar, ya se sabe, fidelidad al modo de ser.

Eran, de acuerdo a todo y todos, la creme de la creme de los jóvenes cubanos. O al menos esa era la idea.

Sus destinos no eran menos exclusivos. Facultades de ingeniería nuclear, cátedras de acceso restringido, que ni en los libros aparecían, a veces en ciudades con estaciones de ferrocarril por las que los trenes pasaban de largo sin detenerse. Pero, en cualquier caso, siempre bajo la pupìla atenta de los funcionarios de la respectiva embajada cubana. Y no les dejaban pasar una. Había que informar acerca de todo y todos, sobre todo de los extranjeros que procuraban su amistad, con número de pasaporte incluido. Verdad de Dios.

Tan rígido, tan estúpido, tan de la guerra fría, y de la ridícula isla era todo, que hubo quién fue expulsado, “regresado a Cuba”, se decía, tan solo por haberse templado a una latinoamericana. Así de grave era el asunto.

Los ingenieros nucleares regresaron a Cuba, los que lo hicieron, más o menos en la misma época que los ingenieros en Metro. Y allá los esperaba algo que se llamaba Programa Nuclear Cubano, y Juraguá, afortunadamente, en caminos de no terminarse de construir jamás. Y, por supuesto, Fidel Castro Diaz-Balart.

Y así, entre lugares de consolación, como el Centro de Aplicaciones Tecnológicas y Desarrollo Nuclear (CEADEN), y la migración, la élite de mi generación, sus mejores, fue encontrando lugar para sus frustraciones.

Metros que no fueron, centrales nucleares que no se terminaron. 

Una economía ficticia e inoperante.

Una nación dividida, un gobierno inepto.

Gobierno que creó un país que nunca llegó, ni ha llegado, a ser nada por sí mismo, que siempre ha dependido de otro que lo sostenga y le permita existir.

Frustración sobre frustración, lo que parece ser, en cualquier época, los ladrillos de la nación cubana contemporánea.

martes, 12 de noviembre de 2013

The Cool Communist

O mejor, llamémosle el cécé, el CC, vamos, sucintamente.

Yo conocí un montón de CC. Eran fáciles de reconocer. Primero, por el aspecto.

El CC vestía invariablemente camisita de cuadros. Y, en casos extremos, una chaquetica de cuero negro. En el trópico.

Eran algo común las salas de reuniones, en donde las ventanas estaban tapiadas, para evitar que el aire acondicionado de 18 grados centígrados se contaminara con el aliento de dragón del mediodía cubano. Dichas ventanas, por demás, ni siquiera se veían: estaban ocultas por espesas cortinas polvorientas, para impedir que la luz de espanto de ese nuestro sol nuclear, huérfano de nubes, diluyera el suave tono de las lámparas fluorescentes.

En algun momento pensé que ese ambiente estaba creado ex-profeso para propiciar el poder de concentración de nuestros líderes, el pensamiento creador, pero, visto el desastre, el único resultado notable han sido esas caras con ese color cetrino, malsano, que adquiere el rostro de los blancos iberoamericanos puestos a la sombra.

Entonces uno comenzaba a relajarse, a disfrutar de aquel aire bendito en aquella sala protegida de todo mal cuando, intempestivamente, el CC hacía su entrada. Invariablemente, el rostro era el de un hombre ocupado, ceñudo, que hacía un gesto apenas insinuado de saludo general, a lo alfombra roja, y que vestía, por supuesto, la chaquetica de cuero negro.

Yo creía saber de donde salían las chaqueticas.

Lo supe cuando, antes de irme a estudiar al extranjero, recibí una autorización especial, junto con todos los demás estudiantes, para ir a comprar a una mítica tienda en Centro Habana donde, siguiendo una breve lista, se podía comprar ropa de salir, no que fuera uno a parecer un indigente cuando hiciera escala en Barajas, en nuestro camino al Segundo Mundo.

Entonces, pues a comprar algun pulóver, un par de calzoncillos, medias, una maleta de viaje, un traje y zapatos. Y allí estaba también la chaquetica. Pero tuve la mala suerte de que la talla disponible en ese momento fuera adecuada solamente para la complexión y estatura de un niño de sexto grado, o de un hobbit, tipo el Comandante Guillermo García (aunque este parezca mas troll que hobbit).

Por ese fatídico azar de las tallas perdí entonces la oportunidad de parecer un CC, y todo lo que pude comprar fue un espantoso traje del color de los frijoles colorados hechos puré.

Por cierto, esa tradición de la ropa de salir es un elemento folclórico bien arraigado en nuestra cultura. Mi madre y mis hermanas, por ejemplo, siempre tenían un bloomer nuevo listo para el momento de visitar al médico.

El olor de los CC también era peculiar. Olían a algo donde estaban mezclados vapores de gasolina, sudor agrio, y vestigios de alguna colonia o desodorante de tufo barato.

Un ex-colega, ex-sindicatero, ex-sindicaloso, y ciertamente muy escandaloso, más recientemente radicado en Miami, tuvo la oportunidad de estar lo suficientemente cerca del mesiánico en jefe como para después contarle a quién quisiera, y quién no quisiera escucharlo, que este olía a talco Bebito. Pero eso no debe sorprender a nadie: el mésia no es cool, nunca lo fue, y ahora mucho menos, cuando seguro que debe oler a alcanfor e impotencia.

El CC entonces se mueve apresuradamante y se sienta a la mesa donde quizás ya hay sentadas dos o tres personas. Le palmea el hombro a alguien, se quita el reloj, lo manipula breve y habilmente, y lo coloca sobre la mesa, la esfera ahora recostada a la manilla como si fuera un minúsculo despertador, dejando claro que su tiempo es precioso y preciado, que otra reunión aguarda y que, entonces, compañeros, vamos a comenzar.

Pero hay un elemento que, si alguien no está mirando en su dirección, u oliendo el vaho de un CC, aun permite que este sea identificado fácilmente: la fraseología.

“Mira, cuadro...”
“Déjenme dejar claro aquí la posición de nuestro gobierno...”
“La tibieza, compañeros, la tibieza...”
“Estos no son tiempos de...”
“Este no es el marco adecuado para...”
“Este no es el momento para...”
“...las más alta instancia del Partido y el gobierno...”
“nuestra patria, compañeros...”
“la revolución demanda, compañeros...”
“el sacrificio necesario y la entrega, compañeros...”
“Nuestros cuadros y dirigentes, compañeros...”
“Nuestro comandante en jefe...”
“¡¡¡Compaaaañeeeros!!!”

Y sigue un puñetazo en la mesa, que hace que el cuidadosamente colocado reloj se desmorone.

Pero los CC también son capaces de mostrar sosiego y cordura. Para eso hay palabras o frases altamente especializadas, que deben destacar, además, el alto grado de información, refinamiento y la agudeza de ingenio de un CC.

Decir dazibao, por ejemplo, para referirse a un documento largo y espeso.

O ukase, como la orden que hayan recibido.

O globalización, o FMI, o el Imperio, o Mossad, o Rolex Oyster, o inmadurez política.

Y todo eso, dicho entonces con un esbozo de sonrisa oblicua, condescendiente, dando por sentado que uno no tiene idea de lo que está escuchando porque, vamos, eso es cosa de élites. Os digo, los CC son gente muy peculiar.

Si alguien ha tenido la oportunidad de visitar la oficina de un CC, sabe que una foto de Fidel, o de otro comandante favorito, va a estar allí, formando justamente una línea de tres puntos con el ocupante de la oficina y el visitante.

En casos afortunados, el propio CC también estará en la foto, mirando al comandante con el mismo arrobamiento con el que yo miro una teta. Es incluso posible que tenga el brazo del prócer echado sobre el hombro, o que el CC haya tenido la increíble oportunidad de poner su mano sobre el abdómen o el brazo de su ídolo, con delicadeza y familiaridad, arrebatado, extasiado. Ya se sabe, como si se agarrara una teta.

En su casa probablemente el CC tenga una copia de la foto. En la mejor pared de la sala, presidiendo reuniones y convites, justo a un lado de un mueble sobre el que destacarían, entre vasitos con removedores de cocteles y otras botellas de licor vacías, una inmensa botella de Fundador o de Terry Malla Dorada, montadas en un soporte de alambre.

O, como alguien me dijo alguna vez, cuando aun yo sólo conocía de rones y destilados caseros: “Viste, tenía una botella de cuvasié...”, “ ¿Y eso qué es?”, “Oye, estás atrás... ¡Tremendo güisqui, compadre...!”

En fin, curioso especímen el CC. Todo un subproducto de la construcción del socialismo y la forja del hombre nuevo. Pero se quedaron y quedan sólo en eso, en subproducto, en otra cosa más de la cual deshacerse en cuanto haya oportunidad.

Y por supuesto, que cool no son, mucho menos Cool Communist, porque no existe tal cosa. Pero CC se puede mantener. Cosa Curiosa. Caso Curioso. Cara de Coco.

O Cara de Culo.

Eso. CC les queda bien.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Lo posible de lo increíble

Y entonces llega ese día, en la Cuba que viene, en que va a haber plena libertad de expresión, y de todo tipo.

Entonces ciudadanos, periodistas y políticos aprenden como es ese maravilloso asunto de hablar, o callar, sólo porque uno tiene el derecho a hacerlo, y no por miedos.

Entonces alguien, por pura curiosidad, tan sólo porque ya puede hacerlo, decide preguntar a los que prohibieron, a los que censuraron, a los que proscribieron las salas 3D, a los que tiraron huevos, a los chivatos, a los que gritaron “Machete, que son poquitas”, a los que miraron a otra parte, a los que robaron, a los que derribaron las avionetas, a los que hundieron el remolcador, a todos ellos, alguien les va a preguntar:

"¿Por qué lo hicieron?"

Y ellos, con una sonrisa y un gesto campechano, van a responder:

"Pa´quehtosecayeramahrápido..."

domingo, 10 de noviembre de 2013

Los tontos iracundos o "Vamoh a darle candela a toesto aqui..."

Este asunto de venezolanos ignorantes e hijos de puta que andan quemando banderas cubanas me resulta muy desagradable.

Por cierto, me pregunto que sentirían los americanos al ver aquellos actos en Cuba donde se quemaban, además de banderas de EEUU, efigies de presidentes de este país.